El cabo de Hornos I (relato)

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Este es un relato muy especial para mí, es el que guardo con más cariño de cuantos he escrito. No es de misterio, o tal vez sí, pero también es de muchas más cosas. Aquí tenéis la primera parte. Espero que os guste.

Aquí puedes leer la segunda parte

 

Laura comenzó a maquillarse con paciencia y decisión. Había definido el aspecto sencillo que le gustaba lucir, y cada vez le costaba menos tiempo obtenerlo: corrector de ojeras, lápiz de ojos gris aplicado sutilmente para dar algo de profundidad, máscara de pestañas y brillo de labios. Su tez joven y luminosa y sus mejillas de un saludable tono rosado no necesitaban más.

El baño tenía cinco espejos: tres  en la pared (uno de cuerpo entero, el del lavabo y otro frente a la ducha) y dos pequeños, apoyados en los estantes; la ayudaban a desenvolverse con más facilidad a la hora de arreglarse. Sin embargo esa era una excusa que no servía en el resto de las habitaciones, también llenas de espejos desde que pasó aquello. Lo que de verdad importaba era poder vigilar sus espaldas en todo momento, aunque estuviese en casa y acompañada. En el taller de pintura al que iba dos veces por semana también le habían permitido poner un espejo orientable junto a su caballete; según Laura, para recoger más luz y jugar con ella, aunque el profesor conocía su historia y no ponía objeciones. Le gustaba pintar, no tanto como la música, pero eso ya formaba parte del pasado.

Terminó de maquillarse, se mostró satisfecha del resultado en el espejo y se apresuró a salir del baño; aquel día iba a ser muy atareado.

Se encaminó hacia la entrada, donde tenían un pequeño banco para calzarse, y esperó, muda, a que su madre se acercase. Aún le costaba pedirle ayuda para tareas cotidianas. Ésta la había visto arreglarse, y vino voluntariosa y sonriente, para calzarle los zapatos; sabía que ese día quería ponerse sus favoritos, unos de cordones que le resultaban muy cómodos y a la vez encajaban con su estilo cuidado y sobrio. Había comprado zapatos más fáciles de poner para diario, pero eran más feos; ese día era muy especial y su madre lo comprendía. Papá también comprendía las nuevas necesidades de Laura pero estaba trabajando; ahora tenía que trabajar más duro. Laura lo sabía, y pese a que no era capaz de hablar con él del tema para darle las gracias, él era consciente.

Su madre le puso los zapatos con cuidado, se limpió las manos al delantal y le acarició la barbilla, resistiendo la tentación de darle un abrazo, cosa que Laura agradecía. Le deseó suerte para su examen y la besó en la frente. Laura sonrió, levemente pero sintiéndolo; no estaba obligada a poner buena cara delante de su madre. Cogió las llaves y el bolso, que siempre tenía preparado de la noche anterior, se miró en el espejo cerca de la puerta y salió llena de energía. Se dirigía a un examen de su Ciclo Formativo de Educación Infantil, que querría haber hecho dos años atrás.

Aquel día, el tres de mayo de 2012, Laura tuvo otro examen, de violonchelo. Gracias a sus gestiones en la escuela de música, había conseguido que se lo hiciesen con el grupo de mañana, y así poder ir al de su ciclo formativo por la tarde; de lo contrario la gran distancia entre ambos centros y su casa le habría impedido acudir a los dos. Le fastidiaba cruzar varias veces la ciudad con su preciado instrumento a cuestas, pero para hacerlo más fácil iría a comer con sus compañeros de instituto temprano, y de ese modo estudiaría un poco y podría ir relajada a la prueba. Por la mañana hizo el examen del conservatorio, que aprobó, y al terminar, se dirigió al instituto para ir a comer.

Bajó las escaleras hacia el metro apresuradamente pero con precaución, como cada día. Se dirigió al andén correspondiente y se situó como de costumbre a una distancia más que prudencial del borde. En ese momento recordó que le faltaba por repasar un tema importante de pedagogía. Sacó sus apuntes, miró el letrero electrónico, donde comprobó que faltaban cuatro minutos para el siguiente convoy, y se centró en la parte clave de la unidad, recordando las aburridas lecciones de su profesora. Nada podía interrumpir su concentración; eran sólo su examen y ella, y la lección que probablemente la ayudaría a aprobar Lo único que la sacaría de su aislamiento temporal era el aviso de la llegada de su tren por megafonía.

El empujón se borró posteriormente de su memoria; sí recordaba oír a un hombre gritar, y ver sus papeles cayendo al suelo, pero no recordaba el empujón. A pesar de la distancia hasta el borde, su menudo cuerpo fue propulsado con fuerza hacia las vías porque aquel cabrón estúpido había cogido carrerilla antes de impactar contra ella con todo su peso. Laura no soltó el chelo, y esto la había condenado a caer, debido al gran peso del instrumento. Sabe que tras el primer tropezón se giró y agarró al desconocido por la chaqueta, así que cuando le dijeron que había caído con ella y estaba muerto, ni siquiera mostró un gesto de sorpresa. Luego no pudo incorporarse y la inercia le hizo volver a perder el equilibrio. Irónicamente, ellos dos, el desconocido y el chelo, luego la salvaron de morir, porque su diminuta figura se pegó al lateral de hormigón y ellos se llevaron la peor parte. El metro de la línea dos se llevó por delante al chico, su violonchelo, y su brazo izquierdo.

Todos estos acontecimientos le fueron relatados varias veces, y además ella vio las noticias en internet a escondidas: “Joven resulta mutilada en otro episodio de agresión homicida en el metro”. Sin embargo le llevó un tiempo ordenarlos en su cabeza, debido al dolor, al trauma, y sobre todo al impacto emocional de ser arrancada de su burbuja de concentración de un modo tan brutal. Para ella no hubo empujón, ni caída. Pasó de estar estudiando los aspectos sociales del desarrollo cognitivo en niños de dos a cuatro años a perder un miembro, su instrumento y la vida que conocía. De todas sus sensaciones asociadas al accidente, la más tortuosa era el desasosiego que experimentó cuando la sacaron de su zona de seguridad, física y mental; lo revivía como un golpe, y un chasquido espantoso. Antes estaba en un entorno conocido y que controlaba, era suyo; allí no podían hacerle daño. Su estado de alerta era muy bajo, y alguien se aprovechó de ello. Después del accidente le costaba concentrarse, dormir, y cosas cotidianas como ducharse (ahora sin esponja, sólo con una pastilla de jabón) se convirtieron en actividades interrumpidas constantemente por sobresaltos. Solía ducharse con la cortina abierta, mirando el espejo. Esa era la razón por la que ya no escuchaba música, para no prescindir de uno de sus sentidos y poder seguir alerta; la alerta constante, la constante duda de qué pasaría a continuación. Le habían arrebatado su lugar de paz, no un lugar feliz, sino un lugar donde ella supiese qué podía esperar. Incluso cuando pintaba, paraba de vez en cuando para mirar a su alrededor, o al espejo. Era incapaz de dejarse llevar y sentirse segura.

Durante esos dos años sufrió, lloró, y padeció lo indecible, y junto a ella su familia y los amigos que se habían quedado con ella (Laura no culpa a los que se fueron, simplemente no quiere saber nada de ellos). Luego se refugió en la pintura, en la lectura y en aprender cómo retomar su vida, o al menos construir una. Trataron de colocarle una prótesis, pero fue imposible, así que tuvo que inventar una nueva Laura.

Lo estaba consiguiendo, y parte de ese reto consistía en ir hoy al examen de Pedagogía I de su ciclo formativo. Lo había preparado bien durante semanas, y ahora se dirigía a él, en autobús. Eso la hacía tranquilizarse y pensar sólo en volver a ver a sus excompañeros, ya que algunos se había puesto de acuerdo para ir a saludarla; eso la ponía muy contenta, y también la emocionaba. Sabía que su aparición levantaría murmullos, además de por lo que ya sabían todos, porque había aumentado mucho de peso. La depresión la había llevado al aislamiento y el deterioro de su alimentación, pero se había recuperado, y ahora estaba sana y contenta con su aspecto, lo que le daba seguridad.

El examen fue bien, y tras él pasó una hora de espera que se le hizo muy amena, gracias a que sus compañeros se quedaron a charlar con ella y la invitaron a un refresco. Le contaron anécdotas de las clases durante el tiempo que ella estuvo en casa tras el accidente, y otras historias que les habían sucedido en sus respectivos empleos tras acabar, o de cualquier otra índole. Laura estaba muy contenta, y cuando el profesor le comunicó que había aprobado se alegró más aún y lo celebró con sus compañeros; Pablo corrió a abrazarla sin darse cuenta, y ella respondió apartándose un poco y dándole una palmada con su brazo derecho. El chico se sintió mal al percatarse, pero ella le quitó importancia.

Como se encontraba tan bien disfrutando del reencuentro, cuando ellos la animaron a almorzar juntos, ella aceptó. Llamó a su madre para decírselo, temiendo una mala reacción, debido a que se había vuelto sobreprotectora por el accidente, pero ella se alegró mucho y la encomió a disfrutar del tiempo que estuviese con ellos, y a invitarlos a venir a casa cuando quisiera.

Laura y sus compañeros comieron en un bar de la zona conocido por su deliciosas hamburguesas caseras, y siguieron charlando animadamente de miles de cosas. Luego de titubear un rato, Laura se decidió a contarles algunas anécdotas divertidas de sus visitas al médico, a terapia psicológica o fisioterapia, y encontró una respuesta muy positiva, porque todos las aceptaron y rieron con ella. Se alegraba mucho de haberse quedado, tras superar un impulso inicial de entrar al examen con el tiempo justo y salir rápidamente hacia su casa, con la intención de saludarlos de pasada, o ni siquiera eso.

Hacia las cuatro y media de la tarde, Laura miró su reloj y les anunció que tenía que irse, que se lo había pasado muy bien pero ya era hora de volver. Ellos se sorprendieron un poco, pero se despidieron amigablemente, animándola a llamarlos de vez en cuando, y volvieron a pagar su consumición entre todos, a pesar de su reticencia. Cuando se volvieron a despedir una vez fuera del establecimiento, Paloma (con la que hablaba de vez en cuando, pero a la que no veía hacía tiempo) se la quedó mirando, y le sugirió:

-¿Por qué no vamos juntas? Vivo cerca de tu barrio.

-A menos que te hayas cambiado de casa, no vives tan cerca, pero si quieres…-replicó Laura, para luego arrepentirse de sonar tan brusca.

-Pues sí, voy a dar un rodeo porque me apetece seguir charlando. ¿De acuerdo?- bromeó Paloma, poniendo un mohín.

-Vale, me parece estupendo- respondió Laura, aliviada- pero voy a coger el autobús.

-Genial, me gustan los autobuses.

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(Estas últimas semanas el blog anda a medio gas, pido disculpas y prometo novedades).