El cabo de Hornos II (relato)

U-Bahnhof Deutsche Oper

Aquí puedes leer la primera parte

Mientras esperaban el 52-A, Laura decidió revelar su secreto.

-Por cierto, voy a bajarme antes de llegar a mi casa… es que…

-Oye, si has quedado con un amante, por mí estupendo- contestó Paloma, extrañada.

-Es que no se lo he contado a nadie, te parecerá una tontería…

-Mujer, ya somos mayorcitas, malo será que me escandalices.

-Me voy a hacer un piercing. -dijo Laura con voz temblorosa y forzando una sonrisa.

-Hala, ¡qué valiente! Yo me hice uno en la nariz, pero se me infectó y me lo tuve que quitar. Bueno, ya estoy hablando de más. ¿Dónde te lo vas a hacer?

-Pues en la oreja.

-¿En el cartílago? Dicen que duele mucho.

-No, en el lóbulo.

-Anda, es cierto -Paloma la observó detenidamente- tienes las orejas sin perforar. Qué rancia es tu madre, ¿no?

Laura soltó una carcajada fuerte y franca.

-Sí, la verdad es que sí, es un poco rancia. Ahí llega el autobús… entramos y te lo cuento… ¿sabes por qué los piratas llevaban tantos pendientes?

-¿Cómo dices? ¿De qué hablas?

Ocurrió una semana antes, un viernes que Laura se tomó libre. Últimamente la tenían agotada los estudios, la pintura, las revisiones médicas, y las citas con su prima Clara para hacer deporte. Decidió que ese día era para ella, y lo primero que hizo fue ir a cortarse el pelo. Después compró unos libros en un rastro de su barrio, y luego se le ocurrió ir al centro para ver una exposición de un pintor local, amigo de su profesor de pintura. Para eso debía ir al centro, y su medio de transporte habitual era el autobús, salvo las veces que su padre la llevaba en coche. Sin embargo, un impulso repentino le llevó a acercarse a la estación de metro que antes utilizaba. Al llegar a la boca, la asaltó el pánico; se mareó y se detuvo en seco; se sentó en un banco al lado y respiró como le habían enseñado, hasta tranquilizarse, o al menos tomar el control de la situación. “No me voy a desmayar, no me voy a morir, todo va bien. Nadie se ha dado cuenta, no estoy haciendo el ridículo.” Se quedó sentada un buen rato, porque no podía bajar, pero tampoco quería irse. Aquella mañana no se iba a rendir fácilmente. No estaba obligada a entrar, no necesitaba ese medio de transporte porque había estudiado todas las rutas necesarias en autobús, y con la excusa de perder peso caminaba mucho más que antes del accidente.

“Pero, ¿y si lo hago? ¿y si soy capaz?”

Se mordía los labios, hojeaba los libros que había comprado, se atusaba el pelo. Finalmente resolvió que no iba a entrar por ahí… sino por la siguiente estación de la misma línea, que no había frecuentado nunca, y por lo tanto no le traía recuerdos. Se levantó y marchó imparable a la siguiente parada. Bajó sin pensárselo, pero con cuidado, mirando para no tropezar, sin perder el control: “soy una persona que va a tomar el transporte público, no pasa nada.” Por un momento se preguntó por qué había decidido hacerlo sola, y no encontró un motivo; tal vez sencillamente nunca le había apetecido hacerlo estando acompañada, y en cambio ahora sí le apetecía. En cualquier caso, no valía la pena darle más vueltas.

De pronto se vio de nuevo en un andén. No lo conocía, pero miles de sensaciones negativas vinieron a su encuentro. Sin darse cuenta, su mano derecha entró en su bolso y rebuscó el espejo. Se sintió estúpida por ese arrebato, pero una parte de ella le dijo que, si ello la iba a ayudar, no tenía por qué avergonzarse. Era una persona que iba a coger el transporte público y se miraba en el espejo para asegurarse de tener buen aspecto. También para asegurarse de que ningún hijo de perra se acercaba por detrás para intentar arrojarla a las vías. De modo que lo sacó, lo abrió con un dedo, y cerró los ojos. (En sus pesadillas siempre había alguien detrás, unas veces sin rostro, otras veces con el rostro del chico, que conoció al ver la noticia en internet). Con gran esfuerzo volvió a abrirlos, y sólo vio un cartel anunciando un musical, y su propia cara, tensa y excitada.

El aviso de la llegada del tren la sobresaltó, y casi se le cayó el espejo. Lo guardó, se aseguró de llevar dentro del bolso los dos libros que había comprado, y se dirigió al vagón con paso firme. El recorrido de ocho paradas hasta el sitio donde ocurrió todo fue inesperadamente corto, y el anuncio del nombre maldito la cogió por sorpresa. Empezó a sudar, veía doble. Se agarró con fuerza a la barra, mirando al suelo; no quería captar la atención de nadie, ni despertar curiosidad, ni lástima. “Por favor, la lástima otra vez no.” Aparte de la que suscitaba ver a una chica de veintipocos años sin un brazo, no quería más.

Y entonces el metro paró en la estación de Laguna Blanca. Le temblaron las rodillas, y un latigazo frío le sacudió la nuca. Soltó una bocanada de aire, y entonces lo supo: había ganado. Cuatro personas pasaron a su lado hacia el andén, una tropezó con ella, pero ya no importaba. Las puertas se cerraron y ella permaneció dentro, firme, saboreando la victoria. Era una heroína de la que hablarían las leyendas.

Por eso entró aquella tarde en un estudio de tatuajes del que le habían hablado bien, para hacerse un piercing en la oreja izquierda. Lo había visitado dos veces para asegurarse de que todo estaba en regla, limpio y ordenado. Al llegar, Laura se acercó al mostrador para saludar y Paloma le soltó la mano derecha, que le había cogido de forma inconsciente durante el trayecto, mientras ella le relataba la historia:

Según cuentan, hace varios siglos, los piratas empezaron a ponerse un pendiente por cada vez que pasaban por el Cabo de Hornos, en Chile, por ser el más duro y letal del mundo. Sólo unos pocos sobrevivían a la travesía, debido a las tormentas, el frío y las rocas traicioneras. Se dice que el primero en ponérselo fue Francis Drake, el más fiero de su época. Luego se sumaron más, y según en qué oreja se lo hicieran, significaba que habían pasado por otros cabos muy peligrosos, como el de Buena Esperanza. Al ponérselo, dejaban claro que eran los más audaces y que sus adversarios debían temerlos por su dureza, convirtiendo esos pendientes en símbolo de fortaleza. Verás, hace unos días, yo

Al oír el relato de su paso por la parada de metro, Paloma se había emocionado, y se sentía honrada por ir con ella a hacerse el pendiente. Llevaba mucho rato sin hablar. El tatuador confirmó con Laura cuál era el aro que ella quería ponerse, le ofreció asiento, y luego se lo ofreció también a Paloma. Ella asintió y se sentó junto a la pared, de cara a ellos dos.

Laura no sintió dolor, pero al atravesar la carne, la aguja le produjo un escalofrío que le recorrió la espalda, las piernas y los brazos. Sí, ambos brazos, también ese brazo fantasma que la atormentaba por las noches. Aunque esta vez no la asustó.

-Ya está, listo. ¿Te ha dolido?-preguntó el tatuador.

Laura miró a su amiga y respondió: -No, ya soy una veterana.

3 comentarios en “El cabo de Hornos II (relato)

  1. Pingback: El cabo de Hornos I (relato) – Rebeca Medina escribe

  2. Ebrume

    No nos damos cuenta o se nos olvida que hay gente, que como Laura, superan barreras invisibles todos los días. Me encanta este relato en el que esa lucha termina con éxito y cómo en la que Laura acaba siendo su propia heroína y un gran ejemplo para muchos.
    ¿Me equivoco si asumo que hay más partes?
    Gracias por compartir esta historia.
    Bicos

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