Anocheche en Victoria Road (Parte 1)

1 oTwLVfx9lqQIpJg1OQ15sgEl sol se ponía velozmente al oeste de Londres en aquella tarde de septiembre, mientras una chica se consumía despacio. Fabricar jabón suena aburrido; para Carlota, además, estaba resultando doloroso (se había quemado ya dos veces manejando la mezcla) e incómodo, ya que Owen, su vecino en el edificio de apartamentos Old Oak y antiguo novio, no paraba de mirarla de forma desdeñosa con sus ojos de color azul piscina.

Carlota se centró en extender cuidadosamente la pasta para dejar una superficie lisa en su molde y así poder terminar la tercera barra de la tarde. La meticulosidad era lo que la mantenía despierta. También ayudaba la voz chillona y monótona de Judie, la artesana que el complejo de residencia a medio plazo había contratado.

Owen era de Londres. De hecho, era la única persona que Carlota conocía que había nacido allí. A Owen le gustaba bromear con que era un tipo muy duro porque había crecido en esas calles; decía que se había hecho tatuajes para que reconocieran su cuerpo si aparecía muerto en el canal. Carlota le respondía que sus tatuajes eran demasiado normales como para que le sirvieran al forense en caso de que fuese decapitado.

“Me quiero morir”, pensó Carlota. “Son las ocho de la tarde de un domingo y estas actividades son un coñazo. Y Owen me sigue gustando”. Había en ese momento un ambiente distendido en la terraza delantera, gracias a la brisa fresca y las conversaciones banales. “Eso es lo que más voy a echar de menos si me vuelvo a España”, pensó Carlota. “La frivolidad, la falta de emoción”. Pero ella no quería volver. Llevaba dos semanas en paro y ya le faltaba el aire, agobiada por la ciudad más cara del mundo; estiraba todo lo posible el último sueldo de su empleo como relaciones públicas, compraba lo justo para la semana en Sainsbury, no recordaba la última vez que se había tomado una cerveza en un pub. Y aún así no quería volver a España por nada del mundo. Ni la pobreza, ni el hollín, ni el Brexit la devolverían a su pueblo.

Owen le refrescó la memoria tropezando con su mano en la de ella, quién sabe si adrede, para coger unas flores secas decorativas. Él había sido su última cerveza. Con Kelsey, la camarera, no hubo cerveza, ni cita, ni conversación; solo fue sexo, en el baño, después de su turno en aquel pub de Shoreditch. Los cuatro amaneceres más rosados que había visto jamás. Y por eso había dejado a Owen, por eso había dado por terminada la relación de tres meses. Luego ella cometió el error de esperar otra relación de Kelsey, pero no la hubo. Para Kelsey, Carlota solo supuso cuatro polvos con una española.

Dejó las herramientas y el molde de jabón a un lado y estiró los brazos hacia delante, sobre la mesa. Se había esforzado por olvidarlo, pero no dio resultado. Él le daba demasiado morbo. Y ella lo había estropeado todo.

De pronto, dijo en voz alta, en español, “me voy”. Se levantó y cogió un trapo húmedo para limpiar el reguero de gotitas color verde agua que adornaba su parcela de la gran mesa de actividades comunitarias. El olor a aceites aromáticos la alegró por un momento. Guardó sus moldes llenos de preparado junto con los de los demás, y entró en el edificio.

A Carlota le encantaba el sitio donde vivía: un bloque de apartamentos con un estilo arquitectónico hipster post industrial (como ella y Owen habían acordado definirlo) lleno de zonas comunes alegres y acogedoras, como la biblioteca, la lavandería, y el espacio de co working. El exorbitante precio del alquiler incluía limpieza semanal, vigilancia 24 horas, y las actividades como la que ella acababa de abandonar. En la planta baja, además del gimnasio, había un supermercado con lo básico, a precio desorbitante. El edificio era gigantesco, con diez plantas y treinta suites en cada nivel. Cada suite tenía dos habitaciones con baño individual y una cocina compartida.

El Old Oak estaba lejos del centro, en zona cuatro, en mitad de Victoria Road. A quince minutos andando tenía la estación de North Acton, en la Central line, y en dirección opuesta tenía la Willensden Junction para ir al ampuloso barrio de Hampstead, con sus mansiones de estilo georgiano y su enorme parque estampado de lagunas. Vivía en una especie de polígono industrial, pero su entorno era tranquilo, serpenteado de canales y carriles bici.

Sin embargo, desde que perdió su empleo en Duff & Spears, se sentía totalmente fuera de lugar. Cada persona, en el edificio y en todo Londres, parecía estar haciendo algo importante salvo ella. No estudiaba, no trabajaba, y claramente no se estaba esforzando lo suficiente para encontrar otro empleo, porque todas las personas con las que había entablado relación desde que llegó a la ciudad le habían dicho lo mismo: “si quieres, puedes”. Pobre, pero puedes. Claro que también todos ellos y Carlota habían pasado por la primera fase de la vida londinense: salir, ir a conciertos, drogarse, follar con desconocidos e ir a trabajar sin haber dormido. La vida posterior era una eterna resaca.

Carlota saludó a Ben, el recepcionista antipático de tarde (por cada turno había dos recepcionistas y un encargado de mantenimiento) y se entretuvo mirando el horario de tiempo libre de la siguiente semana: saludo al sol el lunes a las 6.00, charlas sobre feminismo el martes, taller de té orgánico el miércoles, consejos para manejar el estrés el jueves, torneo de billar el viernes, Owen detrás de ella, apoyado en la pared, reflejado en el espejo del ascensor. Carlota dio un respingo, pero se mantuvo firme. Él, por su parte, la juzgaba con calma. Parecía que de un momento a otro le iba a espetar “te lo dije, te dije que era una zorra”.

Ella se resignó, entró en el ascensor y usó su tarjeta para desbloquear el teclado y marcar el siete. Owen entró detrás y marcó el cinco; Carlota supuso que iba a la lavandería. Detrás entraron otras tres personas, de tres etnias distintas, con cara de tener proyectos y esperanzas. Nadie saludó. La mayoría de los inquilinos optaban por no hacerlo, por si eso era demasiado brusco en otras culturas.

El trayecto fue breve, pero Carlota tuvo tiempo de percibir el olor de su amante y sentir escalofríos de nostalgia. Owen se bajó en su planta, sin decirle nada. Las otras personas hicieron lo mismo. Se dirigió a su suite sintiendo cómo el aire acondicionado le ponía la piel de gallina, y recordando cuánto lo había apreciado durante el caluroso verano que ahora se terminaba. Su habitación no lo tenía, y había pasado muchas noches en vela. Además de molesto, no poder dormir por culpa del calor en Inglaterra era humillante.

Carlota entró en la cocina usando la tarjeta, se hizo un sándwich y volvió a usarla para entrar en el dormitorio, que ahora ya tenía una temperatura agradable. Se sentó en la única silla y se quedó mirando la cama, llena de objetos que no sabía dónde meter; llevaba ocho meses viviendo sin un armario. De pronto no podía hacer nada por levantarse. Le faltaba motivación para seguir buscando trabajo, o mejor dicho, pensó, “tengo motivación pero me falta energía”. La energía que tienes cuando crees que lo que estás haciendo va a servir de algo.

Seguir viviendo allí era inviable. El alquiler era desorbitado y la ubicación era bastante mala, porque le llevaba demasiado tiempo (y dinero de su Oyster) ir y venir del centro, o al menos de otras zonas con más negocios. Así que además de buscar trabajo, tendría que buscar un sitio donde vivir.

La razón por la que escogió Old Oak fue el miedo, principalmente. Se lo había recomendado su amiga Nuria, una barcelonesa de treinta años con muchas ínfulas; solo permaneció allí un mes, luego se fue a un apartamento desvencijado de Croydon con otras siete personas. Carlota tenía miedo de eso, de tener que compartir el piso, el baño y seguramente el dormitorio con desconocidos. Miedo de tener que caminar mucho tiempo por la calle en invierno, al salir del trabajo, miedo de tener que aprenderse nuevas rutas seguras. Sabía que no era una ciudad particularmente peligrosa, pero sí inmensa, y llena de micro universos a la vuelta de la esquina. Tenía miedo de agobiarse si cortaban la línea de metro habitual al última hora y tocaba buscarse la vida. No se trataba de miedo real, a algo tangible, porque todo eso no eran más que contratiempos, pero éstos le producían pánico.

Decidió ser práctica: había que cenar, ducharse y dejarlo todo preparado para salir temprano el lunes. Terminó su sándwich de pavo, lechuga y mayonesa, bebió zumo de arándano, y se metió en el baño durante media hora.

Cuando salió del baño, se puso el pijama, abrió momentáneamente la ventana para ventilar y se dio cuenta de que había cometido un error al abrir el zumo. Lo había comprado el día anterior y lo había guardado en su cuarto, ya que su espacio en la nevera común era muy pequeño y estaba ocupado con cartones de leche, de modo que había planeado no abrirlo hasta que se hubiera marchado su compañera, dos días después, el martes. Ahora tendría el zumo abierto durante 48 horas, a unos probables treinta grados.

“Tal vez si me terminase ahora la leche podría guardarlo en frío”.

Ni corta ni perezosa, salió hacia la cocina. Se bebió un tazón, bastante lleno, para poder aprovecharla toda, y mojó algunas galletas de su compañera. Al terminar, lo fregó todo y guardó el zumo en la nevera. Luego se llevó la mano al bolsillo trasero para coger la tarjeta y volver a la habitación. Pero allí no había ni bolsillo ni tarjeta, solo un fino pijama del algodón.

“Mierda. Mierda. Mierda.”

Se había dejado la tarjeta sobre la cama, y ahora estaba fuera, en pijama, sin móvil y con el pelo mojado. Tendría que bajar a recepción a pedir que le abriesen la puerta.

Decidió no prolongar el momento de bochorno. Por si no conseguía ayuda, bloqueó la pesada puerta de la suite con la ayuda de un taburete de la cocina, y se dirigió al ascensor. No podía usarlo sin la tarjeta, así que se detuvo delante, de brazos cruzados, a esperar por si venía alguien pronto. Le gustaba el área de espera; estaba decorada con cuidado, a juego con el resto de la planta. Cada nivel del edificio tenía una temática distinta, y eso le parecía un bonito detalle hacia los huéspedes. Pero notaba la humedad en sus hombros, y una repentina sensación de soledad. Los amigos que había conocido en el edificio ya se habían mudado; nadie vivía allí mucho tiempo. Por eso en ese momento no podía pedirle a nadie un secador del pelo, o una tarjeta para coger el ascensor. Empezó a retorcerse los dedos con nerviosismo, y notó que las lágrimas se concentraban en sus ojos, a punto de caer, mientras su rostro se iba calentando. Además, ya había pasado algún tiempo (no podía determinar cuánto exactamente, porque no llevaba reloj y el tiempo pasa más despacio cuando estás alterado) y no aparecía ningún vecino. Era curioso, porque la planta se había llenado de estudiantes en las últimas semanas, y siempre había mucho tráfico.

Al menos podía bajar por la escalera de incendios. Nunca lo había hecho, pero esta era la ocasión ideal. Recorrió el pasillo lo más rápido que pudo, para que nada más fallase; a veces usaba esa estrategia en la calle o en el metro. “Si tardo poco tiempo, me libraré del mal”.

Al igual que el resto de puertas del complejo, la de la escalera era pesada y cerraba con un sistema electrónico, pero para evitar problemas en las evacuaciones, habitualmente estaban desbloqueadas, así que Carlota pudo acceder sin problema. Sólo al rozar la puerta con el pie se dio cuenta de que iba descalza. Le gustaba la sensación de la moqueta, sobre todo la de aquel edificio, porque era nueva y no parecía muy contaminada, como las otras que había visto, tanto en la ciudad como en algunas visitas a otras partes de Inglaterra. Carlota suponía que toda la isla de Gran Bretaña estaba enmoquetada.

La escalera de incendios también estaba limpia, probablemente porque nadie la usaba nunca. Sin embargo, al no contar con una buena iluminación como los pasillos, resultaba agobiante, así que Carlota fue siguiendo una línea azul de la pared para sentirse más segura según se iba acostumbrando a la penumbra. Poco a poco fue bajando. Cuando llevaba descendidas tres plantas, empezó a oír risas lejanas y el eco de una conversación absurda, y poco después llegó al origen: dos chicos muy borrachos tirados en el descansillo. Ni siquiera se sorprendió. Ambos parecían muy altos, y vestían ropa moderna y arrugada, seguramente de la noche anterior. No se metieron con ella, y Carlota los esquivó sin dificultad. Uno estaba inconsciente en brazos del otro, a modo de homenaje a La Piedad. Fuerte olor a cerveza, unas notas de vómito. Lo normal.

“Disculpa a mi amigo, no se encuentra bien.”

Había oído esa frase, envuelta en distintos acentos, cientos de veces.

Ella asintió y se despidió sin más. Estaba acostumbrada a escenas así, y ya no hacía amago de ayudar. Supuso que, si necesitaban algo, el chico que se encontraba mejor bajaría hasta la recepción, o rodaría escaleras abajo.

Había un indigente en la entrada a la estación del metro de North Acton que le había llamado la atención al llegar meses atrás. Se notaba que estaba enfermo, así que ella se dirigió a los trabajadores de la estación para pedirles ayuda. Ellos le respondieron que ya lo sabían, y que si se pusiera muy mal, llamarían a una ambulancia. Que gracias por avisar y que se estuviera tranquila. Ella les hizo caso y empezó a ignorar lo que la rodeaba. De todos modos, Carlota nunca pudo presumir de tener una gran conciencia.

Sin embargo, hubo algo que la hizo detenerse por un segundo: el chico que aún mantenía el tipo se tapó la cara con el cuello de la camisa cuando ella pasó a su lado. Se rio mientras lo hacía, pero aún así le pareció una actitud un tanto extraña.

Al llegar a la recepción, no tuvo que dar explicaciones. Su aspecto la delataba. Ben la recibió con desdén, y avisó a mantenimiento por el Walkie. Mientras le respondían, se dirigió a Carlota.

— Es la quinta vez que te olvidas la tarjeta. Lo sabes, ¿verdad?

— Sí, lo recuerdo — respondió ella, avergonzada.

— Pues son cincuenta libras de recargo.

Carlota se mordió el labio inferior y le dedicó su peor mirada de desprecio. Era lo único que podía hacer.

Harry, el encargado de mantenimiento, un barbudo corpulento aunque no muy alto, subió con ella a la habitación. Carlota no se atrevía a dirigirle la palabra, porque parecía que lo había interrumpido haciendo algo muy importante. De todos modos, ella ya sabía que le pasaba a algún huésped cada día.

Cuando se acercaban a la suite, Carlota le explicó que había dejado la puerta abierta. A Harry no le hizo ninguna gracia, y le indicó que se quedase donde estaba, a unos dos metros, mientras él se aproximaba blandiendo una linterna. Al llegar a la suite, Harry vio algo que lo puso en guardia, y preguntó en voz alta:

— ¿Qué haces ahí, chico? ¿Se te ha perdido algo?

Owen salió con las manos en alto. Sonreía con afabilidad.

— Tranquilo, señor, soy Owen Simmons, el inquilino de la 715, y vengo en son de paz. Quería hablar con mi amiga, esta chica, y al ver la puerta abierta me preocupé. Solo quería esperarla aquí, por si pasaba algo.

Harry miró a Carlota, como pidiendo su confirmación.

— Sí, lo conozco, es mi amigo. No pasa nada. Gracias por preocuparte.

Harry se adentró en la cocina, refunfuñando, y abrió usando una tarjeta que funcionaba como llave maestra. Luego se quedó dentro de la habitación, mirando alrededor con desaprobación, mientras sujetaba la puerta con una mano. Owen y Carlota esperaban en la cocina a que saliera.

— Este cuarto está bastante sucio — apuntó el encargado de mantenimiento — . No deberías comer aquí, para eso está la zona de comedor.

“Comedor” era el nombre pomposo que usaba el staff para hablar de la barra y los taburetes situados frente a la cocina, que servían para apoyar la cena.

— Lo siento — murmuró Carlota, de mala gana.

Harry se quedó observándola con cara de pocos amigos, sin moverse. Entonces ella recordó que tenía que pagarle la multa por olvido reiterado de la tarjeta. Corrió a la habitación y enseguida encontró la caja de dinero para imprevistos, dentro de la bolsa de tela con la ropa interior. Le pagó y le volvió a pedir perdón.

— Deja de disculparte, es muy molesto.

Harry salió del dormitorio y luego de la suite, no sin antes tener un pequeño encontronazo con Owen, que le bloqueó el paso un momento, desafiante. Al ser éste más alto, la masculinidad de Harry acabó cediendo y le pidió permiso para pasar.

Al quedarse solos, Owen entró en la habitación. Mientras Carlota se ponía las chanclas y preparaba la ropa para el día siguiente, él cogió un cómic que le había prestado cuando empezaron a salir, y que ella no le había devuelto. Ella pensó que le iba a reprochar su despiste, pero se limitó a sentarse en el borde del escritorio y ponerse a leer. Carlota siguió con su tarea, sin intención de echarlo de allí. No le molestaba. Eso la molestaba en cierto modo, pero decidió no darle más vueltas. Lo había echado mucho de menos últimamente.

Siguieron en silencio, tranquilos, hasta que él se levantó y dejó el ejemplar de “Los defensores” de Marvel en el hueco bajo el escritorio.

— ¿Dónde vas? — le pregunto Carlota, sin poder disimular su inquietud repentina.

— Me voy a mi cuarto. Tengo hambre, creo que me quedan noodles en la nevera, pero si no, bajo un momento al supermercado. ¿Quieres algo?

— ¡No! — replicó ella — . Quiero decir, no hace falta que compres nada, puedes… Puedes quedarte a cenar.

Owen levantó las cejas, confundido.

— ¿Estás segura?

Mientras hablaba, se iba acercando a ella, con curiosidad y precaución.

— Sí, claro… De hecho, me gustaría que te quedases.

Él no respondió. Salió un momento, cogió un yogur y volvió junto a ella, que estaba encendiendo el ordenador para ver Netflix. Se acurrucaron, y después de dos horas, cuando empezaban a susurrarse cosas bonitas, el teléfono de Owen empezó a sonar. Era su amigo George, que vivía en la novena planta. Mantuvieron una breve conversación, que Carlota trató de espiar, sin éxito. Él colgó el teléfono y se puso muy pálido.

— ¿Qué pasa? — preguntó ella, preocupada.

Él la abrazó y le dijo en voz muy baja:

— Han encontrado muerto a un chico en el cuarto de calderas. Han llamado a la poli y es probable que nos hagan preguntas. Aún no lo han identificado.

A Carlota se le heló la sangre, y solo acertó a hacer una broma macabra.

— Espero que tenga unos tatuajes muy originales.

Owen esbozó una sonrisa triste.

Reseña: “El guardián invisible”, de Dolores Redondo

9788423350995

Empiezo de nuevo a publicar reseñas de los mejores libros que voy leyendo, y este es uno de los mas apasionantes que he leído en mucho tiempo.

La primera entrega de la trilogía del Baztán combina a la perfección el suspense, el relato femenino de emociones encontradas, y un costumbrismo muy especial, lleno de magia y tradición. Las tres cosas se entrelazan en una novela que nos traslada a lo más profundo de los bosques navarros. Las descripciones son profusas y sensoriales, sin resultar pesadas; en pocos minutos podemos ver la tupida vegetación, oler el petricor y sentir la humedad a nuestro alrededor, mientras la inspectora Amaia Salazar trata de resolver los crímenes del Basajaun, el asesino que tiene en vilo a la policía foral.

Se trata de una serie de asesinatos donde las víctimas, todas mujeres jóvenes, aparecen rodeadas de una simbología que mezcla la misoginia y la tradición. Por este motivo, y debido a su excepcional currículum y sus estudios sobre asesinos en serie en colaboración con el FBI, Salazar es trasladada a Elizondo, su pueblo natal, para liderar la investigación. Durante el transcurso de la historia, Amaia combinará sus dotes de investigadora, su capacidad para elaborar perfiles criminales, y su instinto agudo y entrenado.

Precisamente el instinto es uno de los leit motiv de esta novela, la capacidad innata de sentir más allá de las palabras y los indicios; cómo la usamos, qué pasa cuando falla, y qué podemos hacer cuando la perdemos. Amaia trabaja incansablemente, colaborando con sus compañeros, para desenmascarar al asesino, al tiempo que lucha contra sus propios fantasmas, y siente que ella misma se pone obstáculos a la hora de encajar las piezas. La ayuda de su familia y su compañero Jonan Etxaide, además de un contacto de Quantico; porque esta no es una historia de una mujer sola contra el mundo, sino también de colaboración, apoyo mutuo y sororidad entre mujeres.

Otro de los elementos recurrentes que actúan como causa de conflicto, y a la vez argamasa para dar consistencia a la parte más humana de la historia, es la tradición, una niebla oscura que envuelve a los habitantes de Elizondo y que nubla la vista de la inspectora Salazar, a pesar de que ella necesita recurrir a mitos y supersticiones para avanzar y resolver el caso. Se debatirá entre el escepticismo propio de la investigadora racional, que se basa en pruebas, y la influencia de los ritos y creencias ancestrales, de las que ella es partícipe en cierta medida.

Quizá la parte más emocional, que no sensiblera, de la narración viene dada por el conflicto interno y externo de Amaia, centrado en su familia, Los rencores y la tiranía de algunas mujeres de su casa en Elizondo harán más denso el aire en los días en los que Amaia permanece allí para trabajar, y a la vez también contribuyen a aumentar la tensión de la historia, que mantiene al lector en vilo constantemente. Es una narración netamente femenina, con un equilibrio exquisito entre la realidad, los hechos fríos y terribles, las emociones y las sensaciones que a veces quedan en un limbo; no sabemos si todo lo que ocurre tiene un significado, o tal vez solo sea un reflejo charco, en medio del bosque cerrado.

En definitiva, os recomiendo esta novela, que fue adaptada en una película que se estrenó el año pasado, tanto si os gusta la novela negra pura y dura, que la hay, como si os interesan las narraciones más humanas y profundas; insisto, en este caso las dos cosas están muy bien mezcladas. Cuatro estrellas sobre cinco por mi parte, porque las cinco se las doy a muy pocos.

Para terminar, y para re-inaugurar bien esta sección de reseñas: ¿Qué libros os han apasionado últimamente? ¿Me recomendáis alguno, ahora que ya me conocéis un poco?

 

Lily tiene un secreto en el desván – Los interrogatorios (Capítulo 11)

Capítulo 10

Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

 

 

 

 

 

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Salvador Arribas llegó a la sala de interrogatorios diez minutos antes de la hora a la que estaba citado Nicolás Gómez, el exnovio de Tamara, que había sido llamado a declarar como sospechoso. El detective quería tener sobre la mesa el informe de la autopsia, las pruebas y las teorías sobre su implicación, y estudiarlo todo una vez más. Aún no tenía los resultados del examen que el médico forense estaba practicando a los brazos, hallados la noche anterior, y que ya estaban deteriorados por la cal viva. Le llevaría unas horas examinarlos por completo. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván – Los interrogatorios (Capítulo 11)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)

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Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Liliana siempre se alojaba en el mismo hotel cuando iba a Madrid, en un pequeño hostal en la calle del Conde Duque. Sólo había dos habitaciones por planta, y eran muy amplias, con una cama tamaño king size y sábanas de hilo. Liliana dormía habitualmente en la suya, a veces en las de otras habitaciones. El cuarto de baño era luminoso y colorido, con bañera de patas de león y las paredes alicatadas con azulejos portugueses. Esa era una de las razones por las que Liliana lo escogió, porque le recordaban a la casa de sus abuelos en Portugal. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 9)

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Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

La noche se cerraba rápidamente sobre el matadero municipal a las afueras de La Guardia, en la provincia de Toledo. El aire se enfriaba con la brisa de las montañas, pero seguía impregnado del olor habitual en ese lugar. El matadero era un edificio de una sola planta, sobrio, algo deteriorado porque hacía muchos años que no lo pintaban, y la escasa luz que había a esas horas lo hacía parecer aún más viejo y abandonado. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 9)”

Lily tiene un secreto en el desván (capítulo 8)

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Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Salvador estaba cansado de tomar declaración a testigos, de dar vueltas por Madrid, y del caso en general. Por si fuera poco, a pesar de que él no conducía, iba incómodo en el Opel Vectra de la brigada porque el sol se estaba poniendo a su derecha, y le quemaba la cara. Leire no hablaba, y aunque había puesto la música a volumen bajo, los gorgoritos de aquella cantante pop lo estaban sacando de quicio. Leire también estaba cansada, pero su moño deshecho, su cara ojerosa y su camisa arrugada la hacían más atractiva. Salvador empezaba a percibir su sudor en el aire. Trató de entablar conversación. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (capítulo 8)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 7)

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Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Bueno, por lo que he visto han encontrado ya bastantes rastros de sangre en el ascensor, pequeños pero útiles. Ahora, esperemos que haya suerte. Están cursando la orden para registrar la vivienda de arriba y la terraza.

Leire estaba satisfecha, y se arrebujó en su chaqueta de punto al notar la brisa de la tarde en el mes de octubre. Salvador se alegró de verla bien, tras unos meses aburrida y algo triste. Creyó que ese pequeño avance en la investigación la había animado.

¿Ha terminado el forense con la autopsia?

Sí —respondió Leire, sacando su libreta de notas—. La causa de la muerte es intoxicación con alcohol y relajantes musculares —Leire suspiró antes de continuar—. Liliana intentó matarse de la misma manera hace diez años.

Así que tenemos otra conexión entre el crimen y ella. ¿Algo más? Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 7)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 6)

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Lily despertó con la mano de Miguel en su hombro, tratando de calmarla.

Es sólo una pesadilla. No grites.

Todas las personas del avión que ella alcanzaba a ver desde su asiento la estaban mirando. Algunos murmuraban, en inglés y en español, asociando su estado de agitación con su aspecto (que solo era un poco peor al habitual): “Es una drogadicta”, “será delirium tremens”, “espero que no se muera aquí”.

Lily bajó la cabeza.

¿Qué estaba gritando, exactamente? —preguntó en voz muy baja.

Estabas llamando a Tamara, o intentabas decirle algo —respondió Miguel, muy serio.

Mierda.

Creía que ya lo habías superado.

Yo también —contestó Lily, con voz temblorosa— , pero entre que hace mucho que no sé nada de ella, y el estrés que me ha traído todo esto… la llamaré cuando llegue.

Lily, no quiero estropearte los planes… pero no vamos de excursión. Yo de ti estaría disponible todo el tiempo que estés en España.

Tengo que intentarlo, se lo debo —respondió Lily, mirando fijamente a Miguel—. Se lo debemos.


Salvador Arribas salió de su casa a las siete de la mañana y se dirigió a su trabajo, en las Comisaría central de la Policía Nacional en Madrid, Brigada de delitos contra las personas, sección homicidios, que estaba a cuarenta minutos en coche. Había dormido bien, pero se levantó con un mal presentimiento. Salvador era un hombre de ciencia y de hechos consumados, no se dejaba llevar por sensaciones, pero a veces le llegaban mensajes desde algún lugar de su cerebro que le costaba descifrar. Su mujer le conocía bien y no le preguntó nada, a pesar de su gesto contrito.

Salvador revisó los mensajes de su móvil antes de arrancar el coche.

La científica aún no ha terminado en el escenario pero quiero volver. Creo que nos estamos dejando algo importante. Primero voy a hablar con el forense. Te dejo a los padres de Tamara y a unos sospechosos calentitos en la mesa. Con mantequilla, como te gustan.”

Salvador le tenía cariño a las bromas de Leire, sobre todo porque las hacía muy de vez en cuando. Siete años después de conocerla como jefa, aún no había conseguido llegar a los pensamientos de aquella mujer, más joven que él pero que estaba avejentada por el trabajo, la responsabilidad y algo más que no podía descifrar.

Había entablado con ella una amistad liviana que ayudaba a la comunicación en el trabajo, pero nada más. Incluso la noche que durmieron juntos en una misión en Algeciras que se alargó más de la cuenta, incluso a la mañana siguiente, estrechándola entre sus brazos y susurrándole cosas bonitas y sinceras al oído, ella seguía sumida en su mundo y aunque le hizo saber que era feliz, no le dejó entrar en su mente más de lo que había entrado en su cuerpo.

Pero de eso ya hacía cinco años, y en términos de vida personal, era una eternidad para Salvador. Se había divorciado de su primera mujer, había vuelto a casarse, y había vuelto a las andadas con amigas jóvenes, pero Leire no le había vuelto a dar ninguna señal de acercamiento. Tampoco estaba más fría con él por lo sucedido, ni se había enfadado, simplemente parecía que no había ocurrido. Ni una mirada cómplice, ni un gesto pícaro, nada. A veces creía que lo había soñado.

Trató de captar su perfume en el aire, pero sólo captó atmósfera de coche, con notas de ambientador de pino y tapicería edición niño de dos años. Y en la comisaría sería imposible olerla, porque Leire olía a perfume fresco, estrés y todas las inseguridades que se ponía encima por la mañana con la intención de ser perfeccionista, pero que sólo la volvían maniática.


Leire llegó al trastero concentrada en buscar todo aquello que los de la científica no hubiesen encontrado, pero tuvo que escucharles.

Inspectora, creo que esto es importante —dijo uno de los técnicos, insistiendo después de haber llamado su atención dos veces.

Leire suspiró y lo siguió hasta un armario que estaba pegado a una pared.

¿Ve estas marcas en el suelo? Creemos que lo han movido. Fíjese en esas marcas en el suelo, a la izquierda. El armario estaba ahí antes.

De modo que lo han puesto aquí para tapar algo —respondió Leire, animada—. Vamos allá.

La inspectora y dos técnicos movieron el armario con gran esfuerzo. Tenía solo dos puertas y era de madera chapada, pero pesaba mucho porque estaba lleno de ropa. Al retirarlo, miraron al suelo y encontraron una gran mancha marrón.

El asesino retiró la mayor parte de la sangre, pero no pudo limpiarla, porque se le hacía tarde —dijo Leire—. Probablemente, cuando trajo el cuerpo, lo apoyó aquí mientras preparaba la escena.

Lo peinaremos en busca de huellas y otros restos.

Estupendo, nos será muy útil.

En ese momento entró Salvador en la escena.

Hola, ¿Cómo vais?

Bueno, hemos encontrado una pista nueva, aunque puede que solo se trate de sangre de la víctima. También tenemos quince juegos de huellas completas. Una maravilla.

Leire puso los ojos en blanco, para acentuar su hartazgo.

Pues mira qué bien, traigo buenas noticias —anunció Salvador—. Por fin tenemos un testigo. Es una anciana que oyó ruidos la noche del crimen. Vive en la planta de abajo.

Muy bien, dile que venga.

Me temo que eso no es posible, la mujer está postrada en la cama, está muy enferma.

Vaya, ahora vamos.

Leire y Salvador llamaron al piso séptimo, puerta D, y una enfermera les abriço la puerta y los condujo al dormitorio. La mujer, una señora de unos ochenta años y que lucía un pijama rosa de franela, estaba nerviosa, pero sonrió al verles.

Buenos días, señora. Soy la inspectora Leire Chamorro, de la brigada de homicidios. Gracias por avisar. ¿Qué quiere contarnos?

La enfermera acercó dos sillas a la cama y los invitados se sentaron. La mujer estaba muy cansada y hablaba despacio, pero su mente estaba fresca y lúcida.

Gracias a ti. Yo me llamo Ascensión, podéis llamarme Chon. Te pido disculpas, llevo tres noches sin dormir pensando en lo que ha pasado, y en esa pobre chica. Yo oí algo aquella noche y no lo conté porque pensé que no era importante… —La anciana se detuvo y respiró profundamente—. Oí una discusión esa noche, una discusión muy fuerte, en el balcón de al lado.. Había un hombre y una chica, y hablaban de algo muy grave, muy serio, porque estaban muy nerviosos. Luego volvieron adentro y no oí nada más.

Bien, eso puede aclarar muchas cosas —Leire quería animar a la mujer, haciéndole ver que su testimonio era útil, pero no las tenía todas consigo—. ¿Podría decirnos a qué hora oyó esa discusión?

Eran las cuatro de la mañana. Lo sé con seguridad porque no duermo bien por las noches y a esa hora empieza mi programa de radio favorito, uno de fantasmas. De hecho, bajé el volumen de la radio para enterarme bien de lo que pasaba.

Salvador disimuló una carcajada. Leire abrió mucho los ojos, expectante.

De acuerdo, vamos a ver… —dijo Leire, acercándose a las cortinas— ¿Le importa que mire hacia qué lado dan sus ventanas?

Oh no, por supuesto. Mire, mire. —La anciana hizo un esfuerzo encomiable por incorporarse —. Estas ventanas dan a la trasera, hay un patio de manzana. Algunas veces entra gente a la terraza de la planta de los trasteros saltando desde esos balcones de la izquierda. El bloque de al lado tiene una planta más. Esto se diseñó muy mal.

¿Qué piensas? —susurró Salvador, más por costumbre que por evitar que la anciana los oyese.

El momento de las cuatro de la mañana entra dentro del margen para el traslado del cuerpo —comenzó Leire, de brazos cruzados—. Según este testimonio, tenemos dos asesinos o un asesino y un cómplice. Subieron el cuerpo en el ascensor, y… ¿Discutieron sobre cómo colocarlo? ¿Qué hacían aquí fuera?

Veo tu teoría y la desmonto —apuntó Salvador—. Subieron el cuerpo por el ascensor de otro edificio y al llegar aquí lo metieron por la terraza.

¿Cómo pasas un cuerpo de cincuenta kilos de un balcón a otro? —preguntó Leire, casi de forma retórica— ¿Y para qué harían algo tan complicado? Además, está la cuestión de cómo entrar en la vivienda.

Hecho número uno: la policía científica no ha encontrado nada en este ascensor. Hecho número dos: eran dos personas y no una, es fácil trasladar el cuerpo entre dos. —Salvador hizo una pausa dramática, regodeándose en su momento—. Hecho número tres: a nadie se le ocurriría comprobar el ascensor de otro bloque en busca de pistas. Sólo nos queda averiguar cómo entraron.

Leire puso una cara entre la incredulidad y la indignación, debido a que esa idea era muy buena y no se le había ocurrido a ella. Abrió de nuevo la ventana y asomó la cabeza.

Ascensión, por favor, ¿podemos abrir su balcón? Está en la habitación de al lado, ¿verdad? —rogó Leire, con su mejor sonrisa, que Salvador había visto pocas veces.

Por supuesto, corazón —respondió la anciana, que de pronto estaba emocionada y llena de energía—, solo te pido que cierres la puerta de mi cuarto, porque las corrientes me van fatal para la espalda.

Leire y Salvador salieron del cuarto, que olía a enfermedad y medicinas, y con ayuda de la enfermera encontraron la habitación del balcón, una sala de estar, dos puertas más a la izquierda. Salvador fue derecho al balcón, lo abrió y salió a la tarde madrileña. Era un día nublado.

Vale, ya lo veo —comentó, mirando a su izquierda— Hay un balcón pegado a este, que es del otro bloque. Encima de ese balcón hay otro, y según nos ha dicho la señora, desde él se salta fácilmente a la terraza que tenemos encima. Yo lo veo muy claro.

Vale, ahora sólo hay que plantarse en el bloque de al lado, explicar toda la película a los vecinos, y pedirles que nos dejen ver el ascensor.

Leire estaba hablando sin mirar a Salvador y no se dio cuenta de que éste estaba intentando saltar al otro balcón.

¡Pero qué haces! ¡Te vas a matar! —gritó Leire, tratando de sujetarlo— Ya eres muy mayor para esas cosas.

Salvador rió, mientras pasaba de uno a otro.

Hala, listo. Ya estoy —respondió Salvador, lleno de satisfacción.

Muy bien. ¿Ahora vas a entrar ahí y allanar una vivienda?

No, ahora me voy a fumar un pitillo mientras tú bajas, entras en el portal de al lado en nombre de la Policía Nacional y subes hasta la casa. Te espero.

Leire salió de la vivienda, avisó a los técnicos de la Científica, y se llevó a dos de ellos. Llamó desde el portal a la vivienda y le abrieron. Dio a sus compañeros instrucciones para hacer una revisión parcial del ascensor antes de tener un permiso, por si aparecía algo revelador. Llamó a la puerta de la vivienda en cuyo balcón estaba Salvador y le abrió una mujer de mediana edad.

Buenas tardes, señora —saludó Leire, sofocada y excitada, enseñando su placa—. Soy Leire Chamorro, Policía Nacional, Brigada de Homicidios.

Jesús —respondió la mujer, llevándose la mano derecha al pecho—. Pase, pase.

No la entretendremos mucho tiempo —dijo Leire, mientras entraba—. Tenemos indicios de que los asesinos de la chica que apareció muerta en el edificio de al lado han usado una vivienda de este bloque para mover el cuerpo. ¿Recuerda haber oído algo la noche de autos? Del martes al miércoles.

Pues no, lo siento mucho. Duermo profundamente. Tomo pastillas, ¿sabe?

Leire pensó en la paradoja del insomnio en los testigos.

Bien, no se preocupe. ¿Puede decirme quién vive arriba?

Pues está vacío, el propietario vive en Francia. Pero a veces vienen turistas, o gente de paso, porque lo alquila por días con una agencia de esas de internet.

Leire sonrió ampliamente sin poder evitarlo.


Liliana llegó a Madrid a las diez de la mañana, hora española. Estaba sudando como no recordaba haber sudado en meses. Además de dormir, durante el vuelo también le dio tiempo de consultar las novedades sobre el crimen en internet (donde aún no figuraba el nombre de la víctima), comer un menú completo de pollo braseado, ensalada de arroz y compota de pera, y vomitar parte del mismo. Se había arrepentido en tres ocasiones de haber cogido ese vuelo, y en las tres Miguel la había convencido de lo contrario.

Fue al hotel que tenía reservado, y Miguel se quedó en casa de una amigo. Sacó lo imprescindible de su equipaje y se metió en la cama. No pensaba ir a la comisaría central hasta la tarde. Miró su iPhone con ansiedad, pensando si debía hacer aquella llamada o no; finalmente decidió que aún no estaba preparada para hablar con Tamara. Se quedó dormida con el móvil en la mano.

Liliana había borrado doscientas fotos, quince vídeos y eliminado tres cuentas de redes sociales en el tiempo que estuvo en el avión. Se lo había recomendado Miguel, porque a fin de cuentas tenía duplicados de todo ese contenido en su disco duro (que dejó en el estudio de grabación), y porque no quería que la policía lo viese. La mayoría de las fotos borradas eran de carácter sexual, suyas o de sus parejas, pero también había fotos de mucha gente tomando drogas ilegales, sobre todo cocaína y anfetaminas. La mayoría de esas personas no eran famosas.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 5)

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Leire resopló. Acababa de pedir a su compañero, el detective Salvador Arribas, que entrase en su despacho para seguir con el trabajo, porque no quería estar en la estancia común del departamento. Ya no podía pensar. Salvador no sabía si eso podría ayudar. A sus cincuenta y cuatro años había pasado por ese punto muchas veces: el bloqueo en una investigación, cuando nada parece tener sentido, y uno se toma un respiro para meditar. La mayoría de las veces eso no servía de nada. Sus ojos marrones, arrugados y relativamente atractivos habían visto muchos casos archivados, y sus enormes manos habían llevado muchas pruebas al almacén, y las habían metido en cajas con etiquetas para que durmieran el sueño de los justos. Pero Leire era demasiado terca como para no hacerle caso, y demasiado lista como para que aquel esfuerzo no mereciese la pena. De modo que el detective llevó sus casi dos metros y sus ciento diez kilos al interior del despacho.

Estoy harta y solo ha pasado un día —dijo—. No hay pistas, no hay testigos, parece que esa chica apareció muerta por arte de magia.

Vamos, anímate —respondió Salvador—. Ayer identificamos a la víctima, y ya tenemos una lista de sospechosos bastante larga.

Sí, eso es—replicó Leire—. Tenemos una lista enorme de sospechosos, son sesenta —Se dejó caer en la silla de oficina y dejó caer su cabeza en la mesa por un segundo. Luego la levantó—. Y no hemos encontrado los brazos.

Aún es pronto, vamos bien —respondió Salvador, tratando de calmarla—. Seguimos intentando encontrarlos en los vertederos y las plantas de residuos de los hospitales. De momento no podemos hacer más. Y de esos sesenta, descartaremos los que no tengan una coartada firme.

Podemos y debemos hacer algo más. Los padres de la chica van a llegar de un momento a otro. Ni siquiera hemos encontrado su bolso.

Vale, te diré lo que vamos a hacer. Vamos a mirar lo que tenemos.

Salvador se levantó, trajo al despacho de Leire una pizarra Vileda y la apoyó contra una pared, frente al escritorio. Comenzó a escribir palabras clave en lugares separados, para poder unirlas después. Leire estaba entretenida mirando mensajes personales en su móvil, porque no quería hacerle caso.

Bien, tenemos la identidad de la víctima, a falta de la identificación por parte de sus padres, y por su ADN —retomó Salvador—, tenemos una lista de sospechosos y tenemos una línea de investigación basada en Liliana. —Salvador escribió “Liliana” en letras tan grandes como “Tamara”—. Sabemos que probablemente el asesino está relacionado con ella y con su banda.

Leire miraba la pizarra fingiendo que no tenía interés.

Tamara era de Granada. —Salvador hizo un croquis del mapa de España y señaló ambas ciudades—. Desapareció hace tres semanas, durante las cuales nadie la vio por ninguna parte, y apareció muerta ayer por la mañana en un trastero del Sur de Madrid. —Delineó una línea temporal a la derecha de la pizarra—. No se han encontrado sus huellas en la escena del crimen, por lo cual es probable que ella nunca hubiese estado allí antes.

Es genial —refunfuñó Leire, sin mirarle—. Absolutamente genial, me has animado de la hostia, gracias.

Continúo —gruñó Salvador—. Tamara era una fan de la banda. El asesino es, o bien un fan loco, o un enemigo de Liliana.

No creo que tenga enemigos, es un músico.

Yo no lo descartaría. Es una exadicta, probablemente tenga deudas, y esta gente siempre triunfa a base de hacer chanchullos en el espectáculo, por lo que puede que deba favores.

Vale, admito la propuesta —Leire se levantó y se acercó a la pizarra—. A ver si llega ella mañana y nos ayuda.

Yo la considero sospechosa —afirmó Salvador, rodeando el nombre de la artista en color rojo.

¿Sospechosa de qué? Tiene una coartada sólida, estaba a cinco mil kilómetros.

Puede que no sea la autora material, pero seguro que está implicada. Piénsalo, un crimen ritual, con un escenario preparado, gente famosa y con pasta… Seguro que lo encargó ella.

Hay otra cosa —dijo Leire, acercándose a la línea temporal—. Tenemos un agujero de tres semanas entre que la chica desaparece sin dejar rastro, y aparece muerta a cientos de kilómetros.

Sí, habrá que reconstruir su historia para localizar al asesino.

No solo eso —continuó Leire—, necesitamos saber qué pasó en ese tiempo para localizar los brazos.

¿Cómo? Se los cortaron mientras estaba viva, pero las heridas eran muy recientes, así que estarán donde la mató, o muy cerca. Pero no nos sirven para nada.

Piénsalo. —Leire se levantó y empezó a dibujar espirales, mientras pensaba—. Esto no es sólo una mutilación ritual, ni un mensaje para Lily, es algo más. Si solo fuese eso, los habría dejado al lado, ¿no? Formarían parte de la escena.

No los podía dejar a la vista porque no quería que la identificásemos por las huellas.

La íbamos a identificar de todas maneras, gracias a la canción. Fue fácil —contestó Leire—. Escucha, aquí hay algo más. Empiezo a pensar… empiezo a pensar que el asesino sabe que yo también soy seguidora suya.

¿Qué? —exclamó Salvador— ¿Insinúas que sabe que te gustan los Silver Linings, que conoces sus canciones?

Sí. —La expresión de Leire se ensombreció—. Y creo que está jugando conmigo.

Salvador se puso muy serio y cerró la puerta del despacho.

Eso es muy grave. Explícate.

Verás, yo… He estado revisando las fotos de Tamara en las redes sociales, y… esa foto donde sale con Lily y ella lleva el vestido azul, bueno… Yo estuve en ese concierto. No fui a back stage, pero estuve allí, en la sala Apolo. Era mi cumpleaños, me invitó mi exnovio.

Así que el asesino quiere hacer daño a Lily, y escoge a la chica a la que ella le dedicó una canción, ¿pero también sabe que lo ibas a investigar tú? —preguntó Salvador, incrédulo— Eso es imposible, no podía saberlo.

Tamara no era su musa, la canción tiene seis años —le corrigió Leire—. Lo que es seguro es que nos está dejando pistas y las estamos siguiendo, y me da la sensación de que las claves para encontrarlo a él son más complicadas, y tengo miedo de estar pasando por alto algo tan grande que cuando lo vea me sentiré humillada.

Si se lo digo ahora mismo al comisario Vázquez, estás fuera del caso.

Leire lo miró a los ojos fijamente, apoyada en la mesa.

Pero no vas a hacerlo.

Acabas de admitir que estás involucrada.

Y tú también lo estás —replicó Leire, firme— Llevas desde ayer sin dormir y casi sin comer, y ahora mismo estás sudando porque quieres resolver este caso. Tamara tenía dos años menos que tu hija cuando la mataron, y no vas a descansar hasta que cojas a ese cabrón. ¿Me equivoco?

De acuerdo. —Salvador abrió los brazos, herido, en señal de rendición—. ¿Qué sugieres?

No quiere que encontremos los brazos, y por eso nos ha permitido identificarla, para que pensemos que no son importantes— Leire volvió a enfrentarse a la pizarra, y cogió un rotulador azul—. Y estoy convencida de que lo son. Ahora, déjame pensar en alto un momento.

Vale —respondió Salvador, expectante.

Esta chica se fue de casa hace tres semanas, y nadie supo más de ella. —Leire dibujó una bifurcación que salía de “Tamara”.— Hay dos opciones, o fue secuestrada por el asesino, o se escapó de casa y él la encontró y la mató, pero eso es demasiada coincidencia, y estamos de acuerdo en que aquí no hay coincidencias.

Te sigo.

Si no la secuestró, cabe la posibilidad de que la encontrase deliberadamente, porque ella contactó con Lily o con alguien de su banda en algún momento. Si se fue voluntariamente, puede que necesitase dinero o recursos.

Callejón sin salida, ninguno de ellos estaba en España.

Bien. Volvamos a la noche de autos. —Leire dibujó otra línea temporal debajo de la anterior—. Lily aparece a las 6.45 de la mañana en la calle Méndez Álvaro, y no hay ni rastro de sangre ni testigos que oyesen gritos o golpes, ergo, fue asesinada en otra parte. Y el asesino dejó los brazos allí. El forense ha afinado la hora de la muerte en la una de la mañana. Son casi seis horas para mover el cadáver.

Correcto.

Pues yo digo que no la mató en Madrid. Sería demasiado fácil, piénsalo. Estamos buscando debajo de las piedras, pero sin salir del ayuntamiento, y algo me dice que es un error.

Espera. ¿Crees que la mató en Granada?

Creo que Tamara nunca salió de Granada. Creo que se fue de casa con él de forma voluntaria, piensa que si no hay signos de violencia es muy probable que lo conociese. Se fugan, ella se arrepiente, y por algún motivo él la mata y la mutila y se trae el cuerpo. Le habría dado tiempo de trasladarlo hasta aquí.

Hay lagunas enormes en lo que acabas de decir, como por ejemplo que nadie se fuga de casa después de los dieciocho, pero sí estoy de acuerdo en que los brazos no están en Madrid porque no quiere que los encontremos. —Salvador dibujó una línea que unía “Madrid” y “Granada”—. Voy a hacerte un favor y voy a ignorar casi todo lo que has dicho, y vamos a suponer que no están aquí. Yo digo que tampoco están en Granada, es una ciudad de menos de trescientos mil habitantes. El asesino no se puede arriesgar a que los encontremos en un sitio tan pequeño.

Vale. Entonces, en el camino. De todos modos, yo miraría en granjas y mataderos de la ciudad.

Pero va a ser mucho más sencillo mirar en los mataderos y las granjas de la carretera entre aquí y allí —contravino Salvador, poniendo puntos desperdigados a los lados de la línea —. Terminaremos antes.

Son más de cuatrocientos kilómetros.

Piensa que son miles de kilómetros menos de lo que teníamos hasta ahora. —Salvador sonrió, satisfecho—. Bien, yo me pondré con eso. Tú, mientras tanto, reza para que los padres encuentren un atasco monumental en la autovía o una manifestación al entrar en la M40 y ponte a buscar canciones de ese grupo que hablen de coches.

¿Qué?

Hazme caso. A lo mejor el asesino no es tan listo como creemos y solo es un friki que quiere montar películas sangrientas usando el universo de su grupo favorito. No puedes descartar nada de momento. Tienes razón en que los brazos nos pueden dar mucha información, pero no te quedes con la idea de que él sabía que la identificaríamos de otro modo. Le viene muy bien que perdamos el tiempo. Y hay que saber por qué.


Lily cerró la bolsa de deporte y la maleta y revisó el contenido de su bolso de mano. Luego se hizo un sándwich con lo que quedaba en la nevera (su parte de la misma), se despidió de sus compañeras, que pululaban por el apartamento sin hacerle mucho caso, y salió de casa con tiempo de sobra para llegar en tren al aeropuerto JFK.

Cuando llevaba veinte minutos de recorrido, recibió una llamada de teléfono. Sacó su iPhone del bolsillo de la cazadora de cuero y leyó un número de teléfono de España. Lo cogió.

¿Sí?

Hola, soy la inspectora Leire Chamorro, de la brigada de homicidios de la policía judicial española. —Leire tomó aire para continuar— ¿Es usted Liliana Sandoval?

Sí, soy yo. Ayer hablé con un compañero suyo, voy de camino al aeropuerto.

Vaya. Bueno, lo que le quiero pedir es muy particular, y espero que no le cause un contratiempo.

Dígame.

Verá… —la voz de Leire sonaba pastosa, como si arrastrase las palabras, debido al cansancio y a lo mucho que le costaba asimilar todo aquello— Llevamos desde ayer tratando de aclarar muchas cosas de este caso, y hay algo que… Bueno, definitivamente el asesino o asesinos tienen una fijación con su música, y hemos averiguado algunos datos muy importantes acerca del crimen gracias a detalles relacionados con canciones suyas. La víctima era una fan de su banda musical.

Liliana sintió un escalofrió que restalló en la nuca, fue bajando por su espalda y sus piernas, y luego subió a sus brazos. Se quedó rígida y muda.

Bien, quiero que haga lo siguiente —continuó Leire, reuniendo el valor—. Quiero que traiga todo lo que tenga guardado de las canciones que usted ha compuesto, letras, borradores, grabaciones inéditas… Sobre todo cosas que no hayan sido publicadas. Me da la impresión de que podría ser muy importante.

Pero eso es imposible —respondió Liliana, tratando de reponerse—, eso no lo he publicado, así que aunque se trate de un fan loco, no podría conocerlo.

Mire, no sé si es un fan o alguien que la conoce muy bien a usted, no sé si usted ha sacado fotos de ese material y las ha publicado en redes sociales, no sé si hay cintas pirata o lo que sea que hacen hoy en día los fans. Por favor, intente hacer lo que le digo.

Lily calculó mentalmente el tiempo del que disponía y decidió bajarse en la siguiente parada.

De acuerdo, lo haré —resolvió Liliana, tras unos segundos—. Nos vemos mañana.

Muchas gracias, hasta la vista.

Leire colgó el teléfono, lo usó para sacar una fotografía de la pizarra de su despacho y la borró. Se despidió de Salvador, se fue a su piso de la Latina y se metió en la cama.

Lily se bajó en la siguiente parada y cogió el metro para llegar al estudio de grabación Dragon’s Lair, en dirección Norte. Contaba con dos horas y media de margen antes de la salida del vuelo, pero solo una hora y media antes del cierre del mostrador de facturación. Era muy poco para coger lo que le hacía falta, pero parte de ella sabía que debía hacer lo que la inspectora le decía, porque tenía que hacer todo lo posible para resolver el caso. Por su propio bien.

Al llegar saludó a Jim, el portero, que ya la conocía de las tres últimas y tormentosas sesiones de su banda, y le pidió permiso para pasar al almacén donde estaba el material de Silver Linings, que habían dejado allí de forma temporal. Cogió su bajo y su guitarra con intención de llevárselos, y volvió a dejarlos en su sitio para no gastar demasiado facturando los instrumentos. Luego observó el almacén, con todos los equipos y las cajas de material, y se imaginó en su propio trastero, con el cuerpo de la chica a sus pies. Se le encogió el corazón.

Abrió la bolsa de deporte, sacó cosas que probablemente iba a utilizar en España, y que había cogido para que no las usasen sus compañeras, y las fue depositando en aquellas cajas del estudio que eran de su propiedad. Finalmente seleccionó las cintas y los papeles que eran solo suyos o suyos en su mayor parte, que no tuviesen muchas letras de los demás (lo cual era difícil), y fue acomodando todo en el espacio libre de la bolsa. La cerró y se encaminó de nuevo hacia el aeropuerto, con menos tiempo de margen del que querría. Se tranquilizó pensando que se había quitado casi todos los piercings, y con suerte no la entretendrían mucho en el control de pasajeros.

Por el camino volvió a pensar en la llamada de la inspectora. Llegó a la conclusión de que la consideraba sospechosa del asesinato, o al menos implicada en el mismo. Tal vez debería haber llamado a su abogado. De todos modos el que había contactado más veces vivía en Madrid, así que lo tendría cerca. Al llegar al aeropuerto subió en el ascensor con todas sus cosas hasta el mostrador de Iberia, y allí empezó a pesar su equipaje. Cuando iba a sacar la tarjeta de embarque, una mano larga y huesuda apareció por su costado y le quitó su pasaporte, que estaba encima del mostrador. Se volvió para tratar de recuperarlo y vio a Miguel, riéndose.

Pero qué… Devuélveme eso, capullo —le regañó ella, cariñosamente—. ¿Qué puñetas haces aquí?

Sabía que aún no te habrías ido —respondió él, y la abrazó—. Pillé el primer vuelo que salía de aquí y que podría coger al volver. Salí ayer de Seattle y hoy he aprovechado para ver a unos amigos en Manhattan.

¿A unos amigos?

Quien dice unos amigos, dice mi abogado —respondió, apesadumbrado—. Tía, esto nos va a joder pero bien. Pase lo que pase. Por eso no quería que fueses sola.

Y porque sabes que es posible que te interroguen —replicó ella, cogiendo la tarjeta y su pasaporte—.

Miguel guardó silencio mientras facturaba sus maletas.

¿Ya sabes quién es? —preguntó Miguel cuando se dirigían al control de seguridad— Digo la chica muerta.

No, no me lo han querido decir —respondió Lily, mientras se quitaba sus accesorios y los dejaba en la bandeja—. Pero tengo una corazonada. Espero que no sea quien yo creo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 4)

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Leire llevaba una hora observando las fotografías de la escena del crimen. El cuerpo estaba tumbado boca arriba, con la cabeza mirando a su derecha, y las piernas dobladas hacia el lado contrario. Nada era casual, era un montaje cuidado e intencionado. “Un loco”, habrían dicho los medios”. “Un artesano”, pensaba ella. Vio la púa en su lugar, junto a la cadera derecha; eso constituía un mensaje. Los brazos ausentes, otro. Pero no podía interpretar ninguno de ellos. Leire estaba agotada y frustrada.

Eran las cuatro de la tarde, y su estómago rugía ferozmente. Se levantó de su silla, tapó las fotografías con carpetas y salió, cerrando la puerta de su minúsculo despacho.

Oye Salva, ahora vengo. Tengo que comer algo.

El la miró, compasivo.

Vete a casa, ya hace rato que deberías haberte ido. Hoy no vamos a hacer mucho más.

Entonces vete tú también —respondió ella, sonando más brusca de lo que quería.

Estoy esperando a que llegue el propietario del trastero, aunque no creo que nos ayude en absoluto, hace años que no pasa por allí. Luego me voy.

Yo bajo a la cafetería y luego vuelvo a seguir un rato más, necesito encontrar algo hoy, lo que sea. Luego me sentiré mejor y podré descansar.

Vale —contestó él, resignado— Ve a la cafetería de enfrente, hoy tienen tortilla de la que te gusta, a lo mejor aún queda.

Gracias. —dijo ella, con una sonrisa cansada.

Leire bajó hasta la planta baja de la comisaría usando las escaleras, diciéndose a si misma que era por hacer ejercicio, pero en realidad lo hacía porque en momentos así, cuando aún no tenía más que incertidumbre acerca de un crimen, el ascensor le producía un agobio terrible.

Llegó a la cafetería “Momentos”, cuyas tapas eras de mejor calidad que su decoración y su nombre, y pidió una tapa de tortilla. Benjamín, el camarero, le dio las buenas tardes y le sirvió una porción tan grande que se salía del pequeño plato. Puso al lado un buen trozo de pan fresco, y una Coca Cola.

Regalo de la casa —explicó, guiñándole un ojo.

Leire le dio las gracias, despachó su almuerzo con detenimiento, y volvió al trabajo llena de energía.

Cuando llegó a su puesto, pensó que tal vez lo que necesitaba para espabilar su mente analítica era evadirse un poco. Buscó entre la música que llevaba en su teléfono móvil y encontró dos álbumes de Silver Linings, los dos que había publicado con Lily. Se le ocurrió que podían servir. Se puso los auriculares y, antes de que hubiese escogido una canción para empezar, recordó unos versos.

She was pure and real,

nothing got on her way,

til they cut her wings

now she dreams on a bed

Era demasiada coincidencia. No recordaba el nombre de la canción, pero sí el álbum, Things I wouldn’t tell, uno de los que tenía a su disposición. Reprodujo tres canciones, mientras caía presa de una lucidez extraña, y empezaba a ver las fotos de otro modo, como el montaje que eran en realidad, como si las hubiese hecho un artista. La cuarta canción del álbum se llamaba

Tamara —dijo Leire en voz alta, cuando sonaron las primeras notas.

Tamara fell for a loser with a blue Corvette

She always knew he didn’t love her but she didn’t care

Tamara was twenty two and her whole life was a mess

she used to eat dicks for lunch and they ate her in the end

Leire la escuchó dos veces, mientras observaba la fotografía de la cara de la chica, y al fijarse en sus orejas se dio cuenta de algo extraño: tenía menos pendientes que piercings, y quedaban algunos agujeros al aire. Iba muy arreglada para tener ese descuido, algo no cuadraba. Solo llevaba los de los lóbulos, y el de la nariz, todos ellos de plata, en forma de media luna.

Tamara had three Moons of her own

but only one of them was open for business

Leire se levantó como un resorte. El asesino había escogido a la víctima por su nombre, si bien no pudo encontrar una que tuviese el mismo número de agujeros en las orejas.

¿Dónde está Salva? —preguntó Leire, frenética de pronto.

Se ha ido —respondió Jaime, un teniente muy pequeño en tamaño y en vocación de servicio.

¿Está abierta la base de desaparecidos?

Sí, estoy con ella, buscando chicas entre veinte y veinticinco, como me dijiste.

Vale, reduce la búsqueda, limítala a las que se llamen Tamara.

Tamara came from a palace

three lions guarded her crib

Y que hayan nacido en Granada.

Solo un resultado coincidía. Tamara Rivas Calderón, de veintidós años, había desaparecido hacía tres semanas. Era ella, con los mismo ojos grandes y vivaces, el lunar en la mejilla, los labios carnosos.


Lily estaba terminando de hacer la maleta. Ahora le costaba mucho menos que años atrás. El día que llegó a Londres procedente de Madrid, a los veinte años, para estudiar inglés y trabajar como técnico de sonido, llevaba tanto equipaje que tardó tres semanas en deshacerlo todo. Ahora todas sus pertenencias, que se llevaba porque no sabía cuándo podría volver, cabían en una maleta grande, una bolsa de deporte y un bolso. Más lo que había en el trastero.

Puto trastero —murmuró, secándose las lágrimas, mientras metía sus tres pares auriculares en la bolsa de Adidas.

Los instrumentos dormían en un local de la ciudad. Todos los miembros de la banda vivían allí, más o menos de forma continuada. Miguel se encontraba en Seattle con unos amigos (aunque la razón real era el proceso de divorcio de su segunda mujer) y Alejo estaba en la ciudad, pero Lily no quería llamarle. Aunque tal vez debería hacerlo.

Lily llevaba treinta y seis horas sin dormir. Había estado ese tiempo dándole vueltas al asunto, desde que habló con el detective Salvador Arribas, y éste le informó de que era imprescindible que se presentase en la comisaría de la brigada de homicidios, puesto que el trastero estaba a su nombre en el contrato de arrendamiento y todo el contenido era de su propiedad. En ese tiempo había llorado de rabia, de miedo, había llamado a todas las chicas que tenían la llave y con las que podía contactar (nadie había encontrado a Colette, ni siquiera la policía). Había comprado un billete de ida a Madrid, había visto una temporada de su serie favorita, había terminado una botella de whiskey que reservaba para las grandes ocasiones, y había llamado a un ligue intermitente, que había venido a consolarla y ya se había ido. Fumó dos cajetillas de tabaco, se tomó tres cafés cargados, y se dio una ducha. Ahora estaba terminando de hacer el equipaje y luego se obligaría a comer algo.

En un momento dado, tirada en el sofá, mirando cómo el detective McNulty resolvía un caso mientras su vida personal se iba al garete, pensó en inventariar la ropa que había en el trastero, con la esperanza de que eso sirviese de algo, y como ejercicio de memoria. Le salieron un total de diez pares de vaqueros, otros diez pares de pantalones, cincuenta camisetas, ocho faldas, doce vestidos, catorce prendas de dudosa clasificación (la mayor parte procedente de una tienda fetichista del Soho londinense), sesenta bragas, tres sujetadores, dieciocho cinturones, una cantidad indeterminada entre diez y treinta muñequeras de cuero, y veintiséis anillos de plata. Más un neceser de grandes dimensiones con maquillaje y cosméticos. Miró su agenda, hizo memoria, y concluyó que la última vez que había estado en el trastero había sido en mayo del año anterior, hacía catorce meses, cuando terminó su pequeña gira por España, y ella guardó allí la ropa que había usado durante la misma.

También había cosas de Alejo, al menos una caja grande llena que no le permitió ver. La había llevado él en persona desde su casa de Madrid, cuando la tuvo que dejar cinco años atrás al separarse de su novia. Alejo no sabía que había más gente con acceso al trastero. Lily les había dicho a sus amigas que no tocasen el contenido de esa caja, pero no sabía si alguna lo había hecho, y la verdad era que le daba igual, porque odiaba a Alejo la mayor parte del tiempo. Ahora no sabía si debía mencionarle a la policía que también había cosas de él allí, o si debía hablar con él y contarle lo que había pasado. Decidió que no iba a llamar a Alejo, pero sí comentarle ese detalle a la policía.