Lily tiene un secreto en el desván – Los interrogatorios (Capítulo 11)

Capítulo 10

Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

 

 

 

 

 

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Salvador Arribas llegó a la sala de interrogatorios diez minutos antes de la hora a la que estaba citado Nicolás Gómez, el exnovio de Tamara, que había sido llamado a declarar como sospechoso. El detective quería tener sobre la mesa el informe de la autopsia, las pruebas y las teorías sobre su implicación, y estudiarlo todo una vez más. Aún no tenía los resultados del examen que el médico forense estaba practicando a los brazos, hallados la noche anterior, y que ya estaban deteriorados por la cal viva. Le llevaría unas horas examinarlos por completo. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván – Los interrogatorios (Capítulo 11)”

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Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)

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Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Liliana siempre se alojaba en el mismo hotel cuando iba a Madrid, en un pequeño hostal en la calle del Conde Duque. Sólo había dos habitaciones por planta, y eran muy amplias, con una cama tamaño king size y sábanas de hilo. Liliana dormía habitualmente en la suya, a veces en las de otras habitaciones. El cuarto de baño era luminoso y colorido, con bañera de patas de león y las paredes alicatadas con azulejos portugueses. Esa era una de las razones por las que Liliana lo escogió, porque le recordaban a la casa de sus abuelos en Portugal. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 9)

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Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

La noche se cerraba rápidamente sobre el matadero municipal a las afueras de La Guardia, en la provincia de Toledo. El aire se enfriaba con la brisa de las montañas, pero seguía impregnado del olor habitual en ese lugar. El matadero era un edificio de una sola planta, sobrio, algo deteriorado porque hacía muchos años que no lo pintaban, y la escasa luz que había a esas horas lo hacía parecer aún más viejo y abandonado. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 9)”

Lily tiene un secreto en el desván (capítulo 8)

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Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Salvador estaba cansado de tomar declaración a testigos, de dar vueltas por Madrid, y del caso en general. Por si fuera poco, a pesar de que él no conducía, iba incómodo en el Opel Vectra de la brigada porque el sol se estaba poniendo a su derecha, y le quemaba la cara. Leire no hablaba, y aunque había puesto la música a volumen bajo, los gorgoritos de aquella cantante pop lo estaban sacando de quicio. Leire también estaba cansada, pero su moño deshecho, su cara ojerosa y su camisa arrugada la hacían más atractiva. Salvador empezaba a percibir su sudor en el aire. Trató de entablar conversación. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (capítulo 8)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 7)

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Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Bueno, por lo que he visto han encontrado ya bastantes rastros de sangre en el ascensor, pequeños pero útiles. Ahora, esperemos que haya suerte. Están cursando la orden para registrar la vivienda de arriba y la terraza.

Leire estaba satisfecha, y se arrebujó en su chaqueta de punto al notar la brisa de la tarde en el mes de octubre. Salvador se alegró de verla bien, tras unos meses aburrida y algo triste. Creyó que ese pequeño avance en la investigación la había animado.

¿Ha terminado el forense con la autopsia?

Sí —respondió Leire, sacando su libreta de notas—. La causa de la muerte es intoxicación con alcohol y relajantes musculares —Leire suspiró antes de continuar—. Liliana intentó matarse de la misma manera hace diez años.

Así que tenemos otra conexión entre el crimen y ella. ¿Algo más? Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 7)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 6)

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Lily despertó con la mano de Miguel en su hombro, tratando de calmarla.

Es sólo una pesadilla. No grites.

Todas las personas del avión que ella alcanzaba a ver desde su asiento la estaban mirando. Algunos murmuraban, en inglés y en español, asociando su estado de agitación con su aspecto (que solo era un poco peor al habitual): “Es una drogadicta”, “será delirium tremens”, “espero que no se muera aquí”.

Lily bajó la cabeza.

¿Qué estaba gritando, exactamente? —preguntó en voz muy baja.

Estabas llamando a Tamara, o intentabas decirle algo —respondió Miguel, muy serio.

Mierda.

Creía que ya lo habías superado.

Yo también —contestó Lily, con voz temblorosa— , pero entre que hace mucho que no sé nada de ella, y el estrés que me ha traído todo esto… la llamaré cuando llegue.

Lily, no quiero estropearte los planes… pero no vamos de excursión. Yo de ti estaría disponible todo el tiempo que estés en España.

Tengo que intentarlo, se lo debo —respondió Lily, mirando fijamente a Miguel—. Se lo debemos.


Salvador Arribas salió de su casa a las siete de la mañana y se dirigió a su trabajo, en las Comisaría central de la Policía Nacional en Madrid, Brigada de delitos contra las personas, sección homicidios, que estaba a cuarenta minutos en coche. Había dormido bien, pero se levantó con un mal presentimiento. Salvador era un hombre de ciencia y de hechos consumados, no se dejaba llevar por sensaciones, pero a veces le llegaban mensajes desde algún lugar de su cerebro que le costaba descifrar. Su mujer le conocía bien y no le preguntó nada, a pesar de su gesto contrito.

Salvador revisó los mensajes de su móvil antes de arrancar el coche.

La científica aún no ha terminado en el escenario pero quiero volver. Creo que nos estamos dejando algo importante. Primero voy a hablar con el forense. Te dejo a los padres de Tamara y a unos sospechosos calentitos en la mesa. Con mantequilla, como te gustan.”

Salvador le tenía cariño a las bromas de Leire, sobre todo porque las hacía muy de vez en cuando. Siete años después de conocerla como jefa, aún no había conseguido llegar a los pensamientos de aquella mujer, más joven que él pero que estaba avejentada por el trabajo, la responsabilidad y algo más que no podía descifrar.

Había entablado con ella una amistad liviana que ayudaba a la comunicación en el trabajo, pero nada más. Incluso la noche que durmieron juntos en una misión en Algeciras que se alargó más de la cuenta, incluso a la mañana siguiente, estrechándola entre sus brazos y susurrándole cosas bonitas y sinceras al oído, ella seguía sumida en su mundo y aunque le hizo saber que era feliz, no le dejó entrar en su mente más de lo que había entrado en su cuerpo.

Pero de eso ya hacía cinco años, y en términos de vida personal, era una eternidad para Salvador. Se había divorciado de su primera mujer, había vuelto a casarse, y había vuelto a las andadas con amigas jóvenes, pero Leire no le había vuelto a dar ninguna señal de acercamiento. Tampoco estaba más fría con él por lo sucedido, ni se había enfadado, simplemente parecía que no había ocurrido. Ni una mirada cómplice, ni un gesto pícaro, nada. A veces creía que lo había soñado.

Trató de captar su perfume en el aire, pero sólo captó atmósfera de coche, con notas de ambientador de pino y tapicería edición niño de dos años. Y en la comisaría sería imposible olerla, porque Leire olía a perfume fresco, estrés y todas las inseguridades que se ponía encima por la mañana con la intención de ser perfeccionista, pero que sólo la volvían maniática.


Leire llegó al trastero concentrada en buscar todo aquello que los de la científica no hubiesen encontrado, pero tuvo que escucharles.

Inspectora, creo que esto es importante —dijo uno de los técnicos, insistiendo después de haber llamado su atención dos veces.

Leire suspiró y lo siguió hasta un armario que estaba pegado a una pared.

¿Ve estas marcas en el suelo? Creemos que lo han movido. Fíjese en esas marcas en el suelo, a la izquierda. El armario estaba ahí antes.

De modo que lo han puesto aquí para tapar algo —respondió Leire, animada—. Vamos allá.

La inspectora y dos técnicos movieron el armario con gran esfuerzo. Tenía solo dos puertas y era de madera chapada, pero pesaba mucho porque estaba lleno de ropa. Al retirarlo, miraron al suelo y encontraron una gran mancha marrón.

El asesino retiró la mayor parte de la sangre, pero no pudo limpiarla, porque se le hacía tarde —dijo Leire—. Probablemente, cuando trajo el cuerpo, lo apoyó aquí mientras preparaba la escena.

Lo peinaremos en busca de huellas y otros restos.

Estupendo, nos será muy útil.

En ese momento entró Salvador en la escena.

Hola, ¿Cómo vais?

Bueno, hemos encontrado una pista nueva, aunque puede que solo se trate de sangre de la víctima. También tenemos quince juegos de huellas completas. Una maravilla.

Leire puso los ojos en blanco, para acentuar su hartazgo.

Pues mira qué bien, traigo buenas noticias —anunció Salvador—. Por fin tenemos un testigo. Es una anciana que oyó ruidos la noche del crimen. Vive en la planta de abajo.

Muy bien, dile que venga.

Me temo que eso no es posible, la mujer está postrada en la cama, está muy enferma.

Vaya, ahora vamos.

Leire y Salvador llamaron al piso séptimo, puerta D, y una enfermera les abriço la puerta y los condujo al dormitorio. La mujer, una señora de unos ochenta años y que lucía un pijama rosa de franela, estaba nerviosa, pero sonrió al verles.

Buenos días, señora. Soy la inspectora Leire Chamorro, de la brigada de homicidios. Gracias por avisar. ¿Qué quiere contarnos?

La enfermera acercó dos sillas a la cama y los invitados se sentaron. La mujer estaba muy cansada y hablaba despacio, pero su mente estaba fresca y lúcida.

Gracias a ti. Yo me llamo Ascensión, podéis llamarme Chon. Te pido disculpas, llevo tres noches sin dormir pensando en lo que ha pasado, y en esa pobre chica. Yo oí algo aquella noche y no lo conté porque pensé que no era importante… —La anciana se detuvo y respiró profundamente—. Oí una discusión esa noche, una discusión muy fuerte, en el balcón de al lado.. Había un hombre y una chica, y hablaban de algo muy grave, muy serio, porque estaban muy nerviosos. Luego volvieron adentro y no oí nada más.

Bien, eso puede aclarar muchas cosas —Leire quería animar a la mujer, haciéndole ver que su testimonio era útil, pero no las tenía todas consigo—. ¿Podría decirnos a qué hora oyó esa discusión?

Eran las cuatro de la mañana. Lo sé con seguridad porque no duermo bien por las noches y a esa hora empieza mi programa de radio favorito, uno de fantasmas. De hecho, bajé el volumen de la radio para enterarme bien de lo que pasaba.

Salvador disimuló una carcajada. Leire abrió mucho los ojos, expectante.

De acuerdo, vamos a ver… —dijo Leire, acercándose a las cortinas— ¿Le importa que mire hacia qué lado dan sus ventanas?

Oh no, por supuesto. Mire, mire. —La anciana hizo un esfuerzo encomiable por incorporarse —. Estas ventanas dan a la trasera, hay un patio de manzana. Algunas veces entra gente a la terraza de la planta de los trasteros saltando desde esos balcones de la izquierda. El bloque de al lado tiene una planta más. Esto se diseñó muy mal.

¿Qué piensas? —susurró Salvador, más por costumbre que por evitar que la anciana los oyese.

El momento de las cuatro de la mañana entra dentro del margen para el traslado del cuerpo —comenzó Leire, de brazos cruzados—. Según este testimonio, tenemos dos asesinos o un asesino y un cómplice. Subieron el cuerpo en el ascensor, y… ¿Discutieron sobre cómo colocarlo? ¿Qué hacían aquí fuera?

Veo tu teoría y la desmonto —apuntó Salvador—. Subieron el cuerpo por el ascensor de otro edificio y al llegar aquí lo metieron por la terraza.

¿Cómo pasas un cuerpo de cincuenta kilos de un balcón a otro? —preguntó Leire, casi de forma retórica— ¿Y para qué harían algo tan complicado? Además, está la cuestión de cómo entrar en la vivienda.

Hecho número uno: la policía científica no ha encontrado nada en este ascensor. Hecho número dos: eran dos personas y no una, es fácil trasladar el cuerpo entre dos. —Salvador hizo una pausa dramática, regodeándose en su momento—. Hecho número tres: a nadie se le ocurriría comprobar el ascensor de otro bloque en busca de pistas. Sólo nos queda averiguar cómo entraron.

Leire puso una cara entre la incredulidad y la indignación, debido a que esa idea era muy buena y no se le había ocurrido a ella. Abrió de nuevo la ventana y asomó la cabeza.

Ascensión, por favor, ¿podemos abrir su balcón? Está en la habitación de al lado, ¿verdad? —rogó Leire, con su mejor sonrisa, que Salvador había visto pocas veces.

Por supuesto, corazón —respondió la anciana, que de pronto estaba emocionada y llena de energía—, solo te pido que cierres la puerta de mi cuarto, porque las corrientes me van fatal para la espalda.

Leire y Salvador salieron del cuarto, que olía a enfermedad y medicinas, y con ayuda de la enfermera encontraron la habitación del balcón, una sala de estar, dos puertas más a la izquierda. Salvador fue derecho al balcón, lo abrió y salió a la tarde madrileña. Era un día nublado.

Vale, ya lo veo —comentó, mirando a su izquierda— Hay un balcón pegado a este, que es del otro bloque. Encima de ese balcón hay otro, y según nos ha dicho la señora, desde él se salta fácilmente a la terraza que tenemos encima. Yo lo veo muy claro.

Vale, ahora sólo hay que plantarse en el bloque de al lado, explicar toda la película a los vecinos, y pedirles que nos dejen ver el ascensor.

Leire estaba hablando sin mirar a Salvador y no se dio cuenta de que éste estaba intentando saltar al otro balcón.

¡Pero qué haces! ¡Te vas a matar! —gritó Leire, tratando de sujetarlo— Ya eres muy mayor para esas cosas.

Salvador rió, mientras pasaba de uno a otro.

Hala, listo. Ya estoy —respondió Salvador, lleno de satisfacción.

Muy bien. ¿Ahora vas a entrar ahí y allanar una vivienda?

No, ahora me voy a fumar un pitillo mientras tú bajas, entras en el portal de al lado en nombre de la Policía Nacional y subes hasta la casa. Te espero.

Leire salió de la vivienda, avisó a los técnicos de la Científica, y se llevó a dos de ellos. Llamó desde el portal a la vivienda y le abrieron. Dio a sus compañeros instrucciones para hacer una revisión parcial del ascensor antes de tener un permiso, por si aparecía algo revelador. Llamó a la puerta de la vivienda en cuyo balcón estaba Salvador y le abrió una mujer de mediana edad.

Buenas tardes, señora —saludó Leire, sofocada y excitada, enseñando su placa—. Soy Leire Chamorro, Policía Nacional, Brigada de Homicidios.

Jesús —respondió la mujer, llevándose la mano derecha al pecho—. Pase, pase.

No la entretendremos mucho tiempo —dijo Leire, mientras entraba—. Tenemos indicios de que los asesinos de la chica que apareció muerta en el edificio de al lado han usado una vivienda de este bloque para mover el cuerpo. ¿Recuerda haber oído algo la noche de autos? Del martes al miércoles.

Pues no, lo siento mucho. Duermo profundamente. Tomo pastillas, ¿sabe?

Leire pensó en la paradoja del insomnio en los testigos.

Bien, no se preocupe. ¿Puede decirme quién vive arriba?

Pues está vacío, el propietario vive en Francia. Pero a veces vienen turistas, o gente de paso, porque lo alquila por días con una agencia de esas de internet.

Leire sonrió ampliamente sin poder evitarlo.


Liliana llegó a Madrid a las diez de la mañana, hora española. Estaba sudando como no recordaba haber sudado en meses. Además de dormir, durante el vuelo también le dio tiempo de consultar las novedades sobre el crimen en internet (donde aún no figuraba el nombre de la víctima), comer un menú completo de pollo braseado, ensalada de arroz y compota de pera, y vomitar parte del mismo. Se había arrepentido en tres ocasiones de haber cogido ese vuelo, y en las tres Miguel la había convencido de lo contrario.

Fue al hotel que tenía reservado, y Miguel se quedó en casa de una amigo. Sacó lo imprescindible de su equipaje y se metió en la cama. No pensaba ir a la comisaría central hasta la tarde. Miró su iPhone con ansiedad, pensando si debía hacer aquella llamada o no; finalmente decidió que aún no estaba preparada para hablar con Tamara. Se quedó dormida con el móvil en la mano.

Liliana había borrado doscientas fotos, quince vídeos y eliminado tres cuentas de redes sociales en el tiempo que estuvo en el avión. Se lo había recomendado Miguel, porque a fin de cuentas tenía duplicados de todo ese contenido en su disco duro (que dejó en el estudio de grabación), y porque no quería que la policía lo viese. La mayoría de las fotos borradas eran de carácter sexual, suyas o de sus parejas, pero también había fotos de mucha gente tomando drogas ilegales, sobre todo cocaína y anfetaminas. La mayoría de esas personas no eran famosas.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 5)

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Leire resopló. Acababa de pedir a su compañero, el detective Salvador Arribas, que entrase en su despacho para seguir con el trabajo, porque no quería estar en la estancia común del departamento. Ya no podía pensar. Salvador no sabía si eso podría ayudar. A sus cincuenta y cuatro años había pasado por ese punto muchas veces: el bloqueo en una investigación, cuando nada parece tener sentido, y uno se toma un respiro para meditar. La mayoría de las veces eso no servía de nada. Sus ojos marrones, arrugados y relativamente atractivos habían visto muchos casos archivados, y sus enormes manos habían llevado muchas pruebas al almacén, y las habían metido en cajas con etiquetas para que durmieran el sueño de los justos. Pero Leire era demasiado terca como para no hacerle caso, y demasiado lista como para que aquel esfuerzo no mereciese la pena. De modo que el detective llevó sus casi dos metros y sus ciento diez kilos al interior del despacho.

Estoy harta y solo ha pasado un día —dijo—. No hay pistas, no hay testigos, parece que esa chica apareció muerta por arte de magia.

Vamos, anímate —respondió Salvador—. Ayer identificamos a la víctima, y ya tenemos una lista de sospechosos bastante larga.

Sí, eso es—replicó Leire—. Tenemos una lista enorme de sospechosos, son sesenta —Se dejó caer en la silla de oficina y dejó caer su cabeza en la mesa por un segundo. Luego la levantó—. Y no hemos encontrado los brazos.

Aún es pronto, vamos bien —respondió Salvador, tratando de calmarla—. Seguimos intentando encontrarlos en los vertederos y las plantas de residuos de los hospitales. De momento no podemos hacer más. Y de esos sesenta, descartaremos los que no tengan una coartada firme.

Podemos y debemos hacer algo más. Los padres de la chica van a llegar de un momento a otro. Ni siquiera hemos encontrado su bolso.

Vale, te diré lo que vamos a hacer. Vamos a mirar lo que tenemos.

Salvador se levantó, trajo al despacho de Leire una pizarra Vileda y la apoyó contra una pared, frente al escritorio. Comenzó a escribir palabras clave en lugares separados, para poder unirlas después. Leire estaba entretenida mirando mensajes personales en su móvil, porque no quería hacerle caso.

Bien, tenemos la identidad de la víctima, a falta de la identificación por parte de sus padres, y por su ADN —retomó Salvador—, tenemos una lista de sospechosos y tenemos una línea de investigación basada en Liliana. —Salvador escribió “Liliana” en letras tan grandes como “Tamara”—. Sabemos que probablemente el asesino está relacionado con ella y con su banda.

Leire miraba la pizarra fingiendo que no tenía interés.

Tamara era de Granada. —Salvador hizo un croquis del mapa de España y señaló ambas ciudades—. Desapareció hace tres semanas, durante las cuales nadie la vio por ninguna parte, y apareció muerta ayer por la mañana en un trastero del Sur de Madrid. —Delineó una línea temporal a la derecha de la pizarra—. No se han encontrado sus huellas en la escena del crimen, por lo cual es probable que ella nunca hubiese estado allí antes.

Es genial —refunfuñó Leire, sin mirarle—. Absolutamente genial, me has animado de la hostia, gracias.

Continúo —gruñó Salvador—. Tamara era una fan de la banda. El asesino es, o bien un fan loco, o un enemigo de Liliana.

No creo que tenga enemigos, es un músico.

Yo no lo descartaría. Es una exadicta, probablemente tenga deudas, y esta gente siempre triunfa a base de hacer chanchullos en el espectáculo, por lo que puede que deba favores.

Vale, admito la propuesta —Leire se levantó y se acercó a la pizarra—. A ver si llega ella mañana y nos ayuda.

Yo la considero sospechosa —afirmó Salvador, rodeando el nombre de la artista en color rojo.

¿Sospechosa de qué? Tiene una coartada sólida, estaba a cinco mil kilómetros.

Puede que no sea la autora material, pero seguro que está implicada. Piénsalo, un crimen ritual, con un escenario preparado, gente famosa y con pasta… Seguro que lo encargó ella.

Hay otra cosa —dijo Leire, acercándose a la línea temporal—. Tenemos un agujero de tres semanas entre que la chica desaparece sin dejar rastro, y aparece muerta a cientos de kilómetros.

Sí, habrá que reconstruir su historia para localizar al asesino.

No solo eso —continuó Leire—, necesitamos saber qué pasó en ese tiempo para localizar los brazos.

¿Cómo? Se los cortaron mientras estaba viva, pero las heridas eran muy recientes, así que estarán donde la mató, o muy cerca. Pero no nos sirven para nada.

Piénsalo. —Leire se levantó y empezó a dibujar espirales, mientras pensaba—. Esto no es sólo una mutilación ritual, ni un mensaje para Lily, es algo más. Si solo fuese eso, los habría dejado al lado, ¿no? Formarían parte de la escena.

No los podía dejar a la vista porque no quería que la identificásemos por las huellas.

La íbamos a identificar de todas maneras, gracias a la canción. Fue fácil —contestó Leire—. Escucha, aquí hay algo más. Empiezo a pensar… empiezo a pensar que el asesino sabe que yo también soy seguidora suya.

¿Qué? —exclamó Salvador— ¿Insinúas que sabe que te gustan los Silver Linings, que conoces sus canciones?

Sí. —La expresión de Leire se ensombreció—. Y creo que está jugando conmigo.

Salvador se puso muy serio y cerró la puerta del despacho.

Eso es muy grave. Explícate.

Verás, yo… He estado revisando las fotos de Tamara en las redes sociales, y… esa foto donde sale con Lily y ella lleva el vestido azul, bueno… Yo estuve en ese concierto. No fui a back stage, pero estuve allí, en la sala Apolo. Era mi cumpleaños, me invitó mi exnovio.

Así que el asesino quiere hacer daño a Lily, y escoge a la chica a la que ella le dedicó una canción, ¿pero también sabe que lo ibas a investigar tú? —preguntó Salvador, incrédulo— Eso es imposible, no podía saberlo.

Tamara no era su musa, la canción tiene seis años —le corrigió Leire—. Lo que es seguro es que nos está dejando pistas y las estamos siguiendo, y me da la sensación de que las claves para encontrarlo a él son más complicadas, y tengo miedo de estar pasando por alto algo tan grande que cuando lo vea me sentiré humillada.

Si se lo digo ahora mismo al comisario Vázquez, estás fuera del caso.

Leire lo miró a los ojos fijamente, apoyada en la mesa.

Pero no vas a hacerlo.

Acabas de admitir que estás involucrada.

Y tú también lo estás —replicó Leire, firme— Llevas desde ayer sin dormir y casi sin comer, y ahora mismo estás sudando porque quieres resolver este caso. Tamara tenía dos años menos que tu hija cuando la mataron, y no vas a descansar hasta que cojas a ese cabrón. ¿Me equivoco?

De acuerdo. —Salvador abrió los brazos, herido, en señal de rendición—. ¿Qué sugieres?

No quiere que encontremos los brazos, y por eso nos ha permitido identificarla, para que pensemos que no son importantes— Leire volvió a enfrentarse a la pizarra, y cogió un rotulador azul—. Y estoy convencida de que lo son. Ahora, déjame pensar en alto un momento.

Vale —respondió Salvador, expectante.

Esta chica se fue de casa hace tres semanas, y nadie supo más de ella. —Leire dibujó una bifurcación que salía de “Tamara”.— Hay dos opciones, o fue secuestrada por el asesino, o se escapó de casa y él la encontró y la mató, pero eso es demasiada coincidencia, y estamos de acuerdo en que aquí no hay coincidencias.

Te sigo.

Si no la secuestró, cabe la posibilidad de que la encontrase deliberadamente, porque ella contactó con Lily o con alguien de su banda en algún momento. Si se fue voluntariamente, puede que necesitase dinero o recursos.

Callejón sin salida, ninguno de ellos estaba en España.

Bien. Volvamos a la noche de autos. —Leire dibujó otra línea temporal debajo de la anterior—. Lily aparece a las 6.45 de la mañana en la calle Méndez Álvaro, y no hay ni rastro de sangre ni testigos que oyesen gritos o golpes, ergo, fue asesinada en otra parte. Y el asesino dejó los brazos allí. El forense ha afinado la hora de la muerte en la una de la mañana. Son casi seis horas para mover el cadáver.

Correcto.

Pues yo digo que no la mató en Madrid. Sería demasiado fácil, piénsalo. Estamos buscando debajo de las piedras, pero sin salir del ayuntamiento, y algo me dice que es un error.

Espera. ¿Crees que la mató en Granada?

Creo que Tamara nunca salió de Granada. Creo que se fue de casa con él de forma voluntaria, piensa que si no hay signos de violencia es muy probable que lo conociese. Se fugan, ella se arrepiente, y por algún motivo él la mata y la mutila y se trae el cuerpo. Le habría dado tiempo de trasladarlo hasta aquí.

Hay lagunas enormes en lo que acabas de decir, como por ejemplo que nadie se fuga de casa después de los dieciocho, pero sí estoy de acuerdo en que los brazos no están en Madrid porque no quiere que los encontremos. —Salvador dibujó una línea que unía “Madrid” y “Granada”—. Voy a hacerte un favor y voy a ignorar casi todo lo que has dicho, y vamos a suponer que no están aquí. Yo digo que tampoco están en Granada, es una ciudad de menos de trescientos mil habitantes. El asesino no se puede arriesgar a que los encontremos en un sitio tan pequeño.

Vale. Entonces, en el camino. De todos modos, yo miraría en granjas y mataderos de la ciudad.

Pero va a ser mucho más sencillo mirar en los mataderos y las granjas de la carretera entre aquí y allí —contravino Salvador, poniendo puntos desperdigados a los lados de la línea —. Terminaremos antes.

Son más de cuatrocientos kilómetros.

Piensa que son miles de kilómetros menos de lo que teníamos hasta ahora. —Salvador sonrió, satisfecho—. Bien, yo me pondré con eso. Tú, mientras tanto, reza para que los padres encuentren un atasco monumental en la autovía o una manifestación al entrar en la M40 y ponte a buscar canciones de ese grupo que hablen de coches.

¿Qué?

Hazme caso. A lo mejor el asesino no es tan listo como creemos y solo es un friki que quiere montar películas sangrientas usando el universo de su grupo favorito. No puedes descartar nada de momento. Tienes razón en que los brazos nos pueden dar mucha información, pero no te quedes con la idea de que él sabía que la identificaríamos de otro modo. Le viene muy bien que perdamos el tiempo. Y hay que saber por qué.


Lily cerró la bolsa de deporte y la maleta y revisó el contenido de su bolso de mano. Luego se hizo un sándwich con lo que quedaba en la nevera (su parte de la misma), se despidió de sus compañeras, que pululaban por el apartamento sin hacerle mucho caso, y salió de casa con tiempo de sobra para llegar en tren al aeropuerto JFK.

Cuando llevaba veinte minutos de recorrido, recibió una llamada de teléfono. Sacó su iPhone del bolsillo de la cazadora de cuero y leyó un número de teléfono de España. Lo cogió.

¿Sí?

Hola, soy la inspectora Leire Chamorro, de la brigada de homicidios de la policía judicial española. —Leire tomó aire para continuar— ¿Es usted Liliana Sandoval?

Sí, soy yo. Ayer hablé con un compañero suyo, voy de camino al aeropuerto.

Vaya. Bueno, lo que le quiero pedir es muy particular, y espero que no le cause un contratiempo.

Dígame.

Verá… —la voz de Leire sonaba pastosa, como si arrastrase las palabras, debido al cansancio y a lo mucho que le costaba asimilar todo aquello— Llevamos desde ayer tratando de aclarar muchas cosas de este caso, y hay algo que… Bueno, definitivamente el asesino o asesinos tienen una fijación con su música, y hemos averiguado algunos datos muy importantes acerca del crimen gracias a detalles relacionados con canciones suyas. La víctima era una fan de su banda musical.

Liliana sintió un escalofrió que restalló en la nuca, fue bajando por su espalda y sus piernas, y luego subió a sus brazos. Se quedó rígida y muda.

Bien, quiero que haga lo siguiente —continuó Leire, reuniendo el valor—. Quiero que traiga todo lo que tenga guardado de las canciones que usted ha compuesto, letras, borradores, grabaciones inéditas… Sobre todo cosas que no hayan sido publicadas. Me da la impresión de que podría ser muy importante.

Pero eso es imposible —respondió Liliana, tratando de reponerse—, eso no lo he publicado, así que aunque se trate de un fan loco, no podría conocerlo.

Mire, no sé si es un fan o alguien que la conoce muy bien a usted, no sé si usted ha sacado fotos de ese material y las ha publicado en redes sociales, no sé si hay cintas pirata o lo que sea que hacen hoy en día los fans. Por favor, intente hacer lo que le digo.

Lily calculó mentalmente el tiempo del que disponía y decidió bajarse en la siguiente parada.

De acuerdo, lo haré —resolvió Liliana, tras unos segundos—. Nos vemos mañana.

Muchas gracias, hasta la vista.

Leire colgó el teléfono, lo usó para sacar una fotografía de la pizarra de su despacho y la borró. Se despidió de Salvador, se fue a su piso de la Latina y se metió en la cama.

Lily se bajó en la siguiente parada y cogió el metro para llegar al estudio de grabación Dragon’s Lair, en dirección Norte. Contaba con dos horas y media de margen antes de la salida del vuelo, pero solo una hora y media antes del cierre del mostrador de facturación. Era muy poco para coger lo que le hacía falta, pero parte de ella sabía que debía hacer lo que la inspectora le decía, porque tenía que hacer todo lo posible para resolver el caso. Por su propio bien.

Al llegar saludó a Jim, el portero, que ya la conocía de las tres últimas y tormentosas sesiones de su banda, y le pidió permiso para pasar al almacén donde estaba el material de Silver Linings, que habían dejado allí de forma temporal. Cogió su bajo y su guitarra con intención de llevárselos, y volvió a dejarlos en su sitio para no gastar demasiado facturando los instrumentos. Luego observó el almacén, con todos los equipos y las cajas de material, y se imaginó en su propio trastero, con el cuerpo de la chica a sus pies. Se le encogió el corazón.

Abrió la bolsa de deporte, sacó cosas que probablemente iba a utilizar en España, y que había cogido para que no las usasen sus compañeras, y las fue depositando en aquellas cajas del estudio que eran de su propiedad. Finalmente seleccionó las cintas y los papeles que eran solo suyos o suyos en su mayor parte, que no tuviesen muchas letras de los demás (lo cual era difícil), y fue acomodando todo en el espacio libre de la bolsa. La cerró y se encaminó de nuevo hacia el aeropuerto, con menos tiempo de margen del que querría. Se tranquilizó pensando que se había quitado casi todos los piercings, y con suerte no la entretendrían mucho en el control de pasajeros.

Por el camino volvió a pensar en la llamada de la inspectora. Llegó a la conclusión de que la consideraba sospechosa del asesinato, o al menos implicada en el mismo. Tal vez debería haber llamado a su abogado. De todos modos el que había contactado más veces vivía en Madrid, así que lo tendría cerca. Al llegar al aeropuerto subió en el ascensor con todas sus cosas hasta el mostrador de Iberia, y allí empezó a pesar su equipaje. Cuando iba a sacar la tarjeta de embarque, una mano larga y huesuda apareció por su costado y le quitó su pasaporte, que estaba encima del mostrador. Se volvió para tratar de recuperarlo y vio a Miguel, riéndose.

Pero qué… Devuélveme eso, capullo —le regañó ella, cariñosamente—. ¿Qué puñetas haces aquí?

Sabía que aún no te habrías ido —respondió él, y la abrazó—. Pillé el primer vuelo que salía de aquí y que podría coger al volver. Salí ayer de Seattle y hoy he aprovechado para ver a unos amigos en Manhattan.

¿A unos amigos?

Quien dice unos amigos, dice mi abogado —respondió, apesadumbrado—. Tía, esto nos va a joder pero bien. Pase lo que pase. Por eso no quería que fueses sola.

Y porque sabes que es posible que te interroguen —replicó ella, cogiendo la tarjeta y su pasaporte—.

Miguel guardó silencio mientras facturaba sus maletas.

¿Ya sabes quién es? —preguntó Miguel cuando se dirigían al control de seguridad— Digo la chica muerta.

No, no me lo han querido decir —respondió Lily, mientras se quitaba sus accesorios y los dejaba en la bandeja—. Pero tengo una corazonada. Espero que no sea quien yo creo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 4)

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Leire llevaba una hora observando las fotografías de la escena del crimen. El cuerpo estaba tumbado boca arriba, con la cabeza mirando a su derecha, y las piernas dobladas hacia el lado contrario. Nada era casual, era un montaje cuidado e intencionado. “Un loco”, habrían dicho los medios”. “Un artesano”, pensaba ella. Vio la púa en su lugar, junto a la cadera derecha; eso constituía un mensaje. Los brazos ausentes, otro. Pero no podía interpretar ninguno de ellos. Leire estaba agotada y frustrada.

Eran las cuatro de la tarde, y su estómago rugía ferozmente. Se levantó de su silla, tapó las fotografías con carpetas y salió, cerrando la puerta de su minúsculo despacho.

Oye Salva, ahora vengo. Tengo que comer algo.

El la miró, compasivo.

Vete a casa, ya hace rato que deberías haberte ido. Hoy no vamos a hacer mucho más.

Entonces vete tú también —respondió ella, sonando más brusca de lo que quería.

Estoy esperando a que llegue el propietario del trastero, aunque no creo que nos ayude en absoluto, hace años que no pasa por allí. Luego me voy.

Yo bajo a la cafetería y luego vuelvo a seguir un rato más, necesito encontrar algo hoy, lo que sea. Luego me sentiré mejor y podré descansar.

Vale —contestó él, resignado— Ve a la cafetería de enfrente, hoy tienen tortilla de la que te gusta, a lo mejor aún queda.

Gracias. —dijo ella, con una sonrisa cansada.

Leire bajó hasta la planta baja de la comisaría usando las escaleras, diciéndose a si misma que era por hacer ejercicio, pero en realidad lo hacía porque en momentos así, cuando aún no tenía más que incertidumbre acerca de un crimen, el ascensor le producía un agobio terrible.

Llegó a la cafetería “Momentos”, cuyas tapas eras de mejor calidad que su decoración y su nombre, y pidió una tapa de tortilla. Benjamín, el camarero, le dio las buenas tardes y le sirvió una porción tan grande que se salía del pequeño plato. Puso al lado un buen trozo de pan fresco, y una Coca Cola.

Regalo de la casa —explicó, guiñándole un ojo.

Leire le dio las gracias, despachó su almuerzo con detenimiento, y volvió al trabajo llena de energía.

Cuando llegó a su puesto, pensó que tal vez lo que necesitaba para espabilar su mente analítica era evadirse un poco. Buscó entre la música que llevaba en su teléfono móvil y encontró dos álbumes de Silver Linings, los dos que había publicado con Lily. Se le ocurrió que podían servir. Se puso los auriculares y, antes de que hubiese escogido una canción para empezar, recordó unos versos.

She was pure and real,

nothing got on her way,

til they cut her wings

now she dreams on a bed

Era demasiada coincidencia. No recordaba el nombre de la canción, pero sí el álbum, Things I wouldn’t tell, uno de los que tenía a su disposición. Reprodujo tres canciones, mientras caía presa de una lucidez extraña, y empezaba a ver las fotos de otro modo, como el montaje que eran en realidad, como si las hubiese hecho un artista. La cuarta canción del álbum se llamaba

Tamara —dijo Leire en voz alta, cuando sonaron las primeras notas.

Tamara fell for a loser with a blue Corvette

She always knew he didn’t love her but she didn’t care

Tamara was twenty two and her whole life was a mess

she used to eat dicks for lunch and they ate her in the end

Leire la escuchó dos veces, mientras observaba la fotografía de la cara de la chica, y al fijarse en sus orejas se dio cuenta de algo extraño: tenía menos pendientes que piercings, y quedaban algunos agujeros al aire. Iba muy arreglada para tener ese descuido, algo no cuadraba. Solo llevaba los de los lóbulos, y el de la nariz, todos ellos de plata, en forma de media luna.

Tamara had three Moons of her own

but only one of them was open for business

Leire se levantó como un resorte. El asesino había escogido a la víctima por su nombre, si bien no pudo encontrar una que tuviese el mismo número de agujeros en las orejas.

¿Dónde está Salva? —preguntó Leire, frenética de pronto.

Se ha ido —respondió Jaime, un teniente muy pequeño en tamaño y en vocación de servicio.

¿Está abierta la base de desaparecidos?

Sí, estoy con ella, buscando chicas entre veinte y veinticinco, como me dijiste.

Vale, reduce la búsqueda, limítala a las que se llamen Tamara.

Tamara came from a palace

three lions guarded her crib

Y que hayan nacido en Granada.

Solo un resultado coincidía. Tamara Rivas Calderón, de veintidós años, había desaparecido hacía tres semanas. Era ella, con los mismo ojos grandes y vivaces, el lunar en la mejilla, los labios carnosos.


Lily estaba terminando de hacer la maleta. Ahora le costaba mucho menos que años atrás. El día que llegó a Londres procedente de Madrid, a los veinte años, para estudiar inglés y trabajar como técnico de sonido, llevaba tanto equipaje que tardó tres semanas en deshacerlo todo. Ahora todas sus pertenencias, que se llevaba porque no sabía cuándo podría volver, cabían en una maleta grande, una bolsa de deporte y un bolso. Más lo que había en el trastero.

Puto trastero —murmuró, secándose las lágrimas, mientras metía sus tres pares auriculares en la bolsa de Adidas.

Los instrumentos dormían en un local de la ciudad. Todos los miembros de la banda vivían allí, más o menos de forma continuada. Miguel se encontraba en Seattle con unos amigos (aunque la razón real era el proceso de divorcio de su segunda mujer) y Alejo estaba en la ciudad, pero Lily no quería llamarle. Aunque tal vez debería hacerlo.

Lily llevaba treinta y seis horas sin dormir. Había estado ese tiempo dándole vueltas al asunto, desde que habló con el detective Salvador Arribas, y éste le informó de que era imprescindible que se presentase en la comisaría de la brigada de homicidios, puesto que el trastero estaba a su nombre en el contrato de arrendamiento y todo el contenido era de su propiedad. En ese tiempo había llorado de rabia, de miedo, había llamado a todas las chicas que tenían la llave y con las que podía contactar (nadie había encontrado a Colette, ni siquiera la policía). Había comprado un billete de ida a Madrid, había visto una temporada de su serie favorita, había terminado una botella de whiskey que reservaba para las grandes ocasiones, y había llamado a un ligue intermitente, que había venido a consolarla y ya se había ido. Fumó dos cajetillas de tabaco, se tomó tres cafés cargados, y se dio una ducha. Ahora estaba terminando de hacer el equipaje y luego se obligaría a comer algo.

En un momento dado, tirada en el sofá, mirando cómo el detective McNulty resolvía un caso mientras su vida personal se iba al garete, pensó en inventariar la ropa que había en el trastero, con la esperanza de que eso sirviese de algo, y como ejercicio de memoria. Le salieron un total de diez pares de vaqueros, otros diez pares de pantalones, cincuenta camisetas, ocho faldas, doce vestidos, catorce prendas de dudosa clasificación (la mayor parte procedente de una tienda fetichista del Soho londinense), sesenta bragas, tres sujetadores, dieciocho cinturones, una cantidad indeterminada entre diez y treinta muñequeras de cuero, y veintiséis anillos de plata. Más un neceser de grandes dimensiones con maquillaje y cosméticos. Miró su agenda, hizo memoria, y concluyó que la última vez que había estado en el trastero había sido en mayo del año anterior, hacía catorce meses, cuando terminó su pequeña gira por España, y ella guardó allí la ropa que había usado durante la misma.

También había cosas de Alejo, al menos una caja grande llena que no le permitió ver. La había llevado él en persona desde su casa de Madrid, cuando la tuvo que dejar cinco años atrás al separarse de su novia. Alejo no sabía que había más gente con acceso al trastero. Lily les había dicho a sus amigas que no tocasen el contenido de esa caja, pero no sabía si alguna lo había hecho, y la verdad era que le daba igual, porque odiaba a Alejo la mayor parte del tiempo. Ahora no sabía si debía mencionarle a la policía que también había cosas de él allí, o si debía hablar con él y contarle lo que había pasado. Decidió que no iba a llamar a Alejo, pero sí comentarle ese detalle a la policía.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 3)

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La bajada al sótano del Instituto Anatómico Forense siempre era dura, no había manera de acostumbrarse. Leire suponía que se debía al hecho mismo de enfrentarse a la muerte, pero con el tiempo aprendió a diseccionar, valga la palabra, el cúmulo de sensaciones que le oprimía el estómago: la luz blanca, artificial, que lo envolvía todo con un halo irreal; el olor a muerte, formol y desinfectante, dulzón y a la vez amargo; y la visión de cuerpos que ya no eran personas, eran carne, separada por piezas. Una vez cambiaban de color y se podían abrir, ya no eran humanas. Eso la había ayudado a llevarlo mejor al principio, pero más tarde lo hizo peor, porque se habían convertido en animales. O tal vez cosas.

Hola, Pablo. Gracias por dejarme venir tan pronto.

De nada, el examen preliminar es muy importante, y comprendo que este caso es muy especial. Vamos allá: mujer joven, mide un metro setenta, pesa… bueno, pesa cincuenta y un kilos sin brazos. —Pablo bajó la voz, consternado— los miembros anteriores han sido amputados. Tras este examen preliminar no ha sido detectada ninguna señal de agresión sexual ni tortura. Murió hace unas doce horas. Son las dos de la tarde, así que… entre las doce y las dos de la mañana. Espero poder afinar más. A pesar de que no había sangre en el cuerpo, no fue lavada con esmero. Eso puede ser una gran ventaja para nosotros.

Vale —dijo Leire, desanimada— ¿hay algo más que te llame la atención?

Es muy extraño — comenzó Pablo, el médico forense de guardia esa mañana—. Apenas hay señales de lesiones y no fue atada… a menos por los tobillos. ¿Hay rastro de los brazos?

No, hemos lanzado una alerta por hospitales y a los encargados de los vertederos municipales — respondió Leire, asqueada—. ¿Crees que ayudaría mucho encontrarlos? Aparte de para identificarla, por las huellas.

Bueno, esa labor es más tuya que mía, pero pensemos por un momento todo lo que hay en nuestros brazos: marcas, cicatrices, joyas, tatuajes… señales de lesiones que ayudarían a encontrar al asesino…

Sí, eso ayudaría mucho— admitió Leire, algo avergonzada por no haber pensado en ello antes—. Tal vez esa es la razón de que se los cortasen.

Puede, pero esto me suena más a ritual, de bandas o de algún tipo de culto. —Cogió su informe y se dispuso a leer las conclusiones preliminares—. Vamos allá: el veredicto es… ¿apuestas?

No sé— contestó Leire, algo fastidiada por los rodeos del doctor y también confundida—. No veo señales de estrangulamiento.

Bien apuntado, no es estrangulamiento. Tampoco exanguinación. A la espera del análisis toxicológico, me inclino por un envenenamiento o una muerte por sobredosis.

Por lo que has dicho de que no hay heridas ni señales, la amputación de los miembros ha debido ser post mortem, ¿no?

Me temo que no. Mira: la sangre estaba circulando en ese momento, lo indican las heridas. Sí, han limpiado bien el cuerpo, pero se nota.

Joder —dijo Leire, y empezó a encontrarse realmente mal—. ¿Crees que tal vez se sirvieron de un cóctel de drogas para controlarla, o inmovilizarla?

Es posible —respondió Pablo—. Pero al igual que tú, lo que tengo es una esperanza, más que una sospecha. Habría que saber cuáles eran las cantidades exactas y el efecto que produjeron en la víctima, pero teniendo en cuenta lo poco que pesa, yo diría que no se enteró de mucho.

Leire no reaccionó. Seguía mirando la cara de la chica.

Es muy joven, ¿verdad? —preguntó.

Sí, lo es. Y demasiado joven para morir, desde luego.

Lo que quiero decir es… ¿Tendrá en torno a veinte años, veinticinco?

Pablo observó el cadáver detenidamente, y pensó en alto:

Definitivamente mayor de veinte, pero su piel aún es muy tersa, y no tiene huellas del paso del tiempo en las rodillas… Veinticinco, como mucho. ¿Por qué es importante?

Es que no encaja. O sea, aún no sabemos quién es, ni quién la ha matado, ni por qué… pero es mucho más joven que la dueña del trastero, y también es más joven que los fans de la banda… o eso he leído en internet —aclaró, como para disimular—. así que no tiene sentido que le haya tocado a ella.

Querida, me temo que en este caso nada tiene sentido. Voy a darte las huellas que he sacado, que de todos modos son parciales, y una lista de marcas y modificaciones corporales, para que la identifiquéis. No puedo hacer más, de momento. ¿Ya tienes ADN de la escena?

Sí, están en ello. Joder, va a ser horrible cuando se lo contemos a la familia.

Lo único peor que eso es seguir buscando.

Leire se tomó unos segundos para pensar, le costaba mucho.

Ábrele la boca—dijo la inspectora, finalmente.

Ya lo he hecho. No había nada.

Tengo… tengo un presentimiento, puede que tenga algo en la garganta.

De acuerdo, miraré, pero ¿te importaría decirme por qué?

Había una púa de guitarra, pero no era como la de Liliana. Era de las viejas, ahora tienen un logo distinto… —Leire dijo esto en voz muy baja, como avergonzada por saber eso.

Creo que tus conocimientos musicales van a solucionar este embrollo —dijo Pablo, utilizando unas pinzas finas y largas para examinar su garganta—. Voilà.

Después de lavarlo con alcohol, el triángulo de plástico apareció de color blanco, con las letras SL más pequeñas y bajo ellas un dibujo de una calavera, pero no de adulto, sino de bebé.

Siniestro —comentó Pablo con un gesto de desagrado.

Es de las nuevas, de las últimas giras —comenzó Leire, ensimismada—. Fue Lily la que introdujo un rollo más oscuro, antes eran una banda de rock progresivo, pero ella los llevó a sonidos más graves y carnales… empezaron a hablar del sexo y la muerte.

Te gustan de verdad, ¿eh?

Sí, pero hace tiempo que no los veo en directo, porque dejaron de girar por aquí, y tampoco sacan discos… y yo también he cambiado. Pero no deja de impactarme.

Bueno, pues aprovecha tu especial interés y haz un esfuerzo para identificar a la chica y encontrar a su asesino. Tengo que seguir trabajando.

De acuerdo—respondió Leire, volviendo de su aislamiento momentáneo. Cogió las cosas que le acababa de dar el doctor y se fue.


¿Hola?

Liliana acababa de coger la llamada, que sonó cuando encendió de nuevo el teléfono, una hora después.

Hola, menos mal que te encuentro —respondió su amigo Miguel, bastante alterado—. Ha llamado la policía.

¿De dónde? —preguntó Liliana, sorprendida. Se había metido en líos en tres países en lo que iba de año.

De España, han encontrado… Dios… —Marcos musitó algo que Liliana no pudo oír, y suspiró—. Han encontrado una chica muerta en tu trastero, en Madrid. Le han cortado los brazos.

Liliana se quedó mirando el agua de la bañera, que había perdido el brillante color de antes y ahora estaba turbia, un poco repulsiva. Ahí habían quedado su maquillaje, algo del tinte nuevo de su pelo, y sangre de su oreja.

¿Saben quién es? —acertó a responder, y luego tragó saliva—¿Es alguna de las que tenían la llave? ¿Marga? ¿Kati?

No, no es ninguna de ellas. La ha encontrado Ampli y no la conoce.

Dios… —la voz de Lily sonó como un gruñido. Saber que su amiga la había visto terminaba de hacer lo real, estaba obligada a creérselo— ¿Cómo está ella?

Bueno, lo va llevando, pero está asustada, no me extraña. ¿Oye, tú sabes algo?

¿Qué voy a saber? Hace dos meses que no voy. ¿Qué pasa, sospechan de mí?

Pues desde luego te van a llamar, voy a colgar ya mismo. Mira, lo siento mucho, y estoy seguro de que no tienes nada que ver, pero… por favor, piensa en quién ha podido entrar… y si hay alguien que tenga algo en contra de ti. O de nosotros. A mí ya se me ocurren varias personas. Cuídate, por favor. Un beso. Hablamos.

Maiguel colgó el teléfono sin más.

Liliana siguió mirando el agua de la bañera, sin reparar en que empezaba a tener frío. Sólo le había dado tiempo de secarse y ponerse unas bragas. Estaba tiritando, pero no podía moverse. Puso el dedo sobre una mancha negra al borde de la bañera y escribió “Venice”. No se dio cuenta de lo que hacía hasta que terminó.

A Liliana le gustaban los juegos de confesiones. Después de cumplir los veinte había abandonado el “Verdad o atrevimiento” para pasar al “Yo nunca” y después a otras variantes, y seguía disfrutando de esos juegos sobre todo cuando estaba con famosos, no por saber de sus vidas privadas, sino por hablar de ella misma. Y normalmente tenía éxito. El último al que había jugado era “lo más raro”. Había que ir contestando preguntas del tipo “¿Qué es lo más raro que te has encontrado en un lavabo público?” “Cuál es el lugar más raro en el que te has despertado un lunes?” “Qué es lo más raro que te han dicho en la cama?” Y el ganador de cada pregunta, el que diese la respuesta más rara, tenía que beber. Solía ganar ella, y la mayor parte de las veces decía la verdad.

En una ocasión, la única en que la habían invitado a una fiesta en el Chateau Marmont (a pesar de que ella afirma que ha estado allí muchas veces), acabó jugando a ese juego con varios músicos amigos suyos y unos actores de series de televisión. La pregunta de uno de ellos fue “Qué es lo más raro que has hecho estando de resaca?”.

Liliana contó la historia de cuando, volviendo en autobús de un concierto al norte del estado de Washington, sus amigos y ella estaban montando tal follón que los echaron del vehículo y tuvieron que hacer autostop hasta la siguiente parada. De camino, mientras andaban por la carretera trazada en mitad del bosque, encontraron un mapache tirado en la cuneta. Se acercaron y se sentaron a su alrededor, agotados. Empezaron a hacer bromas con que el animal merecía un entierro digno, y Liliana y la otra chica buscaron flores y piedras bonitas y se las pusieron encima. Otro chico buscó palitos y le hizo una cama, como para un entierro vikingo. Lo pusieron encima, volvieron a colocar las flores, y uno de los chicos se empeñó en que tenía que colocarle las patas delanteras como si estuviese rezando, pero el animal ya estaba rígido y no podía movérselas. Ante el estupor y la repulsión de los demás, el chico sacó una navaja y le cortó las patitas para poder colocarlas como quería. Los demás no dijeron nada, se levantaron y echaron a andar.

No se ganó el trago en el Chateau Marmont. Todos la miraron asqueados y una chica muy delgada dijo que no se podía maltratar un animal, aún después de muerto. Todos se levantaron y se fueron.

No recordaba el nombre del chico que le había cortado las patitas al mapache, pero sí que presumía de tener un apartamento en Venice Beach.

Lily tiene un secreto en el armario (relato por entregas) (Capítulo 1)

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El cuerpo sin vida y mutilado de una joven aparece en el trastero donde una rockera guarda sus prendas más preciadas. La inspectora Chamorro tendrá que averiguar qué ha ocurrido y se verá envuelta en una historia de la que conoce muchos detalles.

 

Liliana tenía 40 años y era feliz. Tocaba el bajo en una banda de rock duro, Silver Linings, con relativo éxito en la escena independiente. Eran conocidos en España porque todos sus miembros eran españoles, y en Estados Unidos porque vivían allí. A pesar de no haber alcanzado la fama mundial, cumplían los estereotipos consabidos de los rockeros de mediana edad: cuero, adicciones, tatuajes, matrimonios fallidos, hijos desatendidos, promiscuidad sexual y vacío existencial.

Sin embargo, Liliana amaba su vida y no lo cambiaría por nada. Ganaba lo suficiente para tener un buen seguro médico, y su estabilidad económica le había permitido mudarse desde la aburrida, aunque legendaria, Seattle a la mítica y bulliciosa Nueva York, aunque para ello tuviera que compartir piso con cuatro chicas igual de soñadoras. Merecía la pena. Allí había hecho más negocios que en cuatro años viviendo en la costa Oeste, y cuando se quedaba sin dinero o sin amigos, podía dar paseos interminables por los lugares donde sus mitos de siempre habían pasado y donde se habían inspirado para componer.

Ella siempre había querido ser P. J. Harvey. Bueno, no siempre, antes había querido ser Alanis Morissette, Gwen Stefani y Fiona Apple. Pero en P. J. había encontrado un mito inmortal y universalmente respetado. Lo tenía fácil para parecerse a ella físicamente, flaca, lánguida y andrógina, y ella le añadía un toque de sofisticación y relativa feminidad. Musicalmente era otro tema: los críticos (y algunos miembros de su banda) decían que Liliana era más mitómana que artista, pero ella nunca paró de componer, y conservaba prácticamente todo lo que había hecho. Esta costumbre venía de la reticencia de sus compañeros a aceptar los temas que ella componía, y la mayoría de sus aportaciones; a fin de cuentas, ella solo era la bajista. Ella quería conservar su huella en la música, aunque nunca tocasen sus canciones. A base de empeñarse (y de adoptar una actitud pacífica en los últimos tiempos, a diferencia de sus ataques de ira de los primeros años) había logrado que sus comentarios constructivos y sus versos fuesen abriéndose paso en los sucesivos álbumes de los Silver Linings. Ella estaba muy orgullosa, y últimamente había empezado a beber menos y comer más, es decir, comer como una persona normal de su edad y complexión.

Liliana había estado a punto de morir tres veces: la primera cuando era niña, por una negligencia médica en una operación de apendicitis; la segunda, por mezclar alcohol y relajantes musculares en lo que muchos consideraron un intento de suicidio, a los veintisiete años. La tercera, un año después, el día que conoció al cantante de su banda, la cual aún no existía. Ella trabajaba como técnico en un festival en Reino Unido, y sufrió una electrocución cuando instalaba cableado en lo alto de una estructura, y salió despedida. Afortunadamente, llevaba puesto el arnés de seguridad, y quedó suspendida a diez metros del suelo, inconsciente, su cuerpo doblado hacia atrás, sujeto por la cintura, evitando la muerte. La rescató Alejo, el cantante, casualmente otro español trabajando allí, y le hizo un masaje cardiaco que la trajo de nuevo al mundo. Después se enamoraron, formaron la banda, se separaron, se volvieron a juntar, se volvieron a separar, él amenazó con expulsarla de la banda, y el resto es más o menos historia.


Leire Chamorro tenía las uñas hechas un desastre. Se las había pintado de marrón grana hacía unos días, pero el barniz ya se había desconchado en casi todos los dedos. Se sentía frustrada, porque se había pintado las uñas en un denodado esfuerzo por parecer femenina sin ponerse tacones. Pero la laca de uñas barata y las naranjas para disimular el mal aliento no casaban bien. Estaba distraída rascando lo que quedaba, mientras su compañero, Salvador Arribas, la llevaba al lugar del crimen.

Esto te va a encantar— comenzó Arribas, entusiasmado, sin mirar a la inspectora Chamorro—. Han encontrado un cadáver dentro de un trastero de la calle Méndez Álvaro. Tú tienes uno por aquí también, ¿no?

La inspectora se tomó su tiempo para disimular su horror.

No veo qué tiene de especial, además de tu consabido morbo. —Se giró hacia él, altiva—. ¿No tienes nada mejor?

Él sonrió, desafiante.

Lo ha encontrado una chica, es de una amiga suya, una artista supuestamente conocida, aunque a mí no me suena de nada— se detuvo a mirar de reojo el informe—. Lily Sandoval, es madrileña pero pasa casi todo el año fuera de España. De hecho, están intentando localizarla. Toca en un grupo de rock, los Silver Linings. —Encogió los hombros y dijo con desprecio—. Ni puta idea.

Bueno, los he escuchado alguna vez por los bares, no están mal.

Leire los había visto tres veces en directo y tenía un CD firmado por el cantante, Alejo.

Algo más? —retomó la inspectora— ¿Posible identidad de la víctima?

De momento nada, y aquí viene lo bueno. No han podido cotejar las huellas, porque…— Salvador hizo una pausa dramática— Le han cortado ambos brazos.

Leire tragó saliva y notó que las pistoleras se clavaban en sus axilas.

¿No vas a decir nada? —Salvador paró en un semáforo y la miró.

Bueno, hay mucha gente que tiene trasteros así, y hay miles de músicos en Madrid, y… lamentablemente la mutilación no es tan rara en los homicidios.

Cuando llegaron se encontraban allí los forenses, la patrulla que acudió a la llamada, y la consternada mujer que había encontrado el cadáver. Leire llamó aparte a uno de los policías para preguntar:

¿Quién es ella? ¿Qué hacía aquí? No es Lily. —Leire dijo esto en voz más baja, para que Arribas no la escuchase, porque no quería admitir que conocía su aspecto.

Es una amiga, se llama Amparo… es amiga de la chica que tiene alquilado el trastero. Estamos tratando de localizarla.

Leire se tomó unos segundos para observar a Amparo: unos treinta años, delgada, de piel curtida y mirada dura, pero conmovida en ese momento. Vestido corto y negro, sandalias a la moda, sin joyas. Pelo revuelto. Labios rojos y oscuros.

Inspectora, ¿puede venir, por favor? —rogó un perito forense que estaba examinando el cadáver.

Leire titubeó y se acercó fijando su mirada en el hombre que la acababa de requerir.

Dígame —respondió, sin sacar las manos de los bolsillos de la parka, para poder juguetear con sus cosas y así aplacar los nervios.

¿Qué le parece esto?

El perito sostenía en su mano enguantada un triángulo de plástico, con las iniciales SL grabadas. Leire abrió mucho sus ojos marrones.

Es una púa para tocar la guitarra, y lleva las iniciales del nombre de la banda de Lily —respondió Amparo.

¿Dónde estaba? —preguntó Leire, agachándose después de juntar todo el valor que pudo.

Junto al cuerpo, lo he cogido porque lo acababa de mover con el pie. Lo siento. De todos modos ya habíamos terminado de sacar las fotografías.

No pasa nada, luego las miraremos con calma —dijo Leire, para tranquilizarlo.

Qué raro —comentó Salvador—. El asesino, o asesinos, no dejarían un mensaje en la víctima a menos que la dueña la conociese, ¿no te parece?

No necesariamente, los mensajes se pueden dejar en cualquier víctima —respondió Leire, que ahora no podía poder apartar la vista del cuerpo mutilado—. Además, ¿cómo sabes que es desconocida?

¿Le suena esta mujer? —preguntó Salvador a Amparo.

Amparo se giró lentamente y miró a la muchacha a la cara, tratando de ignorar lo demás. La chica muerta era muy guapa, morena, con los ojos grandes. Amparo negó con la cabeza.

Es ropa de Lily, en eso sí que me he fijado —dijo Amparo, sollozando—. Le encantaba ese vestido.

Era de cuero azul, y por el corte y el escote había estado de moda hace unos cinco años, calculó mentalmente la inspectora Chamorro. No había bolso, ni otras pertenencias. No había sangre. No había nada.

Quien la haya matado, probablemente también tenía llave para entrar —comentó Salvador, examinando el cuarto.

Desde luego no han forzado la cerradura —respondió el policía de uniforme—. Y nadie del edificio ha oído nada.

Tampoco me extraña —dijo Leire, examinando el pasillo—. Aquí sólo hay trasteros. Esta es la última planta del bloque, y si las viviendas están bien aisladas, nadie tiene por qué oír ni ver nada. Además tiene acceso directo desde el ascensor, con lo cual pudo entrar y salir de madrugada sin que nadie lo viese. O la viese. De todos modos, por la ausencia de sangre, no la han matado aquí.

Bueno, esto cada vez es más complicado —repuso Salvador, poniéndose nervioso—. Vámonos a comisaría.