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Un pasaje de mi novela “Puntos Negros”

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“Fue poco a poco. Marcos no recordaba el punto en que todo se le fue de las manos, porque tampoco tenía claro cuándo dejó de comportarse como la mayoría de los hombres que conocía. En realidad esto no le importaba; el bien y el mal eran etiquetas que se les ponía a las actitudes. Él estaba al margen de estas etiquetas.

Quien conoce la diferencia entre el bien y el mal pero carece de empatía recibe el apelativo de psicópata. Marcos nunca se habría colocado esta etiqueta porque le sonaba a asesino en serie. Él no había matado a nadie.”

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La espiral de odio

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Soy una mujer que ya ha pasado los treinta, y eso me otorga una capacidad notable: puedo hacer un mapa de mi cuerpo a base de mencionar las partes que no me gustan. Podría dibujarlo pieza por pieza y obtener un esquema como los de despiezar el ganado, y no habría mucha diferencia, a fin de cuentas no estoy expresando amor por mí misma.

Soy gorda, y en particular tengo unos muslos enormes, que he llegado a odiar como si no fueran míos. Tengo las caderas muy anchas, los pechos pequeños y separados, los ojos muy juntos, el tabique nasal desviado; el pelo fino, las manos muy grandes, la piel muy blanca, y retengo líquidos como si lo fueran a prohibir. Esto no me impide hacer tareas cotidianas. Pero los complejos que he asociado a casi todo mi cuerpo me impiden hacer cosas que otras chicas hacen.

Hubo un tiempo en que mis complejos eran aún peores. De adolescente tenía complejo de alta, de gorda (y estaba mucho más delgada, mido 1’78 y pesaba entre 75 y 80 kg), y recuerdo como si fuera hoy el día, a los dieciséis años, en que cogí complejo de que mis caderas eran muy anchas en relación a mi cintura. Os lo prometo. Este es un ejemplo ilustra perfectamente lo estúpidos que llegan a ser los complejos.

¿Pero de dónde sacaba y saco mis complejos? En parte, del bullying: se habían metido conmigo en el colegio por gorda y por alta. En parte, de compararme con mis amigas, que siempre eran más bajitas y más delgadas. En parte de la televisión, de las revistas, de las chicas que les gustaban a los chicos… Y el resto los fui alimentando yo misma, por pertenencia al grupo. Tener complejos está bien, ¿no? Es lo normal. Todas los tenemos, y de hecho nos ayudamos unas a otras a alimentarlos.

Este ritual, en el que yo he participado en muchas ocasiones, suele comenzar cuando una se queja de una parte de su cuerpo que no le gusta, normalmente porque considera que está demasiado gorda.

“Mira qué muslos, qué asco”.

“Eso no es nada, mira los míos, mira esta celulitis”

“No tenéis ni idea, esto sí que es celulitis. Mira, ¡MIRA!” (ya dicho con rabia)

Las sujetas suelen enfatizar estos comentarios agarrando la parte del cuerpo en cuestión para que acentuar la celulitis o a moverla de manera absurda para que todas veamos lo fofa que está. ¿Os acordáis de cuando la tía de Will Smith en “El princípe de Bel Air” (bueno, la primera) sacudía los brazos delante del espejo para demostrarse así misma lo descolgados que los tenía? Esa escena es hilarante porque todas lo hemos hecho. Yo era una niña la primera vez que la vi y ya lo había hecho. Y recuerdo sentir que ella al menos tenía que sacudirlos mucho para que se moviesen así, pero que a mí no me hacía falta. Y me sentí muy mal.

Estas competiciones suelen terminar cuando la más fea o la más gorda se mete y expone la prueba de que, efectivamente, sus muslos o su barriga es la más gorda y eso no merece discusión. A esta demostración suele seguir un silencio nada cómplice, que equivale a decir “Pues sí, tienes una tripa horrible”. Yo solía ser esa última, y recuerdo ese silencio.

Durante mucho tiempo yo no tuve amigas que me frenasen en estas espirales de odio, o siquiera que me hicieran un cumplido. Hasta los veintitantos no me sentí atractiva porque nadie sincero y objetivo me había dicho que lo fuera. Parecía que era peligroso hacerse cumplidos por si alguna se lo tenía “muy creído”. Soy como la última persona con riesgo de tenerlo muy creído. Pero ese riesgo estaba ahí, y había que cortar cualquier conato de narcisismo. Tener la autoestima fuerte puede llevar al caos: mujeres que se saben guapas, sexys, que no necesitan la aprobación de los hombres. Mujeres que se creen atractivas y tal vez no lo sean.

He hablado mucho últimamente de todo esto con una buena amiga, y las dos sentimos rabia por lo habitual que es tratarnos así, y lo bonito que sería hacer justo lo contrario: decirnos lo atractivas que somos, porque sí, sin paliativos.

¿Pero cómo se mide el atractivo? ¿Cuál es el canon? ¿Nos estamos comparando con nuestras amigas, con Giselle Bundchen o con una ninfa del bosque? ¿Quizás con mujeres ricas, seleccionadas para su profesión por su atractivo sobrehumano, y que además consumen todo su tiempo y dinero en tratamientos? ¿Nos estamos comparando con nosotras mismas hace diez o veinte años? ¿O tal vez con lo que creemos que los hombres buscan en las mujeres?

POR FAVOR, NO APROVECHÉIS ESTO PARA DECIRNOS QUE TODAS SOMOS BONITAS Y ES MEJOR TENER DONDE AGARRAR. Sabemos lo que habláis entre vosotros. Forocoches está ahí para que lo vea todo el mundo. Y la única ventaja táctica de haber sido “one of the boys” es haber presenciado conversaciones donde a las mujeres no se nos juzga, se nos despieza como al ganado. “Tiene el culo gordo en plan bien pero se le nota la celulitis”. Claro, genio, es que es humana.

Tal vez sea por fetichismo, pero considero que la mayoría de la gente tiene algún atractivo. Me puede atraer alguien por sus ojos, su pelo, sus manos, su cuello, su pelo, la falta del mismo, una sonrisa bonita, una voz aterciopelada, el bulto que forman los dientes grandes bajo el labio inferior. Sin embargo, soy consciente de lo alto que tiene el listón alguna gente, y no entiendo por qué. Luego es habitual que sientan que se conforman con la persona con la que salen, porque no se han molestado en buscar un “bonito” en la gente del montón, que nos llamamos del montón porque somos la mayoría. La mayoría que también folla, porque sigue sin ser necesario ser una super modelo para poder follar.

De modo que incluso desde un punto de vista objetivo, no hay razón para colaborar en este linchamiento, que en muchos casos no termina cuando nos vamos a casa. Luego está el espejo, las fotos que nos hemos hecho (sobre todo las de grupo), el primerísimo primer plano que te haces al ponerte las cremas o depilarte. “Dios santo, esa vena. No hay nadie en el mundo a quien se le vea una vena así. Podrían llevarme al circo para enseñar esa vena. Casi puede hablar.” Nunca sabes lo que provocas cuando le das la razón a alguien en lo gorda o lo fea que es. Dejando aparte que no en el museo de pesos y medidas en Sévres no hay una “la pierna tonificada” de platino iridiado para compararla con las demás, no ganas nada participando en ese feedback de desprecio hacia otro ser humano.

Tú puedes formar parte del cambio, y no sólo haciendo un cumplido, o frenando la espiral de odio con un “No, tu barriga está bien, es más, no tienes barriga”, sino aceptando un cumplido. Aceptad los cumplidos, coño. No os preocupéis por si no son lo suficientemente sinceros, no hay una conspiración para convertiros en una mujer que se lo tiene creído. Que ojalá la hubiese, oye. Ojalá todas convertidas en “mujeres que se lo tienen creído”, como la mujer de cincuenta pies, aplastando clínicas de cirugía estética y montando barricadas que arden con un fuego alimentado por ejemplares de la revista Cuore, que tanto nos ha ayudado a odiar partes de nuestro cuerpo que no sabíamos ni que existían.

Creedme. Sé lo que es odiarse. He odiado mis piernas hasta el punto de pensar que no me importaría perderlas. Me he odiado como otros se hacen cortes, y luego me sentía mejor, porque tener complejos es normal y deseable. Y yo tenía motivos, no como las demás, que se creen que están gordas y no lo están. Tardé veinte años en darme cuenta de que yo encontraba atractivas a chicas por cosas que yo también tenía, y sobre todo tardé en darme cuenta de que yo nunca, nunca le diría a nadie cosas que me decía a mí misma. No por respeto, o para no hacerle daño, sino porque nunca habría juzgado a nadie con la dureza con la que me juzgaba a mí misma.

De modo que, por favor, seamos buenas unas con otras, y con nosotras mismas. Sentémonos en torno a la hoguera de Cuores (no hace falta comprarlas para quemarlas, podemos robarlas y así estaremos impidiendo que otras las compren) y hagámonos cumplidos, que siempre son sinceros porque nadie va por ahí fingiendo que le gustan las barrigas que no le gustan, digo yo. Hagamos akelarres de decirlos lo guapas que somos, a ver si por fin nos lo creemos y destruimos el mundo.

Ah, sí, el dinero. Dicen que no da la felicidad, pero no estoy tan segura. —Di se apartó el pelo de los ojos y contempló la playa—. Es una playa muy bonita. Nosotros no somos muy de playa y, evidentemente, ¡nadie quiere ver esto en bikini!

Hizo un gesto de puro aborrecimiento y señaló su cuerpo absolutamente normal, al que Madeline atribuyó su misma talla.

—No veo por qué no —dijo Madeline.

Se impacientaba con este tipo de conversaciones. Esa complicidad en el autodesprecio que cultivan las mujeres le hacía distraerse.

(“Pequeñas mentiras”, Liane Moriarty)

Cuéntalo, compártelo, abrázame.

Estoy ahora mismo terminando un cursillo para profesores de inglés, y acabo de usar un palabro muy recurrente en metodología: “elicit”. La traducción más aproximada sería “sonsacar”, o provocar que una persona dé información, pero en el contexto educativo se interpreta como crear un entorno favorable para que el alumno aporte respuestas en una actividad. Normalmente se hace con ejemplos. El objetivo es conseguir que el alumno participe pero sin presionarle, dándole pie como en el teatro.

Cuando hablo con otras mujeres sobre el machismo que hemos sufrido, sobre todo al tratar acoso o violencia sexual, siento que hay un proceso parecido. Todas lo hemos padecido con más o menos intensidad, y yo me considero afortunada, pero no siempre sentimos que debamos compartirlo, porque creemos que no es para tanto. Sin embargo, después de que una empiece a contar lo que le ocurrió, se producen dos cosas: de un lado se desata la empatía, porque lo sentimos de verdad por esa hermana, y del otro se favorece que otra comparta su experiencia. Esto es muy importante, porque no se trata sólo de crear una red de seguridad, sino que si hay mujeres que no creían que su caso fuese digno de mención, o se callaban por vergüenza, el hecho de que otras digan “A mí me hicieron esto, estuvo mal y no fue culpa mía” puede ayudarlas a sacarlo fuera.

No es sólo que te animen a contarlo, es también que te ayuden a darte cuenta de lo grave que fue. Y no van a hacer que le des más importancia de la que tuvo, sino que van a hacer que despojes ese acto de excusas, vergüenza y justificación y lo veas tal cual ocurrió.

Estos días, viendo los tweets de #cuentalo y hablando con amigas acerca de agresiones sexuales, me he dado cuenta de lo complejo y esencial de ese proceso. Tenemos que contarlo, escuchar a las demás, y tratar de aguantar las ganas de llorar y romper cosas. Somos mujeres: fuertes, resilientes y comprensivas. Leemos las palabras y las expresiones y podemos ponernos en el lugar de las otras. No pretendo que nos expongamos si no queremos, ni que leamos hashtags completos sobre violaciones; el simple hecho de compartir algo que nos hicieron y estuvo mal puede hacer que otra hermana se anime.

Contamos con infinidad de mecanismos de represión de los recuerdos, tanto internos como sociales, y es muy habitual que pensemos que “No fue para tanto”. Es aquello para lo que nos han programado. En estas agresiones suele haber un componente de culpa, y una coacción, y ambos hacen que luego creamos que no tenemos derecho a decirlo, porque tuvimos algo que ver en lo que ocurrió. La coacción y la intimidación hacen que sientas una presión que te impide escapar, y si no existe un acto de violencia física, sientes que podías haberlo evitado. Podías haberlo evitado tú. Tenías que haberlo evitado tú. ¿Por qué no hiciste nada?

No hiciste nada porque no podías. Es necesario que te des cuenta.

En mi caso han hecho falta años de terapia y un lento proceso de auto conocimiento, para llegar a la conclusión de que tengo tendencia a los bloqueos y los ataques de pánico, y las veces que me han agredido yo carecía de los mecanismos para hacerles frente, porque estaba intimidada y coaccionada. Y esas dos cosas pueden venir en múltiples formas, distintas en casa caso. Una navaja es intimidante, tu jefe te coacciona por el hecho de ser tu jefe. Tu médico y tu profesor tienen una relación de autoridad contigo, siempre. Coaccionan los hombres manipuladores, los chantajistas, los que imponen su forma de hacer las cosas, porque o lo hacemos así o no lo hacemos. Los que son mucho mayores, los que te humillan. Intimidan los más grandes (y hay que ver qué altos son los guardias civiles).

Pero lo que de verdad me hizo darme cuenta de que a) estuvo mal, y b) yo no podía haberlo evitado, fue conocer otros casos. Escuchar a otras y empatizar con ellas me hizo empatizar conmigo misma. Lo que les pasó a ellas fue grave y ellas no podían haberlo evitado, y algo parecido me ocurrió a mí.

Por eso, hoy y siempre, Hermana, yo sí te creo. No nos llaméis exageradas. Paraos a leer y escuchar. A veces dan ganas de decir “para, por favor, ya lo he entendido”, porque no puedes soportarlo, pero no se debe. No sólo porque tenemos derecho a sacarlo todo, como si vomitásemos un ciervo, sino porque alguna de nuestras palabras puede hacer que otra se percate de que ella también tiene algo que contar. Si tú lo sacas, puede que a otra se le abra una grieta en la cúpula de hormigón que esconde lo que le ocurrió.

Somos humanas, somos volubles, pero también somos comunicativas y tenemos que valernos de eso. Usemos las palabras, la sororidad y la empatía para compartir, denunciar y curar.

Por la gloria de Amy Winehouse

Sé que como mujer soy un experimento algo fallido. Aunque fui afortunada, y en mi familia no pretendían que fuese un florero, sí intentaron hacer de mí una señorita. Intentaban que no fuese a todas partes con vaqueros y deportivas, y a día de hoy así sigo. Aún hace poco que me he reconciliado con mi pereza extrema para hacer cosas femeninas o de forma femenina. Soy educada —vamos a entender “educado” por “amable” — y me molesta que sean maleducados conmigo. Pero no sé hablar en confianza sin decir tacos, no sé cruzar las piernas de manera femenina, jamás sonrío sin ganas, y nunca voy a conseguir que no se me note en la cara lo poco que me gusta alguien. Todas estas actitudes solo están mal vistas en una parte de la población. Soy una rebelde.

Según crecí, vi que ser una señora exigía mucho más que ser un señor. Ellos pueden ser señores a pesar de blasfemar, oler a cerrado y no afeitarse bien. Al menos son auténticos, al menos “dicen las cosas como son”. Si son bordes, se les considera sinceros y cercanos. Como mucho, si mean fuera del tiesto, se les puede considerar “excéntricos”, “incorregibles”, o mi apelativo favorito: “enfant terrible”, que por lo que vengo comprobando simplemente alude a la condición de capullo. Véanse Sánchez Dragó, Fernando Arrabal, o ese que nos ha dado que hablar últimamente, Salvador Sostres.

No voy a enlazar a ningún artículo o vídeo suyo, porque ya le hemos oído hablar de sobra. Su obra está al alcance de cualquiera, y se le presta un espacio público, con dinero público, que bien harían en invertir en otras personas. Es más probable que vosotros o vuestros padres leáis a Sostres en un medio de masas sin un contexto crítico que que leáis un artículo feminista, porque las cosas aún son así.

Pero sí voy a comentar el plantel de colaboradores en ese ya célebre debate sobre el acoso sexual: en el lado de las mujeres estaban Isabel Gemio, Marta Robles y Cayetana Guillén Cuervo; las tres profesionales de la comunicación con sobrada experiencia, atractivas, y en forma. Del lado de los varones, teníamos a Salvador Sostres, Santiago Segura (?!) y Pepe Navarro, y además todo ello estaba moderado por Carlos Herrera. Ni siquiera voy a entrar en lo mal que me cae Carlos Herrera, que está en la categoría de señor muy serio que en el fondo se está haciendo la víctima cada vez que oye hablar de algo moderno — posterior a 1980 — , como le pasa a Pérez Reverte. Pero por amor del cielo, Pepe Navarro. PEPE NAVARRO, el sujeto más indigno de la televisión hasta que apareció Xavier Sardá para hacerlo bueno. —Lo cual me recuerda, qué mierda hace Xavier Sardá en los debates políticos, desde cuándo es una persona respetable. Bueno, y qué hace Cárdenas presentando algo y teniendo una cadena de radio.

¿Cuándo se redimieron estos señores de todo lo que hicieron en los 90?

En nuestra patria indivisible tenemos ejemplos múltiples de Señores generadores de caspa: las tertulias del Canal 24 horas, o de V televisión — el chiringuito de La Voz de Galicia — , me recuerdan siempre a una sobremesa con tus tíos sexagenarios, con dos copitas, que desbarran durante horas, y ya no discutes con ellos porque son mayores y hay que tener paciencia. Pero tus tíos no cobran por opinar, claro. Ni crean opinión.

Fuera de aquí, y si aludimos a escándalos relacionados con el abuso de sustancias, el panorama es parecido. Habréis reconocido a la mujer de imagen de portada. He usado esa porque me gusta recordarla así; no niego su deterioro posterior, pero sí es cierto que había mucho interés en mostrarla en su peor estado en sus últimos años de vida. También tiene que ver en esto el vivir en Gran Bretaña, porque allí los tabloides son más activos y crueles, y que internet ya fuese un arma de escarnio constante. Pero es que Amy Winehouse fue un chiste desde que sacó Back to Black. Cuando llegó al gran público en España, ya era más famosa por sus borracheras y sus pintas que por sus canciones. Creo que ya había disfraces suyos en Halloween cuando aún vivía. ¿Su delito? Abusar del alcohol y otras drogas, liarla yendo de fiesta, tener el pelo raro y pintarse mucho. Sufrir anorexia.

Nadie se disfrazará de Kurt Cobain, de Jeff Buckley, de Michael Hutchence o de Dave Gahan (que está vivo de casualidad) sin que le caigan unas hostias. Pero Amy era un chiste. Salió bebida al escenario, y eso pesa mucho. Pesa menos para la mayoría de los señores músicos, a quien admiro, que han salido a tocar borrachos, drogados, o han hecho entrevistas con una resaca que no se lamen, exhibiendo un discurso poco coherente sin quitarse las gafas de sol. Pero siguen siendo señores, auténticos, de verdad, hombres de mundo, que saben mucho de la vida. Que no se casan con nadie — probablemente tampoco habrá nadie que los aguante — .

Otro que tal baila es Johnny Depp, que sigue haciendo películas a pesar de ser un maltratador, y que aparece borracho como un piojo en eventos sociales y no pasa nada. Pero es que es un rebelde, un rarito, un outsider de cincuenta y cuatro añazos que lleva veinte haciendo el mismo papel —no te lo perdonaré jamás, Tim Burton — . Se le deja pasar todo desde siempre, desde que River Phoenix — otro actor prometedor que habría hecho maravillas de seguir vivo, y del que no hay disfraces — cayó muerto por sobredosis en su local. Desde que salía con Winona Ryder. Winona Ryder, la que ha estado prácticamente desaparecida del mapa desde Inocencia interrumpida (1999) hasta hace un cuarto de hora. Y creo que su renacimiento se debe a que las series tienen menos presupuesto que las películas y dependen más del favor del público y menos de los designios de los productores.

Winona Ryder robó en una tienda y el mundo le dio la espalda. Britney se rapó el pelo —“porque no soportaba que me lo tocasen sin permiso” — y amenazó a un fotógrafo con un paraguas — los ataques violentos son menos tolerables en las mujeres — . Mariah Carey… sí, está gorda, es solo eso. Pero son chistes, memes, coñitas. Sus carreras no volvieron a ser lo mismo.

Y si me vais a echar en cara a Kate Moss, os comento que ella había logrado lo que ninguna otra modelo antes de los 20; tenía crédito suficiente como para superar el escándalo que supuso para ella… esnifar cocaína. Que es algo muy extraño y muy edgy que solo han hecho ella y Carmina Ordóñez, que en gloria esté.

Pero ya da igual, ellas son mamarrachas, como Lindsay Lohan, Courtney Love, Massiel, y Nati Abascal. Cualquier cosa que hiciesen antes queda anulada porque se fueron de juerga y las pillaron — porque las estaban acechando — .

El caso más extremo de señor redimido ante la sociedad a pesar del abuso de sustancias es Robert Downey Jr. Este directamente ha resucitado varias veces, tanto literal como figuradamente. Es considerado un ave Fénix por reaparecer en sucesivas ocasiones, tras sucesivas rehabilitaciones, y después de salir de la cárcel. Después de todo esto, no solo se le acogió en Hollywood y en los medios de todo el mundo, sino que se le permitó entrar como protagonista en películas de altísimo presupuesto que volvieron a encumbrarlo como el gran actor que es, esto dicho sin sarcasmo. Imaginad lo mismo en Gwyneth Paltrow, por ejemplo. O Nicole Kidman, a la que ahora se menosprecia por abusar de la cirugía. — Si queréis saber más sobre actrices que fueron condenadas al ostracismo tras grandes papeles, solo por envejecer, os recomiendo el documental “Buscando a Debra Winger”, de Rosanna Arquette.

Me faltan referencias de mujeres totalmente libres, sin límites. Aún las más rebeldes a las que admiro son correctas, educadas, llevan una vida cultural estimulante, participan en acciones solidarias, porque las señoras de verdad no pueden perder el tiempo en gilipolleces, y además guardan la línea; y ojo, porque estar delgada y en forma también es una obligación moral, porque has de tener autocontrol y tener un punto de elegancia.

Me gustaría saber cómo son de verdad, cómo sienten, qué les preocupa realmente, y sobre todo, qué les molesta. Quiero saber cómo es la feminidad auténtica, cómo son las mujeres a las que de verdad les da todo igual. Quiero feminidad sin florituras patriarcales. Quiero ver buscavidas sin estar enmarcadas en personajes hipersexualizados creados por hombres. Quiero mujeres sin obligaciones sociales, como los hombres rebeldes.

Yo misma no sé cómo comportarme como mujer rebelde. No puedo decir lo que pienso por si pierdo el trabajo y por si quiero encontrar otro, y para llevarme bien con la familia. Tampoco sé cómo quiero ser, qué haría si fuese libre. Supongo que seguiría guardándome cosas para mí misma, pero seguramente dejaría claro lo que me importa, diría las cosas tal y como son — que, como solo lo hacen los hombres, se llama poner los cojones sobre la mesa — , y sobre todo, apartaría de mi lado a la gente que no me gusta, y sería amable sólo con la que me importa. Y me tatuaría los bíceps.

Pero por el momento, solo puedo aspirar a ser una mamarracha, que es lo que acabaré siendo inevitablemente cuando sea mayor y todo me dé igual. Pero imaginaos ser una mamarracha siendo joven, sería increíble. Ya no os cuento lo que haríamos si nos dejasen embarrar los medios de comunicación.

Redes de apoyo

Yo no nací feminista, imagino que igual que todas. Pero tardé mucho en saber lo que era el feminismo, y cuando me di cuenta, ya me consideraba feminista, porque sentía la necesidad de serlo. Conocía los desastres del machismo, aunque no percibía sus efectos en mi entorno. Pero lo que más me alejaba de la necesidad de ser feminista era que no me sentía próxima a otras mujeres, o más cercana a ellas de lo que era a los hombres. Estábamos por un lado mis amigas y yo, y por otro “las demás”.

Tenía amigas y amigos, y hablaba con todos casi de las mismas cosas, y como mis amigos varones no eran machistas, no sentía que necesitase una red de apoyo femenina. De otro lado, no he tenido muchas relaciones con hombres, así que la primera mención a “los tíos” como ente abstracto me sonaba ajena.

Me fui dando cuenta, cerca de los treinta (los veinte solo sirven para ganar más inseguridades de las que tenías de adolescente, pero las disfrazas de experiencia), de lo importante que era tener un colchón de seguridad emocional femenino. Me crié en un ambiente en que las mujeres también tuvieron que ejercer de hombres, y aunque no son más machistas que las demás, sí que rehuían del feminismo, y pensar en sí mismas y sus necesidades les resultaba frívolo. Había que trabajar y sacrificarse, y eso era todo.

Inciso: el feminismo también se encarga del placer y el hedonismo.

Las mujeres necesitamos a otras mujeres. Alguien que te escuche y te diga su opinión, sobre cualquier cosa. Que te de un consejo y además un ejemplo práctico, porque eso también le pasa, o también lo ha sentido. Alguien que no te diga “no sé qué decirte, eso es muy personal”, como hace un tío, con la mejor intención. Que no se altere si te echas a llorar en un lugar público. Que te explique las cosas sólo una vez y sólo si tú no las sabes, y no te interrumpa para corregirte cuando te equivocas en un dato porque, joder, estás contando algo muy importante. Y que te ampare cuando te sientes absolutamente indefensa. Que te crea cuando dices que estás desesperada, sin ponerte una mano en el hombro y decirte “bueno, mujer, no será para tanto”. Desahogarte cuando no puedes más con tu pareja varón, o cuando no entiendes tu propio cuerpo o tu cabeza. Alguien con quien hablar de que no te apetece practicar sexo, o que te apetece tanto que podrías estallar.

Pero no me di cuenta de lo que significaban las redes de apoyo de mujeres hasta que la vi desde fuera, actuando para defenderse unas a otras. Y cómo eso se puede transformar en amistad, e incluso en amor. Amor fraterno, o del otro. Porque el amor entre mujeres puede nacer del apoyo, el cariño o el simple respeto mutuo, y cuidarse la una a la otra para hacer frente a los problemas de la vida.

Fue eso lo que encontré en “Todas las horas mueren”, de Miriam Beizana: cariño, esperanza, y la evolución de los personajes desde el sufrimiento al amor y la entrega. Unas terminaron siendo amigas, otras algo más, pero todas encontraron la red de apoyo aún sin pretenderlo, solo intentando sobrevivir y curarse las heridas que el odio, el maltrato y la represión habían abierto en la piel y el corazón de las protagonistas. Usaron el afecto y el café como bálsamo para el alma.

Veo muchas redes de apoyo a mi alrededor, en la terraza de una cafetería o en Internet. Para comprendernos y arroparnos, para compartir cosas poco importantes en apariencia, pero que pueden significar mucho, como que nos reafirmen en nuestro aspecto físico, o compartir una frustración con nuestra imagen o la edad. Cosas graves, como el acoso o la violencia, un lugar donde buscar amparo y un primer consejo , que puede ser vital para no rendirse. Donde contar cosas que creíamos que solo nos pasaban a nosotras; qué daño hace el “esto solo me pasa a mí”, porque puede que creas que lo mereces.

Pero para todo esto hace falta paciencia y comprensión, y escuchar antes de hablar.

Supongo que el feminismo tuvo su origen en redes de apoyo, en torno a una mesa camilla, en un descanso del trabajo o en un Café, como en “Todas las horas mueren”. Un lugar donde buscar cobijo y complicidad, dos cosas fundamentales para sentirse seguro.

Los tuvo que haber en todos los ámbitos, en el hogar (y no me refiero necesariamente a las mujeres de la familia), en la medicina, para llegar al donde no llegaba la medicina de los hombres, en la política y en la justicia.

Conozco redes de apoyo de mujeres en forma de grupos de amigas, de asociaciones y en Internet, y el fundamento viene a ser el mismo: un sitio acogedor donde hablar sin ser juzgada o culpabilizada por lo que te ha pasado. Sin que nadie sospeche que estás exagerando, o buscando beneficio. Y sin que nadie aproveche para aprovecharse de ti, fingiendo apoyarte.

Nos necesitamos y cuando construimos un entorno que nos invita a abrirnos, nos integramos y ayudamos a otras. Y somos capaces de hacer cosas increíbles.

Mirad la foto. El pie original rezaba “No hay nada más hermoso que ver a mujeres ayudándose entre sí”, y lo firmaba Shirley Manson. Las chicas son las componentes de la banda “Deap Vally”.

Una mujer mayor puede seguir de gira si la ayudan, puede manejar un portátil si le echa una mano una chica más joven. Puede ofrecer su experiencia a las demás para afrontar su vida diaria y su carrera artística, y entre todas forman lo que se llama “una escena”. Y una escena resulta inquietante cuando es solo de mujeres, tal vez porque saben que no necesitamos a nadie más.

P. D. Leed a más escritoras, hay muchísimas en todos los géneros. Leedlas, os digo.

Este post fue publicado originalmente en Medium el año pasado.

Penélope y las labores inconclusas

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Hoy quiero hablar de un vicio mío como escritora: el documento interminable. Esa historia sin pretensiones que sale de una idea simple, para la que no hago un esquema, y que tengo a medias durante meses para trabajar en ella cuando quiero escribir sin devanarme los sesos. Supongo que no soy la única escritora que lo hace.

El caso es que ahora estoy terminando un fic (una historia basada en otra ya existente, que en este caso también es mía), formato que suelo usar para estas cosas. Llevo casi un año con él, me ha dado muy buenos momentos y estoy muy orgullosa de lo que lo que he conseguido. Y además,no quería terminarlo por nada del mundo. Y ahí es donde entra Penélope.

Penélope es un personaje de la Odisea, el famoso libro de Homero, que estaba casa con Ulises. Como sabréis, y si no lo sabéis os lo cuento yo, Ulises se pasó un montón de años de viaje para volver de la guerra de Troya, que de eso va el libro*, y Penélope se quedó en Ítaca esperándolo como una fiel esposa. Tan fiel era que rechazó los favores de los muchos pretendientes que llegaban a su puerta. Pero como ya se sabe que a los hombres no hay quien los haga desistir cuando se ponen pesados, Penélope se inventó una excusa ya mítica: solo aceptaría volver a casarse cuando terminase de tejer un sudario para el rey Laertes, para quien trabajaba. Pero ¿cómo se las arregló para no terminarlo en los veinte años que tardó Ulises en llegar a casa? Pues bien, Penélope deshacía por las noches todo lo que había tejido el día anterior, de manera que su labor era literalmente infinita.

Y a mí me pasa un poco así. No borro todo lo que he escrito (aunque borrar es parte de escribir), pero sí es cierto que alargo los capítulos, y añado más capìtulos a mis historias con tal de no acabarlas, sobre todo si se trata de algo que a) me encanta escribir, b) no pienso publicar** c) me está ayudando a salir de una mala racha. Esa oportunidad de meterme en las historias y los personajes, de trasladarme a un lugar que sólo existe ahí y que no tiene normas, me evade y me da algo por lo que seguir peleando.

Hay algo adictivo en escribir, y si te das el lujo de olvidarte de las formas por un tiempo, y te reservas ese espacio para experimentar y mejorar, puedes sacarle mucho partido. Y dejar pasar el tiempo, veinte años si hace falta.

¿Y vosotros? ¿Hay alguna actividad o proyecto que os cueste terminar, por lo mucho que disfrutáis haciéndolo?

*    “La Odisea” va del viaje de Ulises (también llamado Odiseo) de vuelta a Ítaca; el libro que habla de la guerra de Troya es “La Ilíada”. Ambos tomos son muy ligeros y de fácil lectura.

* *   En realidad uno de los fics está publicado en Fanfiction.net xD

Reseña: “El guardián invisible”, de Dolores Redondo

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Empiezo de nuevo a publicar reseñas de los mejores libros que voy leyendo, y este es uno de los mas apasionantes que he leído en mucho tiempo.

La primera entrega de la trilogía del Baztán combina a la perfección el suspense, el relato femenino de emociones encontradas, y un costumbrismo muy especial, lleno de magia y tradición. Las tres cosas se entrelazan en una novela que nos traslada a lo más profundo de los bosques navarros. Las descripciones son profusas y sensoriales, sin resultar pesadas; en pocos minutos podemos ver la tupida vegetación, oler el petricor y sentir la humedad a nuestro alrededor, mientras la inspectora Amaia Salazar trata de resolver los crímenes del Basajaun, el asesino que tiene en vilo a la policía foral.

Se trata de una serie de asesinatos donde las víctimas, todas mujeres jóvenes, aparecen rodeadas de una simbología que mezcla la misoginia y la tradición. Por este motivo, y debido a su excepcional currículum y sus estudios sobre asesinos en serie en colaboración con el FBI, Salazar es trasladada a Elizondo, su pueblo natal, para liderar la investigación. Durante el transcurso de la historia, Amaia combinará sus dotes de investigadora, su capacidad para elaborar perfiles criminales, y su instinto agudo y entrenado.

Precisamente el instinto es uno de los leit motiv de esta novela, la capacidad innata de sentir más allá de las palabras y los indicios; cómo la usamos, qué pasa cuando falla, y qué podemos hacer cuando la perdemos. Amaia trabaja incansablemente, colaborando con sus compañeros, para desenmascarar al asesino, al tiempo que lucha contra sus propios fantasmas, y siente que ella misma se pone obstáculos a la hora de encajar las piezas. La ayuda de su familia y su compañero Jonan Etxaide, además de un contacto de Quantico; porque esta no es una historia de una mujer sola contra el mundo, sino también de colaboración, apoyo mutuo y sororidad entre mujeres.

Otro de los elementos recurrentes que actúan como causa de conflicto, y a la vez argamasa para dar consistencia a la parte más humana de la historia, es la tradición, una niebla oscura que envuelve a los habitantes de Elizondo y que nubla la vista de la inspectora Salazar, a pesar de que ella necesita recurrir a mitos y supersticiones para avanzar y resolver el caso. Se debatirá entre el escepticismo propio de la investigadora racional, que se basa en pruebas, y la influencia de los ritos y creencias ancestrales, de las que ella es partícipe en cierta medida.

Quizá la parte más emocional, que no sensiblera, de la narración viene dada por el conflicto interno y externo de Amaia, centrado en su familia, Los rencores y la tiranía de algunas mujeres de su casa en Elizondo harán más denso el aire en los días en los que Amaia permanece allí para trabajar, y a la vez también contribuyen a aumentar la tensión de la historia, que mantiene al lector en vilo constantemente. Es una narración netamente femenina, con un equilibrio exquisito entre la realidad, los hechos fríos y terribles, las emociones y las sensaciones que a veces quedan en un limbo; no sabemos si todo lo que ocurre tiene un significado, o tal vez solo sea un reflejo charco, en medio del bosque cerrado.

En definitiva, os recomiendo esta novela, que fue adaptada en una película que se estrenó el año pasado, tanto si os gusta la novela negra pura y dura, que la hay, como si os interesan las narraciones más humanas y profundas; insisto, en este caso las dos cosas están muy bien mezcladas. Cuatro estrellas sobre cinco por mi parte, porque las cinco se las doy a muy pocos.

Para terminar, y para re-inaugurar bien esta sección de reseñas: ¿Qué libros os han apasionado últimamente? ¿Me recomendáis alguno, ahora que ya me conocéis un poco?

 

Pido disculpas

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Queridos lectores, curiosos, y algún admirador ocasional.

Tengo que pediros disculpas. Llevo casi un año sin actualizar este blog. Afortunadamente, el motivo no es que haya dejado de escribir. Al contrario, en este tiempo he escrito bastante, no he terminado nada, pero estoy satisfecha. El problema es que no creí que tuviese nada que mereciese la pena ser enseñado. Os pido disculpas por no actualizar la página de Puntos Negros en Facebook ni mi perfil (que ahora mismo está casi oculto), y por apenas saludar de vez en cuando en Twitter. Os pido disculpas también por no aparecer en Goodreads. Os pido disculpas por no haber terminado la nueva novela, por haberla abandonado, por haberla retomado tres o cuatro veces ya.

Mi objetivo con este blog era comunicarme como escritora, no como persona, y ni siquiera eso he conseguido. Porque no quería mostrarme tal y como soy, imperfecta, insegura, vulnerable. Y todo para qué. Para callarme y dejar que se acumulase polvo en este precioso blog del que tan orgullosa estaba.

¿Y qué decir de las reseñas? Dejé de postearlas porque no creí que os pudiesen interesar los libros que leo. La mayoría son best sellers o pertenecen a mis tres autores de cabecera.

Sin embargo, por encima de todo lo demás, me pido disculpas a mí misma. Por no creer en lo que hago, por no considerarme buena escritora, por machacarme por no leer suficientes libros. Por no darme margen, por no aceptarme tal y como soy. Por no considerar que lo que hago merece la pena.

No me conocéis en persona, porque yo no he querido, pero ya va siendo hora de mostrarme un poco, y lo primero que he he decir es que soy una mujer que necesita validación constante. Nada de lo que hago me parece suficiente, y muchas veces tampoco me parece correcto. En este tiempo en el que he estado ausente, y tal vez durante años atrás, he sentido que no era buena, ni siquiera era decente. Pero seguía escribiendo, eso no lo podía evitar. Yo no vivo de esto ni tengo la intención de gastar mis energías en conseguirlo, pero nunca me he sentido tan satisfecha como para decir: “eh, al menos escribo, e incluso he publicado”. Nunca.

Porque cuando uno se cree poca cosa, no importa lo que haga, se sentirá pequeño. Antes no me sentía escritora porque no había publicado. Después de publicar, todas las ventas me parecían pocas. Luego llegó un nuevo proyecto, y lo he estado escrutando mientras lo desarrollaba, igual que me escruto a mí misma. ¿Es una novela válida? ¿Es buena? ¿Le gustará a alguien? Aún ahora, después de retomarla, no sé si llegará a algún sitio. Aún ahora, con casi treinta mil palabras, a veces pienso que volveré a abandonarla porque no vale la pena. Así de dura soy, y por nada. Sigo obsesionada con los requisitos para ser escritora, y con los requisitos que debe cumplir aquello que escribo para ser leído.

No debería importar. Debería escribir por el placer (siempre presente) de hacerlo, y publicarlo aquí si me gusta lo suficiente, aunque no sea perfecto. Debería actualizar las RRSS con algo nuevo de vez en cuando, algo sustancioso, algo que valga la pena, aunque luego no llegue a ninguna parte.

Una de las cosas que más me frena a la hora de aceptarme es algo tan irrelevante como encajar. Encajar en un sitio, en una etiqueta, y no salirme. No meter la pata con tal de que no me saquen de ese sitio. No quiero decir aquí nada que espante a un posible lector de novelas de misterio, y al final no escribo nada. En RRSS no opino sobre temas de actualidad, sobre la vida y el amor (ay, el amor, menuda mierda, lectores), para no invocar al temible rechazo, y al final estoy muda. No expreso mis ideas políticas o mis inquietudes, aunque luego quedan patentes en lo que escribo. Absurdo, ¿verdad? Es curioso lo de las etiquetas. Las adoptamos (o pedimos permiso para adoptarlas a los que creemos que tienen autoridad sobre ellas) porque nos dan una sensación de pertenencia, pero luego a veces no nos creemos merecedores de ellas, porque nos parece que requieren unos requisitos muy concretos.

Tampoco comento los libros que leo, porque son pocos y a lo mejor no os interesan, o ya los leísteis cuando salieron a la venta. No soy moderna. A veces comparto música que me inspira, u otro tipo de contenidos con los que me identifico, pero siempre con miedo de perder seguidores que no me aprecien tal y como soy. Como si en este mundillo literario todo fuese algo personal*. Como si no hubiese escritores mediocres con miles de seguidores.

Quiero ser escritora. Creo que ya lo soy. Y sin embargo no encajo en el grupo de los lectores empedernidos, porque me interesan más otras cosas (o sea, tengo un libro a medias y aunque me gusta, creo que no lo toco desde el lunes). Solo produzco letras, y soy la primera que las esconde si creo que a alguien no le van a gustar. A pesar de que me maraville a mí misma a veces con lo que hago, con lo que he aprendido, y con mi capacidad de crear personajes complejos y humanos. Pero ¿qué pasa si los dejo al descubierto? ¿Qué harán con ellos?

Todo esto viene a que tengo que perdonarme a mí misma, por los castigos que me inflijo, y que al final me impiden hacer lo que más me gusta: contar historias, vayan a donde vayan; dejar de flagelarme para adorarme, y así dar rienda suelta a los cientos de ideas que cruzan mi cabeza como arpones en el agua, tratando de alcanzar un pez escurridizo. En el fondo creo firmemente que para crear tienes que creer, creer en ti mismo y en lo que haces, y aferrarte a tu estilo, aunque aprendas y evoluciones. En algún punto de tu cabeza tienes que creerte el mejor, y proteger la llama, igual que hacía el valiente Ralph en El señor de las moscas (la única novela sobre masculinidad que de verdad recomiendo leer), proteger el impulso que te hace seguir adelante, sabiendo que habrá algunas personas a las que no le gustes y eso te debe dar igual. Tienes que ser tu propia cocaína a la hora de dejar volar tu imaginación. Tienes que creer que eres bueno para continuar, y ser auto indulgente, porque a fin de cuentas siempre vendrá alguien a quien no le guste lo que hagas, así que al menos date tú un aprobado.

Pocas cosas funcionan a la fuerza, y en mi caso, no funciona casi ninguna. Mucho menos en estos momentos de problemas personales y gran (mayor) inseguridad. He logrado hacer ejercicio de forma regular, tengo una buena relación con familiares y amigos (incluso he conseguido hacer amigos nuevos), he logrado cosas de las que no me consideraba capaz… Pero no puedo ser bloguera a la fuerza, ni exponer lo que escribo si no me siento segura. Todo lo que hago lo hago por una razón, y si no hay razón, no puedo hacerlo. Por eso solo leo a mujeres, aunque pueda parecer una imposición; desde que lo hago, tengo más ganas de leer, y esa es la mayor motivación. Por eso me dejo llevar por mis sentimientos cuando escribo ficción, y meto mucho de mí misma. Eso me da más ganas de escribir. Y si algo te da ganas de leer o de escribir, entonces está bien.

Por eso voy a renunciar a comprometerme con vosotros, y voy a comprometerme conmigo misma. A valorar lo que hago por el hecho de hacerlo, a mimarlo y corregirlo hasta que me guste y mostrarlo si lo creo conveniente, a compartir otros escritos que tengo por otros blogs, y que no han llegado aquí por su carga política, pero de los cuales me siento orgullosa por su calidad. A no tener miedo del rechazo por parte de mis lectores, porque no tengo un compromiso con vosotros tal como para decepcionaros. Esta relación solo importa si va a mejor.

De modo que he vuelto, y voy a quedarme para escribir, compartir, y crecer. Acompañadme.

*Esta frase era fuertemente sarcástica

Pido también disculpas por la gran cantidad de erratas de este post, creo que ya las he corregido todas.

Cómo huir de una leona (mi primer relato de ciencia-ficción)

Rebeca Medina escribe

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Este es el relato que envié hace dos meses al concurso literario “Premio Ripley”. Era mi primer relato de ciencia ficción y fue una gran oportunidad para salir de mi zona de confort y atreverme con este género. Espero que os guste.

Era un día largo de finales de verano, pero en Sejmet la temperatura no subía de diez grados en aquella época. Sus días duraban diez horas y sus años, apenas cien días. Formaba parte del sistema Georgina, como luna de Atum, uno de sus tres planetas. Nun, la estrella blanca, centro del sistema proveía a la luna de una luz lechosa y escasa, ya que Sejmet era el cuerpo más alejado.

El viento era un habitante más de Sejmet, uno muy importante. Ahora, en verano, las ráfagas más fuertes eran de sólo doscientos kilómetros por hora, pero en días malos de invierno podían alcanzar los trescientos. El aire…

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Cómo huir de una leona (mi primer relato de ciencia-ficción)

16681568_368259126889014_8006709059232254868_n

Este es el relato que envié hace dos meses al concurso literario “Premio Ripley”. Era mi primer relato de ciencia ficción y fue una gran oportunidad para salir de mi zona de confort y atreverme con este género. Espero que os guste.

Era un día largo de finales de verano, pero en Sejmet la temperatura no subía de diez grados en aquella época. Sus días duraban diez horas y sus años, apenas cien días. Formaba parte del sistema Georgina, como luna de Atum, uno de sus tres planetas. Nun, la estrella blanca, centro del sistema proveía a la luna de una luz lechosa y escasa, ya que Sejmet era el cuerpo más alejado.

El viento era un habitante más de Sejmet, uno muy importante. Ahora, en verano, las ráfagas más fuertes eran de sólo doscientos kilómetros por hora, pero en días malos de invierno podían alcanzar los trescientos. El aire denso estabaintoxicado con partículas afiladas de sílice, cristal y metal procedentes de las factorías y las plantas de reciclaje que estaban en constante funcionamiento. Los habitantes de Sejmet debían llevar trajes de materiales muy resistentes, y taparse la cara con protecciones para salir de casa e ir al trabajo, el único recorrido que hacían.

Lorena siempre había vivido allí, así que para ella esta era la vida normal, pero no por ello era buena. Ella era una obrera clase C, cualificada pero controlada; el único motivo por el que llevaron a su madre a parir a esa luna fue para que su hija trabajase. Tenía derecho a una consola de vídeo, donde veía la programación autorizada y consultaba la información a la que tenían acceso los de su clase; este aparato proveía a los C de entretenimiento y de aspiraciones propias de los obreros B, no vigilados, que vivían en los planetas.

Lorena trabajaba en los aerogeneradores, ensamblando y reparando motores. Todas las fábricas y plantas de tratamiento de Sejmet estaban vigiladas en busca de cualquier actividad sospechosa. Los vigilantes eran androides toscos, y su parte orgánica era grotesca, montada con restos de cadáveres embalsamados o tejido artificial. Unos, los “H”, tenían cabeza, otros (los “N”) sólo un tronco y extremidades; las cabezas de los más “humanos” eran mucho más terribles que su mera ausencia. El cráneo artificial no estaba revestido de tejido orgánico de manera uniforme, sino que se distribuía en “parches” sobre las zonas donde los técnicos no tenían que acceder habitualmente; pero lo peor eran los ojos: no eran inertes, como los de cristal, sino que tenían una textura gelatinosa, y transmitían una expresión confusa y repulsiva.

Lorena tenía un gran sueño, que había empezado como empiezan muchos: por la publicidad. Había en Atum una colonia no industrial, llamada Shu, cuyos habitantes vivían de lo que recolectaban y de reutilizar los residuos de las grandes colonias. Según los anuncios de su consola, era un lugar tranquilo, donde se respiraba un aire saludable, y no había delincuencia. Era demasiado bueno para ser real, pero lo que le había tocado era demasiado malo para ser vivido. Ella había hecho planes, pero no era tan sencillo como largarse y vivir del cuento. Como trabajadora de la factoría estaban censada y controlada, y tenía un chip de localización alojado dentro de la corteza cerebral, de modo que si se lo quitaba perdería el habla. Esto fue algo premeditado por el Ministerio de Trabajo, para evitar conspiraciones; si algún obrero desertaba, no podría comunicarse ni con los que aún seguían trabajando, ni con los que hubieran escapado. Aún así, Lorena quería intentarlo, no tenía nada que perder.

Lorena estaba pelando boniatos para la cena, su alimentación habitual, además de carne en lata, de forma ocasional. Llamaron a la puerta.

¿Quién es? —preguntó, blandiendo un fleje de acero que tenía detrás de la puerta, más por costumbre que por temor real, ya que la estrecha vigilancia a la que eran sometidos no permitía demasiada delincuencia.

Suelta eso y déjame entrar —respondió una voz femenina y condescendiente.

Andrea, la piloto amiga de Lorena, era más alta que ella, y podía verla por el tragaluz

Pasa —respondió Lorena, mientras abría.

Andrea observó la estancia, que empezaba a llenarse de la luz violeta azulada, que venía de la estrella Nun cuando empezaba a ponerse. Había cosas por todas partes, pero el conjunto estaba muy ordenado. Lorena permanecía en el centro, expectante.

Traigo novedades, no sé si querrás saberlas todas —dijo Andrea, dejándose caer en el sillón.

Malas noticias, supongo —se lamentó Lorena. Luego se apoyó en la raquítica repisa de la cocina, frente a la mujer, que era mayor que ella.

Andrea asintió con un gesto de fastidio en los labios y continuó.

En primer lugar, no voy a poder hacer nada en un par de días. No dispongo de una nave de carga ahora mismo, solo me permiten patrullar con el caza hasta que termine esta tanda de turnos, y no cabes ahí, por delgada que estés. —Le guiñó un ojo—. Siento no poder hacer nada antes.

No pasa nada, ya supuse que era demasiado pronto.

Sí que pasa, no te sobra tiempo. Tenemos que organizarlo antes de que llegue el otoño. Y tienes que resolver lo otro.

Conozco a un médico que puede hacerlo. Me pide cinco mil créditos, pero parece que no duele y que sólo me va a tocar una de las áreas de control del habla.

Lorena esbozó una sonrisa triste y guardó silencio. Dentro de la casa prefabricada solo se oía el viento.

Oye, ya eres mayorcita, y no te voy a decir lo que tienes que hacer —retomó Andrea—. Pero esto es una mala idea, malísima. Si te digo la verdad, en todas las veces que he estado en Atum no he visto ese sitio del que hablan los anuncios de tu consola.

No puedo seguir así —repuso Lorena, sin mirarla, casi hablando más para sí misma—. En la planta no me dan un día de descanso, y aquí todo va a peor. Muchas veces me quedo sin agua corriente, y tengo miedo del invierno, ya sabes cómo murió mi novio.

Lo sé. Pero tiene que haber otra manera. Tenemos que encontrarla.

No, ya estás haciendo bastante, estás arriesgando tu trabajo para ayudarme.

Tampoco es para tanto —dijo Andrea, apartando su flequillo pajizo—. Ya te he dicho que a los militares no se nos controla tanto. Unos viajes de más en mi hoja no cuentan, mientras me pague yo el combustible.

Ya.

Las dos guardaron silencio durante unos minutos.

¿Entonces vamos a hacerlo? —inquirió Lorena.

No tengo más remedio, ¿no es así? —respondió Andrea, tratando de sonreír.

Gracias. Esto significa mucho para mí.

Me voy ya, mañana me espera un día largo. Ya hablaremos, espero traer alguna buena noticia.

Ojalá —dijo Lorena, y la abrazó—. Cuídate.

Tú también.

Pasaron los días rápidamente. El turno de Lorena en la fábrica era particularmente agotador en verano: la carga de trabajo era el doble que en invierno, precisamente para producir más palas y motores, y así explotar más esa forma de energía los meses de más viento. Debido a esto, el esfuerzo físico se volvía un desafío y los cuerpos de los trabajadores producían un calor insoportable en la nave cerrada.

Lorena estaba muy concentrada en su labor, intentando no pensar demasiado. Sin embargo, había algo extraño en el ambiente. Sus compañeros tenían una actitud normal, pero Lorena se sentía observada. Trató de ignorarlo, porque no era posible que sospechasen de ella. No le había contado a nadie sus planes, y sin embargo no podía quitarse esa sensación de encima. Se le erizaba el vello por momentos. Se dio cuenta de que estaba empapada en sudor frío. Levantó la vista de manera discreta para mirar a la cara a Bruno, su compañero de la cadena de montaje, y éste le devolvió un gesto neutro, sin emoción alguna. Volvió a bajarla, y entonces se le ocurrió que no era él quien que la estaba observando. Miró al frente, hacia la puerta de salida de esa sección, y entonces lo vio. Era un androide de tipo H, con cabeza ensamblada sobre un cuello flexible, y tenía sus ojos fijos en ella. Lorena parpadeó porque no podía creérselo, y volvió a bajar la cabeza. Continuó su labor durante unos minutos, y levantó la cabeza de nuevo. La criatura seguía ahí, observándola, e inclinó su cara sin boca hacia un lado, como si quisiese escudriñar en los pensamientos de la chica. Lorena aguantó la respiración, aterrada. Aquello no podía estar pasando.

Pulsó el botón para abandonar el puesto, y el cronómetro empezó a descontar el tiempo de pausa permitido, diez minutos. Dejó sus herramientas en su puesto y avisó a su compañero. Se dirigió a los lavabos, y al salir miró directamente al androide, que en ese momento tenía los ojos fijos en el frente; éstos no brillaban ya, estaban durmientes. Pero quiso comprobar que lo de antes no había sido una alucinación, y miró hacia arriba, a las galerías de la planta superior, donde había más vigilantes. Dos de ellos bajaron la cabeza hacia ella, y la luz de sus ojos parpadeó. «Lo saben», pensó Lorena. «De algún modo lo saben. El chip que tengo en la cabeza no sólo es para localizarme, sino que les está transmitiendo lo que pienso.». Tenía dos opciones, huir en ese mismo momento y no mirar atrás, o volver a su puesto y tratar de actuar con la cabeza fría. Se inclinó por la segunda opción.

¿Estás segura de los que viste? Tal vez solo fueron imaginaciones tuyas.

Andrea estaba tratando de tranquilizarla, que no paraba de repetir la secuencia de acontecimientos. Había ido a casa de la teniente en lugar de la suya, porque estaba más cerca de la factoría, y sobre todo porque no quería estar sola. En su frenética huida al salir de trabajar, se había quitado el casco demasiado pronto, y se había hecho cortes en la cara con esquirlas de metal. Andrea la había curado, y le había dado una buena cena, como las que se podían permitir los oficiales. Aún así, Lorena estaba tan asustada y encogida que parecía más pequeña de lo que era. Su largo cabello castaño estaba apelmazado, y le daba un aspecto frágil, le recordaba lo joven que era. Andrea sirvió dos copas de alcohol, que había robado de una nave enemiga, para relajarla.

Me estaban mirando, y nunca antes lo habían hecho —respondió Lorena—. No puede ser una coincidencia. Aunque lo llevaba pensando mucho tiempo, fue el otro día cuando pusimos una fecha definitiva.

Estás paranoica —dijo Andrea, dando un trago—. Es comprensible, estás sometida a mucho estrés, pensando en la huida, el viaje, la cirugía…

¡Calla! —replicó Lorena, fuera de sí— Sé perfectamente lo que vi, sospechan algo. Fue algo totalmente nuevo, nunca los había visto así. No estaban solo pendientes de mis actos, también lo estaban de mis pensamientos.

Oye, tú a mí no me mandas callar, punto —contestó Andrea, incorporándose en el sillón para enfrentarse a ella—. Segundo, eso que acabas de decir es simplemente imposible. No hay forma de que sepan lo que piensas, son poco más que cafeteras andantes. Sólo detectan figuras y movimientos. Así que no, te aseguro que no sabe lo que piensas. Estás nerviosa porque lo que quieres hacer es una locura. Te estás descentrando, y la vas a fastidiar, sería mejor que no lo hicieras.

¿Sabes qué te digo? Que en realidad eres una cobarde —contestó Lorena, envalentonada por el alcohol y cegada por el miedo—. Mucho hablar de tus batallas y tus hazañas de guerra, pero por no enfrentarte a tus superiores y reclamar un ascenso, estás condenada a vivir en este agujero, envejeciendo tan deprisa como yo. Al menos yo tengo coraje y voy a salir de aquí, contigo o sin ti.

Te echaría a patadas de mi casa, si no fuese porque sé que ahí fuera no durarás ni diez segundos. No estás preparada para estar sola, ni aquí ni en otro sitio, entérate. —Andrea se tomó unos segundos para pensar lo que iba a revelarle—. Si estoy encerrada aquí es porque me han sancionado a vivir aquí durante diez años, por traer a madres como la tuya a parir aquí en vez de llevarlas donde me mandaban, la luna de Mut, que es un agujero mucho peor. —Andrea vio la expresión confusa de Lorena—. Sí, lo que oyes, estoy sancionada por salvar tu culo y el de muchos otros durante décadas, tú fuiste de los primeros. Ahora has crecido y crees que lo sabes todo. Pues te deseo mucha suerte, pero no cuentes conmigo para destrozar tu vida. Buenas noches.

Lorena no durmió esa noche. El apartamento de Andrea era mucho más confortable que el suyo, pero los nervios por su situación y la discusión la habían dejado tensa y descorazonada. Había tomado la decisión de irse sola al amanecer.

De modo que cuando el brillo de Nun apareció por la ventana y le dio suficiente luz para moverse por las estrechas y tortuosas calles de Sejmet, Lorena cogió su casco y se dispuso a salir de la casa, para ir a que le extrajesen el chip. No estaba segura de querer pedir ayuda de nuevo a Andrea. Tomó un vaso de leche en polvo con agua filtrada, un lujo restringido a los militares de ese sistema planetario, y cuando lo dejó en la repisa junto a la ventana, tapada con una malla metálica para proteger el metacrilato del impacto de las esquirlas, vio posada en ella una nota manuscrita: “Si vas a irte, ten en cuenta que tal vez te hayan seguido los androides malos hasta mi casa. Así que por si acaso, sal en dirección a los barracones del Sur, y ataja por el callejón para llegar al médico. Sé quién es. Coge la pistola que he escondido debajo del fregadero, no la necesito. Supongo que sabes usarla. Quítale el seguro. Adiós.”

Andrea la había creído. Al menos le daba instrucciones por si lo que ella le había dicho fuese cierto. No pensó en ello después del trabajo, no pensó en ello por el camino, cuando solo deseaba llegar a casa de su amiga para estar a salvo. Ahora iba a salir de allí para no depender de ella y no sabía lo que podía pasar. Pero sí sabía que ella estaba tan enfadada que tal vez no querría protegerla más.

Buscó bajo el fregadero y cogió el arma; se parecía vagamente a la que le había enseñado a usar su tutor, un hombre muy triste pero que había sido muy bueno con ella cuando la acogió mientras iba a la escuela, tras su estancia con la nodriza. Se tomó unos minutos para familiarizarse con ella, comprobó que estaba cargada, puso una bala de acero en la recámara y se la guardó en los pantalones de rafia. Se puso el casco, respiró dentro de él varias veces para acostumbrarse al aire viciado y el escaso oxígeno, y salió.

El camino que le había aconsejado Andrea era más largo que el que bajaba por la avenida principal y se adentraba en la zona de negocios, pero Lorena confiaba en ella y en que el aire que tenía dentro del casco sería suficiente. Caminó lo más deprisa que pudo sin tener que respirar demasiado, mirando alrededor por si veía más androides. No vio ninguno en su trayecto. Dentro de ella empezaba a gestarse una inquietud: ellos eran más inteligentes que ella, más rápidos, más astutos. Ella se había dado cuenta de que la vigilaban porque ellos habían querido, porque la estaban amenazando para que no se fuese, así que lo que le pasaría después era mucho peor.

Avanzó por las callejuelas y fue acercándose poco a poco a la consulta. El sol blanco salía con rapidez, pero su luz se iba velando con las partículas del aire, que rayaban su casco cuando impactaban. Fue acelerando el paso según se acercaba a la consulta, y reparó en que aún no había nadie por las calles. Nunca había salido tan temprano de casa. Esperaba que fuese por eso.

Cuando llegó al edificio le sorprendió la normalidad con la que todo transcurría allí. No era una consulta ilegal, pero su compañero le había comentado que era mejor no decirle a nadie que iba allí, ni pasarse antes para pedir cita. Se sentó en una silla de plástico, frente a una señora demasiado mayor para vivir en aquella luna, probablemente había venido de Atum para algún tratamiento especial. Definitivamente no vivía en Sejmet, porque su cutis era terso y bronceado, y no había rastro de cicatrices como en el suyo. Su ropa era nueva y cara; ella nunca había tenido un mono de protección tan resistente, tenía que remendar su ropa constantemente. Odiaba a esa mujer, y a la vez le daba esperanzas. Una enfermera (atendiendo a su ajado rostro sí vivía en Sejmet, y estaba cerca de los veinte años) se le acercó y le pidió su nombre y la consulta que venía a hacer. Ella se lo dijo en voz baja. La enfermera la miró extrañada, y luego sonrió de manera amable y le puso una mano en el hombro.

Tranquila, vengo a por ti en un rato —respondió la enfermera—. No te arrepentirás.

Lorena empezó a darse cuenta de lo que estaba a punto de hacer, y de que no podría comunicarse con nadie más una vez le hubiesen quitado el chip. En realidad no podría salir de la luna, nunca. Sin embargo, sería libre. Libre para vagar y esconderse, libre para morir de hambre. Libre para estar sola. Tras treinta minutos de tensa espera, alguien le estrechó la rodilla. Lorena dio un respingo.

¿Qué… ? ¿Qué haces aquí? —preguntó.

No iba a dejar que te metieses aquí y gastases tus ahorros para que un loco te trepanase esa cabecita hueca que tienes —dijo Andrea, revolviéndole el pelo.

Tengo que hacerlo, no hay vuelta atrás —contestó Lorena, triste—. Pero me alegro de que estés aquí. Tengo miedo.

Yo también lo tengo, así que vamos a irnos, ¿te parece?

No, no podemos. Yo ya he faltado tres horas al trabajo, me estarán buscando. Ahora no tengo más remedio que extirparme eso.

Dime una cosa, pequeña —preguntó Andrea, sombría de pronto—. ¿Qué te han contado de esa operación?

Mi compañero me dijo que era segura, que solo tendría que preocuparme del habla. Que me perforarían en un punto concreto de la cabeza con anestesia local, y que me retirarían el chip, y ya estaría.

Andrea se puso muy seria y la miró fijamente.

He estado investigando. Hay cuatro zonas de control del habla, separadas entre sí. No pueden quitarte el chip y la capacidad de hablar sin quitarte nada más. —Andrea hablaba despacio, poniendo énfasis en las palabras clave para que Lorena prestase atención—. Lo que te van a hacer es una lobotomía, es un procedimiento que ya se usaba hace miles de años. Te van a hacer mucho daño. —La voz de Andrea se fue apagando según se le llenaban los ojos de lágrimas—. No quiero que te hagan eso, vas a quedarte incapacitada y no importa a dónde te lleve, porque no lo vas a disfrutar, ¿entiendes? El gobierno no puede permitir que nadie se marche, sin importar que puedan hablar o no. Saben de sobra lo que se hace en esta clínica, y no les importa, porque luego la gente no vale para hacer nada. Se los llevan a otras lunas y los dejan morir.

Lorena estaba temblando, y sin darse cuenta había tomado la mano de Andrea en la suya.

¿Cómo lo has averiguado? —preguntó Lorena.

No eres la única que no ha dormido esta noche —respondió Andrea—, llevo desde que me acosté investigando en canales secretos de mi consola del ejército, y he contactado con amigos que me debían favores. Y hay otra cosa: conozco a mucha gente en Atum, gente con un pasado oscuro, rebeldes, renegados… incluso algunos que habían huido de las lunas, y ninguno era como los que habías visto en el anuncio. Por eso no quería que lo hicieras, porque sabía que te habían mentido. Pero no sabía lo que sé ahora.

Lorena suspiró y estiró las piernas, para desentumecerse.

¿Y tienes otro plan? —preguntó.

No —respondió Andrea, mirando por la ventana que tenía a su espalda—. Pero ahí fuera hay tres muertos eléctricos de esos que te gustan, y nos están esperando, y quiero meterles una paliza.

Una sonrisa un tanto desquiciada asomó a la cara de Andrea.

¿Y ya está? ¿Salimos y nos lanzamos en una misión suicida?

¿Tienes otra opción? —preguntó la teniente, encogiendo los hombros—. Porque a mí ya me estarán buscando por saltarme mis turnos de hoy, por cargarme otros dos androides por el camino, y por acceder a montones de sitios con información privilegiada. Así que vamos a repartir leña. —Se levantó y le dijo—. Apunta a la cabeza de los H y al pecho de los N.

Lorena se miró las manos, curtidas y llenas de cicatrices, y vio que en ellas no había nada. Nada que perder. Se levantó y observó la sala de espera, casi vacía en ese momento. La señora del cutis impoluto ya se había marchado. Andrea se apostó a un lado de la puerta de salida y le indicó en un susurro a Lorena dónde colocarse para estar a salvo cuando ella abriese la puerta. Ambas se pusieron los cascos y respiraron hondo. Andrea giró el pomo con la mano izquierda, mientras apuntaba hacia el frente con su pistola en la derecha, y abrió la puerta de golpe. Casi antes de ver al androide de tipo N, dirigir su puño de acero hacia ella, ya había disparado dos veces. El engendro cayó de espaldas y ella miró en derredor para asegurarse de dónde estaban los otros. Antes de exponerse a ellos, le señaló a su amiga a cuál debía de apuntar, otro clase N. Ella se volvió hacia el H y apretó el gatillo tres veces, dándole en la cara. La criatura disparó al mismo tiempo y acertó en la cintura de Andrea, que gritó y se dobló por la mitad. Lorena vació el cargador en el enorme tronco del N y éste cayo al suelo. Corrió hacia Andrea y la abrazó, pasando su brazo por encima de ella para ayudarla a caminar.

¿Sabes conducir uno de estos? —preguntó Andrea al llegar a su robusto vehículo militar, aparcado frente a la consulta—. No me encuentro muy bien.

La piloto estaba cada vez más pálida, y la sangre de su costado izquierdo empezaba a salir del traje y a formar una mancha en la tapicería.

Sí, algunas veces tengo que llevar a mi jefe a otras plantas de montaje.

Abrió un botiquín de la guantera, sacó un apósito y lo apretó contra la herida de su compañera.

Vale, pues sal por aquí y ve recto hasta la baliza del final del sector. Vas a aprender a saltarte controles de seguridad.

¿También vas a enseñarme a pilotar una nave de carga? —preguntó Lorena, cuando ya estaba circulando con el vehículo.

Cariño, si conseguimos llegar al hangar ya nos preocuparemos de eso.

Oyeron dos disparos que impactaron contra el vehículo, uno sonó en la puerta trasera, otro rajó la capa exterior de refuerzo de la rueda trasera derecha. Lorena aceleró, sin pensar si eso forzaría demasiado el neumático, ya afectado. Andrea tampoco le mandó ir más despacio. Según se acercaban a la baliza, vieron un androide similar la los de tipo H, pero más grande, y la luz de sus ojos parpadeaba con destellos azules muy intensos. Casi las cegó. El androide se puso justo frente al vehículo militar y disparó cuatro veces, abollando la malla metálica del parabrisas. Disparó de nuevo, haciendo blanco en la rueda delantera derecha.

Acelera, por lo que más quieras —suplicó Andrea, retorciéndose de dolor y preparándose para el impacto.

Lorena atropelló al androide, que por un momento quedó atrapado bajo las ruedas. Oyeron su cuerpo botar entre el coche y el suelo. El vehículo dio un gran salto y cayó de nuevo en la carretera, apoyando primero las ruedas de delante. Andrea aguantaba como podía mientras le indicaba a Lorena la ruta más segura. La joven siguió sus instrucciones y se saltó otro control, tras el cual la rueda trasera izquierda estalló con un gran estruendo. Andrea ya no hablaba, el trayecto estaba siendo un suplicio para ella. Lorena esquivó los coches de seguridad gubernamental que las seguían usando una vía de escape que acababa de decirle amiga. Llegó al hangar sin que nadie las siguiera, salió del vehículo y se atrevió a abrir la puerta del copiloto. Andrea estaba despierta de nuevo, y su herida ya no sangraba tanto. La cogió de la mano y Lorena la ayudó a salir. Ambas subieron en un ascensor que las llevaría a la plataforma de despegue. La piloto se sentó con esfuerzo en su asiento y descargó el programa de vuelo que había introducido el día anterior.

Vale, ahora escúchame. Solo me necesitas para despegar y controlar el rumbo en torno a unos asteroides durante el camino, pero nada más. —Andrea tragó saliva y cerró los ojos un instante para concentrarse mientras le enseñaba algunos controles—. Luego el piloto automático nos llevará hasta allí y vas a amerizar, este es el control de los patines. Así desciendes y así te detienes —le explicó, gesticulando con los mandos—. ¿Entiendes lo que te digo?

No —respondió Lorena, en parte porque no comprendía y en parte porque se negaba a perderla.

Quiero decir que si no haces lo que te mando vamos a estrellarnos. Intenta dirigirte al mar. ¿Sabes cómo es?

Lorena recordó los vídeos de su consola.

Es verde.

¿Sabes por qué es verde? —susurró Andrea, exhausta.

No.

Pronto lo verás.

Andrea tomó los mandos de la nave de carga y la dirigió a la pista de despegue. Aceleró y la elevó bruscamente, ya no era capaz de hacer nada con sutileza. Lorena observaba, callada. Nunca había estado a esa altura. La metralla que volaba en el aire producía un ruido ensordecedor, pero poco a poco fueron ganando altura y las partículas dejaron de chocar contra la estructura, puesto que estaban saliendo de la infernal atmósfera de Sejmet. Lorena tenía el estómago encogido como un puño. Empezaba a ver estrellas fulgurantes por todos lados, y Atum apareció ante ella, con sus atmósfera verde y marrón. Notó que las lágrimas le llegaban a las mejillas.

Recuerda lo que te he explicado. Si no lo haces bien, caerás al agua y tendrás que romper el cristal —dijo Andrea, luchando por respirar, pero sin soltar los mandos—. Si lo haces, aguanta la respiración al salir bajo el agua.

Vale —respondió Lorena, sollozando—. Gracias.

De nada.

Transcurrió una hora durante la cual las dos permanecieron calladas. Andrea corregía el rumbo de vez en cuando. Lorena veía por primera vez las estrellas, los planetas, y cuerpos celestes cuyo nombre no conocía. Nunca había sido tan feliz, y evitaba mirar a Andrea, para no recordar que su mejor amiga se estaba apagando rápidamente. De pronto notó una sacudida, y se volvió hacia la piloto, que estaba maniobrando para comenzar la entrada. Observó la magnífica vista de Atum mientras entraban en su órbita. Los movimientos de la piloto eran lentos pero seguros.

Gracias —repitió Lorena.

Andrea asintió por toda respuesta.

La entrada a la atmósfera de Atum fue brutal. Primero sintió una fuerza tremenda que succionaba la nave hacia dentro, y se agarró a todo lo que tenía a su alcance. Luego vinieron más sacudidas fuertes, que le hicieron golpearse contra los mandos, y después, el descenso. Andrea no se movía. Lorena apretó el botón de despliegue de los patines y oyó un estruendo en los bajos de la nave. Se inclinó hacia el lado de su amiga, ya inerte, y tomó sus mandos para dirigir la nave. Bajo ellas, todo era verde. Dejó que la nave recorriese varios kilómetros de mar, salpicado de islas hermosísimas, y titubeó al intentar bajar el mando para amerizar. La nave chocó con el agua y rebotó, y finalmente se posó. Al tocar la superficie y levantar olas a los lados, los patines hicieron un ruido maravilloso.

Maniobró hasta acercarse a la orilla y se detuvo. Se giró y vio a Andrea, muerta; tenía una expresión serena. Lorena le dio un beso en la mejilla, a modo de despedida. Buscó las gafas de sol de la piloto y se las puso, porque la claridad empezaba a cegarla. Salió de la nave, cayó al agua, y chapoteó torpemente hasta tocar tierra. Allí, empapada y agotada, se tumbó en la arena gris. Respiró con fuerza el aire puro hasta que empezó a marearse, sintió el calor sofocante, y vio que el mar era verde porque reflejaba el color del cielo.

Gracias —repitió de nuevo, y se quedó dormida.