Penélope y las labores inconclusas

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Hoy quiero hablar de un vicio mío como escritora: el documento interminable. Esa historia sin pretensiones que sale de una idea simple, para la que no hago un esquema, y que tengo a medias durante meses para trabajar en ella cuando quiero escribir sin devanarme los sesos. Supongo que no soy la única escritora que lo hace.

El caso es que ahora estoy terminando un fic (una historia basada en otra ya existente, que en este caso también es mía), formato que suelo usar para estas cosas. Llevo casi un año con él, me ha dado muy buenos momentos y estoy muy orgullosa de lo que lo que he conseguido. Y además,no quería terminarlo por nada del mundo. Y ahí es donde entra Penélope.

Penélope es un personaje de la Odisea, el famoso libro de Homero, que estaba casa con Ulises. Como sabréis, y si no lo sabéis os lo cuento yo, Ulises se pasó un montón de años de viaje para volver de la guerra de Troya, que de eso va el libro*, y Penélope se quedó en Ítaca esperándolo como una fiel esposa. Tan fiel era que rechazó los favores de los muchos pretendientes que llegaban a su puerta. Pero como ya se sabe que a los hombres no hay quien los haga desistir cuando se ponen pesados, Penélope se inventó una excusa ya mítica: solo aceptaría volver a casarse cuando terminase de tejer un sudario para el rey Laertes, para quien trabajaba. Pero ¿cómo se las arregló para no terminarlo en los veinte años que tardó Ulises en llegar a casa? Pues bien, Penélope deshacía por las noches todo lo que había tejido el día anterior, de manera que su labor era literalmente infinita.

Y a mí me pasa un poco así. No borro todo lo que he escrito (aunque borrar es parte de escribir), pero sí es cierto que alargo los capítulos, y añado más capìtulos a mis historias con tal de no acabarlas, sobre todo si se trata de algo que a) me encanta escribir, b) no pienso publicar** c) me está ayudando a salir de una mala racha. Esa oportunidad de meterme en las historias y los personajes, de trasladarme a un lugar que sólo existe ahí y que no tiene normas, me evade y me da algo por lo que seguir peleando.

Hay algo adictivo en escribir, y si te das el lujo de olvidarte de las formas por un tiempo, y te reservas ese espacio para experimentar y mejorar, puedes sacarle mucho partido. Y dejar pasar el tiempo, veinte años si hace falta.

¿Y vosotros? ¿Hay alguna actividad o proyecto que os cueste terminar, por lo mucho que disfrutáis haciéndolo?

*    “La Odisea” va del viaje de Ulises (también llamado Odiseo) de vuelta a Ítaca; el libro que habla de la guerra de Troya es “La Ilíada”. Ambos tomos son muy ligeros y de fácil lectura.

* *   En realidad uno de los fics está publicado en Fanfiction.net xD

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Pido disculpas

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Queridos lectores, curiosos, y algún admirador ocasional.

Tengo que pediros disculpas. Llevo casi un año sin actualizar este blog. Afortunadamente, el motivo no es que haya dejado de escribir. Al contrario, en este tiempo he escrito bastante, no he terminado nada, pero estoy satisfecha. El problema es que no creí que tuviese nada que mereciese la pena ser enseñado. Os pido disculpas por no actualizar la página de Puntos Negros en Facebook ni mi perfil (que ahora mismo está casi oculto), y por apenas saludar de vez en cuando en Twitter. Os pido disculpas también por no aparecer en Goodreads. Os pido disculpas por no haber terminado la nueva novela, por haberla abandonado, por haberla retomado tres o cuatro veces ya.

Mi objetivo con este blog era comunicarme como escritora, no como persona, y ni siquiera eso he conseguido. Porque no quería mostrarme tal y como soy, imperfecta, insegura, vulnerable. Y todo para qué. Para callarme y dejar que se acumulase polvo en este precioso blog del que tan orgullosa estaba.

¿Y qué decir de las reseñas? Dejé de postearlas porque no creí que os pudiesen interesar los libros que leo. La mayoría son best sellers o pertenecen a mis tres autores de cabecera.

Sin embargo, por encima de todo lo demás, me pido disculpas a mí misma. Por no creer en lo que hago, por no considerarme buena escritora, por machacarme por no leer suficientes libros. Por no darme margen, por no aceptarme tal y como soy. Por no considerar que lo que hago merece la pena.

No me conocéis en persona, porque yo no he querido, pero ya va siendo hora de mostrarme un poco, y lo primero que he he decir es que soy una mujer que necesita validación constante. Nada de lo que hago me parece suficiente, y muchas veces tampoco me parece correcto. En este tiempo en el que he estado ausente, y tal vez durante años atrás, he sentido que no era buena, ni siquiera era decente. Pero seguía escribiendo, eso no lo podía evitar. Yo no vivo de esto ni tengo la intención de gastar mis energías en conseguirlo, pero nunca me he sentido tan satisfecha como para decir: “eh, al menos escribo, e incluso he publicado”. Nunca.

Porque cuando uno se cree poca cosa, no importa lo que haga, se sentirá pequeño. Antes no me sentía escritora porque no había publicado. Después de publicar, todas las ventas me parecían pocas. Luego llegó un nuevo proyecto, y lo he estado escrutando mientras lo desarrollaba, igual que me escruto a mí misma. ¿Es una novela válida? ¿Es buena? ¿Le gustará a alguien? Aún ahora, después de retomarla, no sé si llegará a algún sitio. Aún ahora, con casi treinta mil palabras, a veces pienso que volveré a abandonarla porque no vale la pena. Así de dura soy, y por nada. Sigo obsesionada con los requisitos para ser escritora, y con los requisitos que debe cumplir aquello que escribo para ser leído.

No debería importar. Debería escribir por el placer (siempre presente) de hacerlo, y publicarlo aquí si me gusta lo suficiente, aunque no sea perfecto. Debería actualizar las RRSS con algo nuevo de vez en cuando, algo sustancioso, algo que valga la pena, aunque luego no llegue a ninguna parte.

Una de las cosas que más me frena a la hora de aceptarme es algo tan irrelevante como encajar. Encajar en un sitio, en una etiqueta, y no salirme. No meter la pata con tal de que no me saquen de ese sitio. No quiero decir aquí nada que espante a un posible lector de novelas de misterio, y al final no escribo nada. En RRSS no opino sobre temas de actualidad, sobre la vida y el amor (ay, el amor, menuda mierda, lectores), para no invocar al temible rechazo, y al final estoy muda. No expreso mis ideas políticas o mis inquietudes, aunque luego quedan patentes en lo que escribo. Absurdo, ¿verdad? Es curioso lo de las etiquetas. Las adoptamos (o pedimos permiso para adoptarlas a los que creemos que tienen autoridad sobre ellas) porque nos dan una sensación de pertenencia, pero luego a veces no nos creemos merecedores de ellas, porque nos parece que requieren unos requisitos muy concretos.

Tampoco comento los libros que leo, porque son pocos y a lo mejor no os interesan, o ya los leísteis cuando salieron a la venta. No soy moderna. A veces comparto música que me inspira, u otro tipo de contenidos con los que me identifico, pero siempre con miedo de perder seguidores que no me aprecien tal y como soy. Como si en este mundillo literario todo fuese algo personal*. Como si no hubiese escritores mediocres con miles de seguidores.

Quiero ser escritora. Creo que ya lo soy. Y sin embargo no encajo en el grupo de los lectores empedernidos, porque me interesan más otras cosas (o sea, tengo un libro a medias y aunque me gusta, creo que no lo toco desde el lunes). Solo produzco letras, y soy la primera que las esconde si creo que a alguien no le van a gustar. A pesar de que me maraville a mí misma a veces con lo que hago, con lo que he aprendido, y con mi capacidad de crear personajes complejos y humanos. Pero ¿qué pasa si los dejo al descubierto? ¿Qué harán con ellos?

Todo esto viene a que tengo que perdonarme a mí misma, por los castigos que me inflijo, y que al final me impiden hacer lo que más me gusta: contar historias, vayan a donde vayan; dejar de flagelarme para adorarme, y así dar rienda suelta a los cientos de ideas que cruzan mi cabeza como arpones en el agua, tratando de alcanzar un pez escurridizo. En el fondo creo firmemente que para crear tienes que creer, creer en ti mismo y en lo que haces, y aferrarte a tu estilo, aunque aprendas y evoluciones. En algún punto de tu cabeza tienes que creerte el mejor, y proteger la llama, igual que hacía el valiente Ralph en El señor de las moscas (la única novela sobre masculinidad que de verdad recomiendo leer), proteger el impulso que te hace seguir adelante, sabiendo que habrá algunas personas a las que no le gustes y eso te debe dar igual. Tienes que ser tu propia cocaína a la hora de dejar volar tu imaginación. Tienes que creer que eres bueno para continuar, y ser auto indulgente, porque a fin de cuentas siempre vendrá alguien a quien no le guste lo que hagas, así que al menos date tú un aprobado.

Pocas cosas funcionan a la fuerza, y en mi caso, no funciona casi ninguna. Mucho menos en estos momentos de problemas personales y gran (mayor) inseguridad. He logrado hacer ejercicio de forma regular, tengo una buena relación con familiares y amigos (incluso he conseguido hacer amigos nuevos), he logrado cosas de las que no me consideraba capaz… Pero no puedo ser bloguera a la fuerza, ni exponer lo que escribo si no me siento segura. Todo lo que hago lo hago por una razón, y si no hay razón, no puedo hacerlo. Por eso solo leo a mujeres, aunque pueda parecer una imposición; desde que lo hago, tengo más ganas de leer, y esa es la mayor motivación. Por eso me dejo llevar por mis sentimientos cuando escribo ficción, y meto mucho de mí misma. Eso me da más ganas de escribir. Y si algo te da ganas de leer o de escribir, entonces está bien.

Por eso voy a renunciar a comprometerme con vosotros, y voy a comprometerme conmigo misma. A valorar lo que hago por el hecho de hacerlo, a mimarlo y corregirlo hasta que me guste y mostrarlo si lo creo conveniente, a compartir otros escritos que tengo por otros blogs, y que no han llegado aquí por su carga política, pero de los cuales me siento orgullosa por su calidad. A no tener miedo del rechazo por parte de mis lectores, porque no tengo un compromiso con vosotros tal como para decepcionaros. Esta relación solo importa si va a mejor.

De modo que he vuelto, y voy a quedarme para escribir, compartir, y crecer. Acompañadme.

*Esta frase era fuertemente sarcástica

Pido también disculpas por la gran cantidad de erratas de este post, creo que ya las he corregido todas.

Premio Ripley de ciencia ficción

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Portaldelescritor y Triskel Ediciones convocan el premio Ripley para escritoras. Las participantes deberán enviar un relato corto (mínimo 2500 palabras, máximo 5000) enmarcado dentro de los géneros de ciencia ficción o terror, y ambientado en una de las cuatro estaciones del año. El primer premio consiste en 300 euros y la publicación del relato. Los finalistas también serán publicados.

Bases completas:

Yo creo que me voy a animar a participar.

¿Y vosotras?

 

Un pasaje de mi nueva novela “Mi ala rota”

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En mi nueva novela, la protagonista, Lara, repasa los acontecimientos de los últimos meses, que la han llevado a su situación actual. La ópera “Madame butterfly” juega un papel muy importante en esta historia.

Me acerqué a la FNAC para comprar la biografía de Sofia Scalante, la soprano que interpretaría a a protagonista de Madame Butterfly, y que también era mi artista preferida. Bueno, es mi artista favorita. Era. No sé.

Sofia Scalante (nacida en algún momento entre 1950 y 1960, según dónde se consulte) no era italiana, a pesar de que su nombre lo sugiera, sino búlgara. Ese era su nombre artístico, pero también era un nombre apropiado para camuflar sus orígenes, aunque introduciendo un guiño. No diré su verdadero nombre por respeto, ahora que ella no se puede defender. Si yo alguna vez fuera famosa, me gustaría esa clase de fama: ser la mejor, la más grande, la más admirada, pero que nadie supiese nada de mí en realidad.

Nació en un pueblo pequeño y muy atrasado, y fue su tío quien despertó su interés por el canto, y quien pagó sus clases en el coro durante su infancia. Ella misma se puso a trabajar con doce años para seguir con sus clases en una escuela más elitista de la ciudad de Burgas (donde mintió sobre su edad para ser admitida), a 200 kilómetros de su aldea. Asistía dos veces por semana, gracias a que su tío tenía que hacer negocios allí, y la llevaba y la traía de vuelta a casa. Él se estaba cobrando estos favores de una forma que a ella no le pareció mal entonces, solo mucho tiempo después se dio cuenta de que había sido abusada. Cuando lo hizo público condenó firmemente a su tío, ya fallecido, pero dijo que al menos había conseguido una carrera musical gracias a ello, de lo contrario probablemente seguiría criando cerdos con su familia. Puede parecer muy frío pero yo lo entiendo, era su forma de ver el lado positivo y reconciliarse consigo misma, tras una vida culpándose por aquello, como les pasa a muchas personas que han sufrido abusos sexuales.

A los dieciséis años Sofia se mudó a la capital, Sofía, e ingresó en la escuela de canto “moderno”, que era la única forma de cantar lírica y no acabar en un coro de voces búlgaras, aunque sus mayores detractores sostienen que su estilo se acerca demasiado a este género popular. Mientras progresaba en su carrera artística, cantaba por las noches en cafés, y por temporadas también trabajó como camarera, limpiadora, recepcionista, costurera y cocinera.

El episodio más controvertido de la vida de Sofía Scalante, si exceptuamos la misteriosa desaparición de su primer marido y los rumores acerca de los malos modos con los que siempre trató a sus subalternos, es el llamado “wig riddle”, que tuvo lugar a principios de los 90 y tuvo como protagonista, además de a Sofía, a la soprano Carol Davenport.

La versión oficial dice que Carol, la artista que iba a interpretar a Cio Cio San en el estreno en el Metropolitan Opera House de Nueva York en 1991, sufrió tres semanas antes una repentina neumonía, y fue entonces cuando Marcus Grandel, el director del nuevo montaje, llamó a Sofía suplicándole que la sustituyese y pidiéndole perdón por las airadas críticas que le había dirigido al rechazarla durante la prueba para el papel. Sofía tardó dos días en responder, y lo hizo abriendo la puerta del despacho de Grandel, que en ese momento estaba reunido con unos socios, y entonando Che tua madre dovrá, una de las arias más célebres de la obra. Marcus se puso en pie y aplaudió de forma extasiada, al igual que sus socios, y Sofía comenzó a ensayar con los demás intérpretes y la orquesta. Ese estreno supuso la consagración de Sofía ante la crítica y el gran público, (antes solo era admirada en Italia) y el comienzo de una exitosa gira que duró varios años. Sofía nunca habría llegado a alcanzar el éxito internacional de no ser por ese papel.

Hay muchos rumores acerca de las causas por las que Carol Davenport no pudo interpretar a Cio Cio San; el motivo de tanta habladuría es que Carol no volvió a pisar las tablas de un teatro en dos años (tiempo demasiado largo para recuperarse de una neumonía) y que a partir de entonces usó peluca, durante el resto de su vida. También influye el hecho de que la peluca que utilizó Sofía Scalante era distinta a la de Davenport, según Sofía porque ella estaba acostumbrada a que le hiciese los tocados un artesano italiano.

El rumor más extendido dice que Sofía, desesperada por conseguir el papel, aún después de que Marcus la hubiese humillado delante del coro, se coló entre bambalinas e impregnó con ácido la peluca que Davenport iba a usar unas horas después en el ensayo, causando lesiones gravísimas a su rival cuando ésta se estaba vistiendo. No hay pruebas de ello, porque Carol era una diva del bel canto extremadamente reservada: se maquillaba y peinaba sola, y solo permitía que su asistente personal le pusiese el kimono que utilizaba para interpretar a Madame Butterfly. También tenía médico personal, de modo que no hay testigos de su ingreso hospitalario por quemaduras… pero tampoco hay testigos de su ingreso por neumonía; de hecho, el silencio de Carol Davenport y su entorno fue absoluto durante esos dos años.

La rivalidad entre ellas era sonada, porque a pesar de que Sofía Scalante era mucho menos popular, había algunos críticos que la consideraban mejor que Davenport y que muchas coetáneas, debido a su entrega y su emoción al cantar, que compensaban su falta de técnica. Algunos dicen que el propio Marcus, cuando hizo las pruebas a tres sopranos para el papel de Cio Cio San, se emocionó tanto al oír a Sofía que tuvo que ocultar sus lágrimas para no ofender a Carol, que era la candidata más fuerte, y su amiga íntima. A pesar de este desliz emotivo, Marcus esperó a que Sofía terminase de cantar y le comunicó que no había vacantes para ella en su montaje, pero que estaban buscando personal en un puesto de fruta de Little Italy, y allí podría encontrar trabajo anunciando tomates.

Carol Davenport no solía hablar de Sofía, al contrario que ésta última, que no paraba de criticarla por su “falta de sangre”, pero sí la mencionó una vez cuando le preguntaron quién no querría que interpretase alguno de sus papeles, calificándola de “chabacana”. Tras el estreno de Madame Butterfly, ninguna de las dos volvió a referirse jamás a la otra, lo cual apoya la teoría del boicot de Sofía a Carol. Llámalo boicot, llámalo intento de asesinato.

Yo solo iba a robar unos malditos dibujos.

El interrogatorio (homenaje a los procedimentales)

CASTLE

Una serie de tipo procedimental es una producción donde en cada episodio se resuelve un caso mediante métodos de investigación, y que tienen una estructura casi idéntica entre si. Las franquicias CSI y Ley y Orden son buenos ejemplos de procedurals (en inglés). Este relato breve está inspirado en este tipo de historias, que en ocasiones tratan de resolver crímenes sexuales.

Hana recogió su café (sólo, con azúcar) de la máquina, lo removió con reparo al ver lo malo que era, y lo dejó sobre la mesa del pasillo.

La niña está confusa —advirtió el detective Ramirez—. Mary era su mejor amiga. Bueno, es su mejor amiga, no debemos ponernos en lo peor. Te hemos traído porque se te dan muy bien los niños, y tal vez se abra más contigo.

—Seguro que sí —respondió ella—. No soy un señor mayor muy serio, que llega oliendo a tabaco negro y desodorante recién puesto. —Se arremangó la americana y bebió un pequeño y prudente sorbo de café.

Seguro que sí —repitió Ramirez, contrariado—. Hola, Amy —saludó al abrir la puerta—, esta es Hana, es psiquiatra forense y quiere hablar contigo de la desaparición de Mary.

La niña los miró a los dos con expresión cansada.

—Ya he respondido al psicólogo y al policía, no sé nada.

Hana se sentó a su lado, en una postura relajada.

Vamos a hablar de Mary, de vuestra amistad, porque la quieres y quieres que vuelva, ¿verdad?

—Claro que sí —se apresuró a contestar Amy, fijando sus grandes ojos azulados en la mirada amable de Hana.

Espera, me han dicho que su madre volverá pronto, ha ido a hacer un recado interrumpió Ramirez, entrando de nuevo—. Si esperas un momento, ella puede estar presente.

No importa, sólo vamos a conversar, seguro que terminamos antes de que ella vuelva —respondió Hana, y luego se dirigió de nuevo a Amy—, y así cuando llegue os podéis ir juntas.

Ésta le sonrió, complacida.

El detective dudó un instante de si debía dejar a la psiquiatra sola con la niña, pero su comisaría estaba saturada con la desaparición Mary, de trece años, y él estaba deseando acelerar el proceso.

Muy bien, como queráis —dijo el detective, cerrando la puerta.

—Bien, en primer lugar, quiero que entiendas que esto no es un interrogatorio, tú no eres sospechosa, sino una posible testigo, y nadie va a obligarte a hablar —comenzó Hana.

—Ya lo sé, me lo han explicado cuatro veces —comentó Amy, molesta.

—Vale, entonces iré al grano. —Tomó aire y dio un sorbo a su café—. ¿Sabes si Mary salía con algún chico?

Amy se sorprendió mucho.

—Claro que no, somos muy pequeñas.

—Oh, por supuesto, ya sé que tú no eres de esas —puntualizó Hana, mientras posaba sus ojos oscuros e inquisitivos en el conjunto que Amy llevaba puesto, un jersey a juego con una falda de pana, ambos en tonos rosados, que su madre había escogido probablemente para darle un aspecto exageradamente infantil.

—No sé qué quieres decir —murmuró Amy, frotándose las manos.

—¿Hablabais de chicos? —preguntó de nuevo Hana, esta vez en un tono más amable— Yo hablaba de chicos con mis amigas a tu edad, quién era guapo, quién me gustaba…

—Sí, eso sí, pero nada más —cortó Amy, molesta—. Estoy cansada.

—Ya lo sé —replicó Hana, y se terminó su café.

Ambas permanecieron en silencio durante un rato.

—Mira, creo que aquí hay un malentendido —retomó Hana—. Has oído que soy psiquiatra forense, y no sabes muy bien qué quiere decir eso.

—Sí que lo sé —respondió Amy, furiosa—, trabajas con la poli cuando muere alguien.

—No exactamente. Eso lo hacen los médicos forenses, pero también trabajan con personas vivas. —Se echó a reír—. ¿creíste que me dedico a interrogar a los muertos?

Amy estaba perpleja. No podía creer que aquella mujer, flaca y amargada, se riese de ella, una niña inocente.

—Verás, lo que significa “forense” es que nos dedicamos a buscar pruebas. Pistas. Pueden estar en la escena del crimen, en las personas, en lo que nos cuentan, y sobre todo en cómo nos lo cuentan. —Hana se inclinó hacia la niña—. Y tú estás mintiendo. Llevas cincuenta horas mintiendo. Les has mentido a los profesores, a la policía, al psicólogo, y creo que hasta le has mentido a tu madre.

Amy no respondió. Empezó a mirar alrededor, desesperada.

—No, señorita, aquí no hay cámaras, ya te dije que esto no es un interrogatorio. Esta sala es normal y corriente.

—Yo no sé nada. —Amy empezaba a bloquearse—.Yo salí del colegio muy apurada, porque mi madre vino a buscarme para ir a clase de piano.

—Y yo estoy totalmente convencida de que eso es cierto, pero sabes mucho más. Sabes algo que te da vergüenza contar, o que crees que es malo, y culpas de ello a Mary.

—¡No! —protestó Amy, poniéndose en pie.

—Mientes otra vez. Mary salía con chicos, se daban besos, probablemente hacían otras cosas, y alguien le hizo daño, y no quiere que ella hable, y se la ha llevado. ¿Sabes qué creo? Creo que está tirada en la linde de algún bosque al norte de estado, estrangulada, y creo que aunque no sepas quién fue, sabes mucho más de lo que dices, y no lo cuentas porque crees que ella es una guarra y se lo merece.

Amy temblaba, aguantando las ganas de llorar.

—Mírame —dijo Hana, en voz baja pero firme—. Dime qué viste.

—Cállate, te odio —replicó la niña, dándole la espalda.

—Bien. Esta tarde voy a pedir a tu madre que hable conmigo, en tu casa, y registraré tu cuarto.

—¿Qué? No puedes hacer eso, mi padre es abogado y me dijo una vez que nadie podía registrar nada sin una orden.

—Tu padre tiene razón. Pero yo soy muy lista, y muy puta, como tu amiga, así que haré el viejo truco de pedir permiso para usar el lavabo, me colaré en tu habitación y buscaré eso que estás escondiendo.

—No lo harás, y no voy a hablar más contigo.

—Qué tonta eres —dijo Hana, apurando los minutos para marcarse un farol—. Ya sé lo que hay. Mira que no escondí yo cosas en casa de mis padres para que no las viese nadie…

Amy sollozaba en silencio. Hana la dejó desahogarse, y le ofreció un botellín de agua que llevaba en el bolso.

—Me da mucho asco —balbuceó Amy.

—Lo sé, pero tienes que hacer un esfuerzo. Necesito que tú me digas qué es y por qué lo tienes, porque si lo encuentra la poli puede que no entienda nada.

—Ella tiene la taquilla al lado de la mía—empezó Amy.

—¿En el colegio?

—No, en la escuela de ballet. Las taquillas del cole se vacían cada pocas semanas, para buscar drogas y preservativos.

“Claro, como son igual de peligrosos” pensó Hana, irónicamente.

—El jueves pasado, vi dentro de la mía unas…. Unas braguitas que no eran mías, eran de Amy. Las reconocí porque se las había visto una vez que vino a dormir a mi casa.

—¿Cómo son? —preguntó Hana, sabiendo que aquel dato no era relevante, con el fin de animarla a hablar.

—Blancas, con un ribete azul. El caso es que iba a ponerlas en su taquilla, pero entonces ella llegó al vestuario y me pidió por favor que no lo hiciese. Me suplicó que me las quedase, podía quemarlas o tirarlas a la basura, pero no podía tenerlas ella porque su madre se había enterado de que andaba con chicos, y su ropa… —Amy reprimió una arcada—. su ropa interior tenía algo de un chico y ella podía meterse en un buen lío.

—Ya, se llama semen.

—¡Ya lo sé! —replicó Amy, recompuesta.

—¿Dónde las tienes escondidas?

—En mi cajón de cosas de One Direction, dentro de una bolsa.

—Uno de los últimos sitios donde iban a mirar. —Hana se estiró en la silla y soltó aire por la nariz—. Dime que no las has lavado.

—No.

Hana se levantó, abrió la puerta e hizo señas al detective para que se acercase. Le susurró lo que la niña le acababa de contar y volvió a sentarse.

—¿Y por qué no lo dijiste cuando ella desapareció y empezamos a sospechar que la habían secuestrado? —continuó Hana, más relajada— ¿No te pareció importante? Todos los chicos de vuestro instituto son sospechosos.

—Tú no la conoces.

—Creo que la conozco mejor que tú.

—No es mala, pero hace y dice cosas que no son propias de chicas de nuestra edad, ni de chicas decentes, en cualquier caso —dijo Amy, ignorando su comentario.

“Dios santo, tu madre y su collar de perlas te han sorbido los sesos”.

—Estoy de acuerdo en que es pronto para empezar con esas cosas.

—Sí, y además, si los demás se enteran, y yo sigo siendo su amiga, los demás van a creer que yo también lo hago.

“Por favor…”

—Porque a mí también me gustan los chicos, pero yo no hago nada con ellos… Bueno, es que tampoco se fijan en mí —remató, apesadumbrada.

—Bueno, la pubertad es así. Las dos tenéis la misma edad, pero tu aparentas once años, y por lo que he visto en las fotos, ella aparenta quince.

Hana calló un momento y pensó muy bien las palabras que iba a decir.

—Entonces, también tienes algo de envidia, ¿no?

Amy asintió.

—No se lo digas a nadie —explicó Amy—, es que yo sé que soy guapa, pero los chicos me hacen sentir fea.

—¿Quieres que te cuente un secreto sobre los chicos?

Amy no respondió.

—Los penes son feos —continuó Hana—. Horrorosos. No tengas prisa por tocar uno.

 

Os invito a un experimento literario

Se me ha ocurrido un experimento y me gustaría que participáseis cuantos más mejor: quiero ver cómo contáis historias.

El procedimiento es sencillo: tenéis que enviar un e-mail a erica.cinerea@yahoo.es contándome vuestro libro favorito en 5 líneas. No quiero una reseña,no me interesa vuestra opinión. Solo quiero ver cómo lo resumís,en qué os fijáis,cómo describís un personaje…Por favor,no me contéis el final, prefiero que hagáis un buen cliffhanger,adoro los cliffhangers.

Y ya está,no voy a sortear nada,ni a premiar al mejor,pero prometo responder a todos los e-mails respetuosamente.

Mi objetivo es empaparme de vuestra perspectiva, de vuestras prioridades a la hora de relatar una historia, y me encantaría que hubiese más de un e.mail sobre el mismo libro, sin embargo no puedo pediros a todos que leáis el mismo, como si esto fuese una clase de literatura (nota mental: tengo que montar un club de lectura para que la gente trabaje para mí muahaha).

Bueno, lo dicho, apuntaos, por favor, y espero vuestros e-mails!

Cien seguidores en Wordpress

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GRACIAS A TODOS

Y mientras seguimos con el sorteo, no lo olvidéis, quiero preguntaros:

¿Qué contenidos os interesan más de mi blog?

Reseñas, relatos nuevos, fragmentos de mi nueva novela, concursos…

Decidme qué preferís y trataré de insistir más en eso. Si se os ocurren otros contenidos que encajen con este blog, por favor, indicadlos.

¡Gracias de nuevo!

Sorteo “Puntos negros”: mira la bolsa oficial

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¡Por fin ha llegado el merchandising! Esta bolsa formará parte del lote que sorteo con motivo del aniversario de “Puntos Negros”. Puedes usar esta bolsa para llevar tus libros o cuadernos, o para ir de compras. Sólo tienes que compartir este estado de Facebook, o los relativos al sorteo, o hacer lo mismo en Twitter o Facebook. Tienes hasta el 15 de septiembre. ¡Suerte!

¡Feliz cumpleaños, “Puntos negros”! SORTEO

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¡Feliz cumpleaños, “Puntos Negros”! Mi criatura ya tiene un año. Estoy muy orgullosa de ti.

Link para descargarla

Para celebrarlo, voy a sortear material relacionado con la novela entre todos los que participéis.

Para celebrarlo, voy a sortear material relacionado con la novela entre todos los que participéis.

¿Y qué se sortea?, os preguntaréis. Pues una copia en papel de los primeros capítulos, como las que repartí por distintos puntos de España; además, un dossier con descripciones de los personajes, una ilustración exclusiva y el plato fuerte, una bolsa oficial de la novela (tipo shopping bag, de tela). Lo enviaré por correo postal a la dirección que me facilitéis

Participar es muy sencillo: tenéis que compartir este post en WordPress, o compartir mi estado de Facebook, o el tuit en Twitter. Esto es, no trasladéis este post a otras redes sociales, compartid desde mis cuentas. Si alguno comparte en más de una red social, avisadme, porque es habitual tener nicks distintos y os pierdo la pista. Compartir en más de una red social da más puntos, y compartir más de una vez en cada RRSS también.
Tenéis de plazo hasta el 15 de septiembre. Voy a mover este post a diario.

¡Suerte a todos! Y muchas gracias por participar y compartir.