Reseña: “Cuernos”, de Joe Hill

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Ig Parrish se levanta una mañana con una resaca espantosa y dos enormes cuernos saliendo de su frente. No es un sueño, están ahí, puede verlos y tocarlos. Los demás no los ven, o no los aprecian igual que él, pero Ig comprueba en seguida que ejercen un influjo demoníaco en todos aquellos que le rodean: su novia, su mejor amigo,su familia y otros miembros de la comunidad actúan como peleles a su servicio y le dicen toda la verdad, le guste o no. Ig pronto descubrirá que este poder conlleva descubrir cosas terribles, sobre él mismo y sobre lo que de verdad ocurrió hace un año, cuando su novia apareció muerta en el bosque.

Este es un libro duro de leer, sin embargo también es ameno y adictivo. Joe Hill combina el terror, el drama, los miedos interiores y un afilado humor negro como nadie (en mi modesta opinión, mejor que su padre). El terror de esta historia emana del propio protagonista, que ve cómo el mal surge en su interior y no puede controlarlo. Al mismo tiempo comprueba que todos le consideran el asesino de su novia, y además le confiesan todas las cosas horribles que piensan de él. Como lectores nos adentramos en su mundo, en sus temores, sus odios, y su amor incondicional por Merrin, su novia muerta, a la que conoceremos gracias a flashbacks que nos dan otra perspectiva de esta historia.

Es también una novela de terror sobre hombres que no aman a mujeres. El autor controla tan bien la perspectiva de sus personajes que los presenta sin llegar a juzgar a ninguno, pero revelándolos en toda su maldad, y llega un punto en que no sabes si quieres seguir leyendo… pero lo haces.

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Reseña: “Frankenstein o el moderno Prometeo”

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Esta reseña es especial por muchos motivos: se trata de mi libro favorito, es uno de los clásicos del terror decimonónico, y la obra considerada pionera de la ciencia ficción.

Mary Shelley comenzó a escribirla a los diecisiete años.

Frankenstein o El moderno Prometeo es una novela extraordinaria por estos y otros motivos, y de lectura muy llevadera, engancha.

La historia es ya universal: Victor Frankenstein es un muchacho de alta cuna  que viaja al extranjero para estudiar ciencias, y que, tras la repentina muerte de su madre, se obsesiona con la idea de devolver la vida a los muertos. Cuando consigue reanimar a una criatura producto de la combinación de varios cadáveres, descubre que el monstruo (al que no llega a dar nombre) posee una fealdad tan repulsiva que huye y lo abandona. Sin embargo, éste lo sigue hasta dar con él y enfrentarse a su creador.

He aquí el primer detalle que os va a sorprender si solo conocéis la historia por las películas clásicas: la criatura es muy inteligente, y parte de la novela está narrada desde su punto de vista. Esto da un giro dramático a la historia, porque el monstruo es consciente de su propia fealdad, de su condición de criatura aberrante, y maldice a Victor: nunca le perdonará haberle dado vida, y convertirá su existencia en un infierno. Lo segundo que puede que más os impacte es la gran sensibilidad de esta novela; tanto Victor como su criatura expresan sus emociones, y las de la criatura son desgarradoras, ha intentado hacer amigos y éstos han huido o han intentado agredirle, presa del terror. Por su parte, Victor expresa en todo momento un amor profundo a su familia, a su prometida y a sus amigos; esto da un tono aún más oscuro a la novela, porque Victor vive en tensión continua, preocupado tanto por su propia seguridad como por la de sus allegados. La criatura lo chantajea, amenazándole con hacer daño a quien más ama si no accede a darle una compañera, que ha de surgir igual que él a partir de materia corrompida, para que pueda amarlo.

De hecho, es también un drama de pasiones primarias: la codicia de gloria y fama de Victor, su miedo al monstruo, y por parte de éste, el sentimiento de rechazo, la ira y la sed de venganza.

El aspecto que más lo acerca a la ciencia ficción, además del hecho de que el protagonista consigue crear un monstruo a partir de cuerpos sin vida, es la introducción al mundo universitario desde la perspectiva de Victor, y su dilema personal entre ser fiel a las enseñanzas de filósofos de siglos anteriores, como Alberto Magno, y descubrir las teorías de los científicos modernos, que son los que sus profesores aceptan como las únicas válidas. Quizá estos elementos no sean aterradores, pero ayudan a introducir al lector en los conflictos personales de Victor, y a conocerlo como el científico tan apasionado que es.

Por último, también quiero destacar la gran cantidad de puntos de vista de la obra: comienza con el relato epistolar de un marinero que encuentra a Victor en el Polo Norte, y luego se alternan varios narradores, incluidos como ya he dicho la criatura y el propio Victor.

Os la recomiendo de corazón, y os aconsejo que le echéis un vistazo a la edición ilustrada por Bernie Wrightson, a la que pertenece la imagen de cabecera de este post.

 

Cuento de otoño (relato completo)

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El suelo crujía bajo los pies de Alba al andar por la primera planta de la casa para llevar cosas a su cuarto. Ella estaba fastidiada con la mudanza, aunque a su madre no le gustaba llamarla así; según ella simplemente se trasladaban por un tiempo a casa de su difunta abuela, porque papá y ella ya no se llevaban bien y tenían que descansar uno del otro. Alba sabía que había algo más, porque su madre había comentado a una amiga por teléfono que ya no confiaba en él, que era un mentiroso. La confianza era lo más importante, lo había aprendido de la experiencia con una amiga que la traicionó tiempo atrás. Pero ella no dijo nada.

El suelo crujía y los muebles murmuraban cuando todo estaba en silencio, y Alba trataba de acostumbrarse. Pasaba sola mucho tiempo porque mamá trabajaba todo el día limpiando, por la mañana portales y por la tarde oficinas, pero el instituto no empezaría hasta primeros de octubre. Como ya tenía dieciséis años, mamá no llamó a nadie para cuidarla y ella lo agradeció, no le gustaban los extraños y menos los que le decían qué hacer. De modo que mamá la despertaba cuando salía de casa a las ocho y media, y Alba desayunaba, se duchaba, limpiaba un poco y se ponía a ver la tele. Cuando se aburría la apagaba y trataba de leer un libro, o volvía a ordenar sus cosas, dado que su cuarto era amplio y le permitía hacer cambios.

Pero ahí estaban de nuevo aquellos sonidos. Intentaba ignorarlos, pensar en otra cosa, centrarse en lo que estaba haciendo. Llegó a inventarse que la casa era un ser vivo y que necesitaba expresarse, a través de los quejidos del suelo, los gorjeos de las cañerías, el crepitar de la madera.

A veces ponía música, pero no contaba con mucha variedad. No le gustaban las emisoras de radio y en su walkman solo podía meter las seis cintas que se había traído; sus favoritas eran de papá, y cuando se fueron ella estaba muy enfadada y confusa y no se acordó de pedírselas. Cuando hablaba con él por teléfono, los jueves por la noche, le daba vergüenza mencionarlo. En el fondo prefería hablar con él de otras cosas, se entretenían conversando sobre nimiedades para demostrarse que se apreciaban, y él le decía que la echaba de menos pero ella no lo admitía para no llorar. Pero lo echaba de menos a él, y también echaba de menos a los Beatles.

Así que tras un rato escuchando su propia música, se cansaba y se quitaba los auriculares. Tras unos segundos, volvían los ruidos. Alba empezó a contestarles. “Ya estás ahí otra vez”, “Te echaba de menos”, “¿Cómo van esas vigas, vieja?” “Vaya, parece que llevas un día peor que el mío.” Y así pasaba la mañana.

A mediodía hacía la comida que su madre le había dejado a medio preparar (salvo los espaguetis con jamón, su especialidad, que hacía ella sola), y comían juntas en la sala, porque no les gustaba la gran mesa de la cocina. La inmensa cocina, de paredes azules desconchadas —“¿Pero en qué momento empezaron a pintar las paredes de azul en las aldeas?”—, fría y húmeda, que olía a moho. Con aquellas ventanas pequeñas para no perder mucho calor, al estar orientada al norte, como le había explicado su padre la última vez que estuvo allí. Comían y charlaban, la mayor parte del tiempo mamá contaba cosas de su trabajo y de la gente que vivía o trabajaba en los lugares donde ella limpiaba. Alba no entendía que su madre pudiese trabajar en eso, pero menos entendía que apenas se quejase. “¿Cómo puedes hacer eso, limpiar la mierda de los demás?” le preguntó una vez. “Se trata de poner remedio a los problemas, hija. Normalmente no hay nada raro, sólo polvo y algunas manchas, y limpiar eso no es indigno, no me molesta. Es normal ensuciar y es normal limpiar, como tú deberías hacer aquí.” “No quiero ser una fregona, ni que mi madre lo sea”, había intentado decirle muchas veces. Pero no era capaz.

A veces sonaban ruidos mientras comían, y Alba no respondía. Solo una vez, a mediados de septiembre, se le escapó un “Hola” cuando una cañería del grifo de la cocina empezó a traquetear. Su madre la miró un instante pero no le dio importancia. Se levantó, fregó su plato y se fue a trabajar.

Alba tuvo miedo de que su madre pensase que estaba loca. Pero también tenía miedo de volverse loca de verdad allí dentro, así que empezó a dar paseos alrededor de la casa, sin alejarse mucho, porque pasaba cerca una carretera con mucho tráfico de camiones. Evitaba a la gente, a la poca que había de todos modos. Echaba de menos a la gente, pero a la de ciudad, que iba a sus asuntos y no miraba. La gente de la aldea era amable y la miraba, la saludaba, le preguntaba si eras hija de esta vecina o de la otra, le preguntaban si necesitaba algo. Ella solo necesitaba silencio.

Encontró a una vecina que la ignoraba, y le gustaba estar con ella. A distancia, sin llamar su atención, pero en un lugar desde donde pudiese verla de lejos, paseando como ella. Ambas fingían que iban a algún lado, pero en realidad vagaban sin rumbo con las manos en los bolsillos, inmersas en sus propios pensamientos.

Un día Alba se decidió a saludarla, con miedo a molestarla, pero también ansiando compartir su soledad con alguien.

Era el primer día de clase, pero ella no fue. Ni ese ni los siguientes.

Hola, me llamo Alba.

Yo me llamo Blanca —respondió la otra chica sin mucho entusiasmo.

Acabo de mudarme —comenzó Alba para entablar conversación.

Yo llevo aquí un tiempo, pero no me gusta. La gente es muy entrometida. —Le lanzó una mirada gélida; Alba se dio por aludida y se levantó para irse.

Antes de dar la vuelta hacia su casa se fijó en que la chica tenía la mano izquierda escayolada, y sin acercarse le preguntó:

¿Cómo te lo hiciste? ¿Te duele?

No mucho, lo que me fastidia es no poder usarla en dos semanas. Me lo hice cuando tropecé y me caí, buscando setas en el bosque. Gracias.

De nada.

A Alba no se le ocurría nada más que decir y ya se sentía avergonzada. Se dirigió a casa, y cuando llevaba andados unos metros, Blanca le habló desde atrás, muy cerca.

¿Tienes un pitillo?

Sí, creo que sí. A veces le cojo algunos a mi madre, uno o dos de cada vez para que no se dé cuenta.

Seguro que se da cuenta. Lo encendió y le devolvió el mechero—. Gracias.

De nada.

Alba empezaba a impacientarse, quería saber si iban a ser amigas o no.

¿Te gustaría venir al bosque alguna vez? sugirió Blanca—. Es que aquí no hay mucho que hacer.

¿No es muy aburrido? No sé, para eso me quedo en casa. Podríamos ir a otro sitio, pero sin coche…

Bah, mi madre a veces va al pueblo en coche y me dice que vaya con ella, pero solo hace la compra y habla con señoras, no me deja hacer lo que quiero. En el bosque podemos hablar y fumar sin que nadie nos moleste, y coger setas, castañas… merendaremos gratis.

Blanca sonrió por primera vez. Era una sonrisa que quería ser afable pero no lo lograba.

Bueno, la verdad es que si paso más tiempo en casa me voy a hacer amiga de las arañas —respondió finalmente Alba, tratando de disimular su emoción.

Guay, pues voy a buscarte mañana cuando tu madre se vaya después de comer.

Vale.

Blanca se fue a zancadas por un sendero y Alba se preguntó cómo podía saber ella nada de su vida.

Al día siguiente, Alba estaba entusiasmada por tener una nueva amiga, aunque como cada mañana tenía que disimular: se levantaba temprano y se vestía para que, cuando su madre se fuese, creyese que ella iba a coger el autobús del instituto.

No rechazaba la idea misma de recibir una educación, sino que cuando fue a matricularse un mes atrás no le gustó lo que vio, y decidió no ir. Parecía buenos compañeros, pero aburridos, como siempre. Y ella no podría pasar otro año aburrida, rodeada de aburridos y aprobando por los pelos diez asignaturas aburridas.

Cuando llamaban por teléfono a casa mamá no estaba, y Alba no lo cogía por si eran del instituto.

La mañana pasó muy lentamente, por la espera y porque los ruidos aumentaron de frecuencia y volumen; eran constantes y no le dejaban ni pensar. Se decidió a escribirle a una amiga que vivía en su ciudad natal y a la que echaba de menos, pero los sonidos de la casa la interrumpían constantemente. A los crujidos, gorjeos y traqueteos habituales se unía una crepitación que venía de las paredes, pero no como si se desconchasen, sino como si la casa entera temblase con ritmo sincopado.

crrreeeec crec crrreeec crec creeec

Alba chilló e insultó a la casa varias veces, pero no sirvió de nada. Finalmente cogió una navaja que escondía en bajo una tabla suelta del suelo, y la clavó en la pared, en una parte reblandecida con una mancha de humedad, por si en una más dura podía rebotar. Se produjo una leve sacudida y los ruidos cesaron. Terminó la carta y guardó la navaja.

El almuerzo transcurrió sin novedades, pero mamá sabía que Alba estaba nerviosa. Le preguntó si le había pasado algo en clase, y ella respondió que le gustaba un chico. Mamá sonrió y le dio un beso en la frente.

Cuando se quedó sola, por un momento se preguntó si sería buena idea ir con aquella chica a un sitio que no conocía y donde se podía perder. Buscó mapas de la zona por la casa pero solo encontró uno de carreteras bastante viejo, donde el área ocupada por la aldea y el bosque ocupaban a escala lo que una uña. Se sentó en el sofá raído frente a la tele y halló una posible solución en el costurero de la mesita: cogió un ovillo rojo para ir soltando hebra según se alejase de la zona conocida, y si se terminaba, se inventaría alguna excusa para volver.

Luego se acercó a la puerta principal y se quedó dentro, esperando a Blanca. No iba a hacer nada si ella no llamaba. No se sentía segura. Pero se aburría tanto…

Diez minutos después de la hora a la que mamá se iba habitualmente, llamaron a la puerta. Antes de que Alba se atreviese a mirar por la ventana de la cocina, Blanca la llamó con una voz firme.

¿Estás lista?

Sí.

Abrió y allí estaba ella, de buen humor.

Cógete algo de abrigo, que ahora se hace de noche más temprano. Y unas buenas botas, que ha llovido un montón. ¿Llevas una bolsa de plástico? Mejor de tela, para que no se acumule el agua.

Vale —refunfuñó Alba; cogió lo que le había dicho, y volvió a salir.

El paseo fue mucho más alegre y sorprendente de lo que Alba se había imaginado. El bosque estaba precioso: los robles, castaños y olmos había desprendido millares de hojas de todos los colores y había muchos regueros de agua corriendo por todas partes. Se sintió como una niña saltando los charcos y hundiendo los pies en la hojarasca. Ni siquiera los insectos, ciempiés y arañas la asustaron.

Las niñas hablaban de sus cosas, sin entrar en muchos detalles. Blanca le enseñó dos clases de setas que ella solía coger, pero le dijo que hasta que aprendiese se limitase a recoger castañas. Alba pensó en esconderlo todo para que su madre no lo viese, sin embargo se dio cuenta de que no tenía nada que ocultar, a fin de cuentas podía salir un rato por las tardes si no tenía exámenes.

Pero no quiero que sepa que tengo una amiga. Todavía no.”

Cuando el ovillo se terminó, Alba pensó en decirle a Blanca que se iba, pero se lo estaba pasando bien recogiendo castañas y tratando de distinguir unas hojas de otras. Miró alrededor y no identificó ninguna referencia externa al bosque, así que no quiso seguir adentrándose. Todo parecía igual, o al menos los patrones se repetían: árbol—árbol—piedra—arbusto—piedra—árbol—árbol—piedra…

Blanca se dio cuenta de lo que ocurría.

No pasa nada, no vamos a ir más lejos. Vamos a empezar el camino de vuelta; mira, ya giramos aquí.

Caminaron en torno a un tocón hueco enorme, rodeado de setas semicirculares; entonces Alba vio lo que había dentro, y pensó que no podía ser una casualidad que Blanca conociese ese camino.

En el interior del tocón yacía un esqueleto humano, grande pero no de adulto, pues su fémur era más corto (Alba había visto uno en la consulta de enfermería de su padre). Sus huesos estaban amontonados; el diámetro del tocón era muy pequeño, de modo que alguien tuvo que doblar el cuerpo para meterlo. Estaban creciendo hongos entre los huesos.

Alba miró a Blanca, sobrecogida, y ella le contó a modo de explicación:

Lo encontré hace unos meses, lo llamo Luz. No sé por qué, me vino ese nombre a la cabeza. Me imagino que es otra chica de por aquí, o que se mudó, como nosotras. No se lo voy a contar a nadie, no quiero hablar con la Policía y que me pregunten qué hago aquí sola de paseo.

Alba asintió, sin saber qué responder. Ella tampoco quería hablar con la Policía.

Será nuestro secreto. —Le ofreció la mano, fría y húmeda de recoger setas. —¿Amigas?

Amigas.

Volvieron varias veces aquella semana, haciendo siempre el mismo recorrido. Se lo pasaban muy bien hablando de sus gustos, de los chicos, de sus vidas anteriores.

Finalmente, una tarde Alba se atrevió a preguntar:

Oye, ¿tú me espías? ¿Cómo sabes los horarios de mi madre?

No, claro que no. ¿Estás loca? —replicó Blanca, airada—. Lo que pasa es que mi madre tiene trabajo por la mañana y por la tarde, y me imaginé que la tuya también.

Ah, vale. Perdona.

Aquella tarde volvieron antes, hacía mal tiempo y tenían mucho frío. Al volver, como siempre delante de Blanca, Alba iba recogiendo el ovillo disimuladamente. Pero al llegar a una zona frondosa lo perdió de vista, giró para buscarlo, y tiró. Tropezó y cayó en su propia trampa.

Al levantarse con la ayuda de Blanca, se dio cuenta de que la había descubierto.

Pensarás que soy tonta. —Alba se había puesto colorada.

Sí, pero ya lo sabía, te vi el primer día. Yo también hice eso las primeras veces. Venga, arriba.

La ayudó a recoger las castañas y el ovillo y se fueron a casa.

A Alba le dolía mucho la mano izquierda, y al día siguiente fue al ambulatorio. Se había hecho un esguince, y se la vendaron. Tenía para dos semanas.

Sintió mucho miedo.

Alba se sentó en su cama a pensar sobre lo que estaba sucediendo. Había conocido a una chica —bueno, ya podía decir que eran amigas— con una vida muy parecida a la suya, que se había hecho la misma lesión en la muñeca, y que le había enseñado los huesos de alguien tirados en el bosque.

¿Y si todo era una coincidencia? Solamente se trataba de otra chica nueva en el pueblo, cuyos padres se habían separado hace poco, que también oía ruidos en su casa. Y se había hecho la misma lesión que ella unas semanas atrás. También robaba tabaco a su madre, que tenía la misma ocupación que la suya. Vestían parecido, les gustaba la misma música. Tenía el pelo del mismo color, castaño claro tirando a pelirrojo.

Ninguna de ellas iba a clase. Tenían previsto matricularse en el mismo instituto, pero a ambas les produjo rechazo la clase que les había tocado.

1º BUP C.

Todo aquello tenía explicación.

Pero había algo más. Aquella misma tarde Blanca le había hecho daño.

No sé cómo llegué hasta ahí”.

Alba no recordaba haber llegado hasta el tocón aquel día. Estaban recogiendo castañas, las últimas que quedaban, podridas en su mayor parte, cuando oyó un silbido y sintió un dolor fuerte en la sien. Cayó al suelo y al despertarse se encontró junto al tocón, lejos de donde estaban antes. Pensó que la tierra y las hojas formarían un colchón mullido, pero todo estaba encharcado, así que se incorporó rápidamente para no empaparse.

Miró dentro, atraída irremediablemente por los huesos de aquella desconocida, y lo que vio la aterró por completo.

Allí estaba su ovillo de lana roja, enrollado de modo que ella no podría volver sola. Junto a él, el monedero verde que siempre llevaba consigo. Se lo había hecho su abuela cuando era pequeña, y lo guardaba en el bolsillo de su pantalón. Nunca se lo había comentado a Blanca.

Lo siento, ya sé que es desagradable, pero somos mayorcitas. No podemos depender de lo que nos hace sentir seguras. Ya es hora de que te deshagas de esas cosas, ¿no crees?

El monedero es mío, no te lo voy a dar.

Por eso te lo he tenido que quitártelo yo. Hazme caso, es por tu bien, a mí también me lo tuvieron que quitar.

Blanca encendió un mechero y prendió un papel con algo escrito. Alba no pudo leerlo, estaba tratando de impedir que Blanca lo arrojase, pero ella la pateó en el suelo mientras lo tiraba y todo empezaba a arder.

Tengo curiosidad por saber si los huesos arden. O hasta qué punto —musitó en un tono monocorde mientras observaba ensimismada.

Alba se quedó en el suelo, paralizada por la bota de Blanca y por el miedo. Al cabo de un rato, Blanca apagó el fuego ahogándolo con un trapo, y se fue. Alba la siguió en silencio. No miró si el esqueleto se había consumido.

Ahora, sentada en su cuarto mirando la marca que había dejado su navaja en la pared, pensaba qué podía hacer, y por qué lo tenía que hacer.

Puede matarme.” “No”, respondió su lado más racional, “hay una distancia muy grande entre golpear a alguien y robarle un objeto personal para quemarlo… y matarla. ”

Sabe demasiado sobre mí y eso me da miedo.”

Esa era razón suficiente.

Puso la navaja bajo la almohada y se quedó dormida casi al instante.

Al día siguiente repasó cuidadosamente su plan, que incluía asegurarse de que nadie supiese que estaban juntas. Curiosamente nunca se habían encontrado a ningún vecino durante sus paseos por el bosque; la zona de merenderos, donde acudían las familias, se encontraba en el linde opuesto. En cuanto a la familia de Blanca, es decir, su madre, nunca se la había presentado, así que no podía sospechar de Alba, pues no conocía su aspecto.

Hasta ahí, todo controlado.

No quería matarla. Deseaba que hubiese otro modo de terminar con aquello, pero… Definitivamente Blanca estaba mal de la cabeza, y podía volver a herirla en cualquier momento. Además sabía mucho de ella, y lo que no sabía, lo adivinaba.

Y luego estaba aquel cadáver abandonado. Blanca sabía dónde encontrarlo, le había puesto nombre, hablaba de él con familiaridad. Casi como si ella misma hubiese acabado con la vida de aquella chica. Durante un instante se escandalizó por imaginar a Blanca matando a alguien, pero luego cayó en la cuenta de que ella misma estaba planeando un asesinato.

Aún había otra cosa. La casa se comportaba de un modo diferente desde que eran amigas. Cuando se veían a diario, los ruidos y temblores eran incesantes. Sin embargo, los fines de semana —cuando no se veían porque sus madres estaban con ellas en casa, y no querían revelar el secreto de su amistad— la casa permanecía tranquila. Le extrañaba, porque a fin de cuentas los ruidos habían empezado antes de conocer a Blanca, pero supuso que no podía esperar mucha lógica de un lugar encantado.

Porque esa era su conclusión: aquel lugar estaba encantado.

Su imagen de las brujas era más oscura y más seria que la de otras chicas, que no creían esas historias. Alba sí las creía, le encantaban los libros que hablaban de hechiceras que habían existido de verdad. Su madre decía que conocía a una, que tenía una cabaña minúscula y maloliente en el bosque cerca de su aldea, y que en torno a esta no crecían las malas hierbas, ni se acercaban los animales.

Las brujas no eran ancianas horribles con una verruga en la nariz, sino mujeres hermosas en cuyo rostro no había el menor atisbo de vejez; era imposible saber su edad. Las de verdad no eran como la de la película “Merlín el encantador”, sino como la del cuento de Hansel y Gretel. Atractivas, seductoras, extremadamente crueles. Las brujas podían aparecerse como una amiga, alguien con quien tomas confianza y luego te destruye. Las brujas existían de verdad y podían hacer mucho daño, como mínimo podían volver loco a uno.

Eso lo sabe todo el mundo”.

De modo que tenía que impedirlo. Si Blanca era una bruja, debía defenderse de ella, y si no lo era, al menos debía de romper el hechizo eliminándola.

Preparó una pócima a base de ruda que había encontrado en unas hojas sueltas escondidas en un libro, e impregnó la hoja de la navaja en ella.

Aquel día apenas habló con su madre cuando esta vino a comer. Tampoco tenían mucho tema de conversación últimamente, a Alba se le estaban acabando las historias inventadas para fingir que acudía al instituto, y a su madre no le iba bien en el trabajo.

Cuando Blanca llegó aquella tarde la notó muy nerviosa. Ella trató de disimular diciendo que su madre había descubierto que no iba a clase desde el inicio del curso, pero esto puso a Blanca alerta.

¿Le has contado algo más? —La mirada de Blanca revelaba su sospecha de que Alba hubiese contado algo sobre su amistad.

No, no… no te preocupes, nuestro secreto está a salvo. Pero no paraba de hacer preguntas sobre el curso, mis compañeros… No he podido aguantar más.

Bueno, pues procura inventar algo sólido para cuando te pregunte a qué dedicas las tardes… y las mañanas, claro. Por cierto, ¿Qué has hecho esta mañana, Alba?

Nada, ¿por qué?

Simple curiosidad. —De nuevo se dibujó en su cara aquella sonrisa artificial, como la de un autómata.

Alba sintió un escalofrío que le sacudió toda la espalda hasta la rabadilla e hizo un esfuerzo por seguir caminando a la par de su amiga.

Al llegar al tocón, Blanca se sentó en el borde y miró a Alba cara a cara.

Mira dentro del tronco. ¿Qué ves?

Alba miró y vio que los huesos ya no estaban. No quedaba nada de la hoguera del otro día.

Que todo se ha consumido.

El cielo se nubló por completo como cada tarde, ya no volvería a salir el sol hasta el día siguiente. Cada día sucedía más temprano.

Efectivamente, todo se ha consumido. ¿Sabes qué significa eso?

No.

Pero sí lo sabía.

Alba pensó muy rápido. Aquel día llevaba una mochila colgada de un sólo hombro, y la descolgó hacia delante, golpeando con fuerza la cara de Blanca. No llegó a tirarla al suelo, pero sí la aturdió lo suficiente como para poder empujarla dentro del tocón y acorralarla, lo que aprovechó para abrir la navaja y ponerla pegada a su cuello, mientras con la otra mano sujetaba a la chica.

Adelante, ya me tienes donde querías —susurró Blanca sin inmutarse.

¿Cómo? —exclamó Alba, sin apartar la navaja.

Así es como tiene que ser, así es siempre. Yo lo hice antes que tú, por el mismo motivo. Tenía miedo de la chica que me trajo aquí. No sé si es este lugar, no sé si es coincidencia. No sé si ella era bruja, yo no lo soy. Pero sé que lo harás aunque yo te suplique, porque yo lo hice aunque ella suplicó.

Pues hazlo, suplica. —La confusión de Alba aumentaba su ira.

No me mates, por favor —musitó Blanca entre lágrimas, agarrando la mano de Alba con fuerza para intentar apartarla, pero sin poder moverse debido a la postura en la que había quedado.

Alba no dijo otra palabra. Cortó la carótida de un tajo. Había aprendido que debía hacerlo así, porque la vena yugular llevaba sangre con menos presión; no sabía por qué tradicionalmente se atacaba la yugular. La sangre manó con fuerza y la salpicó, y entonces percibió algo que la llenó de repulsión: el calor el calor de la sangre de Blanca en sus manos mientras su vida se apagaba.

Un momento, ¿qué ponía en el papel?

Pero Blanca no respondió.

Alba se cambió de ropa, poniéndose la limpia que llevaba en la mochila. Tapó el cuerpo de Blanca con un montón de hojas y ramas y la abandonó allí. Volvió a casa —por fin se había aprendido la ruta— y guardó la ropa sucia para deshacerse de ella en otro momento.

Pasaron los meses. Los ruidos habían cesado, y Alba se calmó. Pensaba con frecuencia en lo que había hecho, pero con menos remordimientos de lo que esperaba en un principio. El curso avanzó, y en enero se acercó de nuevo al instituto para intentar incorporarse, sin muchas ganas. Sin embargo, cuando se acercaba a la puerta, vio una chica con el pelo castaño claro, tirando a pelirrojo. Aguardó escondida detrás de una columna, hasta que vio que la chica cambiaba de idea y se alejaba.

Tenía una nueva amiga.

 

Reseña:”El traje del muerto”, de Joe Hill

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Como tarde o temprano voy a mencionar a Stephen King en esta reseña, empezaré por ahí: sí, se nota la influencia del maestro en esta obra, en la atmósfera inquietante, los personajes torturados y cierto humor negro. Sin embargo, Joe Hill, tiene su propia personalidad y la deja entrever desde el principio; la historia la conducen los personajes, no la presencia sobrenatural.

Judas Coyne (nombre artístico, muy bien escogido) es un rockero de cincuenta y tantos años, venido a menos, que vive con su novia gótica. Con la intención de cosificarla, no la llama por su nombre de pila, sino por el estado de donde proviene, en este caso Georgia. Lo ha hecho con todas las anteriores. Sin embargo, los personajes femeninos tienen un peso determinante en la novela, casi desde el principio.

Judas, o Jude, colecciona objetos siniestros y malditos, en parte por su afición al ocultismo, y en parte simplemente para contribuir a su propia leyenda negra. Un buen día su agente, el fiel Danny, le propone entrar en una subasta de un traje que arrastra consigo un fantasma; él acepta, lo adquiere, y a partir de ahí su vida da un vuelco. Los acontecimientos que se suceden en estas quinientas páginas son tan terroríficos como realistas. No vamos a ver un fantasma con sábana y cadenas, sino un muerto que trae mal y podredumbre. En lugar de un poder sobrenatural, que explota de manera visible, el espectro de Craddock se manifiesta con la más real de las fuerzas, la inevitable muerte; sin adornos ni pantomimas.

Este es un libro terrorífico, adictivo desde la primera página, y con personajes muy humanos; incluso los personajes no humanos (Angus y Bon, como los vocalistas de ACDC-la leyenda del Rocl está presente en todo momento)-) aportan emociones y arropan al protagonista en su huida del fantasma, y también de sí mismo.

 

Reseña: “La maldición de Hill House”, de Shirley Jackson

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Este ha sido un claro caso de grandes expectativas que no se han cumplido. Conocía la historia por una adaptación, y además sabía que Shirley Jackson y su obra habían inspirado a escritores de terror de la talla de Stephen King, por lo que lo leí esperando un libro espeluznante y adictivo.

Los protagonistas de esta historia son, por un lado el doctor Montague, reputado parapsicólogo, y por el otro los invitados a su particular experimento: Eleanor, dulce y sensible, Theodora, una socarrona dama de clase alta, y Luke, el propio heredero de la casa misteriosa. El doctor Montague conoce muy bien la casa y sabe que sus invitados no podrán resistir los fenómenos que allí suceden por mucho tiempo.

Tengo que admitir que la novela crea una atmósfera opresiva, que consigue que la casa sea un personaje vivo desde los primeros capítulos, y hay algunos personajes muy bien definidos; en especial Eleanor, cuya perspectiva nos ayuda a adentrarnos en los grandes y tenebrosos salones de la mansión y a sentir su inquietante presencia. Sin embargo, tiene un ritmo desigual, y hay muchas situaciones que parten de un marco misterioso y acaban siendo absurdas. Además, la sensación claustrofóbica de la historia en muchas ocasiones se queda solo en eso, una sensación.

Aún así, hay cierto tono burlón del narrador con los personajes que es muy atractivo, sobre todo con la protagonista. La forma de describirla, los brillantes diálogos que mantiene con Theodora (con una leve carga erótica en algunos momentos) y sus sustos constantes son una especie de castigo a la pobre Eleanor por meterse en ese loco proyecto. Definitivamente, el humor negro y la locuacidad de los personajes cuando bromean sobre la casa son algunos de los mejores detalles del libro.

He de decir, sin embargo, que da miedo. No un miedo constante, ni aterrador, pero como he dicho, la casa es un personaje más: respira, se mueve, se comunica. Se comporta de una forma diabólica y tiene un efecto maquiavélico sobre los protagonistas, que a veces salen para dar una vuelta y despejarse, pero acaban volviendo atraídos fatalmente por su influjo. Uno pasa miedo cuando la acción transcurre dentro de la casa y también cuando transcurre fuera.

De modo que… la recomiendo. Hay que entenderla en su época (fue publicada en 1959), pero es una gran novela de misterio y terror, y además tiene el valor de que Stephen King bebió de ella para crear sus terroríficas historias.

 

Vértigo (relato completo)

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Bruno llegó a casa a las seis y cuatro minutos de la tarde, cerró de un portazo y dejó caer las llaves en la repisa de la entrada. Se sentó en su silla de la mesa de la cocina, respiró hondo, entrelazó las manos sobre la mesa y no tuvo más remedio que admitir la cruda realidad.

-Acabo de ver a Eva.

Lo pronunció claramente, en voz alta, pero no había nadie que le respondiera.

Era ella. Entró en la cafetería cuando Bruno ya se había despedido de su amigo y se levantaba para irse. La vio claramente, de forma nítida, y sabía que no era una alucinación; hablaba y se movía con normalidad, le pidió al camarero de la barra un café solo y una tostada y se sentó en un taburete.

Era ella. Llevaba su pelo castaño teñido de negro, un abrigo viejo que él no había visto antes; su aspecto no era el que él recordaba, así que esa imagen no provenía de ningún rincón de su memoria. Ella parecía enferma, más delgada, pero la reconoció porque tenía su misma manera de moverse, por sus orejas pequeñas y redondas. El hoyuelo en su mejilla cuando sonreía, la forma de abrir una revista y doblarla hacia atrás para leerla.

Era ella. Y lo miró a los ojos.

-Me miró a los ojos.

No era la primera vez que sucedía, hacía una semana ya la había visto por el vecindario; también con el pelo negro, también pálida.

Pero su novia llevaba muerta seis meses.

Se levantó, preparó una tila y comenzó a barajar las opciones:

“Es un fantasma”. La más plausible, sin lugar a dudas. Pero a) los fantasmas no existen, b) su aspecto no coincidía con el que tenía cuando murió, y c) no tenía sentido.

“Es una chica idéntica, que por casualidad frecuenta los mismos sitios que yo.” Lo descartó de inmediato; las coincidencias existen pero en este caso eran demasiadas, y además había algo en la mirada de la chica que lo dejó helado: ella lo conocía.

Otra opción era que su novia no hubiese muerto en verdad, que hubiese desaparecido y amañado su muerte para huir de problemas o acreedores; pero él mismo reconoció su cadáver en el depósito después de que la encontrase un vagabundo. Fue degollada en un callejón, por oponer resistencia cuando le robaron las alianzas de boda que acababa de comprar; el agresor la siguió al salir de la joyería. Su prometido estaba a sólo unas manzanas, esperándola para ir a probar el menú el banquete.

Ella murió desangrada. El cadáver era el suyo, su cara, su cuello; las pertenencias eran suyas, su documentación, su ropa. Su olor, reconoció su olor por encima del hedor de la sangre y la muerte.

Bruno había visto a su novia y necesita saber qué había ocurrido, pero no tenía forma de localizarla o asegurar un nuevo encuentro.

Tras una hora pensando miró su tazón, y la tila seguía intacta. Se sirvió una copa de whisky, encendió la televisión y empezó a beber. Ya era un hábito; lo único que hacía desde que ella murió era beber, trabajar cada vez menos y peor, y ver la televisión.

A la mañana siguiente se despertó pasada la hora de ir a trabajar en el mismo sillón, con la misma ropa y una resaca del demonio. Creyó que se había despertado solo, pero entonces el teléfono volvió a sonar. Lo descolgó torpemente y volvió a sentarse.

-Hola, soy yo. -Era ella. Bruno, paralizado, no respondió. -Espero no haberte despertado. Te he llamado al móvil pero está apagado. Bueno, tenemos que vernos. Ayer no fui capaz de darte explicaciones.

Su voz sonaba áspera, átona, carente de interés. Definitivamente no sonaba enamorada. Bruno seguía sin responder.

-En fin, sé que me estás escuchando y sé que eres tú, me han dicho que sigues viviendo ahí. Voy a ir al cajero y luego hacia el paseo del río, a la altura del Puente Colgante. Te espero allí, no tengo prisa. Hasta luego, Magú.

Al oír su apodo, que sólo usaba ella, una punzada le atravesó el estómago. Siguió sujetando el teléfono en la mano derecha aún después de que ella colgase. Finalmente colgó él también, y fue a darse una ducha.

Su amada había vuelto de entre los muertos; acababa de constatar el hecho, de modo que no se había vuelto loco. Sin embargo, tal vez ésta fuese una alucinación prolongada en el tiempo, vívida, tangible. Mientras se secaba el cuerpo con la toalla que ella solía usar, decidió disfrutar de esa nueva oportunidad a su lado, aún en el caso de que fuese dentro de su imaginación.

Llegó sólo veinte minutos después, sin haber desayunado; antes de que llegase hasta donde ella estaba, Eva echó a andar hacia un merendero cercano, semi oculto por unos sauces, y se sentó. Bruno se sentó frente a ella, sin atreverse a abrazarla o besarla.

Eva parecía tan fría e inclemente como aquel mes de noviembre.

-Hola. -Bruno la saludó con entusiasmo contenido.

-Hola. -Eva trató de ser amable- Me alegro de verte.

-Y yo a ti… ¿cómo…?

Eva no esperó a que formulase la pregunta. -Vale, esto que te voy a contar es muy fuerte, pero no hay forma de edulcorarlo: he resucitado. Sí, esa es la palabra, he vuelto a la vida. Bueno, no lo he hecho yo sola, lo ha conseguido un especialista en terapia génica. Todo estaba planeado; sé que debí habértelo contado, pero no sabía cómo.

Eva hizo una pausa esperando una reacción de Bruno, pero no la obtuvo. Continuó: -El caso es que hace un año un compañero de facultad me habló de este especialista, que estaba experimentando técnicas de reparación celular en enfermos de cáncer y necesitaba sujetos sanos, como control. Nos iba a pagar una cantidad simbólica pero me venía bien. De modo que me presenté allí y tras algunas pruebas, me ofreció participar en un proyecto… más allá de mi muerte. Me pareció una locura, pero él dijo que yo era un buen sujeto experimental porque veía mis ganas de vivir.

-No… no entiendo… -Bruno estaba convencido de que despertaría de un mal sueño de un momento a otro.

-Ya, bueno, nunca fuiste muy rápido. Voy al grano: él es el primer especialista del mundo en “Restauración de las Constantes Vitales y Reposición de Variables Celulares en Cuerpos Intactos”. Esto implica que la vuelta a la vida se tenía que producir antes de que mi cuerpo se deteriorase demasiado. Pero él no podía actuar en mi cuerpo antes de la muerte, porque sus experimentos requerían que mis órganos se detuviesen.

-Pero te enterramos. Yo estuve allí.

-Esa no era yo.

-¡Joder, yo velé tu cuerpo! ¡Estabas ahí, estabas fría! ¡Te maquillaron como a una puta, todo el mundo lo dijo! -Bruno temblaba con la excitación y la confusión.

Ella miró a la mesa durante largo tiempo, y empezó a hablar como si llevase su discurso preparado.

-Viste lo que viste: yo estaba muerta. Pero como te he dicho, todo estaba preparado. No te sientas estúpido, no lo sabe nadie más. Este especialista está infiltrado en funerarias y hospitales, así que recibió una alerta cuando registraron la entrada de mi cadáver en el depósito. En el momento adecuado recogió mi cuerpo y lo sustituyó por otro de una chica sin identificar, para que hubiese algo parecido en la caja en caso de que alguien quisiera abrirla. Hizo un buen trabajo maquillándola, se parece a mí, la vi en una foto después de… volver. Por eso me maquillaron tanto y tan mal a mí, para facilitar la imitación. Me llevó a su clínica, a él no le gusta llamarla laboratorio, y allí me conservó una semana. Estuvo manteniendo mis tejidos en buen estado, induciendo procesos enzimáticos para restablecer el funcionamiento de mis órganos, y en el momento adecuado me trajo de vuelta.

-¿Cómo? ¿Usando la energía de un rayo? -bromeó él, tratando de ser escéptico frente a la evidencia.

-Yo estaba sumergida en un metal fundido en frío, un superconductor eléctrico patentado por él, y al poner en contacto la chispa de un generador de alto voltaje, ocurrió.

El caso es que hice todo esto por un motivo: yo quería otra oportunidad. Aún no había acabado mi carrera, me estaba preparando para unas pruebas en un equipo profesional de voleibol, que como sabes era mi pasión, mi hermana estaba embarazada de gemelos… eran demasiadas cosas las que estaban ocurriendo, y no quería ni pensar en perdérmelas.

-Además, te ibas a casar. -Musitó él con la mirada perdida.

-Sí, bueno, ya hablaremos de eso. -Eva volvió a centrarse en su relato, molesta. -Total, me decidí por eso aunque luego requirió una gran inversión, porque era muy joven y merecía la pena intentarlo.

Bruno se sintió herido por su frialdad y en ese momento se dio cuenta de qué era lo que tanto le inquietaba se su nuevo aspecto. Además de estar pálida, demacrada, y de aquella espantosa cicatriz en el cuello que trataba de disimular con un pañuelo… eran sus ojos. Sus ya de por sí intensos ojos verdes brillaban más que nunca, y no tenían un tono extraño alrededor del iris, ni siquiera inyectado en sangre, o amarillento: era gris. Un gris acuoso que hacía parecer a Eva una bruja, un monstruo, una banshee

-Disculpa que no pueda seguir tu historia, pero hay algo perverso en todo esto, quiero decir… tu tiempo se había terminado. Yo deseé con todas mis fuerzas que no fuese así, pero aquel era tu fin.

-Fue una muerte prematura, no tenía que haber ocurrido. Verás, todo está en tus cromosomas. En los extremos de los mismos están los telómeros, que determinan el número de veces que se van a dividir las células. Alargando los telómeros, alargas la vida de un tejido. Estas investigaciones comenzaron para combatir el cáncer. ¿Me sigues?

-No mucho, pero continúa, por favor.

-Este doctor considera que, si bien por el momento es difícil alargar la vida del paciente manipulando los telómeros para que aumente su duración hasta límites sobrehumanos, todos deberíamos poder vivir lo que estamos destinados a vivir. Y si morimos por causas sobrevenidas, nos da una nueva oportunidad.

-¿Entonces todos podemos saber cuánto vamos a vivir?

-No exactamente, pero podemos conocer nuestra esperanza de vida en función de antecedentes de enfermedades, longevidad de nuestros antepasados… y por la longitud de nuestros telómeros. Ha calculado que no moriré antes de los setenta y seis.

-A menos que tuvieses un accidente.

-Sí, a menos que tuviese un accidente. -Eva se miró las manos, tensa. Llevaba las uñas más largas que antes, o tal vez su piel se había retraído, como Bruno había leído que les ocurría a los cadáveres. Él disimuló su repentino asco.

Se tomó un tiempo para digerirlo todo.

-¿Y vas a casarte conmigo, o ya pasas?- El tono de Bruno estaba cargado de cinismo.

-Necesito un pitillo.

-¿Los resucitados fumáis? Así te vas a volver a morir pronto.

-Ya no recordaba tu repulsivo sentido del humor. -Encendió un cigarrillo -Supongo que no te interesa, pero hago casi todo lo que hacía antes, salvo dormir. Me meto en la cama, dejo pasar unas horas, mi cabeza descansa, y me relajo mucho. Es como la meditación… pero no duermo.

Bruno reconoció a su prometida en la joven flaca y nervuda, fumando con los puños de la chaqueta estirados hasta los dedos.

-Oye, ya sé que todo esto es muy raro… pero yo…

Ella se giró hacia él, extrañada.

-Te quiero. No me importa lo que haya pasado, para mí que tú hayas vuelto es un regalo. Estos meses han sido una pesadilla, yo… Yo pensé en matarme para irme contigo.

-Oye, no sigas, por favor… -la voz de Eva se quebraba por momentos- De verdad, déjalo.

-Quiero casarme contigo. Aunque sea en secreto, me casaré contigo.

Eva estalló, agobiada por tener que fingir: -¡Quería romper contigo! Por eso te llamé. Por eso tenía que verte. Bruno, yo te quería, ¿vale? Te quería, en eso nunca te mentí.

-Pero ahora no me quieres.

-No sé lo que siento, no sé si puedo sentir. Pero quería casarme, desde luego. Ya tenía mi trabajo, mi coche, íbamos a comprar una casa, y…

-Espera, ¿te ibas a casar por cumplir un trámite?

Eva se giró y clavó sus ojos extraños en él. -Tú eras mi novio, repito, yo te quería.

-No me amabas.

-No. Nunca me enamoré de ti, no sabía que eso era un requisito. No conozco a tanta gente que se case enamorada. Sencillamente están bien con alguien y se casan y tienen hijos, es lo que se hace.

-¿Y por qué no nos casamos ahora?

Por primera vez en mucho tiempo, incluso antes de morir, Eva se rio a carcajadas. -Tío, estoy muerta y me han reanimado. No soy la de antes, ¿vale?

-No me importa. Quiero decir… eso es secundario.

-Eh, que sí puedo tener sexo. Sólo que es… distinto, pero me gusta. Lo que quiero decir es que… se acabó, no me gusta lo que tengo ahora. He ido a ver a mis sobrinos y los he visto de lejos, me he despedido de lejos. Pensé que podría explicárselo a mi hermana, igual que te lo he explicado a ti. Pero no quiero asustarlos.

-No das miedo. -mintió.

-Sí lo doy, te lo noto. Lo noto incluso en gente que no me conoce, que vive donde ahora vivo yo, muy lejos de aquí, con una nueva identidad. Mis compañeros de piso disimulan porque son cosmopolitas, pero aún así… Me miran raro, notan que mi temperatura no es la normal. Mi especialista me reembolsó parte del precio por eso, no consiguió subirme de veinticinco grados.

-¿Cuánto te costó?

Eva lo miró ahora de forma culpable.

-Treinta mil. Tenía algo ahorrado de mis trabajos de verano, y además usé el dinero que me dieron mis padres para casarnos… En realidad nunca compré el vestido. No compré los anillos. Fui a la joyería a cancelar el encargo.

-Pero te mataron por ellos.

-No. Me atracaron, pero no llevaba nada y me resistí. Es lo que trataba de explicarte… yo iba a cancelar la boda. Iba a decírtelo, pero no pude. Cambié de idea, ya no quería casarme.

Bruno se quitó las gafas y se frotó la cara, tratando de pensar. Sólo acertó a preguntarle:

-¿Dónde vives?

-Cerca de Londres. Mi especialista tiene la clínica en Whitechapel, y tengo que volver cada cierto tiempo para comprobar mis niveles de telomerasa y mis constantes vitales, o sea, las nuevas. Yo no puedo ir a un médico normal si me pongo enferma: tengo la tensión entre dos y seis, mi pulso es muy lento. Tengo alquilada una habitación en un barrio tranquilo. Me gusta, y aunque hace frío, a mí no me afecta. Nadie pide explicaciones ni se mete en mi vida, y voy tirando con el dinero que me devolvió mi especialista, pero no me atrevo a buscar un trabajo.

-Mujer, en las ciudades grandes las cosas son distintas, hay gente de todo tipo.

-Yo soy muy diferente, demasiado diferente. Tú no lo entiendes, la gente me mira muy mal.

Bruno notó que ella tenía ganas de llorar, pero algo se lo impedía. Algo físico: era como si no tuviese lágrimas.

-No soy humana, ¿comprendes? Yo sabía que no lo sería, pero aún así acepté hacerlo porque quería seguir disfrutando de mi vida. Pero esto es otra cosa. Yo soy otra cosa.

-Tiene que haber alguna forma de ayudarte, tu dichoso especialista tiene que tener algún as en la manga. ¿No hay más como tú?

-Sí. Pero eran mayores que yo cuando esto les sucedió, más experimentados, y más solitarios, no necesitan la compañía de nadie. De todos modos, todos ellos están deprimidos.

-Lo siento mucho.

-Por eso… bueno, hay otra cosa que tengo que decirte. No aguanto estar así. De verdad, lo he intentado, pero cada mañana me levanto deseando que el día sea diferente. Todo es insípido, no percibo las cosas como antes. Y la gente…

-Que le den a la gente, pasa de ellos. También miran mal a otros por otros motivos, pero por eso estás más a gusto allá, ¿no? Pues vive a tu aire. Además, siempre puedes medicarte, ¿no?

Eva sonrió amargamente pero agradecida, viendo los intentos que hacía Bruno por animarla. -No, nada de lo que tomase me podría ayudar. Mi cerebro no funciona como antes, su bioquímica es distinta a la de la gente normal, para la que se hacen los antidepresivos.

-Pues lo siento mucho, ojalá pudiese hacer algo.

-Cielo, no tienes que hacer nada. Ya está todo planeado. Me vuelvo mañana a Inglaterra, y cuando me sienta preparada…

-¿Vas a suicidarte?- Exclamó Bruno.

-No, no hace falta. No creo que pudiese hacerlo. Esto estaba contemplado en el contrato que firmé, por eso pagué dos mil euros más del paquete estándar, él se encargará. Lo único que tiene que hacer la próxima vez que vaya a verlo es inyectarme una sustancia cuando me haga análisis para controlar mis constantes.

-No. -Repuso él, rotundo.

-¿No qué?

-No lo hagas, olvídalo. No puedes morirte ahora.

-Ya te lo he explicado, esto es una mierda. Fui a ver a mis sobrinos porque era una tarea pendiente, pero no sentí nada, ¿comprendes? No me alegré de verlos, en realidad no puedo alegrarme de verte a ti ahora aunque quiera.

-¿Y qué? Nunca fuiste una sentimental. Por favor, piénsalo. Tienes una segunda oportunidad, puedes hacer muchas cosas, y ser feliz de algún modo.

-Ni siquiera puedo trabajar.

-¡Claro que puedes! -Bruno lo apostó todo a una carta. -Llevas una chaqueta muy bonita, ¿a que la has hecho tú?

-Sí. -Eva frunció el ceño, más arrugado que antes.

-Yo te recuerdo calcetando en tus ratos libres, y a la gente le gustaba lo que hacías. Ahora todo eso está de moda, ¿no? Puedes tejer y vender ropa por internet, o en un puesto en la calle. Seguro que la gente comprará tus chaquetas, bufandas, y lo que sea, ¡vives en Inglaterra!

-Bruno, es muy bonito esto que estás haciendo… pero estoy condenada a estar sola, soy un monstruo. Lo que me mantiene en este mundo son los experimentos de un bioquímico que ha encontrado una fórmula para controlar mis cromosomas.

A él se le terminó de partir el corazón al fijarse bien en su boca y darse cuenta su interior no era rosado, sino de un tono violeta apagado. Además, también sus encías se habían retraído. A él siempre le hicieron gracia sus dientes pequeños, pero ahora se veían alargados.

Juntó todo el valor de que fue capaz y le cogió las manos, heladas como si ella aún estuviese en la caja.

-No estás sola. Me tienes a mí.

-Acabo de dejarte, idiota.

-Pero soy tu amigo, desde ya. Aunque estés lejos, me tienes aquí para ti, y podría ir a verte alguna vez. Nunca he salido de Valladolid, e Inglaterra debe de ser muy bonito.

-Eres un encanto, por eso me gustabas. Vale, tengo un amigo. No está mal para empezar…

-¿E internet? ¿no haces amigos por internet? Estoy seguro de que ya has conocido gente.

-Sí, estoy metida en algún foro y alguna red social…

-Pues sigue con ello, pásalo bien. Habla con gente a diario, yo también lo hago. Mira, si te metes a fondo con lo de tejer ropa, conocerás gente de muchos sitios, y no tienes que quedar en persona si no quieres.

Eva enmudeció, se sorprendió a si misma considerando la idea. Vivir hacia dentro. Vivir a su modo, haciendo productivas sus largas noches en vela. También se le daba bien hacer galletas. Podría trabajar desde casa y enviar sus pedidos por mensajería, así se sentiría más a salvo que vendiendo al público. Vivir sin ser vista, pero rodeada de gente. Podría funcionar. Ella no quería morirse… otra vez.

-Mira, sé que no lo vas a decidir ahora, pero por favor, piénsalo. No hagas nada antes de volver a hablar conmigo. No te rindas tan pronto, te lo ruego. Incluso aunque no volviese a verte, sólo deseo que seas feliz.

Eva juntó las manos y se las llevó a los labios, conmovida.

-Pero qué tonto eres. Ven, dame un abrazo. -Eva se levantó y se acercó a él, que ya estaba de pie, expectante. Lo abrazó, y él sintió que el alma se le hacía añicos. Sintió el frío, la delgadez, la falta de aliento; aquella era la Muerte. Su prometida era un saco de huesos que le susurraba palabras dulces.

Aspiró el aire sobre su piel… pero nada, su olor había desaparecido. Tampoco olía mal. Olía a algo entre el suelo mojado después de la lluvia y las tizas de la escuela: anodino, inocuo, inerte. De todos modos la abrazó con fuerza y ella trató de responder.

Cuando Bruno abrió los ojos, aún apretando el abrazo, ella ya no estaba. Notó algo en su bolsillo y sacó una papelito que ella había metido con su dirección e-mail. Lo apretó contra su pecho y se fue a casa. Lloró desconsoladamente durante una hora seguida. Luego su cuerpo quedó laxo, y su cabeza despejada. Una media sonrisa apareció en su cara y se quedó allí para siempre.

Ambos mantuvieron contacto a través del correo electrónico, normalmente era él quien escribía, y ella respondía a veces, siempre con amabilidad y gratitud.

Bruno buscó por su cuenta los avances logrados en la investigación con los telómeros y le telomerasa y descubrió que ya era posible alargar sensiblemente la vida de las células más allá de lo que estaban programadas en principio. Algunos investigadores sugerían que, si bien las consecuencias de estos experimentos eran impredecibles, podían solventar las muertes por cáncer prematuro y otras enfermedades congénitas en gente joven.

Pensó en si mismo y en Eva. Ella lo había rechazado y él no pensaba volver a declararse para no agobiarla, pero… en un futuro lejano cualquier cosa podría pasar. Ella podría volver a sentirse atraída por él, quizá. Y la posibilidad de vivir una época desconocida era tan atractiva que incluso si no volvían a encontrarse, merecería la pena intentarlo.

Tras un tiempo sin saber de ella, una noche Bruno vio una solicitud de amistad al entrar en Facebook. Era de Madeleine the Knitter, la cuenta de una artesana en confección de lana, con imágenes de gran calidad mostrando sus diseños. Bruno reconoció el estilo de Eva en los colores vivos y la composición de las fotografías, muy cuidadas. La aceptó y además se decidió a agregar como amigo a Beyond Health Chromosomic Solutions Whitechapel Ltd, compañía situada en Londres.

Bruno metió otros cinco euros en el bote donde ahorraba lo que ya no gastaba en bebida. Aunque el bote no tenía nombre, él sabía para qué iba a utilizar el dinero.

 

(Este relato fue publicado originalmente en este blog en noviembre de 2015)

Realidad alterada

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Acabo de encontrar este post en Tumblr, en inglés, original de tootsie-roll-frankenstein (bonito nick) y me ha parecido tan maravilloso que lo traigo aquí.

Lugares donde la realidad está ligeramente alterada:

  • Un objetivo al apuntar
  • Las iglesias en Texas
  • Los establecimientos 7/11 abandonados
  • Tu cuarto a las 5 de la mañana
  • Los hospitales a medianoche
  • Los trasteros que huelen a polvo
  • Faros marítimos estropeados
  • Aparcamientos vacíos
  • Lagunas y piscinas de zonas suburbanas
  • Los tejados al amanecer
  • El interior de una cabaña oscura

 

Es muy inspirador, a ver si me ayuda.

Mis chicas favoritas

 

Linda Hamilton

Este post viene inspirado de un lado, por mi antigua sección “jueves de chicas”, que tal vez recupere, y por una serie de tuits sobre personajes femeninos que empecé a raíz de unos tuits de otra chica pidiendo que la gente le propusiese artistas, escritoras, directoras y demás, para hacer notar la dificultad de las mujeres para destacar y hacer historia igual que los hombres.

Mi lista no es tan reivindicativa, pero quiero poner negro sobre blanco las mujeres de ficción que más me han marcado, tanto en TV, como en literatura o en el cine.

Son mujeres o niñas que me inspiran a la hora de escribir, o que incluso me han hecho mella como persona, por sus valores y su actitud. Son fuertes, valientes, pero a veces compasivas; fieras protectoras que cuidan de los suyos (tengan hijos o no) y con muchos matices; son ante todo personajes muy ricos.

En general se parecen bastante entre ellas, y supongo que algunas de ellas están inspiradas en otras anteriores, pero en cualquier caso las amo y las tengo muy presentes.

Sin un orden particular:

  • Sara Lund, de The Killing
  • Carol, de The Walking Dead
  • Cersei, Canción de hielo y fuego (también me gusta mucho en la serie, creo que es uno de los personajes mejor reflejados. Catelyn Tully y Brienne de Tarth también son muy grandes)
  • Sarah Connor, de Terminator (es gracioso porque en la serie de TV la interpreta Lena Headay, Cersei en Juego de tronos)
  • Kara Thrace, de Battlestar Galactica
  • Ellen Ripley, de Alien el 8º pasajero
  • Trinity, de Matrix (como mil veces mejor que Neo)
  • Scarlett O’Hara, de Lo que el viento se llevó
  • Lagertha, de Vikings
  • Mathilda, de Léon
  • Matilda, de Matilda (Roald Dahl)
  • Bunny Sukino (en serio, no os riáis) de Sailor Moon
  • Peggy Olson, de Mad Men
  • Vanessa Yves, de Penny Dreadful
  • Lana Winters, de American Horror Story: Asylum (la mejor temporada, de lejos)
  • Skyler White, Breaking Bad
  • Julia, 1984
  • Lisbeth Salander, de Millennium
  • Motoko Kusanagi, de Ghost in the shell
  • Valerie, de V de Vendetta
  • Marge Gunderson, de Fargo
  • Jessie, de Toy Story

Probablemente añada más en sucesivas ediciones del post.

¿Y tú qué opinas? ¿Alguno de estos personajes te han marcado? ¿Cuáles son los personajes femeninos más influyentes para ti?

El hoyo (ejercicios de escritura):

Inspirado por un ejercicio del capítulo “Descripción” del libro Escribir ficción de Gotham Writer’s workshop.

-Ejercicio: imagina que eres un espeleólogo en expedición que se ha separado del resto del grupo y trata de orientarse y volver con ellos en un lugar en el que no ve nada. Sírvete del resto de los sentidos.

Lo primero que se me ocurrió fue empezar a medir distancias. No sé por qué lo hice, pero me ayudó a retardar la sensación de pánico. De modo que usando mis manos fui calculando el espacio que me rodeaba, que no era mucho; extendí los brazos hasta tocar la húmeda pared porosa, y recorrí la cavidad según serpenteaba a mi alrededor.

Yo me encontraba tumbado, no estaba atrapado pero me resultaba imposible ponerme de pie y no quería seguir avanzando hasta saber dónde estaban mis compañeros. Había perdido contacto con ellos poco a poco, no hubo un instante en el que dijese “debo volver”, sino que de pronto me golpeó el pensamiento de “debía haber vuelto hace un rato”. Tampoco fui muy consciente de que estaba tomando una desviación, tan solo me interesé por una estúpida veta blanca lechosa que transcurría a mi izquierda y que al parecer no llamó la atención a nadie más. Después de recorrer un trecho, me di la vuelta y no los vi, ni reconocí el camino que había tomado. Y por dios bendito que no los volví a oír. De pronto tomé conciencia de que solo percibía el flujo constante de agua por las paredes y el suelo de la cueva, el eco de ese flujo, y  el chapoteo de infinitas gotas con su reflejo correspondiente. Luego la cavidad se estrechó, y decidí dar la vuelta, pero resbalé y mi linterna cayó por una sima de la que me libré por poco.

Bueno, que la cagué. Ahora estaba allí en completa oscuridad, tumbado boca arriba (me había girado para poder respirar bien) en una topera que rezumaba agua cargada de sales, que olían a talco, a jabón, y al mismo tiempo a moho. Probablemente en realidad no olía tan mal pero yo me agobié considerablemente. Tras unos minutos, llegué a la conclusión de que, si apoyaba mi cabeza en la base de la cavidad, cosa que me repugnaba por los pequeños canales de fluido que circulaban, había unos quince centímetros de vano hasta la parte superior, porque eso es lo que mide un palmo mío aproximadamente. Mis hombros estaban a unos diez centímetros de las paredes, pero tenía que moverlos con frecuencia para no entumecerme por el frío y la humedad, así que no estaba seguro de esa medida. Podía mover mis piernas con libertad, y abrirlas mucho hasta tocar las paredes con los pies, pero no tenía ni la menor idea de lo que eso suponía en centímetros.

Finalmente me decidí a impulsarme con cuidado usando mis piernas para volver a donde estaba antes, aunque estuviese a oscuras al menos sería más fácil que mis compañeros me viesen. Entonces ocurrió lo impensable: un resplandor me cegó desde el punto al que me dirigía, impidiéndome seguir, pues necesitaba concentrarme y la luz cegadora me bloqueaba los sentidos. Tuve miedo, pero al mismo tiempo me calmó la certeza de que esa era una buena señal al fin y al cabo. Cerré los ojos con fuerza y seguí contoneándome como un gusano para salir de allí. En un momento dado noté una presión que sujetaba mi pie derecho y grité, presa de los nervios:

-¡Suéltame!

-Si no te ayudo te vas a quedar ahí encajado, capullo.

-Vale Pablo, puedes tirar pero apaga la linterna o enciende otra menos potente, que me voy a quedar ciego.

-Mira que llegas a ser quejica. Voy a llamar a los demás para que me ayuden y te traigan una luz de noche de esas de Ikea.

-Gracias, gilipollas.