Cuéntalo, compártelo, abrázame.

Estoy ahora mismo terminando un cursillo para profesores de inglés, y acabo de usar un palabro muy recurrente en metodología: “elicit”. La traducción más aproximada sería “sonsacar”, o provocar que una persona dé información, pero en el contexto educativo se interpreta como crear un entorno favorable para que el alumno aporte respuestas en una actividad. Normalmente se hace con ejemplos. El objetivo es conseguir que el alumno participe pero sin presionarle, dándole pie como en el teatro.

Cuando hablo con otras mujeres sobre el machismo que hemos sufrido, sobre todo al tratar acoso o violencia sexual, siento que hay un proceso parecido. Todas lo hemos padecido con más o menos intensidad, y yo me considero afortunada, pero no siempre sentimos que debamos compartirlo, porque creemos que no es para tanto. Sin embargo, después de que una empiece a contar lo que le ocurrió, se producen dos cosas: de un lado se desata la empatía, porque lo sentimos de verdad por esa hermana, y del otro se favorece que otra comparta su experiencia. Esto es muy importante, porque no se trata sólo de crear una red de seguridad, sino que si hay mujeres que no creían que su caso fuese digno de mención, o se callaban por vergüenza, el hecho de que otras digan “A mí me hicieron esto, estuvo mal y no fue culpa mía” puede ayudarlas a sacarlo fuera.

No es sólo que te animen a contarlo, es también que te ayuden a darte cuenta de lo grave que fue. Y no van a hacer que le des más importancia de la que tuvo, sino que van a hacer que despojes ese acto de excusas, vergüenza y justificación y lo veas tal cual ocurrió.

Estos días, viendo los tweets de #cuentalo y hablando con amigas acerca de agresiones sexuales, me he dado cuenta de lo complejo y esencial de ese proceso. Tenemos que contarlo, escuchar a las demás, y tratar de aguantar las ganas de llorar y romper cosas. Somos mujeres: fuertes, resilientes y comprensivas. Leemos las palabras y las expresiones y podemos ponernos en el lugar de las otras. No pretendo que nos expongamos si no queremos, ni que leamos hashtags completos sobre violaciones; el simple hecho de compartir algo que nos hicieron y estuvo mal puede hacer que otra hermana se anime.

Contamos con infinidad de mecanismos de represión de los recuerdos, tanto internos como sociales, y es muy habitual que pensemos que “No fue para tanto”. Es aquello para lo que nos han programado. En estas agresiones suele haber un componente de culpa, y una coacción, y ambos hacen que luego creamos que no tenemos derecho a decirlo, porque tuvimos algo que ver en lo que ocurrió. La coacción y la intimidación hacen que sientas una presión que te impide escapar, y si no existe un acto de violencia física, sientes que podías haberlo evitado. Podías haberlo evitado tú. Tenías que haberlo evitado tú. ¿Por qué no hiciste nada?

No hiciste nada porque no podías. Es necesario que te des cuenta.

En mi caso han hecho falta años de terapia y un lento proceso de auto conocimiento, para llegar a la conclusión de que tengo tendencia a los bloqueos y los ataques de pánico, y las veces que me han agredido yo carecía de los mecanismos para hacerles frente, porque estaba intimidada y coaccionada. Y esas dos cosas pueden venir en múltiples formas, distintas en casa caso. Una navaja es intimidante, tu jefe te coacciona por el hecho de ser tu jefe. Tu médico y tu profesor tienen una relación de autoridad contigo, siempre. Coaccionan los hombres manipuladores, los chantajistas, los que imponen su forma de hacer las cosas, porque o lo hacemos así o no lo hacemos. Los que son mucho mayores, los que te humillan. Intimidan los más grandes (y hay que ver qué altos son los guardias civiles).

Pero lo que de verdad me hizo darme cuenta de que a) estuvo mal, y b) yo no podía haberlo evitado, fue conocer otros casos. Escuchar a otras y empatizar con ellas me hizo empatizar conmigo misma. Lo que les pasó a ellas fue grave y ellas no podían haberlo evitado, y algo parecido me ocurrió a mí.

Por eso, hoy y siempre, Hermana, yo sí te creo. No nos llaméis exageradas. Paraos a leer y escuchar. A veces dan ganas de decir “para, por favor, ya lo he entendido”, porque no puedes soportarlo, pero no se debe. No sólo porque tenemos derecho a sacarlo todo, como si vomitásemos un ciervo, sino porque alguna de nuestras palabras puede hacer que otra se percate de que ella también tiene algo que contar. Si tú lo sacas, puede que a otra se le abra una grieta en la cúpula de hormigón que esconde lo que le ocurrió.

Somos humanas, somos volubles, pero también somos comunicativas y tenemos que valernos de eso. Usemos las palabras, la sororidad y la empatía para compartir, denunciar y curar.

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Por la gloria de Amy Winehouse

Sé que como mujer soy un experimento algo fallido. Aunque fui afortunada, y en mi familia no pretendían que fuese un florero, sí intentaron hacer de mí una señorita. Intentaban que no fuese a todas partes con vaqueros y deportivas, y a día de hoy así sigo. Aún hace poco que me he reconciliado con mi pereza extrema para hacer cosas femeninas o de forma femenina. Soy educada —vamos a entender “educado” por “amable” — y me molesta que sean maleducados conmigo. Pero no sé hablar en confianza sin decir tacos, no sé cruzar las piernas de manera femenina, jamás sonrío sin ganas, y nunca voy a conseguir que no se me note en la cara lo poco que me gusta alguien. Todas estas actitudes solo están mal vistas en una parte de la población. Soy una rebelde.

Según crecí, vi que ser una señora exigía mucho más que ser un señor. Ellos pueden ser señores a pesar de blasfemar, oler a cerrado y no afeitarse bien. Al menos son auténticos, al menos “dicen las cosas como son”. Si son bordes, se les considera sinceros y cercanos. Como mucho, si mean fuera del tiesto, se les puede considerar “excéntricos”, “incorregibles”, o mi apelativo favorito: “enfant terrible”, que por lo que vengo comprobando simplemente alude a la condición de capullo. Véanse Sánchez Dragó, Fernando Arrabal, o ese que nos ha dado que hablar últimamente, Salvador Sostres.

No voy a enlazar a ningún artículo o vídeo suyo, porque ya le hemos oído hablar de sobra. Su obra está al alcance de cualquiera, y se le presta un espacio público, con dinero público, que bien harían en invertir en otras personas. Es más probable que vosotros o vuestros padres leáis a Sostres en un medio de masas sin un contexto crítico que que leáis un artículo feminista, porque las cosas aún son así.

Pero sí voy a comentar el plantel de colaboradores en ese ya célebre debate sobre el acoso sexual: en el lado de las mujeres estaban Isabel Gemio, Marta Robles y Cayetana Guillén Cuervo; las tres profesionales de la comunicación con sobrada experiencia, atractivas, y en forma. Del lado de los varones, teníamos a Salvador Sostres, Santiago Segura (?!) y Pepe Navarro, y además todo ello estaba moderado por Carlos Herrera. Ni siquiera voy a entrar en lo mal que me cae Carlos Herrera, que está en la categoría de señor muy serio que en el fondo se está haciendo la víctima cada vez que oye hablar de algo moderno — posterior a 1980 — , como le pasa a Pérez Reverte. Pero por amor del cielo, Pepe Navarro. PEPE NAVARRO, el sujeto más indigno de la televisión hasta que apareció Xavier Sardá para hacerlo bueno. —Lo cual me recuerda, qué mierda hace Xavier Sardá en los debates políticos, desde cuándo es una persona respetable. Bueno, y qué hace Cárdenas presentando algo y teniendo una cadena de radio.

¿Cuándo se redimieron estos señores de todo lo que hicieron en los 90?

En nuestra patria indivisible tenemos ejemplos múltiples de Señores generadores de caspa: las tertulias del Canal 24 horas, o de V televisión — el chiringuito de La Voz de Galicia — , me recuerdan siempre a una sobremesa con tus tíos sexagenarios, con dos copitas, que desbarran durante horas, y ya no discutes con ellos porque son mayores y hay que tener paciencia. Pero tus tíos no cobran por opinar, claro. Ni crean opinión.

Fuera de aquí, y si aludimos a escándalos relacionados con el abuso de sustancias, el panorama es parecido. Habréis reconocido a la mujer de imagen de portada. He usado esa porque me gusta recordarla así; no niego su deterioro posterior, pero sí es cierto que había mucho interés en mostrarla en su peor estado en sus últimos años de vida. También tiene que ver en esto el vivir en Gran Bretaña, porque allí los tabloides son más activos y crueles, y que internet ya fuese un arma de escarnio constante. Pero es que Amy Winehouse fue un chiste desde que sacó Back to Black. Cuando llegó al gran público en España, ya era más famosa por sus borracheras y sus pintas que por sus canciones. Creo que ya había disfraces suyos en Halloween cuando aún vivía. ¿Su delito? Abusar del alcohol y otras drogas, liarla yendo de fiesta, tener el pelo raro y pintarse mucho. Sufrir anorexia.

Nadie se disfrazará de Kurt Cobain, de Jeff Buckley, de Michael Hutchence o de Dave Gahan (que está vivo de casualidad) sin que le caigan unas hostias. Pero Amy era un chiste. Salió bebida al escenario, y eso pesa mucho. Pesa menos para la mayoría de los señores músicos, a quien admiro, que han salido a tocar borrachos, drogados, o han hecho entrevistas con una resaca que no se lamen, exhibiendo un discurso poco coherente sin quitarse las gafas de sol. Pero siguen siendo señores, auténticos, de verdad, hombres de mundo, que saben mucho de la vida. Que no se casan con nadie — probablemente tampoco habrá nadie que los aguante — .

Otro que tal baila es Johnny Depp, que sigue haciendo películas a pesar de ser un maltratador, y que aparece borracho como un piojo en eventos sociales y no pasa nada. Pero es que es un rebelde, un rarito, un outsider de cincuenta y cuatro añazos que lleva veinte haciendo el mismo papel —no te lo perdonaré jamás, Tim Burton — . Se le deja pasar todo desde siempre, desde que River Phoenix — otro actor prometedor que habría hecho maravillas de seguir vivo, y del que no hay disfraces — cayó muerto por sobredosis en su local. Desde que salía con Winona Ryder. Winona Ryder, la que ha estado prácticamente desaparecida del mapa desde Inocencia interrumpida (1999) hasta hace un cuarto de hora. Y creo que su renacimiento se debe a que las series tienen menos presupuesto que las películas y dependen más del favor del público y menos de los designios de los productores.

Winona Ryder robó en una tienda y el mundo le dio la espalda. Britney se rapó el pelo —“porque no soportaba que me lo tocasen sin permiso” — y amenazó a un fotógrafo con un paraguas — los ataques violentos son menos tolerables en las mujeres — . Mariah Carey… sí, está gorda, es solo eso. Pero son chistes, memes, coñitas. Sus carreras no volvieron a ser lo mismo.

Y si me vais a echar en cara a Kate Moss, os comento que ella había logrado lo que ninguna otra modelo antes de los 20; tenía crédito suficiente como para superar el escándalo que supuso para ella… esnifar cocaína. Que es algo muy extraño y muy edgy que solo han hecho ella y Carmina Ordóñez, que en gloria esté.

Pero ya da igual, ellas son mamarrachas, como Lindsay Lohan, Courtney Love, Massiel, y Nati Abascal. Cualquier cosa que hiciesen antes queda anulada porque se fueron de juerga y las pillaron — porque las estaban acechando — .

El caso más extremo de señor redimido ante la sociedad a pesar del abuso de sustancias es Robert Downey Jr. Este directamente ha resucitado varias veces, tanto literal como figuradamente. Es considerado un ave Fénix por reaparecer en sucesivas ocasiones, tras sucesivas rehabilitaciones, y después de salir de la cárcel. Después de todo esto, no solo se le acogió en Hollywood y en los medios de todo el mundo, sino que se le permitó entrar como protagonista en películas de altísimo presupuesto que volvieron a encumbrarlo como el gran actor que es, esto dicho sin sarcasmo. Imaginad lo mismo en Gwyneth Paltrow, por ejemplo. O Nicole Kidman, a la que ahora se menosprecia por abusar de la cirugía. — Si queréis saber más sobre actrices que fueron condenadas al ostracismo tras grandes papeles, solo por envejecer, os recomiendo el documental “Buscando a Debra Winger”, de Rosanna Arquette.

Me faltan referencias de mujeres totalmente libres, sin límites. Aún las más rebeldes a las que admiro son correctas, educadas, llevan una vida cultural estimulante, participan en acciones solidarias, porque las señoras de verdad no pueden perder el tiempo en gilipolleces, y además guardan la línea; y ojo, porque estar delgada y en forma también es una obligación moral, porque has de tener autocontrol y tener un punto de elegancia.

Me gustaría saber cómo son de verdad, cómo sienten, qué les preocupa realmente, y sobre todo, qué les molesta. Quiero saber cómo es la feminidad auténtica, cómo son las mujeres a las que de verdad les da todo igual. Quiero feminidad sin florituras patriarcales. Quiero ver buscavidas sin estar enmarcadas en personajes hipersexualizados creados por hombres. Quiero mujeres sin obligaciones sociales, como los hombres rebeldes.

Yo misma no sé cómo comportarme como mujer rebelde. No puedo decir lo que pienso por si pierdo el trabajo y por si quiero encontrar otro, y para llevarme bien con la familia. Tampoco sé cómo quiero ser, qué haría si fuese libre. Supongo que seguiría guardándome cosas para mí misma, pero seguramente dejaría claro lo que me importa, diría las cosas tal y como son — que, como solo lo hacen los hombres, se llama poner los cojones sobre la mesa — , y sobre todo, apartaría de mi lado a la gente que no me gusta, y sería amable sólo con la que me importa. Y me tatuaría los bíceps.

Pero por el momento, solo puedo aspirar a ser una mamarracha, que es lo que acabaré siendo inevitablemente cuando sea mayor y todo me dé igual. Pero imaginaos ser una mamarracha siendo joven, sería increíble. Ya no os cuento lo que haríamos si nos dejasen embarrar los medios de comunicación.

Redes de apoyo

Yo no nací feminista, imagino que igual que todas. Pero tardé mucho en saber lo que era el feminismo, y cuando me di cuenta, ya me consideraba feminista, porque sentía la necesidad de serlo. Conocía los desastres del machismo, aunque no percibía sus efectos en mi entorno. Pero lo que más me alejaba de la necesidad de ser feminista era que no me sentía próxima a otras mujeres, o más cercana a ellas de lo que era a los hombres. Estábamos por un lado mis amigas y yo, y por otro “las demás”.

Tenía amigas y amigos, y hablaba con todos casi de las mismas cosas, y como mis amigos varones no eran machistas, no sentía que necesitase una red de apoyo femenina. De otro lado, no he tenido muchas relaciones con hombres, así que la primera mención a “los tíos” como ente abstracto me sonaba ajena.

Me fui dando cuenta, cerca de los treinta (los veinte solo sirven para ganar más inseguridades de las que tenías de adolescente, pero las disfrazas de experiencia), de lo importante que era tener un colchón de seguridad emocional femenino. Me crié en un ambiente en que las mujeres también tuvieron que ejercer de hombres, y aunque no son más machistas que las demás, sí que rehuían del feminismo, y pensar en sí mismas y sus necesidades les resultaba frívolo. Había que trabajar y sacrificarse, y eso era todo.

Inciso: el feminismo también se encarga del placer y el hedonismo.

Las mujeres necesitamos a otras mujeres. Alguien que te escuche y te diga su opinión, sobre cualquier cosa. Que te de un consejo y además un ejemplo práctico, porque eso también le pasa, o también lo ha sentido. Alguien que no te diga “no sé qué decirte, eso es muy personal”, como hace un tío, con la mejor intención. Que no se altere si te echas a llorar en un lugar público. Que te explique las cosas sólo una vez y sólo si tú no las sabes, y no te interrumpa para corregirte cuando te equivocas en un dato porque, joder, estás contando algo muy importante. Y que te ampare cuando te sientes absolutamente indefensa. Que te crea cuando dices que estás desesperada, sin ponerte una mano en el hombro y decirte “bueno, mujer, no será para tanto”. Desahogarte cuando no puedes más con tu pareja varón, o cuando no entiendes tu propio cuerpo o tu cabeza. Alguien con quien hablar de que no te apetece practicar sexo, o que te apetece tanto que podrías estallar.

Pero no me di cuenta de lo que significaban las redes de apoyo de mujeres hasta que la vi desde fuera, actuando para defenderse unas a otras. Y cómo eso se puede transformar en amistad, e incluso en amor. Amor fraterno, o del otro. Porque el amor entre mujeres puede nacer del apoyo, el cariño o el simple respeto mutuo, y cuidarse la una a la otra para hacer frente a los problemas de la vida.

Fue eso lo que encontré en “Todas las horas mueren”, de Miriam Beizana: cariño, esperanza, y la evolución de los personajes desde el sufrimiento al amor y la entrega. Unas terminaron siendo amigas, otras algo más, pero todas encontraron la red de apoyo aún sin pretenderlo, solo intentando sobrevivir y curarse las heridas que el odio, el maltrato y la represión habían abierto en la piel y el corazón de las protagonistas. Usaron el afecto y el café como bálsamo para el alma.

Veo muchas redes de apoyo a mi alrededor, en la terraza de una cafetería o en Internet. Para comprendernos y arroparnos, para compartir cosas poco importantes en apariencia, pero que pueden significar mucho, como que nos reafirmen en nuestro aspecto físico, o compartir una frustración con nuestra imagen o la edad. Cosas graves, como el acoso o la violencia, un lugar donde buscar amparo y un primer consejo , que puede ser vital para no rendirse. Donde contar cosas que creíamos que solo nos pasaban a nosotras; qué daño hace el “esto solo me pasa a mí”, porque puede que creas que lo mereces.

Pero para todo esto hace falta paciencia y comprensión, y escuchar antes de hablar.

Supongo que el feminismo tuvo su origen en redes de apoyo, en torno a una mesa camilla, en un descanso del trabajo o en un Café, como en “Todas las horas mueren”. Un lugar donde buscar cobijo y complicidad, dos cosas fundamentales para sentirse seguro.

Los tuvo que haber en todos los ámbitos, en el hogar (y no me refiero necesariamente a las mujeres de la familia), en la medicina, para llegar al donde no llegaba la medicina de los hombres, en la política y en la justicia.

Conozco redes de apoyo de mujeres en forma de grupos de amigas, de asociaciones y en Internet, y el fundamento viene a ser el mismo: un sitio acogedor donde hablar sin ser juzgada o culpabilizada por lo que te ha pasado. Sin que nadie sospeche que estás exagerando, o buscando beneficio. Y sin que nadie aproveche para aprovecharse de ti, fingiendo apoyarte.

Nos necesitamos y cuando construimos un entorno que nos invita a abrirnos, nos integramos y ayudamos a otras. Y somos capaces de hacer cosas increíbles.

Mirad la foto. El pie original rezaba “No hay nada más hermoso que ver a mujeres ayudándose entre sí”, y lo firmaba Shirley Manson. Las chicas son las componentes de la banda “Deap Vally”.

Una mujer mayor puede seguir de gira si la ayudan, puede manejar un portátil si le echa una mano una chica más joven. Puede ofrecer su experiencia a las demás para afrontar su vida diaria y su carrera artística, y entre todas forman lo que se llama “una escena”. Y una escena resulta inquietante cuando es solo de mujeres, tal vez porque saben que no necesitamos a nadie más.

P. D. Leed a más escritoras, hay muchísimas en todos los géneros. Leedlas, os digo.

Este post fue publicado originalmente en Medium el año pasado.

Penélope y las labores inconclusas

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Hoy quiero hablar de un vicio mío como escritora: el documento interminable. Esa historia sin pretensiones que sale de una idea simple, para la que no hago un esquema, y que tengo a medias durante meses para trabajar en ella cuando quiero escribir sin devanarme los sesos. Supongo que no soy la única escritora que lo hace.

El caso es que ahora estoy terminando un fic (una historia basada en otra ya existente, que en este caso también es mía), formato que suelo usar para estas cosas. Llevo casi un año con él, me ha dado muy buenos momentos y estoy muy orgullosa de lo que lo que he conseguido. Y además,no quería terminarlo por nada del mundo. Y ahí es donde entra Penélope.

Penélope es un personaje de la Odisea, el famoso libro de Homero, que estaba casa con Ulises. Como sabréis, y si no lo sabéis os lo cuento yo, Ulises se pasó un montón de años de viaje para volver de la guerra de Troya, que de eso va el libro*, y Penélope se quedó en Ítaca esperándolo como una fiel esposa. Tan fiel era que rechazó los favores de los muchos pretendientes que llegaban a su puerta. Pero como ya se sabe que a los hombres no hay quien los haga desistir cuando se ponen pesados, Penélope se inventó una excusa ya mítica: solo aceptaría volver a casarse cuando terminase de tejer un sudario para el rey Laertes, para quien trabajaba. Pero ¿cómo se las arregló para no terminarlo en los veinte años que tardó Ulises en llegar a casa? Pues bien, Penélope deshacía por las noches todo lo que había tejido el día anterior, de manera que su labor era literalmente infinita.

Y a mí me pasa un poco así. No borro todo lo que he escrito (aunque borrar es parte de escribir), pero sí es cierto que alargo los capítulos, y añado más capìtulos a mis historias con tal de no acabarlas, sobre todo si se trata de algo que a) me encanta escribir, b) no pienso publicar** c) me está ayudando a salir de una mala racha. Esa oportunidad de meterme en las historias y los personajes, de trasladarme a un lugar que sólo existe ahí y que no tiene normas, me evade y me da algo por lo que seguir peleando.

Hay algo adictivo en escribir, y si te das el lujo de olvidarte de las formas por un tiempo, y te reservas ese espacio para experimentar y mejorar, puedes sacarle mucho partido. Y dejar pasar el tiempo, veinte años si hace falta.

¿Y vosotros? ¿Hay alguna actividad o proyecto que os cueste terminar, por lo mucho que disfrutáis haciéndolo?

*    “La Odisea” va del viaje de Ulises (también llamado Odiseo) de vuelta a Ítaca; el libro que habla de la guerra de Troya es “La Ilíada”. Ambos tomos son muy ligeros y de fácil lectura.

* *   En realidad uno de los fics está publicado en Fanfiction.net xD