Anochece en Victoria Roead (tercera parte)

Carlota frenó en seco mientras su amigo avanzaba hacia la caja. Sin pensarlo mucho, lo agarró de la camiseta, pero en lugar de frenarlo, esto solo hizo trastabillar; perdió el equilibrio, y en el camino derribó una torre de latas de galletas danesas, que cayeron al suelo con un estruendo horrible. Owen se desplomó sobre ellas, ya dispersas sobre el suelo del supermercado. Carlota se apuró a ayudarlo. Entonces el extraño de las escaleras se acercó a ellos.

— ¡Es él! — gritó ella, fuera de sí.

Nadie pareció escucharla.

Owen logró incorporarse y se quedó mirando al recién llegado, que se le iba acercando con cara de preocupación.

— ¿Estás bien? — preguntó.

Owen asintió, y le sonrió con esfuerzo. Le dolía todo el cuerpo, y trataba de asimilar lo que ella le estaba insinuando.

Carlota pagó mientras ellos se saludaban, y Owen aseguró que se encontraba bien. El desconocido, sospechoso de homicidio, se despidió de ellos con una sonrisa afable y se marchó tranquilo.

Ellos dos esperaron unos minutos, con la excusa de hacer otra compra de última hora. En realidad lo dejaron todo atrás, diciendo que no llevaban dinero. Carlota estaba frenética, y no acertaba a darle a Owen una instrucción precisa para lo que quería hacer.

— Escucha, vamos a seguir con mi plan — insistió Owen.

— No, ahora ya no podemos — respondió Carlota — . Te ha visto y sabe que lo sabes. Sabe que sabes lo mismo que yo. Somos testigos, sabemos demasiado y podría estar llamando a alguien ahora mismo.

— Escucha, pequeña — replicó Owen, apartándola hacia un rincón al salir del supermercado — . Tienes que calmarte. No sabe nada, porque creo que no tiene nada que ver con esto. Volvamos a casa y preguntemos a los demás si ya saben quién es la víctima.

— No me entiendes… ¡Ya es tarde para volver, tenemos que pensar otra cosa! Tal vez cuando lleguemos a nuestra habitación nos esté esperando un amigo suyo. Vamos a pensar qué hacer mientras lo tenemos al alcance. Mira, se está alejando por ese camino. No vuelve al bloque, eso solo puede querer decir una cosa: es culpable.

Del rostro de Owen ya se había esfumado todo rastro de paciencia.

— ¡Estás paranoica! Estás loca y paranoica. Y si no quieres llamar a la policía, mi trabajo se termina aquí. Te espero en mi habitación.

Carlota soltó un bufido y se cruzó de brazos, mientras él se alejaba. En aquel momento estaba más enfadada que asustada. Sin embargo, no quería volver. Sentía que en cierto modo tenía el control. Todavía no lo había perdido de vista, todavía podía seguirlo. Esperó unos minutos por si Owen volvía. Unos segundo más y no oía ningún ruido, salvo los gruñidos lejanos de algún zorro buscando comida. Entonces lo vio: en un claro entre la maleza, fumando, tal vez planeando una estrategia. Estaba muy cerca del canal que circundaba el complejo.

Cruzó la calzada hacia él, pero se dirigió hacia un punto distante, para no ser descubierta; conocía un camino que las parejas morbosas solían frecuentar. Un solo pensamiento se abría paso en su cabeza, mientras la luz diurna iba desapareciendo: el desconocido seguía estando borracho, y además no se esperaría que ella lo siguiese; contaba con el factor sorpresa. Se detuvo un momento para asegurarse de que no estaba a su alcance, y oteó los arbustos. Seguía ahí, inmóvil, a veces se reía solo. Por el olor, confirmó que no fumaba solo tabaco. Se frotó las piernas, para aliviar el picor de los arañazos que le producían las plantas, y aguardó un poco, mientras el corazón amenazaba con explotar de un momento a otro. No tenía un plan; solo quería tenerlo allí, a su merced, con la guardia baja. Por un momento rogó al Cielo averiguar algo que la sacase de dudas; algo que lo declarase inocente. Por si no era así, buscó en torno a ella algo con que defenderse; a un metro de donde estaba, escondido entre los arbustos y la suciedad, halló un cristal roto, probablemente de una botella. Lo tomó con cuidado, comprobó que era grande y afilado, y trató de respirar con normalidad; la ansiedad empezaba a ahogarla.

Aguzó el oído y oyó otra corriente por encima del canal; miró por entre las ramas y vio que se había puesto a orinar hacia el agua. Esperó un poco y comenzó a dudar; quizá no era tan buena idea estar allí. Quizá Owen tenía razón. Un ciclista pasó a gran velocidad por la orilla de enfrente. No la vio, o eso creyó ella. No tenía sentido seguir allí.

De pronto, cuando ya se había dado media vuelta, oyó un gemido y un chapoteo exagerado. Cuando se acercó, solo pudo ver el agua revuelta y el motivo de que se hubiera asomado demasiado: una gran larga con banderas de colores que sobresalía unos metros, probablemente abandonada por un grupo de amigos que celebraban una fiesta. Aún se podía admirar el extremo que seguía enganchado en un árbol. La cuerda era, al mismo tiempo, el motivo de que no pudiese nadar: se había enredado en ella al caer al canal. El chico no paraba de retorcerse, pero no lograba salir. Carlota lo observó mientras él pedía auxilio, pero ya casi no le llegaba el aire. Todavía tiraba de la ristra de banderitas, tensándola y doblando un poco aquella rama, y también producía grandes burbujas que destacaban en la superficie del agua, cada vez más oscura. En un momento dado, cuando ya se había convencido de que no la había visto, el gorgoteo cesó y la cuerda se relajó un poco. Hubo un silencio cortante y luego volvieron los sonidos que enmarcaban la normalidad de la zona: los insectos, la corriente, el murmullo del viento.

Quizá era hora de marcharse, pensó ella. Volvió al bloque y se metió en la cama.

Carter salió la noche del sábado con una sola cosa en mente: olvidar a su exnovia. Llamó a su amigo Paul, a quien conocía solo desde hacía un par de meses, pero que ya lo había visto deprimirse por la ruptura con Abbey, y juntos se fueron a quemar la noche en los tres pubs que estaban cerca del piso que compartían, cerca de East Acton. Lo que Carter no se esperaba era que Paul le tuviera preparada una cita a ciegas. Cuando su amigo se lo contó, se alegró mucho, pero lo malo era que había que ir a buscar a la chica (una amiga de Paul, con la que él también se había enrollado, aunque nunca se lo dijo) a un enorme edificio de apartamentos, en medio de la nada. Solo eran un par de paradas en metro y un buen trecho andando, pero Carter estaba muy borracho y le daba pereza. Paul insistió, y fueron los dos a buscarla; como poco, conocería a una chica guapa.

Lo malo fue que, cuando llegaron, cerca de las dos de la mañana, Eve ya estaba aburrida de esperar y quería irse a la cama. Paul le mandó un mensaje parar insistir y ella accedió; en el momento en que llegó al exterior y saludó a Carter, éste reaccionó vomitando profusamente sobre el suelo, el banco y el vestido de la chica. Eve se dio media vuelta y Paul se pasó los siguientes diez minutos riendo hasta llorar. Carter fue al lavabo, se despejó un poco, y comprobó que su ropa seguía limpia. Paul lo miró de arriba abajo, y se comprometió a rematar bien la noche. Tardaron muy poco en encontrar una fiesta en el hall del edificio, y después hubo fiestas en las terrazas, en el ático y en alguna habitación. Más alcohol, más chicas, más desfase. Luego, fundido a negro.

Se despertó en el regazo de su amigo, que seguía durmiendo. Después volvió a despertarse, y le sorprendió estar en la escalera de incendios. Posteriormente, Paul le contó que habían tenido que esconderse allí cuando se armó una pelea en la habitación donde estaban, en la octava planta.

Según le dijo, ellos dos y una chica se estaban metiendo coca en el baño, sobre las ocho, cuando apareció el inquilino de la suite, a quien nadie conocía, y empezó a gritarles por armar lío en su habitación. Ya se iban a marchar, pero entonces el recién llegado sacó un cuchillo del cajón de la cocina y se abalanzó sobre los que estaban consumiendo sobre la cama. Los tres aprovecharon para escabullirse, y la chica huyó para encerrarse en su cuarto. Paul recordó algo que le había dicho su amiga: no había cámaras en el cajón de las escaleras. Condujo a su amigo hacia allí, bajaron algunas plantas, y solo salió para comprar algo en una máquina de vending de la lavandería.

Cuando sintió que ya estaban a salvo, y los dos estaban despejados, salieron de allí, y fueron a tomar café en un Costa, a un par de manzanas, por si el loco seguía cerca. Se despidieron, Carter volvió a su casa, y Paul se dirigió de nuevo al bloque para hablar con su amiga y pedirle disculpas. Paul tenía miedo de que volviera a beber, porque Carter llevaba también una mala racha, pero estaba demasiado cansado.

Paul iba a trabajar en ese momento. Se estaba arrepintiendo de haberlo dejado solo. Carter no cogía el teléfono ni respondía a los mensajes desde la noche anterior. Lo que más le escamaba era que Eve lo llamó justo cuando tenía que entrar en el metro, y él no pudo contestar. Tal vez quería decirle algo.

Se recostó en el asiento, y levantó la vista. Frente a él, una chica delgada y vestida de modo impecable estaba sollozando. Se cubría la cara, pero él se daba cuenta. Por un momento, ella abrió las manos, se fijó en él, y volvió a llorar. Finalmente, se levantó y bajó en una estación. Él siguió hasta su parada.