Reseña: “El guardián invisible”, de Dolores Redondo

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Empiezo de nuevo a publicar reseñas de los mejores libros que voy leyendo, y este es uno de los mas apasionantes que he leído en mucho tiempo.

La primera entrega de la trilogía del Baztán combina a la perfección el suspense, el relato femenino de emociones encontradas, y un costumbrismo muy especial, lleno de magia y tradición. Las tres cosas se entrelazan en una novela que nos traslada a lo más profundo de los bosques navarros. Las descripciones son profusas y sensoriales, sin resultar pesadas; en pocos minutos podemos ver la tupida vegetación, oler el petricor y sentir la humedad a nuestro alrededor, mientras la inspectora Amaia Salazar trata de resolver los crímenes del Basajaun, el asesino que tiene en vilo a la policía foral.

Se trata de una serie de asesinatos donde las víctimas, todas mujeres jóvenes, aparecen rodeadas de una simbología que mezcla la misoginia y la tradición. Por este motivo, y debido a su excepcional currículum y sus estudios sobre asesinos en serie en colaboración con el FBI, Salazar es trasladada a Elizondo, su pueblo natal, para liderar la investigación. Durante el transcurso de la historia, Amaia combinará sus dotes de investigadora, su capacidad para elaborar perfiles criminales, y su instinto agudo y entrenado.

Precisamente el instinto es uno de los leit motiv de esta novela, la capacidad innata de sentir más allá de las palabras y los indicios; cómo la usamos, qué pasa cuando falla, y qué podemos hacer cuando la perdemos. Amaia trabaja incansablemente, colaborando con sus compañeros, para desenmascarar al asesino, al tiempo que lucha contra sus propios fantasmas, y siente que ella misma se pone obstáculos a la hora de encajar las piezas. La ayuda de su familia y su compañero Jonan Etxaide, además de un contacto de Quantico; porque esta no es una historia de una mujer sola contra el mundo, sino también de colaboración, apoyo mutuo y sororidad entre mujeres.

Otro de los elementos recurrentes que actúan como causa de conflicto, y a la vez argamasa para dar consistencia a la parte más humana de la historia, es la tradición, una niebla oscura que envuelve a los habitantes de Elizondo y que nubla la vista de la inspectora Salazar, a pesar de que ella necesita recurrir a mitos y supersticiones para avanzar y resolver el caso. Se debatirá entre el escepticismo propio de la investigadora racional, que se basa en pruebas, y la influencia de los ritos y creencias ancestrales, de las que ella es partícipe en cierta medida.

Quizá la parte más emocional, que no sensiblera, de la narración viene dada por el conflicto interno y externo de Amaia, centrado en su familia, Los rencores y la tiranía de algunas mujeres de su casa en Elizondo harán más denso el aire en los días en los que Amaia permanece allí para trabajar, y a la vez también contribuyen a aumentar la tensión de la historia, que mantiene al lector en vilo constantemente. Es una narración netamente femenina, con un equilibrio exquisito entre la realidad, los hechos fríos y terribles, las emociones y las sensaciones que a veces quedan en un limbo; no sabemos si todo lo que ocurre tiene un significado, o tal vez solo sea un reflejo charco, en medio del bosque cerrado.

En definitiva, os recomiendo esta novela, que fue adaptada en una película que se estrenó el año pasado, tanto si os gusta la novela negra pura y dura, que la hay, como si os interesan las narraciones más humanas y profundas; insisto, en este caso las dos cosas están muy bien mezcladas. Cuatro estrellas sobre cinco por mi parte, porque las cinco se las doy a muy pocos.

Para terminar, y para re-inaugurar bien esta sección de reseñas: ¿Qué libros os han apasionado últimamente? ¿Me recomendáis alguno, ahora que ya me conocéis un poco?

 

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Lily tiene un secreto en el desván EL DESENLACE (Capítulo 12 – segunda parte)

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Leire enseñó su placa en recepción, se presentó y pidió que desalojasen en silencio el hall y la primera planta; tenía que impedir poner en peligro a la gente que estuviese deambulando en ese momento. Subió por las escaleras con cautela, los escalones cubiertos de moqueta amortiguaban sus pisadas. La alarmó el silencio total de los pasillos. Recordó que esa mañana tampoco había oído ni visto a nadie entrando o saliendo, ni siquiera las limpiadoras. Al llegar al primer piso, Leire se quitó la parka y la dejó sobre un sillón, en un espacio para reuniones junto a la galería. Siguió subiendo, despacio y alerta. Se remangó la camisa, sacó el arma y la cargó. Sigilosa como un gato, se acercó a la habitación con el cuerpo pegado a la pared donde estaban las puertas; desde allí tenía una perspectiva privilegiada del pasillo, breve y luminoso. Se detuvo un instante para aguzar el oído, y comprobó de nuevo que estaba todo en silencio, inerte. ‘Este es capaz de haber reservado todas las habitaciones de esta planta para acorralarla’, pensó.

Se situó frente a la puerta de la habitación de Lily. En ese momento oyó un grito desgarrador, pero tuvo la sangre fría de aguardar hasta sentirse preparada. Sintió la presencia de alguien al otro lado. Respiró hondo, se giró y disparó a la cerradura. El impacto del proyectil salido de la Glock produjo un ruido ensordecedor, y dejó a Leire un poco desorientada. Dio una patada a la puerta y entró, apuntando al frente.

Su corazón se encogió al instante. La cama y el suelo estaban regadas de sangre. Liliana estaba tendida sobre la cama, con las venas abiertas a lo largo, sangrando a borbotones, y su piel era ahora del mismo tono de blanco de los azulejos bajo la ventana. La habían golpeado y tenía unas correas de cuero ceñidas sobre los codos, para aumentar la presión. Parecía dormida. Sus venas y arterias expulsaban el líquido escarlata al ritmo de sus pulsaciones, ya débiles.

Leire no se movió, y le habló a Alejo, porque sabía que estaba tras ella, acechando.

Fue así como murió Poppie, ¿verdad?

Sí, eres muy lista —contestó Alejo, blandiendo un machete—. Las dos sois muy listas. Por eso habéis llegado hasta aquí. Pero también sois un poco lentas.

Leire se dio la vuelta y disparó contra él; la bala impactó en su hombro, y él se encogió, pero aún así logró propinarle un buen corte en la cara. Leire le quitó el machete, y corrió a auxiliar a Lily, que agonizaba; le comprobó el pulso y notó que tenía una fuerte taquicardia. Le cortó las correas que la tenían inmovilizada. Bajo la cama, Amparo aguardaba el momento de salir. La inspectora no sabía cómo parar la hemorragia, los cortes eran irregulares y algunos estaban desgarrados. Acertó a rasgar las sábanas usando sus dientes y envolver sus brazos con firmeza. Liliana se despertó y gritó,retorciéndose de dolor. Consiguió sujetar el brazo izquierdo con la mano derecha, pero el brazo derecho estaba inutilizado por los cortes; le habían dañado los tendones.

Déjalo, ya da igual… — musitó Lily, agotada.

Calla, tienes que reservar fuerzas.

Amparo subió a la cama sin hacer ruido, cogió el machete, y asestó a Leire un golpe brutal en la cabeza con el mango.

Tienes que aprender a dejar estar las cosas, inspectorcita de mierda —gruñó Alejo, quitándole la pistola —. A veces se pierde, y conmigo perdéis siempre.

Lo siento… —murmuró Liliana, exánime— No creí que pudiese llegar a esto.

Porque eres muy ingenua, querida —dijo Amparo, atando las manos a Leire, y dejándola tumbada al lado de Liliana.

Vamos a terminar con esto ya —dijo Alejo—. Pásame el machete.

No puedes usar el brazo izquierdo, idiota. Lo haré yo.

Puedo hacerlo mejor con una mano que tú con las dos. Dámelo.

Amparo titubeó, con el arma en la mano. Alejo se guardó la pistola en los pantalones.

Trae aquí, joder, que el otro poli va a venir en seguida —dijo Alejo, arrancándoselo de las manos.

El golpe había dejado a Leire dolorida y confusa, pero sabía lo que le esperaba, y era capaz de pensar en sus seres queridos. En su madre, en una cama de hospital; en su hermano; en su hermana, donde quiera que estuviese. En Salvador, que no iba a llegar a tiempo. Amparo la sujetaba por los hombros con fuerza. Liliana ya no se movía.

Me juré que me lo pagaríais, cada una lo suyo, y lo vais a hacer a la vez. Esta ya está finiquitada, y a ti te voy a rebanar la puta cabeza.

Alejo se situó frente a Leire. Ella vio las marcas que los arañazos de Tamara había dejado en sus musculosos brazos.

¿Qué te hizo Liliana? —preguntó Leire, a modo de última voluntad.

Robarme —dijo Alejo, mientras apartaba el pelo del cuello de Leire—. Robarme chicas, amigos, contactos… Y ahora me iba a robar mi carrera, largando lo que no debía.

En ese momento alguien golpeó la puerta con fuerza, y Alejo se sobresaltó.

¡Eh! —gritó Miguel, acercándose a zancadas— Se acabó, hijo de perra, te voy a matar.

Se abalanzó sobre Alejo, y empezó a pegarle salvajemente. El machete cayó al suelo con un golpe seco. Miguel no tenía más armas que sus nudillos, y golpeaba sin cesar la cara y los brazos de Alejo. No era tan fuerte como él, pero estaba lleno de ira y sabía que solo tenía una oportunidad de salvar a Liliana. Alejo se defendía con fiereza, y Miguel le metió los dedos en su herida de bala. Pronto los dos estaban cubiertos de sangre y sudor.

Leire aprovechó la confusión para zafarse de Amparo, encogiéndose y rodando hasta caer al suelo. Consiguió encontrar un lugar a salvo, de espaldas a la pared, y pateó a Amparo en la cara, dejándola fuera de combate. Volvió a acercarse a Liliana, pero con las manos atadas le era imposible ayudarla. Había sangre suya por todas partes, y el olor a hierro empezaba a marearla. Se sentía impotente y llena de angustia frente a Lily, sin poder hacer nada. Miguel se volvió hacia la cama y trató de ayudarlas, pero Alejo sacó el arma y apuntó a Miguel en la cabeza.

Buen intento, capullo —masculló, con la cara ensangrentada—. Ahora vais a ser tres en vez de dos.

Suelta la pistola o pinto la pared contigo —dijo Salvador.

El detective acababa de entrar junto con los refuerzos.

¿No vas a leerme mis derechos? —contestó Alejo.

Me lo estoy pensando —respondió Salvador, fuera de sí.

Amparo levantó las manos en señal de rendición. Alejo siguió apuntando a Miguel, obcecado.

Por favor, déjame despedirme, se está muriendo —balbuceó Miguel, mientras sollozaba.

No, ya no. Sabéis demasiado.

Alejandro, hay al menos cinco agentes de la Policía aquí y están llegando más —dijo Leire, jadeando, pero con voz firme—. Ya tienes un cadáver, y puede que dos, sobre los hombros. No lo empeores.

Alejo musitó algo para sí mismo y apretó el gatillo. Erró el tiro y dio en la pared, y casi de inmediato Salvador le disparó en la cabeza; la bala atravesó a Alejo e hizo añicos el cristal de la ventana. Se hizo el silencio, y Leire contuvo una fuerte arcada, producto del asco y la ansiedad.

Tres miembros del SUMMA entraron y trataron de asistir a Liliana. La cama donde yacía era una escena dantesca, la colcha color marfil con ribetes en negro era ahora de color rojo brillante, y Liliana parecía pequeña y rota en medio de ella, hecha un ovillo. Había sangre suya en la ropa de Leire, pero ésta no se daba cuenta, debido al shock.

Tú… —musitó Leire, confusa, mirando a Miguel, mientras Salvador la desataba—. Tú eres el cantante.

Miguel asintió, mientras acariciaba el pelo de Liliana, inconsciente.

Sí, soy yo —contestó él, y se volvió hacia ella, con los ojos llorosos—. No nos han presentado, pero me acuerdo de ti. Gracias por intentarlo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 12: primera parte)

dbd0aba7db69e721eaf88f460f171b9aCuando Leire apareció en el bar “Dinarama”, Liliana se quedó muy sorprendida de verla. La invitó a sentarse con ellos. La artista llevaba la misma ropa que hacía un rato, pero se había puesto un pintalabios rojo oscuro que le quedaba muy bien. Era su pintura de guerra.

Ya se iban, puedes quedarte aquí —le dijo Lily, ofreciéndole asiento y levantándose para ir a la barra—. ¿Qué te pido?

Un agua.

Tía, son las tres. Yo voy a pedir una hamburguesa y patatas.

Vale, pues lo mismo. Y una caña.

¡Bien! Esa es mi chica.

Leire la vio sonreír por primera vez.

Leire se sentó en el banco de madera y observó el interior del local. Le gustó porque, a pesar de ser un local nostálgico de los años 80, era luminoso y acogedor, no otro remedo de discoteca oscura. Pensó que tendría que haberse quedado a hablar con Salvador, estando en un punto tan crítico de la investigación, pensó que tenía que haber retenido a Alejo como fuese; pero no podía más. La camarera trajo las cervezas. Leire probó la suya y empezó a relajarse. A fin de cuentas, ella también estaba trabajando en la investigación en ese momento. Liliana llegó con la comida y las dos empezaron a almorzar.

Vale, a ver —dijo Liliana, hablando con la boca llena—. Prefiero no contártelo aquí, hay demasiada gente, pero me parece que estamos errando el tiro en todo esto.

Alejo llevó el vestido a la tintorería.

Liliana no se sorprendió.

Fue él, ahora lo sé —respondió, dejando la hamburguesa en el plato—. He estado dándole vueltas, y… Alejo sabía cosas sobre mí, sobre nosotras. Y es una de las personas más retorcidas que conozco. De verdad, no te lo imaginas. Luego te daré más detalles.

¿Te maltrataba? —preguntó Leire, más como amiga que como policía— ¿abusó de ti alguna vez?

No, él era más elegante que todo eso —dijo, mirando alrededor con desconfianza y sin dejar de masticar—. Para que te hagas una idea de cómo era, te haré un resumen de nuestra relación. Yo entré a formar parte de la banda hace once años, y para entonces ya llevábamos saliendo un tiempo. A los dos meses de empezar la primera gira ya me estaba poniendo los cuernos. Yo lo sabía, y se los puse también. Pero lo nuestro funcionaba, de alguna manera. Cuanto más extraño era el ambiente entre nosotros, cuanto más nos peleábamos, mejor funcionábamos como banda.

Liliana miraba a Leire con nostalgia, pero también con una sombra de temor. Parecía que no quería admitir lo cerca que había estado de ver el lado más oscuro de Alejo.

Miguel estaba harto de nosotros, de las peleas, y de los polvos, pero aquello funcionaba. Estuvimos así durante… tres años. Luego le dejé, porque realmente me hacía daño, y él quiso echarme del grupo. Miguel no se lo permitió. En la siguiente gira, que era en Reino Unido, él me arrimó más el paquete en el escenario que nunca antes. O sea, todo el público lo notaba, y se volvían locos, claro. Estuvimos unos meses así, y luego quiso volver, le dije que sí, y luego me volví a cansar y volví a dejarle. Pues en el siguiente año, me presentó como su novia al menos a diez personas, conmigo delante, para aprovecharse de que yo atraía a la gente. Yo era su puta a casi todos los efectos, me paseaba por ahí como su chica para comprar favores. Lo hace con sus novias, exnovias, ligues y amigos, todo el tiempo. Si cree que puedes atraer a gente importante, te pone en la bandeja. Hay gente que dice que no tiene talento musical, solo es un encantador de serpientes. Y de otro lado, nunca superó lo nuestro. Me echaba la culpa de todos sus males, y cada vez que discutíamos por cosas de la banda, porque ya no había nada personal, me decía una y otra vez que yo no significaba nada para él. Luego se le fue pasando. Pero te aseguro que, para cuando me dejó en paz, ya había salido con docenas de mujeres.

¿Y cómo aguantas estar con alguien así?

Liliana se encogió de hombros.

Por el dinero —respondió, resignada—. No he trabajado en un empleo normal desde hace mucho, y no sabría volver a eso. No tengo disciplina para una carrera en solitario, de hecho según Alejo no sé cantar, y me da pereza formar otra banda. De todos modos, con el sistema de no vernos a menos que estemos de gira, lo llevo muy bien. Y Miguel es mi mejor amigo. No sé. Sé que no es normal.

¿Era eso lo que querías contarme? —preguntó Leire, un poco incómoda por no ir al grano.

Vamos a terminar de comer y te llevo a otro sitio, no te lo quiero contar aquí.

Las dos terminaron de almorzar y se fueron; Liliana dejó una buena propina. Leire se alegró de salir y respirar el aire del exterior, en una zona ajardinada de la plaza del Dos de Mayo.

A ver, lo que me has contado de la escena del crimen tiene que ver con algo que pasó otro día que también estaba Tamara —dijo Liliana, poniéndose su chupa negra mientras se apoyaba en el respaldo de un banco del parque—. Me nombraste las púas. Pues esa noche estaba el antiguo bajista de la banda, que es amigo de Miguel, y a veces nos vemos todos juntos. Fue otro concierto en Madrid. El primero, que tú me mencionaste, fue en la sala Arena. Este que te digo fue después, en la Riviera. El caso es que que mirado fotos de aquella noche, y volvías a estar tú.

Leire se quedó sin habla y casi sin aire.

Me nombraste un vestido y unos pendientes, y esa noche yo los llevaba puestos también. —dijo Leire, mientras sacaba su iPhone y sus dedos recorrían la pantalla frenéticamente—. Era el cumpleaños de Alejo. Esta foto la sacó Miguel desde el escenario.

Liliana le enseñó una imagen a Leire. La inspectora estaba entre el público, en la tercera fila, con su exnovio.

Llevo dándole vueltas a lo de la púa desde que me lo dijiste —continuó, y encendió un cigarrillo—. No tenía sentido que pusiera las dos púas, y menos una dentro de la garganta de Tamara. Pero puede haber una explicación. Por entonces Alejo ya no estaba tan interesado en ella. Sé que Tamara se enrolló con algunos amigos suyos, y es probable que lo hiciese con el amigo de Miguel. Y me parece que escogió rememorar esa noche por ti, además de por Tamara. En esa época él… Bueno, Alejo pasaba farlopa cuando estaba aquí. Y le confiscaron un paquete a un colega suyo, con el que hacía negocios. Dijo que había sido un chivatazo por un homicidio en Madrid. No me lo contó a mí, sino a Miguel, pero luego Miguel se cansó de guardarle secretos. Así que, sin saberlo, le jodiste un negocio, y gracias a sus contactos, habrá averiguado que eras tú. Lo que no entiendo es… Si el mensaje era para mí, ¿Cómo iba a saberlo? Y si era para ti, ¿Cómo iba a decírtelo?

Tú eras la que iba a encontrar el cadáver —dijo Leire, muy concentrada, tratando de hilar los hechos—. Tal vez Alejo lo supo, tal vez tú le dijiste que ibas a venir. Amparo es su cómplice, hemos encontrado pruebas que la sitúan en la escena.

Joder —dijo Liliana, y se tapó la boca con las manos—. Joder.

¿Qué móvil podría tener para matar a Amparo, o ayudar a Alejo?

A saber —dijo Liliana, visiblemente dolida—. Le gusta mucho el dinero, y Tamara le caía mal, le parecía una niñata y una trepa. Como si ella hubiese hecho otra cosa que poner el coño para prosperar.

Empezaba a llover, y Leire se arrebujó dentro de la parka.

¿Crees que estamos en peligro? —preguntó la artista, en un susurro.

No lo sé, pero no vayas a dormir al hotel.

¿Y crees que puedo dormir en tu casa?

Leire se sorprendió de la petición, y por un momento sospechó de sus intenciones.

Bueno, aún es temprano —dijo Leire, mientras echaba a andar deprisa, y Liliana la seguía—. Podemos ir a la comisaría. Además, hay algo que me tienes que contar aún.

¿El qué? —preguntó Liliana.

¿Cómo es que de pronto crees que Alejo sí quería matar a Tamara? Dame un pitillo.

La chica de la que hablamos por la mañana, Poppie… Bueno, la he buscado por Facebook. Se suicidó hace tiempo, hay una página en memoria suya. Y hay páginas de amigas suyas que cuentan cosas de aquellos tiempos y tienen su carta de suicidio. Parece ser que Alejo abusó de ella por entonces. Tamara a veces hablaba de Poppie. Creo que… Creo que Tamara sabía cosas, y Alejo quiso silenciarla. Además de hacerme daño.

Lo de que la mató para hacerte daño era una estrategia para hacerte hablar —dijo Leire, encendiendo el cigarro.

Liliana negó con la cabeza, y sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

Yo la quería —contestó Liliana, parando en seco—. No en un sentido romántico, o puede que sí, pero la amaba. Quería hacerla feliz —suspiró hondamente y se peinó el pelo con los dedos—. Cuando la primavera pasada me dijo que estaba más centrada y que quería volver a la universidad, le pagué los créditos que iba a hacer este año.

Liliana se apoyó en un escaparate, y se quedó mirando sus manos, como queriendo sacar las palabras de las puntas de los dedos. Leire no sabía qué decir. Nunca había sentido algo así por nadie, a pesar de haber estado casada.

Y Alejo me odia lo suficiente como para acabar con alguien por eso.

Se subieron al coche, después de que Leire revisase la parte de atrás y los alrededores, aunque sabía que nadie podía haberlas seguido hasta allí.

Quiero ir al hotel para coger mis cosas, si no te importa —dijo Liliana—. Damos un rodeo, y me dejas antes de doblar la esquina.

¿Necesitas ayuda para bajarlo todo? ¿Qué has traído?

Bah, una maleta y una bolsa, nada más. ¿Siempre vas así a trabajar? —preguntó Liliana— ¿Una camisa y una parka?

Mi sueldo no da para mucho más… Además, tengo que transmitir seriedad, y ya sabes cómo son los tíos. Si vas de tacones, no te quejes de que te duelen los pies, si vas de falda, vas provocando, si…

Si te pintas los labios eres una puta y si no te los pintas una amargada.

Ambas rieron.

Hay algo que yo no te he contado —dijo Leire, en voz baja—. Anoche encontramos el bolso de Tamara, y dentro había algo para ti. Creo que ella de algún modo quería hacértelo llegar .

El corazón de Liliana dio un vuelco, y ella se quedó expectante. Leire aparcó el coche cerca del hotel y sacó una nota.

He visto que era para ti, pero no la he leído. No la he procesado en busca de huellas.

Liliana la cogió, temblorosa.

No la puedo leer ahora —murmuró, emocionada.

Liliana sujetaba la nota como quien ha encontrado un recuerdo de un amor perdido y no lo quiere abrir para no estropearlo. Jugaba con el papelito blanco doblado entre sus dedos, saboreando el momento.

Quédatela. Anda, sube, coge lo que tengas que coger, y nos iremos.

Gracias. ¿Por qué haces esto por mí? Solo soy una testigo, deberías tratarme como a los demás.

Eres parte de este caso del principio al final—admitió Leire—. Fuiste sospechosa, luego testigo, y ahora creo que necesitas protección. Y yo debería estar ya en la comisaría, pero me he ido porque mi compañero es gilipollas. El caso es que estoy aquí, y quería hacerte un favor.

Lily asintió, reconfortada. Guardó la carta en su bolso.

Ahora vuelvo.

Liliana respiró profundamente, y salió del coche.

Leire miró su Samsung S5, que en ese momento parpadeaba con una luz verde. Se decidió a mirarlo. Salvador la había llamado dos veces. Y en ese momento volvió a hacerlo.

Dime.

¿Dónde coño estás?

En la calle, ahora vuelvo, necesitaba despejarme.

Vale, oye…—La voz de Salvador sonaba firme y apremiante— Siento lo de antes, pero por favor, ven ya. Alejo se ha ido con su abogado, no podíamos retenerle, pero ahora han llegado los resultados de los análisis de los brazos. Hay huellas de Alejo. Y un tatuaje nuevo, se ve que es reciente. Es una urraca. ¿Te dice algo eso?

Liliana tiene uno igual —respondió Leire, con voz átona, expectante.

Vale, pues tiene cortes por encima, y luego hay quemaduras de cigarrillo. La torturaron. Y por último, al menos de momento, han encontrado restos debajo de las uñas, como si se hubiera resistido. ¿No te fijaste en que Alejo venía muy abrigado? Seguro que le arañó los brazos o el pecho.

Leire respiraba con dificultad.

De acuerdo —respondió—. Iré en cuanto pueda, estoy esperando a alguien.

Salvador tardó unos segundos en responder.

Pues espabila. Ese cabrón a está en busca y captura, y cuando me lo traigan más vale que estés aquí, si no quieres que salgamos todos en las noticias, porque no voy a cortarme.

Salvador colgó el teléfono. Leire se lo quedó mirando, sin poder procesar toda la información. Cogió su libreta y empezó a anotar todo lo que le había dicho Liliana, y lo que le acababa de comunicar Salvador. Más lo del ticket de la tintorería. No había duda. Lo habían tenido delante y se les escapó. No creía que la culpa fuese suya totalmente, y Salvador tampoco se lo había dicho, pero aún así…

Cuando terminó de anotarlo todo, se dio cuenta de que ya hacía diez minutos que Liliana se había ido. La llamó, pero su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Mierda. No puede haberle dado tiempo a salir y venir aquí —dijo en voz alta, sola dentro del coche.

Pero Salvador le dijo que le habían informado de todos esos datos después de que se fuese, y la comisaría no estaba tan lejos; sobre todo para alguien que tenía un plan, que sabía dónde dormía siempre Liliana y que podía conseguir todo lo que quisiera. Así que sí le habría dado tiempo. Cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de rememorar la disposición de la habitación para saber cómo moverse cuando llegase. Luego llamó a Salvador.

Voy a entrar en el Hotel Sintra, calle Conde Duque, esquina Travesía —anunció Leire, aparentando serenidad—. Creo que Liliana está en peligro. Necesito refuerzos.

¡Ni se te ocurra! —gritó Salvador— Quédate donde estás, por favor. Dame diez minutos.

Ella no tiene diez minutos.

Leire colgó, comprobó su arma, y salió como un rayo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)

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Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Liliana siempre se alojaba en el mismo hotel cuando iba a Madrid, en un pequeño hostal en la calle del Conde Duque. Sólo había dos habitaciones por planta, y eran muy amplias, con una cama tamaño king size y sábanas de hilo. Liliana dormía habitualmente en la suya, a veces en las de otras habitaciones. El cuarto de baño era luminoso y colorido, con bañera de patas de león y las paredes alicatadas con azulejos portugueses. Esa era una de las razones por las que Liliana lo escogió, porque le recordaban a la casa de sus abuelos en Portugal. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 5)

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Leire resopló. Acababa de pedir a su compañero, el detective Salvador Arribas, que entrase en su despacho para seguir con el trabajo, porque no quería estar en la estancia común del departamento. Ya no podía pensar. Salvador no sabía si eso podría ayudar. A sus cincuenta y cuatro años había pasado por ese punto muchas veces: el bloqueo en una investigación, cuando nada parece tener sentido, y uno se toma un respiro para meditar. La mayoría de las veces eso no servía de nada. Sus ojos marrones, arrugados y relativamente atractivos habían visto muchos casos archivados, y sus enormes manos habían llevado muchas pruebas al almacén, y las habían metido en cajas con etiquetas para que durmieran el sueño de los justos. Pero Leire era demasiado terca como para no hacerle caso, y demasiado lista como para que aquel esfuerzo no mereciese la pena. De modo que el detective llevó sus casi dos metros y sus ciento diez kilos al interior del despacho.

Estoy harta y solo ha pasado un día —dijo—. No hay pistas, no hay testigos, parece que esa chica apareció muerta por arte de magia.

Vamos, anímate —respondió Salvador—. Ayer identificamos a la víctima, y ya tenemos una lista de sospechosos bastante larga.

Sí, eso es—replicó Leire—. Tenemos una lista enorme de sospechosos, son sesenta —Se dejó caer en la silla de oficina y dejó caer su cabeza en la mesa por un segundo. Luego la levantó—. Y no hemos encontrado los brazos.

Aún es pronto, vamos bien —respondió Salvador, tratando de calmarla—. Seguimos intentando encontrarlos en los vertederos y las plantas de residuos de los hospitales. De momento no podemos hacer más. Y de esos sesenta, descartaremos los que no tengan una coartada firme.

Podemos y debemos hacer algo más. Los padres de la chica van a llegar de un momento a otro. Ni siquiera hemos encontrado su bolso.

Vale, te diré lo que vamos a hacer. Vamos a mirar lo que tenemos.

Salvador se levantó, trajo al despacho de Leire una pizarra Vileda y la apoyó contra una pared, frente al escritorio. Comenzó a escribir palabras clave en lugares separados, para poder unirlas después. Leire estaba entretenida mirando mensajes personales en su móvil, porque no quería hacerle caso.

Bien, tenemos la identidad de la víctima, a falta de la identificación por parte de sus padres, y por su ADN —retomó Salvador—, tenemos una lista de sospechosos y tenemos una línea de investigación basada en Liliana. —Salvador escribió “Liliana” en letras tan grandes como “Tamara”—. Sabemos que probablemente el asesino está relacionado con ella y con su banda.

Leire miraba la pizarra fingiendo que no tenía interés.

Tamara era de Granada. —Salvador hizo un croquis del mapa de España y señaló ambas ciudades—. Desapareció hace tres semanas, durante las cuales nadie la vio por ninguna parte, y apareció muerta ayer por la mañana en un trastero del Sur de Madrid. —Delineó una línea temporal a la derecha de la pizarra—. No se han encontrado sus huellas en la escena del crimen, por lo cual es probable que ella nunca hubiese estado allí antes.

Es genial —refunfuñó Leire, sin mirarle—. Absolutamente genial, me has animado de la hostia, gracias.

Continúo —gruñó Salvador—. Tamara era una fan de la banda. El asesino es, o bien un fan loco, o un enemigo de Liliana.

No creo que tenga enemigos, es un músico.

Yo no lo descartaría. Es una exadicta, probablemente tenga deudas, y esta gente siempre triunfa a base de hacer chanchullos en el espectáculo, por lo que puede que deba favores.

Vale, admito la propuesta —Leire se levantó y se acercó a la pizarra—. A ver si llega ella mañana y nos ayuda.

Yo la considero sospechosa —afirmó Salvador, rodeando el nombre de la artista en color rojo.

¿Sospechosa de qué? Tiene una coartada sólida, estaba a cinco mil kilómetros.

Puede que no sea la autora material, pero seguro que está implicada. Piénsalo, un crimen ritual, con un escenario preparado, gente famosa y con pasta… Seguro que lo encargó ella.

Hay otra cosa —dijo Leire, acercándose a la línea temporal—. Tenemos un agujero de tres semanas entre que la chica desaparece sin dejar rastro, y aparece muerta a cientos de kilómetros.

Sí, habrá que reconstruir su historia para localizar al asesino.

No solo eso —continuó Leire—, necesitamos saber qué pasó en ese tiempo para localizar los brazos.

¿Cómo? Se los cortaron mientras estaba viva, pero las heridas eran muy recientes, así que estarán donde la mató, o muy cerca. Pero no nos sirven para nada.

Piénsalo. —Leire se levantó y empezó a dibujar espirales, mientras pensaba—. Esto no es sólo una mutilación ritual, ni un mensaje para Lily, es algo más. Si solo fuese eso, los habría dejado al lado, ¿no? Formarían parte de la escena.

No los podía dejar a la vista porque no quería que la identificásemos por las huellas.

La íbamos a identificar de todas maneras, gracias a la canción. Fue fácil —contestó Leire—. Escucha, aquí hay algo más. Empiezo a pensar… empiezo a pensar que el asesino sabe que yo también soy seguidora suya.

¿Qué? —exclamó Salvador— ¿Insinúas que sabe que te gustan los Silver Linings, que conoces sus canciones?

Sí. —La expresión de Leire se ensombreció—. Y creo que está jugando conmigo.

Salvador se puso muy serio y cerró la puerta del despacho.

Eso es muy grave. Explícate.

Verás, yo… He estado revisando las fotos de Tamara en las redes sociales, y… esa foto donde sale con Lily y ella lleva el vestido azul, bueno… Yo estuve en ese concierto. No fui a back stage, pero estuve allí, en la sala Apolo. Era mi cumpleaños, me invitó mi exnovio.

Así que el asesino quiere hacer daño a Lily, y escoge a la chica a la que ella le dedicó una canción, ¿pero también sabe que lo ibas a investigar tú? —preguntó Salvador, incrédulo— Eso es imposible, no podía saberlo.

Tamara no era su musa, la canción tiene seis años —le corrigió Leire—. Lo que es seguro es que nos está dejando pistas y las estamos siguiendo, y me da la sensación de que las claves para encontrarlo a él son más complicadas, y tengo miedo de estar pasando por alto algo tan grande que cuando lo vea me sentiré humillada.

Si se lo digo ahora mismo al comisario Vázquez, estás fuera del caso.

Leire lo miró a los ojos fijamente, apoyada en la mesa.

Pero no vas a hacerlo.

Acabas de admitir que estás involucrada.

Y tú también lo estás —replicó Leire, firme— Llevas desde ayer sin dormir y casi sin comer, y ahora mismo estás sudando porque quieres resolver este caso. Tamara tenía dos años menos que tu hija cuando la mataron, y no vas a descansar hasta que cojas a ese cabrón. ¿Me equivoco?

De acuerdo. —Salvador abrió los brazos, herido, en señal de rendición—. ¿Qué sugieres?

No quiere que encontremos los brazos, y por eso nos ha permitido identificarla, para que pensemos que no son importantes— Leire volvió a enfrentarse a la pizarra, y cogió un rotulador azul—. Y estoy convencida de que lo son. Ahora, déjame pensar en alto un momento.

Vale —respondió Salvador, expectante.

Esta chica se fue de casa hace tres semanas, y nadie supo más de ella. —Leire dibujó una bifurcación que salía de “Tamara”.— Hay dos opciones, o fue secuestrada por el asesino, o se escapó de casa y él la encontró y la mató, pero eso es demasiada coincidencia, y estamos de acuerdo en que aquí no hay coincidencias.

Te sigo.

Si no la secuestró, cabe la posibilidad de que la encontrase deliberadamente, porque ella contactó con Lily o con alguien de su banda en algún momento. Si se fue voluntariamente, puede que necesitase dinero o recursos.

Callejón sin salida, ninguno de ellos estaba en España.

Bien. Volvamos a la noche de autos. —Leire dibujó otra línea temporal debajo de la anterior—. Lily aparece a las 6.45 de la mañana en la calle Méndez Álvaro, y no hay ni rastro de sangre ni testigos que oyesen gritos o golpes, ergo, fue asesinada en otra parte. Y el asesino dejó los brazos allí. El forense ha afinado la hora de la muerte en la una de la mañana. Son casi seis horas para mover el cadáver.

Correcto.

Pues yo digo que no la mató en Madrid. Sería demasiado fácil, piénsalo. Estamos buscando debajo de las piedras, pero sin salir del ayuntamiento, y algo me dice que es un error.

Espera. ¿Crees que la mató en Granada?

Creo que Tamara nunca salió de Granada. Creo que se fue de casa con él de forma voluntaria, piensa que si no hay signos de violencia es muy probable que lo conociese. Se fugan, ella se arrepiente, y por algún motivo él la mata y la mutila y se trae el cuerpo. Le habría dado tiempo de trasladarlo hasta aquí.

Hay lagunas enormes en lo que acabas de decir, como por ejemplo que nadie se fuga de casa después de los dieciocho, pero sí estoy de acuerdo en que los brazos no están en Madrid porque no quiere que los encontremos. —Salvador dibujó una línea que unía “Madrid” y “Granada”—. Voy a hacerte un favor y voy a ignorar casi todo lo que has dicho, y vamos a suponer que no están aquí. Yo digo que tampoco están en Granada, es una ciudad de menos de trescientos mil habitantes. El asesino no se puede arriesgar a que los encontremos en un sitio tan pequeño.

Vale. Entonces, en el camino. De todos modos, yo miraría en granjas y mataderos de la ciudad.

Pero va a ser mucho más sencillo mirar en los mataderos y las granjas de la carretera entre aquí y allí —contravino Salvador, poniendo puntos desperdigados a los lados de la línea —. Terminaremos antes.

Son más de cuatrocientos kilómetros.

Piensa que son miles de kilómetros menos de lo que teníamos hasta ahora. —Salvador sonrió, satisfecho—. Bien, yo me pondré con eso. Tú, mientras tanto, reza para que los padres encuentren un atasco monumental en la autovía o una manifestación al entrar en la M40 y ponte a buscar canciones de ese grupo que hablen de coches.

¿Qué?

Hazme caso. A lo mejor el asesino no es tan listo como creemos y solo es un friki que quiere montar películas sangrientas usando el universo de su grupo favorito. No puedes descartar nada de momento. Tienes razón en que los brazos nos pueden dar mucha información, pero no te quedes con la idea de que él sabía que la identificaríamos de otro modo. Le viene muy bien que perdamos el tiempo. Y hay que saber por qué.


Lily cerró la bolsa de deporte y la maleta y revisó el contenido de su bolso de mano. Luego se hizo un sándwich con lo que quedaba en la nevera (su parte de la misma), se despidió de sus compañeras, que pululaban por el apartamento sin hacerle mucho caso, y salió de casa con tiempo de sobra para llegar en tren al aeropuerto JFK.

Cuando llevaba veinte minutos de recorrido, recibió una llamada de teléfono. Sacó su iPhone del bolsillo de la cazadora de cuero y leyó un número de teléfono de España. Lo cogió.

¿Sí?

Hola, soy la inspectora Leire Chamorro, de la brigada de homicidios de la policía judicial española. —Leire tomó aire para continuar— ¿Es usted Liliana Sandoval?

Sí, soy yo. Ayer hablé con un compañero suyo, voy de camino al aeropuerto.

Vaya. Bueno, lo que le quiero pedir es muy particular, y espero que no le cause un contratiempo.

Dígame.

Verá… —la voz de Leire sonaba pastosa, como si arrastrase las palabras, debido al cansancio y a lo mucho que le costaba asimilar todo aquello— Llevamos desde ayer tratando de aclarar muchas cosas de este caso, y hay algo que… Bueno, definitivamente el asesino o asesinos tienen una fijación con su música, y hemos averiguado algunos datos muy importantes acerca del crimen gracias a detalles relacionados con canciones suyas. La víctima era una fan de su banda musical.

Liliana sintió un escalofrió que restalló en la nuca, fue bajando por su espalda y sus piernas, y luego subió a sus brazos. Se quedó rígida y muda.

Bien, quiero que haga lo siguiente —continuó Leire, reuniendo el valor—. Quiero que traiga todo lo que tenga guardado de las canciones que usted ha compuesto, letras, borradores, grabaciones inéditas… Sobre todo cosas que no hayan sido publicadas. Me da la impresión de que podría ser muy importante.

Pero eso es imposible —respondió Liliana, tratando de reponerse—, eso no lo he publicado, así que aunque se trate de un fan loco, no podría conocerlo.

Mire, no sé si es un fan o alguien que la conoce muy bien a usted, no sé si usted ha sacado fotos de ese material y las ha publicado en redes sociales, no sé si hay cintas pirata o lo que sea que hacen hoy en día los fans. Por favor, intente hacer lo que le digo.

Lily calculó mentalmente el tiempo del que disponía y decidió bajarse en la siguiente parada.

De acuerdo, lo haré —resolvió Liliana, tras unos segundos—. Nos vemos mañana.

Muchas gracias, hasta la vista.

Leire colgó el teléfono, lo usó para sacar una fotografía de la pizarra de su despacho y la borró. Se despidió de Salvador, se fue a su piso de la Latina y se metió en la cama.

Lily se bajó en la siguiente parada y cogió el metro para llegar al estudio de grabación Dragon’s Lair, en dirección Norte. Contaba con dos horas y media de margen antes de la salida del vuelo, pero solo una hora y media antes del cierre del mostrador de facturación. Era muy poco para coger lo que le hacía falta, pero parte de ella sabía que debía hacer lo que la inspectora le decía, porque tenía que hacer todo lo posible para resolver el caso. Por su propio bien.

Al llegar saludó a Jim, el portero, que ya la conocía de las tres últimas y tormentosas sesiones de su banda, y le pidió permiso para pasar al almacén donde estaba el material de Silver Linings, que habían dejado allí de forma temporal. Cogió su bajo y su guitarra con intención de llevárselos, y volvió a dejarlos en su sitio para no gastar demasiado facturando los instrumentos. Luego observó el almacén, con todos los equipos y las cajas de material, y se imaginó en su propio trastero, con el cuerpo de la chica a sus pies. Se le encogió el corazón.

Abrió la bolsa de deporte, sacó cosas que probablemente iba a utilizar en España, y que había cogido para que no las usasen sus compañeras, y las fue depositando en aquellas cajas del estudio que eran de su propiedad. Finalmente seleccionó las cintas y los papeles que eran solo suyos o suyos en su mayor parte, que no tuviesen muchas letras de los demás (lo cual era difícil), y fue acomodando todo en el espacio libre de la bolsa. La cerró y se encaminó de nuevo hacia el aeropuerto, con menos tiempo de margen del que querría. Se tranquilizó pensando que se había quitado casi todos los piercings, y con suerte no la entretendrían mucho en el control de pasajeros.

Por el camino volvió a pensar en la llamada de la inspectora. Llegó a la conclusión de que la consideraba sospechosa del asesinato, o al menos implicada en el mismo. Tal vez debería haber llamado a su abogado. De todos modos el que había contactado más veces vivía en Madrid, así que lo tendría cerca. Al llegar al aeropuerto subió en el ascensor con todas sus cosas hasta el mostrador de Iberia, y allí empezó a pesar su equipaje. Cuando iba a sacar la tarjeta de embarque, una mano larga y huesuda apareció por su costado y le quitó su pasaporte, que estaba encima del mostrador. Se volvió para tratar de recuperarlo y vio a Miguel, riéndose.

Pero qué… Devuélveme eso, capullo —le regañó ella, cariñosamente—. ¿Qué puñetas haces aquí?

Sabía que aún no te habrías ido —respondió él, y la abrazó—. Pillé el primer vuelo que salía de aquí y que podría coger al volver. Salí ayer de Seattle y hoy he aprovechado para ver a unos amigos en Manhattan.

¿A unos amigos?

Quien dice unos amigos, dice mi abogado —respondió, apesadumbrado—. Tía, esto nos va a joder pero bien. Pase lo que pase. Por eso no quería que fueses sola.

Y porque sabes que es posible que te interroguen —replicó ella, cogiendo la tarjeta y su pasaporte—.

Miguel guardó silencio mientras facturaba sus maletas.

¿Ya sabes quién es? —preguntó Miguel cuando se dirigían al control de seguridad— Digo la chica muerta.

No, no me lo han querido decir —respondió Lily, mientras se quitaba sus accesorios y los dejaba en la bandeja—. Pero tengo una corazonada. Espero que no sea quien yo creo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 4)

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Leire llevaba una hora observando las fotografías de la escena del crimen. El cuerpo estaba tumbado boca arriba, con la cabeza mirando a su derecha, y las piernas dobladas hacia el lado contrario. Nada era casual, era un montaje cuidado e intencionado. “Un loco”, habrían dicho los medios”. “Un artesano”, pensaba ella. Vio la púa en su lugar, junto a la cadera derecha; eso constituía un mensaje. Los brazos ausentes, otro. Pero no podía interpretar ninguno de ellos. Leire estaba agotada y frustrada.

Eran las cuatro de la tarde, y su estómago rugía ferozmente. Se levantó de su silla, tapó las fotografías con carpetas y salió, cerrando la puerta de su minúsculo despacho.

Oye Salva, ahora vengo. Tengo que comer algo.

El la miró, compasivo.

Vete a casa, ya hace rato que deberías haberte ido. Hoy no vamos a hacer mucho más.

Entonces vete tú también —respondió ella, sonando más brusca de lo que quería.

Estoy esperando a que llegue el propietario del trastero, aunque no creo que nos ayude en absoluto, hace años que no pasa por allí. Luego me voy.

Yo bajo a la cafetería y luego vuelvo a seguir un rato más, necesito encontrar algo hoy, lo que sea. Luego me sentiré mejor y podré descansar.

Vale —contestó él, resignado— Ve a la cafetería de enfrente, hoy tienen tortilla de la que te gusta, a lo mejor aún queda.

Gracias. —dijo ella, con una sonrisa cansada.

Leire bajó hasta la planta baja de la comisaría usando las escaleras, diciéndose a si misma que era por hacer ejercicio, pero en realidad lo hacía porque en momentos así, cuando aún no tenía más que incertidumbre acerca de un crimen, el ascensor le producía un agobio terrible.

Llegó a la cafetería “Momentos”, cuyas tapas eras de mejor calidad que su decoración y su nombre, y pidió una tapa de tortilla. Benjamín, el camarero, le dio las buenas tardes y le sirvió una porción tan grande que se salía del pequeño plato. Puso al lado un buen trozo de pan fresco, y una Coca Cola.

Regalo de la casa —explicó, guiñándole un ojo.

Leire le dio las gracias, despachó su almuerzo con detenimiento, y volvió al trabajo llena de energía.

Cuando llegó a su puesto, pensó que tal vez lo que necesitaba para espabilar su mente analítica era evadirse un poco. Buscó entre la música que llevaba en su teléfono móvil y encontró dos álbumes de Silver Linings, los dos que había publicado con Lily. Se le ocurrió que podían servir. Se puso los auriculares y, antes de que hubiese escogido una canción para empezar, recordó unos versos.

She was pure and real,

nothing got on her way,

til they cut her wings

now she dreams on a bed

Era demasiada coincidencia. No recordaba el nombre de la canción, pero sí el álbum, Things I wouldn’t tell, uno de los que tenía a su disposición. Reprodujo tres canciones, mientras caía presa de una lucidez extraña, y empezaba a ver las fotos de otro modo, como el montaje que eran en realidad, como si las hubiese hecho un artista. La cuarta canción del álbum se llamaba

Tamara —dijo Leire en voz alta, cuando sonaron las primeras notas.

Tamara fell for a loser with a blue Corvette

She always knew he didn’t love her but she didn’t care

Tamara was twenty two and her whole life was a mess

she used to eat dicks for lunch and they ate her in the end

Leire la escuchó dos veces, mientras observaba la fotografía de la cara de la chica, y al fijarse en sus orejas se dio cuenta de algo extraño: tenía menos pendientes que piercings, y quedaban algunos agujeros al aire. Iba muy arreglada para tener ese descuido, algo no cuadraba. Solo llevaba los de los lóbulos, y el de la nariz, todos ellos de plata, en forma de media luna.

Tamara had three Moons of her own

but only one of them was open for business

Leire se levantó como un resorte. El asesino había escogido a la víctima por su nombre, si bien no pudo encontrar una que tuviese el mismo número de agujeros en las orejas.

¿Dónde está Salva? —preguntó Leire, frenética de pronto.

Se ha ido —respondió Jaime, un teniente muy pequeño en tamaño y en vocación de servicio.

¿Está abierta la base de desaparecidos?

Sí, estoy con ella, buscando chicas entre veinte y veinticinco, como me dijiste.

Vale, reduce la búsqueda, limítala a las que se llamen Tamara.

Tamara came from a palace

three lions guarded her crib

Y que hayan nacido en Granada.

Solo un resultado coincidía. Tamara Rivas Calderón, de veintidós años, había desaparecido hacía tres semanas. Era ella, con los mismo ojos grandes y vivaces, el lunar en la mejilla, los labios carnosos.


Lily estaba terminando de hacer la maleta. Ahora le costaba mucho menos que años atrás. El día que llegó a Londres procedente de Madrid, a los veinte años, para estudiar inglés y trabajar como técnico de sonido, llevaba tanto equipaje que tardó tres semanas en deshacerlo todo. Ahora todas sus pertenencias, que se llevaba porque no sabía cuándo podría volver, cabían en una maleta grande, una bolsa de deporte y un bolso. Más lo que había en el trastero.

Puto trastero —murmuró, secándose las lágrimas, mientras metía sus tres pares auriculares en la bolsa de Adidas.

Los instrumentos dormían en un local de la ciudad. Todos los miembros de la banda vivían allí, más o menos de forma continuada. Miguel se encontraba en Seattle con unos amigos (aunque la razón real era el proceso de divorcio de su segunda mujer) y Alejo estaba en la ciudad, pero Lily no quería llamarle. Aunque tal vez debería hacerlo.

Lily llevaba treinta y seis horas sin dormir. Había estado ese tiempo dándole vueltas al asunto, desde que habló con el detective Salvador Arribas, y éste le informó de que era imprescindible que se presentase en la comisaría de la brigada de homicidios, puesto que el trastero estaba a su nombre en el contrato de arrendamiento y todo el contenido era de su propiedad. En ese tiempo había llorado de rabia, de miedo, había llamado a todas las chicas que tenían la llave y con las que podía contactar (nadie había encontrado a Colette, ni siquiera la policía). Había comprado un billete de ida a Madrid, había visto una temporada de su serie favorita, había terminado una botella de whiskey que reservaba para las grandes ocasiones, y había llamado a un ligue intermitente, que había venido a consolarla y ya se había ido. Fumó dos cajetillas de tabaco, se tomó tres cafés cargados, y se dio una ducha. Ahora estaba terminando de hacer el equipaje y luego se obligaría a comer algo.

En un momento dado, tirada en el sofá, mirando cómo el detective McNulty resolvía un caso mientras su vida personal se iba al garete, pensó en inventariar la ropa que había en el trastero, con la esperanza de que eso sirviese de algo, y como ejercicio de memoria. Le salieron un total de diez pares de vaqueros, otros diez pares de pantalones, cincuenta camisetas, ocho faldas, doce vestidos, catorce prendas de dudosa clasificación (la mayor parte procedente de una tienda fetichista del Soho londinense), sesenta bragas, tres sujetadores, dieciocho cinturones, una cantidad indeterminada entre diez y treinta muñequeras de cuero, y veintiséis anillos de plata. Más un neceser de grandes dimensiones con maquillaje y cosméticos. Miró su agenda, hizo memoria, y concluyó que la última vez que había estado en el trastero había sido en mayo del año anterior, hacía catorce meses, cuando terminó su pequeña gira por España, y ella guardó allí la ropa que había usado durante la misma.

También había cosas de Alejo, al menos una caja grande llena que no le permitió ver. La había llevado él en persona desde su casa de Madrid, cuando la tuvo que dejar cinco años atrás al separarse de su novia. Alejo no sabía que había más gente con acceso al trastero. Lily les había dicho a sus amigas que no tocasen el contenido de esa caja, pero no sabía si alguna lo había hecho, y la verdad era que le daba igual, porque odiaba a Alejo la mayor parte del tiempo. Ahora no sabía si debía mencionarle a la policía que también había cosas de él allí, o si debía hablar con él y contarle lo que había pasado. Decidió que no iba a llamar a Alejo, pero sí comentarle ese detalle a la policía.

Un pasaje de mi nueva novela “Mi ala rota”

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En mi nueva novela, la protagonista, Lara, repasa los acontecimientos de los últimos meses, que la han llevado a su situación actual. La ópera “Madame butterfly” juega un papel muy importante en esta historia.

Me acerqué a la FNAC para comprar la biografía de Sofia Scalante, la soprano que interpretaría a a protagonista de Madame Butterfly, y que también era mi artista preferida. Bueno, es mi artista favorita. Era. No sé.

Sofia Scalante (nacida en algún momento entre 1950 y 1960, según dónde se consulte) no era italiana, a pesar de que su nombre lo sugiera, sino búlgara. Ese era su nombre artístico, pero también era un nombre apropiado para camuflar sus orígenes, aunque introduciendo un guiño. No diré su verdadero nombre por respeto, ahora que ella no se puede defender. Si yo alguna vez fuera famosa, me gustaría esa clase de fama: ser la mejor, la más grande, la más admirada, pero que nadie supiese nada de mí en realidad.

Nació en un pueblo pequeño y muy atrasado, y fue su tío quien despertó su interés por el canto, y quien pagó sus clases en el coro durante su infancia. Ella misma se puso a trabajar con doce años para seguir con sus clases en una escuela más elitista de la ciudad de Burgas (donde mintió sobre su edad para ser admitida), a 200 kilómetros de su aldea. Asistía dos veces por semana, gracias a que su tío tenía que hacer negocios allí, y la llevaba y la traía de vuelta a casa. Él se estaba cobrando estos favores de una forma que a ella no le pareció mal entonces, solo mucho tiempo después se dio cuenta de que había sido abusada. Cuando lo hizo público condenó firmemente a su tío, ya fallecido, pero dijo que al menos había conseguido una carrera musical gracias a ello, de lo contrario probablemente seguiría criando cerdos con su familia. Puede parecer muy frío pero yo lo entiendo, era su forma de ver el lado positivo y reconciliarse consigo misma, tras una vida culpándose por aquello, como les pasa a muchas personas que han sufrido abusos sexuales.

A los dieciséis años Sofia se mudó a la capital, Sofía, e ingresó en la escuela de canto “moderno”, que era la única forma de cantar lírica y no acabar en un coro de voces búlgaras, aunque sus mayores detractores sostienen que su estilo se acerca demasiado a este género popular. Mientras progresaba en su carrera artística, cantaba por las noches en cafés, y por temporadas también trabajó como camarera, limpiadora, recepcionista, costurera y cocinera.

El episodio más controvertido de la vida de Sofía Scalante, si exceptuamos la misteriosa desaparición de su primer marido y los rumores acerca de los malos modos con los que siempre trató a sus subalternos, es el llamado “wig riddle”, que tuvo lugar a principios de los 90 y tuvo como protagonista, además de a Sofía, a la soprano Carol Davenport.

La versión oficial dice que Carol, la artista que iba a interpretar a Cio Cio San en el estreno en el Metropolitan Opera House de Nueva York en 1991, sufrió tres semanas antes una repentina neumonía, y fue entonces cuando Marcus Grandel, el director del nuevo montaje, llamó a Sofía suplicándole que la sustituyese y pidiéndole perdón por las airadas críticas que le había dirigido al rechazarla durante la prueba para el papel. Sofía tardó dos días en responder, y lo hizo abriendo la puerta del despacho de Grandel, que en ese momento estaba reunido con unos socios, y entonando Che tua madre dovrá, una de las arias más célebres de la obra. Marcus se puso en pie y aplaudió de forma extasiada, al igual que sus socios, y Sofía comenzó a ensayar con los demás intérpretes y la orquesta. Ese estreno supuso la consagración de Sofía ante la crítica y el gran público, (antes solo era admirada en Italia) y el comienzo de una exitosa gira que duró varios años. Sofía nunca habría llegado a alcanzar el éxito internacional de no ser por ese papel.

Hay muchos rumores acerca de las causas por las que Carol Davenport no pudo interpretar a Cio Cio San; el motivo de tanta habladuría es que Carol no volvió a pisar las tablas de un teatro en dos años (tiempo demasiado largo para recuperarse de una neumonía) y que a partir de entonces usó peluca, durante el resto de su vida. También influye el hecho de que la peluca que utilizó Sofía Scalante era distinta a la de Davenport, según Sofía porque ella estaba acostumbrada a que le hiciese los tocados un artesano italiano.

El rumor más extendido dice que Sofía, desesperada por conseguir el papel, aún después de que Marcus la hubiese humillado delante del coro, se coló entre bambalinas e impregnó con ácido la peluca que Davenport iba a usar unas horas después en el ensayo, causando lesiones gravísimas a su rival cuando ésta se estaba vistiendo. No hay pruebas de ello, porque Carol era una diva del bel canto extremadamente reservada: se maquillaba y peinaba sola, y solo permitía que su asistente personal le pusiese el kimono que utilizaba para interpretar a Madame Butterfly. También tenía médico personal, de modo que no hay testigos de su ingreso hospitalario por quemaduras… pero tampoco hay testigos de su ingreso por neumonía; de hecho, el silencio de Carol Davenport y su entorno fue absoluto durante esos dos años.

La rivalidad entre ellas era sonada, porque a pesar de que Sofía Scalante era mucho menos popular, había algunos críticos que la consideraban mejor que Davenport y que muchas coetáneas, debido a su entrega y su emoción al cantar, que compensaban su falta de técnica. Algunos dicen que el propio Marcus, cuando hizo las pruebas a tres sopranos para el papel de Cio Cio San, se emocionó tanto al oír a Sofía que tuvo que ocultar sus lágrimas para no ofender a Carol, que era la candidata más fuerte, y su amiga íntima. A pesar de este desliz emotivo, Marcus esperó a que Sofía terminase de cantar y le comunicó que no había vacantes para ella en su montaje, pero que estaban buscando personal en un puesto de fruta de Little Italy, y allí podría encontrar trabajo anunciando tomates.

Carol Davenport no solía hablar de Sofía, al contrario que ésta última, que no paraba de criticarla por su “falta de sangre”, pero sí la mencionó una vez cuando le preguntaron quién no querría que interpretase alguno de sus papeles, calificándola de “chabacana”. Tras el estreno de Madame Butterfly, ninguna de las dos volvió a referirse jamás a la otra, lo cual apoya la teoría del boicot de Sofía a Carol. Llámalo boicot, llámalo intento de asesinato.

Yo solo iba a robar unos malditos dibujos.

Reseña: “Frankenstein o el moderno Prometeo”

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Esta reseña es especial por muchos motivos: se trata de mi libro favorito, es uno de los clásicos del terror decimonónico, y la obra considerada pionera de la ciencia ficción.

Mary Shelley comenzó a escribirla a los diecisiete años.

Frankenstein o El moderno Prometeo es una novela extraordinaria por estos y otros motivos, y de lectura muy llevadera, engancha.

La historia es ya universal: Victor Frankenstein es un muchacho de alta cuna  que viaja al extranjero para estudiar ciencias, y que, tras la repentina muerte de su madre, se obsesiona con la idea de devolver la vida a los muertos. Cuando consigue reanimar a una criatura producto de la combinación de varios cadáveres, descubre que el monstruo (al que no llega a dar nombre) posee una fealdad tan repulsiva que huye y lo abandona. Sin embargo, éste lo sigue hasta dar con él y enfrentarse a su creador.

He aquí el primer detalle que os va a sorprender si solo conocéis la historia por las películas clásicas: la criatura es muy inteligente, y parte de la novela está narrada desde su punto de vista. Esto da un giro dramático a la historia, porque el monstruo es consciente de su propia fealdad, de su condición de criatura aberrante, y maldice a Victor: nunca le perdonará haberle dado vida, y convertirá su existencia en un infierno. Lo segundo que puede que más os impacte es la gran sensibilidad de esta novela; tanto Victor como su criatura expresan sus emociones, y las de la criatura son desgarradoras, ha intentado hacer amigos y éstos han huido o han intentado agredirle, presa del terror. Por su parte, Victor expresa en todo momento un amor profundo a su familia, a su prometida y a sus amigos; esto da un tono aún más oscuro a la novela, porque Victor vive en tensión continua, preocupado tanto por su propia seguridad como por la de sus allegados. La criatura lo chantajea, amenazándole con hacer daño a quien más ama si no accede a darle una compañera, que ha de surgir igual que él a partir de materia corrompida, para que pueda amarlo.

De hecho, es también un drama de pasiones primarias: la codicia de gloria y fama de Victor, su miedo al monstruo, y por parte de éste, el sentimiento de rechazo, la ira y la sed de venganza.

El aspecto que más lo acerca a la ciencia ficción, además del hecho de que el protagonista consigue crear un monstruo a partir de cuerpos sin vida, es la introducción al mundo universitario desde la perspectiva de Victor, y su dilema personal entre ser fiel a las enseñanzas de filósofos de siglos anteriores, como Alberto Magno, y descubrir las teorías de los científicos modernos, que son los que sus profesores aceptan como las únicas válidas. Quizá estos elementos no sean aterradores, pero ayudan a introducir al lector en los conflictos personales de Victor, y a conocerlo como el científico tan apasionado que es.

Por último, también quiero destacar la gran cantidad de puntos de vista de la obra: comienza con el relato epistolar de un marinero que encuentra a Victor en el Polo Norte, y luego se alternan varios narradores, incluidos como ya he dicho la criatura y el propio Victor.

Os la recomiendo de corazón, y os aconsejo que le echéis un vistazo a la edición ilustrada por Bernie Wrightson, a la que pertenece la imagen de cabecera de este post.

 

El interrogatorio (homenaje a los procedimentales)

CASTLE

Una serie de tipo procedimental es una producción donde en cada episodio se resuelve un caso mediante métodos de investigación, y que tienen una estructura casi idéntica entre si. Las franquicias CSI y Ley y Orden son buenos ejemplos de procedurals (en inglés). Este relato breve está inspirado en este tipo de historias, que en ocasiones tratan de resolver crímenes sexuales.

Hana recogió su café (sólo, con azúcar) de la máquina, lo removió con reparo al ver lo malo que era, y lo dejó sobre la mesa del pasillo.

La niña está confusa —advirtió el detective Ramirez—. Mary era su mejor amiga. Bueno, es su mejor amiga, no debemos ponernos en lo peor. Te hemos traído porque se te dan muy bien los niños, y tal vez se abra más contigo.

—Seguro que sí —respondió ella—. No soy un señor mayor muy serio, que llega oliendo a tabaco negro y desodorante recién puesto. —Se arremangó la americana y bebió un pequeño y prudente sorbo de café.

Seguro que sí —repitió Ramirez, contrariado—. Hola, Amy —saludó al abrir la puerta—, esta es Hana, es psiquiatra forense y quiere hablar contigo de la desaparición de Mary.

La niña los miró a los dos con expresión cansada.

—Ya he respondido al psicólogo y al policía, no sé nada.

Hana se sentó a su lado, en una postura relajada.

Vamos a hablar de Mary, de vuestra amistad, porque la quieres y quieres que vuelva, ¿verdad?

—Claro que sí —se apresuró a contestar Amy, fijando sus grandes ojos azulados en la mirada amable de Hana.

Espera, me han dicho que su madre volverá pronto, ha ido a hacer un recado interrumpió Ramirez, entrando de nuevo—. Si esperas un momento, ella puede estar presente.

No importa, sólo vamos a conversar, seguro que terminamos antes de que ella vuelva —respondió Hana, y luego se dirigió de nuevo a Amy—, y así cuando llegue os podéis ir juntas.

Ésta le sonrió, complacida.

El detective dudó un instante de si debía dejar a la psiquiatra sola con la niña, pero su comisaría estaba saturada con la desaparición Mary, de trece años, y él estaba deseando acelerar el proceso.

Muy bien, como queráis —dijo el detective, cerrando la puerta.

—Bien, en primer lugar, quiero que entiendas que esto no es un interrogatorio, tú no eres sospechosa, sino una posible testigo, y nadie va a obligarte a hablar —comenzó Hana.

—Ya lo sé, me lo han explicado cuatro veces —comentó Amy, molesta.

—Vale, entonces iré al grano. —Tomó aire y dio un sorbo a su café—. ¿Sabes si Mary salía con algún chico?

Amy se sorprendió mucho.

—Claro que no, somos muy pequeñas.

—Oh, por supuesto, ya sé que tú no eres de esas —puntualizó Hana, mientras posaba sus ojos oscuros e inquisitivos en el conjunto que Amy llevaba puesto, un jersey a juego con una falda de pana, ambos en tonos rosados, que su madre había escogido probablemente para darle un aspecto exageradamente infantil.

—No sé qué quieres decir —murmuró Amy, frotándose las manos.

—¿Hablabais de chicos? —preguntó de nuevo Hana, esta vez en un tono más amable— Yo hablaba de chicos con mis amigas a tu edad, quién era guapo, quién me gustaba…

—Sí, eso sí, pero nada más —cortó Amy, molesta—. Estoy cansada.

—Ya lo sé —replicó Hana, y se terminó su café.

Ambas permanecieron en silencio durante un rato.

—Mira, creo que aquí hay un malentendido —retomó Hana—. Has oído que soy psiquiatra forense, y no sabes muy bien qué quiere decir eso.

—Sí que lo sé —respondió Amy, furiosa—, trabajas con la poli cuando muere alguien.

—No exactamente. Eso lo hacen los médicos forenses, pero también trabajan con personas vivas. —Se echó a reír—. ¿creíste que me dedico a interrogar a los muertos?

Amy estaba perpleja. No podía creer que aquella mujer, flaca y amargada, se riese de ella, una niña inocente.

—Verás, lo que significa “forense” es que nos dedicamos a buscar pruebas. Pistas. Pueden estar en la escena del crimen, en las personas, en lo que nos cuentan, y sobre todo en cómo nos lo cuentan. —Hana se inclinó hacia la niña—. Y tú estás mintiendo. Llevas cincuenta horas mintiendo. Les has mentido a los profesores, a la policía, al psicólogo, y creo que hasta le has mentido a tu madre.

Amy no respondió. Empezó a mirar alrededor, desesperada.

—No, señorita, aquí no hay cámaras, ya te dije que esto no es un interrogatorio. Esta sala es normal y corriente.

—Yo no sé nada. —Amy empezaba a bloquearse—.Yo salí del colegio muy apurada, porque mi madre vino a buscarme para ir a clase de piano.

—Y yo estoy totalmente convencida de que eso es cierto, pero sabes mucho más. Sabes algo que te da vergüenza contar, o que crees que es malo, y culpas de ello a Mary.

—¡No! —protestó Amy, poniéndose en pie.

—Mientes otra vez. Mary salía con chicos, se daban besos, probablemente hacían otras cosas, y alguien le hizo daño, y no quiere que ella hable, y se la ha llevado. ¿Sabes qué creo? Creo que está tirada en la linde de algún bosque al norte de estado, estrangulada, y creo que aunque no sepas quién fue, sabes mucho más de lo que dices, y no lo cuentas porque crees que ella es una guarra y se lo merece.

Amy temblaba, aguantando las ganas de llorar.

—Mírame —dijo Hana, en voz baja pero firme—. Dime qué viste.

—Cállate, te odio —replicó la niña, dándole la espalda.

—Bien. Esta tarde voy a pedir a tu madre que hable conmigo, en tu casa, y registraré tu cuarto.

—¿Qué? No puedes hacer eso, mi padre es abogado y me dijo una vez que nadie podía registrar nada sin una orden.

—Tu padre tiene razón. Pero yo soy muy lista, y muy puta, como tu amiga, así que haré el viejo truco de pedir permiso para usar el lavabo, me colaré en tu habitación y buscaré eso que estás escondiendo.

—No lo harás, y no voy a hablar más contigo.

—Qué tonta eres —dijo Hana, apurando los minutos para marcarse un farol—. Ya sé lo que hay. Mira que no escondí yo cosas en casa de mis padres para que no las viese nadie…

Amy sollozaba en silencio. Hana la dejó desahogarse, y le ofreció un botellín de agua que llevaba en el bolso.

—Me da mucho asco —balbuceó Amy.

—Lo sé, pero tienes que hacer un esfuerzo. Necesito que tú me digas qué es y por qué lo tienes, porque si lo encuentra la poli puede que no entienda nada.

—Ella tiene la taquilla al lado de la mía—empezó Amy.

—¿En el colegio?

—No, en la escuela de ballet. Las taquillas del cole se vacían cada pocas semanas, para buscar drogas y preservativos.

“Claro, como son igual de peligrosos” pensó Hana, irónicamente.

—El jueves pasado, vi dentro de la mía unas…. Unas braguitas que no eran mías, eran de Amy. Las reconocí porque se las había visto una vez que vino a dormir a mi casa.

—¿Cómo son? —preguntó Hana, sabiendo que aquel dato no era relevante, con el fin de animarla a hablar.

—Blancas, con un ribete azul. El caso es que iba a ponerlas en su taquilla, pero entonces ella llegó al vestuario y me pidió por favor que no lo hiciese. Me suplicó que me las quedase, podía quemarlas o tirarlas a la basura, pero no podía tenerlas ella porque su madre se había enterado de que andaba con chicos, y su ropa… —Amy reprimió una arcada—. su ropa interior tenía algo de un chico y ella podía meterse en un buen lío.

—Ya, se llama semen.

—¡Ya lo sé! —replicó Amy, recompuesta.

—¿Dónde las tienes escondidas?

—En mi cajón de cosas de One Direction, dentro de una bolsa.

—Uno de los últimos sitios donde iban a mirar. —Hana se estiró en la silla y soltó aire por la nariz—. Dime que no las has lavado.

—No.

Hana se levantó, abrió la puerta e hizo señas al detective para que se acercase. Le susurró lo que la niña le acababa de contar y volvió a sentarse.

—¿Y por qué no lo dijiste cuando ella desapareció y empezamos a sospechar que la habían secuestrado? —continuó Hana, más relajada— ¿No te pareció importante? Todos los chicos de vuestro instituto son sospechosos.

—Tú no la conoces.

—Creo que la conozco mejor que tú.

—No es mala, pero hace y dice cosas que no son propias de chicas de nuestra edad, ni de chicas decentes, en cualquier caso —dijo Amy, ignorando su comentario.

“Dios santo, tu madre y su collar de perlas te han sorbido los sesos”.

—Estoy de acuerdo en que es pronto para empezar con esas cosas.

—Sí, y además, si los demás se enteran, y yo sigo siendo su amiga, los demás van a creer que yo también lo hago.

“Por favor…”

—Porque a mí también me gustan los chicos, pero yo no hago nada con ellos… Bueno, es que tampoco se fijan en mí —remató, apesadumbrada.

—Bueno, la pubertad es así. Las dos tenéis la misma edad, pero tu aparentas once años, y por lo que he visto en las fotos, ella aparenta quince.

Hana calló un momento y pensó muy bien las palabras que iba a decir.

—Entonces, también tienes algo de envidia, ¿no?

Amy asintió.

—No se lo digas a nadie —explicó Amy—, es que yo sé que soy guapa, pero los chicos me hacen sentir fea.

—¿Quieres que te cuente un secreto sobre los chicos?

Amy no respondió.

—Los penes son feos —continuó Hana—. Horrorosos. No tengas prisa por tocar uno.

 

Reseña: “El número de la traición”, de Karin Slaughter

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“El número de la traición”, en inglés “Undone”, es una de las novelas más oscuras que he leído. Arranca con el atropello de una joven que huye del bosque, y que presenta signos de haber sufrido terribles torturas antes de escapar. Ella cae en coma y es labor de Will Trent, Sara Linton y Faith Mitchell (mi personaje favorito de este libro) reconstruir su historia gracias a las pistas que hallan en ella y en su prisión bajo tierra. Pronto más víctimas dibujan un escalofriante retrato de un asesino en serie, que parece proyectar su sadismo en un determinado tipo de víctima…

Lo primero que me atrapó de este libro fue la sensación de estar viviendo cada momento, de entrar en cada escenario (la bajada a la cueva de tortura me puso los pelos de punta). En segundo lugar, la humanidad de sus personajes: Sara, que intenta superar la muerte de su marido, y prácticamente adopta a la víctima del atropello, tratándola con ternura y tomando su caso como algo personal; Faith, que tiene problemas y secretos más grandes que su capacidad para organizar su vida, y que me hizo identificarme con ella por sus imperfecciones; y su jefe Will Trent, un poli duro con traumas de la infancia, que está permanentemente horrorizado con el caso y hace lo posible para sacar lo mejor de su compañera y resolverlo juntos. Estos personajes tan cercanos ayudan a engancharse a la narración, que en ocasiones puede resultar demasiado dura, por los detalles de las torturas. Sin embargo, tengo que decir que esto no me hizo abandonar la lectura en ningún momento, y que no es más escabrosa que la mayoría de la novela negra de los últimos años.

En resumen, una novela de suspense, que en ocasiones asusta como una de terror, por la crueldad del “malo” y por el realismo de sus descripciones, que entreteje una historia que implica a los personajes principales y su vida personal, sin apartar la mirada del caso en ningún momento.

Os la recomiendo.