Lily tiene un secreto en el desván EL DESENLACE (Capítulo 12 – segunda parte)

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Leire enseñó su placa en recepción, se presentó y pidió que desalojasen en silencio el hall y la primera planta; tenía que impedir poner en peligro a la gente que estuviese deambulando en ese momento. Subió por las escaleras con cautela, los escalones cubiertos de moqueta amortiguaban sus pisadas. La alarmó el silencio total de los pasillos. Recordó que esa mañana tampoco había oído ni visto a nadie entrando o saliendo, ni siquiera las limpiadoras. Al llegar al primer piso, Leire se quitó la parka y la dejó sobre un sillón, en un espacio para reuniones junto a la galería. Siguió subiendo, despacio y alerta. Se remangó la camisa, sacó el arma y la cargó. Sigilosa como un gato, se acercó a la habitación con el cuerpo pegado a la pared donde estaban las puertas; desde allí tenía una perspectiva privilegiada del pasillo, breve y luminoso. Se detuvo un instante para aguzar el oído, y comprobó de nuevo que estaba todo en silencio, inerte. ‘Este es capaz de haber reservado todas las habitaciones de esta planta para acorralarla’, pensó.

Se situó frente a la puerta de la habitación de Lily. En ese momento oyó un grito desgarrador, pero tuvo la sangre fría de aguardar hasta sentirse preparada. Sintió la presencia de alguien al otro lado. Respiró hondo, se giró y disparó a la cerradura. El impacto del proyectil salido de la Glock produjo un ruido ensordecedor, y dejó a Leire un poco desorientada. Dio una patada a la puerta y entró, apuntando al frente.

Su corazón se encogió al instante. La cama y el suelo estaban regadas de sangre. Liliana estaba tendida sobre la cama, con las venas abiertas a lo largo, sangrando a borbotones, y su piel era ahora del mismo tono de blanco de los azulejos bajo la ventana. La habían golpeado y tenía unas correas de cuero ceñidas sobre los codos, para aumentar la presión. Parecía dormida. Sus venas y arterias expulsaban el líquido escarlata al ritmo de sus pulsaciones, ya débiles.

Leire no se movió, y le habló a Alejo, porque sabía que estaba tras ella, acechando.

Fue así como murió Poppie, ¿verdad?

Sí, eres muy lista —contestó Alejo, blandiendo un machete—. Las dos sois muy listas. Por eso habéis llegado hasta aquí. Pero también sois un poco lentas.

Leire se dio la vuelta y disparó contra él; la bala impactó en su hombro, y él se encogió, pero aún así logró propinarle un buen corte en la cara. Leire le quitó el machete, y corrió a auxiliar a Lily, que agonizaba; le comprobó el pulso y notó que tenía una fuerte taquicardia. Le cortó las correas que la tenían inmovilizada. Bajo la cama, Amparo aguardaba el momento de salir. La inspectora no sabía cómo parar la hemorragia, los cortes eran irregulares y algunos estaban desgarrados. Acertó a rasgar las sábanas usando sus dientes y envolver sus brazos con firmeza. Liliana se despertó y gritó,retorciéndose de dolor. Consiguió sujetar el brazo izquierdo con la mano derecha, pero el brazo derecho estaba inutilizado por los cortes; le habían dañado los tendones.

Déjalo, ya da igual… — musitó Lily, agotada.

Calla, tienes que reservar fuerzas.

Amparo subió a la cama sin hacer ruido, cogió el machete, y asestó a Leire un golpe brutal en la cabeza con el mango.

Tienes que aprender a dejar estar las cosas, inspectorcita de mierda —gruñó Alejo, quitándole la pistola —. A veces se pierde, y conmigo perdéis siempre.

Lo siento… —murmuró Liliana, exánime— No creí que pudiese llegar a esto.

Porque eres muy ingenua, querida —dijo Amparo, atando las manos a Leire, y dejándola tumbada al lado de Liliana.

Vamos a terminar con esto ya —dijo Alejo—. Pásame el machete.

No puedes usar el brazo izquierdo, idiota. Lo haré yo.

Puedo hacerlo mejor con una mano que tú con las dos. Dámelo.

Amparo titubeó, con el arma en la mano. Alejo se guardó la pistola en los pantalones.

Trae aquí, joder, que el otro poli va a venir en seguida —dijo Alejo, arrancándoselo de las manos.

El golpe había dejado a Leire dolorida y confusa, pero sabía lo que le esperaba, y era capaz de pensar en sus seres queridos. En su madre, en una cama de hospital; en su hermano; en su hermana, donde quiera que estuviese. En Salvador, que no iba a llegar a tiempo. Amparo la sujetaba por los hombros con fuerza. Liliana ya no se movía.

Me juré que me lo pagaríais, cada una lo suyo, y lo vais a hacer a la vez. Esta ya está finiquitada, y a ti te voy a rebanar la puta cabeza.

Alejo se situó frente a Leire. Ella vio las marcas que los arañazos de Tamara había dejado en sus musculosos brazos.

¿Qué te hizo Liliana? —preguntó Leire, a modo de última voluntad.

Robarme —dijo Alejo, mientras apartaba el pelo del cuello de Leire—. Robarme chicas, amigos, contactos… Y ahora me iba a robar mi carrera, largando lo que no debía.

En ese momento alguien golpeó la puerta con fuerza, y Alejo se sobresaltó.

¡Eh! —gritó Miguel, acercándose a zancadas— Se acabó, hijo de perra, te voy a matar.

Se abalanzó sobre Alejo, y empezó a pegarle salvajemente. El machete cayó al suelo con un golpe seco. Miguel no tenía más armas que sus nudillos, y golpeaba sin cesar la cara y los brazos de Alejo. No era tan fuerte como él, pero estaba lleno de ira y sabía que solo tenía una oportunidad de salvar a Liliana. Alejo se defendía con fiereza, y Miguel le metió los dedos en su herida de bala. Pronto los dos estaban cubiertos de sangre y sudor.

Leire aprovechó la confusión para zafarse de Amparo, encogiéndose y rodando hasta caer al suelo. Consiguió encontrar un lugar a salvo, de espaldas a la pared, y pateó a Amparo en la cara, dejándola fuera de combate. Volvió a acercarse a Liliana, pero con las manos atadas le era imposible ayudarla. Había sangre suya por todas partes, y el olor a hierro empezaba a marearla. Se sentía impotente y llena de angustia frente a Lily, sin poder hacer nada. Miguel se volvió hacia la cama y trató de ayudarlas, pero Alejo sacó el arma y apuntó a Miguel en la cabeza.

Buen intento, capullo —masculló, con la cara ensangrentada—. Ahora vais a ser tres en vez de dos.

Suelta la pistola o pinto la pared contigo —dijo Salvador.

El detective acababa de entrar junto con los refuerzos.

¿No vas a leerme mis derechos? —contestó Alejo.

Me lo estoy pensando —respondió Salvador, fuera de sí.

Amparo levantó las manos en señal de rendición. Alejo siguió apuntando a Miguel, obcecado.

Por favor, déjame despedirme, se está muriendo —balbuceó Miguel, mientras sollozaba.

No, ya no. Sabéis demasiado.

Alejandro, hay al menos cinco agentes de la Policía aquí y están llegando más —dijo Leire, jadeando, pero con voz firme—. Ya tienes un cadáver, y puede que dos, sobre los hombros. No lo empeores.

Alejo musitó algo para sí mismo y apretó el gatillo. Erró el tiro y dio en la pared, y casi de inmediato Salvador le disparó en la cabeza; la bala atravesó a Alejo e hizo añicos el cristal de la ventana. Se hizo el silencio, y Leire contuvo una fuerte arcada, producto del asco y la ansiedad.

Tres miembros del SUMMA entraron y trataron de asistir a Liliana. La cama donde yacía era una escena dantesca, la colcha color marfil con ribetes en negro era ahora de color rojo brillante, y Liliana parecía pequeña y rota en medio de ella, hecha un ovillo. Había sangre suya en la ropa de Leire, pero ésta no se daba cuenta, debido al shock.

Tú… —musitó Leire, confusa, mirando a Miguel, mientras Salvador la desataba—. Tú eres el cantante.

Miguel asintió, mientras acariciaba el pelo de Liliana, inconsciente.

Sí, soy yo —contestó él, y se volvió hacia ella, con los ojos llorosos—. No nos han presentado, pero me acuerdo de ti. Gracias por intentarlo.

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Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 12: primera parte)

dbd0aba7db69e721eaf88f460f171b9aCuando Leire apareció en el bar “Dinarama”, Liliana se quedó muy sorprendida de verla. La invitó a sentarse con ellos. La artista llevaba la misma ropa que hacía un rato, pero se había puesto un pintalabios rojo oscuro que le quedaba muy bien. Era su pintura de guerra.

Ya se iban, puedes quedarte aquí —le dijo Lily, ofreciéndole asiento y levantándose para ir a la barra—. ¿Qué te pido?

Un agua.

Tía, son las tres. Yo voy a pedir una hamburguesa y patatas.

Vale, pues lo mismo. Y una caña.

¡Bien! Esa es mi chica.

Leire la vio sonreír por primera vez.

Leire se sentó en el banco de madera y observó el interior del local. Le gustó porque, a pesar de ser un local nostálgico de los años 80, era luminoso y acogedor, no otro remedo de discoteca oscura. Pensó que tendría que haberse quedado a hablar con Salvador, estando en un punto tan crítico de la investigación, pensó que tenía que haber retenido a Alejo como fuese; pero no podía más. La camarera trajo las cervezas. Leire probó la suya y empezó a relajarse. A fin de cuentas, ella también estaba trabajando en la investigación en ese momento. Liliana llegó con la comida y las dos empezaron a almorzar.

Vale, a ver —dijo Liliana, hablando con la boca llena—. Prefiero no contártelo aquí, hay demasiada gente, pero me parece que estamos errando el tiro en todo esto.

Alejo llevó el vestido a la tintorería.

Liliana no se sorprendió.

Fue él, ahora lo sé —respondió, dejando la hamburguesa en el plato—. He estado dándole vueltas, y… Alejo sabía cosas sobre mí, sobre nosotras. Y es una de las personas más retorcidas que conozco. De verdad, no te lo imaginas. Luego te daré más detalles.

¿Te maltrataba? —preguntó Leire, más como amiga que como policía— ¿abusó de ti alguna vez?

No, él era más elegante que todo eso —dijo, mirando alrededor con desconfianza y sin dejar de masticar—. Para que te hagas una idea de cómo era, te haré un resumen de nuestra relación. Yo entré a formar parte de la banda hace once años, y para entonces ya llevábamos saliendo un tiempo. A los dos meses de empezar la primera gira ya me estaba poniendo los cuernos. Yo lo sabía, y se los puse también. Pero lo nuestro funcionaba, de alguna manera. Cuanto más extraño era el ambiente entre nosotros, cuanto más nos peleábamos, mejor funcionábamos como banda.

Liliana miraba a Leire con nostalgia, pero también con una sombra de temor. Parecía que no quería admitir lo cerca que había estado de ver el lado más oscuro de Alejo.

Miguel estaba harto de nosotros, de las peleas, y de los polvos, pero aquello funcionaba. Estuvimos así durante… tres años. Luego le dejé, porque realmente me hacía daño, y él quiso echarme del grupo. Miguel no se lo permitió. En la siguiente gira, que era en Reino Unido, él me arrimó más el paquete en el escenario que nunca antes. O sea, todo el público lo notaba, y se volvían locos, claro. Estuvimos unos meses así, y luego quiso volver, le dije que sí, y luego me volví a cansar y volví a dejarle. Pues en el siguiente año, me presentó como su novia al menos a diez personas, conmigo delante, para aprovecharse de que yo atraía a la gente. Yo era su puta a casi todos los efectos, me paseaba por ahí como su chica para comprar favores. Lo hace con sus novias, exnovias, ligues y amigos, todo el tiempo. Si cree que puedes atraer a gente importante, te pone en la bandeja. Hay gente que dice que no tiene talento musical, solo es un encantador de serpientes. Y de otro lado, nunca superó lo nuestro. Me echaba la culpa de todos sus males, y cada vez que discutíamos por cosas de la banda, porque ya no había nada personal, me decía una y otra vez que yo no significaba nada para él. Luego se le fue pasando. Pero te aseguro que, para cuando me dejó en paz, ya había salido con docenas de mujeres.

¿Y cómo aguantas estar con alguien así?

Liliana se encogió de hombros.

Por el dinero —respondió, resignada—. No he trabajado en un empleo normal desde hace mucho, y no sabría volver a eso. No tengo disciplina para una carrera en solitario, de hecho según Alejo no sé cantar, y me da pereza formar otra banda. De todos modos, con el sistema de no vernos a menos que estemos de gira, lo llevo muy bien. Y Miguel es mi mejor amigo. No sé. Sé que no es normal.

¿Era eso lo que querías contarme? —preguntó Leire, un poco incómoda por no ir al grano.

Vamos a terminar de comer y te llevo a otro sitio, no te lo quiero contar aquí.

Las dos terminaron de almorzar y se fueron; Liliana dejó una buena propina. Leire se alegró de salir y respirar el aire del exterior, en una zona ajardinada de la plaza del Dos de Mayo.

A ver, lo que me has contado de la escena del crimen tiene que ver con algo que pasó otro día que también estaba Tamara —dijo Liliana, poniéndose su chupa negra mientras se apoyaba en el respaldo de un banco del parque—. Me nombraste las púas. Pues esa noche estaba el antiguo bajista de la banda, que es amigo de Miguel, y a veces nos vemos todos juntos. Fue otro concierto en Madrid. El primero, que tú me mencionaste, fue en la sala Arena. Este que te digo fue después, en la Riviera. El caso es que que mirado fotos de aquella noche, y volvías a estar tú.

Leire se quedó sin habla y casi sin aire.

Me nombraste un vestido y unos pendientes, y esa noche yo los llevaba puestos también. —dijo Leire, mientras sacaba su iPhone y sus dedos recorrían la pantalla frenéticamente—. Era el cumpleaños de Alejo. Esta foto la sacó Miguel desde el escenario.

Liliana le enseñó una imagen a Leire. La inspectora estaba entre el público, en la tercera fila, con su exnovio.

Llevo dándole vueltas a lo de la púa desde que me lo dijiste —continuó, y encendió un cigarrillo—. No tenía sentido que pusiera las dos púas, y menos una dentro de la garganta de Tamara. Pero puede haber una explicación. Por entonces Alejo ya no estaba tan interesado en ella. Sé que Tamara se enrolló con algunos amigos suyos, y es probable que lo hiciese con el amigo de Miguel. Y me parece que escogió rememorar esa noche por ti, además de por Tamara. En esa época él… Bueno, Alejo pasaba farlopa cuando estaba aquí. Y le confiscaron un paquete a un colega suyo, con el que hacía negocios. Dijo que había sido un chivatazo por un homicidio en Madrid. No me lo contó a mí, sino a Miguel, pero luego Miguel se cansó de guardarle secretos. Así que, sin saberlo, le jodiste un negocio, y gracias a sus contactos, habrá averiguado que eras tú. Lo que no entiendo es… Si el mensaje era para mí, ¿Cómo iba a saberlo? Y si era para ti, ¿Cómo iba a decírtelo?

Tú eras la que iba a encontrar el cadáver —dijo Leire, muy concentrada, tratando de hilar los hechos—. Tal vez Alejo lo supo, tal vez tú le dijiste que ibas a venir. Amparo es su cómplice, hemos encontrado pruebas que la sitúan en la escena.

Joder —dijo Liliana, y se tapó la boca con las manos—. Joder.

¿Qué móvil podría tener para matar a Amparo, o ayudar a Alejo?

A saber —dijo Liliana, visiblemente dolida—. Le gusta mucho el dinero, y Tamara le caía mal, le parecía una niñata y una trepa. Como si ella hubiese hecho otra cosa que poner el coño para prosperar.

Empezaba a llover, y Leire se arrebujó dentro de la parka.

¿Crees que estamos en peligro? —preguntó la artista, en un susurro.

No lo sé, pero no vayas a dormir al hotel.

¿Y crees que puedo dormir en tu casa?

Leire se sorprendió de la petición, y por un momento sospechó de sus intenciones.

Bueno, aún es temprano —dijo Leire, mientras echaba a andar deprisa, y Liliana la seguía—. Podemos ir a la comisaría. Además, hay algo que me tienes que contar aún.

¿El qué? —preguntó Liliana.

¿Cómo es que de pronto crees que Alejo sí quería matar a Tamara? Dame un pitillo.

La chica de la que hablamos por la mañana, Poppie… Bueno, la he buscado por Facebook. Se suicidó hace tiempo, hay una página en memoria suya. Y hay páginas de amigas suyas que cuentan cosas de aquellos tiempos y tienen su carta de suicidio. Parece ser que Alejo abusó de ella por entonces. Tamara a veces hablaba de Poppie. Creo que… Creo que Tamara sabía cosas, y Alejo quiso silenciarla. Además de hacerme daño.

Lo de que la mató para hacerte daño era una estrategia para hacerte hablar —dijo Leire, encendiendo el cigarro.

Liliana negó con la cabeza, y sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

Yo la quería —contestó Liliana, parando en seco—. No en un sentido romántico, o puede que sí, pero la amaba. Quería hacerla feliz —suspiró hondamente y se peinó el pelo con los dedos—. Cuando la primavera pasada me dijo que estaba más centrada y que quería volver a la universidad, le pagué los créditos que iba a hacer este año.

Liliana se apoyó en un escaparate, y se quedó mirando sus manos, como queriendo sacar las palabras de las puntas de los dedos. Leire no sabía qué decir. Nunca había sentido algo así por nadie, a pesar de haber estado casada.

Y Alejo me odia lo suficiente como para acabar con alguien por eso.

Se subieron al coche, después de que Leire revisase la parte de atrás y los alrededores, aunque sabía que nadie podía haberlas seguido hasta allí.

Quiero ir al hotel para coger mis cosas, si no te importa —dijo Liliana—. Damos un rodeo, y me dejas antes de doblar la esquina.

¿Necesitas ayuda para bajarlo todo? ¿Qué has traído?

Bah, una maleta y una bolsa, nada más. ¿Siempre vas así a trabajar? —preguntó Liliana— ¿Una camisa y una parka?

Mi sueldo no da para mucho más… Además, tengo que transmitir seriedad, y ya sabes cómo son los tíos. Si vas de tacones, no te quejes de que te duelen los pies, si vas de falda, vas provocando, si…

Si te pintas los labios eres una puta y si no te los pintas una amargada.

Ambas rieron.

Hay algo que yo no te he contado —dijo Leire, en voz baja—. Anoche encontramos el bolso de Tamara, y dentro había algo para ti. Creo que ella de algún modo quería hacértelo llegar .

El corazón de Liliana dio un vuelco, y ella se quedó expectante. Leire aparcó el coche cerca del hotel y sacó una nota.

He visto que era para ti, pero no la he leído. No la he procesado en busca de huellas.

Liliana la cogió, temblorosa.

No la puedo leer ahora —murmuró, emocionada.

Liliana sujetaba la nota como quien ha encontrado un recuerdo de un amor perdido y no lo quiere abrir para no estropearlo. Jugaba con el papelito blanco doblado entre sus dedos, saboreando el momento.

Quédatela. Anda, sube, coge lo que tengas que coger, y nos iremos.

Gracias. ¿Por qué haces esto por mí? Solo soy una testigo, deberías tratarme como a los demás.

Eres parte de este caso del principio al final—admitió Leire—. Fuiste sospechosa, luego testigo, y ahora creo que necesitas protección. Y yo debería estar ya en la comisaría, pero me he ido porque mi compañero es gilipollas. El caso es que estoy aquí, y quería hacerte un favor.

Lily asintió, reconfortada. Guardó la carta en su bolso.

Ahora vuelvo.

Liliana respiró profundamente, y salió del coche.

Leire miró su Samsung S5, que en ese momento parpadeaba con una luz verde. Se decidió a mirarlo. Salvador la había llamado dos veces. Y en ese momento volvió a hacerlo.

Dime.

¿Dónde coño estás?

En la calle, ahora vuelvo, necesitaba despejarme.

Vale, oye…—La voz de Salvador sonaba firme y apremiante— Siento lo de antes, pero por favor, ven ya. Alejo se ha ido con su abogado, no podíamos retenerle, pero ahora han llegado los resultados de los análisis de los brazos. Hay huellas de Alejo. Y un tatuaje nuevo, se ve que es reciente. Es una urraca. ¿Te dice algo eso?

Liliana tiene uno igual —respondió Leire, con voz átona, expectante.

Vale, pues tiene cortes por encima, y luego hay quemaduras de cigarrillo. La torturaron. Y por último, al menos de momento, han encontrado restos debajo de las uñas, como si se hubiera resistido. ¿No te fijaste en que Alejo venía muy abrigado? Seguro que le arañó los brazos o el pecho.

Leire respiraba con dificultad.

De acuerdo —respondió—. Iré en cuanto pueda, estoy esperando a alguien.

Salvador tardó unos segundos en responder.

Pues espabila. Ese cabrón a está en busca y captura, y cuando me lo traigan más vale que estés aquí, si no quieres que salgamos todos en las noticias, porque no voy a cortarme.

Salvador colgó el teléfono. Leire se lo quedó mirando, sin poder procesar toda la información. Cogió su libreta y empezó a anotar todo lo que le había dicho Liliana, y lo que le acababa de comunicar Salvador. Más lo del ticket de la tintorería. No había duda. Lo habían tenido delante y se les escapó. No creía que la culpa fuese suya totalmente, y Salvador tampoco se lo había dicho, pero aún así…

Cuando terminó de anotarlo todo, se dio cuenta de que ya hacía diez minutos que Liliana se había ido. La llamó, pero su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Mierda. No puede haberle dado tiempo a salir y venir aquí —dijo en voz alta, sola dentro del coche.

Pero Salvador le dijo que le habían informado de todos esos datos después de que se fuese, y la comisaría no estaba tan lejos; sobre todo para alguien que tenía un plan, que sabía dónde dormía siempre Liliana y que podía conseguir todo lo que quisiera. Así que sí le habría dado tiempo. Cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de rememorar la disposición de la habitación para saber cómo moverse cuando llegase. Luego llamó a Salvador.

Voy a entrar en el Hotel Sintra, calle Conde Duque, esquina Travesía —anunció Leire, aparentando serenidad—. Creo que Liliana está en peligro. Necesito refuerzos.

¡Ni se te ocurra! —gritó Salvador— Quédate donde estás, por favor. Dame diez minutos.

Ella no tiene diez minutos.

Leire colgó, comprobó su arma, y salió como un rayo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)

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Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Liliana siempre se alojaba en el mismo hotel cuando iba a Madrid, en un pequeño hostal en la calle del Conde Duque. Sólo había dos habitaciones por planta, y eran muy amplias, con una cama tamaño king size y sábanas de hilo. Liliana dormía habitualmente en la suya, a veces en las de otras habitaciones. El cuarto de baño era luminoso y colorido, con bañera de patas de león y las paredes alicatadas con azulejos portugueses. Esa era una de las razones por las que Liliana lo escogió, porque le recordaban a la casa de sus abuelos en Portugal. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 5)

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Leire resopló. Acababa de pedir a su compañero, el detective Salvador Arribas, que entrase en su despacho para seguir con el trabajo, porque no quería estar en la estancia común del departamento. Ya no podía pensar. Salvador no sabía si eso podría ayudar. A sus cincuenta y cuatro años había pasado por ese punto muchas veces: el bloqueo en una investigación, cuando nada parece tener sentido, y uno se toma un respiro para meditar. La mayoría de las veces eso no servía de nada. Sus ojos marrones, arrugados y relativamente atractivos habían visto muchos casos archivados, y sus enormes manos habían llevado muchas pruebas al almacén, y las habían metido en cajas con etiquetas para que durmieran el sueño de los justos. Pero Leire era demasiado terca como para no hacerle caso, y demasiado lista como para que aquel esfuerzo no mereciese la pena. De modo que el detective llevó sus casi dos metros y sus ciento diez kilos al interior del despacho.

Estoy harta y solo ha pasado un día —dijo—. No hay pistas, no hay testigos, parece que esa chica apareció muerta por arte de magia.

Vamos, anímate —respondió Salvador—. Ayer identificamos a la víctima, y ya tenemos una lista de sospechosos bastante larga.

Sí, eso es—replicó Leire—. Tenemos una lista enorme de sospechosos, son sesenta —Se dejó caer en la silla de oficina y dejó caer su cabeza en la mesa por un segundo. Luego la levantó—. Y no hemos encontrado los brazos.

Aún es pronto, vamos bien —respondió Salvador, tratando de calmarla—. Seguimos intentando encontrarlos en los vertederos y las plantas de residuos de los hospitales. De momento no podemos hacer más. Y de esos sesenta, descartaremos los que no tengan una coartada firme.

Podemos y debemos hacer algo más. Los padres de la chica van a llegar de un momento a otro. Ni siquiera hemos encontrado su bolso.

Vale, te diré lo que vamos a hacer. Vamos a mirar lo que tenemos.

Salvador se levantó, trajo al despacho de Leire una pizarra Vileda y la apoyó contra una pared, frente al escritorio. Comenzó a escribir palabras clave en lugares separados, para poder unirlas después. Leire estaba entretenida mirando mensajes personales en su móvil, porque no quería hacerle caso.

Bien, tenemos la identidad de la víctima, a falta de la identificación por parte de sus padres, y por su ADN —retomó Salvador—, tenemos una lista de sospechosos y tenemos una línea de investigación basada en Liliana. —Salvador escribió “Liliana” en letras tan grandes como “Tamara”—. Sabemos que probablemente el asesino está relacionado con ella y con su banda.

Leire miraba la pizarra fingiendo que no tenía interés.

Tamara era de Granada. —Salvador hizo un croquis del mapa de España y señaló ambas ciudades—. Desapareció hace tres semanas, durante las cuales nadie la vio por ninguna parte, y apareció muerta ayer por la mañana en un trastero del Sur de Madrid. —Delineó una línea temporal a la derecha de la pizarra—. No se han encontrado sus huellas en la escena del crimen, por lo cual es probable que ella nunca hubiese estado allí antes.

Es genial —refunfuñó Leire, sin mirarle—. Absolutamente genial, me has animado de la hostia, gracias.

Continúo —gruñó Salvador—. Tamara era una fan de la banda. El asesino es, o bien un fan loco, o un enemigo de Liliana.

No creo que tenga enemigos, es un músico.

Yo no lo descartaría. Es una exadicta, probablemente tenga deudas, y esta gente siempre triunfa a base de hacer chanchullos en el espectáculo, por lo que puede que deba favores.

Vale, admito la propuesta —Leire se levantó y se acercó a la pizarra—. A ver si llega ella mañana y nos ayuda.

Yo la considero sospechosa —afirmó Salvador, rodeando el nombre de la artista en color rojo.

¿Sospechosa de qué? Tiene una coartada sólida, estaba a cinco mil kilómetros.

Puede que no sea la autora material, pero seguro que está implicada. Piénsalo, un crimen ritual, con un escenario preparado, gente famosa y con pasta… Seguro que lo encargó ella.

Hay otra cosa —dijo Leire, acercándose a la línea temporal—. Tenemos un agujero de tres semanas entre que la chica desaparece sin dejar rastro, y aparece muerta a cientos de kilómetros.

Sí, habrá que reconstruir su historia para localizar al asesino.

No solo eso —continuó Leire—, necesitamos saber qué pasó en ese tiempo para localizar los brazos.

¿Cómo? Se los cortaron mientras estaba viva, pero las heridas eran muy recientes, así que estarán donde la mató, o muy cerca. Pero no nos sirven para nada.

Piénsalo. —Leire se levantó y empezó a dibujar espirales, mientras pensaba—. Esto no es sólo una mutilación ritual, ni un mensaje para Lily, es algo más. Si solo fuese eso, los habría dejado al lado, ¿no? Formarían parte de la escena.

No los podía dejar a la vista porque no quería que la identificásemos por las huellas.

La íbamos a identificar de todas maneras, gracias a la canción. Fue fácil —contestó Leire—. Escucha, aquí hay algo más. Empiezo a pensar… empiezo a pensar que el asesino sabe que yo también soy seguidora suya.

¿Qué? —exclamó Salvador— ¿Insinúas que sabe que te gustan los Silver Linings, que conoces sus canciones?

Sí. —La expresión de Leire se ensombreció—. Y creo que está jugando conmigo.

Salvador se puso muy serio y cerró la puerta del despacho.

Eso es muy grave. Explícate.

Verás, yo… He estado revisando las fotos de Tamara en las redes sociales, y… esa foto donde sale con Lily y ella lleva el vestido azul, bueno… Yo estuve en ese concierto. No fui a back stage, pero estuve allí, en la sala Apolo. Era mi cumpleaños, me invitó mi exnovio.

Así que el asesino quiere hacer daño a Lily, y escoge a la chica a la que ella le dedicó una canción, ¿pero también sabe que lo ibas a investigar tú? —preguntó Salvador, incrédulo— Eso es imposible, no podía saberlo.

Tamara no era su musa, la canción tiene seis años —le corrigió Leire—. Lo que es seguro es que nos está dejando pistas y las estamos siguiendo, y me da la sensación de que las claves para encontrarlo a él son más complicadas, y tengo miedo de estar pasando por alto algo tan grande que cuando lo vea me sentiré humillada.

Si se lo digo ahora mismo al comisario Vázquez, estás fuera del caso.

Leire lo miró a los ojos fijamente, apoyada en la mesa.

Pero no vas a hacerlo.

Acabas de admitir que estás involucrada.

Y tú también lo estás —replicó Leire, firme— Llevas desde ayer sin dormir y casi sin comer, y ahora mismo estás sudando porque quieres resolver este caso. Tamara tenía dos años menos que tu hija cuando la mataron, y no vas a descansar hasta que cojas a ese cabrón. ¿Me equivoco?

De acuerdo. —Salvador abrió los brazos, herido, en señal de rendición—. ¿Qué sugieres?

No quiere que encontremos los brazos, y por eso nos ha permitido identificarla, para que pensemos que no son importantes— Leire volvió a enfrentarse a la pizarra, y cogió un rotulador azul—. Y estoy convencida de que lo son. Ahora, déjame pensar en alto un momento.

Vale —respondió Salvador, expectante.

Esta chica se fue de casa hace tres semanas, y nadie supo más de ella. —Leire dibujó una bifurcación que salía de “Tamara”.— Hay dos opciones, o fue secuestrada por el asesino, o se escapó de casa y él la encontró y la mató, pero eso es demasiada coincidencia, y estamos de acuerdo en que aquí no hay coincidencias.

Te sigo.

Si no la secuestró, cabe la posibilidad de que la encontrase deliberadamente, porque ella contactó con Lily o con alguien de su banda en algún momento. Si se fue voluntariamente, puede que necesitase dinero o recursos.

Callejón sin salida, ninguno de ellos estaba en España.

Bien. Volvamos a la noche de autos. —Leire dibujó otra línea temporal debajo de la anterior—. Lily aparece a las 6.45 de la mañana en la calle Méndez Álvaro, y no hay ni rastro de sangre ni testigos que oyesen gritos o golpes, ergo, fue asesinada en otra parte. Y el asesino dejó los brazos allí. El forense ha afinado la hora de la muerte en la una de la mañana. Son casi seis horas para mover el cadáver.

Correcto.

Pues yo digo que no la mató en Madrid. Sería demasiado fácil, piénsalo. Estamos buscando debajo de las piedras, pero sin salir del ayuntamiento, y algo me dice que es un error.

Espera. ¿Crees que la mató en Granada?

Creo que Tamara nunca salió de Granada. Creo que se fue de casa con él de forma voluntaria, piensa que si no hay signos de violencia es muy probable que lo conociese. Se fugan, ella se arrepiente, y por algún motivo él la mata y la mutila y se trae el cuerpo. Le habría dado tiempo de trasladarlo hasta aquí.

Hay lagunas enormes en lo que acabas de decir, como por ejemplo que nadie se fuga de casa después de los dieciocho, pero sí estoy de acuerdo en que los brazos no están en Madrid porque no quiere que los encontremos. —Salvador dibujó una línea que unía “Madrid” y “Granada”—. Voy a hacerte un favor y voy a ignorar casi todo lo que has dicho, y vamos a suponer que no están aquí. Yo digo que tampoco están en Granada, es una ciudad de menos de trescientos mil habitantes. El asesino no se puede arriesgar a que los encontremos en un sitio tan pequeño.

Vale. Entonces, en el camino. De todos modos, yo miraría en granjas y mataderos de la ciudad.

Pero va a ser mucho más sencillo mirar en los mataderos y las granjas de la carretera entre aquí y allí —contravino Salvador, poniendo puntos desperdigados a los lados de la línea —. Terminaremos antes.

Son más de cuatrocientos kilómetros.

Piensa que son miles de kilómetros menos de lo que teníamos hasta ahora. —Salvador sonrió, satisfecho—. Bien, yo me pondré con eso. Tú, mientras tanto, reza para que los padres encuentren un atasco monumental en la autovía o una manifestación al entrar en la M40 y ponte a buscar canciones de ese grupo que hablen de coches.

¿Qué?

Hazme caso. A lo mejor el asesino no es tan listo como creemos y solo es un friki que quiere montar películas sangrientas usando el universo de su grupo favorito. No puedes descartar nada de momento. Tienes razón en que los brazos nos pueden dar mucha información, pero no te quedes con la idea de que él sabía que la identificaríamos de otro modo. Le viene muy bien que perdamos el tiempo. Y hay que saber por qué.


Lily cerró la bolsa de deporte y la maleta y revisó el contenido de su bolso de mano. Luego se hizo un sándwich con lo que quedaba en la nevera (su parte de la misma), se despidió de sus compañeras, que pululaban por el apartamento sin hacerle mucho caso, y salió de casa con tiempo de sobra para llegar en tren al aeropuerto JFK.

Cuando llevaba veinte minutos de recorrido, recibió una llamada de teléfono. Sacó su iPhone del bolsillo de la cazadora de cuero y leyó un número de teléfono de España. Lo cogió.

¿Sí?

Hola, soy la inspectora Leire Chamorro, de la brigada de homicidios de la policía judicial española. —Leire tomó aire para continuar— ¿Es usted Liliana Sandoval?

Sí, soy yo. Ayer hablé con un compañero suyo, voy de camino al aeropuerto.

Vaya. Bueno, lo que le quiero pedir es muy particular, y espero que no le cause un contratiempo.

Dígame.

Verá… —la voz de Leire sonaba pastosa, como si arrastrase las palabras, debido al cansancio y a lo mucho que le costaba asimilar todo aquello— Llevamos desde ayer tratando de aclarar muchas cosas de este caso, y hay algo que… Bueno, definitivamente el asesino o asesinos tienen una fijación con su música, y hemos averiguado algunos datos muy importantes acerca del crimen gracias a detalles relacionados con canciones suyas. La víctima era una fan de su banda musical.

Liliana sintió un escalofrió que restalló en la nuca, fue bajando por su espalda y sus piernas, y luego subió a sus brazos. Se quedó rígida y muda.

Bien, quiero que haga lo siguiente —continuó Leire, reuniendo el valor—. Quiero que traiga todo lo que tenga guardado de las canciones que usted ha compuesto, letras, borradores, grabaciones inéditas… Sobre todo cosas que no hayan sido publicadas. Me da la impresión de que podría ser muy importante.

Pero eso es imposible —respondió Liliana, tratando de reponerse—, eso no lo he publicado, así que aunque se trate de un fan loco, no podría conocerlo.

Mire, no sé si es un fan o alguien que la conoce muy bien a usted, no sé si usted ha sacado fotos de ese material y las ha publicado en redes sociales, no sé si hay cintas pirata o lo que sea que hacen hoy en día los fans. Por favor, intente hacer lo que le digo.

Lily calculó mentalmente el tiempo del que disponía y decidió bajarse en la siguiente parada.

De acuerdo, lo haré —resolvió Liliana, tras unos segundos—. Nos vemos mañana.

Muchas gracias, hasta la vista.

Leire colgó el teléfono, lo usó para sacar una fotografía de la pizarra de su despacho y la borró. Se despidió de Salvador, se fue a su piso de la Latina y se metió en la cama.

Lily se bajó en la siguiente parada y cogió el metro para llegar al estudio de grabación Dragon’s Lair, en dirección Norte. Contaba con dos horas y media de margen antes de la salida del vuelo, pero solo una hora y media antes del cierre del mostrador de facturación. Era muy poco para coger lo que le hacía falta, pero parte de ella sabía que debía hacer lo que la inspectora le decía, porque tenía que hacer todo lo posible para resolver el caso. Por su propio bien.

Al llegar saludó a Jim, el portero, que ya la conocía de las tres últimas y tormentosas sesiones de su banda, y le pidió permiso para pasar al almacén donde estaba el material de Silver Linings, que habían dejado allí de forma temporal. Cogió su bajo y su guitarra con intención de llevárselos, y volvió a dejarlos en su sitio para no gastar demasiado facturando los instrumentos. Luego observó el almacén, con todos los equipos y las cajas de material, y se imaginó en su propio trastero, con el cuerpo de la chica a sus pies. Se le encogió el corazón.

Abrió la bolsa de deporte, sacó cosas que probablemente iba a utilizar en España, y que había cogido para que no las usasen sus compañeras, y las fue depositando en aquellas cajas del estudio que eran de su propiedad. Finalmente seleccionó las cintas y los papeles que eran solo suyos o suyos en su mayor parte, que no tuviesen muchas letras de los demás (lo cual era difícil), y fue acomodando todo en el espacio libre de la bolsa. La cerró y se encaminó de nuevo hacia el aeropuerto, con menos tiempo de margen del que querría. Se tranquilizó pensando que se había quitado casi todos los piercings, y con suerte no la entretendrían mucho en el control de pasajeros.

Por el camino volvió a pensar en la llamada de la inspectora. Llegó a la conclusión de que la consideraba sospechosa del asesinato, o al menos implicada en el mismo. Tal vez debería haber llamado a su abogado. De todos modos el que había contactado más veces vivía en Madrid, así que lo tendría cerca. Al llegar al aeropuerto subió en el ascensor con todas sus cosas hasta el mostrador de Iberia, y allí empezó a pesar su equipaje. Cuando iba a sacar la tarjeta de embarque, una mano larga y huesuda apareció por su costado y le quitó su pasaporte, que estaba encima del mostrador. Se volvió para tratar de recuperarlo y vio a Miguel, riéndose.

Pero qué… Devuélveme eso, capullo —le regañó ella, cariñosamente—. ¿Qué puñetas haces aquí?

Sabía que aún no te habrías ido —respondió él, y la abrazó—. Pillé el primer vuelo que salía de aquí y que podría coger al volver. Salí ayer de Seattle y hoy he aprovechado para ver a unos amigos en Manhattan.

¿A unos amigos?

Quien dice unos amigos, dice mi abogado —respondió, apesadumbrado—. Tía, esto nos va a joder pero bien. Pase lo que pase. Por eso no quería que fueses sola.

Y porque sabes que es posible que te interroguen —replicó ella, cogiendo la tarjeta y su pasaporte—.

Miguel guardó silencio mientras facturaba sus maletas.

¿Ya sabes quién es? —preguntó Miguel cuando se dirigían al control de seguridad— Digo la chica muerta.

No, no me lo han querido decir —respondió Lily, mientras se quitaba sus accesorios y los dejaba en la bandeja—. Pero tengo una corazonada. Espero que no sea quien yo creo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 4)

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Leire llevaba una hora observando las fotografías de la escena del crimen. El cuerpo estaba tumbado boca arriba, con la cabeza mirando a su derecha, y las piernas dobladas hacia el lado contrario. Nada era casual, era un montaje cuidado e intencionado. “Un loco”, habrían dicho los medios”. “Un artesano”, pensaba ella. Vio la púa en su lugar, junto a la cadera derecha; eso constituía un mensaje. Los brazos ausentes, otro. Pero no podía interpretar ninguno de ellos. Leire estaba agotada y frustrada.

Eran las cuatro de la tarde, y su estómago rugía ferozmente. Se levantó de su silla, tapó las fotografías con carpetas y salió, cerrando la puerta de su minúsculo despacho.

Oye Salva, ahora vengo. Tengo que comer algo.

El la miró, compasivo.

Vete a casa, ya hace rato que deberías haberte ido. Hoy no vamos a hacer mucho más.

Entonces vete tú también —respondió ella, sonando más brusca de lo que quería.

Estoy esperando a que llegue el propietario del trastero, aunque no creo que nos ayude en absoluto, hace años que no pasa por allí. Luego me voy.

Yo bajo a la cafetería y luego vuelvo a seguir un rato más, necesito encontrar algo hoy, lo que sea. Luego me sentiré mejor y podré descansar.

Vale —contestó él, resignado— Ve a la cafetería de enfrente, hoy tienen tortilla de la que te gusta, a lo mejor aún queda.

Gracias. —dijo ella, con una sonrisa cansada.

Leire bajó hasta la planta baja de la comisaría usando las escaleras, diciéndose a si misma que era por hacer ejercicio, pero en realidad lo hacía porque en momentos así, cuando aún no tenía más que incertidumbre acerca de un crimen, el ascensor le producía un agobio terrible.

Llegó a la cafetería “Momentos”, cuyas tapas eras de mejor calidad que su decoración y su nombre, y pidió una tapa de tortilla. Benjamín, el camarero, le dio las buenas tardes y le sirvió una porción tan grande que se salía del pequeño plato. Puso al lado un buen trozo de pan fresco, y una Coca Cola.

Regalo de la casa —explicó, guiñándole un ojo.

Leire le dio las gracias, despachó su almuerzo con detenimiento, y volvió al trabajo llena de energía.

Cuando llegó a su puesto, pensó que tal vez lo que necesitaba para espabilar su mente analítica era evadirse un poco. Buscó entre la música que llevaba en su teléfono móvil y encontró dos álbumes de Silver Linings, los dos que había publicado con Lily. Se le ocurrió que podían servir. Se puso los auriculares y, antes de que hubiese escogido una canción para empezar, recordó unos versos.

She was pure and real,

nothing got on her way,

til they cut her wings

now she dreams on a bed

Era demasiada coincidencia. No recordaba el nombre de la canción, pero sí el álbum, Things I wouldn’t tell, uno de los que tenía a su disposición. Reprodujo tres canciones, mientras caía presa de una lucidez extraña, y empezaba a ver las fotos de otro modo, como el montaje que eran en realidad, como si las hubiese hecho un artista. La cuarta canción del álbum se llamaba

Tamara —dijo Leire en voz alta, cuando sonaron las primeras notas.

Tamara fell for a loser with a blue Corvette

She always knew he didn’t love her but she didn’t care

Tamara was twenty two and her whole life was a mess

she used to eat dicks for lunch and they ate her in the end

Leire la escuchó dos veces, mientras observaba la fotografía de la cara de la chica, y al fijarse en sus orejas se dio cuenta de algo extraño: tenía menos pendientes que piercings, y quedaban algunos agujeros al aire. Iba muy arreglada para tener ese descuido, algo no cuadraba. Solo llevaba los de los lóbulos, y el de la nariz, todos ellos de plata, en forma de media luna.

Tamara had three Moons of her own

but only one of them was open for business

Leire se levantó como un resorte. El asesino había escogido a la víctima por su nombre, si bien no pudo encontrar una que tuviese el mismo número de agujeros en las orejas.

¿Dónde está Salva? —preguntó Leire, frenética de pronto.

Se ha ido —respondió Jaime, un teniente muy pequeño en tamaño y en vocación de servicio.

¿Está abierta la base de desaparecidos?

Sí, estoy con ella, buscando chicas entre veinte y veinticinco, como me dijiste.

Vale, reduce la búsqueda, limítala a las que se llamen Tamara.

Tamara came from a palace

three lions guarded her crib

Y que hayan nacido en Granada.

Solo un resultado coincidía. Tamara Rivas Calderón, de veintidós años, había desaparecido hacía tres semanas. Era ella, con los mismo ojos grandes y vivaces, el lunar en la mejilla, los labios carnosos.


Lily estaba terminando de hacer la maleta. Ahora le costaba mucho menos que años atrás. El día que llegó a Londres procedente de Madrid, a los veinte años, para estudiar inglés y trabajar como técnico de sonido, llevaba tanto equipaje que tardó tres semanas en deshacerlo todo. Ahora todas sus pertenencias, que se llevaba porque no sabía cuándo podría volver, cabían en una maleta grande, una bolsa de deporte y un bolso. Más lo que había en el trastero.

Puto trastero —murmuró, secándose las lágrimas, mientras metía sus tres pares auriculares en la bolsa de Adidas.

Los instrumentos dormían en un local de la ciudad. Todos los miembros de la banda vivían allí, más o menos de forma continuada. Miguel se encontraba en Seattle con unos amigos (aunque la razón real era el proceso de divorcio de su segunda mujer) y Alejo estaba en la ciudad, pero Lily no quería llamarle. Aunque tal vez debería hacerlo.

Lily llevaba treinta y seis horas sin dormir. Había estado ese tiempo dándole vueltas al asunto, desde que habló con el detective Salvador Arribas, y éste le informó de que era imprescindible que se presentase en la comisaría de la brigada de homicidios, puesto que el trastero estaba a su nombre en el contrato de arrendamiento y todo el contenido era de su propiedad. En ese tiempo había llorado de rabia, de miedo, había llamado a todas las chicas que tenían la llave y con las que podía contactar (nadie había encontrado a Colette, ni siquiera la policía). Había comprado un billete de ida a Madrid, había visto una temporada de su serie favorita, había terminado una botella de whiskey que reservaba para las grandes ocasiones, y había llamado a un ligue intermitente, que había venido a consolarla y ya se había ido. Fumó dos cajetillas de tabaco, se tomó tres cafés cargados, y se dio una ducha. Ahora estaba terminando de hacer el equipaje y luego se obligaría a comer algo.

En un momento dado, tirada en el sofá, mirando cómo el detective McNulty resolvía un caso mientras su vida personal se iba al garete, pensó en inventariar la ropa que había en el trastero, con la esperanza de que eso sirviese de algo, y como ejercicio de memoria. Le salieron un total de diez pares de vaqueros, otros diez pares de pantalones, cincuenta camisetas, ocho faldas, doce vestidos, catorce prendas de dudosa clasificación (la mayor parte procedente de una tienda fetichista del Soho londinense), sesenta bragas, tres sujetadores, dieciocho cinturones, una cantidad indeterminada entre diez y treinta muñequeras de cuero, y veintiséis anillos de plata. Más un neceser de grandes dimensiones con maquillaje y cosméticos. Miró su agenda, hizo memoria, y concluyó que la última vez que había estado en el trastero había sido en mayo del año anterior, hacía catorce meses, cuando terminó su pequeña gira por España, y ella guardó allí la ropa que había usado durante la misma.

También había cosas de Alejo, al menos una caja grande llena que no le permitió ver. La había llevado él en persona desde su casa de Madrid, cuando la tuvo que dejar cinco años atrás al separarse de su novia. Alejo no sabía que había más gente con acceso al trastero. Lily les había dicho a sus amigas que no tocasen el contenido de esa caja, pero no sabía si alguna lo había hecho, y la verdad era que le daba igual, porque odiaba a Alejo la mayor parte del tiempo. Ahora no sabía si debía mencionarle a la policía que también había cosas de él allí, o si debía hablar con él y contarle lo que había pasado. Decidió que no iba a llamar a Alejo, pero sí comentarle ese detalle a la policía.

Un pasaje de mi nueva novela “Mi ala rota”

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En mi nueva novela, la protagonista, Lara, repasa los acontecimientos de los últimos meses, que la han llevado a su situación actual. La ópera “Madame butterfly” juega un papel muy importante en esta historia.

Me acerqué a la FNAC para comprar la biografía de Sofia Scalante, la soprano que interpretaría a a protagonista de Madame Butterfly, y que también era mi artista preferida. Bueno, es mi artista favorita. Era. No sé.

Sofia Scalante (nacida en algún momento entre 1950 y 1960, según dónde se consulte) no era italiana, a pesar de que su nombre lo sugiera, sino búlgara. Ese era su nombre artístico, pero también era un nombre apropiado para camuflar sus orígenes, aunque introduciendo un guiño. No diré su verdadero nombre por respeto, ahora que ella no se puede defender. Si yo alguna vez fuera famosa, me gustaría esa clase de fama: ser la mejor, la más grande, la más admirada, pero que nadie supiese nada de mí en realidad.

Nació en un pueblo pequeño y muy atrasado, y fue su tío quien despertó su interés por el canto, y quien pagó sus clases en el coro durante su infancia. Ella misma se puso a trabajar con doce años para seguir con sus clases en una escuela más elitista de la ciudad de Burgas (donde mintió sobre su edad para ser admitida), a 200 kilómetros de su aldea. Asistía dos veces por semana, gracias a que su tío tenía que hacer negocios allí, y la llevaba y la traía de vuelta a casa. Él se estaba cobrando estos favores de una forma que a ella no le pareció mal entonces, solo mucho tiempo después se dio cuenta de que había sido abusada. Cuando lo hizo público condenó firmemente a su tío, ya fallecido, pero dijo que al menos había conseguido una carrera musical gracias a ello, de lo contrario probablemente seguiría criando cerdos con su familia. Puede parecer muy frío pero yo lo entiendo, era su forma de ver el lado positivo y reconciliarse consigo misma, tras una vida culpándose por aquello, como les pasa a muchas personas que han sufrido abusos sexuales.

A los dieciséis años Sofia se mudó a la capital, Sofía, e ingresó en la escuela de canto “moderno”, que era la única forma de cantar lírica y no acabar en un coro de voces búlgaras, aunque sus mayores detractores sostienen que su estilo se acerca demasiado a este género popular. Mientras progresaba en su carrera artística, cantaba por las noches en cafés, y por temporadas también trabajó como camarera, limpiadora, recepcionista, costurera y cocinera.

El episodio más controvertido de la vida de Sofía Scalante, si exceptuamos la misteriosa desaparición de su primer marido y los rumores acerca de los malos modos con los que siempre trató a sus subalternos, es el llamado “wig riddle”, que tuvo lugar a principios de los 90 y tuvo como protagonista, además de a Sofía, a la soprano Carol Davenport.

La versión oficial dice que Carol, la artista que iba a interpretar a Cio Cio San en el estreno en el Metropolitan Opera House de Nueva York en 1991, sufrió tres semanas antes una repentina neumonía, y fue entonces cuando Marcus Grandel, el director del nuevo montaje, llamó a Sofía suplicándole que la sustituyese y pidiéndole perdón por las airadas críticas que le había dirigido al rechazarla durante la prueba para el papel. Sofía tardó dos días en responder, y lo hizo abriendo la puerta del despacho de Grandel, que en ese momento estaba reunido con unos socios, y entonando Che tua madre dovrá, una de las arias más célebres de la obra. Marcus se puso en pie y aplaudió de forma extasiada, al igual que sus socios, y Sofía comenzó a ensayar con los demás intérpretes y la orquesta. Ese estreno supuso la consagración de Sofía ante la crítica y el gran público, (antes solo era admirada en Italia) y el comienzo de una exitosa gira que duró varios años. Sofía nunca habría llegado a alcanzar el éxito internacional de no ser por ese papel.

Hay muchos rumores acerca de las causas por las que Carol Davenport no pudo interpretar a Cio Cio San; el motivo de tanta habladuría es que Carol no volvió a pisar las tablas de un teatro en dos años (tiempo demasiado largo para recuperarse de una neumonía) y que a partir de entonces usó peluca, durante el resto de su vida. También influye el hecho de que la peluca que utilizó Sofía Scalante era distinta a la de Davenport, según Sofía porque ella estaba acostumbrada a que le hiciese los tocados un artesano italiano.

El rumor más extendido dice que Sofía, desesperada por conseguir el papel, aún después de que Marcus la hubiese humillado delante del coro, se coló entre bambalinas e impregnó con ácido la peluca que Davenport iba a usar unas horas después en el ensayo, causando lesiones gravísimas a su rival cuando ésta se estaba vistiendo. No hay pruebas de ello, porque Carol era una diva del bel canto extremadamente reservada: se maquillaba y peinaba sola, y solo permitía que su asistente personal le pusiese el kimono que utilizaba para interpretar a Madame Butterfly. También tenía médico personal, de modo que no hay testigos de su ingreso hospitalario por quemaduras… pero tampoco hay testigos de su ingreso por neumonía; de hecho, el silencio de Carol Davenport y su entorno fue absoluto durante esos dos años.

La rivalidad entre ellas era sonada, porque a pesar de que Sofía Scalante era mucho menos popular, había algunos críticos que la consideraban mejor que Davenport y que muchas coetáneas, debido a su entrega y su emoción al cantar, que compensaban su falta de técnica. Algunos dicen que el propio Marcus, cuando hizo las pruebas a tres sopranos para el papel de Cio Cio San, se emocionó tanto al oír a Sofía que tuvo que ocultar sus lágrimas para no ofender a Carol, que era la candidata más fuerte, y su amiga íntima. A pesar de este desliz emotivo, Marcus esperó a que Sofía terminase de cantar y le comunicó que no había vacantes para ella en su montaje, pero que estaban buscando personal en un puesto de fruta de Little Italy, y allí podría encontrar trabajo anunciando tomates.

Carol Davenport no solía hablar de Sofía, al contrario que ésta última, que no paraba de criticarla por su “falta de sangre”, pero sí la mencionó una vez cuando le preguntaron quién no querría que interpretase alguno de sus papeles, calificándola de “chabacana”. Tras el estreno de Madame Butterfly, ninguna de las dos volvió a referirse jamás a la otra, lo cual apoya la teoría del boicot de Sofía a Carol. Llámalo boicot, llámalo intento de asesinato.

Yo solo iba a robar unos malditos dibujos.

Reseña: “Frankenstein o el moderno Prometeo”

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Esta reseña es especial por muchos motivos: se trata de mi libro favorito, es uno de los clásicos del terror decimonónico, y la obra considerada pionera de la ciencia ficción.

Mary Shelley comenzó a escribirla a los diecisiete años.

Frankenstein o El moderno Prometeo es una novela extraordinaria por estos y otros motivos, y de lectura muy llevadera, engancha.

La historia es ya universal: Victor Frankenstein es un muchacho de alta cuna  que viaja al extranjero para estudiar ciencias, y que, tras la repentina muerte de su madre, se obsesiona con la idea de devolver la vida a los muertos. Cuando consigue reanimar a una criatura producto de la combinación de varios cadáveres, descubre que el monstruo (al que no llega a dar nombre) posee una fealdad tan repulsiva que huye y lo abandona. Sin embargo, éste lo sigue hasta dar con él y enfrentarse a su creador.

He aquí el primer detalle que os va a sorprender si solo conocéis la historia por las películas clásicas: la criatura es muy inteligente, y parte de la novela está narrada desde su punto de vista. Esto da un giro dramático a la historia, porque el monstruo es consciente de su propia fealdad, de su condición de criatura aberrante, y maldice a Victor: nunca le perdonará haberle dado vida, y convertirá su existencia en un infierno. Lo segundo que puede que más os impacte es la gran sensibilidad de esta novela; tanto Victor como su criatura expresan sus emociones, y las de la criatura son desgarradoras, ha intentado hacer amigos y éstos han huido o han intentado agredirle, presa del terror. Por su parte, Victor expresa en todo momento un amor profundo a su familia, a su prometida y a sus amigos; esto da un tono aún más oscuro a la novela, porque Victor vive en tensión continua, preocupado tanto por su propia seguridad como por la de sus allegados. La criatura lo chantajea, amenazándole con hacer daño a quien más ama si no accede a darle una compañera, que ha de surgir igual que él a partir de materia corrompida, para que pueda amarlo.

De hecho, es también un drama de pasiones primarias: la codicia de gloria y fama de Victor, su miedo al monstruo, y por parte de éste, el sentimiento de rechazo, la ira y la sed de venganza.

El aspecto que más lo acerca a la ciencia ficción, además del hecho de que el protagonista consigue crear un monstruo a partir de cuerpos sin vida, es la introducción al mundo universitario desde la perspectiva de Victor, y su dilema personal entre ser fiel a las enseñanzas de filósofos de siglos anteriores, como Alberto Magno, y descubrir las teorías de los científicos modernos, que son los que sus profesores aceptan como las únicas válidas. Quizá estos elementos no sean aterradores, pero ayudan a introducir al lector en los conflictos personales de Victor, y a conocerlo como el científico tan apasionado que es.

Por último, también quiero destacar la gran cantidad de puntos de vista de la obra: comienza con el relato epistolar de un marinero que encuentra a Victor en el Polo Norte, y luego se alternan varios narradores, incluidos como ya he dicho la criatura y el propio Victor.

Os la recomiendo de corazón, y os aconsejo que le echéis un vistazo a la edición ilustrada por Bernie Wrightson, a la que pertenece la imagen de cabecera de este post.

 

El interrogatorio (homenaje a los procedimentales)

CASTLE

Una serie de tipo procedimental es una producción donde en cada episodio se resuelve un caso mediante métodos de investigación, y que tienen una estructura casi idéntica entre si. Las franquicias CSI y Ley y Orden son buenos ejemplos de procedurals (en inglés). Este relato breve está inspirado en este tipo de historias, que en ocasiones tratan de resolver crímenes sexuales.

Hana recogió su café (sólo, con azúcar) de la máquina, lo removió con reparo al ver lo malo que era, y lo dejó sobre la mesa del pasillo.

La niña está confusa —advirtió el detective Ramirez—. Mary era su mejor amiga. Bueno, es su mejor amiga, no debemos ponernos en lo peor. Te hemos traído porque se te dan muy bien los niños, y tal vez se abra más contigo.

—Seguro que sí —respondió ella—. No soy un señor mayor muy serio, que llega oliendo a tabaco negro y desodorante recién puesto. —Se arremangó la americana y bebió un pequeño y prudente sorbo de café.

Seguro que sí —repitió Ramirez, contrariado—. Hola, Amy —saludó al abrir la puerta—, esta es Hana, es psiquiatra forense y quiere hablar contigo de la desaparición de Mary.

La niña los miró a los dos con expresión cansada.

—Ya he respondido al psicólogo y al policía, no sé nada.

Hana se sentó a su lado, en una postura relajada.

Vamos a hablar de Mary, de vuestra amistad, porque la quieres y quieres que vuelva, ¿verdad?

—Claro que sí —se apresuró a contestar Amy, fijando sus grandes ojos azulados en la mirada amable de Hana.

Espera, me han dicho que su madre volverá pronto, ha ido a hacer un recado interrumpió Ramirez, entrando de nuevo—. Si esperas un momento, ella puede estar presente.

No importa, sólo vamos a conversar, seguro que terminamos antes de que ella vuelva —respondió Hana, y luego se dirigió de nuevo a Amy—, y así cuando llegue os podéis ir juntas.

Ésta le sonrió, complacida.

El detective dudó un instante de si debía dejar a la psiquiatra sola con la niña, pero su comisaría estaba saturada con la desaparición Mary, de trece años, y él estaba deseando acelerar el proceso.

Muy bien, como queráis —dijo el detective, cerrando la puerta.

—Bien, en primer lugar, quiero que entiendas que esto no es un interrogatorio, tú no eres sospechosa, sino una posible testigo, y nadie va a obligarte a hablar —comenzó Hana.

—Ya lo sé, me lo han explicado cuatro veces —comentó Amy, molesta.

—Vale, entonces iré al grano. —Tomó aire y dio un sorbo a su café—. ¿Sabes si Mary salía con algún chico?

Amy se sorprendió mucho.

—Claro que no, somos muy pequeñas.

—Oh, por supuesto, ya sé que tú no eres de esas —puntualizó Hana, mientras posaba sus ojos oscuros e inquisitivos en el conjunto que Amy llevaba puesto, un jersey a juego con una falda de pana, ambos en tonos rosados, que su madre había escogido probablemente para darle un aspecto exageradamente infantil.

—No sé qué quieres decir —murmuró Amy, frotándose las manos.

—¿Hablabais de chicos? —preguntó de nuevo Hana, esta vez en un tono más amable— Yo hablaba de chicos con mis amigas a tu edad, quién era guapo, quién me gustaba…

—Sí, eso sí, pero nada más —cortó Amy, molesta—. Estoy cansada.

—Ya lo sé —replicó Hana, y se terminó su café.

Ambas permanecieron en silencio durante un rato.

—Mira, creo que aquí hay un malentendido —retomó Hana—. Has oído que soy psiquiatra forense, y no sabes muy bien qué quiere decir eso.

—Sí que lo sé —respondió Amy, furiosa—, trabajas con la poli cuando muere alguien.

—No exactamente. Eso lo hacen los médicos forenses, pero también trabajan con personas vivas. —Se echó a reír—. ¿creíste que me dedico a interrogar a los muertos?

Amy estaba perpleja. No podía creer que aquella mujer, flaca y amargada, se riese de ella, una niña inocente.

—Verás, lo que significa “forense” es que nos dedicamos a buscar pruebas. Pistas. Pueden estar en la escena del crimen, en las personas, en lo que nos cuentan, y sobre todo en cómo nos lo cuentan. —Hana se inclinó hacia la niña—. Y tú estás mintiendo. Llevas cincuenta horas mintiendo. Les has mentido a los profesores, a la policía, al psicólogo, y creo que hasta le has mentido a tu madre.

Amy no respondió. Empezó a mirar alrededor, desesperada.

—No, señorita, aquí no hay cámaras, ya te dije que esto no es un interrogatorio. Esta sala es normal y corriente.

—Yo no sé nada. —Amy empezaba a bloquearse—.Yo salí del colegio muy apurada, porque mi madre vino a buscarme para ir a clase de piano.

—Y yo estoy totalmente convencida de que eso es cierto, pero sabes mucho más. Sabes algo que te da vergüenza contar, o que crees que es malo, y culpas de ello a Mary.

—¡No! —protestó Amy, poniéndose en pie.

—Mientes otra vez. Mary salía con chicos, se daban besos, probablemente hacían otras cosas, y alguien le hizo daño, y no quiere que ella hable, y se la ha llevado. ¿Sabes qué creo? Creo que está tirada en la linde de algún bosque al norte de estado, estrangulada, y creo que aunque no sepas quién fue, sabes mucho más de lo que dices, y no lo cuentas porque crees que ella es una guarra y se lo merece.

Amy temblaba, aguantando las ganas de llorar.

—Mírame —dijo Hana, en voz baja pero firme—. Dime qué viste.

—Cállate, te odio —replicó la niña, dándole la espalda.

—Bien. Esta tarde voy a pedir a tu madre que hable conmigo, en tu casa, y registraré tu cuarto.

—¿Qué? No puedes hacer eso, mi padre es abogado y me dijo una vez que nadie podía registrar nada sin una orden.

—Tu padre tiene razón. Pero yo soy muy lista, y muy puta, como tu amiga, así que haré el viejo truco de pedir permiso para usar el lavabo, me colaré en tu habitación y buscaré eso que estás escondiendo.

—No lo harás, y no voy a hablar más contigo.

—Qué tonta eres —dijo Hana, apurando los minutos para marcarse un farol—. Ya sé lo que hay. Mira que no escondí yo cosas en casa de mis padres para que no las viese nadie…

Amy sollozaba en silencio. Hana la dejó desahogarse, y le ofreció un botellín de agua que llevaba en el bolso.

—Me da mucho asco —balbuceó Amy.

—Lo sé, pero tienes que hacer un esfuerzo. Necesito que tú me digas qué es y por qué lo tienes, porque si lo encuentra la poli puede que no entienda nada.

—Ella tiene la taquilla al lado de la mía—empezó Amy.

—¿En el colegio?

—No, en la escuela de ballet. Las taquillas del cole se vacían cada pocas semanas, para buscar drogas y preservativos.

“Claro, como son igual de peligrosos” pensó Hana, irónicamente.

—El jueves pasado, vi dentro de la mía unas…. Unas braguitas que no eran mías, eran de Amy. Las reconocí porque se las había visto una vez que vino a dormir a mi casa.

—¿Cómo son? —preguntó Hana, sabiendo que aquel dato no era relevante, con el fin de animarla a hablar.

—Blancas, con un ribete azul. El caso es que iba a ponerlas en su taquilla, pero entonces ella llegó al vestuario y me pidió por favor que no lo hiciese. Me suplicó que me las quedase, podía quemarlas o tirarlas a la basura, pero no podía tenerlas ella porque su madre se había enterado de que andaba con chicos, y su ropa… —Amy reprimió una arcada—. su ropa interior tenía algo de un chico y ella podía meterse en un buen lío.

—Ya, se llama semen.

—¡Ya lo sé! —replicó Amy, recompuesta.

—¿Dónde las tienes escondidas?

—En mi cajón de cosas de One Direction, dentro de una bolsa.

—Uno de los últimos sitios donde iban a mirar. —Hana se estiró en la silla y soltó aire por la nariz—. Dime que no las has lavado.

—No.

Hana se levantó, abrió la puerta e hizo señas al detective para que se acercase. Le susurró lo que la niña le acababa de contar y volvió a sentarse.

—¿Y por qué no lo dijiste cuando ella desapareció y empezamos a sospechar que la habían secuestrado? —continuó Hana, más relajada— ¿No te pareció importante? Todos los chicos de vuestro instituto son sospechosos.

—Tú no la conoces.

—Creo que la conozco mejor que tú.

—No es mala, pero hace y dice cosas que no son propias de chicas de nuestra edad, ni de chicas decentes, en cualquier caso —dijo Amy, ignorando su comentario.

“Dios santo, tu madre y su collar de perlas te han sorbido los sesos”.

—Estoy de acuerdo en que es pronto para empezar con esas cosas.

—Sí, y además, si los demás se enteran, y yo sigo siendo su amiga, los demás van a creer que yo también lo hago.

“Por favor…”

—Porque a mí también me gustan los chicos, pero yo no hago nada con ellos… Bueno, es que tampoco se fijan en mí —remató, apesadumbrada.

—Bueno, la pubertad es así. Las dos tenéis la misma edad, pero tu aparentas once años, y por lo que he visto en las fotos, ella aparenta quince.

Hana calló un momento y pensó muy bien las palabras que iba a decir.

—Entonces, también tienes algo de envidia, ¿no?

Amy asintió.

—No se lo digas a nadie —explicó Amy—, es que yo sé que soy guapa, pero los chicos me hacen sentir fea.

—¿Quieres que te cuente un secreto sobre los chicos?

Amy no respondió.

—Los penes son feos —continuó Hana—. Horrorosos. No tengas prisa por tocar uno.

 

Reseña: “El número de la traición”, de Karin Slaughter

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“El número de la traición”, en inglés “Undone”, es una de las novelas más oscuras que he leído. Arranca con el atropello de una joven que huye del bosque, y que presenta signos de haber sufrido terribles torturas antes de escapar. Ella cae en coma y es labor de Will Trent, Sara Linton y Faith Mitchell (mi personaje favorito de este libro) reconstruir su historia gracias a las pistas que hallan en ella y en su prisión bajo tierra. Pronto más víctimas dibujan un escalofriante retrato de un asesino en serie, que parece proyectar su sadismo en un determinado tipo de víctima…

Lo primero que me atrapó de este libro fue la sensación de estar viviendo cada momento, de entrar en cada escenario (la bajada a la cueva de tortura me puso los pelos de punta). En segundo lugar, la humanidad de sus personajes: Sara, que intenta superar la muerte de su marido, y prácticamente adopta a la víctima del atropello, tratándola con ternura y tomando su caso como algo personal; Faith, que tiene problemas y secretos más grandes que su capacidad para organizar su vida, y que me hizo identificarme con ella por sus imperfecciones; y su jefe Will Trent, un poli duro con traumas de la infancia, que está permanentemente horrorizado con el caso y hace lo posible para sacar lo mejor de su compañera y resolverlo juntos. Estos personajes tan cercanos ayudan a engancharse a la narración, que en ocasiones puede resultar demasiado dura, por los detalles de las torturas. Sin embargo, tengo que decir que esto no me hizo abandonar la lectura en ningún momento, y que no es más escabrosa que la mayoría de la novela negra de los últimos años.

En resumen, una novela de suspense, que en ocasiones asusta como una de terror, por la crueldad del “malo” y por el realismo de sus descripciones, que entreteje una historia que implica a los personajes principales y su vida personal, sin apartar la mirada del caso en ningún momento.

Os la recomiendo.

Cuento de otoño (relato completo)

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El suelo crujía bajo los pies de Alba al andar por la primera planta de la casa para llevar cosas a su cuarto. Ella estaba fastidiada con la mudanza, aunque a su madre no le gustaba llamarla así; según ella simplemente se trasladaban por un tiempo a casa de su difunta abuela, porque papá y ella ya no se llevaban bien y tenían que descansar uno del otro. Alba sabía que había algo más, porque su madre había comentado a una amiga por teléfono que ya no confiaba en él, que era un mentiroso. La confianza era lo más importante, lo había aprendido de la experiencia con una amiga que la traicionó tiempo atrás. Pero ella no dijo nada.

El suelo crujía y los muebles murmuraban cuando todo estaba en silencio, y Alba trataba de acostumbrarse. Pasaba sola mucho tiempo porque mamá trabajaba todo el día limpiando, por la mañana portales y por la tarde oficinas, pero el instituto no empezaría hasta primeros de octubre. Como ya tenía dieciséis años, mamá no llamó a nadie para cuidarla y ella lo agradeció, no le gustaban los extraños y menos los que le decían qué hacer. De modo que mamá la despertaba cuando salía de casa a las ocho y media, y Alba desayunaba, se duchaba, limpiaba un poco y se ponía a ver la tele. Cuando se aburría la apagaba y trataba de leer un libro, o volvía a ordenar sus cosas, dado que su cuarto era amplio y le permitía hacer cambios.

Pero ahí estaban de nuevo aquellos sonidos. Intentaba ignorarlos, pensar en otra cosa, centrarse en lo que estaba haciendo. Llegó a inventarse que la casa era un ser vivo y que necesitaba expresarse, a través de los quejidos del suelo, los gorjeos de las cañerías, el crepitar de la madera.

A veces ponía música, pero no contaba con mucha variedad. No le gustaban las emisoras de radio y en su walkman solo podía meter las seis cintas que se había traído; sus favoritas eran de papá, y cuando se fueron ella estaba muy enfadada y confusa y no se acordó de pedírselas. Cuando hablaba con él por teléfono, los jueves por la noche, le daba vergüenza mencionarlo. En el fondo prefería hablar con él de otras cosas, se entretenían conversando sobre nimiedades para demostrarse que se apreciaban, y él le decía que la echaba de menos pero ella no lo admitía para no llorar. Pero lo echaba de menos a él, y también echaba de menos a los Beatles.

Así que tras un rato escuchando su propia música, se cansaba y se quitaba los auriculares. Tras unos segundos, volvían los ruidos. Alba empezó a contestarles. “Ya estás ahí otra vez”, “Te echaba de menos”, “¿Cómo van esas vigas, vieja?” “Vaya, parece que llevas un día peor que el mío.” Y así pasaba la mañana.

A mediodía hacía la comida que su madre le había dejado a medio preparar (salvo los espaguetis con jamón, su especialidad, que hacía ella sola), y comían juntas en la sala, porque no les gustaba la gran mesa de la cocina. La inmensa cocina, de paredes azules desconchadas (“¿Pero en qué momento empezaron a pintar las paredes de azul en las aldeas?”), fría y húmeda, que olía a moho. Con aquellas ventanas pequeñas para no perder mucho calor, al estar orientada al norte, como le había explicado su padre la última vez que estuvo allí. Comían y charlaban, la mayor parte del tiempo mamá contaba cosas de su trabajo y de la gente que vivía o trabajaba en los lugares donde ella limpiaba. Alba no entendía que su madre pudiese trabajar en eso, pero menos entendía que apenas se quejase. “¿Cómo puedes hacer eso, limpiar la mierda de los demás?” le preguntó una vez. “Se trata de poner remedio a los problemas, hija. Normalmente no hay nada raro, sólo polvo y algunas manchas, y limpiar eso no es indigno, no me molesta. Es normal ensuciar y es normal limpiar, como tú deberías hacer aquí.” “No quiero ser una fregona, ni que mi madre lo sea”, había intentado decirle muchas veces. Pero no era capaz.

A veces sonaban ruidos mientras comían, y Alba no respondía. Solo una vez, a mediados de septiembre, se le escapó un “Hola” cuando una cañería del grifo de la cocina empezó a traquetear. Su madre la miró un instante pero no le dio importancia. Se levantó, fregó su plato y se fue a trabajar.

Alba tuvo miedo de que su madre pensase que estaba loca. Pero también tenía miedo de volverse loca de verdad allí dentro, así que empezó a dar paseos alrededor de la casa, sin alejarse mucho, porque pasaba cerca una carretera con mucho tráfico de camiones. Evitaba a la gente, a la poca que había de todos modos. Echaba de menos a la gente, pero a la de ciudad, que iba a sus asuntos y no miraba. La gente de la aldea era amable y la miraba, la saludaba, le preguntaba si eras hija de esta vecina o de la otra, le preguntaban si necesitaba algo. Ella solo necesitaba silencio.

Encontró a una vecina que la ignoraba, y le gustaba estar con ella. A distancia, sin llamar su atención, pero en un lugar desde donde pudiese verla de lejos, paseando como ella. Ambas fingían que iban a algún lado, pero en realidad vagaban sin rumbo con las manos en los bolsillos, inmersas en sus propios pensamientos.

Un día Alba se decidió a saludarla, con miedo a molestarla, pero también ansiando compartir su soledad con alguien.

Era el primer día de clase, pero ella no fue. Ni ese ni los siguientes.

-Hola, me llamo Alba.

-Yo me llamo Blanca. -respondió la otra chica sin mucho entusiasmo.

-Acabo de mudarme. -comenzó Alba para entablar conversación.

-Yo llevo aquí un tiempo, pero no me gusta. La gente es muy entrometida. -le lanzó una mirada gélida; Alba se dio por aludida y se levantó para irse.

Antes de dar la vuelta hacia su casa se fijó en que la chica tenía la mano izquierda escayolada, y sin acercarse le preguntó:

-¿Cómo te lo hiciste? ¿Te duele?

-No mucho, lo que me fastidia es no poder usarla en dos semanas. Me lo hice cuando tropecé y me caí, buscando setas en el bosque. Gracias.

-De nada. -A Alba no se le ocurría nada más que decir y ya se sentía avergonzada. Se dirigió a casa, y cuando llevaba andados unos metros, Blanca le habló desde atrás, muy cerca.

-¿Tienes un pitillo?

-Sí, creo que sí. A veces le cojo algunos a mi madre, uno o dos de cada vez para que no se dé cuenta.

-Seguro que se da cuenta. -Lo encendió y le devolvió el mechero. -Gracias.

-De nada. -Alba empezaba a impacientarse, quería saber si iban a ser amigas o no.

-¿Te gustaría venir al bosque alguna vez? Es que aquí no hay mucho que hacer.

-¿No es muy aburrido? No sé, para eso me quedo en casa. Podríamos ir a otro sitio, pero sin coche…

-Bah, mi madre a veces va al pueblo en coche y me dice que vaya con ella, pero solo hace la compra y habla con señoras, no me deja hacer lo que quiero. En el bosque podemos hablar y fumar sin que nadie nos moleste, y coger setas, castañas… merendaremos gratis. -Blanca sonrió por primera vez. Era una sonrisa que quería ser afable pero no lo lograba.

-Bueno, la verdad es que si paso más tiempo en casa me voy a hacer amiga de las arañas. -Alba disimulaba su emoción.

-Guay, pues voy a buscarte mañana cuando tu madre se vaya después de comer.

-Vale.

Blanca se fue a zancadas por un sendero y Alba se preguntó cómo podía saber ella nada de su vida.

Al día siguiente, Alba estaba entusiasmada por tener una nueva amiga, aunque como cada mañana tenía que disimular: se levantaba temprano y se vestía para que, cuando su madre se fuese, creyese que ella iba a coger el autobús del instituto.

No rechazaba la idea misma de recibir una educación, sino que cuando fue a matricularse un mes atrás no le gustó lo que vio, y decidió no ir. Parecía buenos compañeros, pero aburridos, como siempre. Y ella no podría pasar otro año aburrida, rodeada de aburridos y aprobando por los pelos diez asignaturas aburridas.

Cuando llamaban por teléfono a casa mamá no estaba, y Alba no lo cogía por si eran del instituto.

La mañana pasó muy lenta, por la espera y porque los ruidos aumentaron de frecuencia y volumen; eran constantes y no le dejaban ni pensar. Se decidió a escribirle a una amiga que vivía en su ciudad natal y a la que echaba de menos, pero los sonidos de la casa la interrumpían constantemente. A los crujidos, gorjeos y traqueteos habituales se unía una crepitación que venía de las paredes, pero no como si se desconchasen, sino como si la casa entera temblase con ritmo sincopado.

crrreeeec crec crrreeec crec creeec

Alba chilló e insultó a la casa varias veces, pero no sirvió de nada. Finalmente cogió una navaja que escondía en bajo una tabla suelta del suelo, y la clavó en la pared, en una parte reblandecida con una mancha de humedad, por si en una más dura podía rebotar. Se produjo una leve sacudida y los ruidos cesaron. Terminó la carta y guardó la navaja.

El almuerzo transcurrió sin novedades, pero mamá sabía que Alba estaba nerviosa. Le preguntó si le había pasado algo en clase, y ella respondió que le gustaba un chico. Mamá sonrió y le dio un beso en la frente.

Cuando se quedó sola, por un momento se preguntó si sería buena idea ir con aquella chica a un sitio que no conocía y donde se podía perder. Buscó mapas de la zona por la casa pero solo encontró uno de carreteras bastante viejo, donde el área ocupada por la aldea y el bosque ocupaban a escala lo que una uña. Se sentó en el sofá raído frente a la tele y halló una posible solución en el costurero de la mesita: cogió un ovillo rojo para ir soltando hebra según se alejase de la zona conocida, y si se terminaba, se inventaría alguna excusa para volver.

Luego se acercó a la puerta principal y se quedó dentro, esperando a Blanca. No iba a hacer nada si ella no llamaba. No se sentía segura. Pero se aburría tanto…

Diez minutos después de la hora a la que mamá se iba habitualmente, llamaron a la puerta. Antes de que Alba se atreviese a mirar por la ventana de la cocina, Blanca la llamó con una voz firme.

-¿Estás lista?

-Sí. -abrió y allí estaba ella, de buen humor.

-Cógete algo de abrigo, que ahora se hace de noche más temprano. Y unas buenas botas, que ha llovido un montón. ¿Llevas una bolsa de plástico? Mejor de tela, para que no se acumule el agua.

-Vale. -refunfuñó Alba; cogió lo que le había dicho, y volvió a salir.

El paseo fue mucho más alegre y sorprendente de lo que Alba se había imaginado. El bosque estaba precioso: los robles, castaños y olmos había desprendido millares de hojas de todos los colores y había muchos regueros de agua corriendo por todas partes. Se sintió como una niña saltando los charcos y hundiendo los pies en la hojarasca. Ni siquiera los insectos, ciempiés y arañas la asustaron.

Las niñas hablaban de sus cosas, sin entrar en muchos detalles. Blanca le enseñó dos clases de setas que ella solía coger, pero le dijo que hasta que aprendiese se limitase a recoger castañas. Alba pensó en esconderlo todo para que su madre no lo viese, sin embargo se dio cuenta de que no tenía nada que ocultar, a fin de cuentas podía salir un rato por las tardes si no tenía exámenes.

“Pero no quiero que sepa que tengo una amiga. Todavía no.”

Cuando el ovillo se terminó, Alba pensó en decirle a Blanca que se iba, pero se lo estaba pasando bien recogiendo castañas y tratando de distinguir unas hojas de otras. Miró alrededor y no identificó ninguna referencia externa al bosque, así que no quiso seguir adentrándose. Todo parecía igual, o al menos los patrones se repetían: árbol-árbol-piedra-arbusto-piedra-árbol-árbol-piedra…

Blanca se dio cuenta de lo que ocurría.

-No pasa nada, no vamos a ir más lejos. Vamos a empezar el camino de vuelta; mira, ya giramos aquí.

Caminaron en torno a un tocón hueco enorme, rodeado de setas semicirculares; entonces Alba vio lo que había dentro, y pensó que no podía ser una casualidad que Blanca conociese ese camino.

Dentro había un esqueleto humano, grande pero no de adulto, pues su fémur era más corto (Alba había visto uno en la consulta de enfermería de su padre). Sus huesos estaban amontonados, pero tuvo que haberse metido muy doblado, o alguien lo metió así. Estaban creciendo hongos entre los huesos.

Alba miró a Blanca, sobrecogida, y ella le contó a modo de explicación:

-Lo encontré hace unos meses, lo llamo Luz. No sé por qué, me vino ese nombre a la cabeza. Me imagino que es otra chica de por aquí, o que se mudó, como nosotras. No se lo voy a contar a nadie, no quiero hablar con la Policía y que me pregunten qué hago aquí sola de paseo.

Alba asintió, sin saber qué responder. Ella tampoco quería hablar con la Policía.

-Será nuestro secreto. -le ofreció la mano, fría y húmeda de recoger setas. – ¿Amigas?

-Amigas.

Volvieron varias veces aquella semana, haciendo siempre el mismo recorrido. Se lo pasaban muy bien hablando de sus gustos, de los chicos, de sus vidas anteriores.

Finalmente, una tarde Alba se atrevió a preguntar:

-Oye, ¿tú me espías? ¿Cómo sabes los horarios de mi madre?

-No, claro que no. ¿Estás loca? Lo que pasa es que mi madre tiene trabajo por la mañana y por la tarde, y me imaginé que la tuya también.

-Ah, vale. Perdona.

Aquella tarde volvieron antes, hacía mal tiempo y tenían mucho frío. Al volver, como siempre delante de Blanca, Alba iba recogiendo el ovillo disimuladamente. Pero al llegar a una zona frondosa lo perdió de vista, giró para buscarlo, y tiró. Tropezó y cayó en su propia trampa.

Al levantarse con la ayuda de Blanca, se dio cuenta de que la había descubierto.

-Pensarás que soy tonta. -Alba se había puesto colorada.

-Sí, pero ya lo sabía, te vi el primer día. Yo también hice eso las primeras veces. Venga, arriba.

La ayudó a recoger las castañas y el ovillo y se fueron a casa.

A Alba le dolía mucho la mano izquierda, y al día siguiente fue al ambulatorio. Se había hecho un esguince, y se la vendaron. Tenía para dos semanas.

Sintió mucho miedo.

Alba se sentó en su cama a pensar sobre lo que estaba sucediendo. Había conocido a una chica (bueno, ya podía decir que eran amigas) con una vida muy parecida a la suya, que se había hecho la misma lesión en la muñeca, y que le había enseñado los huesos de alguien tirados en el bosque.

¿Y si todo era una coincidencia? Solamente se trataba de otra chica nueva en el pueblo, cuyos padres se habían separado hace poco, que también oía ruidos en su casa. Y se había hecho la misma lesión que ella unas semanas atrás. También robaba tabaco a su madre, que tenía la misma ocupación que la suya. Vestían parecido, les gustaba la misma música. Tenía el pelo del mismo color, castaño claro tirando a pelirrojo.

Ninguna de ellas iba a clase. Tenían previsto matricularse en el mismo instituto, pero a ambas les produjo rechazo la clase que les había tocado.

1º BUP C.

Todo aquello tenía explicación.

Pero había algo más. Aquella misma tarde Blanca le había hecho daño.

“No sé cómo llegué hasta ahí”.

Alba no recordaba haber llegado hasta el tocón aquel día. Estaban recogiendo castañas, las últimas que quedaban, podridas en su mayor parte, cuando oyó un silbido y sintió un dolor fuerte en la sien. Cayó al suelo y al despertarse se encontró junto al tocón, lejos de donde estaban antes. Pensó que la tierra y las hojas formarían un colchón mullido, pero todo estaba encharcado, así que se incorporó rápidamente para no empaparse.

Miró dentro, atraída irremediablemente por los huesos de aquella desconocida, y lo que vio la aterró por completo.

Allí estaba su ovillo de lana roja, enrollado de modo que ella no podría volver sola. Junto a él, el monedero verde que siempre llevaba consigo. Se lo había hecho su abuela cuando era pequeña, y lo guardaba en el bolsillo de su pantalón. Nunca se lo había comentado a Blanca.

-Lo siento, ya sé que es desagradable, pero somos mayorcitas. No podemos depender de lo que nos hace sentir seguras. Ya es hora de que te deshagas de esas cosas, ¿no crees?

-El monedero es mío, no te lo voy a dar.

-Por eso te lo he tenido que quitártelo yo. Hazme caso, es por tu bien, a mí también me lo tuvieron que quitar.

Blanca encendió un mechero y prendió un papel con algo escrito. Alba no pudo leerlo, estaba tratando de impedir que Blanca lo arrojase, pero ella la pateó en el suelo mientras lo tiraba y todo empezaba a arder.

-Tengo curiosidad por saber si los huesos arden. O hasta qué punto. -musitó en un tono monocorde mientras observaba ensimismada.

Alba se quedó en el suelo, paralizada por la bota de Blanca y por el miedo. Al cabo de un rato, Blanca apagó el fuego ahogándolo con un trapo, y se fue. Alba la siguió en silencio. No miró si el esqueleto se había consumido.

Ahora, sentada en su cuarto mirando la marca que había dejado su navaja en la pared, pensaba qué podía hacer, y por qué lo tenía que hacer.

“Puede matarme.” “No”, respondió su lado más racional, “hay una distancia muy grande entre golpear a alguien y robarle un objeto personal para quemarlo… y matarla. ”

“Sabe demasiado sobre mí y eso me da miedo.”

Esa era razón suficiente.

Puso la navaja bajo la almohada y se quedó dormida casi al instante.

Al día siguiente repasó cuidadosamente su plan, que incluía asegurarse de que nadie supiese que estaban juntas. Curiosamente nunca se habían encontrado a ningún vecino durante sus paseos por el bosque; la zona de merenderos, donde acudían las familias, se encontraba en el linde opuesto. En cuanto a la familia de Blanca, es decir, su madre, nunca se la había presentado, así que no podía sospechar de Alba, pues no conocía su aspecto.

Hasta ahí, todo controlado.

No quería matarla. Deseaba que hubiese otro modo de terminar con aquello, pero… Definitivamente Blanca estaba mal de la cabeza, y podía volver a herirla en cualquier momento. Además sabía mucho de ella, y lo que no sabía, lo adivinaba.

Y luego estaba aquel cadáver abandonado. Blanca sabía dónde encontrarlo, le había puesto nombre, hablaba de él con familiaridad. Casi como si ella misma hubiese acabado con la vida de aquella chica. Durante un instante se escandalizó por imaginar a Blanca matando a alguien, pero luego cayó en la cuenta de que ella misma estaba planeando un asesinato.

Aún había otra cosa. La casa se comportaba de un modo diferente desde que eran amigas. Cuando se veían a diario, los ruidos y temblores eran incesantes. Sin embargo, los fines de semana (cuando no se veían porque sus madres estaban con ellas en casa, y no querían revelar el secreto de su amistad) la casa permanecía tranquila. Le extrañaba, porque a fin de cuentas los ruidos habían empezado antes de conocer a Blanca, pero supuso que no podía esperar mucha lógica de un lugar encantado.

Porque esa era su conclusión: aquel lugar estaba encantado.

Su imagen de las brujas era más oscura y más seria que la de otras chicas, que no creían esas historias. Alba sí las creía, le encantaban los libros que hablaban de hechiceras que habían existido de verdad. Su madre decía que conocía a una, que tenía una cabaña minúscula y maloliente en el bosque cerca de su aldea, y que en torno a esta no crecían las malas hierbas, ni se acercaban los animales.

Las brujas no eran ancianas horribles con una verruga en la nariz, sino mujeres hermosas en cuyo rostro no había el menor atisbo de vejez; era imposible saber su edad. Las de verdad no eran como la de la película “Merlín el encantador”, sino como la del cuento de Hansel y Gretel. Atractivas, seductoras, extremadamente crueles. Las brujas podían aparecerse como una amiga, alguien con quien tomas confianza y luego te destruye. Las brujas existían de verdad y podían hacer mucho daño, como mínimo podían volver loco a uno.

“Eso lo sabe todo el mundo”.

De modo que tenía que impedirlo. Si Blanca era una bruja, debía defenderse de ella, y si no lo era, al menos debía de romper el hechizo eliminándola.

Preparó una pócima a base de ruda que había encontrado en unas hojas sueltas escondidas en un libro, e impregnó la hoja de la navaja en ella.

Aquel día apenas habló con su madre cuando esta vino a comer. Tampoco tenían mucho tema de conversación últimamente, a Alba se le estaban acabando las historias inventadas para fingir que acudía al instituto, y a su madre no le iba bien en el trabajo.

Cuando Blanca llegó aquella tarde la notó muy nerviosa. Ella trató de disimular diciendo que su madre había descubierto que no iba a clase desde el inicio del curso, pero esto puso a Blanca alerta.

-¿Le has contado algo más? -La mirada de Blanca revelaba su sospecha de que Alba hubiese contado algo sobre su amistad.

-No, no… no te preocupes, nuestro secreto está a salvo. Pero no paraba de hacer preguntas sobre el curso, mis compañeros… No he podido aguantar más.

-Bueno, pues procura inventar algo sólido para cuando te pregunte a qué dedicas las tardes… y las mañanas, claro. Por cierto, ¿Qué has hecho esta mañana, Alba?

-Nada, ¿por qué?

-Simple curiosidad. -De nuevo se dibujó en su cara aquella sonrisa artificial, como la de un autómata.

Alba sintió un escalofrío que le sacudió toda la espalda hasta la rabadilla e hizo un esfuerzo por seguir caminando a la par de su amiga.

Al llegar al tocón, Blanca se sentó en el borde y miró a Alba cara a cara.

-Mira dentro del tronco. ¿Qué ves?

Alba miró y vio que los huesos ya no estaban. No quedaba nada de la hoguera del otro día.

-Que todo se ha consumido.

El cielo se nubló por completo como cada tarde, ya no volvería a salir el sol hasta el día siguiente. Cada día sucedía más temprano.

-Efectivamente, todo se ha consumido. ¿Sabes qué significa eso?

-No. -Pero sí lo sabía.

Alba pensó muy rápido. Aquel día llevaba una mochila colgada de un sólo hombro, y la descolgó hacia delante, golpeando con fuerza la cara de Blanca. No llegó a tirarla al suelo, pero sí la aturdió lo suficiente como para poder empujarla dentro del tocón y acorralarla, lo que aprovechó para abrir la navaja y ponerla pegada a su cuello, mientras con la otra mano sujetaba a la chica.

-Adelante, ya me tienes donde querías. -susurró Blanca sin inmutarse.

-¿Cómo? -exclamó Alba, sin apartar la navaja.

-Así es como tiene que ser, así es siempre. Yo lo hice antes que tú, por el mismo motivo. Tenía miedo de la chica que me trajo aquí. No sé si es este lugar, no sé si es coincidencia. No sé si ella era bruja, yo no lo soy. Pero sé que lo harás aunque yo te suplique, porque yo lo hice aunque ella suplicó.

-Pues hazlo, suplica. -La confusión de Alba aumentaba su ira.

-No me mates, por favor. -musitó Blanca entre lágrimas, agarrando la mano de Alba con fuerza para intentar apartarla, pero sin poder moverse debido a la postura en la que había quedado.

Alba no dijo otra palabra. Cortó la carótida de un tajo. Había aprendido que debía hacerlo así, porque la vena yugular llevaba sangre con menos presión; no sabía por qué tradicionalmente se atacaba la yugular. La sangre manó con fuerza y la salpicó, y entonces percibió algo que la llenó de repulsión: calor, el calor de la sangre de Blanca en sus manos mientras su vida se apagaba.

-Un momento, ¿qué ponía en el papel?

Pero Blanca no respondió.

Alba se cambió de ropa, poniéndose la limpia que llevaba en la mochila. Tapó el cuerpo de Blanca con un montón de hojas y ramas y la abandonó allí. Volvió a casa (por fin se había aprendido la ruta) y guardó la ropa sucia para deshacerse de ella en otro momento.

Pasaron los meses. Los ruidos habían cesado, y Alba se calmó. Pensaba con frecuencia en lo que había hecho, pero con menos remordimientos de lo que esperaba en un principio. El curso avanzó, y en enero se acercó de nuevo al instituto para intentar incorporarse, sin muchas ganas. Sin embargo, cuando se acercaba a la puerta, vio una chica con el pelo castaño claro, tirando a pelirrojo. Aguardó escondida detrás de una columna, hasta que vio que la chica cambiaba de idea y se alejaba.

Tenía una nueva amiga.