Anochece en Victoria Roead (tercera parte)

Carlota frenó en seco mientras su amigo avanzaba hacia la caja. Sin pensarlo mucho, lo agarró de la camiseta, pero en lugar de frenarlo, esto solo hizo trastabillar; perdió el equilibrio, y en el camino derribó una torre de latas de galletas danesas, que cayeron al suelo con un estruendo horrible. Owen se desplomó sobre ellas, ya dispersas sobre el suelo del supermercado. Carlota se apuró a ayudarlo. Entonces el extraño de las escaleras se acercó a ellos.

— ¡Es él! — gritó ella, fuera de sí.

Nadie pareció escucharla.

Owen logró incorporarse y se quedó mirando al recién llegado, que se le iba acercando con cara de preocupación.

— ¿Estás bien? — preguntó.

Owen asintió, y le sonrió con esfuerzo. Le dolía todo el cuerpo, y trataba de asimilar lo que ella le estaba insinuando.

Carlota pagó mientras ellos se saludaban, y Owen aseguró que se encontraba bien. El desconocido, sospechoso de homicidio, se despidió de ellos con una sonrisa afable y se marchó tranquilo.

Ellos dos esperaron unos minutos, con la excusa de hacer otra compra de última hora. En realidad lo dejaron todo atrás, diciendo que no llevaban dinero. Carlota estaba frenética, y no acertaba a darle a Owen una instrucción precisa para lo que quería hacer.

— Escucha, vamos a seguir con mi plan — insistió Owen.

— No, ahora ya no podemos — respondió Carlota — . Te ha visto y sabe que lo sabes. Sabe que sabes lo mismo que yo. Somos testigos, sabemos demasiado y podría estar llamando a alguien ahora mismo.

— Escucha, pequeña — replicó Owen, apartándola hacia un rincón al salir del supermercado — . Tienes que calmarte. No sabe nada, porque creo que no tiene nada que ver con esto. Volvamos a casa y preguntemos a los demás si ya saben quién es la víctima.

— No me entiendes… ¡Ya es tarde para volver, tenemos que pensar otra cosa! Tal vez cuando lleguemos a nuestra habitación nos esté esperando un amigo suyo. Vamos a pensar qué hacer mientras lo tenemos al alcance. Mira, se está alejando por ese camino. No vuelve al bloque, eso solo puede querer decir una cosa: es culpable.

Del rostro de Owen ya se había esfumado todo rastro de paciencia.

— ¡Estás paranoica! Estás loca y paranoica. Y si no quieres llamar a la policía, mi trabajo se termina aquí. Te espero en mi habitación.

Carlota soltó un bufido y se cruzó de brazos, mientras él se alejaba. En aquel momento estaba más enfadada que asustada. Sin embargo, no quería volver. Sentía que en cierto modo tenía el control. Todavía no lo había perdido de vista, todavía podía seguirlo. Esperó unos minutos por si Owen volvía. Unos segundo más y no oía ningún ruido, salvo los gruñidos lejanos de algún zorro buscando comida. Entonces lo vio: en un claro entre la maleza, fumando, tal vez planeando una estrategia. Estaba muy cerca del canal que circundaba el complejo.

Cruzó la calzada hacia él, pero se dirigió hacia un punto distante, para no ser descubierta; conocía un camino que las parejas morbosas solían frecuentar. Un solo pensamiento se abría paso en su cabeza, mientras la luz diurna iba desapareciendo: el desconocido seguía estando borracho, y además no se esperaría que ella lo siguiese; contaba con el factor sorpresa. Se detuvo un momento para asegurarse de que no estaba a su alcance, y oteó los arbustos. Seguía ahí, inmóvil, a veces se reía solo. Por el olor, confirmó que no fumaba solo tabaco. Se frotó las piernas, para aliviar el picor de los arañazos que le producían las plantas, y aguardó un poco, mientras el corazón amenazaba con explotar de un momento a otro. No tenía un plan; solo quería tenerlo allí, a su merced, con la guardia baja. Por un momento rogó al Cielo averiguar algo que la sacase de dudas; algo que lo declarase inocente. Por si no era así, buscó en torno a ella algo con que defenderse; a un metro de donde estaba, escondido entre los arbustos y la suciedad, halló un cristal roto, probablemente de una botella. Lo tomó con cuidado, comprobó que era grande y afilado, y trató de respirar con normalidad; la ansiedad empezaba a ahogarla.

Aguzó el oído y oyó otra corriente por encima del canal; miró por entre las ramas y vio que se había puesto a orinar hacia el agua. Esperó un poco y comenzó a dudar; quizá no era tan buena idea estar allí. Quizá Owen tenía razón. Un ciclista pasó a gran velocidad por la orilla de enfrente. No la vio, o eso creyó ella. No tenía sentido seguir allí.

De pronto, cuando ya se había dado media vuelta, oyó un gemido y un chapoteo exagerado. Cuando se acercó, solo pudo ver el agua revuelta y el motivo de que se hubiera asomado demasiado: una gran larga con banderas de colores que sobresalía unos metros, probablemente abandonada por un grupo de amigos que celebraban una fiesta. Aún se podía admirar el extremo que seguía enganchado en un árbol. La cuerda era, al mismo tiempo, el motivo de que no pudiese nadar: se había enredado en ella al caer al canal. El chico no paraba de retorcerse, pero no lograba salir. Carlota lo observó mientras él pedía auxilio, pero ya casi no le llegaba el aire. Todavía tiraba de la ristra de banderitas, tensándola y doblando un poco aquella rama, y también producía grandes burbujas que destacaban en la superficie del agua, cada vez más oscura. En un momento dado, cuando ya se había convencido de que no la había visto, el gorgoteo cesó y la cuerda se relajó un poco. Hubo un silencio cortante y luego volvieron los sonidos que enmarcaban la normalidad de la zona: los insectos, la corriente, el murmullo del viento.

Quizá era hora de marcharse, pensó ella. Volvió al bloque y se metió en la cama.

Carter salió la noche del sábado con una sola cosa en mente: olvidar a su exnovia. Llamó a su amigo Paul, a quien conocía solo desde hacía un par de meses, pero que ya lo había visto deprimirse por la ruptura con Abbey, y juntos se fueron a quemar la noche en los tres pubs que estaban cerca del piso que compartían, cerca de East Acton. Lo que Carter no se esperaba era que Paul le tuviera preparada una cita a ciegas. Cuando su amigo se lo contó, se alegró mucho, pero lo malo era que había que ir a buscar a la chica (una amiga de Paul, con la que él también se había enrollado, aunque nunca se lo dijo) a un enorme edificio de apartamentos, en medio de la nada. Solo eran un par de paradas en metro y un buen trecho andando, pero Carter estaba muy borracho y le daba pereza. Paul insistió, y fueron los dos a buscarla; como poco, conocería a una chica guapa.

Lo malo fue que, cuando llegaron, cerca de las dos de la mañana, Eve ya estaba aburrida de esperar y quería irse a la cama. Paul le mandó un mensaje parar insistir y ella accedió; en el momento en que llegó al exterior y saludó a Carter, éste reaccionó vomitando profusamente sobre el suelo, el banco y el vestido de la chica. Eve se dio media vuelta y Paul se pasó los siguientes diez minutos riendo hasta llorar. Carter fue al lavabo, se despejó un poco, y comprobó que su ropa seguía limpia. Paul lo miró de arriba abajo, y se comprometió a rematar bien la noche. Tardaron muy poco en encontrar una fiesta en el hall del edificio, y después hubo fiestas en las terrazas, en el ático y en alguna habitación. Más alcohol, más chicas, más desfase. Luego, fundido a negro.

Se despertó en el regazo de su amigo, que seguía durmiendo. Después volvió a despertarse, y le sorprendió estar en la escalera de incendios. Posteriormente, Paul le contó que habían tenido que esconderse allí cuando se armó una pelea en la habitación donde estaban, en la octava planta.

Según le dijo, ellos dos y una chica se estaban metiendo coca en el baño, sobre las ocho, cuando apareció el inquilino de la suite, a quien nadie conocía, y empezó a gritarles por armar lío en su habitación. Ya se iban a marchar, pero entonces el recién llegado sacó un cuchillo del cajón de la cocina y se abalanzó sobre los que estaban consumiendo sobre la cama. Los tres aprovecharon para escabullirse, y la chica huyó para encerrarse en su cuarto. Paul recordó algo que le había dicho su amiga: no había cámaras en el cajón de las escaleras. Condujo a su amigo hacia allí, bajaron algunas plantas, y solo salió para comprar algo en una máquina de vending de la lavandería.

Cuando sintió que ya estaban a salvo, y los dos estaban despejados, salieron de allí, y fueron a tomar café en un Costa, a un par de manzanas, por si el loco seguía cerca. Se despidieron, Carter volvió a su casa, y Paul se dirigió de nuevo al bloque para hablar con su amiga y pedirle disculpas. Paul tenía miedo de que volviera a beber, porque Carter llevaba también una mala racha, pero estaba demasiado cansado.

Paul iba a trabajar en ese momento. Se estaba arrepintiendo de haberlo dejado solo. Carter no cogía el teléfono ni respondía a los mensajes desde la noche anterior. Lo que más le escamaba era que Eve lo llamó justo cuando tenía que entrar en el metro, y él no pudo contestar. Tal vez quería decirle algo.

Se recostó en el asiento, y levantó la vista. Frente a él, una chica delgada y vestida de modo impecable estaba sollozando. Se cubría la cara, pero él se daba cuenta. Por un momento, ella abrió las manos, se fijó en él, y volvió a llorar. Finalmente, se levantó y bajó en una estación. Él siguió hasta su parada.

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Anocheche en Victoria Road (Parte 1)

1 oTwLVfx9lqQIpJg1OQ15sgEl sol se ponía velozmente al oeste de Londres en aquella tarde de septiembre, mientras una chica se consumía despacio. Fabricar jabón suena aburrido; para Carlota, además, estaba resultando doloroso (se había quemado ya dos veces manejando la mezcla) e incómodo, ya que Owen, su vecino en el edificio de apartamentos Old Oak y antiguo novio, no paraba de mirarla de forma desdeñosa con sus ojos de color azul piscina.

Carlota se centró en extender cuidadosamente la pasta para dejar una superficie lisa en su molde y así poder terminar la tercera barra de la tarde. La meticulosidad era lo que la mantenía despierta. También ayudaba la voz chillona y monótona de Judie, la artesana que el complejo de residencia a medio plazo había contratado.

Owen era de Londres. De hecho, era la única persona que Carlota conocía que había nacido allí. A Owen le gustaba bromear con que era un tipo muy duro porque había crecido en esas calles; decía que se había hecho tatuajes para que reconocieran su cuerpo si aparecía muerto en el canal. Carlota le respondía que sus tatuajes eran demasiado normales como para que le sirvieran al forense en caso de que fuese decapitado.

“Me quiero morir”, pensó Carlota. “Son las ocho de la tarde de un domingo y estas actividades son un coñazo. Y Owen me sigue gustando”. Había en ese momento un ambiente distendido en la terraza delantera, gracias a la brisa fresca y las conversaciones banales. “Eso es lo que más voy a echar de menos si me vuelvo a España”, pensó Carlota. “La frivolidad, la falta de emoción”. Pero ella no quería volver. Llevaba dos semanas en paro y ya le faltaba el aire, agobiada por la ciudad más cara del mundo; estiraba todo lo posible el último sueldo de su empleo como relaciones públicas, compraba lo justo para la semana en Sainsbury, no recordaba la última vez que se había tomado una cerveza en un pub. Y aún así no quería volver a España por nada del mundo. Ni la pobreza, ni el hollín, ni el Brexit la devolverían a su pueblo.

Owen le refrescó la memoria tropezando con su mano en la de ella, quién sabe si adrede, para coger unas flores secas decorativas. Él había sido su última cerveza. Con Kelsey, la camarera, no hubo cerveza, ni cita, ni conversación; solo fue sexo, en el baño, después de su turno en aquel pub de Shoreditch. Los cuatro amaneceres más rosados que había visto jamás. Y por eso había dejado a Owen, por eso había dado por terminada la relación de tres meses. Luego ella cometió el error de esperar otra relación de Kelsey, pero no la hubo. Para Kelsey, Carlota solo supuso cuatro polvos con una española.

Dejó las herramientas y el molde de jabón a un lado y estiró los brazos hacia delante, sobre la mesa. Se había esforzado por olvidarlo, pero no dio resultado. Él le daba demasiado morbo. Y ella lo había estropeado todo.

De pronto, dijo en voz alta, en español, “me voy”. Se levantó y cogió un trapo húmedo para limpiar el reguero de gotitas color verde agua que adornaba su parcela de la gran mesa de actividades comunitarias. El olor a aceites aromáticos la alegró por un momento. Guardó sus moldes llenos de preparado junto con los de los demás, y entró en el edificio.

A Carlota le encantaba el sitio donde vivía: un bloque de apartamentos con un estilo arquitectónico hipster post industrial (como ella y Owen habían acordado definirlo) lleno de zonas comunes alegres y acogedoras, como la biblioteca, la lavandería, y el espacio de co working. El exorbitante precio del alquiler incluía limpieza semanal, vigilancia 24 horas, y las actividades como la que ella acababa de abandonar. En la planta baja, además del gimnasio, había un supermercado con lo básico, a precio desorbitante. El edificio era gigantesco, con diez plantas y treinta suites en cada nivel. Cada suite tenía dos habitaciones con baño individual y una cocina compartida.

El Old Oak estaba lejos del centro, en zona cuatro, en mitad de Victoria Road. A quince minutos andando tenía la estación de North Acton, en la Central line, y en dirección opuesta tenía la Willensden Junction para ir al ampuloso barrio de Hampstead, con sus mansiones de estilo georgiano y su enorme parque estampado de lagunas. Vivía en una especie de polígono industrial, pero su entorno era tranquilo, serpenteado de canales y carriles bici.

Sin embargo, desde que perdió su empleo en Duff & Spears, se sentía totalmente fuera de lugar. Cada persona, en el edificio y en todo Londres, parecía estar haciendo algo importante salvo ella. No estudiaba, no trabajaba, y claramente no se estaba esforzando lo suficiente para encontrar otro empleo, porque todas las personas con las que había entablado relación desde que llegó a la ciudad le habían dicho lo mismo: “si quieres, puedes”. Pobre, pero puedes. Claro que también todos ellos y Carlota habían pasado por la primera fase de la vida londinense: salir, ir a conciertos, drogarse, follar con desconocidos e ir a trabajar sin haber dormido. La vida posterior era una eterna resaca.

Carlota saludó a Ben, el recepcionista antipático de tarde (por cada turno había dos recepcionistas y un encargado de mantenimiento) y se entretuvo mirando el horario de tiempo libre de la siguiente semana: saludo al sol el lunes a las 6.00, charlas sobre feminismo el martes, taller de té orgánico el miércoles, consejos para manejar el estrés el jueves, torneo de billar el viernes, Owen detrás de ella, apoyado en la pared, reflejado en el espejo del ascensor. Carlota dio un respingo, pero se mantuvo firme. Él, por su parte, la juzgaba con calma. Parecía que de un momento a otro le iba a espetar “te lo dije, te dije que era una zorra”.

Ella se resignó, entró en el ascensor y usó su tarjeta para desbloquear el teclado y marcar el siete. Owen entró detrás y marcó el cinco; Carlota supuso que iba a la lavandería. Detrás entraron otras tres personas, de tres etnias distintas, con cara de tener proyectos y esperanzas. Nadie saludó. La mayoría de los inquilinos optaban por no hacerlo, por si eso era demasiado brusco en otras culturas.

El trayecto fue breve, pero Carlota tuvo tiempo de percibir el olor de su amante y sentir escalofríos de nostalgia. Owen se bajó en su planta, sin decirle nada. Las otras personas hicieron lo mismo. Se dirigió a su suite sintiendo cómo el aire acondicionado le ponía la piel de gallina, y recordando cuánto lo había apreciado durante el caluroso verano que ahora se terminaba. Su habitación no lo tenía, y había pasado muchas noches en vela. Además de molesto, no poder dormir por culpa del calor en Inglaterra era humillante.

Carlota entró en la cocina usando la tarjeta, se hizo un sándwich y volvió a usarla para entrar en el dormitorio, que ahora ya tenía una temperatura agradable. Se sentó en la única silla y se quedó mirando la cama, llena de objetos que no sabía dónde meter; llevaba ocho meses viviendo sin un armario. De pronto no podía hacer nada por levantarse. Le faltaba motivación para seguir buscando trabajo, o mejor dicho, pensó, “tengo motivación pero me falta energía”. La energía que tienes cuando crees que lo que estás haciendo va a servir de algo.

Seguir viviendo allí era inviable. El alquiler era desorbitado y la ubicación era bastante mala, porque le llevaba demasiado tiempo (y dinero de su Oyster) ir y venir del centro, o al menos de otras zonas con más negocios. Así que además de buscar trabajo, tendría que buscar un sitio donde vivir.

La razón por la que escogió Old Oak fue el miedo, principalmente. Se lo había recomendado su amiga Nuria, una barcelonesa de treinta años con muchas ínfulas; solo permaneció allí un mes, luego se fue a un apartamento desvencijado de Croydon con otras siete personas. Carlota tenía miedo de eso, de tener que compartir el piso, el baño y seguramente el dormitorio con desconocidos. Miedo de tener que caminar mucho tiempo por la calle en invierno, al salir del trabajo, miedo de tener que aprenderse nuevas rutas seguras. Sabía que no era una ciudad particularmente peligrosa, pero sí inmensa, y llena de micro universos a la vuelta de la esquina. Tenía miedo de agobiarse si cortaban la línea de metro habitual al última hora y tocaba buscarse la vida. No se trataba de miedo real, a algo tangible, porque todo eso no eran más que contratiempos, pero éstos le producían pánico.

Decidió ser práctica: había que cenar, ducharse y dejarlo todo preparado para salir temprano el lunes. Terminó su sándwich de pavo, lechuga y mayonesa, bebió zumo de arándano, y se metió en el baño durante media hora.

Cuando salió del baño, se puso el pijama, abrió momentáneamente la ventana para ventilar y se dio cuenta de que había cometido un error al abrir el zumo. Lo había comprado el día anterior y lo había guardado en su cuarto, ya que su espacio en la nevera común era muy pequeño y estaba ocupado con cartones de leche, de modo que había planeado no abrirlo hasta que se hubiera marchado su compañera, dos días después, el martes. Ahora tendría el zumo abierto durante 48 horas, a unos probables treinta grados.

“Tal vez si me terminase ahora la leche podría guardarlo en frío”.

Ni corta ni perezosa, salió hacia la cocina. Se bebió un tazón, bastante lleno, para poder aprovecharla toda, y mojó algunas galletas de su compañera. Al terminar, lo fregó todo y guardó el zumo en la nevera. Luego se llevó la mano al bolsillo trasero para coger la tarjeta y volver a la habitación. Pero allí no había ni bolsillo ni tarjeta, solo un fino pijama del algodón.

“Mierda. Mierda. Mierda.”

Se había dejado la tarjeta sobre la cama, y ahora estaba fuera, en pijama, sin móvil y con el pelo mojado. Tendría que bajar a recepción a pedir que le abriesen la puerta.

Decidió no prolongar el momento de bochorno. Por si no conseguía ayuda, bloqueó la pesada puerta de la suite con la ayuda de un taburete de la cocina, y se dirigió al ascensor. No podía usarlo sin la tarjeta, así que se detuvo delante, de brazos cruzados, a esperar por si venía alguien pronto. Le gustaba el área de espera; estaba decorada con cuidado, a juego con el resto de la planta. Cada nivel del edificio tenía una temática distinta, y eso le parecía un bonito detalle hacia los huéspedes. Pero notaba la humedad en sus hombros, y una repentina sensación de soledad. Los amigos que había conocido en el edificio ya se habían mudado; nadie vivía allí mucho tiempo. Por eso en ese momento no podía pedirle a nadie un secador del pelo, o una tarjeta para coger el ascensor. Empezó a retorcerse los dedos con nerviosismo, y notó que las lágrimas se concentraban en sus ojos, a punto de caer, mientras su rostro se iba calentando. Además, ya había pasado algún tiempo (no podía determinar cuánto exactamente, porque no llevaba reloj y el tiempo pasa más despacio cuando estás alterado) y no aparecía ningún vecino. Era curioso, porque la planta se había llenado de estudiantes en las últimas semanas, y siempre había mucho tráfico.

Al menos podía bajar por la escalera de incendios. Nunca lo había hecho, pero esta era la ocasión ideal. Recorrió el pasillo lo más rápido que pudo, para que nada más fallase; a veces usaba esa estrategia en la calle o en el metro. “Si tardo poco tiempo, me libraré del mal”.

Al igual que el resto de puertas del complejo, la de la escalera era pesada y cerraba con un sistema electrónico, pero para evitar problemas en las evacuaciones, habitualmente estaban desbloqueadas, así que Carlota pudo acceder sin problema. Sólo al rozar la puerta con el pie se dio cuenta de que iba descalza. Le gustaba la sensación de la moqueta, sobre todo la de aquel edificio, porque era nueva y no parecía muy contaminada, como las otras que había visto, tanto en la ciudad como en algunas visitas a otras partes de Inglaterra. Carlota suponía que toda la isla de Gran Bretaña estaba enmoquetada.

La escalera de incendios también estaba limpia, probablemente porque nadie la usaba nunca. Sin embargo, al no contar con una buena iluminación como los pasillos, resultaba agobiante, así que Carlota fue siguiendo una línea azul de la pared para sentirse más segura según se iba acostumbrando a la penumbra. Poco a poco fue bajando. Cuando llevaba descendidas tres plantas, empezó a oír risas lejanas y el eco de una conversación absurda, y poco después llegó al origen: dos chicos muy borrachos tirados en el descansillo. Ni siquiera se sorprendió. Ambos parecían muy altos, y vestían ropa moderna y arrugada, seguramente de la noche anterior. No se metieron con ella, y Carlota los esquivó sin dificultad. Uno estaba inconsciente en brazos del otro, a modo de homenaje a La Piedad. Fuerte olor a cerveza, unas notas de vómito. Lo normal.

“Disculpa a mi amigo, no se encuentra bien.”

Había oído esa frase, envuelta en distintos acentos, cientos de veces.

Ella asintió y se despidió sin más. Estaba acostumbrada a escenas así, y ya no hacía amago de ayudar. Supuso que, si necesitaban algo, el chico que se encontraba mejor bajaría hasta la recepción, o rodaría escaleras abajo.

Había un indigente en la entrada a la estación del metro de North Acton que le había llamado la atención al llegar meses atrás. Se notaba que estaba enfermo, así que ella se dirigió a los trabajadores de la estación para pedirles ayuda. Ellos le respondieron que ya lo sabían, y que si se pusiera muy mal, llamarían a una ambulancia. Que gracias por avisar y que se estuviera tranquila. Ella les hizo caso y empezó a ignorar lo que la rodeaba. De todos modos, Carlota nunca pudo presumir de tener una gran conciencia.

Sin embargo, hubo algo que la hizo detenerse por un segundo: el chico que aún mantenía el tipo se tapó la cara con el cuello de la camisa cuando ella pasó a su lado. Se rio mientras lo hacía, pero aún así le pareció una actitud un tanto extraña.

Al llegar a la recepción, no tuvo que dar explicaciones. Su aspecto la delataba. Ben la recibió con desdén, y avisó a mantenimiento por el Walkie. Mientras le respondían, se dirigió a Carlota.

— Es la quinta vez que te olvidas la tarjeta. Lo sabes, ¿verdad?

— Sí, lo recuerdo — respondió ella, avergonzada.

— Pues son cincuenta libras de recargo.

Carlota se mordió el labio inferior y le dedicó su peor mirada de desprecio. Era lo único que podía hacer.

Harry, el encargado de mantenimiento, un barbudo corpulento aunque no muy alto, subió con ella a la habitación. Carlota no se atrevía a dirigirle la palabra, porque parecía que lo había interrumpido haciendo algo muy importante. De todos modos, ella ya sabía que le pasaba a algún huésped cada día.

Cuando se acercaban a la suite, Carlota le explicó que había dejado la puerta abierta. A Harry no le hizo ninguna gracia, y le indicó que se quedase donde estaba, a unos dos metros, mientras él se aproximaba blandiendo una linterna. Al llegar a la suite, Harry vio algo que lo puso en guardia, y preguntó en voz alta:

— ¿Qué haces ahí, chico? ¿Se te ha perdido algo?

Owen salió con las manos en alto. Sonreía con afabilidad.

— Tranquilo, señor, soy Owen Simmons, el inquilino de la 715, y vengo en son de paz. Quería hablar con mi amiga, esta chica, y al ver la puerta abierta me preocupé. Solo quería esperarla aquí, por si pasaba algo.

Harry miró a Carlota, como pidiendo su confirmación.

— Sí, lo conozco, es mi amigo. No pasa nada. Gracias por preocuparte.

Harry se adentró en la cocina, refunfuñando, y abrió usando una tarjeta que funcionaba como llave maestra. Luego se quedó dentro de la habitación, mirando alrededor con desaprobación, mientras sujetaba la puerta con una mano. Owen y Carlota esperaban en la cocina a que saliera.

— Este cuarto está bastante sucio — apuntó el encargado de mantenimiento — . No deberías comer aquí, para eso está la zona de comedor.

“Comedor” era el nombre pomposo que usaba el staff para hablar de la barra y los taburetes situados frente a la cocina, que servían para apoyar la cena.

— Lo siento — murmuró Carlota, de mala gana.

Harry se quedó observándola con cara de pocos amigos, sin moverse. Entonces ella recordó que tenía que pagarle la multa por olvido reiterado de la tarjeta. Corrió a la habitación y enseguida encontró la caja de dinero para imprevistos, dentro de la bolsa de tela con la ropa interior. Le pagó y le volvió a pedir perdón.

— Deja de disculparte, es muy molesto.

Harry salió del dormitorio y luego de la suite, no sin antes tener un pequeño encontronazo con Owen, que le bloqueó el paso un momento, desafiante. Al ser éste más alto, la masculinidad de Harry acabó cediendo y le pidió permiso para pasar.

Al quedarse solos, Owen entró en la habitación. Mientras Carlota se ponía las chanclas y preparaba la ropa para el día siguiente, él cogió un cómic que le había prestado cuando empezaron a salir, y que ella no le había devuelto. Ella pensó que le iba a reprochar su despiste, pero se limitó a sentarse en el borde del escritorio y ponerse a leer. Carlota siguió con su tarea, sin intención de echarlo de allí. No le molestaba. Eso la molestaba en cierto modo, pero decidió no darle más vueltas. Lo había echado mucho de menos últimamente.

Siguieron en silencio, tranquilos, hasta que él se levantó y dejó el ejemplar de “Los defensores” de Marvel en el hueco bajo el escritorio.

— ¿Dónde vas? — le pregunto Carlota, sin poder disimular su inquietud repentina.

— Me voy a mi cuarto. Tengo hambre, creo que me quedan noodles en la nevera, pero si no, bajo un momento al supermercado. ¿Quieres algo?

— ¡No! — replicó ella — . Quiero decir, no hace falta que compres nada, puedes… Puedes quedarte a cenar.

Owen levantó las cejas, confundido.

— ¿Estás segura?

Mientras hablaba, se iba acercando a ella, con curiosidad y precaución.

— Sí, claro… De hecho, me gustaría que te quedases.

Él no respondió. Salió un momento, cogió un yogur y volvió junto a ella, que estaba encendiendo el ordenador para ver Netflix. Se acurrucaron, y después de dos horas, cuando empezaban a susurrarse cosas bonitas, el teléfono de Owen empezó a sonar. Era su amigo George, que vivía en la novena planta. Mantuvieron una breve conversación, que Carlota trató de espiar, sin éxito. Él colgó el teléfono y se puso muy pálido.

— ¿Qué pasa? — preguntó ella, preocupada.

Él la abrazó y le dijo en voz muy baja:

— Han encontrado muerto a un chico en el cuarto de calderas. Han llamado a la poli y es probable que nos hagan preguntas. Aún no lo han identificado.

A Carlota se le heló la sangre, y solo acertó a hacer una broma macabra.

— Espero que tenga unos tatuajes muy originales.

Owen esbozó una sonrisa triste.

Reseña: “El guardián invisible”, de Dolores Redondo

9788423350995

Empiezo de nuevo a publicar reseñas de los mejores libros que voy leyendo, y este es uno de los mas apasionantes que he leído en mucho tiempo.

La primera entrega de la trilogía del Baztán combina a la perfección el suspense, el relato femenino de emociones encontradas, y un costumbrismo muy especial, lleno de magia y tradición. Las tres cosas se entrelazan en una novela que nos traslada a lo más profundo de los bosques navarros. Las descripciones son profusas y sensoriales, sin resultar pesadas; en pocos minutos podemos ver la tupida vegetación, oler el petricor y sentir la humedad a nuestro alrededor, mientras la inspectora Amaia Salazar trata de resolver los crímenes del Basajaun, el asesino que tiene en vilo a la policía foral.

Se trata de una serie de asesinatos donde las víctimas, todas mujeres jóvenes, aparecen rodeadas de una simbología que mezcla la misoginia y la tradición. Por este motivo, y debido a su excepcional currículum y sus estudios sobre asesinos en serie en colaboración con el FBI, Salazar es trasladada a Elizondo, su pueblo natal, para liderar la investigación. Durante el transcurso de la historia, Amaia combinará sus dotes de investigadora, su capacidad para elaborar perfiles criminales, y su instinto agudo y entrenado.

Precisamente el instinto es uno de los leit motiv de esta novela, la capacidad innata de sentir más allá de las palabras y los indicios; cómo la usamos, qué pasa cuando falla, y qué podemos hacer cuando la perdemos. Amaia trabaja incansablemente, colaborando con sus compañeros, para desenmascarar al asesino, al tiempo que lucha contra sus propios fantasmas, y siente que ella misma se pone obstáculos a la hora de encajar las piezas. La ayuda de su familia y su compañero Jonan Etxaide, además de un contacto de Quantico; porque esta no es una historia de una mujer sola contra el mundo, sino también de colaboración, apoyo mutuo y sororidad entre mujeres.

Otro de los elementos recurrentes que actúan como causa de conflicto, y a la vez argamasa para dar consistencia a la parte más humana de la historia, es la tradición, una niebla oscura que envuelve a los habitantes de Elizondo y que nubla la vista de la inspectora Salazar, a pesar de que ella necesita recurrir a mitos y supersticiones para avanzar y resolver el caso. Se debatirá entre el escepticismo propio de la investigadora racional, que se basa en pruebas, y la influencia de los ritos y creencias ancestrales, de las que ella es partícipe en cierta medida.

Quizá la parte más emocional, que no sensiblera, de la narración viene dada por el conflicto interno y externo de Amaia, centrado en su familia, Los rencores y la tiranía de algunas mujeres de su casa en Elizondo harán más denso el aire en los días en los que Amaia permanece allí para trabajar, y a la vez también contribuyen a aumentar la tensión de la historia, que mantiene al lector en vilo constantemente. Es una narración netamente femenina, con un equilibrio exquisito entre la realidad, los hechos fríos y terribles, las emociones y las sensaciones que a veces quedan en un limbo; no sabemos si todo lo que ocurre tiene un significado, o tal vez solo sea un reflejo charco, en medio del bosque cerrado.

En definitiva, os recomiendo esta novela, que fue adaptada en una película que se estrenó el año pasado, tanto si os gusta la novela negra pura y dura, que la hay, como si os interesan las narraciones más humanas y profundas; insisto, en este caso las dos cosas están muy bien mezcladas. Cuatro estrellas sobre cinco por mi parte, porque las cinco se las doy a muy pocos.

Para terminar, y para re-inaugurar bien esta sección de reseñas: ¿Qué libros os han apasionado últimamente? ¿Me recomendáis alguno, ahora que ya me conocéis un poco?

 

Lily tiene un secreto en el desván EL DESENLACE (Capítulo 12 – segunda parte)

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Leire enseñó su placa en recepción, se presentó y pidió que desalojasen en silencio el hall y la primera planta; tenía que impedir poner en peligro a la gente que estuviese deambulando en ese momento. Subió por las escaleras con cautela, los escalones cubiertos de moqueta amortiguaban sus pisadas. La alarmó el silencio total de los pasillos. Recordó que esa mañana tampoco había oído ni visto a nadie entrando o saliendo, ni siquiera las limpiadoras. Al llegar al primer piso, Leire se quitó la parka y la dejó sobre un sillón, en un espacio para reuniones junto a la galería. Siguió subiendo, despacio y alerta. Se remangó la camisa, sacó el arma y la cargó. Sigilosa como un gato, se acercó a la habitación con el cuerpo pegado a la pared donde estaban las puertas; desde allí tenía una perspectiva privilegiada del pasillo, breve y luminoso. Se detuvo un instante para aguzar el oído, y comprobó de nuevo que estaba todo en silencio, inerte. ‘Este es capaz de haber reservado todas las habitaciones de esta planta para acorralarla’, pensó.

Se situó frente a la puerta de la habitación de Lily. En ese momento oyó un grito desgarrador, pero tuvo la sangre fría de aguardar hasta sentirse preparada. Sintió la presencia de alguien al otro lado. Respiró hondo, se giró y disparó a la cerradura. El impacto del proyectil salido de la Glock produjo un ruido ensordecedor, y dejó a Leire un poco desorientada. Dio una patada a la puerta y entró, apuntando al frente.

Su corazón se encogió al instante. La cama y el suelo estaban regadas de sangre. Liliana estaba tendida sobre la cama, con las venas abiertas a lo largo, sangrando a borbotones, y su piel era ahora del mismo tono de blanco de los azulejos bajo la ventana. La habían golpeado y tenía unas correas de cuero ceñidas sobre los codos, para aumentar la presión. Parecía dormida. Sus venas y arterias expulsaban el líquido escarlata al ritmo de sus pulsaciones, ya débiles.

Leire no se movió, y le habló a Alejo, porque sabía que estaba tras ella, acechando.

Fue así como murió Poppie, ¿verdad?

Sí, eres muy lista —contestó Alejo, blandiendo un machete—. Las dos sois muy listas. Por eso habéis llegado hasta aquí. Pero también sois un poco lentas.

Leire se dio la vuelta y disparó contra él; la bala impactó en su hombro, y él se encogió, pero aún así logró propinarle un buen corte en la cara. Leire le quitó el machete, y corrió a auxiliar a Lily, que agonizaba; le comprobó el pulso y notó que tenía una fuerte taquicardia. Le cortó las correas que la tenían inmovilizada. Bajo la cama, Amparo aguardaba el momento de salir. La inspectora no sabía cómo parar la hemorragia, los cortes eran irregulares y algunos estaban desgarrados. Acertó a rasgar las sábanas usando sus dientes y envolver sus brazos con firmeza. Liliana se despertó y gritó,retorciéndose de dolor. Consiguió sujetar el brazo izquierdo con la mano derecha, pero el brazo derecho estaba inutilizado por los cortes; le habían dañado los tendones.

Déjalo, ya da igual… — musitó Lily, agotada.

Calla, tienes que reservar fuerzas.

Amparo subió a la cama sin hacer ruido, cogió el machete, y asestó a Leire un golpe brutal en la cabeza con el mango.

Tienes que aprender a dejar estar las cosas, inspectorcita de mierda —gruñó Alejo, quitándole la pistola —. A veces se pierde, y conmigo perdéis siempre.

Lo siento… —murmuró Liliana, exánime— No creí que pudiese llegar a esto.

Porque eres muy ingenua, querida —dijo Amparo, atando las manos a Leire, y dejándola tumbada al lado de Liliana.

Vamos a terminar con esto ya —dijo Alejo—. Pásame el machete.

No puedes usar el brazo izquierdo, idiota. Lo haré yo.

Puedo hacerlo mejor con una mano que tú con las dos. Dámelo.

Amparo titubeó, con el arma en la mano. Alejo se guardó la pistola en los pantalones.

Trae aquí, joder, que el otro poli va a venir en seguida —dijo Alejo, arrancándoselo de las manos.

El golpe había dejado a Leire dolorida y confusa, pero sabía lo que le esperaba, y era capaz de pensar en sus seres queridos. En su madre, en una cama de hospital; en su hermano; en su hermana, donde quiera que estuviese. En Salvador, que no iba a llegar a tiempo. Amparo la sujetaba por los hombros con fuerza. Liliana ya no se movía.

Me juré que me lo pagaríais, cada una lo suyo, y lo vais a hacer a la vez. Esta ya está finiquitada, y a ti te voy a rebanar la puta cabeza.

Alejo se situó frente a Leire. Ella vio las marcas que los arañazos de Tamara había dejado en sus musculosos brazos.

¿Qué te hizo Liliana? —preguntó Leire, a modo de última voluntad.

Robarme —dijo Alejo, mientras apartaba el pelo del cuello de Leire—. Robarme chicas, amigos, contactos… Y ahora me iba a robar mi carrera, largando lo que no debía.

En ese momento alguien golpeó la puerta con fuerza, y Alejo se sobresaltó.

¡Eh! —gritó Miguel, acercándose a zancadas— Se acabó, hijo de perra, te voy a matar.

Se abalanzó sobre Alejo, y empezó a pegarle salvajemente. El machete cayó al suelo con un golpe seco. Miguel no tenía más armas que sus nudillos, y golpeaba sin cesar la cara y los brazos de Alejo. No era tan fuerte como él, pero estaba lleno de ira y sabía que solo tenía una oportunidad de salvar a Liliana. Alejo se defendía con fiereza, y Miguel le metió los dedos en su herida de bala. Pronto los dos estaban cubiertos de sangre y sudor.

Leire aprovechó la confusión para zafarse de Amparo, encogiéndose y rodando hasta caer al suelo. Consiguió encontrar un lugar a salvo, de espaldas a la pared, y pateó a Amparo en la cara, dejándola fuera de combate. Volvió a acercarse a Liliana, pero con las manos atadas le era imposible ayudarla. Había sangre suya por todas partes, y el olor a hierro empezaba a marearla. Se sentía impotente y llena de angustia frente a Lily, sin poder hacer nada. Miguel se volvió hacia la cama y trató de ayudarlas, pero Alejo sacó el arma y apuntó a Miguel en la cabeza.

Buen intento, capullo —masculló, con la cara ensangrentada—. Ahora vais a ser tres en vez de dos.

Suelta la pistola o pinto la pared contigo —dijo Salvador.

El detective acababa de entrar junto con los refuerzos.

¿No vas a leerme mis derechos? —contestó Alejo.

Me lo estoy pensando —respondió Salvador, fuera de sí.

Amparo levantó las manos en señal de rendición. Alejo siguió apuntando a Miguel, obcecado.

Por favor, déjame despedirme, se está muriendo —balbuceó Miguel, mientras sollozaba.

No, ya no. Sabéis demasiado.

Alejandro, hay al menos cinco agentes de la Policía aquí y están llegando más —dijo Leire, jadeando, pero con voz firme—. Ya tienes un cadáver, y puede que dos, sobre los hombros. No lo empeores.

Alejo musitó algo para sí mismo y apretó el gatillo. Erró el tiro y dio en la pared, y casi de inmediato Salvador le disparó en la cabeza; la bala atravesó a Alejo e hizo añicos el cristal de la ventana. Se hizo el silencio, y Leire contuvo una fuerte arcada, producto del asco y la ansiedad.

Tres miembros del SUMMA entraron y trataron de asistir a Liliana. La cama donde yacía era una escena dantesca, la colcha color marfil con ribetes en negro era ahora de color rojo brillante, y Liliana parecía pequeña y rota en medio de ella, hecha un ovillo. Había sangre suya en la ropa de Leire, pero ésta no se daba cuenta, debido al shock.

Tú… —musitó Leire, confusa, mirando a Miguel, mientras Salvador la desataba—. Tú eres el cantante.

Miguel asintió, mientras acariciaba el pelo de Liliana, inconsciente.

Sí, soy yo —contestó él, y se volvió hacia ella, con los ojos llorosos—. No nos han presentado, pero me acuerdo de ti. Gracias por intentarlo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 12: primera parte)

dbd0aba7db69e721eaf88f460f171b9aCuando Leire apareció en el bar “Dinarama”, Liliana se quedó muy sorprendida de verla. La invitó a sentarse con ellos. La artista llevaba la misma ropa que hacía un rato, pero se había puesto un pintalabios rojo oscuro que le quedaba muy bien. Era su pintura de guerra.

Ya se iban, puedes quedarte aquí —le dijo Lily, ofreciéndole asiento y levantándose para ir a la barra—. ¿Qué te pido?

Un agua.

Tía, son las tres. Yo voy a pedir una hamburguesa y patatas.

Vale, pues lo mismo. Y una caña.

¡Bien! Esa es mi chica.

Leire la vio sonreír por primera vez.

Leire se sentó en el banco de madera y observó el interior del local. Le gustó porque, a pesar de ser un local nostálgico de los años 80, era luminoso y acogedor, no otro remedo de discoteca oscura. Pensó que tendría que haberse quedado a hablar con Salvador, estando en un punto tan crítico de la investigación, pensó que tenía que haber retenido a Alejo como fuese; pero no podía más. La camarera trajo las cervezas. Leire probó la suya y empezó a relajarse. A fin de cuentas, ella también estaba trabajando en la investigación en ese momento. Liliana llegó con la comida y las dos empezaron a almorzar.

Vale, a ver —dijo Liliana, hablando con la boca llena—. Prefiero no contártelo aquí, hay demasiada gente, pero me parece que estamos errando el tiro en todo esto.

Alejo llevó el vestido a la tintorería.

Liliana no se sorprendió.

Fue él, ahora lo sé —respondió, dejando la hamburguesa en el plato—. He estado dándole vueltas, y… Alejo sabía cosas sobre mí, sobre nosotras. Y es una de las personas más retorcidas que conozco. De verdad, no te lo imaginas. Luego te daré más detalles.

¿Te maltrataba? —preguntó Leire, más como amiga que como policía— ¿abusó de ti alguna vez?

No, él era más elegante que todo eso —dijo, mirando alrededor con desconfianza y sin dejar de masticar—. Para que te hagas una idea de cómo era, te haré un resumen de nuestra relación. Yo entré a formar parte de la banda hace once años, y para entonces ya llevábamos saliendo un tiempo. A los dos meses de empezar la primera gira ya me estaba poniendo los cuernos. Yo lo sabía, y se los puse también. Pero lo nuestro funcionaba, de alguna manera. Cuanto más extraño era el ambiente entre nosotros, cuanto más nos peleábamos, mejor funcionábamos como banda.

Liliana miraba a Leire con nostalgia, pero también con una sombra de temor. Parecía que no quería admitir lo cerca que había estado de ver el lado más oscuro de Alejo.

Miguel estaba harto de nosotros, de las peleas, y de los polvos, pero aquello funcionaba. Estuvimos así durante… tres años. Luego le dejé, porque realmente me hacía daño, y él quiso echarme del grupo. Miguel no se lo permitió. En la siguiente gira, que era en Reino Unido, él me arrimó más el paquete en el escenario que nunca antes. O sea, todo el público lo notaba, y se volvían locos, claro. Estuvimos unos meses así, y luego quiso volver, le dije que sí, y luego me volví a cansar y volví a dejarle. Pues en el siguiente año, me presentó como su novia al menos a diez personas, conmigo delante, para aprovecharse de que yo atraía a la gente. Yo era su puta a casi todos los efectos, me paseaba por ahí como su chica para comprar favores. Lo hace con sus novias, exnovias, ligues y amigos, todo el tiempo. Si cree que puedes atraer a gente importante, te pone en la bandeja. Hay gente que dice que no tiene talento musical, solo es un encantador de serpientes. Y de otro lado, nunca superó lo nuestro. Me echaba la culpa de todos sus males, y cada vez que discutíamos por cosas de la banda, porque ya no había nada personal, me decía una y otra vez que yo no significaba nada para él. Luego se le fue pasando. Pero te aseguro que, para cuando me dejó en paz, ya había salido con docenas de mujeres.

¿Y cómo aguantas estar con alguien así?

Liliana se encogió de hombros.

Por el dinero —respondió, resignada—. No he trabajado en un empleo normal desde hace mucho, y no sabría volver a eso. No tengo disciplina para una carrera en solitario, de hecho según Alejo no sé cantar, y me da pereza formar otra banda. De todos modos, con el sistema de no vernos a menos que estemos de gira, lo llevo muy bien. Y Miguel es mi mejor amigo. No sé. Sé que no es normal.

¿Era eso lo que querías contarme? —preguntó Leire, un poco incómoda por no ir al grano.

Vamos a terminar de comer y te llevo a otro sitio, no te lo quiero contar aquí.

Las dos terminaron de almorzar y se fueron; Liliana dejó una buena propina. Leire se alegró de salir y respirar el aire del exterior, en una zona ajardinada de la plaza del Dos de Mayo.

A ver, lo que me has contado de la escena del crimen tiene que ver con algo que pasó otro día que también estaba Tamara —dijo Liliana, poniéndose su chupa negra mientras se apoyaba en el respaldo de un banco del parque—. Me nombraste las púas. Pues esa noche estaba el antiguo bajista de la banda, que es amigo de Miguel, y a veces nos vemos todos juntos. Fue otro concierto en Madrid. El primero, que tú me mencionaste, fue en la sala Arena. Este que te digo fue después, en la Riviera. El caso es que que mirado fotos de aquella noche, y volvías a estar tú.

Leire se quedó sin habla y casi sin aire.

Me nombraste un vestido y unos pendientes, y esa noche yo los llevaba puestos también. —dijo Leire, mientras sacaba su iPhone y sus dedos recorrían la pantalla frenéticamente—. Era el cumpleaños de Alejo. Esta foto la sacó Miguel desde el escenario.

Liliana le enseñó una imagen a Leire. La inspectora estaba entre el público, en la tercera fila, con su exnovio.

Llevo dándole vueltas a lo de la púa desde que me lo dijiste —continuó, y encendió un cigarrillo—. No tenía sentido que pusiera las dos púas, y menos una dentro de la garganta de Tamara. Pero puede haber una explicación. Por entonces Alejo ya no estaba tan interesado en ella. Sé que Tamara se enrolló con algunos amigos suyos, y es probable que lo hiciese con el amigo de Miguel. Y me parece que escogió rememorar esa noche por ti, además de por Tamara. En esa época él… Bueno, Alejo pasaba farlopa cuando estaba aquí. Y le confiscaron un paquete a un colega suyo, con el que hacía negocios. Dijo que había sido un chivatazo por un homicidio en Madrid. No me lo contó a mí, sino a Miguel, pero luego Miguel se cansó de guardarle secretos. Así que, sin saberlo, le jodiste un negocio, y gracias a sus contactos, habrá averiguado que eras tú. Lo que no entiendo es… Si el mensaje era para mí, ¿Cómo iba a saberlo? Y si era para ti, ¿Cómo iba a decírtelo?

Tú eras la que iba a encontrar el cadáver —dijo Leire, muy concentrada, tratando de hilar los hechos—. Tal vez Alejo lo supo, tal vez tú le dijiste que ibas a venir. Amparo es su cómplice, hemos encontrado pruebas que la sitúan en la escena.

Joder —dijo Liliana, y se tapó la boca con las manos—. Joder.

¿Qué móvil podría tener para matar a Amparo, o ayudar a Alejo?

A saber —dijo Liliana, visiblemente dolida—. Le gusta mucho el dinero, y Tamara le caía mal, le parecía una niñata y una trepa. Como si ella hubiese hecho otra cosa que poner el coño para prosperar.

Empezaba a llover, y Leire se arrebujó dentro de la parka.

¿Crees que estamos en peligro? —preguntó la artista, en un susurro.

No lo sé, pero no vayas a dormir al hotel.

¿Y crees que puedo dormir en tu casa?

Leire se sorprendió de la petición, y por un momento sospechó de sus intenciones.

Bueno, aún es temprano —dijo Leire, mientras echaba a andar deprisa, y Liliana la seguía—. Podemos ir a la comisaría. Además, hay algo que me tienes que contar aún.

¿El qué? —preguntó Liliana.

¿Cómo es que de pronto crees que Alejo sí quería matar a Tamara? Dame un pitillo.

La chica de la que hablamos por la mañana, Poppie… Bueno, la he buscado por Facebook. Se suicidó hace tiempo, hay una página en memoria suya. Y hay páginas de amigas suyas que cuentan cosas de aquellos tiempos y tienen su carta de suicidio. Parece ser que Alejo abusó de ella por entonces. Tamara a veces hablaba de Poppie. Creo que… Creo que Tamara sabía cosas, y Alejo quiso silenciarla. Además de hacerme daño.

Lo de que la mató para hacerte daño era una estrategia para hacerte hablar —dijo Leire, encendiendo el cigarro.

Liliana negó con la cabeza, y sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

Yo la quería —contestó Liliana, parando en seco—. No en un sentido romántico, o puede que sí, pero la amaba. Quería hacerla feliz —suspiró hondamente y se peinó el pelo con los dedos—. Cuando la primavera pasada me dijo que estaba más centrada y que quería volver a la universidad, le pagué los créditos que iba a hacer este año.

Liliana se apoyó en un escaparate, y se quedó mirando sus manos, como queriendo sacar las palabras de las puntas de los dedos. Leire no sabía qué decir. Nunca había sentido algo así por nadie, a pesar de haber estado casada.

Y Alejo me odia lo suficiente como para acabar con alguien por eso.

Se subieron al coche, después de que Leire revisase la parte de atrás y los alrededores, aunque sabía que nadie podía haberlas seguido hasta allí.

Quiero ir al hotel para coger mis cosas, si no te importa —dijo Liliana—. Damos un rodeo, y me dejas antes de doblar la esquina.

¿Necesitas ayuda para bajarlo todo? ¿Qué has traído?

Bah, una maleta y una bolsa, nada más. ¿Siempre vas así a trabajar? —preguntó Liliana— ¿Una camisa y una parka?

Mi sueldo no da para mucho más… Además, tengo que transmitir seriedad, y ya sabes cómo son los tíos. Si vas de tacones, no te quejes de que te duelen los pies, si vas de falda, vas provocando, si…

Si te pintas los labios eres una puta y si no te los pintas una amargada.

Ambas rieron.

Hay algo que yo no te he contado —dijo Leire, en voz baja—. Anoche encontramos el bolso de Tamara, y dentro había algo para ti. Creo que ella de algún modo quería hacértelo llegar .

El corazón de Liliana dio un vuelco, y ella se quedó expectante. Leire aparcó el coche cerca del hotel y sacó una nota.

He visto que era para ti, pero no la he leído. No la he procesado en busca de huellas.

Liliana la cogió, temblorosa.

No la puedo leer ahora —murmuró, emocionada.

Liliana sujetaba la nota como quien ha encontrado un recuerdo de un amor perdido y no lo quiere abrir para no estropearlo. Jugaba con el papelito blanco doblado entre sus dedos, saboreando el momento.

Quédatela. Anda, sube, coge lo que tengas que coger, y nos iremos.

Gracias. ¿Por qué haces esto por mí? Solo soy una testigo, deberías tratarme como a los demás.

Eres parte de este caso del principio al final—admitió Leire—. Fuiste sospechosa, luego testigo, y ahora creo que necesitas protección. Y yo debería estar ya en la comisaría, pero me he ido porque mi compañero es gilipollas. El caso es que estoy aquí, y quería hacerte un favor.

Lily asintió, reconfortada. Guardó la carta en su bolso.

Ahora vuelvo.

Liliana respiró profundamente, y salió del coche.

Leire miró su Samsung S5, que en ese momento parpadeaba con una luz verde. Se decidió a mirarlo. Salvador la había llamado dos veces. Y en ese momento volvió a hacerlo.

Dime.

¿Dónde coño estás?

En la calle, ahora vuelvo, necesitaba despejarme.

Vale, oye…—La voz de Salvador sonaba firme y apremiante— Siento lo de antes, pero por favor, ven ya. Alejo se ha ido con su abogado, no podíamos retenerle, pero ahora han llegado los resultados de los análisis de los brazos. Hay huellas de Alejo. Y un tatuaje nuevo, se ve que es reciente. Es una urraca. ¿Te dice algo eso?

Liliana tiene uno igual —respondió Leire, con voz átona, expectante.

Vale, pues tiene cortes por encima, y luego hay quemaduras de cigarrillo. La torturaron. Y por último, al menos de momento, han encontrado restos debajo de las uñas, como si se hubiera resistido. ¿No te fijaste en que Alejo venía muy abrigado? Seguro que le arañó los brazos o el pecho.

Leire respiraba con dificultad.

De acuerdo —respondió—. Iré en cuanto pueda, estoy esperando a alguien.

Salvador tardó unos segundos en responder.

Pues espabila. Ese cabrón a está en busca y captura, y cuando me lo traigan más vale que estés aquí, si no quieres que salgamos todos en las noticias, porque no voy a cortarme.

Salvador colgó el teléfono. Leire se lo quedó mirando, sin poder procesar toda la información. Cogió su libreta y empezó a anotar todo lo que le había dicho Liliana, y lo que le acababa de comunicar Salvador. Más lo del ticket de la tintorería. No había duda. Lo habían tenido delante y se les escapó. No creía que la culpa fuese suya totalmente, y Salvador tampoco se lo había dicho, pero aún así…

Cuando terminó de anotarlo todo, se dio cuenta de que ya hacía diez minutos que Liliana se había ido. La llamó, pero su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Mierda. No puede haberle dado tiempo a salir y venir aquí —dijo en voz alta, sola dentro del coche.

Pero Salvador le dijo que le habían informado de todos esos datos después de que se fuese, y la comisaría no estaba tan lejos; sobre todo para alguien que tenía un plan, que sabía dónde dormía siempre Liliana y que podía conseguir todo lo que quisiera. Así que sí le habría dado tiempo. Cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de rememorar la disposición de la habitación para saber cómo moverse cuando llegase. Luego llamó a Salvador.

Voy a entrar en el Hotel Sintra, calle Conde Duque, esquina Travesía —anunció Leire, aparentando serenidad—. Creo que Liliana está en peligro. Necesito refuerzos.

¡Ni se te ocurra! —gritó Salvador— Quédate donde estás, por favor. Dame diez minutos.

Ella no tiene diez minutos.

Leire colgó, comprobó su arma, y salió como un rayo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)

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Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Liliana siempre se alojaba en el mismo hotel cuando iba a Madrid, en un pequeño hostal en la calle del Conde Duque. Sólo había dos habitaciones por planta, y eran muy amplias, con una cama tamaño king size y sábanas de hilo. Liliana dormía habitualmente en la suya, a veces en las de otras habitaciones. El cuarto de baño era luminoso y colorido, con bañera de patas de león y las paredes alicatadas con azulejos portugueses. Esa era una de las razones por las que Liliana lo escogió, porque le recordaban a la casa de sus abuelos en Portugal. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 5)

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Leire resopló. Acababa de pedir a su compañero, el detective Salvador Arribas, que entrase en su despacho para seguir con el trabajo, porque no quería estar en la estancia común del departamento. Ya no podía pensar. Salvador no sabía si eso podría ayudar. A sus cincuenta y cuatro años había pasado por ese punto muchas veces: el bloqueo en una investigación, cuando nada parece tener sentido, y uno se toma un respiro para meditar. La mayoría de las veces eso no servía de nada. Sus ojos marrones, arrugados y relativamente atractivos habían visto muchos casos archivados, y sus enormes manos habían llevado muchas pruebas al almacén, y las habían metido en cajas con etiquetas para que durmieran el sueño de los justos. Pero Leire era demasiado terca como para no hacerle caso, y demasiado lista como para que aquel esfuerzo no mereciese la pena. De modo que el detective llevó sus casi dos metros y sus ciento diez kilos al interior del despacho.

Estoy harta y solo ha pasado un día —dijo—. No hay pistas, no hay testigos, parece que esa chica apareció muerta por arte de magia.

Vamos, anímate —respondió Salvador—. Ayer identificamos a la víctima, y ya tenemos una lista de sospechosos bastante larga.

Sí, eso es—replicó Leire—. Tenemos una lista enorme de sospechosos, son sesenta —Se dejó caer en la silla de oficina y dejó caer su cabeza en la mesa por un segundo. Luego la levantó—. Y no hemos encontrado los brazos.

Aún es pronto, vamos bien —respondió Salvador, tratando de calmarla—. Seguimos intentando encontrarlos en los vertederos y las plantas de residuos de los hospitales. De momento no podemos hacer más. Y de esos sesenta, descartaremos los que no tengan una coartada firme.

Podemos y debemos hacer algo más. Los padres de la chica van a llegar de un momento a otro. Ni siquiera hemos encontrado su bolso.

Vale, te diré lo que vamos a hacer. Vamos a mirar lo que tenemos.

Salvador se levantó, trajo al despacho de Leire una pizarra Vileda y la apoyó contra una pared, frente al escritorio. Comenzó a escribir palabras clave en lugares separados, para poder unirlas después. Leire estaba entretenida mirando mensajes personales en su móvil, porque no quería hacerle caso.

Bien, tenemos la identidad de la víctima, a falta de la identificación por parte de sus padres, y por su ADN —retomó Salvador—, tenemos una lista de sospechosos y tenemos una línea de investigación basada en Liliana. —Salvador escribió “Liliana” en letras tan grandes como “Tamara”—. Sabemos que probablemente el asesino está relacionado con ella y con su banda.

Leire miraba la pizarra fingiendo que no tenía interés.

Tamara era de Granada. —Salvador hizo un croquis del mapa de España y señaló ambas ciudades—. Desapareció hace tres semanas, durante las cuales nadie la vio por ninguna parte, y apareció muerta ayer por la mañana en un trastero del Sur de Madrid. —Delineó una línea temporal a la derecha de la pizarra—. No se han encontrado sus huellas en la escena del crimen, por lo cual es probable que ella nunca hubiese estado allí antes.

Es genial —refunfuñó Leire, sin mirarle—. Absolutamente genial, me has animado de la hostia, gracias.

Continúo —gruñó Salvador—. Tamara era una fan de la banda. El asesino es, o bien un fan loco, o un enemigo de Liliana.

No creo que tenga enemigos, es un músico.

Yo no lo descartaría. Es una exadicta, probablemente tenga deudas, y esta gente siempre triunfa a base de hacer chanchullos en el espectáculo, por lo que puede que deba favores.

Vale, admito la propuesta —Leire se levantó y se acercó a la pizarra—. A ver si llega ella mañana y nos ayuda.

Yo la considero sospechosa —afirmó Salvador, rodeando el nombre de la artista en color rojo.

¿Sospechosa de qué? Tiene una coartada sólida, estaba a cinco mil kilómetros.

Puede que no sea la autora material, pero seguro que está implicada. Piénsalo, un crimen ritual, con un escenario preparado, gente famosa y con pasta… Seguro que lo encargó ella.

Hay otra cosa —dijo Leire, acercándose a la línea temporal—. Tenemos un agujero de tres semanas entre que la chica desaparece sin dejar rastro, y aparece muerta a cientos de kilómetros.

Sí, habrá que reconstruir su historia para localizar al asesino.

No solo eso —continuó Leire—, necesitamos saber qué pasó en ese tiempo para localizar los brazos.

¿Cómo? Se los cortaron mientras estaba viva, pero las heridas eran muy recientes, así que estarán donde la mató, o muy cerca. Pero no nos sirven para nada.

Piénsalo. —Leire se levantó y empezó a dibujar espirales, mientras pensaba—. Esto no es sólo una mutilación ritual, ni un mensaje para Lily, es algo más. Si solo fuese eso, los habría dejado al lado, ¿no? Formarían parte de la escena.

No los podía dejar a la vista porque no quería que la identificásemos por las huellas.

La íbamos a identificar de todas maneras, gracias a la canción. Fue fácil —contestó Leire—. Escucha, aquí hay algo más. Empiezo a pensar… empiezo a pensar que el asesino sabe que yo también soy seguidora suya.

¿Qué? —exclamó Salvador— ¿Insinúas que sabe que te gustan los Silver Linings, que conoces sus canciones?

Sí. —La expresión de Leire se ensombreció—. Y creo que está jugando conmigo.

Salvador se puso muy serio y cerró la puerta del despacho.

Eso es muy grave. Explícate.

Verás, yo… He estado revisando las fotos de Tamara en las redes sociales, y… esa foto donde sale con Lily y ella lleva el vestido azul, bueno… Yo estuve en ese concierto. No fui a back stage, pero estuve allí, en la sala Apolo. Era mi cumpleaños, me invitó mi exnovio.

Así que el asesino quiere hacer daño a Lily, y escoge a la chica a la que ella le dedicó una canción, ¿pero también sabe que lo ibas a investigar tú? —preguntó Salvador, incrédulo— Eso es imposible, no podía saberlo.

Tamara no era su musa, la canción tiene seis años —le corrigió Leire—. Lo que es seguro es que nos está dejando pistas y las estamos siguiendo, y me da la sensación de que las claves para encontrarlo a él son más complicadas, y tengo miedo de estar pasando por alto algo tan grande que cuando lo vea me sentiré humillada.

Si se lo digo ahora mismo al comisario Vázquez, estás fuera del caso.

Leire lo miró a los ojos fijamente, apoyada en la mesa.

Pero no vas a hacerlo.

Acabas de admitir que estás involucrada.

Y tú también lo estás —replicó Leire, firme— Llevas desde ayer sin dormir y casi sin comer, y ahora mismo estás sudando porque quieres resolver este caso. Tamara tenía dos años menos que tu hija cuando la mataron, y no vas a descansar hasta que cojas a ese cabrón. ¿Me equivoco?

De acuerdo. —Salvador abrió los brazos, herido, en señal de rendición—. ¿Qué sugieres?

No quiere que encontremos los brazos, y por eso nos ha permitido identificarla, para que pensemos que no son importantes— Leire volvió a enfrentarse a la pizarra, y cogió un rotulador azul—. Y estoy convencida de que lo son. Ahora, déjame pensar en alto un momento.

Vale —respondió Salvador, expectante.

Esta chica se fue de casa hace tres semanas, y nadie supo más de ella. —Leire dibujó una bifurcación que salía de “Tamara”.— Hay dos opciones, o fue secuestrada por el asesino, o se escapó de casa y él la encontró y la mató, pero eso es demasiada coincidencia, y estamos de acuerdo en que aquí no hay coincidencias.

Te sigo.

Si no la secuestró, cabe la posibilidad de que la encontrase deliberadamente, porque ella contactó con Lily o con alguien de su banda en algún momento. Si se fue voluntariamente, puede que necesitase dinero o recursos.

Callejón sin salida, ninguno de ellos estaba en España.

Bien. Volvamos a la noche de autos. —Leire dibujó otra línea temporal debajo de la anterior—. Lily aparece a las 6.45 de la mañana en la calle Méndez Álvaro, y no hay ni rastro de sangre ni testigos que oyesen gritos o golpes, ergo, fue asesinada en otra parte. Y el asesino dejó los brazos allí. El forense ha afinado la hora de la muerte en la una de la mañana. Son casi seis horas para mover el cadáver.

Correcto.

Pues yo digo que no la mató en Madrid. Sería demasiado fácil, piénsalo. Estamos buscando debajo de las piedras, pero sin salir del ayuntamiento, y algo me dice que es un error.

Espera. ¿Crees que la mató en Granada?

Creo que Tamara nunca salió de Granada. Creo que se fue de casa con él de forma voluntaria, piensa que si no hay signos de violencia es muy probable que lo conociese. Se fugan, ella se arrepiente, y por algún motivo él la mata y la mutila y se trae el cuerpo. Le habría dado tiempo de trasladarlo hasta aquí.

Hay lagunas enormes en lo que acabas de decir, como por ejemplo que nadie se fuga de casa después de los dieciocho, pero sí estoy de acuerdo en que los brazos no están en Madrid porque no quiere que los encontremos. —Salvador dibujó una línea que unía “Madrid” y “Granada”—. Voy a hacerte un favor y voy a ignorar casi todo lo que has dicho, y vamos a suponer que no están aquí. Yo digo que tampoco están en Granada, es una ciudad de menos de trescientos mil habitantes. El asesino no se puede arriesgar a que los encontremos en un sitio tan pequeño.

Vale. Entonces, en el camino. De todos modos, yo miraría en granjas y mataderos de la ciudad.

Pero va a ser mucho más sencillo mirar en los mataderos y las granjas de la carretera entre aquí y allí —contravino Salvador, poniendo puntos desperdigados a los lados de la línea —. Terminaremos antes.

Son más de cuatrocientos kilómetros.

Piensa que son miles de kilómetros menos de lo que teníamos hasta ahora. —Salvador sonrió, satisfecho—. Bien, yo me pondré con eso. Tú, mientras tanto, reza para que los padres encuentren un atasco monumental en la autovía o una manifestación al entrar en la M40 y ponte a buscar canciones de ese grupo que hablen de coches.

¿Qué?

Hazme caso. A lo mejor el asesino no es tan listo como creemos y solo es un friki que quiere montar películas sangrientas usando el universo de su grupo favorito. No puedes descartar nada de momento. Tienes razón en que los brazos nos pueden dar mucha información, pero no te quedes con la idea de que él sabía que la identificaríamos de otro modo. Le viene muy bien que perdamos el tiempo. Y hay que saber por qué.


Lily cerró la bolsa de deporte y la maleta y revisó el contenido de su bolso de mano. Luego se hizo un sándwich con lo que quedaba en la nevera (su parte de la misma), se despidió de sus compañeras, que pululaban por el apartamento sin hacerle mucho caso, y salió de casa con tiempo de sobra para llegar en tren al aeropuerto JFK.

Cuando llevaba veinte minutos de recorrido, recibió una llamada de teléfono. Sacó su iPhone del bolsillo de la cazadora de cuero y leyó un número de teléfono de España. Lo cogió.

¿Sí?

Hola, soy la inspectora Leire Chamorro, de la brigada de homicidios de la policía judicial española. —Leire tomó aire para continuar— ¿Es usted Liliana Sandoval?

Sí, soy yo. Ayer hablé con un compañero suyo, voy de camino al aeropuerto.

Vaya. Bueno, lo que le quiero pedir es muy particular, y espero que no le cause un contratiempo.

Dígame.

Verá… —la voz de Leire sonaba pastosa, como si arrastrase las palabras, debido al cansancio y a lo mucho que le costaba asimilar todo aquello— Llevamos desde ayer tratando de aclarar muchas cosas de este caso, y hay algo que… Bueno, definitivamente el asesino o asesinos tienen una fijación con su música, y hemos averiguado algunos datos muy importantes acerca del crimen gracias a detalles relacionados con canciones suyas. La víctima era una fan de su banda musical.

Liliana sintió un escalofrió que restalló en la nuca, fue bajando por su espalda y sus piernas, y luego subió a sus brazos. Se quedó rígida y muda.

Bien, quiero que haga lo siguiente —continuó Leire, reuniendo el valor—. Quiero que traiga todo lo que tenga guardado de las canciones que usted ha compuesto, letras, borradores, grabaciones inéditas… Sobre todo cosas que no hayan sido publicadas. Me da la impresión de que podría ser muy importante.

Pero eso es imposible —respondió Liliana, tratando de reponerse—, eso no lo he publicado, así que aunque se trate de un fan loco, no podría conocerlo.

Mire, no sé si es un fan o alguien que la conoce muy bien a usted, no sé si usted ha sacado fotos de ese material y las ha publicado en redes sociales, no sé si hay cintas pirata o lo que sea que hacen hoy en día los fans. Por favor, intente hacer lo que le digo.

Lily calculó mentalmente el tiempo del que disponía y decidió bajarse en la siguiente parada.

De acuerdo, lo haré —resolvió Liliana, tras unos segundos—. Nos vemos mañana.

Muchas gracias, hasta la vista.

Leire colgó el teléfono, lo usó para sacar una fotografía de la pizarra de su despacho y la borró. Se despidió de Salvador, se fue a su piso de la Latina y se metió en la cama.

Lily se bajó en la siguiente parada y cogió el metro para llegar al estudio de grabación Dragon’s Lair, en dirección Norte. Contaba con dos horas y media de margen antes de la salida del vuelo, pero solo una hora y media antes del cierre del mostrador de facturación. Era muy poco para coger lo que le hacía falta, pero parte de ella sabía que debía hacer lo que la inspectora le decía, porque tenía que hacer todo lo posible para resolver el caso. Por su propio bien.

Al llegar saludó a Jim, el portero, que ya la conocía de las tres últimas y tormentosas sesiones de su banda, y le pidió permiso para pasar al almacén donde estaba el material de Silver Linings, que habían dejado allí de forma temporal. Cogió su bajo y su guitarra con intención de llevárselos, y volvió a dejarlos en su sitio para no gastar demasiado facturando los instrumentos. Luego observó el almacén, con todos los equipos y las cajas de material, y se imaginó en su propio trastero, con el cuerpo de la chica a sus pies. Se le encogió el corazón.

Abrió la bolsa de deporte, sacó cosas que probablemente iba a utilizar en España, y que había cogido para que no las usasen sus compañeras, y las fue depositando en aquellas cajas del estudio que eran de su propiedad. Finalmente seleccionó las cintas y los papeles que eran solo suyos o suyos en su mayor parte, que no tuviesen muchas letras de los demás (lo cual era difícil), y fue acomodando todo en el espacio libre de la bolsa. La cerró y se encaminó de nuevo hacia el aeropuerto, con menos tiempo de margen del que querría. Se tranquilizó pensando que se había quitado casi todos los piercings, y con suerte no la entretendrían mucho en el control de pasajeros.

Por el camino volvió a pensar en la llamada de la inspectora. Llegó a la conclusión de que la consideraba sospechosa del asesinato, o al menos implicada en el mismo. Tal vez debería haber llamado a su abogado. De todos modos el que había contactado más veces vivía en Madrid, así que lo tendría cerca. Al llegar al aeropuerto subió en el ascensor con todas sus cosas hasta el mostrador de Iberia, y allí empezó a pesar su equipaje. Cuando iba a sacar la tarjeta de embarque, una mano larga y huesuda apareció por su costado y le quitó su pasaporte, que estaba encima del mostrador. Se volvió para tratar de recuperarlo y vio a Miguel, riéndose.

Pero qué… Devuélveme eso, capullo —le regañó ella, cariñosamente—. ¿Qué puñetas haces aquí?

Sabía que aún no te habrías ido —respondió él, y la abrazó—. Pillé el primer vuelo que salía de aquí y que podría coger al volver. Salí ayer de Seattle y hoy he aprovechado para ver a unos amigos en Manhattan.

¿A unos amigos?

Quien dice unos amigos, dice mi abogado —respondió, apesadumbrado—. Tía, esto nos va a joder pero bien. Pase lo que pase. Por eso no quería que fueses sola.

Y porque sabes que es posible que te interroguen —replicó ella, cogiendo la tarjeta y su pasaporte—.

Miguel guardó silencio mientras facturaba sus maletas.

¿Ya sabes quién es? —preguntó Miguel cuando se dirigían al control de seguridad— Digo la chica muerta.

No, no me lo han querido decir —respondió Lily, mientras se quitaba sus accesorios y los dejaba en la bandeja—. Pero tengo una corazonada. Espero que no sea quien yo creo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 4)

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Leire llevaba una hora observando las fotografías de la escena del crimen. El cuerpo estaba tumbado boca arriba, con la cabeza mirando a su derecha, y las piernas dobladas hacia el lado contrario. Nada era casual, era un montaje cuidado e intencionado. “Un loco”, habrían dicho los medios”. “Un artesano”, pensaba ella. Vio la púa en su lugar, junto a la cadera derecha; eso constituía un mensaje. Los brazos ausentes, otro. Pero no podía interpretar ninguno de ellos. Leire estaba agotada y frustrada.

Eran las cuatro de la tarde, y su estómago rugía ferozmente. Se levantó de su silla, tapó las fotografías con carpetas y salió, cerrando la puerta de su minúsculo despacho.

Oye Salva, ahora vengo. Tengo que comer algo.

El la miró, compasivo.

Vete a casa, ya hace rato que deberías haberte ido. Hoy no vamos a hacer mucho más.

Entonces vete tú también —respondió ella, sonando más brusca de lo que quería.

Estoy esperando a que llegue el propietario del trastero, aunque no creo que nos ayude en absoluto, hace años que no pasa por allí. Luego me voy.

Yo bajo a la cafetería y luego vuelvo a seguir un rato más, necesito encontrar algo hoy, lo que sea. Luego me sentiré mejor y podré descansar.

Vale —contestó él, resignado— Ve a la cafetería de enfrente, hoy tienen tortilla de la que te gusta, a lo mejor aún queda.

Gracias. —dijo ella, con una sonrisa cansada.

Leire bajó hasta la planta baja de la comisaría usando las escaleras, diciéndose a si misma que era por hacer ejercicio, pero en realidad lo hacía porque en momentos así, cuando aún no tenía más que incertidumbre acerca de un crimen, el ascensor le producía un agobio terrible.

Llegó a la cafetería “Momentos”, cuyas tapas eras de mejor calidad que su decoración y su nombre, y pidió una tapa de tortilla. Benjamín, el camarero, le dio las buenas tardes y le sirvió una porción tan grande que se salía del pequeño plato. Puso al lado un buen trozo de pan fresco, y una Coca Cola.

Regalo de la casa —explicó, guiñándole un ojo.

Leire le dio las gracias, despachó su almuerzo con detenimiento, y volvió al trabajo llena de energía.

Cuando llegó a su puesto, pensó que tal vez lo que necesitaba para espabilar su mente analítica era evadirse un poco. Buscó entre la música que llevaba en su teléfono móvil y encontró dos álbumes de Silver Linings, los dos que había publicado con Lily. Se le ocurrió que podían servir. Se puso los auriculares y, antes de que hubiese escogido una canción para empezar, recordó unos versos.

She was pure and real,

nothing got on her way,

til they cut her wings

now she dreams on a bed

Era demasiada coincidencia. No recordaba el nombre de la canción, pero sí el álbum, Things I wouldn’t tell, uno de los que tenía a su disposición. Reprodujo tres canciones, mientras caía presa de una lucidez extraña, y empezaba a ver las fotos de otro modo, como el montaje que eran en realidad, como si las hubiese hecho un artista. La cuarta canción del álbum se llamaba

Tamara —dijo Leire en voz alta, cuando sonaron las primeras notas.

Tamara fell for a loser with a blue Corvette

She always knew he didn’t love her but she didn’t care

Tamara was twenty two and her whole life was a mess

she used to eat dicks for lunch and they ate her in the end

Leire la escuchó dos veces, mientras observaba la fotografía de la cara de la chica, y al fijarse en sus orejas se dio cuenta de algo extraño: tenía menos pendientes que piercings, y quedaban algunos agujeros al aire. Iba muy arreglada para tener ese descuido, algo no cuadraba. Solo llevaba los de los lóbulos, y el de la nariz, todos ellos de plata, en forma de media luna.

Tamara had three Moons of her own

but only one of them was open for business

Leire se levantó como un resorte. El asesino había escogido a la víctima por su nombre, si bien no pudo encontrar una que tuviese el mismo número de agujeros en las orejas.

¿Dónde está Salva? —preguntó Leire, frenética de pronto.

Se ha ido —respondió Jaime, un teniente muy pequeño en tamaño y en vocación de servicio.

¿Está abierta la base de desaparecidos?

Sí, estoy con ella, buscando chicas entre veinte y veinticinco, como me dijiste.

Vale, reduce la búsqueda, limítala a las que se llamen Tamara.

Tamara came from a palace

three lions guarded her crib

Y que hayan nacido en Granada.

Solo un resultado coincidía. Tamara Rivas Calderón, de veintidós años, había desaparecido hacía tres semanas. Era ella, con los mismo ojos grandes y vivaces, el lunar en la mejilla, los labios carnosos.


Lily estaba terminando de hacer la maleta. Ahora le costaba mucho menos que años atrás. El día que llegó a Londres procedente de Madrid, a los veinte años, para estudiar inglés y trabajar como técnico de sonido, llevaba tanto equipaje que tardó tres semanas en deshacerlo todo. Ahora todas sus pertenencias, que se llevaba porque no sabía cuándo podría volver, cabían en una maleta grande, una bolsa de deporte y un bolso. Más lo que había en el trastero.

Puto trastero —murmuró, secándose las lágrimas, mientras metía sus tres pares auriculares en la bolsa de Adidas.

Los instrumentos dormían en un local de la ciudad. Todos los miembros de la banda vivían allí, más o menos de forma continuada. Miguel se encontraba en Seattle con unos amigos (aunque la razón real era el proceso de divorcio de su segunda mujer) y Alejo estaba en la ciudad, pero Lily no quería llamarle. Aunque tal vez debería hacerlo.

Lily llevaba treinta y seis horas sin dormir. Había estado ese tiempo dándole vueltas al asunto, desde que habló con el detective Salvador Arribas, y éste le informó de que era imprescindible que se presentase en la comisaría de la brigada de homicidios, puesto que el trastero estaba a su nombre en el contrato de arrendamiento y todo el contenido era de su propiedad. En ese tiempo había llorado de rabia, de miedo, había llamado a todas las chicas que tenían la llave y con las que podía contactar (nadie había encontrado a Colette, ni siquiera la policía). Había comprado un billete de ida a Madrid, había visto una temporada de su serie favorita, había terminado una botella de whiskey que reservaba para las grandes ocasiones, y había llamado a un ligue intermitente, que había venido a consolarla y ya se había ido. Fumó dos cajetillas de tabaco, se tomó tres cafés cargados, y se dio una ducha. Ahora estaba terminando de hacer el equipaje y luego se obligaría a comer algo.

En un momento dado, tirada en el sofá, mirando cómo el detective McNulty resolvía un caso mientras su vida personal se iba al garete, pensó en inventariar la ropa que había en el trastero, con la esperanza de que eso sirviese de algo, y como ejercicio de memoria. Le salieron un total de diez pares de vaqueros, otros diez pares de pantalones, cincuenta camisetas, ocho faldas, doce vestidos, catorce prendas de dudosa clasificación (la mayor parte procedente de una tienda fetichista del Soho londinense), sesenta bragas, tres sujetadores, dieciocho cinturones, una cantidad indeterminada entre diez y treinta muñequeras de cuero, y veintiséis anillos de plata. Más un neceser de grandes dimensiones con maquillaje y cosméticos. Miró su agenda, hizo memoria, y concluyó que la última vez que había estado en el trastero había sido en mayo del año anterior, hacía catorce meses, cuando terminó su pequeña gira por España, y ella guardó allí la ropa que había usado durante la misma.

También había cosas de Alejo, al menos una caja grande llena que no le permitió ver. La había llevado él en persona desde su casa de Madrid, cuando la tuvo que dejar cinco años atrás al separarse de su novia. Alejo no sabía que había más gente con acceso al trastero. Lily les había dicho a sus amigas que no tocasen el contenido de esa caja, pero no sabía si alguna lo había hecho, y la verdad era que le daba igual, porque odiaba a Alejo la mayor parte del tiempo. Ahora no sabía si debía mencionarle a la policía que también había cosas de él allí, o si debía hablar con él y contarle lo que había pasado. Decidió que no iba a llamar a Alejo, pero sí comentarle ese detalle a la policía.

Un pasaje de mi nueva novela “Mi ala rota”

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En mi nueva novela, la protagonista, Lara, repasa los acontecimientos de los últimos meses, que la han llevado a su situación actual. La ópera “Madame butterfly” juega un papel muy importante en esta historia.

Me acerqué a la FNAC para comprar la biografía de Sofia Scalante, la soprano que interpretaría a a protagonista de Madame Butterfly, y que también era mi artista preferida. Bueno, es mi artista favorita. Era. No sé.

Sofia Scalante (nacida en algún momento entre 1950 y 1960, según dónde se consulte) no era italiana, a pesar de que su nombre lo sugiera, sino búlgara. Ese era su nombre artístico, pero también era un nombre apropiado para camuflar sus orígenes, aunque introduciendo un guiño. No diré su verdadero nombre por respeto, ahora que ella no se puede defender. Si yo alguna vez fuera famosa, me gustaría esa clase de fama: ser la mejor, la más grande, la más admirada, pero que nadie supiese nada de mí en realidad.

Nació en un pueblo pequeño y muy atrasado, y fue su tío quien despertó su interés por el canto, y quien pagó sus clases en el coro durante su infancia. Ella misma se puso a trabajar con doce años para seguir con sus clases en una escuela más elitista de la ciudad de Burgas (donde mintió sobre su edad para ser admitida), a 200 kilómetros de su aldea. Asistía dos veces por semana, gracias a que su tío tenía que hacer negocios allí, y la llevaba y la traía de vuelta a casa. Él se estaba cobrando estos favores de una forma que a ella no le pareció mal entonces, solo mucho tiempo después se dio cuenta de que había sido abusada. Cuando lo hizo público condenó firmemente a su tío, ya fallecido, pero dijo que al menos había conseguido una carrera musical gracias a ello, de lo contrario probablemente seguiría criando cerdos con su familia. Puede parecer muy frío pero yo lo entiendo, era su forma de ver el lado positivo y reconciliarse consigo misma, tras una vida culpándose por aquello, como les pasa a muchas personas que han sufrido abusos sexuales.

A los dieciséis años Sofia se mudó a la capital, Sofía, e ingresó en la escuela de canto “moderno”, que era la única forma de cantar lírica y no acabar en un coro de voces búlgaras, aunque sus mayores detractores sostienen que su estilo se acerca demasiado a este género popular. Mientras progresaba en su carrera artística, cantaba por las noches en cafés, y por temporadas también trabajó como camarera, limpiadora, recepcionista, costurera y cocinera.

El episodio más controvertido de la vida de Sofía Scalante, si exceptuamos la misteriosa desaparición de su primer marido y los rumores acerca de los malos modos con los que siempre trató a sus subalternos, es el llamado “wig riddle”, que tuvo lugar a principios de los 90 y tuvo como protagonista, además de a Sofía, a la soprano Carol Davenport.

La versión oficial dice que Carol, la artista que iba a interpretar a Cio Cio San en el estreno en el Metropolitan Opera House de Nueva York en 1991, sufrió tres semanas antes una repentina neumonía, y fue entonces cuando Marcus Grandel, el director del nuevo montaje, llamó a Sofía suplicándole que la sustituyese y pidiéndole perdón por las airadas críticas que le había dirigido al rechazarla durante la prueba para el papel. Sofía tardó dos días en responder, y lo hizo abriendo la puerta del despacho de Grandel, que en ese momento estaba reunido con unos socios, y entonando Che tua madre dovrá, una de las arias más célebres de la obra. Marcus se puso en pie y aplaudió de forma extasiada, al igual que sus socios, y Sofía comenzó a ensayar con los demás intérpretes y la orquesta. Ese estreno supuso la consagración de Sofía ante la crítica y el gran público, (antes solo era admirada en Italia) y el comienzo de una exitosa gira que duró varios años. Sofía nunca habría llegado a alcanzar el éxito internacional de no ser por ese papel.

Hay muchos rumores acerca de las causas por las que Carol Davenport no pudo interpretar a Cio Cio San; el motivo de tanta habladuría es que Carol no volvió a pisar las tablas de un teatro en dos años (tiempo demasiado largo para recuperarse de una neumonía) y que a partir de entonces usó peluca, durante el resto de su vida. También influye el hecho de que la peluca que utilizó Sofía Scalante era distinta a la de Davenport, según Sofía porque ella estaba acostumbrada a que le hiciese los tocados un artesano italiano.

El rumor más extendido dice que Sofía, desesperada por conseguir el papel, aún después de que Marcus la hubiese humillado delante del coro, se coló entre bambalinas e impregnó con ácido la peluca que Davenport iba a usar unas horas después en el ensayo, causando lesiones gravísimas a su rival cuando ésta se estaba vistiendo. No hay pruebas de ello, porque Carol era una diva del bel canto extremadamente reservada: se maquillaba y peinaba sola, y solo permitía que su asistente personal le pusiese el kimono que utilizaba para interpretar a Madame Butterfly. También tenía médico personal, de modo que no hay testigos de su ingreso hospitalario por quemaduras… pero tampoco hay testigos de su ingreso por neumonía; de hecho, el silencio de Carol Davenport y su entorno fue absoluto durante esos dos años.

La rivalidad entre ellas era sonada, porque a pesar de que Sofía Scalante era mucho menos popular, había algunos críticos que la consideraban mejor que Davenport y que muchas coetáneas, debido a su entrega y su emoción al cantar, que compensaban su falta de técnica. Algunos dicen que el propio Marcus, cuando hizo las pruebas a tres sopranos para el papel de Cio Cio San, se emocionó tanto al oír a Sofía que tuvo que ocultar sus lágrimas para no ofender a Carol, que era la candidata más fuerte, y su amiga íntima. A pesar de este desliz emotivo, Marcus esperó a que Sofía terminase de cantar y le comunicó que no había vacantes para ella en su montaje, pero que estaban buscando personal en un puesto de fruta de Little Italy, y allí podría encontrar trabajo anunciando tomates.

Carol Davenport no solía hablar de Sofía, al contrario que ésta última, que no paraba de criticarla por su “falta de sangre”, pero sí la mencionó una vez cuando le preguntaron quién no querría que interpretase alguno de sus papeles, calificándola de “chabacana”. Tras el estreno de Madame Butterfly, ninguna de las dos volvió a referirse jamás a la otra, lo cual apoya la teoría del boicot de Sofía a Carol. Llámalo boicot, llámalo intento de asesinato.

Yo solo iba a robar unos malditos dibujos.

Reseña: “Frankenstein o el moderno Prometeo”

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Esta reseña es especial por muchos motivos: se trata de mi libro favorito, es uno de los clásicos del terror decimonónico, y la obra considerada pionera de la ciencia ficción.

Mary Shelley comenzó a escribirla a los diecisiete años.

Frankenstein o El moderno Prometeo es una novela extraordinaria por estos y otros motivos, y de lectura muy llevadera, engancha.

La historia es ya universal: Victor Frankenstein es un muchacho de alta cuna  que viaja al extranjero para estudiar ciencias, y que, tras la repentina muerte de su madre, se obsesiona con la idea de devolver la vida a los muertos. Cuando consigue reanimar a una criatura producto de la combinación de varios cadáveres, descubre que el monstruo (al que no llega a dar nombre) posee una fealdad tan repulsiva que huye y lo abandona. Sin embargo, éste lo sigue hasta dar con él y enfrentarse a su creador.

He aquí el primer detalle que os va a sorprender si solo conocéis la historia por las películas clásicas: la criatura es muy inteligente, y parte de la novela está narrada desde su punto de vista. Esto da un giro dramático a la historia, porque el monstruo es consciente de su propia fealdad, de su condición de criatura aberrante, y maldice a Victor: nunca le perdonará haberle dado vida, y convertirá su existencia en un infierno. Lo segundo que puede que más os impacte es la gran sensibilidad de esta novela; tanto Victor como su criatura expresan sus emociones, y las de la criatura son desgarradoras, ha intentado hacer amigos y éstos han huido o han intentado agredirle, presa del terror. Por su parte, Victor expresa en todo momento un amor profundo a su familia, a su prometida y a sus amigos; esto da un tono aún más oscuro a la novela, porque Victor vive en tensión continua, preocupado tanto por su propia seguridad como por la de sus allegados. La criatura lo chantajea, amenazándole con hacer daño a quien más ama si no accede a darle una compañera, que ha de surgir igual que él a partir de materia corrompida, para que pueda amarlo.

De hecho, es también un drama de pasiones primarias: la codicia de gloria y fama de Victor, su miedo al monstruo, y por parte de éste, el sentimiento de rechazo, la ira y la sed de venganza.

El aspecto que más lo acerca a la ciencia ficción, además del hecho de que el protagonista consigue crear un monstruo a partir de cuerpos sin vida, es la introducción al mundo universitario desde la perspectiva de Victor, y su dilema personal entre ser fiel a las enseñanzas de filósofos de siglos anteriores, como Alberto Magno, y descubrir las teorías de los científicos modernos, que son los que sus profesores aceptan como las únicas válidas. Quizá estos elementos no sean aterradores, pero ayudan a introducir al lector en los conflictos personales de Victor, y a conocerlo como el científico tan apasionado que es.

Por último, también quiero destacar la gran cantidad de puntos de vista de la obra: comienza con el relato epistolar de un marinero que encuentra a Victor en el Polo Norte, y luego se alternan varios narradores, incluidos como ya he dicho la criatura y el propio Victor.

Os la recomiendo de corazón, y os aconsejo que le echéis un vistazo a la edición ilustrada por Bernie Wrightson, a la que pertenece la imagen de cabecera de este post.