Anochece en Victoria Road (Parte 2)

Carlota estaba asustada por el hallazgo, pero abrazar a Owen la hizo sentir segura, y se dejó llevar por el placer, muy lejos de allí. Podía pasar mucho tiempo en un mismo sitio, pero su cabeza no; su cabeza nunca estaba con ella del todo. Llevaba una vida anodina y estresante por momentos, pero su mente solía vagar por otros lugares para evitar agobiarse. Como consecuencia, era habitual que se distrajera más que el ser humano medio; Carlota no era despistada, estaba ausente casi todo el tiempo.

Al menos, en aquella ocasión, su cuerpo estaba exactamente donde quería estar, así que su cabeza solo tuvo que centrarse en lo que ocurría en su cuarto e ignorar el resto del edificio. Se acurrucó en los brazos de Owen, acarició su piel lechosa y suave, bromeó sobre asuntos banales, y finalmente se quedó dormida.

Alguien aporreó la puerta. Carlota se levantó muy somnolienta y abrió la puerta, deseando volver pronto a la cama. Al otro lado, vio a Tiffany, una de las gerentes del edificio, con la que había hablado en alguna ocasión. Había mucha gente en el pasillo, en pijama, rascándose la cabeza. El aire acondicionado soplaba más fuerte y más frío de lo normal. Su piel se erizó antes de poder percibirlo de forma consciente.

Hola, creo que ya os habéis informado unos a otros de lo sucedido —comenzó Tiffany, más molesta que alterada—. Será mejor que bajéis cuanto antes.

¿Sigue allí el cuerpo o ya lo han levantado?— preguntó Owen, arrepintiéndose de resultar tan morboso.

Tiffany apretó los labios y agrandó sus ojos negros durante unos segundos, juzgándolo en silencio.

Sí, ya ha venido el juez a levantar el cuerpo y lo han identificado —continuó—. Mirad, los dos figuráis entre los inquilinos que se encontraban en el complejo a la hora de la muerte, así que la policía quiere haceros unas preguntas. Tenéis que ir bajando por el ascensor en pequeños grupos. Os da tiempo de vestiros.

Carlota iba a preguntar por qué no podían bajar por las escaleras, y así agilizar el proceso, pero frenó antes siquiera de abrir la boca. Se dio cuenta de un detalle que su cerebro llevaba bloqueando unas dos horas: el único acceso a la caldera desde dentro del edificio era a través de una puerta en el primer sótano, situada en el rellano. El cañón de las escaleras era la probable escena del crimen. La policía tenía que sacar huellas, y encontrarían las suyas por todas partes, porque ella había estado allí. Se sintió enferma, estúpida y humillada, por no haberse dado cuenta antes. Había visto el cuerpo, había visto al asesino. Había pasado de largo, había sentido náuseas por el olor a alcohol y sudor.

Se quedó mirando a la chica y luego a Owen, sin saber qué hacer. Entró un momento para coger el móvil y la tarjeta. Owen la esperó en la puerta, cabizbajo. Probablemente él también había intentado ignorar lo sucedido hasta ese momento, pero dudaba que tuviera tanto que ocultar.

Fueron juntos hacia el ascensor y ella le tomó la mano, por primera vez en realidad. Ella no apreció la importancia del gesto. Trató de pensar con claridad: tal vez su ansiedad le estaba jugando una mala pasada, y lo único que había visto era un chico abrazado a otro. No tenía por qué pensar que uno de los dos estuviera muerto.

Seguro que estaba bien y aún respiraba”. Sonrió, satisfecha.

Se subieron al ascensor, y se dio cuenta de que nadie decía nada.

Tercera planta y bajando.

¿Cómo sé si respiraba, si no lo comprobé?”

A decir verdad, nunca había comprobado la respiración de nadie. La gente solía estar viva. Sintió un escalofrío al llegar a la conclusión de que tal vez, solo tal vez, se podía haber cruzado con más cadáveres a lo largo de su vida, sobre todo al tratarse de gente sin hogar, o borrachos aleatorios tirados en la calle a altas horas de la madrugada; o a las seis de la tarde, que para eso vivía en Inglaterra. Podían haber sido cientos.

Por un instante vio a Madeleine McCann y recordó aquella teoría macabra que compartía con Owen: cuando desapareció la pequeña, muchos testigos llamaron afirmando haberla visto en puntos muy distantes entre sí; finalmente ninguna resultó ser Maddie, pero… ¿Y si todas esas niñas también habían sido secuestradas? ¿Y si simplemente no habían encontrado a la que querían?

Su mandíbula se contrajo y se bloqueó de golpe, igual que un cepo. Aunque le hubieran preguntado algo, no habría podido responder. Sus manos empezaron a sudar profusamente, y soltó la de Owen antes de que él pudiese notarlo. Se atusó el pelo, a modo de justificación para ese desaire.

El inmenso vestíbulo estaba lleno de gente. La policía había agrupado a los inquilinos por plantas, y había marcado los puestos con cartones de colores, a modo de banquete nupcial. También les había pedido que se ubicasen a cierta distancia entre ellos antes de hablar y así poder encontrar incongruencias en caso de que algunos se hubieran puesto de acuerdo. Owen y ella se situaron cerca de sus compañeros respectivos de planta, y Owen volvió a estrecharle la mano en señal de afecto. Carlota le corrspondió. Fue fijándose en los inquilinos de su alrededor. Saludó a algunos con un gesto, pero en realidad no conocía casi a ninguno de los que estaban allí. Una mujer asiática, vestida de forma impecable, y de una edad imposible de determinar, se acercó a ella.

Por favor, nombre, apellidos, cuarto que estás ocupando.

Carlota luchó por responder con naturalidad, porque además de su nerviosismo tenía que procesar las preguntas y el jodido tono de “Estoy haciendo mi trabajo, pero preferiría estar en cualquier otra parte”. Contestó, deletreó su nombre, y esperó lo inevitable.

¿Qué estabas haciendo a las ocho y media de la tarde?

Carlota no sabía qué hora era exactamente cuando vio a los chicos de las escaleras. Pero no quería decir que los había visto.

Se detuvo a pensar: era muy probable que aproximadamente a esa hora estuviese en recepción, o subiendo de nuevo a su suite en compañía de Harry. De modo que había varios testigos de que ella no estaba en las escaleras. No supo por qué hacía eso.

Verá, justo hace un rato me dejé la tarjeta de mi cuarto dentro, así que tuve que bajar a recepción para que me abriesen la puerta. —Carlota se envalentonó y sonrió —Seguramente en ese momento estaba aquí abajo, o subiendo de nuevo con el encargado de mantenimiento.

La agente (no sabía de qué rango, porque no se identificó) la escrutó y Carlota pensó que estaba sonriendo demasiado, dadas las circunstancias. El vestíbulo estaba casi en completo silencio, solo se oían algunos carraspeos incómodos. Corrigió su gesto y lo cambió por una mueca de confusión.

¿Se sabe ya quién es el chico que ha muerto? —preguntó, con todo el tacto del que fue capaz.

Solía pensar que los ingleses detectaban la falta de tacto en los demás, y sin embargo ellos eran secos todo el tiempo. Tal vez para ellos no había una incongruencia entre ambas cosas. De la misma forma que cuidaban sus jardines pero dejaban crecer la maleza hasta alcanzar varios metros de altura.

La agente bien vestida la ignoró y se fue a hablar con otros compañeros de su planta.

No solo tenía miedo del chico con el que había hablado antes, con su víctima en brazos. Había algo más. Quería olvidar el asunto y seguir con su vida. No quería denunciar, declarar, esperar, dudar, tener miedo, ir a juicio, volver a declarar. Volver a dudar. No dormir. Tenía claro lo que había visto, pero no las consecuencias de contarlo a la policía. Su conciencia estaba bastante tranquila. Seguro que alguien más pasó por las escaleras a esa hora. Seguro que alguien había visto algo cuando entraron al edificio.

Carlota asentía levemente a sus propios intentos de auto afirmación.

Se oían leves murmullos entre los inquilinos. A la agente que la había hecho las preguntas se fueron uniendo más miembros de la policía, al tiempo que más gente iban bajando. Carlota hizo un esfuerzo y aguzó el oído. Al grupo de al lado, los de la segunda planta, les estaban preguntando por una hora distinta.

Algo iba mal.

Esperó, con la misma cara de circunstancias que los demás. Alguien tenía que saber algo.

Unos minutos después, sin muchos preámbulos, la reunión empezó a disolverse. Algunos inquilinos, probablemente los que tenían coartadas endebles o testimonios jugosos, abandonaron el edificio junto a los agentes. Otros tantos se quedaron hablando con los recepcionistas y gerentes, que habían acudido en su totalidad. Owen se acercó a Carlota y le acarició el pelo.

¿Subimos?

Carlota asintió, mirando al grupo de gente que aún permanecía frente al mostrador. Quería ir y decirles algo, pero no sabía el qué.

¿Estás bien?

Sí, no te preocupes

Volvió en sí y se dirigieron de nuevo al ascensor.

Es solo que estoy un poco asustada.

Carlota siempre hacía una mueca con los labios cuando mentía.

Owen iba a entrar tras ella pero de pronto recordó algo y chasqueó los dedos.

Voy al supermercado, no tengo café para desayunar mañana. Y tú lo habías dejado, ¿no?

Ella tuvo que bloquear la puerta con una mano para salir y seguirle.

Pues he vuelto al vicio, pero me he quedado sin. Voy contigo, también necesito champú.

De camino, en los segundos que les llevaba rodear un costado del edificio y entrar en el establecimiento, empezaron a hablar de lo sucedido en el vestíbulo.

¿Por qué hora te han preguntado a ti? —inquirió Carlota.

Las siete y media. ¿A ti no?

No, a mí por las ocho.

Se quedó pensativa, mirando el expositor de bollería fresca.

Tengo que contarte algo.

Inspiró profundamente, mientras él iba frunciendo el ceño.

Antes, cuando bajé a por la tarjeta, lo tuve que hacer por las escaleras.

Él asintió, como dándole a entender que iba siguiendo la historia, en un gesto un tanto absurdo.

Bueno, pues vi a dos chicos. Parecía que venían de fiesta, o que no habían dormido en casa. Uno me habló, y el otro, que estaba en sus brazos… No se movía.

Owen esperó a que le diese más detalles.

Y eso es todo —remató ella—. No sé si significa algo.

Ya.

Él iba adoptando una postura más rígida. Carlota lo tomó del brazo y lo acercabano hacia la zona de los refrescos, al fondo del local.

¿Has oído algo de la identidad del chico?—volvió a preguntar Carlota—. ¿Crees que podría ser él?

Puede.

Sí, puede. Ni siquiera sabemos si ha sido una muerte accidental, o lo han matado.

Perdona, ¿quieres decir que no le has dicho nada a la policía? ¿Crees que has visto al asesino y a la víctima y no les has dicho nada?

Ni siquiera sé si es él… —hablaba a tirones, y empezó a respirar con dificultad—. No he oído a nadie hablar del tema, ni parecía que alguien acabase de morir a unos metros de nosotros. Son como autómatas, odio este sitio.

Carlota estaba temblando. Owen la tomó de los brazos en una caricia suave, y se acercó solo un poco, para no agobiarla más.

Cielo, aquí es así. Los ingleses somos flemáticos, como decís vosotros, los londinenses solo nos ponemos tristes un par de veces al año, en atentados o cuando muere Bowie, y encima la mitad de los inquilinos son asiáticos. De modo que parece que nadie siente nada.

¿Y por qué no hablan? No hacen corrillos, ni siquiera murmuran.

Porque el edificio está lleno de cámaras. No podrían decir entre ellos nada que no quisieran que supiera la policía. Igual que has hecho tú.

Pero yo no sé nada en realidad. Solo he visto algo que no sé si tiene relación.

Pues los demás, lo mismo. Esto ha ocurrido hace muy poco, un par de horas, y la gente está nerviosa y preocupada. La policía probablemente no ha divulgado absolutamente nada de lo que saben, si es que ya saben algo. Tú hablas con pocos inquilinos, y los que yo conozco no paran de preguntar en los grupos de chat las mismas cosas una y otra vez, pero nadie sabe nada.— Miró en derredor antes de seguir. —Oye, no te quiero asustar, pero creo que lo que has visto sí es importante. Creo que podría ser él. Entiendo que es una escena que has visto muchas veces, pero esta vez puede significar algo. No tienes que ponerte nerviosa, vamos a llamar a la policía, y les vamos a decir que no les has dicho nada antes porque tenías miedo. ¿Te parece?

Ella asintió, y se dirigieron hacia la caja para pagar y marcharse. Empezó a calmarse. Seguía hecha un lío, pero al menos podría hacer lo correcto. Entonces, por encima de sus pensamientos positivos, percibió una señal de alerta que no esperaba: un fuerte olor a cerveza, impropio de aquel sitio y aquella hora, invadió el aire en pocos segundos. Cuando iba a comentarlo con Owen, una voz conocida la sacó de dudas; era el chico de la escalera, el que habló con ella, y le estaba pidiendo chicles a la cajera con la excusa de despejar su aliento.

La espiral de odio

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Soy una mujer que ya ha pasado los treinta, y eso me otorga una capacidad notable: puedo hacer un mapa de mi cuerpo a base de mencionar las partes que no me gustan. Podría dibujarlo pieza por pieza y obtener un esquema como los de despiezar el ganado, y no habría mucha diferencia, a fin de cuentas no estoy expresando amor por mí misma.

Soy gorda, y en particular tengo unos muslos enormes, que he llegado a odiar como si no fueran míos. Tengo las caderas muy anchas, los pechos pequeños y separados, los ojos muy juntos, el tabique nasal desviado; el pelo fino, las manos muy grandes, la piel muy blanca, y retengo líquidos como si lo fueran a prohibir. Esto no me impide hacer tareas cotidianas. Pero los complejos que he asociado a casi todo mi cuerpo me impiden hacer cosas que otras chicas hacen.

Hubo un tiempo en que mis complejos eran aún peores. De adolescente tenía complejo de alta, de gorda (y estaba mucho más delgada, mido 1’78 y pesaba entre 75 y 80 kg), y recuerdo como si fuera hoy el día, a los dieciséis años, en que cogí complejo de que mis caderas eran muy anchas en relación a mi cintura. Os lo prometo. Este es un ejemplo ilustra perfectamente lo estúpidos que llegan a ser los complejos.

¿Pero de dónde sacaba y saco mis complejos? En parte, del bullying: se habían metido conmigo en el colegio por gorda y por alta. En parte, de compararme con mis amigas, que siempre eran más bajitas y más delgadas. En parte de la televisión, de las revistas, de las chicas que les gustaban a los chicos… Y el resto los fui alimentando yo misma, por pertenencia al grupo. Tener complejos está bien, ¿no? Es lo normal. Todas los tenemos, y de hecho nos ayudamos unas a otras a alimentarlos.

Este ritual, en el que yo he participado en muchas ocasiones, suele comenzar cuando una se queja de una parte de su cuerpo que no le gusta, normalmente porque considera que está demasiado gorda.

“Mira qué muslos, qué asco”.

“Eso no es nada, mira los míos, mira esta celulitis”

“No tenéis ni idea, esto sí que es celulitis. Mira, ¡MIRA!” (ya dicho con rabia)

Las sujetas suelen enfatizar estos comentarios agarrando la parte del cuerpo en cuestión para que acentuar la celulitis o a moverla de manera absurda para que todas veamos lo fofa que está. ¿Os acordáis de cuando la tía de Will Smith en “El princípe de Bel Air” (bueno, la primera) sacudía los brazos delante del espejo para demostrarse así misma lo descolgados que los tenía? Esa escena es hilarante porque todas lo hemos hecho. Yo era una niña la primera vez que la vi y ya lo había hecho. Y recuerdo sentir que ella al menos tenía que sacudirlos mucho para que se moviesen así, pero que a mí no me hacía falta. Y me sentí muy mal.

Estas competiciones suelen terminar cuando la más fea o la más gorda se mete y expone la prueba de que, efectivamente, sus muslos o su barriga es la más gorda y eso no merece discusión. A esta demostración suele seguir un silencio nada cómplice, que equivale a decir “Pues sí, tienes una tripa horrible”. Yo solía ser esa última, y recuerdo ese silencio.

Durante mucho tiempo yo no tuve amigas que me frenasen en estas espirales de odio, o siquiera que me hicieran un cumplido. Hasta los veintitantos no me sentí atractiva porque nadie sincero y objetivo me había dicho que lo fuera. Parecía que era peligroso hacerse cumplidos por si alguna se lo tenía “muy creído”. Soy como la última persona con riesgo de tenerlo muy creído. Pero ese riesgo estaba ahí, y había que cortar cualquier conato de narcisismo. Tener la autoestima fuerte puede llevar al caos: mujeres que se saben guapas, sexys, que no necesitan la aprobación de los hombres. Mujeres que se creen atractivas y tal vez no lo sean.

He hablado mucho últimamente de todo esto con una buena amiga, y las dos sentimos rabia por lo habitual que es tratarnos así, y lo bonito que sería hacer justo lo contrario: decirnos lo atractivas que somos, porque sí, sin paliativos.

¿Pero cómo se mide el atractivo? ¿Cuál es el canon? ¿Nos estamos comparando con nuestras amigas, con Giselle Bundchen o con una ninfa del bosque? ¿Quizás con mujeres ricas, seleccionadas para su profesión por su atractivo sobrehumano, y que además consumen todo su tiempo y dinero en tratamientos? ¿Nos estamos comparando con nosotras mismas hace diez o veinte años? ¿O tal vez con lo que creemos que los hombres buscan en las mujeres?

POR FAVOR, NO APROVECHÉIS ESTO PARA DECIRNOS QUE TODAS SOMOS BONITAS Y ES MEJOR TENER DONDE AGARRAR. Sabemos lo que habláis entre vosotros. Forocoches está ahí para que lo vea todo el mundo. Y la única ventaja táctica de haber sido “one of the boys” es haber presenciado conversaciones donde a las mujeres no se nos juzga, se nos despieza como al ganado. “Tiene el culo gordo en plan bien pero se le nota la celulitis”. Claro, genio, es que es humana.

Tal vez sea por fetichismo, pero considero que la mayoría de la gente tiene algún atractivo. Me puede atraer alguien por sus ojos, su pelo, sus manos, su cuello, su pelo, la falta del mismo, una sonrisa bonita, una voz aterciopelada, el bulto que forman los dientes grandes bajo el labio inferior. Sin embargo, soy consciente de lo alto que tiene el listón alguna gente, y no entiendo por qué. Luego es habitual que sientan que se conforman con la persona con la que salen, porque no se han molestado en buscar un “bonito” en la gente del montón, que nos llamamos del montón porque somos la mayoría. La mayoría que también folla, porque sigue sin ser necesario ser una super modelo para poder follar.

De modo que incluso desde un punto de vista objetivo, no hay razón para colaborar en este linchamiento, que en muchos casos no termina cuando nos vamos a casa. Luego está el espejo, las fotos que nos hemos hecho (sobre todo las de grupo), el primerísimo primer plano que te haces al ponerte las cremas o depilarte. “Dios santo, esa vena. No hay nadie en el mundo a quien se le vea una vena así. Podrían llevarme al circo para enseñar esa vena. Casi puede hablar.” Nunca sabes lo que provocas cuando le das la razón a alguien en lo gorda o lo fea que es. Dejando aparte que no en el museo de pesos y medidas en Sévres no hay una “la pierna tonificada” de platino iridiado para compararla con las demás, no ganas nada participando en ese feedback de desprecio hacia otro ser humano.

Tú puedes formar parte del cambio, y no sólo haciendo un cumplido, o frenando la espiral de odio con un “No, tu barriga está bien, es más, no tienes barriga”, sino aceptando un cumplido. Aceptad los cumplidos, coño. No os preocupéis por si no son lo suficientemente sinceros, no hay una conspiración para convertiros en una mujer que se lo tiene creído. Que ojalá la hubiese, oye. Ojalá todas convertidas en “mujeres que se lo tienen creído”, como la mujer de cincuenta pies, aplastando clínicas de cirugía estética y montando barricadas que arden con un fuego alimentado por ejemplares de la revista Cuore, que tanto nos ha ayudado a odiar partes de nuestro cuerpo que no sabíamos ni que existían.

Creedme. Sé lo que es odiarse. He odiado mis piernas hasta el punto de pensar que no me importaría perderlas. Me he odiado como otros se hacen cortes, y luego me sentía mejor, porque tener complejos es normal y deseable. Y yo tenía motivos, no como las demás, que se creen que están gordas y no lo están. Tardé veinte años en darme cuenta de que yo encontraba atractivas a chicas por cosas que yo también tenía, y sobre todo tardé en darme cuenta de que yo nunca, nunca le diría a nadie cosas que me decía a mí misma. No por respeto, o para no hacerle daño, sino porque nunca habría juzgado a nadie con la dureza con la que me juzgaba a mí misma.

De modo que, por favor, seamos buenas unas con otras, y con nosotras mismas. Sentémonos en torno a la hoguera de Cuores (no hace falta comprarlas para quemarlas, podemos robarlas y así estaremos impidiendo que otras las compren) y hagámonos cumplidos, que siempre son sinceros porque nadie va por ahí fingiendo que le gustan las barrigas que no le gustan, digo yo. Hagamos akelarres de decirlos lo guapas que somos, a ver si por fin nos lo creemos y destruimos el mundo.

Ah, sí, el dinero. Dicen que no da la felicidad, pero no estoy tan segura. —Di se apartó el pelo de los ojos y contempló la playa—. Es una playa muy bonita. Nosotros no somos muy de playa y, evidentemente, ¡nadie quiere ver esto en bikini!

Hizo un gesto de puro aborrecimiento y señaló su cuerpo absolutamente normal, al que Madeline atribuyó su misma talla.

—No veo por qué no —dijo Madeline.

Se impacientaba con este tipo de conversaciones. Esa complicidad en el autodesprecio que cultivan las mujeres le hacía distraerse.

(“Pequeñas mentiras”, Liane Moriarty)

Por la gloria de Amy Winehouse

Sé que como mujer soy un experimento algo fallido. Aunque fui afortunada, y en mi familia no pretendían que fuese un florero, sí intentaron hacer de mí una señorita. Intentaban que no fuese a todas partes con vaqueros y deportivas, y a día de hoy así sigo. Aún hace poco que me he reconciliado con mi pereza extrema para hacer cosas femeninas o de forma femenina. Soy educada —vamos a entender “educado” por “amable” — y me molesta que sean maleducados conmigo. Pero no sé hablar en confianza sin decir tacos, no sé cruzar las piernas de manera femenina, jamás sonrío sin ganas, y nunca voy a conseguir que no se me note en la cara lo poco que me gusta alguien. Todas estas actitudes solo están mal vistas en una parte de la población. Soy una rebelde.

Según crecí, vi que ser una señora exigía mucho más que ser un señor. Ellos pueden ser señores a pesar de blasfemar, oler a cerrado y no afeitarse bien. Al menos son auténticos, al menos “dicen las cosas como son”. Si son bordes, se les considera sinceros y cercanos. Como mucho, si mean fuera del tiesto, se les puede considerar “excéntricos”, “incorregibles”, o mi apelativo favorito: “enfant terrible”, que por lo que vengo comprobando simplemente alude a la condición de capullo. Véanse Sánchez Dragó, Fernando Arrabal, o ese que nos ha dado que hablar últimamente, Salvador Sostres.

No voy a enlazar a ningún artículo o vídeo suyo, porque ya le hemos oído hablar de sobra. Su obra está al alcance de cualquiera, y se le presta un espacio público, con dinero público, que bien harían en invertir en otras personas. Es más probable que vosotros o vuestros padres leáis a Sostres en un medio de masas sin un contexto crítico que que leáis un artículo feminista, porque las cosas aún son así.

Pero sí voy a comentar el plantel de colaboradores en ese ya célebre debate sobre el acoso sexual: en el lado de las mujeres estaban Isabel Gemio, Marta Robles y Cayetana Guillén Cuervo; las tres profesionales de la comunicación con sobrada experiencia, atractivas, y en forma. Del lado de los varones, teníamos a Salvador Sostres, Santiago Segura (?!) y Pepe Navarro, y además todo ello estaba moderado por Carlos Herrera. Ni siquiera voy a entrar en lo mal que me cae Carlos Herrera, que está en la categoría de señor muy serio que en el fondo se está haciendo la víctima cada vez que oye hablar de algo moderno — posterior a 1980 — , como le pasa a Pérez Reverte. Pero por amor del cielo, Pepe Navarro. PEPE NAVARRO, el sujeto más indigno de la televisión hasta que apareció Xavier Sardá para hacerlo bueno. —Lo cual me recuerda, qué mierda hace Xavier Sardá en los debates políticos, desde cuándo es una persona respetable. Bueno, y qué hace Cárdenas presentando algo y teniendo una cadena de radio.

¿Cuándo se redimieron estos señores de todo lo que hicieron en los 90?

En nuestra patria indivisible tenemos ejemplos múltiples de Señores generadores de caspa: las tertulias del Canal 24 horas, o de V televisión — el chiringuito de La Voz de Galicia — , me recuerdan siempre a una sobremesa con tus tíos sexagenarios, con dos copitas, que desbarran durante horas, y ya no discutes con ellos porque son mayores y hay que tener paciencia. Pero tus tíos no cobran por opinar, claro. Ni crean opinión.

Fuera de aquí, y si aludimos a escándalos relacionados con el abuso de sustancias, el panorama es parecido. Habréis reconocido a la mujer de imagen de portada. He usado esa porque me gusta recordarla así; no niego su deterioro posterior, pero sí es cierto que había mucho interés en mostrarla en su peor estado en sus últimos años de vida. También tiene que ver en esto el vivir en Gran Bretaña, porque allí los tabloides son más activos y crueles, y que internet ya fuese un arma de escarnio constante. Pero es que Amy Winehouse fue un chiste desde que sacó Back to Black. Cuando llegó al gran público en España, ya era más famosa por sus borracheras y sus pintas que por sus canciones. Creo que ya había disfraces suyos en Halloween cuando aún vivía. ¿Su delito? Abusar del alcohol y otras drogas, liarla yendo de fiesta, tener el pelo raro y pintarse mucho. Sufrir anorexia.

Nadie se disfrazará de Kurt Cobain, de Jeff Buckley, de Michael Hutchence o de Dave Gahan (que está vivo de casualidad) sin que le caigan unas hostias. Pero Amy era un chiste. Salió bebida al escenario, y eso pesa mucho. Pesa menos para la mayoría de los señores músicos, a quien admiro, que han salido a tocar borrachos, drogados, o han hecho entrevistas con una resaca que no se lamen, exhibiendo un discurso poco coherente sin quitarse las gafas de sol. Pero siguen siendo señores, auténticos, de verdad, hombres de mundo, que saben mucho de la vida. Que no se casan con nadie — probablemente tampoco habrá nadie que los aguante — .

Otro que tal baila es Johnny Depp, que sigue haciendo películas a pesar de ser un maltratador, y que aparece borracho como un piojo en eventos sociales y no pasa nada. Pero es que es un rebelde, un rarito, un outsider de cincuenta y cuatro añazos que lleva veinte haciendo el mismo papel —no te lo perdonaré jamás, Tim Burton — . Se le deja pasar todo desde siempre, desde que River Phoenix — otro actor prometedor que habría hecho maravillas de seguir vivo, y del que no hay disfraces — cayó muerto por sobredosis en su local. Desde que salía con Winona Ryder. Winona Ryder, la que ha estado prácticamente desaparecida del mapa desde Inocencia interrumpida (1999) hasta hace un cuarto de hora. Y creo que su renacimiento se debe a que las series tienen menos presupuesto que las películas y dependen más del favor del público y menos de los designios de los productores.

Winona Ryder robó en una tienda y el mundo le dio la espalda. Britney se rapó el pelo —“porque no soportaba que me lo tocasen sin permiso” — y amenazó a un fotógrafo con un paraguas — los ataques violentos son menos tolerables en las mujeres — . Mariah Carey… sí, está gorda, es solo eso. Pero son chistes, memes, coñitas. Sus carreras no volvieron a ser lo mismo.

Y si me vais a echar en cara a Kate Moss, os comento que ella había logrado lo que ninguna otra modelo antes de los 20; tenía crédito suficiente como para superar el escándalo que supuso para ella… esnifar cocaína. Que es algo muy extraño y muy edgy que solo han hecho ella y Carmina Ordóñez, que en gloria esté.

Pero ya da igual, ellas son mamarrachas, como Lindsay Lohan, Courtney Love, Massiel, y Nati Abascal. Cualquier cosa que hiciesen antes queda anulada porque se fueron de juerga y las pillaron — porque las estaban acechando — .

El caso más extremo de señor redimido ante la sociedad a pesar del abuso de sustancias es Robert Downey Jr. Este directamente ha resucitado varias veces, tanto literal como figuradamente. Es considerado un ave Fénix por reaparecer en sucesivas ocasiones, tras sucesivas rehabilitaciones, y después de salir de la cárcel. Después de todo esto, no solo se le acogió en Hollywood y en los medios de todo el mundo, sino que se le permitó entrar como protagonista en películas de altísimo presupuesto que volvieron a encumbrarlo como el gran actor que es, esto dicho sin sarcasmo. Imaginad lo mismo en Gwyneth Paltrow, por ejemplo. O Nicole Kidman, a la que ahora se menosprecia por abusar de la cirugía. — Si queréis saber más sobre actrices que fueron condenadas al ostracismo tras grandes papeles, solo por envejecer, os recomiendo el documental “Buscando a Debra Winger”, de Rosanna Arquette.

Me faltan referencias de mujeres totalmente libres, sin límites. Aún las más rebeldes a las que admiro son correctas, educadas, llevan una vida cultural estimulante, participan en acciones solidarias, porque las señoras de verdad no pueden perder el tiempo en gilipolleces, y además guardan la línea; y ojo, porque estar delgada y en forma también es una obligación moral, porque has de tener autocontrol y tener un punto de elegancia.

Me gustaría saber cómo son de verdad, cómo sienten, qué les preocupa realmente, y sobre todo, qué les molesta. Quiero saber cómo es la feminidad auténtica, cómo son las mujeres a las que de verdad les da todo igual. Quiero feminidad sin florituras patriarcales. Quiero ver buscavidas sin estar enmarcadas en personajes hipersexualizados creados por hombres. Quiero mujeres sin obligaciones sociales, como los hombres rebeldes.

Yo misma no sé cómo comportarme como mujer rebelde. No puedo decir lo que pienso por si pierdo el trabajo y por si quiero encontrar otro, y para llevarme bien con la familia. Tampoco sé cómo quiero ser, qué haría si fuese libre. Supongo que seguiría guardándome cosas para mí misma, pero seguramente dejaría claro lo que me importa, diría las cosas tal y como son — que, como solo lo hacen los hombres, se llama poner los cojones sobre la mesa — , y sobre todo, apartaría de mi lado a la gente que no me gusta, y sería amable sólo con la que me importa. Y me tatuaría los bíceps.

Pero por el momento, solo puedo aspirar a ser una mamarracha, que es lo que acabaré siendo inevitablemente cuando sea mayor y todo me dé igual. Pero imaginaos ser una mamarracha siendo joven, sería increíble. Ya no os cuento lo que haríamos si nos dejasen embarrar los medios de comunicación.

Redes de apoyo

Yo no nací feminista, imagino que igual que todas. Pero tardé mucho en saber lo que era el feminismo, y cuando me di cuenta, ya me consideraba feminista, porque sentía la necesidad de serlo. Conocía los desastres del machismo, aunque no percibía sus efectos en mi entorno. Pero lo que más me alejaba de la necesidad de ser feminista era que no me sentía próxima a otras mujeres, o más cercana a ellas de lo que era a los hombres. Estábamos por un lado mis amigas y yo, y por otro “las demás”.

Tenía amigas y amigos, y hablaba con todos casi de las mismas cosas, y como mis amigos varones no eran machistas, no sentía que necesitase una red de apoyo femenina. De otro lado, no he tenido muchas relaciones con hombres, así que la primera mención a “los tíos” como ente abstracto me sonaba ajena.

Me fui dando cuenta, cerca de los treinta (los veinte solo sirven para ganar más inseguridades de las que tenías de adolescente, pero las disfrazas de experiencia), de lo importante que era tener un colchón de seguridad emocional femenino. Me crié en un ambiente en que las mujeres también tuvieron que ejercer de hombres, y aunque no son más machistas que las demás, sí que rehuían del feminismo, y pensar en sí mismas y sus necesidades les resultaba frívolo. Había que trabajar y sacrificarse, y eso era todo.

Inciso: el feminismo también se encarga del placer y el hedonismo.

Las mujeres necesitamos a otras mujeres. Alguien que te escuche y te diga su opinión, sobre cualquier cosa. Que te de un consejo y además un ejemplo práctico, porque eso también le pasa, o también lo ha sentido. Alguien que no te diga “no sé qué decirte, eso es muy personal”, como hace un tío, con la mejor intención. Que no se altere si te echas a llorar en un lugar público. Que te explique las cosas sólo una vez y sólo si tú no las sabes, y no te interrumpa para corregirte cuando te equivocas en un dato porque, joder, estás contando algo muy importante. Y que te ampare cuando te sientes absolutamente indefensa. Que te crea cuando dices que estás desesperada, sin ponerte una mano en el hombro y decirte “bueno, mujer, no será para tanto”. Desahogarte cuando no puedes más con tu pareja varón, o cuando no entiendes tu propio cuerpo o tu cabeza. Alguien con quien hablar de que no te apetece practicar sexo, o que te apetece tanto que podrías estallar.

Pero no me di cuenta de lo que significaban las redes de apoyo de mujeres hasta que la vi desde fuera, actuando para defenderse unas a otras. Y cómo eso se puede transformar en amistad, e incluso en amor. Amor fraterno, o del otro. Porque el amor entre mujeres puede nacer del apoyo, el cariño o el simple respeto mutuo, y cuidarse la una a la otra para hacer frente a los problemas de la vida.

Fue eso lo que encontré en “Todas las horas mueren”, de Miriam Beizana: cariño, esperanza, y la evolución de los personajes desde el sufrimiento al amor y la entrega. Unas terminaron siendo amigas, otras algo más, pero todas encontraron la red de apoyo aún sin pretenderlo, solo intentando sobrevivir y curarse las heridas que el odio, el maltrato y la represión habían abierto en la piel y el corazón de las protagonistas. Usaron el afecto y el café como bálsamo para el alma.

Veo muchas redes de apoyo a mi alrededor, en la terraza de una cafetería o en Internet. Para comprendernos y arroparnos, para compartir cosas poco importantes en apariencia, pero que pueden significar mucho, como que nos reafirmen en nuestro aspecto físico, o compartir una frustración con nuestra imagen o la edad. Cosas graves, como el acoso o la violencia, un lugar donde buscar amparo y un primer consejo , que puede ser vital para no rendirse. Donde contar cosas que creíamos que solo nos pasaban a nosotras; qué daño hace el “esto solo me pasa a mí”, porque puede que creas que lo mereces.

Pero para todo esto hace falta paciencia y comprensión, y escuchar antes de hablar.

Supongo que el feminismo tuvo su origen en redes de apoyo, en torno a una mesa camilla, en un descanso del trabajo o en un Café, como en “Todas las horas mueren”. Un lugar donde buscar cobijo y complicidad, dos cosas fundamentales para sentirse seguro.

Los tuvo que haber en todos los ámbitos, en el hogar (y no me refiero necesariamente a las mujeres de la familia), en la medicina, para llegar al donde no llegaba la medicina de los hombres, en la política y en la justicia.

Conozco redes de apoyo de mujeres en forma de grupos de amigas, de asociaciones y en Internet, y el fundamento viene a ser el mismo: un sitio acogedor donde hablar sin ser juzgada o culpabilizada por lo que te ha pasado. Sin que nadie sospeche que estás exagerando, o buscando beneficio. Y sin que nadie aproveche para aprovecharse de ti, fingiendo apoyarte.

Nos necesitamos y cuando construimos un entorno que nos invita a abrirnos, nos integramos y ayudamos a otras. Y somos capaces de hacer cosas increíbles.

Mirad la foto. El pie original rezaba “No hay nada más hermoso que ver a mujeres ayudándose entre sí”, y lo firmaba Shirley Manson. Las chicas son las componentes de la banda “Deap Vally”.

Una mujer mayor puede seguir de gira si la ayudan, puede manejar un portátil si le echa una mano una chica más joven. Puede ofrecer su experiencia a las demás para afrontar su vida diaria y su carrera artística, y entre todas forman lo que se llama “una escena”. Y una escena resulta inquietante cuando es solo de mujeres, tal vez porque saben que no necesitamos a nadie más.

P. D. Leed a más escritoras, hay muchísimas en todos los géneros. Leedlas, os digo.

Este post fue publicado originalmente en Medium el año pasado.

Cómo huir de una leona (mi primer relato de ciencia-ficción)

Rebeca Medina escribe

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Este es el relato que envié hace dos meses al concurso literario “Premio Ripley”. Era mi primer relato de ciencia ficción y fue una gran oportunidad para salir de mi zona de confort y atreverme con este género. Espero que os guste.

Era un día largo de finales de verano, pero en Sejmet la temperatura no subía de diez grados en aquella época. Sus días duraban diez horas y sus años, apenas cien días. Formaba parte del sistema Georgina, como luna de Atum, uno de sus tres planetas. Nun, la estrella blanca, centro del sistema proveía a la luna de una luz lechosa y escasa, ya que Sejmet era el cuerpo más alejado.

El viento era un habitante más de Sejmet, uno muy importante. Ahora, en verano, las ráfagas más fuertes eran de sólo doscientos kilómetros por hora, pero en días malos de invierno podían alcanzar los trescientos. El aire…

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Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)

Rebeca Medina escribe

dbd0aba7db69e721eaf88f460f171b9aCapítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Liliana siempre se alojaba en el mismo hotel cuando iba a Madrid, en un pequeño hostal en la calle del Conde Duque. Sólo había dos habitaciones por planta, y eran muy amplias, con una cama tamaño king size y sábanas de hilo. Liliana dormía habitualmente en la suya, a veces en las de otras habitaciones. El cuarto de baño era luminoso y colorido, con bañera de patas de león y las paredes alicatadas con azulejos portugueses. Esa era una de las razones por las que Liliana lo escogió, porque le recordaban a la casa de sus abuelos en Portugal.

Su habitación tenía un bonito balcón, muy amplio, con barandilla de hierro forjado, una mesita y dos sillas, y unas macetas con geranios. Liliana estaba sentada en una silla metálica pintada de blanco…

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Lily tiene un secreto en el armario (relato por entregas)

Rebeca Medina escribe

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El cuerpo sin vida y mutilado de una joven aparece en el trastero donde una rockera guarda sus prendas más preciadas. La inspectora Chamorro tendrá que averiguar qué ha ocurrido y se verá envuelta en una historia de la que conoce muchos detalles.

Liliana tenía 40 años y era feliz. Tocaba el bajo en una banda de rock duro, Silver Linings, con relativo éxito en la escena independiente. Eran conocidos en España porque todos sus miembros eran españoles, y en Estados Unidos porque vivían allí. A pesar de no haber alcanzado la fama mundial, cumplían los estereotipos consabidos de los rockeros de mediana edad: cuero, adicciones, tatuajes, matrimonios fallidos, hijos desatendidos, promiscuidad sexual y vacío existencial.

Sin embargo, Liliana amaba su vida y no lo cambiaría por nada. Ganaba lo suficiente para tener un buen seguro médico, y su estabilidad económica le había permitido mudarse desde la aburrida, aunque legendaria…

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