Cuento de otoño (relato completo)

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El suelo crujía bajo los pies de Alba al andar por la primera planta de la casa para llevar cosas a su cuarto. Ella estaba fastidiada con la mudanza, aunque a su madre no le gustaba llamarla así; según ella simplemente se trasladaban por un tiempo a casa de su difunta abuela, porque papá y ella ya no se llevaban bien y tenían que descansar uno del otro. Alba sabía que había algo más, porque su madre había comentado a una amiga por teléfono que ya no confiaba en él, que era un mentiroso. La confianza era lo más importante, lo había aprendido de la experiencia con una amiga que la traicionó tiempo atrás. Pero ella no dijo nada.

El suelo crujía y los muebles murmuraban cuando todo estaba en silencio, y Alba trataba de acostumbrarse. Pasaba sola mucho tiempo porque mamá trabajaba todo el día limpiando, por la mañana portales y por la tarde oficinas, pero el instituto no empezaría hasta primeros de octubre. Como ya tenía dieciséis años, mamá no llamó a nadie para cuidarla y ella lo agradeció, no le gustaban los extraños y menos los que le decían qué hacer. De modo que mamá la despertaba cuando salía de casa a las ocho y media, y Alba desayunaba, se duchaba, limpiaba un poco y se ponía a ver la tele. Cuando se aburría la apagaba y trataba de leer un libro, o volvía a ordenar sus cosas, dado que su cuarto era amplio y le permitía hacer cambios.

Pero ahí estaban de nuevo aquellos sonidos. Intentaba ignorarlos, pensar en otra cosa, centrarse en lo que estaba haciendo. Llegó a inventarse que la casa era un ser vivo y que necesitaba expresarse, a través de los quejidos del suelo, los gorjeos de las cañerías, el crepitar de la madera.

A veces ponía música, pero no contaba con mucha variedad. No le gustaban las emisoras de radio y en su walkman solo podía meter las seis cintas que se había traído; sus favoritas eran de papá, y cuando se fueron ella estaba muy enfadada y confusa y no se acordó de pedírselas. Cuando hablaba con él por teléfono, los jueves por la noche, le daba vergüenza mencionarlo. En el fondo prefería hablar con él de otras cosas, se entretenían conversando sobre nimiedades para demostrarse que se apreciaban, y él le decía que la echaba de menos pero ella no lo admitía para no llorar. Pero lo echaba de menos a él, y también echaba de menos a los Beatles.

Así que tras un rato escuchando su propia música, se cansaba y se quitaba los auriculares. Tras unos segundos, volvían los ruidos. Alba empezó a contestarles. “Ya estás ahí otra vez”, “Te echaba de menos”, “¿Cómo van esas vigas, vieja?” “Vaya, parece que llevas un día peor que el mío.” Y así pasaba la mañana.

A mediodía hacía la comida que su madre le había dejado a medio preparar (salvo los espaguetis con jamón, su especialidad, que hacía ella sola), y comían juntas en la sala, porque no les gustaba la gran mesa de la cocina. La inmensa cocina, de paredes azules desconchadas —“¿Pero en qué momento empezaron a pintar las paredes de azul en las aldeas?”—, fría y húmeda, que olía a moho. Con aquellas ventanas pequeñas para no perder mucho calor, al estar orientada al norte, como le había explicado su padre la última vez que estuvo allí. Comían y charlaban, la mayor parte del tiempo mamá contaba cosas de su trabajo y de la gente que vivía o trabajaba en los lugares donde ella limpiaba. Alba no entendía que su madre pudiese trabajar en eso, pero menos entendía que apenas se quejase. “¿Cómo puedes hacer eso, limpiar la mierda de los demás?” le preguntó una vez. “Se trata de poner remedio a los problemas, hija. Normalmente no hay nada raro, sólo polvo y algunas manchas, y limpiar eso no es indigno, no me molesta. Es normal ensuciar y es normal limpiar, como tú deberías hacer aquí.” “No quiero ser una fregona, ni que mi madre lo sea”, había intentado decirle muchas veces. Pero no era capaz.

A veces sonaban ruidos mientras comían, y Alba no respondía. Solo una vez, a mediados de septiembre, se le escapó un “Hola” cuando una cañería del grifo de la cocina empezó a traquetear. Su madre la miró un instante pero no le dio importancia. Se levantó, fregó su plato y se fue a trabajar.

Alba tuvo miedo de que su madre pensase que estaba loca. Pero también tenía miedo de volverse loca de verdad allí dentro, así que empezó a dar paseos alrededor de la casa, sin alejarse mucho, porque pasaba cerca una carretera con mucho tráfico de camiones. Evitaba a la gente, a la poca que había de todos modos. Echaba de menos a la gente, pero a la de ciudad, que iba a sus asuntos y no miraba. La gente de la aldea era amable y la miraba, la saludaba, le preguntaba si eras hija de esta vecina o de la otra, le preguntaban si necesitaba algo. Ella solo necesitaba silencio.

Encontró a una vecina que la ignoraba, y le gustaba estar con ella. A distancia, sin llamar su atención, pero en un lugar desde donde pudiese verla de lejos, paseando como ella. Ambas fingían que iban a algún lado, pero en realidad vagaban sin rumbo con las manos en los bolsillos, inmersas en sus propios pensamientos.

Un día Alba se decidió a saludarla, con miedo a molestarla, pero también ansiando compartir su soledad con alguien.

Era el primer día de clase, pero ella no fue. Ni ese ni los siguientes.

Hola, me llamo Alba.

Yo me llamo Blanca —respondió la otra chica sin mucho entusiasmo.

Acabo de mudarme —comenzó Alba para entablar conversación.

Yo llevo aquí un tiempo, pero no me gusta. La gente es muy entrometida. —Le lanzó una mirada gélida; Alba se dio por aludida y se levantó para irse.

Antes de dar la vuelta hacia su casa se fijó en que la chica tenía la mano izquierda escayolada, y sin acercarse le preguntó:

¿Cómo te lo hiciste? ¿Te duele?

No mucho, lo que me fastidia es no poder usarla en dos semanas. Me lo hice cuando tropecé y me caí, buscando setas en el bosque. Gracias.

De nada.

A Alba no se le ocurría nada más que decir y ya se sentía avergonzada. Se dirigió a casa, y cuando llevaba andados unos metros, Blanca le habló desde atrás, muy cerca.

¿Tienes un pitillo?

Sí, creo que sí. A veces le cojo algunos a mi madre, uno o dos de cada vez para que no se dé cuenta.

Seguro que se da cuenta. Lo encendió y le devolvió el mechero—. Gracias.

De nada.

Alba empezaba a impacientarse, quería saber si iban a ser amigas o no.

¿Te gustaría venir al bosque alguna vez? sugirió Blanca—. Es que aquí no hay mucho que hacer.

¿No es muy aburrido? No sé, para eso me quedo en casa. Podríamos ir a otro sitio, pero sin coche…

Bah, mi madre a veces va al pueblo en coche y me dice que vaya con ella, pero solo hace la compra y habla con señoras, no me deja hacer lo que quiero. En el bosque podemos hablar y fumar sin que nadie nos moleste, y coger setas, castañas… merendaremos gratis.

Blanca sonrió por primera vez. Era una sonrisa que quería ser afable pero no lo lograba.

Bueno, la verdad es que si paso más tiempo en casa me voy a hacer amiga de las arañas —respondió finalmente Alba, tratando de disimular su emoción.

Guay, pues voy a buscarte mañana cuando tu madre se vaya después de comer.

Vale.

Blanca se fue a zancadas por un sendero y Alba se preguntó cómo podía saber ella nada de su vida.

Al día siguiente, Alba estaba entusiasmada por tener una nueva amiga, aunque como cada mañana tenía que disimular: se levantaba temprano y se vestía para que, cuando su madre se fuese, creyese que ella iba a coger el autobús del instituto.

No rechazaba la idea misma de recibir una educación, sino que cuando fue a matricularse un mes atrás no le gustó lo que vio, y decidió no ir. Parecía buenos compañeros, pero aburridos, como siempre. Y ella no podría pasar otro año aburrida, rodeada de aburridos y aprobando por los pelos diez asignaturas aburridas.

Cuando llamaban por teléfono a casa mamá no estaba, y Alba no lo cogía por si eran del instituto.

La mañana pasó muy lentamente, por la espera y porque los ruidos aumentaron de frecuencia y volumen; eran constantes y no le dejaban ni pensar. Se decidió a escribirle a una amiga que vivía en su ciudad natal y a la que echaba de menos, pero los sonidos de la casa la interrumpían constantemente. A los crujidos, gorjeos y traqueteos habituales se unía una crepitación que venía de las paredes, pero no como si se desconchasen, sino como si la casa entera temblase con ritmo sincopado.

crrreeeec crec crrreeec crec creeec

Alba chilló e insultó a la casa varias veces, pero no sirvió de nada. Finalmente cogió una navaja que escondía en bajo una tabla suelta del suelo, y la clavó en la pared, en una parte reblandecida con una mancha de humedad, por si en una más dura podía rebotar. Se produjo una leve sacudida y los ruidos cesaron. Terminó la carta y guardó la navaja.

El almuerzo transcurrió sin novedades, pero mamá sabía que Alba estaba nerviosa. Le preguntó si le había pasado algo en clase, y ella respondió que le gustaba un chico. Mamá sonrió y le dio un beso en la frente.

Cuando se quedó sola, por un momento se preguntó si sería buena idea ir con aquella chica a un sitio que no conocía y donde se podía perder. Buscó mapas de la zona por la casa pero solo encontró uno de carreteras bastante viejo, donde el área ocupada por la aldea y el bosque ocupaban a escala lo que una uña. Se sentó en el sofá raído frente a la tele y halló una posible solución en el costurero de la mesita: cogió un ovillo rojo para ir soltando hebra según se alejase de la zona conocida, y si se terminaba, se inventaría alguna excusa para volver.

Luego se acercó a la puerta principal y se quedó dentro, esperando a Blanca. No iba a hacer nada si ella no llamaba. No se sentía segura. Pero se aburría tanto…

Diez minutos después de la hora a la que mamá se iba habitualmente, llamaron a la puerta. Antes de que Alba se atreviese a mirar por la ventana de la cocina, Blanca la llamó con una voz firme.

¿Estás lista?

Sí.

Abrió y allí estaba ella, de buen humor.

Cógete algo de abrigo, que ahora se hace de noche más temprano. Y unas buenas botas, que ha llovido un montón. ¿Llevas una bolsa de plástico? Mejor de tela, para que no se acumule el agua.

Vale —refunfuñó Alba; cogió lo que le había dicho, y volvió a salir.

El paseo fue mucho más alegre y sorprendente de lo que Alba se había imaginado. El bosque estaba precioso: los robles, castaños y olmos había desprendido millares de hojas de todos los colores y había muchos regueros de agua corriendo por todas partes. Se sintió como una niña saltando los charcos y hundiendo los pies en la hojarasca. Ni siquiera los insectos, ciempiés y arañas la asustaron.

Las niñas hablaban de sus cosas, sin entrar en muchos detalles. Blanca le enseñó dos clases de setas que ella solía coger, pero le dijo que hasta que aprendiese se limitase a recoger castañas. Alba pensó en esconderlo todo para que su madre no lo viese, sin embargo se dio cuenta de que no tenía nada que ocultar, a fin de cuentas podía salir un rato por las tardes si no tenía exámenes.

Pero no quiero que sepa que tengo una amiga. Todavía no.”

Cuando el ovillo se terminó, Alba pensó en decirle a Blanca que se iba, pero se lo estaba pasando bien recogiendo castañas y tratando de distinguir unas hojas de otras. Miró alrededor y no identificó ninguna referencia externa al bosque, así que no quiso seguir adentrándose. Todo parecía igual, o al menos los patrones se repetían: árbol—árbol—piedra—arbusto—piedra—árbol—árbol—piedra…

Blanca se dio cuenta de lo que ocurría.

No pasa nada, no vamos a ir más lejos. Vamos a empezar el camino de vuelta; mira, ya giramos aquí.

Caminaron en torno a un tocón hueco enorme, rodeado de setas semicirculares; entonces Alba vio lo que había dentro, y pensó que no podía ser una casualidad que Blanca conociese ese camino.

En el interior del tocón yacía un esqueleto humano, grande pero no de adulto, pues su fémur era más corto (Alba había visto uno en la consulta de enfermería de su padre). Sus huesos estaban amontonados; el diámetro del tocón era muy pequeño, de modo que alguien tuvo que doblar el cuerpo para meterlo. Estaban creciendo hongos entre los huesos.

Alba miró a Blanca, sobrecogida, y ella le contó a modo de explicación:

Lo encontré hace unos meses, lo llamo Luz. No sé por qué, me vino ese nombre a la cabeza. Me imagino que es otra chica de por aquí, o que se mudó, como nosotras. No se lo voy a contar a nadie, no quiero hablar con la Policía y que me pregunten qué hago aquí sola de paseo.

Alba asintió, sin saber qué responder. Ella tampoco quería hablar con la Policía.

Será nuestro secreto. —Le ofreció la mano, fría y húmeda de recoger setas. —¿Amigas?

Amigas.

Volvieron varias veces aquella semana, haciendo siempre el mismo recorrido. Se lo pasaban muy bien hablando de sus gustos, de los chicos, de sus vidas anteriores.

Finalmente, una tarde Alba se atrevió a preguntar:

Oye, ¿tú me espías? ¿Cómo sabes los horarios de mi madre?

No, claro que no. ¿Estás loca? —replicó Blanca, airada—. Lo que pasa es que mi madre tiene trabajo por la mañana y por la tarde, y me imaginé que la tuya también.

Ah, vale. Perdona.

Aquella tarde volvieron antes, hacía mal tiempo y tenían mucho frío. Al volver, como siempre delante de Blanca, Alba iba recogiendo el ovillo disimuladamente. Pero al llegar a una zona frondosa lo perdió de vista, giró para buscarlo, y tiró. Tropezó y cayó en su propia trampa.

Al levantarse con la ayuda de Blanca, se dio cuenta de que la había descubierto.

Pensarás que soy tonta. —Alba se había puesto colorada.

Sí, pero ya lo sabía, te vi el primer día. Yo también hice eso las primeras veces. Venga, arriba.

La ayudó a recoger las castañas y el ovillo y se fueron a casa.

A Alba le dolía mucho la mano izquierda, y al día siguiente fue al ambulatorio. Se había hecho un esguince, y se la vendaron. Tenía para dos semanas.

Sintió mucho miedo.

Alba se sentó en su cama a pensar sobre lo que estaba sucediendo. Había conocido a una chica —bueno, ya podía decir que eran amigas— con una vida muy parecida a la suya, que se había hecho la misma lesión en la muñeca, y que le había enseñado los huesos de alguien tirados en el bosque.

¿Y si todo era una coincidencia? Solamente se trataba de otra chica nueva en el pueblo, cuyos padres se habían separado hace poco, que también oía ruidos en su casa. Y se había hecho la misma lesión que ella unas semanas atrás. También robaba tabaco a su madre, que tenía la misma ocupación que la suya. Vestían parecido, les gustaba la misma música. Tenía el pelo del mismo color, castaño claro tirando a pelirrojo.

Ninguna de ellas iba a clase. Tenían previsto matricularse en el mismo instituto, pero a ambas les produjo rechazo la clase que les había tocado.

1º BUP C.

Todo aquello tenía explicación.

Pero había algo más. Aquella misma tarde Blanca le había hecho daño.

No sé cómo llegué hasta ahí”.

Alba no recordaba haber llegado hasta el tocón aquel día. Estaban recogiendo castañas, las últimas que quedaban, podridas en su mayor parte, cuando oyó un silbido y sintió un dolor fuerte en la sien. Cayó al suelo y al despertarse se encontró junto al tocón, lejos de donde estaban antes. Pensó que la tierra y las hojas formarían un colchón mullido, pero todo estaba encharcado, así que se incorporó rápidamente para no empaparse.

Miró dentro, atraída irremediablemente por los huesos de aquella desconocida, y lo que vio la aterró por completo.

Allí estaba su ovillo de lana roja, enrollado de modo que ella no podría volver sola. Junto a él, el monedero verde que siempre llevaba consigo. Se lo había hecho su abuela cuando era pequeña, y lo guardaba en el bolsillo de su pantalón. Nunca se lo había comentado a Blanca.

Lo siento, ya sé que es desagradable, pero somos mayorcitas. No podemos depender de lo que nos hace sentir seguras. Ya es hora de que te deshagas de esas cosas, ¿no crees?

El monedero es mío, no te lo voy a dar.

Por eso te lo he tenido que quitártelo yo. Hazme caso, es por tu bien, a mí también me lo tuvieron que quitar.

Blanca encendió un mechero y prendió un papel con algo escrito. Alba no pudo leerlo, estaba tratando de impedir que Blanca lo arrojase, pero ella la pateó en el suelo mientras lo tiraba y todo empezaba a arder.

Tengo curiosidad por saber si los huesos arden. O hasta qué punto —musitó en un tono monocorde mientras observaba ensimismada.

Alba se quedó en el suelo, paralizada por la bota de Blanca y por el miedo. Al cabo de un rato, Blanca apagó el fuego ahogándolo con un trapo, y se fue. Alba la siguió en silencio. No miró si el esqueleto se había consumido.

Ahora, sentada en su cuarto mirando la marca que había dejado su navaja en la pared, pensaba qué podía hacer, y por qué lo tenía que hacer.

Puede matarme.” “No”, respondió su lado más racional, “hay una distancia muy grande entre golpear a alguien y robarle un objeto personal para quemarlo… y matarla. ”

Sabe demasiado sobre mí y eso me da miedo.”

Esa era razón suficiente.

Puso la navaja bajo la almohada y se quedó dormida casi al instante.

Al día siguiente repasó cuidadosamente su plan, que incluía asegurarse de que nadie supiese que estaban juntas. Curiosamente nunca se habían encontrado a ningún vecino durante sus paseos por el bosque; la zona de merenderos, donde acudían las familias, se encontraba en el linde opuesto. En cuanto a la familia de Blanca, es decir, su madre, nunca se la había presentado, así que no podía sospechar de Alba, pues no conocía su aspecto.

Hasta ahí, todo controlado.

No quería matarla. Deseaba que hubiese otro modo de terminar con aquello, pero… Definitivamente Blanca estaba mal de la cabeza, y podía volver a herirla en cualquier momento. Además sabía mucho de ella, y lo que no sabía, lo adivinaba.

Y luego estaba aquel cadáver abandonado. Blanca sabía dónde encontrarlo, le había puesto nombre, hablaba de él con familiaridad. Casi como si ella misma hubiese acabado con la vida de aquella chica. Durante un instante se escandalizó por imaginar a Blanca matando a alguien, pero luego cayó en la cuenta de que ella misma estaba planeando un asesinato.

Aún había otra cosa. La casa se comportaba de un modo diferente desde que eran amigas. Cuando se veían a diario, los ruidos y temblores eran incesantes. Sin embargo, los fines de semana —cuando no se veían porque sus madres estaban con ellas en casa, y no querían revelar el secreto de su amistad— la casa permanecía tranquila. Le extrañaba, porque a fin de cuentas los ruidos habían empezado antes de conocer a Blanca, pero supuso que no podía esperar mucha lógica de un lugar encantado.

Porque esa era su conclusión: aquel lugar estaba encantado.

Su imagen de las brujas era más oscura y más seria que la de otras chicas, que no creían esas historias. Alba sí las creía, le encantaban los libros que hablaban de hechiceras que habían existido de verdad. Su madre decía que conocía a una, que tenía una cabaña minúscula y maloliente en el bosque cerca de su aldea, y que en torno a esta no crecían las malas hierbas, ni se acercaban los animales.

Las brujas no eran ancianas horribles con una verruga en la nariz, sino mujeres hermosas en cuyo rostro no había el menor atisbo de vejez; era imposible saber su edad. Las de verdad no eran como la de la película “Merlín el encantador”, sino como la del cuento de Hansel y Gretel. Atractivas, seductoras, extremadamente crueles. Las brujas podían aparecerse como una amiga, alguien con quien tomas confianza y luego te destruye. Las brujas existían de verdad y podían hacer mucho daño, como mínimo podían volver loco a uno.

Eso lo sabe todo el mundo”.

De modo que tenía que impedirlo. Si Blanca era una bruja, debía defenderse de ella, y si no lo era, al menos debía de romper el hechizo eliminándola.

Preparó una pócima a base de ruda que había encontrado en unas hojas sueltas escondidas en un libro, e impregnó la hoja de la navaja en ella.

Aquel día apenas habló con su madre cuando esta vino a comer. Tampoco tenían mucho tema de conversación últimamente, a Alba se le estaban acabando las historias inventadas para fingir que acudía al instituto, y a su madre no le iba bien en el trabajo.

Cuando Blanca llegó aquella tarde la notó muy nerviosa. Ella trató de disimular diciendo que su madre había descubierto que no iba a clase desde el inicio del curso, pero esto puso a Blanca alerta.

¿Le has contado algo más? —La mirada de Blanca revelaba su sospecha de que Alba hubiese contado algo sobre su amistad.

No, no… no te preocupes, nuestro secreto está a salvo. Pero no paraba de hacer preguntas sobre el curso, mis compañeros… No he podido aguantar más.

Bueno, pues procura inventar algo sólido para cuando te pregunte a qué dedicas las tardes… y las mañanas, claro. Por cierto, ¿Qué has hecho esta mañana, Alba?

Nada, ¿por qué?

Simple curiosidad. —De nuevo se dibujó en su cara aquella sonrisa artificial, como la de un autómata.

Alba sintió un escalofrío que le sacudió toda la espalda hasta la rabadilla e hizo un esfuerzo por seguir caminando a la par de su amiga.

Al llegar al tocón, Blanca se sentó en el borde y miró a Alba cara a cara.

Mira dentro del tronco. ¿Qué ves?

Alba miró y vio que los huesos ya no estaban. No quedaba nada de la hoguera del otro día.

Que todo se ha consumido.

El cielo se nubló por completo como cada tarde, ya no volvería a salir el sol hasta el día siguiente. Cada día sucedía más temprano.

Efectivamente, todo se ha consumido. ¿Sabes qué significa eso?

No.

Pero sí lo sabía.

Alba pensó muy rápido. Aquel día llevaba una mochila colgada de un sólo hombro, y la descolgó hacia delante, golpeando con fuerza la cara de Blanca. No llegó a tirarla al suelo, pero sí la aturdió lo suficiente como para poder empujarla dentro del tocón y acorralarla, lo que aprovechó para abrir la navaja y ponerla pegada a su cuello, mientras con la otra mano sujetaba a la chica.

Adelante, ya me tienes donde querías —susurró Blanca sin inmutarse.

¿Cómo? —exclamó Alba, sin apartar la navaja.

Así es como tiene que ser, así es siempre. Yo lo hice antes que tú, por el mismo motivo. Tenía miedo de la chica que me trajo aquí. No sé si es este lugar, no sé si es coincidencia. No sé si ella era bruja, yo no lo soy. Pero sé que lo harás aunque yo te suplique, porque yo lo hice aunque ella suplicó.

Pues hazlo, suplica. —La confusión de Alba aumentaba su ira.

No me mates, por favor —musitó Blanca entre lágrimas, agarrando la mano de Alba con fuerza para intentar apartarla, pero sin poder moverse debido a la postura en la que había quedado.

Alba no dijo otra palabra. Cortó la carótida de un tajo. Había aprendido que debía hacerlo así, porque la vena yugular llevaba sangre con menos presión; no sabía por qué tradicionalmente se atacaba la yugular. La sangre manó con fuerza y la salpicó, y entonces percibió algo que la llenó de repulsión: el calor el calor de la sangre de Blanca en sus manos mientras su vida se apagaba.

Un momento, ¿qué ponía en el papel?

Pero Blanca no respondió.

Alba se cambió de ropa, poniéndose la limpia que llevaba en la mochila. Tapó el cuerpo de Blanca con un montón de hojas y ramas y la abandonó allí. Volvió a casa —por fin se había aprendido la ruta— y guardó la ropa sucia para deshacerse de ella en otro momento.

Pasaron los meses. Los ruidos habían cesado, y Alba se calmó. Pensaba con frecuencia en lo que había hecho, pero con menos remordimientos de lo que esperaba en un principio. El curso avanzó, y en enero se acercó de nuevo al instituto para intentar incorporarse, sin muchas ganas. Sin embargo, cuando se acercaba a la puerta, vio una chica con el pelo castaño claro, tirando a pelirrojo. Aguardó escondida detrás de una columna, hasta que vio que la chica cambiaba de idea y se alejaba.

Tenía una nueva amiga.

 

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Reseña:”El traje del muerto”, de Joe Hill

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Como tarde o temprano voy a mencionar a Stephen King en esta reseña, empezaré por ahí: sí, se nota la influencia del maestro en esta obra, en la atmósfera inquietante, los personajes torturados y cierto humor negro. Sin embargo, Joe Hill, tiene su propia personalidad y la deja entrever desde el principio; la historia la conducen los personajes, no la presencia sobrenatural.

Judas Coyne (nombre artístico, muy bien escogido) es un rockero de cincuenta y tantos años, venido a menos, que vive con su novia gótica. Con la intención de cosificarla, no la llama por su nombre de pila, sino por el estado de donde proviene, en este caso Georgia. Lo ha hecho con todas las anteriores. Sin embargo, los personajes femeninos tienen un peso determinante en la novela, casi desde el principio.

Judas, o Jude, colecciona objetos siniestros y malditos, en parte por su afición al ocultismo, y en parte simplemente para contribuir a su propia leyenda negra. Un buen día su agente, el fiel Danny, le propone entrar en una subasta de un traje que arrastra consigo un fantasma; él acepta, lo adquiere, y a partir de ahí su vida da un vuelco. Los acontecimientos que se suceden en estas quinientas páginas son tan terroríficos como realistas. No vamos a ver un fantasma con sábana y cadenas, sino un muerto que trae mal y podredumbre. En lugar de un poder sobrenatural, que explota de manera visible, el espectro de Craddock se manifiesta con la más real de las fuerzas, la inevitable muerte; sin adornos ni pantomimas.

Este es un libro terrorífico, adictivo desde la primera página, y con personajes muy humanos; incluso los personajes no humanos (Angus y Bon, como los vocalistas de ACDC-la leyenda del Rocl está presente en todo momento)-) aportan emociones y arropan al protagonista en su huida del fantasma, y también de sí mismo.