Anochece en Victoria Road (Parte 2)

Carlota estaba asustada por el hallazgo, pero abrazar a Owen la hizo sentir segura, y se dejó llevar por el placer, muy lejos de allí. Podía pasar mucho tiempo en un mismo sitio, pero su cabeza no; su cabeza nunca estaba con ella del todo. Llevaba una vida anodina y estresante por momentos, pero su mente solía vagar por otros lugares para evitar agobiarse. Como consecuencia, era habitual que se distrajera más que el ser humano medio; Carlota no era despistada, estaba ausente casi todo el tiempo.

Al menos, en aquella ocasión, su cuerpo estaba exactamente donde quería estar, así que su cabeza solo tuvo que centrarse en lo que ocurría en su cuarto e ignorar el resto del edificio. Se acurrucó en los brazos de Owen, acarició su piel lechosa y suave, bromeó sobre asuntos banales, y finalmente se quedó dormida.

Alguien aporreó la puerta. Carlota se levantó muy somnolienta y abrió la puerta, deseando volver pronto a la cama. Al otro lado, vio a Tiffany, una de las gerentes del edificio, con la que había hablado en alguna ocasión. Había mucha gente en el pasillo, en pijama, rascándose la cabeza. El aire acondicionado soplaba más fuerte y más frío de lo normal. Su piel se erizó antes de poder percibirlo de forma consciente.

Hola, creo que ya os habéis informado unos a otros de lo sucedido —comenzó Tiffany, más molesta que alterada—. Será mejor que bajéis cuanto antes.

¿Sigue allí el cuerpo o ya lo han levantado?— preguntó Owen, arrepintiéndose de resultar tan morboso.

Tiffany apretó los labios y agrandó sus ojos negros durante unos segundos, juzgándolo en silencio.

Sí, ya ha venido el juez a levantar el cuerpo y lo han identificado —continuó—. Mirad, los dos figuráis entre los inquilinos que se encontraban en el complejo a la hora de la muerte, así que la policía quiere haceros unas preguntas. Tenéis que ir bajando por el ascensor en pequeños grupos. Os da tiempo de vestiros.

Carlota iba a preguntar por qué no podían bajar por las escaleras, y así agilizar el proceso, pero frenó antes siquiera de abrir la boca. Se dio cuenta de un detalle que su cerebro llevaba bloqueando unas dos horas: el único acceso a la caldera desde dentro del edificio era a través de una puerta en el primer sótano, situada en el rellano. El cañón de las escaleras era la probable escena del crimen. La policía tenía que sacar huellas, y encontrarían las suyas por todas partes, porque ella había estado allí. Se sintió enferma, estúpida y humillada, por no haberse dado cuenta antes. Había visto el cuerpo, había visto al asesino. Había pasado de largo, había sentido náuseas por el olor a alcohol y sudor.

Se quedó mirando a la chica y luego a Owen, sin saber qué hacer. Entró un momento para coger el móvil y la tarjeta. Owen la esperó en la puerta, cabizbajo. Probablemente él también había intentado ignorar lo sucedido hasta ese momento, pero dudaba que tuviera tanto que ocultar.

Fueron juntos hacia el ascensor y ella le tomó la mano, por primera vez en realidad. Ella no apreció la importancia del gesto. Trató de pensar con claridad: tal vez su ansiedad le estaba jugando una mala pasada, y lo único que había visto era un chico abrazado a otro. No tenía por qué pensar que uno de los dos estuviera muerto.

Seguro que estaba bien y aún respiraba”. Sonrió, satisfecha.

Se subieron al ascensor, y se dio cuenta de que nadie decía nada.

Tercera planta y bajando.

¿Cómo sé si respiraba, si no lo comprobé?”

A decir verdad, nunca había comprobado la respiración de nadie. La gente solía estar viva. Sintió un escalofrío al llegar a la conclusión de que tal vez, solo tal vez, se podía haber cruzado con más cadáveres a lo largo de su vida, sobre todo al tratarse de gente sin hogar, o borrachos aleatorios tirados en la calle a altas horas de la madrugada; o a las seis de la tarde, que para eso vivía en Inglaterra. Podían haber sido cientos.

Por un instante vio a Madeleine McCann y recordó aquella teoría macabra que compartía con Owen: cuando desapareció la pequeña, muchos testigos llamaron afirmando haberla visto en puntos muy distantes entre sí; finalmente ninguna resultó ser Maddie, pero… ¿Y si todas esas niñas también habían sido secuestradas? ¿Y si simplemente no habían encontrado a la que querían?

Su mandíbula se contrajo y se bloqueó de golpe, igual que un cepo. Aunque le hubieran preguntado algo, no habría podido responder. Sus manos empezaron a sudar profusamente, y soltó la de Owen antes de que él pudiese notarlo. Se atusó el pelo, a modo de justificación para ese desaire.

El inmenso vestíbulo estaba lleno de gente. La policía había agrupado a los inquilinos por plantas, y había marcado los puestos con cartones de colores, a modo de banquete nupcial. También les había pedido que se ubicasen a cierta distancia entre ellos antes de hablar y así poder encontrar incongruencias en caso de que algunos se hubieran puesto de acuerdo. Owen y ella se situaron cerca de sus compañeros respectivos de planta, y Owen volvió a estrecharle la mano en señal de afecto. Carlota le corrspondió. Fue fijándose en los inquilinos de su alrededor. Saludó a algunos con un gesto, pero en realidad no conocía casi a ninguno de los que estaban allí. Una mujer asiática, vestida de forma impecable, y de una edad imposible de determinar, se acercó a ella.

Por favor, nombre, apellidos, cuarto que estás ocupando.

Carlota luchó por responder con naturalidad, porque además de su nerviosismo tenía que procesar las preguntas y el jodido tono de “Estoy haciendo mi trabajo, pero preferiría estar en cualquier otra parte”. Contestó, deletreó su nombre, y esperó lo inevitable.

¿Qué estabas haciendo a las ocho y media de la tarde?

Carlota no sabía qué hora era exactamente cuando vio a los chicos de las escaleras. Pero no quería decir que los había visto.

Se detuvo a pensar: era muy probable que aproximadamente a esa hora estuviese en recepción, o subiendo de nuevo a su suite en compañía de Harry. De modo que había varios testigos de que ella no estaba en las escaleras. No supo por qué hacía eso.

Verá, justo hace un rato me dejé la tarjeta de mi cuarto dentro, así que tuve que bajar a recepción para que me abriesen la puerta. —Carlota se envalentonó y sonrió —Seguramente en ese momento estaba aquí abajo, o subiendo de nuevo con el encargado de mantenimiento.

La agente (no sabía de qué rango, porque no se identificó) la escrutó y Carlota pensó que estaba sonriendo demasiado, dadas las circunstancias. El vestíbulo estaba casi en completo silencio, solo se oían algunos carraspeos incómodos. Corrigió su gesto y lo cambió por una mueca de confusión.

¿Se sabe ya quién es el chico que ha muerto? —preguntó, con todo el tacto del que fue capaz.

Solía pensar que los ingleses detectaban la falta de tacto en los demás, y sin embargo ellos eran secos todo el tiempo. Tal vez para ellos no había una incongruencia entre ambas cosas. De la misma forma que cuidaban sus jardines pero dejaban crecer la maleza hasta alcanzar varios metros de altura.

La agente bien vestida la ignoró y se fue a hablar con otros compañeros de su planta.

No solo tenía miedo del chico con el que había hablado antes, con su víctima en brazos. Había algo más. Quería olvidar el asunto y seguir con su vida. No quería denunciar, declarar, esperar, dudar, tener miedo, ir a juicio, volver a declarar. Volver a dudar. No dormir. Tenía claro lo que había visto, pero no las consecuencias de contarlo a la policía. Su conciencia estaba bastante tranquila. Seguro que alguien más pasó por las escaleras a esa hora. Seguro que alguien había visto algo cuando entraron al edificio.

Carlota asentía levemente a sus propios intentos de auto afirmación.

Se oían leves murmullos entre los inquilinos. A la agente que la había hecho las preguntas se fueron uniendo más miembros de la policía, al tiempo que más gente iban bajando. Carlota hizo un esfuerzo y aguzó el oído. Al grupo de al lado, los de la segunda planta, les estaban preguntando por una hora distinta.

Algo iba mal.

Esperó, con la misma cara de circunstancias que los demás. Alguien tenía que saber algo.

Unos minutos después, sin muchos preámbulos, la reunión empezó a disolverse. Algunos inquilinos, probablemente los que tenían coartadas endebles o testimonios jugosos, abandonaron el edificio junto a los agentes. Otros tantos se quedaron hablando con los recepcionistas y gerentes, que habían acudido en su totalidad. Owen se acercó a Carlota y le acarició el pelo.

¿Subimos?

Carlota asintió, mirando al grupo de gente que aún permanecía frente al mostrador. Quería ir y decirles algo, pero no sabía el qué.

¿Estás bien?

Sí, no te preocupes

Volvió en sí y se dirigieron de nuevo al ascensor.

Es solo que estoy un poco asustada.

Carlota siempre hacía una mueca con los labios cuando mentía.

Owen iba a entrar tras ella pero de pronto recordó algo y chasqueó los dedos.

Voy al supermercado, no tengo café para desayunar mañana. Y tú lo habías dejado, ¿no?

Ella tuvo que bloquear la puerta con una mano para salir y seguirle.

Pues he vuelto al vicio, pero me he quedado sin. Voy contigo, también necesito champú.

De camino, en los segundos que les llevaba rodear un costado del edificio y entrar en el establecimiento, empezaron a hablar de lo sucedido en el vestíbulo.

¿Por qué hora te han preguntado a ti? —inquirió Carlota.

Las siete y media. ¿A ti no?

No, a mí por las ocho.

Se quedó pensativa, mirando el expositor de bollería fresca.

Tengo que contarte algo.

Inspiró profundamente, mientras él iba frunciendo el ceño.

Antes, cuando bajé a por la tarjeta, lo tuve que hacer por las escaleras.

Él asintió, como dándole a entender que iba siguiendo la historia, en un gesto un tanto absurdo.

Bueno, pues vi a dos chicos. Parecía que venían de fiesta, o que no habían dormido en casa. Uno me habló, y el otro, que estaba en sus brazos… No se movía.

Owen esperó a que le diese más detalles.

Y eso es todo —remató ella—. No sé si significa algo.

Ya.

Él iba adoptando una postura más rígida. Carlota lo tomó del brazo y lo acercabano hacia la zona de los refrescos, al fondo del local.

¿Has oído algo de la identidad del chico?—volvió a preguntar Carlota—. ¿Crees que podría ser él?

Puede.

Sí, puede. Ni siquiera sabemos si ha sido una muerte accidental, o lo han matado.

Perdona, ¿quieres decir que no le has dicho nada a la policía? ¿Crees que has visto al asesino y a la víctima y no les has dicho nada?

Ni siquiera sé si es él… —hablaba a tirones, y empezó a respirar con dificultad—. No he oído a nadie hablar del tema, ni parecía que alguien acabase de morir a unos metros de nosotros. Son como autómatas, odio este sitio.

Carlota estaba temblando. Owen la tomó de los brazos en una caricia suave, y se acercó solo un poco, para no agobiarla más.

Cielo, aquí es así. Los ingleses somos flemáticos, como decís vosotros, los londinenses solo nos ponemos tristes un par de veces al año, en atentados o cuando muere Bowie, y encima la mitad de los inquilinos son asiáticos. De modo que parece que nadie siente nada.

¿Y por qué no hablan? No hacen corrillos, ni siquiera murmuran.

Porque el edificio está lleno de cámaras. No podrían decir entre ellos nada que no quisieran que supiera la policía. Igual que has hecho tú.

Pero yo no sé nada en realidad. Solo he visto algo que no sé si tiene relación.

Pues los demás, lo mismo. Esto ha ocurrido hace muy poco, un par de horas, y la gente está nerviosa y preocupada. La policía probablemente no ha divulgado absolutamente nada de lo que saben, si es que ya saben algo. Tú hablas con pocos inquilinos, y los que yo conozco no paran de preguntar en los grupos de chat las mismas cosas una y otra vez, pero nadie sabe nada.— Miró en derredor antes de seguir. —Oye, no te quiero asustar, pero creo que lo que has visto sí es importante. Creo que podría ser él. Entiendo que es una escena que has visto muchas veces, pero esta vez puede significar algo. No tienes que ponerte nerviosa, vamos a llamar a la policía, y les vamos a decir que no les has dicho nada antes porque tenías miedo. ¿Te parece?

Ella asintió, y se dirigieron hacia la caja para pagar y marcharse. Empezó a calmarse. Seguía hecha un lío, pero al menos podría hacer lo correcto. Entonces, por encima de sus pensamientos positivos, percibió una señal de alerta que no esperaba: un fuerte olor a cerveza, impropio de aquel sitio y aquella hora, invadió el aire en pocos segundos. Cuando iba a comentarlo con Owen, una voz conocida la sacó de dudas; era el chico de la escalera, el que habló con ella, y le estaba pidiendo chicles a la cajera con la excusa de despejar su aliento.

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