Anochece en Victoria Roead (tercera parte)

Carlota frenó en seco mientras su amigo avanzaba hacia la caja. Sin pensarlo mucho, lo agarró de la camiseta, pero en lugar de frenarlo, esto solo hizo trastabillar; perdió el equilibrio, y en el camino derribó una torre de latas de galletas danesas, que cayeron al suelo con un estruendo horrible. Owen se desplomó sobre ellas, ya dispersas sobre el suelo del supermercado. Carlota se apuró a ayudarlo. Entonces el extraño de las escaleras se acercó a ellos.

— ¡Es él! — gritó ella, fuera de sí.

Nadie pareció escucharla.

Owen logró incorporarse y se quedó mirando al recién llegado, que se le iba acercando con cara de preocupación.

— ¿Estás bien? — preguntó.

Owen asintió, y le sonrió con esfuerzo. Le dolía todo el cuerpo, y trataba de asimilar lo que ella le estaba insinuando.

Carlota pagó mientras ellos se saludaban, y Owen aseguró que se encontraba bien. El desconocido, sospechoso de homicidio, se despidió de ellos con una sonrisa afable y se marchó tranquilo.

Ellos dos esperaron unos minutos, con la excusa de hacer otra compra de última hora. En realidad lo dejaron todo atrás, diciendo que no llevaban dinero. Carlota estaba frenética, y no acertaba a darle a Owen una instrucción precisa para lo que quería hacer.

— Escucha, vamos a seguir con mi plan — insistió Owen.

— No, ahora ya no podemos — respondió Carlota — . Te ha visto y sabe que lo sabes. Sabe que sabes lo mismo que yo. Somos testigos, sabemos demasiado y podría estar llamando a alguien ahora mismo.

— Escucha, pequeña — replicó Owen, apartándola hacia un rincón al salir del supermercado — . Tienes que calmarte. No sabe nada, porque creo que no tiene nada que ver con esto. Volvamos a casa y preguntemos a los demás si ya saben quién es la víctima.

— No me entiendes… ¡Ya es tarde para volver, tenemos que pensar otra cosa! Tal vez cuando lleguemos a nuestra habitación nos esté esperando un amigo suyo. Vamos a pensar qué hacer mientras lo tenemos al alcance. Mira, se está alejando por ese camino. No vuelve al bloque, eso solo puede querer decir una cosa: es culpable.

Del rostro de Owen ya se había esfumado todo rastro de paciencia.

— ¡Estás paranoica! Estás loca y paranoica. Y si no quieres llamar a la policía, mi trabajo se termina aquí. Te espero en mi habitación.

Carlota soltó un bufido y se cruzó de brazos, mientras él se alejaba. En aquel momento estaba más enfadada que asustada. Sin embargo, no quería volver. Sentía que en cierto modo tenía el control. Todavía no lo había perdido de vista, todavía podía seguirlo. Esperó unos minutos por si Owen volvía. Unos segundo más y no oía ningún ruido, salvo los gruñidos lejanos de algún zorro buscando comida. Entonces lo vio: en un claro entre la maleza, fumando, tal vez planeando una estrategia. Estaba muy cerca del canal que circundaba el complejo.

Cruzó la calzada hacia él, pero se dirigió hacia un punto distante, para no ser descubierta; conocía un camino que las parejas morbosas solían frecuentar. Un solo pensamiento se abría paso en su cabeza, mientras la luz diurna iba desapareciendo: el desconocido seguía estando borracho, y además no se esperaría que ella lo siguiese; contaba con el factor sorpresa. Se detuvo un momento para asegurarse de que no estaba a su alcance, y oteó los arbustos. Seguía ahí, inmóvil, a veces se reía solo. Por el olor, confirmó que no fumaba solo tabaco. Se frotó las piernas, para aliviar el picor de los arañazos que le producían las plantas, y aguardó un poco, mientras el corazón amenazaba con explotar de un momento a otro. No tenía un plan; solo quería tenerlo allí, a su merced, con la guardia baja. Por un momento rogó al Cielo averiguar algo que la sacase de dudas; algo que lo declarase inocente. Por si no era así, buscó en torno a ella algo con que defenderse; a un metro de donde estaba, escondido entre los arbustos y la suciedad, halló un cristal roto, probablemente de una botella. Lo tomó con cuidado, comprobó que era grande y afilado, y trató de respirar con normalidad; la ansiedad empezaba a ahogarla.

Aguzó el oído y oyó otra corriente por encima del canal; miró por entre las ramas y vio que se había puesto a orinar hacia el agua. Esperó un poco y comenzó a dudar; quizá no era tan buena idea estar allí. Quizá Owen tenía razón. Un ciclista pasó a gran velocidad por la orilla de enfrente. No la vio, o eso creyó ella. No tenía sentido seguir allí.

De pronto, cuando ya se había dado media vuelta, oyó un gemido y un chapoteo exagerado. Cuando se acercó, solo pudo ver el agua revuelta y el motivo de que se hubiera asomado demasiado: una gran larga con banderas de colores que sobresalía unos metros, probablemente abandonada por un grupo de amigos que celebraban una fiesta. Aún se podía admirar el extremo que seguía enganchado en un árbol. La cuerda era, al mismo tiempo, el motivo de que no pudiese nadar: se había enredado en ella al caer al canal. El chico no paraba de retorcerse, pero no lograba salir. Carlota lo observó mientras él pedía auxilio, pero ya casi no le llegaba el aire. Todavía tiraba de la ristra de banderitas, tensándola y doblando un poco aquella rama, y también producía grandes burbujas que destacaban en la superficie del agua, cada vez más oscura. En un momento dado, cuando ya se había convencido de que no la había visto, el gorgoteo cesó y la cuerda se relajó un poco. Hubo un silencio cortante y luego volvieron los sonidos que enmarcaban la normalidad de la zona: los insectos, la corriente, el murmullo del viento.

Quizá era hora de marcharse, pensó ella. Volvió al bloque y se metió en la cama.

Carter salió la noche del sábado con una sola cosa en mente: olvidar a su exnovia. Llamó a su amigo Paul, a quien conocía solo desde hacía un par de meses, pero que ya lo había visto deprimirse por la ruptura con Abbey, y juntos se fueron a quemar la noche en los tres pubs que estaban cerca del piso que compartían, cerca de East Acton. Lo que Carter no se esperaba era que Paul le tuviera preparada una cita a ciegas. Cuando su amigo se lo contó, se alegró mucho, pero lo malo era que había que ir a buscar a la chica (una amiga de Paul, con la que él también se había enrollado, aunque nunca se lo dijo) a un enorme edificio de apartamentos, en medio de la nada. Solo eran un par de paradas en metro y un buen trecho andando, pero Carter estaba muy borracho y le daba pereza. Paul insistió, y fueron los dos a buscarla; como poco, conocería a una chica guapa.

Lo malo fue que, cuando llegaron, cerca de las dos de la mañana, Eve ya estaba aburrida de esperar y quería irse a la cama. Paul le mandó un mensaje parar insistir y ella accedió; en el momento en que llegó al exterior y saludó a Carter, éste reaccionó vomitando profusamente sobre el suelo, el banco y el vestido de la chica. Eve se dio media vuelta y Paul se pasó los siguientes diez minutos riendo hasta llorar. Carter fue al lavabo, se despejó un poco, y comprobó que su ropa seguía limpia. Paul lo miró de arriba abajo, y se comprometió a rematar bien la noche. Tardaron muy poco en encontrar una fiesta en el hall del edificio, y después hubo fiestas en las terrazas, en el ático y en alguna habitación. Más alcohol, más chicas, más desfase. Luego, fundido a negro.

Se despertó en el regazo de su amigo, que seguía durmiendo. Después volvió a despertarse, y le sorprendió estar en la escalera de incendios. Posteriormente, Paul le contó que habían tenido que esconderse allí cuando se armó una pelea en la habitación donde estaban, en la octava planta.

Según le dijo, ellos dos y una chica se estaban metiendo coca en el baño, sobre las ocho, cuando apareció el inquilino de la suite, a quien nadie conocía, y empezó a gritarles por armar lío en su habitación. Ya se iban a marchar, pero entonces el recién llegado sacó un cuchillo del cajón de la cocina y se abalanzó sobre los que estaban consumiendo sobre la cama. Los tres aprovecharon para escabullirse, y la chica huyó para encerrarse en su cuarto. Paul recordó algo que le había dicho su amiga: no había cámaras en el cajón de las escaleras. Condujo a su amigo hacia allí, bajaron algunas plantas, y solo salió para comprar algo en una máquina de vending de la lavandería.

Cuando sintió que ya estaban a salvo, y los dos estaban despejados, salieron de allí, y fueron a tomar café en un Costa, a un par de manzanas, por si el loco seguía cerca. Se despidieron, Carter volvió a su casa, y Paul se dirigió de nuevo al bloque para hablar con su amiga y pedirle disculpas. Paul tenía miedo de que volviera a beber, porque Carter llevaba también una mala racha, pero estaba demasiado cansado.

Paul iba a trabajar en ese momento. Se estaba arrepintiendo de haberlo dejado solo. Carter no cogía el teléfono ni respondía a los mensajes desde la noche anterior. Lo que más le escamaba era que Eve lo llamó justo cuando tenía que entrar en el metro, y él no pudo contestar. Tal vez quería decirle algo.

Se recostó en el asiento, y levantó la vista. Frente a él, una chica delgada y vestida de modo impecable estaba sollozando. Se cubría la cara, pero él se daba cuenta. Por un momento, ella abrió las manos, se fijó en él, y volvió a llorar. Finalmente, se levantó y bajó en una estación. Él siguió hasta su parada.

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Anocheche en Victoria Road (Parte 1)

1 oTwLVfx9lqQIpJg1OQ15sgEl sol se ponía velozmente al oeste de Londres en aquella tarde de septiembre, mientras una chica se consumía despacio. Fabricar jabón suena aburrido; para Carlota, además, estaba resultando doloroso (se había quemado ya dos veces manejando la mezcla) e incómodo, ya que Owen, su vecino en el edificio de apartamentos Old Oak y antiguo novio, no paraba de mirarla de forma desdeñosa con sus ojos de color azul piscina.

Carlota se centró en extender cuidadosamente la pasta para dejar una superficie lisa en su molde y así poder terminar la tercera barra de la tarde. La meticulosidad era lo que la mantenía despierta. También ayudaba la voz chillona y monótona de Judie, la artesana que el complejo de residencia a medio plazo había contratado.

Owen era de Londres. De hecho, era la única persona que Carlota conocía que había nacido allí. A Owen le gustaba bromear con que era un tipo muy duro porque había crecido en esas calles; decía que se había hecho tatuajes para que reconocieran su cuerpo si aparecía muerto en el canal. Carlota le respondía que sus tatuajes eran demasiado normales como para que le sirvieran al forense en caso de que fuese decapitado.

“Me quiero morir”, pensó Carlota. “Son las ocho de la tarde de un domingo y estas actividades son un coñazo. Y Owen me sigue gustando”. Había en ese momento un ambiente distendido en la terraza delantera, gracias a la brisa fresca y las conversaciones banales. “Eso es lo que más voy a echar de menos si me vuelvo a España”, pensó Carlota. “La frivolidad, la falta de emoción”. Pero ella no quería volver. Llevaba dos semanas en paro y ya le faltaba el aire, agobiada por la ciudad más cara del mundo; estiraba todo lo posible el último sueldo de su empleo como relaciones públicas, compraba lo justo para la semana en Sainsbury, no recordaba la última vez que se había tomado una cerveza en un pub. Y aún así no quería volver a España por nada del mundo. Ni la pobreza, ni el hollín, ni el Brexit la devolverían a su pueblo.

Owen le refrescó la memoria tropezando con su mano en la de ella, quién sabe si adrede, para coger unas flores secas decorativas. Él había sido su última cerveza. Con Kelsey, la camarera, no hubo cerveza, ni cita, ni conversación; solo fue sexo, en el baño, después de su turno en aquel pub de Shoreditch. Los cuatro amaneceres más rosados que había visto jamás. Y por eso había dejado a Owen, por eso había dado por terminada la relación de tres meses. Luego ella cometió el error de esperar otra relación de Kelsey, pero no la hubo. Para Kelsey, Carlota solo supuso cuatro polvos con una española.

Dejó las herramientas y el molde de jabón a un lado y estiró los brazos hacia delante, sobre la mesa. Se había esforzado por olvidarlo, pero no dio resultado. Él le daba demasiado morbo. Y ella lo había estropeado todo.

De pronto, dijo en voz alta, en español, “me voy”. Se levantó y cogió un trapo húmedo para limpiar el reguero de gotitas color verde agua que adornaba su parcela de la gran mesa de actividades comunitarias. El olor a aceites aromáticos la alegró por un momento. Guardó sus moldes llenos de preparado junto con los de los demás, y entró en el edificio.

A Carlota le encantaba el sitio donde vivía: un bloque de apartamentos con un estilo arquitectónico hipster post industrial (como ella y Owen habían acordado definirlo) lleno de zonas comunes alegres y acogedoras, como la biblioteca, la lavandería, y el espacio de co working. El exorbitante precio del alquiler incluía limpieza semanal, vigilancia 24 horas, y las actividades como la que ella acababa de abandonar. En la planta baja, además del gimnasio, había un supermercado con lo básico, a precio desorbitante. El edificio era gigantesco, con diez plantas y treinta suites en cada nivel. Cada suite tenía dos habitaciones con baño individual y una cocina compartida.

El Old Oak estaba lejos del centro, en zona cuatro, en mitad de Victoria Road. A quince minutos andando tenía la estación de North Acton, en la Central line, y en dirección opuesta tenía la Willensden Junction para ir al ampuloso barrio de Hampstead, con sus mansiones de estilo georgiano y su enorme parque estampado de lagunas. Vivía en una especie de polígono industrial, pero su entorno era tranquilo, serpenteado de canales y carriles bici.

Sin embargo, desde que perdió su empleo en Duff & Spears, se sentía totalmente fuera de lugar. Cada persona, en el edificio y en todo Londres, parecía estar haciendo algo importante salvo ella. No estudiaba, no trabajaba, y claramente no se estaba esforzando lo suficiente para encontrar otro empleo, porque todas las personas con las que había entablado relación desde que llegó a la ciudad le habían dicho lo mismo: “si quieres, puedes”. Pobre, pero puedes. Claro que también todos ellos y Carlota habían pasado por la primera fase de la vida londinense: salir, ir a conciertos, drogarse, follar con desconocidos e ir a trabajar sin haber dormido. La vida posterior era una eterna resaca.

Carlota saludó a Ben, el recepcionista antipático de tarde (por cada turno había dos recepcionistas y un encargado de mantenimiento) y se entretuvo mirando el horario de tiempo libre de la siguiente semana: saludo al sol el lunes a las 6.00, charlas sobre feminismo el martes, taller de té orgánico el miércoles, consejos para manejar el estrés el jueves, torneo de billar el viernes, Owen detrás de ella, apoyado en la pared, reflejado en el espejo del ascensor. Carlota dio un respingo, pero se mantuvo firme. Él, por su parte, la juzgaba con calma. Parecía que de un momento a otro le iba a espetar “te lo dije, te dije que era una zorra”.

Ella se resignó, entró en el ascensor y usó su tarjeta para desbloquear el teclado y marcar el siete. Owen entró detrás y marcó el cinco; Carlota supuso que iba a la lavandería. Detrás entraron otras tres personas, de tres etnias distintas, con cara de tener proyectos y esperanzas. Nadie saludó. La mayoría de los inquilinos optaban por no hacerlo, por si eso era demasiado brusco en otras culturas.

El trayecto fue breve, pero Carlota tuvo tiempo de percibir el olor de su amante y sentir escalofríos de nostalgia. Owen se bajó en su planta, sin decirle nada. Las otras personas hicieron lo mismo. Se dirigió a su suite sintiendo cómo el aire acondicionado le ponía la piel de gallina, y recordando cuánto lo había apreciado durante el caluroso verano que ahora se terminaba. Su habitación no lo tenía, y había pasado muchas noches en vela. Además de molesto, no poder dormir por culpa del calor en Inglaterra era humillante.

Carlota entró en la cocina usando la tarjeta, se hizo un sándwich y volvió a usarla para entrar en el dormitorio, que ahora ya tenía una temperatura agradable. Se sentó en la única silla y se quedó mirando la cama, llena de objetos que no sabía dónde meter; llevaba ocho meses viviendo sin un armario. De pronto no podía hacer nada por levantarse. Le faltaba motivación para seguir buscando trabajo, o mejor dicho, pensó, “tengo motivación pero me falta energía”. La energía que tienes cuando crees que lo que estás haciendo va a servir de algo.

Seguir viviendo allí era inviable. El alquiler era desorbitado y la ubicación era bastante mala, porque le llevaba demasiado tiempo (y dinero de su Oyster) ir y venir del centro, o al menos de otras zonas con más negocios. Así que además de buscar trabajo, tendría que buscar un sitio donde vivir.

La razón por la que escogió Old Oak fue el miedo, principalmente. Se lo había recomendado su amiga Nuria, una barcelonesa de treinta años con muchas ínfulas; solo permaneció allí un mes, luego se fue a un apartamento desvencijado de Croydon con otras siete personas. Carlota tenía miedo de eso, de tener que compartir el piso, el baño y seguramente el dormitorio con desconocidos. Miedo de tener que caminar mucho tiempo por la calle en invierno, al salir del trabajo, miedo de tener que aprenderse nuevas rutas seguras. Sabía que no era una ciudad particularmente peligrosa, pero sí inmensa, y llena de micro universos a la vuelta de la esquina. Tenía miedo de agobiarse si cortaban la línea de metro habitual al última hora y tocaba buscarse la vida. No se trataba de miedo real, a algo tangible, porque todo eso no eran más que contratiempos, pero éstos le producían pánico.

Decidió ser práctica: había que cenar, ducharse y dejarlo todo preparado para salir temprano el lunes. Terminó su sándwich de pavo, lechuga y mayonesa, bebió zumo de arándano, y se metió en el baño durante media hora.

Cuando salió del baño, se puso el pijama, abrió momentáneamente la ventana para ventilar y se dio cuenta de que había cometido un error al abrir el zumo. Lo había comprado el día anterior y lo había guardado en su cuarto, ya que su espacio en la nevera común era muy pequeño y estaba ocupado con cartones de leche, de modo que había planeado no abrirlo hasta que se hubiera marchado su compañera, dos días después, el martes. Ahora tendría el zumo abierto durante 48 horas, a unos probables treinta grados.

“Tal vez si me terminase ahora la leche podría guardarlo en frío”.

Ni corta ni perezosa, salió hacia la cocina. Se bebió un tazón, bastante lleno, para poder aprovecharla toda, y mojó algunas galletas de su compañera. Al terminar, lo fregó todo y guardó el zumo en la nevera. Luego se llevó la mano al bolsillo trasero para coger la tarjeta y volver a la habitación. Pero allí no había ni bolsillo ni tarjeta, solo un fino pijama del algodón.

“Mierda. Mierda. Mierda.”

Se había dejado la tarjeta sobre la cama, y ahora estaba fuera, en pijama, sin móvil y con el pelo mojado. Tendría que bajar a recepción a pedir que le abriesen la puerta.

Decidió no prolongar el momento de bochorno. Por si no conseguía ayuda, bloqueó la pesada puerta de la suite con la ayuda de un taburete de la cocina, y se dirigió al ascensor. No podía usarlo sin la tarjeta, así que se detuvo delante, de brazos cruzados, a esperar por si venía alguien pronto. Le gustaba el área de espera; estaba decorada con cuidado, a juego con el resto de la planta. Cada nivel del edificio tenía una temática distinta, y eso le parecía un bonito detalle hacia los huéspedes. Pero notaba la humedad en sus hombros, y una repentina sensación de soledad. Los amigos que había conocido en el edificio ya se habían mudado; nadie vivía allí mucho tiempo. Por eso en ese momento no podía pedirle a nadie un secador del pelo, o una tarjeta para coger el ascensor. Empezó a retorcerse los dedos con nerviosismo, y notó que las lágrimas se concentraban en sus ojos, a punto de caer, mientras su rostro se iba calentando. Además, ya había pasado algún tiempo (no podía determinar cuánto exactamente, porque no llevaba reloj y el tiempo pasa más despacio cuando estás alterado) y no aparecía ningún vecino. Era curioso, porque la planta se había llenado de estudiantes en las últimas semanas, y siempre había mucho tráfico.

Al menos podía bajar por la escalera de incendios. Nunca lo había hecho, pero esta era la ocasión ideal. Recorrió el pasillo lo más rápido que pudo, para que nada más fallase; a veces usaba esa estrategia en la calle o en el metro. “Si tardo poco tiempo, me libraré del mal”.

Al igual que el resto de puertas del complejo, la de la escalera era pesada y cerraba con un sistema electrónico, pero para evitar problemas en las evacuaciones, habitualmente estaban desbloqueadas, así que Carlota pudo acceder sin problema. Sólo al rozar la puerta con el pie se dio cuenta de que iba descalza. Le gustaba la sensación de la moqueta, sobre todo la de aquel edificio, porque era nueva y no parecía muy contaminada, como las otras que había visto, tanto en la ciudad como en algunas visitas a otras partes de Inglaterra. Carlota suponía que toda la isla de Gran Bretaña estaba enmoquetada.

La escalera de incendios también estaba limpia, probablemente porque nadie la usaba nunca. Sin embargo, al no contar con una buena iluminación como los pasillos, resultaba agobiante, así que Carlota fue siguiendo una línea azul de la pared para sentirse más segura según se iba acostumbrando a la penumbra. Poco a poco fue bajando. Cuando llevaba descendidas tres plantas, empezó a oír risas lejanas y el eco de una conversación absurda, y poco después llegó al origen: dos chicos muy borrachos tirados en el descansillo. Ni siquiera se sorprendió. Ambos parecían muy altos, y vestían ropa moderna y arrugada, seguramente de la noche anterior. No se metieron con ella, y Carlota los esquivó sin dificultad. Uno estaba inconsciente en brazos del otro, a modo de homenaje a La Piedad. Fuerte olor a cerveza, unas notas de vómito. Lo normal.

“Disculpa a mi amigo, no se encuentra bien.”

Había oído esa frase, envuelta en distintos acentos, cientos de veces.

Ella asintió y se despidió sin más. Estaba acostumbrada a escenas así, y ya no hacía amago de ayudar. Supuso que, si necesitaban algo, el chico que se encontraba mejor bajaría hasta la recepción, o rodaría escaleras abajo.

Había un indigente en la entrada a la estación del metro de North Acton que le había llamado la atención al llegar meses atrás. Se notaba que estaba enfermo, así que ella se dirigió a los trabajadores de la estación para pedirles ayuda. Ellos le respondieron que ya lo sabían, y que si se pusiera muy mal, llamarían a una ambulancia. Que gracias por avisar y que se estuviera tranquila. Ella les hizo caso y empezó a ignorar lo que la rodeaba. De todos modos, Carlota nunca pudo presumir de tener una gran conciencia.

Sin embargo, hubo algo que la hizo detenerse por un segundo: el chico que aún mantenía el tipo se tapó la cara con el cuello de la camisa cuando ella pasó a su lado. Se rio mientras lo hacía, pero aún así le pareció una actitud un tanto extraña.

Al llegar a la recepción, no tuvo que dar explicaciones. Su aspecto la delataba. Ben la recibió con desdén, y avisó a mantenimiento por el Walkie. Mientras le respondían, se dirigió a Carlota.

— Es la quinta vez que te olvidas la tarjeta. Lo sabes, ¿verdad?

— Sí, lo recuerdo — respondió ella, avergonzada.

— Pues son cincuenta libras de recargo.

Carlota se mordió el labio inferior y le dedicó su peor mirada de desprecio. Era lo único que podía hacer.

Harry, el encargado de mantenimiento, un barbudo corpulento aunque no muy alto, subió con ella a la habitación. Carlota no se atrevía a dirigirle la palabra, porque parecía que lo había interrumpido haciendo algo muy importante. De todos modos, ella ya sabía que le pasaba a algún huésped cada día.

Cuando se acercaban a la suite, Carlota le explicó que había dejado la puerta abierta. A Harry no le hizo ninguna gracia, y le indicó que se quedase donde estaba, a unos dos metros, mientras él se aproximaba blandiendo una linterna. Al llegar a la suite, Harry vio algo que lo puso en guardia, y preguntó en voz alta:

— ¿Qué haces ahí, chico? ¿Se te ha perdido algo?

Owen salió con las manos en alto. Sonreía con afabilidad.

— Tranquilo, señor, soy Owen Simmons, el inquilino de la 715, y vengo en son de paz. Quería hablar con mi amiga, esta chica, y al ver la puerta abierta me preocupé. Solo quería esperarla aquí, por si pasaba algo.

Harry miró a Carlota, como pidiendo su confirmación.

— Sí, lo conozco, es mi amigo. No pasa nada. Gracias por preocuparte.

Harry se adentró en la cocina, refunfuñando, y abrió usando una tarjeta que funcionaba como llave maestra. Luego se quedó dentro de la habitación, mirando alrededor con desaprobación, mientras sujetaba la puerta con una mano. Owen y Carlota esperaban en la cocina a que saliera.

— Este cuarto está bastante sucio — apuntó el encargado de mantenimiento — . No deberías comer aquí, para eso está la zona de comedor.

“Comedor” era el nombre pomposo que usaba el staff para hablar de la barra y los taburetes situados frente a la cocina, que servían para apoyar la cena.

— Lo siento — murmuró Carlota, de mala gana.

Harry se quedó observándola con cara de pocos amigos, sin moverse. Entonces ella recordó que tenía que pagarle la multa por olvido reiterado de la tarjeta. Corrió a la habitación y enseguida encontró la caja de dinero para imprevistos, dentro de la bolsa de tela con la ropa interior. Le pagó y le volvió a pedir perdón.

— Deja de disculparte, es muy molesto.

Harry salió del dormitorio y luego de la suite, no sin antes tener un pequeño encontronazo con Owen, que le bloqueó el paso un momento, desafiante. Al ser éste más alto, la masculinidad de Harry acabó cediendo y le pidió permiso para pasar.

Al quedarse solos, Owen entró en la habitación. Mientras Carlota se ponía las chanclas y preparaba la ropa para el día siguiente, él cogió un cómic que le había prestado cuando empezaron a salir, y que ella no le había devuelto. Ella pensó que le iba a reprochar su despiste, pero se limitó a sentarse en el borde del escritorio y ponerse a leer. Carlota siguió con su tarea, sin intención de echarlo de allí. No le molestaba. Eso la molestaba en cierto modo, pero decidió no darle más vueltas. Lo había echado mucho de menos últimamente.

Siguieron en silencio, tranquilos, hasta que él se levantó y dejó el ejemplar de “Los defensores” de Marvel en el hueco bajo el escritorio.

— ¿Dónde vas? — le pregunto Carlota, sin poder disimular su inquietud repentina.

— Me voy a mi cuarto. Tengo hambre, creo que me quedan noodles en la nevera, pero si no, bajo un momento al supermercado. ¿Quieres algo?

— ¡No! — replicó ella — . Quiero decir, no hace falta que compres nada, puedes… Puedes quedarte a cenar.

Owen levantó las cejas, confundido.

— ¿Estás segura?

Mientras hablaba, se iba acercando a ella, con curiosidad y precaución.

— Sí, claro… De hecho, me gustaría que te quedases.

Él no respondió. Salió un momento, cogió un yogur y volvió junto a ella, que estaba encendiendo el ordenador para ver Netflix. Se acurrucaron, y después de dos horas, cuando empezaban a susurrarse cosas bonitas, el teléfono de Owen empezó a sonar. Era su amigo George, que vivía en la novena planta. Mantuvieron una breve conversación, que Carlota trató de espiar, sin éxito. Él colgó el teléfono y se puso muy pálido.

— ¿Qué pasa? — preguntó ella, preocupada.

Él la abrazó y le dijo en voz muy baja:

— Han encontrado muerto a un chico en el cuarto de calderas. Han llamado a la poli y es probable que nos hagan preguntas. Aún no lo han identificado.

A Carlota se le heló la sangre, y solo acertó a hacer una broma macabra.

— Espero que tenga unos tatuajes muy originales.

Owen esbozó una sonrisa triste.

Cómo huir de una leona (mi primer relato de ciencia-ficción)

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Este es el relato que envié hace dos meses al concurso literario “Premio Ripley”. Era mi primer relato de ciencia ficción y fue una gran oportunidad para salir de mi zona de confort y atreverme con este género. Espero que os guste.

Era un día largo de finales de verano, pero en Sejmet la temperatura no subía de diez grados en aquella época. Sus días duraban diez horas y sus años, apenas cien días. Formaba parte del sistema Georgina, como luna de Atum, uno de sus tres planetas. Nun, la estrella blanca, centro del sistema proveía a la luna de una luz lechosa y escasa, ya que Sejmet era el cuerpo más alejado.

El viento era un habitante más de Sejmet, uno muy importante. Ahora, en verano, las ráfagas más fuertes eran de sólo doscientos kilómetros por hora, pero en días malos de invierno podían alcanzar los trescientos. El aire denso estabaintoxicado con partículas afiladas de sílice, cristal y metal procedentes de las factorías y las plantas de reciclaje que estaban en constante funcionamiento. Los habitantes de Sejmet debían llevar trajes de materiales muy resistentes, y taparse la cara con protecciones para salir de casa e ir al trabajo, el único recorrido que hacían.

Lorena siempre había vivido allí, así que para ella esta era la vida normal, pero no por ello era buena. Ella era una obrera clase C, cualificada pero controlada; el único motivo por el que llevaron a su madre a parir a esa luna fue para que su hija trabajase. Tenía derecho a una consola de vídeo, donde veía la programación autorizada y consultaba la información a la que tenían acceso los de su clase; este aparato proveía a los C de entretenimiento y de aspiraciones propias de los obreros B, no vigilados, que vivían en los planetas.

Lorena trabajaba en los aerogeneradores, ensamblando y reparando motores. Todas las fábricas y plantas de tratamiento de Sejmet estaban vigiladas en busca de cualquier actividad sospechosa. Los vigilantes eran androides toscos, y su parte orgánica era grotesca, montada con restos de cadáveres embalsamados o tejido artificial. Unos, los “H”, tenían cabeza, otros (los “N”) sólo un tronco y extremidades; las cabezas de los más “humanos” eran mucho más terribles que su mera ausencia. El cráneo artificial no estaba revestido de tejido orgánico de manera uniforme, sino que se distribuía en “parches” sobre las zonas donde los técnicos no tenían que acceder habitualmente; pero lo peor eran los ojos: no eran inertes, como los de cristal, sino que tenían una textura gelatinosa, y transmitían una expresión confusa y repulsiva.

Lorena tenía un gran sueño, que había empezado como empiezan muchos: por la publicidad. Había en Atum una colonia no industrial, llamada Shu, cuyos habitantes vivían de lo que recolectaban y de reutilizar los residuos de las grandes colonias. Según los anuncios de su consola, era un lugar tranquilo, donde se respiraba un aire saludable, y no había delincuencia. Era demasiado bueno para ser real, pero lo que le había tocado era demasiado malo para ser vivido. Ella había hecho planes, pero no era tan sencillo como largarse y vivir del cuento. Como trabajadora de la factoría estaban censada y controlada, y tenía un chip de localización alojado dentro de la corteza cerebral, de modo que si se lo quitaba perdería el habla. Esto fue algo premeditado por el Ministerio de Trabajo, para evitar conspiraciones; si algún obrero desertaba, no podría comunicarse ni con los que aún seguían trabajando, ni con los que hubieran escapado. Aún así, Lorena quería intentarlo, no tenía nada que perder.

Lorena estaba pelando boniatos para la cena, su alimentación habitual, además de carne en lata, de forma ocasional. Llamaron a la puerta.

¿Quién es? —preguntó, blandiendo un fleje de acero que tenía detrás de la puerta, más por costumbre que por temor real, ya que la estrecha vigilancia a la que eran sometidos no permitía demasiada delincuencia.

Suelta eso y déjame entrar —respondió una voz femenina y condescendiente.

Andrea, la piloto amiga de Lorena, era más alta que ella, y podía verla por el tragaluz

Pasa —respondió Lorena, mientras abría.

Andrea observó la estancia, que empezaba a llenarse de la luz violeta azulada, que venía de la estrella Nun cuando empezaba a ponerse. Había cosas por todas partes, pero el conjunto estaba muy ordenado. Lorena permanecía en el centro, expectante.

Traigo novedades, no sé si querrás saberlas todas —dijo Andrea, dejándose caer en el sillón.

Malas noticias, supongo —se lamentó Lorena. Luego se apoyó en la raquítica repisa de la cocina, frente a la mujer, que era mayor que ella.

Andrea asintió con un gesto de fastidio en los labios y continuó.

En primer lugar, no voy a poder hacer nada en un par de días. No dispongo de una nave de carga ahora mismo, solo me permiten patrullar con el caza hasta que termine esta tanda de turnos, y no cabes ahí, por delgada que estés. —Le guiñó un ojo—. Siento no poder hacer nada antes.

No pasa nada, ya supuse que era demasiado pronto.

Sí que pasa, no te sobra tiempo. Tenemos que organizarlo antes de que llegue el otoño. Y tienes que resolver lo otro.

Conozco a un médico que puede hacerlo. Me pide cinco mil créditos, pero parece que no duele y que sólo me va a tocar una de las áreas de control del habla.

Lorena esbozó una sonrisa triste y guardó silencio. Dentro de la casa prefabricada solo se oía el viento.

Oye, ya eres mayorcita, y no te voy a decir lo que tienes que hacer —retomó Andrea—. Pero esto es una mala idea, malísima. Si te digo la verdad, en todas las veces que he estado en Atum no he visto ese sitio del que hablan los anuncios de tu consola.

No puedo seguir así —repuso Lorena, sin mirarla, casi hablando más para sí misma—. En la planta no me dan un día de descanso, y aquí todo va a peor. Muchas veces me quedo sin agua corriente, y tengo miedo del invierno, ya sabes cómo murió mi novio.

Lo sé. Pero tiene que haber otra manera. Tenemos que encontrarla.

No, ya estás haciendo bastante, estás arriesgando tu trabajo para ayudarme.

Tampoco es para tanto —dijo Andrea, apartando su flequillo pajizo—. Ya te he dicho que a los militares no se nos controla tanto. Unos viajes de más en mi hoja no cuentan, mientras me pague yo el combustible.

Ya.

Las dos guardaron silencio durante unos minutos.

¿Entonces vamos a hacerlo? —inquirió Lorena.

No tengo más remedio, ¿no es así? —respondió Andrea, tratando de sonreír.

Gracias. Esto significa mucho para mí.

Me voy ya, mañana me espera un día largo. Ya hablaremos, espero traer alguna buena noticia.

Ojalá —dijo Lorena, y la abrazó—. Cuídate.

Tú también.

Pasaron los días rápidamente. El turno de Lorena en la fábrica era particularmente agotador en verano: la carga de trabajo era el doble que en invierno, precisamente para producir más palas y motores, y así explotar más esa forma de energía los meses de más viento. Debido a esto, el esfuerzo físico se volvía un desafío y los cuerpos de los trabajadores producían un calor insoportable en la nave cerrada.

Lorena estaba muy concentrada en su labor, intentando no pensar demasiado. Sin embargo, había algo extraño en el ambiente. Sus compañeros tenían una actitud normal, pero Lorena se sentía observada. Trató de ignorarlo, porque no era posible que sospechasen de ella. No le había contado a nadie sus planes, y sin embargo no podía quitarse esa sensación de encima. Se le erizaba el vello por momentos. Se dio cuenta de que estaba empapada en sudor frío. Levantó la vista de manera discreta para mirar a la cara a Bruno, su compañero de la cadena de montaje, y éste le devolvió un gesto neutro, sin emoción alguna. Volvió a bajarla, y entonces se le ocurrió que no era él quien que la estaba observando. Miró al frente, hacia la puerta de salida de esa sección, y entonces lo vio. Era un androide de tipo H, con cabeza ensamblada sobre un cuello flexible, y tenía sus ojos fijos en ella. Lorena parpadeó porque no podía creérselo, y volvió a bajar la cabeza. Continuó su labor durante unos minutos, y levantó la cabeza de nuevo. La criatura seguía ahí, observándola, e inclinó su cara sin boca hacia un lado, como si quisiese escudriñar en los pensamientos de la chica. Lorena aguantó la respiración, aterrada. Aquello no podía estar pasando.

Pulsó el botón para abandonar el puesto, y el cronómetro empezó a descontar el tiempo de pausa permitido, diez minutos. Dejó sus herramientas en su puesto y avisó a su compañero. Se dirigió a los lavabos, y al salir miró directamente al androide, que en ese momento tenía los ojos fijos en el frente; éstos no brillaban ya, estaban durmientes. Pero quiso comprobar que lo de antes no había sido una alucinación, y miró hacia arriba, a las galerías de la planta superior, donde había más vigilantes. Dos de ellos bajaron la cabeza hacia ella, y la luz de sus ojos parpadeó. «Lo saben», pensó Lorena. «De algún modo lo saben. El chip que tengo en la cabeza no sólo es para localizarme, sino que les está transmitiendo lo que pienso.». Tenía dos opciones, huir en ese mismo momento y no mirar atrás, o volver a su puesto y tratar de actuar con la cabeza fría. Se inclinó por la segunda opción.

¿Estás segura de los que viste? Tal vez solo fueron imaginaciones tuyas.

Andrea estaba tratando de tranquilizarla, que no paraba de repetir la secuencia de acontecimientos. Había ido a casa de la teniente en lugar de la suya, porque estaba más cerca de la factoría, y sobre todo porque no quería estar sola. En su frenética huida al salir de trabajar, se había quitado el casco demasiado pronto, y se había hecho cortes en la cara con esquirlas de metal. Andrea la había curado, y le había dado una buena cena, como las que se podían permitir los oficiales. Aún así, Lorena estaba tan asustada y encogida que parecía más pequeña de lo que era. Su largo cabello castaño estaba apelmazado, y le daba un aspecto frágil, le recordaba lo joven que era. Andrea sirvió dos copas de alcohol, que había robado de una nave enemiga, para relajarla.

Me estaban mirando, y nunca antes lo habían hecho —respondió Lorena—. No puede ser una coincidencia. Aunque lo llevaba pensando mucho tiempo, fue el otro día cuando pusimos una fecha definitiva.

Estás paranoica —dijo Andrea, dando un trago—. Es comprensible, estás sometida a mucho estrés, pensando en la huida, el viaje, la cirugía…

¡Calla! —replicó Lorena, fuera de sí— Sé perfectamente lo que vi, sospechan algo. Fue algo totalmente nuevo, nunca los había visto así. No estaban solo pendientes de mis actos, también lo estaban de mis pensamientos.

Oye, tú a mí no me mandas callar, punto —contestó Andrea, incorporándose en el sillón para enfrentarse a ella—. Segundo, eso que acabas de decir es simplemente imposible. No hay forma de que sepan lo que piensas, son poco más que cafeteras andantes. Sólo detectan figuras y movimientos. Así que no, te aseguro que no sabe lo que piensas. Estás nerviosa porque lo que quieres hacer es una locura. Te estás descentrando, y la vas a fastidiar, sería mejor que no lo hicieras.

¿Sabes qué te digo? Que en realidad eres una cobarde —contestó Lorena, envalentonada por el alcohol y cegada por el miedo—. Mucho hablar de tus batallas y tus hazañas de guerra, pero por no enfrentarte a tus superiores y reclamar un ascenso, estás condenada a vivir en este agujero, envejeciendo tan deprisa como yo. Al menos yo tengo coraje y voy a salir de aquí, contigo o sin ti.

Te echaría a patadas de mi casa, si no fuese porque sé que ahí fuera no durarás ni diez segundos. No estás preparada para estar sola, ni aquí ni en otro sitio, entérate. —Andrea se tomó unos segundos para pensar lo que iba a revelarle—. Si estoy encerrada aquí es porque me han sancionado a vivir aquí durante diez años, por traer a madres como la tuya a parir aquí en vez de llevarlas donde me mandaban, la luna de Mut, que es un agujero mucho peor. —Andrea vio la expresión confusa de Lorena—. Sí, lo que oyes, estoy sancionada por salvar tu culo y el de muchos otros durante décadas, tú fuiste de los primeros. Ahora has crecido y crees que lo sabes todo. Pues te deseo mucha suerte, pero no cuentes conmigo para destrozar tu vida. Buenas noches.

Lorena no durmió esa noche. El apartamento de Andrea era mucho más confortable que el suyo, pero los nervios por su situación y la discusión la habían dejado tensa y descorazonada. Había tomado la decisión de irse sola al amanecer.

De modo que cuando el brillo de Nun apareció por la ventana y le dio suficiente luz para moverse por las estrechas y tortuosas calles de Sejmet, Lorena cogió su casco y se dispuso a salir de la casa, para ir a que le extrajesen el chip. No estaba segura de querer pedir ayuda de nuevo a Andrea. Tomó un vaso de leche en polvo con agua filtrada, un lujo restringido a los militares de ese sistema planetario, y cuando lo dejó en la repisa junto a la ventana, tapada con una malla metálica para proteger el metacrilato del impacto de las esquirlas, vio posada en ella una nota manuscrita: “Si vas a irte, ten en cuenta que tal vez te hayan seguido los androides malos hasta mi casa. Así que por si acaso, sal en dirección a los barracones del Sur, y ataja por el callejón para llegar al médico. Sé quién es. Coge la pistola que he escondido debajo del fregadero, no la necesito. Supongo que sabes usarla. Quítale el seguro. Adiós.”

Andrea la había creído. Al menos le daba instrucciones por si lo que ella le había dicho fuese cierto. No pensó en ello después del trabajo, no pensó en ello por el camino, cuando solo deseaba llegar a casa de su amiga para estar a salvo. Ahora iba a salir de allí para no depender de ella y no sabía lo que podía pasar. Pero sí sabía que ella estaba tan enfadada que tal vez no querría protegerla más.

Buscó bajo el fregadero y cogió el arma; se parecía vagamente a la que le había enseñado a usar su tutor, un hombre muy triste pero que había sido muy bueno con ella cuando la acogió mientras iba a la escuela, tras su estancia con la nodriza. Se tomó unos minutos para familiarizarse con ella, comprobó que estaba cargada, puso una bala de acero en la recámara y se la guardó en los pantalones de rafia. Se puso el casco, respiró dentro de él varias veces para acostumbrarse al aire viciado y el escaso oxígeno, y salió.

El camino que le había aconsejado Andrea era más largo que el que bajaba por la avenida principal y se adentraba en la zona de negocios, pero Lorena confiaba en ella y en que el aire que tenía dentro del casco sería suficiente. Caminó lo más deprisa que pudo sin tener que respirar demasiado, mirando alrededor por si veía más androides. No vio ninguno en su trayecto. Dentro de ella empezaba a gestarse una inquietud: ellos eran más inteligentes que ella, más rápidos, más astutos. Ella se había dado cuenta de que la vigilaban porque ellos habían querido, porque la estaban amenazando para que no se fuese, así que lo que le pasaría después era mucho peor.

Avanzó por las callejuelas y fue acercándose poco a poco a la consulta. El sol blanco salía con rapidez, pero su luz se iba velando con las partículas del aire, que rayaban su casco cuando impactaban. Fue acelerando el paso según se acercaba a la consulta, y reparó en que aún no había nadie por las calles. Nunca había salido tan temprano de casa. Esperaba que fuese por eso.

Cuando llegó al edificio le sorprendió la normalidad con la que todo transcurría allí. No era una consulta ilegal, pero su compañero le había comentado que era mejor no decirle a nadie que iba allí, ni pasarse antes para pedir cita. Se sentó en una silla de plástico, frente a una señora demasiado mayor para vivir en aquella luna, probablemente había venido de Atum para algún tratamiento especial. Definitivamente no vivía en Sejmet, porque su cutis era terso y bronceado, y no había rastro de cicatrices como en el suyo. Su ropa era nueva y cara; ella nunca había tenido un mono de protección tan resistente, tenía que remendar su ropa constantemente. Odiaba a esa mujer, y a la vez le daba esperanzas. Una enfermera (atendiendo a su ajado rostro sí vivía en Sejmet, y estaba cerca de los veinte años) se le acercó y le pidió su nombre y la consulta que venía a hacer. Ella se lo dijo en voz baja. La enfermera la miró extrañada, y luego sonrió de manera amable y le puso una mano en el hombro.

Tranquila, vengo a por ti en un rato —respondió la enfermera—. No te arrepentirás.

Lorena empezó a darse cuenta de lo que estaba a punto de hacer, y de que no podría comunicarse con nadie más una vez le hubiesen quitado el chip. En realidad no podría salir de la luna, nunca. Sin embargo, sería libre. Libre para vagar y esconderse, libre para morir de hambre. Libre para estar sola. Tras treinta minutos de tensa espera, alguien le estrechó la rodilla. Lorena dio un respingo.

¿Qué… ? ¿Qué haces aquí? —preguntó.

No iba a dejar que te metieses aquí y gastases tus ahorros para que un loco te trepanase esa cabecita hueca que tienes —dijo Andrea, revolviéndole el pelo.

Tengo que hacerlo, no hay vuelta atrás —contestó Lorena, triste—. Pero me alegro de que estés aquí. Tengo miedo.

Yo también lo tengo, así que vamos a irnos, ¿te parece?

No, no podemos. Yo ya he faltado tres horas al trabajo, me estarán buscando. Ahora no tengo más remedio que extirparme eso.

Dime una cosa, pequeña —preguntó Andrea, sombría de pronto—. ¿Qué te han contado de esa operación?

Mi compañero me dijo que era segura, que solo tendría que preocuparme del habla. Que me perforarían en un punto concreto de la cabeza con anestesia local, y que me retirarían el chip, y ya estaría.

Andrea se puso muy seria y la miró fijamente.

He estado investigando. Hay cuatro zonas de control del habla, separadas entre sí. No pueden quitarte el chip y la capacidad de hablar sin quitarte nada más. —Andrea hablaba despacio, poniendo énfasis en las palabras clave para que Lorena prestase atención—. Lo que te van a hacer es una lobotomía, es un procedimiento que ya se usaba hace miles de años. Te van a hacer mucho daño. —La voz de Andrea se fue apagando según se le llenaban los ojos de lágrimas—. No quiero que te hagan eso, vas a quedarte incapacitada y no importa a dónde te lleve, porque no lo vas a disfrutar, ¿entiendes? El gobierno no puede permitir que nadie se marche, sin importar que puedan hablar o no. Saben de sobra lo que se hace en esta clínica, y no les importa, porque luego la gente no vale para hacer nada. Se los llevan a otras lunas y los dejan morir.

Lorena estaba temblando, y sin darse cuenta había tomado la mano de Andrea en la suya.

¿Cómo lo has averiguado? —preguntó Lorena.

No eres la única que no ha dormido esta noche —respondió Andrea—, llevo desde que me acosté investigando en canales secretos de mi consola del ejército, y he contactado con amigos que me debían favores. Y hay otra cosa: conozco a mucha gente en Atum, gente con un pasado oscuro, rebeldes, renegados… incluso algunos que habían huido de las lunas, y ninguno era como los que habías visto en el anuncio. Por eso no quería que lo hicieras, porque sabía que te habían mentido. Pero no sabía lo que sé ahora.

Lorena suspiró y estiró las piernas, para desentumecerse.

¿Y tienes otro plan? —preguntó.

No —respondió Andrea, mirando por la ventana que tenía a su espalda—. Pero ahí fuera hay tres muertos eléctricos de esos que te gustan, y nos están esperando, y quiero meterles una paliza.

Una sonrisa un tanto desquiciada asomó a la cara de Andrea.

¿Y ya está? ¿Salimos y nos lanzamos en una misión suicida?

¿Tienes otra opción? —preguntó la teniente, encogiendo los hombros—. Porque a mí ya me estarán buscando por saltarme mis turnos de hoy, por cargarme otros dos androides por el camino, y por acceder a montones de sitios con información privilegiada. Así que vamos a repartir leña. —Se levantó y le dijo—. Apunta a la cabeza de los H y al pecho de los N.

Lorena se miró las manos, curtidas y llenas de cicatrices, y vio que en ellas no había nada. Nada que perder. Se levantó y observó la sala de espera, casi vacía en ese momento. La señora del cutis impoluto ya se había marchado. Andrea se apostó a un lado de la puerta de salida y le indicó en un susurro a Lorena dónde colocarse para estar a salvo cuando ella abriese la puerta. Ambas se pusieron los cascos y respiraron hondo. Andrea giró el pomo con la mano izquierda, mientras apuntaba hacia el frente con su pistola en la derecha, y abrió la puerta de golpe. Casi antes de ver al androide de tipo N, dirigir su puño de acero hacia ella, ya había disparado dos veces. El engendro cayó de espaldas y ella miró en derredor para asegurarse de dónde estaban los otros. Antes de exponerse a ellos, le señaló a su amiga a cuál debía de apuntar, otro clase N. Ella se volvió hacia el H y apretó el gatillo tres veces, dándole en la cara. La criatura disparó al mismo tiempo y acertó en la cintura de Andrea, que gritó y se dobló por la mitad. Lorena vació el cargador en el enorme tronco del N y éste cayo al suelo. Corrió hacia Andrea y la abrazó, pasando su brazo por encima de ella para ayudarla a caminar.

¿Sabes conducir uno de estos? —preguntó Andrea al llegar a su robusto vehículo militar, aparcado frente a la consulta—. No me encuentro muy bien.

La piloto estaba cada vez más pálida, y la sangre de su costado izquierdo empezaba a salir del traje y a formar una mancha en la tapicería.

Sí, algunas veces tengo que llevar a mi jefe a otras plantas de montaje.

Abrió un botiquín de la guantera, sacó un apósito y lo apretó contra la herida de su compañera.

Vale, pues sal por aquí y ve recto hasta la baliza del final del sector. Vas a aprender a saltarte controles de seguridad.

¿También vas a enseñarme a pilotar una nave de carga? —preguntó Lorena, cuando ya estaba circulando con el vehículo.

Cariño, si conseguimos llegar al hangar ya nos preocuparemos de eso.

Oyeron dos disparos que impactaron contra el vehículo, uno sonó en la puerta trasera, otro rajó la capa exterior de refuerzo de la rueda trasera derecha. Lorena aceleró, sin pensar si eso forzaría demasiado el neumático, ya afectado. Andrea tampoco le mandó ir más despacio. Según se acercaban a la baliza, vieron un androide similar la los de tipo H, pero más grande, y la luz de sus ojos parpadeaba con destellos azules muy intensos. Casi las cegó. El androide se puso justo frente al vehículo militar y disparó cuatro veces, abollando la malla metálica del parabrisas. Disparó de nuevo, haciendo blanco en la rueda delantera derecha.

Acelera, por lo que más quieras —suplicó Andrea, retorciéndose de dolor y preparándose para el impacto.

Lorena atropelló al androide, que por un momento quedó atrapado bajo las ruedas. Oyeron su cuerpo botar entre el coche y el suelo. El vehículo dio un gran salto y cayó de nuevo en la carretera, apoyando primero las ruedas de delante. Andrea aguantaba como podía mientras le indicaba a Lorena la ruta más segura. La joven siguió sus instrucciones y se saltó otro control, tras el cual la rueda trasera izquierda estalló con un gran estruendo. Andrea ya no hablaba, el trayecto estaba siendo un suplicio para ella. Lorena esquivó los coches de seguridad gubernamental que las seguían usando una vía de escape que acababa de decirle amiga. Llegó al hangar sin que nadie las siguiera, salió del vehículo y se atrevió a abrir la puerta del copiloto. Andrea estaba despierta de nuevo, y su herida ya no sangraba tanto. La cogió de la mano y Lorena la ayudó a salir. Ambas subieron en un ascensor que las llevaría a la plataforma de despegue. La piloto se sentó con esfuerzo en su asiento y descargó el programa de vuelo que había introducido el día anterior.

Vale, ahora escúchame. Solo me necesitas para despegar y controlar el rumbo en torno a unos asteroides durante el camino, pero nada más. —Andrea tragó saliva y cerró los ojos un instante para concentrarse mientras le enseñaba algunos controles—. Luego el piloto automático nos llevará hasta allí y vas a amerizar, este es el control de los patines. Así desciendes y así te detienes —le explicó, gesticulando con los mandos—. ¿Entiendes lo que te digo?

No —respondió Lorena, en parte porque no comprendía y en parte porque se negaba a perderla.

Quiero decir que si no haces lo que te mando vamos a estrellarnos. Intenta dirigirte al mar. ¿Sabes cómo es?

Lorena recordó los vídeos de su consola.

Es verde.

¿Sabes por qué es verde? —susurró Andrea, exhausta.

No.

Pronto lo verás.

Andrea tomó los mandos de la nave de carga y la dirigió a la pista de despegue. Aceleró y la elevó bruscamente, ya no era capaz de hacer nada con sutileza. Lorena observaba, callada. Nunca había estado a esa altura. La metralla que volaba en el aire producía un ruido ensordecedor, pero poco a poco fueron ganando altura y las partículas dejaron de chocar contra la estructura, puesto que estaban saliendo de la infernal atmósfera de Sejmet. Lorena tenía el estómago encogido como un puño. Empezaba a ver estrellas fulgurantes por todos lados, y Atum apareció ante ella, con sus atmósfera verde y marrón. Notó que las lágrimas le llegaban a las mejillas.

Recuerda lo que te he explicado. Si no lo haces bien, caerás al agua y tendrás que romper el cristal —dijo Andrea, luchando por respirar, pero sin soltar los mandos—. Si lo haces, aguanta la respiración al salir bajo el agua.

Vale —respondió Lorena, sollozando—. Gracias.

De nada.

Transcurrió una hora durante la cual las dos permanecieron calladas. Andrea corregía el rumbo de vez en cuando. Lorena veía por primera vez las estrellas, los planetas, y cuerpos celestes cuyo nombre no conocía. Nunca había sido tan feliz, y evitaba mirar a Andrea, para no recordar que su mejor amiga se estaba apagando rápidamente. De pronto notó una sacudida, y se volvió hacia la piloto, que estaba maniobrando para comenzar la entrada. Observó la magnífica vista de Atum mientras entraban en su órbita. Los movimientos de la piloto eran lentos pero seguros.

Gracias —repitió Lorena.

Andrea asintió por toda respuesta.

La entrada a la atmósfera de Atum fue brutal. Primero sintió una fuerza tremenda que succionaba la nave hacia dentro, y se agarró a todo lo que tenía a su alcance. Luego vinieron más sacudidas fuertes, que le hicieron golpearse contra los mandos, y después, el descenso. Andrea no se movía. Lorena apretó el botón de despliegue de los patines y oyó un estruendo en los bajos de la nave. Se inclinó hacia el lado de su amiga, ya inerte, y tomó sus mandos para dirigir la nave. Bajo ellas, todo era verde. Dejó que la nave recorriese varios kilómetros de mar, salpicado de islas hermosísimas, y titubeó al intentar bajar el mando para amerizar. La nave chocó con el agua y rebotó, y finalmente se posó. Al tocar la superficie y levantar olas a los lados, los patines hicieron un ruido maravilloso.

Maniobró hasta acercarse a la orilla y se detuvo. Se giró y vio a Andrea, muerta; tenía una expresión serena. Lorena le dio un beso en la mejilla, a modo de despedida. Buscó las gafas de sol de la piloto y se las puso, porque la claridad empezaba a cegarla. Salió de la nave, cayó al agua, y chapoteó torpemente hasta tocar tierra. Allí, empapada y agotada, se tumbó en la arena gris. Respiró con fuerza el aire puro hasta que empezó a marearse, sintió el calor sofocante, y vio que el mar era verde porque reflejaba el color del cielo.

Gracias —repitió de nuevo, y se quedó dormida.

Lily tiene un secreto en el desván EL DESENLACE (Capítulo 12 – segunda parte)

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Leire enseñó su placa en recepción, se presentó y pidió que desalojasen en silencio el hall y la primera planta; tenía que impedir poner en peligro a la gente que estuviese deambulando en ese momento. Subió por las escaleras con cautela, los escalones cubiertos de moqueta amortiguaban sus pisadas. La alarmó el silencio total de los pasillos. Recordó que esa mañana tampoco había oído ni visto a nadie entrando o saliendo, ni siquiera las limpiadoras. Al llegar al primer piso, Leire se quitó la parka y la dejó sobre un sillón, en un espacio para reuniones junto a la galería. Siguió subiendo, despacio y alerta. Se remangó la camisa, sacó el arma y la cargó. Sigilosa como un gato, se acercó a la habitación con el cuerpo pegado a la pared donde estaban las puertas; desde allí tenía una perspectiva privilegiada del pasillo, breve y luminoso. Se detuvo un instante para aguzar el oído, y comprobó de nuevo que estaba todo en silencio, inerte. ‘Este es capaz de haber reservado todas las habitaciones de esta planta para acorralarla’, pensó.

Se situó frente a la puerta de la habitación de Lily. En ese momento oyó un grito desgarrador, pero tuvo la sangre fría de aguardar hasta sentirse preparada. Sintió la presencia de alguien al otro lado. Respiró hondo, se giró y disparó a la cerradura. El impacto del proyectil salido de la Glock produjo un ruido ensordecedor, y dejó a Leire un poco desorientada. Dio una patada a la puerta y entró, apuntando al frente.

Su corazón se encogió al instante. La cama y el suelo estaban regadas de sangre. Liliana estaba tendida sobre la cama, con las venas abiertas a lo largo, sangrando a borbotones, y su piel era ahora del mismo tono de blanco de los azulejos bajo la ventana. La habían golpeado y tenía unas correas de cuero ceñidas sobre los codos, para aumentar la presión. Parecía dormida. Sus venas y arterias expulsaban el líquido escarlata al ritmo de sus pulsaciones, ya débiles.

Leire no se movió, y le habló a Alejo, porque sabía que estaba tras ella, acechando.

Fue así como murió Poppie, ¿verdad?

Sí, eres muy lista —contestó Alejo, blandiendo un machete—. Las dos sois muy listas. Por eso habéis llegado hasta aquí. Pero también sois un poco lentas.

Leire se dio la vuelta y disparó contra él; la bala impactó en su hombro, y él se encogió, pero aún así logró propinarle un buen corte en la cara. Leire le quitó el machete, y corrió a auxiliar a Lily, que agonizaba; le comprobó el pulso y notó que tenía una fuerte taquicardia. Le cortó las correas que la tenían inmovilizada. Bajo la cama, Amparo aguardaba el momento de salir. La inspectora no sabía cómo parar la hemorragia, los cortes eran irregulares y algunos estaban desgarrados. Acertó a rasgar las sábanas usando sus dientes y envolver sus brazos con firmeza. Liliana se despertó y gritó,retorciéndose de dolor. Consiguió sujetar el brazo izquierdo con la mano derecha, pero el brazo derecho estaba inutilizado por los cortes; le habían dañado los tendones.

Déjalo, ya da igual… — musitó Lily, agotada.

Calla, tienes que reservar fuerzas.

Amparo subió a la cama sin hacer ruido, cogió el machete, y asestó a Leire un golpe brutal en la cabeza con el mango.

Tienes que aprender a dejar estar las cosas, inspectorcita de mierda —gruñó Alejo, quitándole la pistola —. A veces se pierde, y conmigo perdéis siempre.

Lo siento… —murmuró Liliana, exánime— No creí que pudiese llegar a esto.

Porque eres muy ingenua, querida —dijo Amparo, atando las manos a Leire, y dejándola tumbada al lado de Liliana.

Vamos a terminar con esto ya —dijo Alejo—. Pásame el machete.

No puedes usar el brazo izquierdo, idiota. Lo haré yo.

Puedo hacerlo mejor con una mano que tú con las dos. Dámelo.

Amparo titubeó, con el arma en la mano. Alejo se guardó la pistola en los pantalones.

Trae aquí, joder, que el otro poli va a venir en seguida —dijo Alejo, arrancándoselo de las manos.

El golpe había dejado a Leire dolorida y confusa, pero sabía lo que le esperaba, y era capaz de pensar en sus seres queridos. En su madre, en una cama de hospital; en su hermano; en su hermana, donde quiera que estuviese. En Salvador, que no iba a llegar a tiempo. Amparo la sujetaba por los hombros con fuerza. Liliana ya no se movía.

Me juré que me lo pagaríais, cada una lo suyo, y lo vais a hacer a la vez. Esta ya está finiquitada, y a ti te voy a rebanar la puta cabeza.

Alejo se situó frente a Leire. Ella vio las marcas que los arañazos de Tamara había dejado en sus musculosos brazos.

¿Qué te hizo Liliana? —preguntó Leire, a modo de última voluntad.

Robarme —dijo Alejo, mientras apartaba el pelo del cuello de Leire—. Robarme chicas, amigos, contactos… Y ahora me iba a robar mi carrera, largando lo que no debía.

En ese momento alguien golpeó la puerta con fuerza, y Alejo se sobresaltó.

¡Eh! —gritó Miguel, acercándose a zancadas— Se acabó, hijo de perra, te voy a matar.

Se abalanzó sobre Alejo, y empezó a pegarle salvajemente. El machete cayó al suelo con un golpe seco. Miguel no tenía más armas que sus nudillos, y golpeaba sin cesar la cara y los brazos de Alejo. No era tan fuerte como él, pero estaba lleno de ira y sabía que solo tenía una oportunidad de salvar a Liliana. Alejo se defendía con fiereza, y Miguel le metió los dedos en su herida de bala. Pronto los dos estaban cubiertos de sangre y sudor.

Leire aprovechó la confusión para zafarse de Amparo, encogiéndose y rodando hasta caer al suelo. Consiguió encontrar un lugar a salvo, de espaldas a la pared, y pateó a Amparo en la cara, dejándola fuera de combate. Volvió a acercarse a Liliana, pero con las manos atadas le era imposible ayudarla. Había sangre suya por todas partes, y el olor a hierro empezaba a marearla. Se sentía impotente y llena de angustia frente a Lily, sin poder hacer nada. Miguel se volvió hacia la cama y trató de ayudarlas, pero Alejo sacó el arma y apuntó a Miguel en la cabeza.

Buen intento, capullo —masculló, con la cara ensangrentada—. Ahora vais a ser tres en vez de dos.

Suelta la pistola o pinto la pared contigo —dijo Salvador.

El detective acababa de entrar junto con los refuerzos.

¿No vas a leerme mis derechos? —contestó Alejo.

Me lo estoy pensando —respondió Salvador, fuera de sí.

Amparo levantó las manos en señal de rendición. Alejo siguió apuntando a Miguel, obcecado.

Por favor, déjame despedirme, se está muriendo —balbuceó Miguel, mientras sollozaba.

No, ya no. Sabéis demasiado.

Alejandro, hay al menos cinco agentes de la Policía aquí y están llegando más —dijo Leire, jadeando, pero con voz firme—. Ya tienes un cadáver, y puede que dos, sobre los hombros. No lo empeores.

Alejo musitó algo para sí mismo y apretó el gatillo. Erró el tiro y dio en la pared, y casi de inmediato Salvador le disparó en la cabeza; la bala atravesó a Alejo e hizo añicos el cristal de la ventana. Se hizo el silencio, y Leire contuvo una fuerte arcada, producto del asco y la ansiedad.

Tres miembros del SUMMA entraron y trataron de asistir a Liliana. La cama donde yacía era una escena dantesca, la colcha color marfil con ribetes en negro era ahora de color rojo brillante, y Liliana parecía pequeña y rota en medio de ella, hecha un ovillo. Había sangre suya en la ropa de Leire, pero ésta no se daba cuenta, debido al shock.

Tú… —musitó Leire, confusa, mirando a Miguel, mientras Salvador la desataba—. Tú eres el cantante.

Miguel asintió, mientras acariciaba el pelo de Liliana, inconsciente.

Sí, soy yo —contestó él, y se volvió hacia ella, con los ojos llorosos—. No nos han presentado, pero me acuerdo de ti. Gracias por intentarlo.

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 12: primera parte)

dbd0aba7db69e721eaf88f460f171b9aCuando Leire apareció en el bar “Dinarama”, Liliana se quedó muy sorprendida de verla. La invitó a sentarse con ellos. La artista llevaba la misma ropa que hacía un rato, pero se había puesto un pintalabios rojo oscuro que le quedaba muy bien. Era su pintura de guerra.

Ya se iban, puedes quedarte aquí —le dijo Lily, ofreciéndole asiento y levantándose para ir a la barra—. ¿Qué te pido?

Un agua.

Tía, son las tres. Yo voy a pedir una hamburguesa y patatas.

Vale, pues lo mismo. Y una caña.

¡Bien! Esa es mi chica.

Leire la vio sonreír por primera vez.

Leire se sentó en el banco de madera y observó el interior del local. Le gustó porque, a pesar de ser un local nostálgico de los años 80, era luminoso y acogedor, no otro remedo de discoteca oscura. Pensó que tendría que haberse quedado a hablar con Salvador, estando en un punto tan crítico de la investigación, pensó que tenía que haber retenido a Alejo como fuese; pero no podía más. La camarera trajo las cervezas. Leire probó la suya y empezó a relajarse. A fin de cuentas, ella también estaba trabajando en la investigación en ese momento. Liliana llegó con la comida y las dos empezaron a almorzar.

Vale, a ver —dijo Liliana, hablando con la boca llena—. Prefiero no contártelo aquí, hay demasiada gente, pero me parece que estamos errando el tiro en todo esto.

Alejo llevó el vestido a la tintorería.

Liliana no se sorprendió.

Fue él, ahora lo sé —respondió, dejando la hamburguesa en el plato—. He estado dándole vueltas, y… Alejo sabía cosas sobre mí, sobre nosotras. Y es una de las personas más retorcidas que conozco. De verdad, no te lo imaginas. Luego te daré más detalles.

¿Te maltrataba? —preguntó Leire, más como amiga que como policía— ¿abusó de ti alguna vez?

No, él era más elegante que todo eso —dijo, mirando alrededor con desconfianza y sin dejar de masticar—. Para que te hagas una idea de cómo era, te haré un resumen de nuestra relación. Yo entré a formar parte de la banda hace once años, y para entonces ya llevábamos saliendo un tiempo. A los dos meses de empezar la primera gira ya me estaba poniendo los cuernos. Yo lo sabía, y se los puse también. Pero lo nuestro funcionaba, de alguna manera. Cuanto más extraño era el ambiente entre nosotros, cuanto más nos peleábamos, mejor funcionábamos como banda.

Liliana miraba a Leire con nostalgia, pero también con una sombra de temor. Parecía que no quería admitir lo cerca que había estado de ver el lado más oscuro de Alejo.

Miguel estaba harto de nosotros, de las peleas, y de los polvos, pero aquello funcionaba. Estuvimos así durante… tres años. Luego le dejé, porque realmente me hacía daño, y él quiso echarme del grupo. Miguel no se lo permitió. En la siguiente gira, que era en Reino Unido, él me arrimó más el paquete en el escenario que nunca antes. O sea, todo el público lo notaba, y se volvían locos, claro. Estuvimos unos meses así, y luego quiso volver, le dije que sí, y luego me volví a cansar y volví a dejarle. Pues en el siguiente año, me presentó como su novia al menos a diez personas, conmigo delante, para aprovecharse de que yo atraía a la gente. Yo era su puta a casi todos los efectos, me paseaba por ahí como su chica para comprar favores. Lo hace con sus novias, exnovias, ligues y amigos, todo el tiempo. Si cree que puedes atraer a gente importante, te pone en la bandeja. Hay gente que dice que no tiene talento musical, solo es un encantador de serpientes. Y de otro lado, nunca superó lo nuestro. Me echaba la culpa de todos sus males, y cada vez que discutíamos por cosas de la banda, porque ya no había nada personal, me decía una y otra vez que yo no significaba nada para él. Luego se le fue pasando. Pero te aseguro que, para cuando me dejó en paz, ya había salido con docenas de mujeres.

¿Y cómo aguantas estar con alguien así?

Liliana se encogió de hombros.

Por el dinero —respondió, resignada—. No he trabajado en un empleo normal desde hace mucho, y no sabría volver a eso. No tengo disciplina para una carrera en solitario, de hecho según Alejo no sé cantar, y me da pereza formar otra banda. De todos modos, con el sistema de no vernos a menos que estemos de gira, lo llevo muy bien. Y Miguel es mi mejor amigo. No sé. Sé que no es normal.

¿Era eso lo que querías contarme? —preguntó Leire, un poco incómoda por no ir al grano.

Vamos a terminar de comer y te llevo a otro sitio, no te lo quiero contar aquí.

Las dos terminaron de almorzar y se fueron; Liliana dejó una buena propina. Leire se alegró de salir y respirar el aire del exterior, en una zona ajardinada de la plaza del Dos de Mayo.

A ver, lo que me has contado de la escena del crimen tiene que ver con algo que pasó otro día que también estaba Tamara —dijo Liliana, poniéndose su chupa negra mientras se apoyaba en el respaldo de un banco del parque—. Me nombraste las púas. Pues esa noche estaba el antiguo bajista de la banda, que es amigo de Miguel, y a veces nos vemos todos juntos. Fue otro concierto en Madrid. El primero, que tú me mencionaste, fue en la sala Arena. Este que te digo fue después, en la Riviera. El caso es que que mirado fotos de aquella noche, y volvías a estar tú.

Leire se quedó sin habla y casi sin aire.

Me nombraste un vestido y unos pendientes, y esa noche yo los llevaba puestos también. —dijo Leire, mientras sacaba su iPhone y sus dedos recorrían la pantalla frenéticamente—. Era el cumpleaños de Alejo. Esta foto la sacó Miguel desde el escenario.

Liliana le enseñó una imagen a Leire. La inspectora estaba entre el público, en la tercera fila, con su exnovio.

Llevo dándole vueltas a lo de la púa desde que me lo dijiste —continuó, y encendió un cigarrillo—. No tenía sentido que pusiera las dos púas, y menos una dentro de la garganta de Tamara. Pero puede haber una explicación. Por entonces Alejo ya no estaba tan interesado en ella. Sé que Tamara se enrolló con algunos amigos suyos, y es probable que lo hiciese con el amigo de Miguel. Y me parece que escogió rememorar esa noche por ti, además de por Tamara. En esa época él… Bueno, Alejo pasaba farlopa cuando estaba aquí. Y le confiscaron un paquete a un colega suyo, con el que hacía negocios. Dijo que había sido un chivatazo por un homicidio en Madrid. No me lo contó a mí, sino a Miguel, pero luego Miguel se cansó de guardarle secretos. Así que, sin saberlo, le jodiste un negocio, y gracias a sus contactos, habrá averiguado que eras tú. Lo que no entiendo es… Si el mensaje era para mí, ¿Cómo iba a saberlo? Y si era para ti, ¿Cómo iba a decírtelo?

Tú eras la que iba a encontrar el cadáver —dijo Leire, muy concentrada, tratando de hilar los hechos—. Tal vez Alejo lo supo, tal vez tú le dijiste que ibas a venir. Amparo es su cómplice, hemos encontrado pruebas que la sitúan en la escena.

Joder —dijo Liliana, y se tapó la boca con las manos—. Joder.

¿Qué móvil podría tener para matar a Amparo, o ayudar a Alejo?

A saber —dijo Liliana, visiblemente dolida—. Le gusta mucho el dinero, y Tamara le caía mal, le parecía una niñata y una trepa. Como si ella hubiese hecho otra cosa que poner el coño para prosperar.

Empezaba a llover, y Leire se arrebujó dentro de la parka.

¿Crees que estamos en peligro? —preguntó la artista, en un susurro.

No lo sé, pero no vayas a dormir al hotel.

¿Y crees que puedo dormir en tu casa?

Leire se sorprendió de la petición, y por un momento sospechó de sus intenciones.

Bueno, aún es temprano —dijo Leire, mientras echaba a andar deprisa, y Liliana la seguía—. Podemos ir a la comisaría. Además, hay algo que me tienes que contar aún.

¿El qué? —preguntó Liliana.

¿Cómo es que de pronto crees que Alejo sí quería matar a Tamara? Dame un pitillo.

La chica de la que hablamos por la mañana, Poppie… Bueno, la he buscado por Facebook. Se suicidó hace tiempo, hay una página en memoria suya. Y hay páginas de amigas suyas que cuentan cosas de aquellos tiempos y tienen su carta de suicidio. Parece ser que Alejo abusó de ella por entonces. Tamara a veces hablaba de Poppie. Creo que… Creo que Tamara sabía cosas, y Alejo quiso silenciarla. Además de hacerme daño.

Lo de que la mató para hacerte daño era una estrategia para hacerte hablar —dijo Leire, encendiendo el cigarro.

Liliana negó con la cabeza, y sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

Yo la quería —contestó Liliana, parando en seco—. No en un sentido romántico, o puede que sí, pero la amaba. Quería hacerla feliz —suspiró hondamente y se peinó el pelo con los dedos—. Cuando la primavera pasada me dijo que estaba más centrada y que quería volver a la universidad, le pagué los créditos que iba a hacer este año.

Liliana se apoyó en un escaparate, y se quedó mirando sus manos, como queriendo sacar las palabras de las puntas de los dedos. Leire no sabía qué decir. Nunca había sentido algo así por nadie, a pesar de haber estado casada.

Y Alejo me odia lo suficiente como para acabar con alguien por eso.

Se subieron al coche, después de que Leire revisase la parte de atrás y los alrededores, aunque sabía que nadie podía haberlas seguido hasta allí.

Quiero ir al hotel para coger mis cosas, si no te importa —dijo Liliana—. Damos un rodeo, y me dejas antes de doblar la esquina.

¿Necesitas ayuda para bajarlo todo? ¿Qué has traído?

Bah, una maleta y una bolsa, nada más. ¿Siempre vas así a trabajar? —preguntó Liliana— ¿Una camisa y una parka?

Mi sueldo no da para mucho más… Además, tengo que transmitir seriedad, y ya sabes cómo son los tíos. Si vas de tacones, no te quejes de que te duelen los pies, si vas de falda, vas provocando, si…

Si te pintas los labios eres una puta y si no te los pintas una amargada.

Ambas rieron.

Hay algo que yo no te he contado —dijo Leire, en voz baja—. Anoche encontramos el bolso de Tamara, y dentro había algo para ti. Creo que ella de algún modo quería hacértelo llegar .

El corazón de Liliana dio un vuelco, y ella se quedó expectante. Leire aparcó el coche cerca del hotel y sacó una nota.

He visto que era para ti, pero no la he leído. No la he procesado en busca de huellas.

Liliana la cogió, temblorosa.

No la puedo leer ahora —murmuró, emocionada.

Liliana sujetaba la nota como quien ha encontrado un recuerdo de un amor perdido y no lo quiere abrir para no estropearlo. Jugaba con el papelito blanco doblado entre sus dedos, saboreando el momento.

Quédatela. Anda, sube, coge lo que tengas que coger, y nos iremos.

Gracias. ¿Por qué haces esto por mí? Solo soy una testigo, deberías tratarme como a los demás.

Eres parte de este caso del principio al final—admitió Leire—. Fuiste sospechosa, luego testigo, y ahora creo que necesitas protección. Y yo debería estar ya en la comisaría, pero me he ido porque mi compañero es gilipollas. El caso es que estoy aquí, y quería hacerte un favor.

Lily asintió, reconfortada. Guardó la carta en su bolso.

Ahora vuelvo.

Liliana respiró profundamente, y salió del coche.

Leire miró su Samsung S5, que en ese momento parpadeaba con una luz verde. Se decidió a mirarlo. Salvador la había llamado dos veces. Y en ese momento volvió a hacerlo.

Dime.

¿Dónde coño estás?

En la calle, ahora vuelvo, necesitaba despejarme.

Vale, oye…—La voz de Salvador sonaba firme y apremiante— Siento lo de antes, pero por favor, ven ya. Alejo se ha ido con su abogado, no podíamos retenerle, pero ahora han llegado los resultados de los análisis de los brazos. Hay huellas de Alejo. Y un tatuaje nuevo, se ve que es reciente. Es una urraca. ¿Te dice algo eso?

Liliana tiene uno igual —respondió Leire, con voz átona, expectante.

Vale, pues tiene cortes por encima, y luego hay quemaduras de cigarrillo. La torturaron. Y por último, al menos de momento, han encontrado restos debajo de las uñas, como si se hubiera resistido. ¿No te fijaste en que Alejo venía muy abrigado? Seguro que le arañó los brazos o el pecho.

Leire respiraba con dificultad.

De acuerdo —respondió—. Iré en cuanto pueda, estoy esperando a alguien.

Salvador tardó unos segundos en responder.

Pues espabila. Ese cabrón a está en busca y captura, y cuando me lo traigan más vale que estés aquí, si no quieres que salgamos todos en las noticias, porque no voy a cortarme.

Salvador colgó el teléfono. Leire se lo quedó mirando, sin poder procesar toda la información. Cogió su libreta y empezó a anotar todo lo que le había dicho Liliana, y lo que le acababa de comunicar Salvador. Más lo del ticket de la tintorería. No había duda. Lo habían tenido delante y se les escapó. No creía que la culpa fuese suya totalmente, y Salvador tampoco se lo había dicho, pero aún así…

Cuando terminó de anotarlo todo, se dio cuenta de que ya hacía diez minutos que Liliana se había ido. La llamó, pero su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Mierda. No puede haberle dado tiempo a salir y venir aquí —dijo en voz alta, sola dentro del coche.

Pero Salvador le dijo que le habían informado de todos esos datos después de que se fuese, y la comisaría no estaba tan lejos; sobre todo para alguien que tenía un plan, que sabía dónde dormía siempre Liliana y que podía conseguir todo lo que quisiera. Así que sí le habría dado tiempo. Cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de rememorar la disposición de la habitación para saber cómo moverse cuando llegase. Luego llamó a Salvador.

Voy a entrar en el Hotel Sintra, calle Conde Duque, esquina Travesía —anunció Leire, aparentando serenidad—. Creo que Liliana está en peligro. Necesito refuerzos.

¡Ni se te ocurra! —gritó Salvador— Quédate donde estás, por favor. Dame diez minutos.

Ella no tiene diez minutos.

Leire colgó, comprobó su arma, y salió como un rayo.

Lily tiene un secreto en el desván – Los interrogatorios (Capítulo 11)

Capítulo 10

Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

 

 

 

 

 

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Salvador Arribas llegó a la sala de interrogatorios diez minutos antes de la hora a la que estaba citado Nicolás Gómez, el exnovio de Tamara, que había sido llamado a declarar como sospechoso. El detective quería tener sobre la mesa el informe de la autopsia, las pruebas y las teorías sobre su implicación, y estudiarlo todo una vez más. Aún no tenía los resultados del examen que el médico forense estaba practicando a los brazos, hallados la noche anterior, y que ya estaban deteriorados por la cal viva. Le llevaría unas horas examinarlos por completo. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván – Los interrogatorios (Capítulo 11)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)

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Capítulo 9

Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Liliana siempre se alojaba en el mismo hotel cuando iba a Madrid, en un pequeño hostal en la calle del Conde Duque. Sólo había dos habitaciones por planta, y eran muy amplias, con una cama tamaño king size y sábanas de hilo. Liliana dormía habitualmente en la suya, a veces en las de otras habitaciones. El cuarto de baño era luminoso y colorido, con bañera de patas de león y las paredes alicatadas con azulejos portugueses. Esa era una de las razones por las que Liliana lo escogió, porque le recordaban a la casa de sus abuelos en Portugal. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 10)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 9)

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Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

La noche se cerraba rápidamente sobre el matadero municipal a las afueras de La Guardia, en la provincia de Toledo. El aire se enfriaba con la brisa de las montañas, pero seguía impregnado del olor habitual en ese lugar. El matadero era un edificio de una sola planta, sobrio, algo deteriorado porque hacía muchos años que no lo pintaban, y la escasa luz que había a esas horas lo hacía parecer aún más viejo y abandonado. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 9)”

Lily tiene un secreto en el desván (capítulo 8)

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Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Salvador estaba cansado de tomar declaración a testigos, de dar vueltas por Madrid, y del caso en general. Por si fuera poco, a pesar de que él no conducía, iba incómodo en el Opel Vectra de la brigada porque el sol se estaba poniendo a su derecha, y le quemaba la cara. Leire no hablaba, y aunque había puesto la música a volumen bajo, los gorgoritos de aquella cantante pop lo estaban sacando de quicio. Leire también estaba cansada, pero su moño deshecho, su cara ojerosa y su camisa arrugada la hacían más atractiva. Salvador empezaba a percibir su sudor en el aire. Trató de entablar conversación. Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (capítulo 8)”

Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 7)

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Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

Bueno, por lo que he visto han encontrado ya bastantes rastros de sangre en el ascensor, pequeños pero útiles. Ahora, esperemos que haya suerte. Están cursando la orden para registrar la vivienda de arriba y la terraza.

Leire estaba satisfecha, y se arrebujó en su chaqueta de punto al notar la brisa de la tarde en el mes de octubre. Salvador se alegró de verla bien, tras unos meses aburrida y algo triste. Creyó que ese pequeño avance en la investigación la había animado.

¿Ha terminado el forense con la autopsia?

Sí —respondió Leire, sacando su libreta de notas—. La causa de la muerte es intoxicación con alcohol y relajantes musculares —Leire suspiró antes de continuar—. Liliana intentó matarse de la misma manera hace diez años.

Así que tenemos otra conexión entre el crimen y ella. ¿Algo más? Seguir leyendo “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 7)”