Cuento de otoño (I)

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Aquí puedes leer la segunda parte

El suelo crujía bajo los pies de Alba al andar por la primera planta de la casa para llevar cosas a su cuarto. Ella estaba fastidiada con la mudanza, aunque a su madre no le gustaba llamarla así; según ella simplemente se trasladaban por un tiempo a casa de su difunta abuela, porque papá y ella ya no se llevaban bien y tenían que descansar uno del otro. Alba sabía que había algo más, porque su madre había comentado a una amiga por teléfono que ya no confiaba en él, que era un mentiroso. La confianza era lo más importante, lo había aprendido de la experiencia con una amiga que la traicionó tiempo atrás. Pero ella no dijo nada.

El suelo crujía y los muebles murmuraban cuando todo estaba en silencio, y Alba trataba de acostumbrarse. Pasaba sola mucho tiempo porque mamá trabajaba todo el día limpiando, por la mañana portales y por la tarde oficinas, pero el instituto no empezaría hasta primeros de octubre. Como ya tenía dieciséis años, mamá no llamó a nadie para cuidarla y ella lo agradeció, no le gustaban los extraños y menos los que le decían qué hacer. De modo que mamá la despertaba cuando salía de casa a las ocho y media, y Alba desayunaba, se duchaba, limpiaba un poco y se ponía a ver la tele. Cuando se aburría la apagaba y trataba de leer un libro, o volvía a ordenar sus cosas, dado que su cuarto era amplio y le permitía hacer cambios.

Pero ahí estaban de nuevo aquellos sonidos. Intentaba ignorarlos, pensar en otra cosa, centrarse en lo que estaba haciendo. Llegó a inventarse que la casa era un ser vivo y que necesitaba expresarse, a través de los quejidos del suelo, los gorjeos de las cañerías, el crepitar de la madera.

A veces ponía música, pero no contaba con mucha variedad. No le gustaban las emisoras de radio y en su walkman solo podía meter las seis cintas que se había traído; sus favoritas eran de papá, y cuando se fueron ella estaba muy enfadada y confusa y no se acordó de pedírselas. Cuando hablaba con él por teléfono, los jueves por la noche, le daba vergüenza mencionarlo. En el fondo prefería hablar con él de otras cosas, se entretenían conversando sobre nimiedades para demostrarse que se apreciaban, y él le decía que la echaba de menos pero ella no lo admitía para no llorar. Pero lo echaba de menos a él, y también echaba de menos a los Beatles.

Así que tras un rato escuchando su propia música, se cansaba y se quitaba los auriculares. Tras unos segundos, volvían los ruidos. Alba empezó a contestarles. «Ya estás ahí otra vez», «Te echaba de menos», «¿Cómo van esas vigas, vieja?» «Vaya, parece que llevas un día peor que el mío.» Y así pasaba la mañana.

A mediodía hacía la comida que su madre le había dejado a medio preparar (salvo los espaguetis con jamón, su especialidad, que hacía ella sola), y comían juntas en la sala, porque no les gustaba la gran mesa de la cocina. La inmensa cocina, de paredes azules desconchadas («¿Pero en qué momento empezaron a pintar las paredes de azul en las aldeas?»), fría y húmeda, que olía a moho. Con aquellas ventanas pequeñas para no perder mucho calor, al estar orientada al norte, como le había explicado su padre la última vez que estuvo allí. Comían y charlaban, la mayor parte del tiempo mamá contaba cosas de su trabajo y de la gente que vivía o trabajaba en los lugares donde ella limpiaba. Alba no entendía que su madre pudiese trabajar en eso, pero menos entendía que apenas se quejase. «¿Cómo puedes hacer eso, limpiar la mierda de los demás?» le preguntó una vez. «Se trata de poner remedio a los problemas, hija. Normalmente no hay nada raro, sólo polvo y algunas manchas, y limpiar eso no es indigno, no me molesta. Es normal ensuciar y es normal limpiar, como tú deberías hacer aquí.» «No quiero ser una fregona, ni que mi madre lo sea», había intentado decirle muchas veces. Pero no era capaz.

A veces sonaban ruidos mientras comían, y Alba no respondía. Solo una vez, a mediados de septiembre, se le escapó un «Hola» cuando una cañería del grifo de la cocina empezó a traquetear. Su madre la miró un instante pero no le dio importancia. Se levantó, fregó su plato y se fue a trabajar.

Alba tuvo miedo de que su madre pensase que estaba loca. Pero también tenía miedo de volverse loca de verdad allí dentro, así que empezó a dar paseos alrededor de la casa, sin alejarse mucho, porque pasaba cerca una carretera con mucho tráfico de camiones. Evitaba a la gente, a la poca que había de todos modos. Echaba de menos a la gente, pero a la de ciudad, que iba a sus asuntos y no miraba. La gente de la aldea era amable y la miraba, la saludaba, le preguntaba si eras hija de esta vecina o de la otra, le preguntaban si necesitaba algo. Ella solo necesitaba silencio.

Encontró a una vecina que la ignoraba, y le gustaba estar con ella. A distancia, sin llamar su atención, pero en un lugar desde donde pudiese verla de lejos, paseando como ella. Ambas fingían que iban a algún lado, pero en realidad vagaban sin rumbo con las manos en los bolsillos, inmersas en sus propios pensamientos.

Un día Alba se decidió a saludarla, con miedo a molestarla, pero también ansiando compartir su soledad con alguien.

Era el primer día de clase, pero ella no fue. Ni ese ni los siguientes.

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