52 retos de escritura: Reto 3

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(aquí están todos los retos del año)

3. Empieza una historia con: “Estoy de pie en mi cocina…”. Debe ser una historia de suspense.

 

Estoy de pie en mi cocina y pongo la tetera a hervir. De pronto veo que un gato me está mirando desde fuera, apoyado en el alféizar, y me extraña, porque yo no tengo gato. Tampoco los he visto por el barrio en mucho tiempo.

A mí me gustan los gatos, pero este es un gato feo. Es el típico marrón y negro, de manchas desperdigadas; creo que son gatas, por no sé qué cromosoma que me dijo mi hermano.

El caso es que, y esto es lo más gracioso, el gato no me mira a mí, sino a algo detrás de mí. Pero detrás de mí solo está la nevera.

En un momento dado se me ocurre que a lo mejor le huele a comida, pero me extraña, porque soy muy escrupulosa y en seguida me doy cuenta si se estropea algo o huele a podrido. Pero como tengo una fiambrera con guiso de merluza, abro la nevera y compruebo que no está pasada. Pues nada, no era eso.

Me doy la vuelta y el gato no está. No está fuera, en la ventana, sino sentado frente a mí. No sé cómo ha entrado en casa.

Pero el maldito gato sigue sin mirarme, mira detrás de mí, pero yo ni siquiera estoy en la misma posición que antes, ahora estoy delante de la puerta. Eso no me gusta, porque no cerré la puerta al entrar. Tengo miedo. La tensión me hiela los músculos pero consigo girarme y mirar detrás de mí. Nada. Allí no hay nadie.

Ya que parece amistoso, intento acariciarlo, pero bufa y me intenta arañar. Sin embargo no se mueve. Sigue mirando a la nada. Vuelvo a abrir la nevera y saco el pescado, a ver si le gusta. Cuando me doy la vuelta y empiezo a apartar los guisantes, me fijo en que ha cambiado de objetivo. Ya no mira detrás de mí, sino hacia la mesa donde desayuno. Por supuesto allí tampoco hay nadie. Intento ignorar su comportamiento y le pongo el pescado delante.

Por primera vez me mira a mí de verdad. Maúlla como preguntando algo y olfatea el pescado. Prueba un poco.

Inmediatamente lo distrae algo. Se queda mirando la nada de nuevo, pero esta vez a mi lado. Vale, esto ya pasa de castaño oscuro. Hago un esfuerzo por mirar ahí, aunque me cuesta. Efectivamente sigue sin haber nadie, pero ya no estoy segura de nada. Me parece que estoy viviendo un sueño. El gato maúlla y se le eriza el pelo. Curiosamente a mí también se me eriza.

Lo más horrible es que veo que el pelo del gato cambia de forma, se aplana como si alguien lo acariciase. El gato se calma, pero yo no. Y entonces siento que algo me toca el brazo, y no aguanto más.

Grito.

Y el gato está fuera otra vez.

La tetera hierve y silba.

Miro otra vez y el gato ya no está.

 

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Día de Reyes (relato completo)

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La lluvia repiqueteaba sobre el cristal y, según las gotas corrían hacia abajo, formaban regueros sinuosos de formas caprichosas. No había dos iguales, salvo los que tomaban la forma de aquel sobre el que caían. Alberto había llegado a esta conclusión tras observar el parabrisas de su coche durante veinte horas.

El vehículo se había salido de la carretera comarcal pasando por encima del quitamiedos, debido a que su centro de gravedad era muy alto y a la velocidad que llevaba en ese momento, muy superior a la indicada para aquel tramo lleno de curvas. Cayó por el barranco, dio tres vueltas de campana, y quedó volcado, apoyado en un árbol. Alberto permanecía en su asiento con el cinturón abrochado, incapaz de desembarazarse de él por dos motivos: el primero, que su brazo izquierdo estaba roto; además de producirle un dolor insoportable, no respondía a sus movimientos. El segundo, que el brazo derecho había quedado atrapado entre su tronco y la puerta; estaba dormido la mayor parte del tiempo, y cuando despertaba, el hormigueo hacía imposible controlarlo.

Alberto era el copiloto. Su mujer, Carla, era la que conducía el coche, y había salido a buscar ayuda justo después de producirse el accidente. Él no sabía cuánto tiempo había pasado desde entonces, pero sí sabía que tenía hambre, tenía sueño, probablemente se había dormido durante un breve periodo de tiempo, probablemente se había quedado inconsciente también, y se había meado encima. Así que probablemente había pasado mucho tiempo. Sus piernas estaban atrapadas dentro del amasijo de hierros en que se había transformado el morro del coche, y él se encontraba en el lateral que había quedado apoyado en el suelo, así que muchos objetos habían caído sobre su cuerpo: su maletín con documentos del trabajo para hacer cosas en un rato libre, su tablet, su abrigo, la bolsa de viaje de Carla, y la suya. Carla no le había desabrochado el cinturón. Carla no le había escuchado cuando él le dijo que le esperase, que seguramente podría caminar y era mejor que fuesen juntos. “Estaba nerviosa, seguramente ha sido por eso”.

También tenía frío. El sol ya había salido y aún no se había vuelto a poner, pero no llegaba a calentar prácticamente nada en ese punto del valle, y menos en el mes de enero. Él llevaba puesto un traje de lana de gran calidad, el mismo que había escogido ya hacía dos días para ir a trabajar por la mañana y a cenar con sus suegros la noche de Reyes. Ese traje no le abrigaba lo suficiente. Su abrigo permanecía en el habitáculo trasero.

Alberto hablaba solo. Cantaba canciones, contaba las cosas que veía desde donde estaba, hacía composiciones de lugar para mantener la calma. “Soy Alberto Contreras, tengo cuarenta y dos años, estoy atrapado dentro de mi BMW. Mi mujer ha salido a por ayuda. He oído mi móvil sonando durante un buen rato, pero no puedo cogerlo, tampoco sé muy bien dónde está. Llevo mucho rato sin oírlo, así que probablemente se le ha acabado la batería. Quiero salir de aquí. Me he quedado sin voz de gritar. Y llevo medio kilo de cocaína en el maletero, para un negocio seguro con mi cuñado, que ha venido de vacaciones desde Hamburgo. “

La humedad era otro problema creciente. El calor del coche había derretido la nieve circundante, y el agua empezó a filtrarse dentro a través de las grietas y agujeros de las lunas. Luego empezó a llover, débilmente, pero sin cesar, y esta agua también se colaba. No sabía si su ropa estaba mojada o sólo muy fría, pero la sensación era extremadamente incómoda. Además, la noción de que estaba expuesto a la intemperie incrementaba su estado de pánico.

Alberto tenía una baza a su favor. Había quedado con su cuñado ese mismo día, a las seis de la tarde. Ya eran las siete. Puede que fuese él quien lo había llamado, y le estuviese buscando; además de por estar preocupado por él, porque había mucho dinero en juego. Habían acordado que Ignacio le pagaría tres mil euros en ese momento, y el resto cuando acordase el precio de venta en Alemania. Es decir, si Ignacio no recibía el paquete, no se ahorraba pagar, sino que perdería la oportunidad de hacer un negocio mucho mayor. El coche de Alberto se encontraba a cien metros de la ruta hacia la casa de los padres de Carla, a diez kilómetros de su destino; él estaba convencido de que sería fácil verlo desde la carretera. Incluso aunque su mujer no llegase a avisarlos, o a alertar a los servicios de emergencia, le resultaría fácil buscarle. Y si le encontraba, en el caso de que le importase más la droga que su vida (porque cabía esta posibilidad), tendría que pedirle las llaves. El coche no estaba cerrado, pero se necesitaba la llave para abrir el maletero. Las llaves estaban a su alcance de casualidad, Carla las había sacado del contacto y con los nervios se le habían caído, en la puerta opuesta, junto al regazo de Alberto. De modo que aún cabía la esperanza.

¿Dónde estaba Carla? ¿Por qué no había vuelto todavía? Al principio Alberto se enfadó con ella por dejarlo solo, atrapado, indefenso. Luego se preocupó por ella, al ver que no volvía, que caía la noche y ella probablemente también estaba sola (la distancia hasta el pueblo era corta en coche, pero antes de llegar no había ningún lugar donde refugiarse). Finalmente comenzó a sentir incredulidad. Nada de aquello tenía ningún sentido. El accidente tenía que haberse oído en todo el valle; se había producido antes de comer, y a esas horas tenía que haber gente de camino al pueblo, volviendo del trabajo o a visitar familiares, o de vuelta de las compras de Reyes. Tenía que haberlo visto el panadero que traía roscones a la panadería del pueblo. Si su mente no empezaba a fallar, recordaba haber visto más vehículos unos kilómetros atrás, y no había desviaciones posibles hasta el punto del accidente. Alguien tenía que haberlo visto. Y Carla tenía que haber vuelto ya.

Alberto oyó un coche acercarse y detenerse junto al suyo.

Alberto trató de gritar para llamar la atención de los ocupantes del vehículo (que no podía ver) pero no le quedaba fuerza ni voz. Su garganta estaba reseca, y su mandíbula, agarrotada por el esfuerzo y la angustia. Además, la sed empezaba a hacer mella y él sabía que esa era una de las amenazas más acuciantes.

El coche se acercó por un flanco y se detuvo a una distancia prudencial, como si no quisiera ser identificado. Se había aproximado siguiendo un sendero que Alberto y su familia usaban para pasear y recoger setas en otoño. Todos conocían el camino, y él conocía el árbol donde estaba apoyado el coche de su mujer; apoyada contra ese árbol la besó en su primer aniversario, mucho tiempo atrás. En ese árbol que ya podía considerar su hogar.

Alberto se revolvió en su cubículo, inquieto, deseando llamar la atención de las personas que se habían acercado hasta allí. Sin embargo pasó un tiempo largo hasta que hubo más movimientos. En un momento dado oyó las puertas del otro coche abrirse y cerrarse y unos pasos aproximándose por el lateral izquierdo del coche, es decir, el lado donde quedaban expuestos los bajos en ese momento.

Cuando Alberto vio asomarse la cara de su mujer por la ventanilla izquierda, sobre él, logró emitir un sonido ronco y profundo, inhumano. Ese gruñido era producto de la irritación de sus cuerdas vocales, la ira y el tiempo que llevaba sin hablar con nadie, que le había hecho olvidar su propia voz. Carla lo observó con una expresión carente de sentimiento alguno. A continuación se giró hacia la persona que había venido con ella (Alberto no podía verle a pesar de sus titánicos esfuerzos) y musitó: “Está vivo”, de nuevo sin ánimo alguno en su voz.

Alberto oyó claramente a su cuñado Enrique responder “Vale”.

Luego, silencio. Alberto ya no creía que nada de aquello fuese real. Respiraba trabajosamente, haciendo un ruido sospechoso; pensó que sus bronquios podían estar afectados por el frío, la humedad y la sed. Ignoraba si semejante cosa era posible, y de pronto quiso poder usar su tableta (en ese instante apoyada en su oreja) para consultarlo en Google.

Tras otro rato interminable oyó pasos que se alejaban, luego ruido en el otro coche y luego los pasos se aproximaron de nuevo. Comenzó a sacudir su cuerpo con toda la fuerza que le quedaba, y entonces por fin volvió a sentir sus piernas; le dolían muchísimo, y se alegró infinitamente porque al menos las sentía, aunque no pudiese moverlas más que unos milímetros porque estaban aprisionadas. Por el dolor intenso de la izquierda estimó que tenía una fractura importante de tibia; lo supo porque ya la había sufrido practicando esquí en su juventud (“el deporte no es sano”, le recordaba siempre su cuñado). Entonces los pasos llegaron a la altura de la parte trasera del coche y escuchó las llaves tratando de abrir el maletero. “Un momento, ¿Carla va a abrir y va a ver lo que hay? ¿Enrique se lo ha contado?”. Alberto volvió a sacudirse al caer en la cuenta de que todo se podía complicar aún más. Se acordó de pronto de que la droga estaba bien resguardada en el doble fondo, por lo que no había peligro de que la descubriese. Respiró aliviado.

Pero las llaves no podían abrir el maletero. Tras unos minutos intentándolo, su mujer y su hermano tomaron una determinación drástica: empezaron a golpear el portón con algo muy pesado, que él no supo identificar. Propinaban golpes secos a un ritmo lento y constante, porque de cada vez tenían que aplicar una fuerza brutal. Alberto empezó a gemir, impotente. Al estar totalmente unido al coche, cada golpe sacudía su cuerpo magullado de una forma terrible, desplazando sus huesos rotos. Al dolor acuciante se unían los chasquidos, crujidos dentro de su cuerpo que no sabía si correspondían a huesos rotos que entrechocaban o a nuevas fracturas producidas por los golpes que estaba recibiendo. Trató de pensar en algo alegre que lo evadiese de aquel infierno: pensó en sus hijos, Marco y Sara, que estarían en esos momentos jugando con sus juguetes nuevos y comiendo roscón. Pero no tenían regalos porque éstos estaban dentro del coche.

-¡Parad, parad por favor!- gimió.

Los golpes se detuvieron. Carla preguntó, con voz temblorosa: -¿Te duele mucho?

Alberto acertó a responder -Sí, estoy muy mal.

Carla tardó en hablar, y la oyó susurrarle algo a Enrique. Después, le repuso con voz algo más firme -Tranquilo, ya terminamos.

Alberto cerró los ojos.

Los tres golpes siguientes fueron los más fuertes, él casi se desmaya con el dolor. Después, hubo un estruendo de objetos cayendo al suelo: las maletas, los regalos, el roscón. Todo cayó al barro, oyó los chapoteos sucesivos. Lo que no cayó fue arrojado por su mujer y el hermano de ésta, que removían las cosas con avidez para llegar al fondo del maletero. Cuando por fin lo lograron, emitieron sendos grititos de excitación y abrieron la trampilla.

-Ya tenéis lo que queríais, ahora sacadme de aquí.

Enrique respondió: -Llamaremos al 112 cuando estemos lo bastante lejos, no te preocupes.

-¿Y cómo evitaréis que cuente todo esto?- Pronunció Alberto, un segundo antes de darse cuenta de que era una mala idea.

Enrique no respondió. Se asomó a la misma ventanilla por la que antes lo había hecho Carla y blandió un martillo enorme, que Alberto reconoció como el que había en el cuarto de las herramientas de sus suegros. También era lo que había usado para destrozar la puerta del maletero.

-Puedo amenazarte con esto, por ejemplo. O puedo utilizarlo contra tus hijos cuando llegue a casa, ¿te imaginas?- susurró Enrique, para que Carla no le oyese.

Alberto lo desafió -No serás capaz.

-Supongo que no, pero no quieres correr el riesgo, ¿verdad?

Alberto no quería. Tragó saliva y Enrique introdujo el martillo por la ventanilla rota, de punta, hasta tocar su sien.

-No vas a hacer ninguna tontería, ¿a que no?

-No.

-Muy bien, pues aquí te quedas. Con un poco de suerte aun seguirás respirando cuando lleguen los bomberos, o quien sea, para sacarte.

Carla llamó la atención de Enrique y habló con él unos segundos. “Las fotos” fue lo único que Alberto alcanzó a oír. Todas las fotos de la familia estaban en su tableta porque habían hecho recientemente un backup del ordenador antes de formatearlo. El matrimonio no tenía la costumbre de imprimir fotografías digitales.

Discutieron un momento, y finalmente Enrique cedió.

-De acuerdo, ahora voy a coger tu tableta. -refunfuñó Enrique, asomándose dentro de nuevo.

Enrique dejó caer el martillo en el suelo y se apoyó lo mejor que pudo en la puerta para tratar de alcanzar el bulto que Alberto tenía sobre su cabeza. Ya casi lo tenía cuando Alberto se revolvió para dificultarle la maniobra y el aparato cayó contra la puerta, que ya estaba llena de agua por culpa de la ventanilla rota.

Alberto mordió ferozmente el brazo de Enrique por la muñeca, haciéndolo sangrar. No lo soltaba por mucho que Enrique chillaba y le golpeaba la cara con la otra mano, de la forma en que podía hacerlo debido a lo limitado de sus movimientos. Ambos gritaban y emitían sonidos salvajes que aterraron a Carla. Finalmente Enrique se liberó con la muñeca desgarrada, sangrando profusamente. Chillaba como un cerdo y Alberto sonreía con una mueca grotesca. Enrique perdió el equilibrio y cayó al suelo, y se alejó de allí con su hermana. Alberto saboreó el regusto metálico de la sangre y esperó. Esperó algunas horas más, cavilando sobre lo que acababa de suceder, lo que podría suceder luego, y preguntándose por qué demonios no habían saltado los airbags de aquel coche tan caro. Estaba pensando en esto cuando perdió el conocimiento otra vez.

Despertó rodeado de sanitarios, una dotación de bomberos y una pareja de la Guardia Civil, mientras lo atendían ya en el exterior. Se le hizo raro respirar aire puro tras más de un día allí dentro e inspiró con fuerza. Tras unos segundos logró escuchar la docena de voces que le hablaban, sobre todo para calmarlo y decirle que se pondría bien en poco tiempo. Su primera respuesta fue “Sí”, y después trató de incorporarse, pero al carecer del apoyo de sus brazos, quedó inclinado a un lado con un gesto de dolor. Le ayudaron a sentarse y le ofrecieron agua, y él la bebió con ansia. Mientras lo preparaban para trasladarlo, una enfermera se lo quedó mirando con preocupación.

-He de decirle algo, pero es una noticia terrible.

-Estoy vivo, con eso me conformo. -respondió Alberto con la vista fija en el suelo fangoso.

-El caso es que su mujer y el hermano de ésta…- a la mujer le costaba un mundo contarlo.

-¿Sí?

-Verá, no sé cómo se han podido producir tantas desgracias casi a la vez, pero ellos tuvieron otro accidente de automóvil hace unas horas, por la tarde. Los dos han fallecido. No sabe cuánto lo siento.

Alberto no contestó.

-Lamento decírselo ahora, pero como veo que está consciente y bastante tranquilo, me imagino que oirá hablar a los sanitarios y prefiero decírselo yo.

-No se preocupe. Quiero decir, ahora no puedo asimilarlo todo, pero agradezco su tacto. -Dio un nuevo sorbo al agua del vaso de plástico y añadió: -Hay que tomárselo con filosofía, al fin y al cabo todo ha terminado bien y hoy es fiesta.

La enfermera asintió con la cabeza y se incorporó para ayudar con las labores de traslado, mientras sentía una creciente repulsión por aquel hombre frío, maloliente y con la boca y la camisa ensangrentadas.

Cuento de otoño (I, II y III)

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El suelo crujía bajo los pies de Alba al andar por la primera planta de la casa para llevar cosas a su cuarto. Ella estaba fastidiada con la mudanza, aunque a su madre no le gustaba llamarla así; según ella simplemente se trasladaban por un tiempo a casa de su difunta abuela, porque papá y ella ya no se llevaban bien y tenían que descansar uno del otro. Alba sabía que había algo más, porque su madre había comentado a una amiga por teléfono que ya no confiaba en él, que era un mentiroso. La confianza era lo más importante, lo había aprendido de la experiencia con una amiga que la traicionó tiempo atrás. Pero ella no dijo nada.

El suelo crujía y los muebles murmuraban cuando todo estaba en silencio, y Alba trataba de acostumbrarse. Pasaba sola mucho tiempo porque mamá trabajaba todo el día limpiando, por la mañana portales y por la tarde oficinas, pero el instituto no empezaría hasta primeros de octubre. Como ya tenía dieciséis años, mamá no llamó a nadie para cuidarla y ella lo agradeció, no le gustaban los extraños y menos los que le decían qué hacer. De modo que mamá la despertaba cuando salía de casa a las ocho y media, y Alba desayunaba, se duchaba, limpiaba un poco y se ponía a ver la tele. Cuando se aburría la apagaba y trataba de leer un libro, o volvía a ordenar sus cosas, dado que su cuarto era amplio y le permitía hacer cambios.

Pero ahí estaban de nuevo aquellos sonidos. Intentaba ignorarlos, pensar en otra cosa, centrarse en lo que estaba haciendo. Llegó a inventarse que la casa era un ser vivo y que necesitaba expresarse, a través de los quejidos del suelo, los gorjeos de las cañerías, el crepitar de la madera.

A veces ponía música, pero no contaba con mucha variedad. No le gustaban las emisoras de radio y en su walkman solo podía meter las seis cintas que se había traído; sus favoritas eran de papá, y cuando se fueron ella estaba muy enfadada y confusa y no se acordó de pedírselas. Cuando hablaba con él por teléfono, los jueves por la noche, le daba vergüenza mencionarlo. En el fondo prefería hablar con él de otras cosas, se entretenían conversando sobre nimiedades para demostrarse que se apreciaban, y él le decía que la echaba de menos pero ella no lo admitía para no llorar. Pero lo echaba de menos a él, y también echaba de menos a los Beatles.

Así que tras un rato escuchando su propia música, se cansaba y se quitaba los auriculares. Tras unos segundos, volvían los ruidos. Alba empezó a contestarles. “Ya estás ahí otra vez”, “Te echaba de menos”, “¿Cómo van esas vigas, vieja?” “Vaya, parece que llevas un día peor que el mío.” Y así pasaba la mañana.

A mediodía hacía la comida que su madre le había dejado a medio preparar (salvo los espaguetis con jamón, su especialidad, que hacía ella sola), y comían juntas en la sala, porque no les gustaba la gran mesa de la cocina. La inmensa cocina, de paredes azules desconchadas (“¿Pero en qué momento empezaron a pintar las paredes de azul en las aldeas?”), fría y húmeda, que olía a moho. Con aquellas ventanas pequeñas para no perder mucho calor, al estar orientada al norte, como le había explicado su padre la última vez que estuvo allí. Comían y charlaban, la mayor parte del tiempo mamá contaba cosas de su trabajo y de la gente que vivía o trabajaba en los lugares donde ella limpiaba. Alba no entendía que su madre pudiese trabajar en eso, pero menos entendía que apenas se quejase. “¿Cómo puedes hacer eso, limpiar la mierda de los demás?” le preguntó una vez. “Se trata de poner remedio a los problemas, hija. Normalmente no hay nada raro, sólo polvo y algunas manchas, y limpiar eso no es indigno, no me molesta. Es normal ensuciar y es normal limpiar, como tú deberías hacer aquí.” “No quiero ser una fregona, ni que mi madre lo sea”, había intentado decirle muchas veces. Pero no era capaz.

A veces sonaban ruidos mientras comían, y Alba no respondía. Solo una vez, a mediados de septiembre, se le escapó un “Hola” cuando una cañería del grifo de la cocina empezó a traquetear. Su madre la miró un instante pero no le dio importancia. Se levantó, fregó su plato y se fue a trabajar.

Alba tuvo miedo de que su madre pensase que estaba loca. Pero también tenía miedo de volverse loca de verdad allí dentro, así que empezó a dar paseos alrededor de la casa, sin alejarse mucho, porque pasaba cerca una carretera con mucho tráfico de camiones. Evitaba a la gente, a la poca que había de todos modos. Echaba de menos a la gente, pero a la de ciudad, que iba a sus asuntos y no miraba. La gente de la aldea era amable y la miraba, la saludaba, le preguntaba si eras hija de esta vecina o de la otra, le preguntaban si necesitaba algo. Ella solo necesitaba silencio.

Encontró a una vecina que la ignoraba, y le gustaba estar con ella. A distancia, sin llamar su atención, pero en un lugar desde donde pudiese verla de lejos, paseando como ella. Ambas fingían que iban a algún lado, pero en realidad vagaban sin rumbo con las manos en los bolsillos, inmersas en sus propios pensamientos.

Un día Alba se decidió a saludarla, con miedo a molestarla, pero también ansiando compartir su soledad con alguien.

Era el primer día de clase, pero ella no fue. Ni ese ni los siguientes.

 


 

 

-Hola, me llamo Alba.

-Yo me llamo Blanca. -respondió la otra chica sin mucho entusiasmo.

-Acabo de mudarme. -comenzó Alba para entablar conversación.

-Yo llevo aquí un tiempo, pero no me gusta. La gente es muy entrometida. -le lanzó una mirada gélida; Alba se dio por aludida y se levantó para irse.

Antes de dar la vuelta hacia su casa se fijó en que la chica tenía la mano izquierda escayolada, y sin acercarse le preguntó:

-¿Cómo te lo hiciste? ¿Te duele?

-No mucho, lo que me fastidia es no poder usarla en dos semanas. Me lo hice cuando tropecé y me caí, buscando setas en el bosque. Gracias.

-De nada. -A Alba no se le ocurría nada más que decir y ya se sentía avergonzada. Se dirigió a casa, y cuando llevaba andados unos metros, Blanca le habló desde atrás, muy cerca.

-¿Tienes un pitillo?

-Sí, creo que sí. A veces le cojo algunos a mi madre, uno o dos de cada vez para que no se dé cuenta.

-Seguro que se da cuenta. -Lo encendió y le devolvió el mechero. -Gracias.

-De nada. -Alba empezaba a impacientarse, quería saber si iban a ser amigas o no.

-¿Te gustaría venir al bosque alguna vez? Es que aquí no hay mucho que hacer.

-¿No es muy aburrido? No sé, para eso me quedo en casa. Podríamos ir a otro sitio, pero sin coche…

-Bah, mi madre a veces va al pueblo en coche y me dice que vaya con ella, pero solo hace la compra y habla con señoras, no me deja hacer lo que quiero. En el bosque podemos hablar y fumar sin que nadie nos moleste, y coger setas, castañas… merendaremos gratis. -Blanca sonrió por primera vez. Era una sonrisa que quería ser afable pero no lo lograba.

-Bueno, la verdad es que si paso más tiempo en casa me voy a hacer amiga de las arañas. -Alba disimulaba su emoción.

-Guay, pues voy a buscarte mañana cuando tu madre se vaya después de comer.

-Vale.

Blanca se fue a zancadas por un sendero y Alba se preguntó cómo podía saber ella nada de su vida.

Al día siguiente, Alba estaba entusiasmada por tener una nueva amiga, aunque como cada mañana tenía que disimular: se levantaba temprano y se vestía para que, cuando su madre se fuese, creyese que ella iba a coger el autobús del instituto.

No rechazaba la idea misma de recibir una educación, sino que cuando fue a matricularse un mes atrás no le gustó lo que vio, y decidió no ir. Parecía buenos compañeros, pero aburridos, como siempre. Y ella no podría pasar otro año aburrida, rodeada de aburridos y aprobando por los pelos diez asignaturas aburridas.

Cuando llamaban por teléfono a casa mamá no estaba, y Alba no lo cogía por si eran del instituto.

La mañana pasó muy lenta, por la espera y porque los ruidos aumentaron de frecuencia y volumen; eran constantes y no le dejaban ni pensar. Se decidió a escribirle a una amiga que vivía en su ciudad natal y a la que echaba de menos, pero los sonidos de la casa la interrumpían constantemente. A los crujidos, gorjeos y traqueteos habituales se unía una crepitación que venía de las paredes, pero no como si se desconchasen, sino como si la casa entera temblase con ritmo sincopado.

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Alba chilló e insultó a la casa varias veces, pero no sirvió de nada. Finalmente cogió una navaja que escondía en bajo una tabla suelta del suelo, y la clavó en la pared, en una parte reblandecida con una mancha de humedad, por si en una más dura podía rebotar. Se produjo una leve sacudida y los ruidos cesaron. Terminó la carta y guardó la navaja.

El almuerzo transcurrió sin novedades, pero mamá sabía que Alba estaba nerviosa. Le preguntó si le había pasado algo en clase, y ella respondió que le gustaba un chico. Mamá sonrió y le dio un beso en la frente.

Cuando se quedó sola, por un momento se preguntó si sería buena idea ir con aquella chica a un sitio que no conocía y donde se podía perder. Buscó mapas de la zona por la casa pero solo encontró uno de carreteras bastante viejo, donde el área ocupada por la aldea y el bosque ocupaban a escala lo que una uña. Se sentó en el sofá raído frente a la tele y halló una posible solución en el costurero de la mesita: cogió un ovillo rojo para ir soltando hebra según se alejase de la zona conocida, y si se terminaba, se inventaría alguna excusa para volver.

Luego se acercó a la puerta principal y se quedó dentro, esperando a Blanca. No iba a hacer nada si ella no llamaba. No se sentía segura. Pero se aburría tanto…

Diez minutos después de la hora a la que mamá se iba habitualmente, llamaron a la puerta. Antes de que Alba se atreviese a mirar por la ventana de la cocina, Blanca la llamó con una voz firme.

-¿Estás lista?

-Sí. -abrió y allí estaba ella, de buen humor.

-Cógete algo de abrigo, que ahora se hace de noche más temprano. Y unas buenas botas, que ha llovido un montón. ¿Llevas una bolsa de plástico? Mejor de tela, para que no se acumule el agua.

-Vale. -refunfuñó Alba; cogió lo que le había dicho, y volvió a salir.

El paseo fue mucho más alegre y sorprendente de lo que Alba se había imaginado. El bosque estaba precioso: los robles, castaños y olmos había desprendido millares de hojas de todos los colores y había muchos regueros de agua corriendo por todas partes. Se sintió como una niña saltando los charcos y hundiendo los pies en la hojarasca. Ni siquiera los insectos, ciempiés y arañas la asustaron.

Las niñas hablaban de sus cosas, sin entrar en muchos detalles. Blanca le enseñó dos clases de setas que ella solía coger, pero le dijo que hasta que aprendiese se limitase a recoger castañas. Alba pensó en esconderlo todo para que su madre no lo viese, sin embargo se dio cuenta de que no tenía nada que ocultar, a fin de cuentas podía salir un rato por las tardes si no tenía exámenes.

“Pero no quiero que sepa que tengo una amiga. Todavía no.”

Cuando el ovillo se terminó, Alba pensó en decirle a Blanca que se iba, pero se lo estaba pasando bien recogiendo castañas y tratando de distinguir unas hojas de otras. Miró alrededor y no identificó ninguna referencia externa al bosque, así que no quiso seguir adentrándose. Todo parecía igual, o al menos los patrones se repetían: árbol-árbol-piedra-arbusto-piedra-árbol-árbol-piedra…

Blanca se dio cuenta de lo que ocurría.

-No pasa nada, no vamos a ir más lejos. Vamos a empezar el camino de vuelta; mira, ya giramos aquí.

Caminaron en torno a un tocón hueco enorme, rodeado de setas semicirculares; entonces Alba vio lo que había dentro, y pensó que no podía ser una casualidad que Blanca conociese ese camino.

Dentro había un esqueleto humano, grande pero no de adulto, pues su fémur era más corto (Alba había visto uno en la consulta de enfermería de su padre). Sus huesos estaban amontonados, pero tuvo que haberse metido muy doblado, o alguien lo metió así. Estaban creciendo hongos entre los huesos.

Alba miró a Blanca, sobrecogida, y ella le contó a modo de explicación:

-Lo encontré hace unos meses, lo llamo Luz. No sé por qué, me vino ese nombre a la cabeza. Me imagino que es otra chica de por aquí, o que se mudó, como nosotras. No se lo voy a contar a nadie, no quiero hablar con la Policía y que me pregunten qué hago aquí sola de paseo.

Alba asintió, sin saber qué responder. Ella tampoco quería hablar con la Policía.

-Será nuestro secreto. -le ofreció la mano, fría y húmeda de recoger setas. – ¿Amigas?

-Amigas.

Volvieron varias veces aquella semana, haciendo siempre el mismo recorrido. Se lo pasaban muy bien hablando de sus gustos, de los chicos, de sus vidas anteriores.

Finalmente, una tarde Alba se atrevió a preguntar:

-Oye, ¿tú me espías? ¿Cómo sabes los horarios de mi madre?

-No, claro que no. ¿Estás loca? Lo que pasa es que mi madre tiene trabajo por la mañana y por la tarde, y me imaginé que la tuya también.

-Ah, vale. Perdona.

Aquella tarde volvieron antes, hacía mal tiempo y tenían mucho frío. Al volver, como siempre delante de Blanca, Alba iba recogiendo el ovillo disimuladamente. Pero al llegar a una zona frondosa lo perdió de vista, giró para buscarlo, y tiró. Tropezó y cayó en su propia trampa.

Al levantarse con la ayuda de Blanca, se dio cuenta de que la había descubierto.

-Pensarás que soy tonta. -Alba se había puesto colorada.

-Sí, pero ya lo sabía, te vi el primer día. Yo también hice eso las primeras veces. Venga, arriba.

La ayudó a recoger las castañas y el ovillo y se fueron a casa.

A Alba le dolía mucho la mano izquierda, y al día siguiente fue al ambulatorio. Se había hecho un esguince, y se la vendaron. Tenía para dos semanas.

Sintió mucho miedo.


 

Alba se sentó en su cama a pensar sobre lo que estaba sucediendo. Había conocido a una chica (bueno, ya podía decir que eran amigas) con una vida muy parecida a la suya, que se había hecho la misma lesión en la muñeca, y que le había enseñado los huesos de alguien tirados en el bosque.

¿Y si todo era una coincidencia? Solamente se trataba de otra chica nueva en el pueblo, cuyos padres se habían separado hace poco, que también oía ruidos en su casa. Y se había hecho la misma lesión que ella unas semanas atrás. También robaba tabaco a su madre, que tenía la misma ocupación que la suya. Vestían parecido, les gustaba la misma música. Tenía el pelo del mismo color, castaño claro tirando a pelirrojo.

Ninguna de ellas iba a clase. Tenían previsto matricularse en el mismo instituto, pero a ambas les produjo rechazo la clase que les había tocado.

1º BUP C.

Todo aquello tenía explicación.

Pero había algo más. Aquella misma tarde Blanca le había hecho daño.

“No sé cómo llegué hasta ahí”.

Alba no recordaba haber llegado hasta el tocón aquel día. Estaban recogiendo castañas, las últimas que quedaban, podridas en su mayor parte, cuando oyó un silbido y sintió un dolor fuerte en la sien. Cayó al suelo y al despertarse se encontró junto al tocón, lejos de donde estaban antes. Pensó que la tierra y las hojas formarían un colchón mullido, pero todo estaba encharcado, así que se incorporó rápidamente para no empaparse.

Miró dentro, atraída irremediablemente por los huesos de aquella desconocida, y lo que vio la aterró por completo.

Allí estaba su ovillo de lana roja, enrollado de modo que ella no podría volver sola. Junto a él, el monedero verde que siempre llevaba consigo. Se lo había hecho su abuela cuando era pequeña, y lo guardaba en el bolsillo de su pantalón. Nunca se lo había comentado a Blanca.

-Lo siento, ya sé que es desagradable, pero somos mayorcitas. No podemos depender de lo que nos hace sentir seguras. Ya es hora de que te deshagas de esas cosas, ¿no crees?

-El monedero es mío, no te lo voy a dar.

-Por eso te lo he tenido que quitártelo yo. Hazme caso, es por tu bien, a mí también me lo tuvieron que quitar.

Blanca encendió un mechero y prendió un papel con algo escrito. Alba no pudo leerlo, estaba tratando de impedir que Blanca lo arrojase, pero ella la pateó en el suelo mientras lo tiraba y todo empezaba a arder.

-Tengo curiosidad por saber si los huesos arden. O hasta qué punto. -musitó en un tono monocorde mientras observaba ensimismada.

Alba se quedó en el suelo, paralizada por la bota de Blanca y por el miedo. Al cabo de un rato, Blanca apagó el fuego ahogándolo con un trapo, y se fue. Alba la siguió en silencio. No miró si el esqueleto se había consumido.

Ahora, sentada en su cuarto mirando la marca que había dejado su navaja en la pared, pensaba qué podía hacer, y por qué lo tenía que hacer.

“Puede matarme.” “No”, respondió su lado más racional, “hay una distancia muy grande entre golpear a alguien y robarle un objeto personal para quemarlo… y matarla. ”

“Sabe demasiado sobre mí y eso me da miedo.”

Esa era razón suficiente.

Puso la navaja bajo la almohada y se quedó dormida casi al instante.

Al día siguiente repasó cuidadosamente su plan, que incluía asegurarse de que nadie supiese que estaban juntas. Curiosamente nunca se habían encontrado a ningún vecino durante sus paseos por el bosque; la zona de merenderos, donde acudían las familias, se encontraba en el linde opuesto. En cuanto a la familia de Blanca, es decir, su madre, nunca se la había presentado, así que no podía sospechar de Alba, pues no conocía su aspecto.

Hasta ahí, todo controlado.

No quería matarla. Deseaba que hubiese otro modo de terminar con aquello, pero… Definitivamente Blanca estaba mal de la cabeza, y podía volver a herirla en cualquier momento. Además sabía mucho de ella, y lo que no sabía, lo adivinaba.

Y luego estaba aquel cadáver abandonado. Blanca sabía dónde encontrarlo, le había puesto nombre, hablaba de él con familiaridad. Casi como si ella misma hubiese acabado con la vida de aquella chica. Durante un instante se escandalizó por imaginar a Blanca matando a alguien, pero luego cayó en la cuenta de que ella misma estaba planeando un asesinato.

Aún había otra cosa. La casa se comportaba de un modo diferente desde que eran amigas. Cuando se veían a diario, los ruidos y temblores eran incesantes. Sin embargo, los fines de semana (cuando no se veían porque sus madres estaban con ellas en casa, y no querían revelar el secreto de su amistad) la casa permanecía tranquila. Le extrañaba, porque a fin de cuentas los ruidos habían empezado antes de conocer a Blanca, pero supuso que no podía esperar mucha lógica de un lugar encantado.

Porque esa era su conclusión: aquel lugar estaba encantado.

Su imagen de las brujas era más oscura y más seria que la de otras chicas, que no creían esas historias. Alba sí las creía, le encantaban los libros que hablaban de hechiceras que habían existido de verdad. Su madre decía que conocía a una, que tenía una cabaña minúscula y maloliente en el bosque cerca de su aldea, y que en torno a esta no crecían las malas hierbas, ni se acercaban los animales.

Las brujas no eran ancianas horribles con una verruga en la nariz, sino mujeres hermosas en cuyo rostro no había el menor atisbo de vejez; era imposible saber su edad. Las de verdad no eran como la de la película “Merlín el encantador”, sino como la del cuento de Hansel y Gretel. Atractivas, seductoras, extremadamente crueles. Las brujas podían aparecerse como una amiga, alguien con quien tomas confianza y luego te destruye. Las brujas existían de verdad y podían hacer mucho daño, como mínimo podían volver loco a uno.

“Eso lo sabe todo el mundo”.

De modo que tenía que impedirlo. Si Blanca era una bruja, debía defenderse de ella, y si no lo era, al menos debía de romper el hechizo eliminándola.

Preparó una pócima a base de ruda que había encontrado en unas hojas sueltas escondidas en un libro, e impregnó la hoja de la navaja en ella.

Aquel día apenas habló con su madre cuando esta vino a comer. Tampoco tenían mucho tema de conversación últimamente, a Alba se le estaban acabando las historias inventadas para fingir que acudía al instituto, y a su madre no le iba bien en el trabajo.

Cuando Blanca llegó aquella tarde la notó muy nerviosa. Ella trató de disimular diciendo que su madre había descubierto que no iba a clase desde el inicio del curso, pero esto puso a Blanca alerta.

-¿Le has contado algo más? -La mirada de Blanca revelaba su sospecha de que Alba hubiese contado algo sobre su amistad.

-No, no… no te preocupes, nuestro secreto está a salvo. Pero no paraba de hacer preguntas sobre el curso, mis compañeros… No he podido aguantar más.

-Bueno, pues procura inventar algo sólido para cuando te pregunte a qué dedicas las tardes… y las mañanas, claro. Por cierto, ¿Qué has hecho esta mañana, Alba?

-Nada, ¿por qué?

-Simple curiosidad. -De nuevo se dibujó en su cara aquella sonrisa artificial, como la de un autómata.

Alba sintió un escalofrío que le sacudió toda la espalda hasta la rabadilla e hizo un esfuerzo por seguir caminando a la par de su amiga.

Al llegar al tocón, Blanca se sentó en el borde y miró a Alba cara a cara.

-Mira dentro del tronco. ¿Qué ves?

Alba miró y vio que los huesos ya no estaban. No quedaba nada de la hoguera del otro día.

-Que todo se ha consumido.

El cielo se nubló por completo como cada tarde, ya no volvería a salir el sol hasta el día siguiente. Cada día sucedía más temprano.

-Efectivamente, todo se ha consumido. ¿Sabes qué significa eso?

-No. -Pero sí lo sabía.

Alba pensó muy rápido. Aquel día llevaba una mochila colgada de un sólo hombro, y la descolgó hacia delante, golpeando con fuerza la cara de Blanca. No llegó a tirarla al suelo, pero sí la aturdió lo suficiente como para poder empujarla dentro del tocón y acorralarla, lo que aprovechó para abrir la navaja y ponerla pegada a su cuello, mientras con la otra mano sujetaba a la chica.

-Adelante, ya me tienes donde querías. -susurró Blanca sin inmutarse.

-¿Cómo? -exclamó Alba, sin apartar la navaja.

-Así es como tiene que ser, así es siempre. Yo lo hice antes que tú, por el mismo motivo. Tenía miedo de la chica que me trajo aquí. No sé si es este lugar, no sé si es coincidencia. No sé si ella era bruja, yo no lo soy. Pero sé que lo harás aunque yo te suplique, porque yo lo hice aunque ella suplicó.

-Pues hazlo, suplica. -La confusión de Alba aumentaba su ira.

-No me mates, por favor. -musitó Blanca entre lágrimas, agarrando la mano de Alba con fuerza para intentar apartarla, pero sin poder moverse debido a la postura en la que había quedado.

Alba no dijo otra palabra. Cortó la carótida de un tajo. Había aprendido que debía hacerlo así, porque la vena yugular llevaba sangre con menos presión; no sabía por qué tradicionalmente se atacaba la yugular. La sangre manó con fuerza y la salpicó, y entonces percibió algo que la llenó de repulsión: calor, el calor de la sangre de Blanca en sus manos mientras su vida se apagaba.

-Un momento, ¿qué ponía en el papel?

Pero Blanca no respondió.

Alba se cambió de ropa, poniéndose la limpia que llevaba en la mochila. Tapó el cuerpo de Blanca con un montón de hojas y ramas y la abandonó allí. Volvió a casa (por fin se había aprendido la ruta) y guardó la ropa sucia para deshacerse de ella en otro momento.

Pasaron los meses. Los ruidos habían cesado, y Alba se calmó. Pensaba con frecuencia en lo que había hecho, pero con menos remordimientos de lo que esperaba en un principio. El curso avanzó, y en enero se acercó de nuevo al instituto para intentar incorporarse, sin muchas ganas. Sin embargo, cuando se acercaba a la puerta, vio una chica con el pelo castaño claro, tirando a pelirrojo. Aguardó escondida detrás de una columna, hasta que vio que la chica cambiaba de idea y se alejaba.

Tenía una nueva amiga.

Vértigo -y II- (relato fantástico)

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Aquí puedes leer la primera parte

-Disculpa que no pueda seguir tu historia, pero hay algo perverso en todo esto, quiero decir… tu tiempo se había terminado. Yo deseé con todas mis fuerzas que no fuese así, pero aquel era tu fin.

-Fue una muerte prematura, no tenía que haber ocurrido. Verás, todo está en tus cromosomas. En los extremos de los mismos están los telómeros, que determinan el número de veces que se van a dividir las células. Alargando los telómeros, alargas la vida de un tejido. Estas investigaciones comenzaron para combatir el cáncer. ¿Me sigues?

-No mucho, pero continúa, por favor.

-Este doctor considera que, si bien por el momento es difícil alargar la vida del paciente manipulando los telómeros para que aumente su duración hasta límites sobrehumanos, todos deberíamos poder vivir lo que estamos destinados a vivir. Y si morimos por causas sobrevenidas, nos da una nueva oportunidad.

-¿Entonces todos podemos saber cuánto vamos a vivir?

-No exactamente, pero podemos conocer nuestra esperanza de vida en función de antecedentes de enfermedades, longevidad de nuestros antepasados… y por la longitud de nuestros telómeros. Ha calculado que no moriré antes de los setenta y seis.

-A menos que tuvieses un accidente.

-Sí, a menos que tuviese un accidente. -Eva se miró las manos, tensa. Llevaba las uñas más largas que antes, o tal vez su piel se había retraído, como Bruno había leído que les ocurría a los cadáveres. Él disimuló su repentino asco.

Se tomó un tiempo para digerirlo todo.

-¿Y vas a casarte conmigo, o ya pasas?- El tono de Bruno estaba cargado de cinismo.

-Necesito un pitillo.

-¿Los resucitados fumáis? Así te vas a volver a morir pronto.

-Ya no recordaba tu repulsivo sentido del humor. -Encendió un cigarrillo -Supongo que no te interesa, pero hago casi todo lo que hacía antes, salvo dormir. Me meto en la cama, dejo pasar unas horas, mi cabeza descansa, y me relajo mucho. Es como la meditación… pero no duermo.

Bruno reconoció a su prometida en la joven flaca y nervuda, fumando con los puños de la chaqueta estirados hasta los dedos.

-Oye, ya sé que todo esto es muy raro… pero yo…

Ella se giró hacia él, extrañada.

-Te quiero. No me importa lo que haya pasado, para mí que tú hayas vuelto es un regalo. Estos meses han sido una pesadilla, yo… Yo pensé en matarme para irme contigo.

-Oye, no sigas, por favor… -la voz de Eva se quebraba por momentos- De verdad, déjalo.

-Quiero casarme contigo. Aunque sea en secreto, me casaré contigo.

Eva estalló, agobiada por tener que fingir: -¡Quería romper contigo! Por eso te llamé. Por eso tenía que verte. Bruno, yo te quería, ¿vale? Te quería, en eso nunca te mentí.

-Pero ahora no me quieres.

-No sé lo que siento, no sé si puedo sentir. Pero quería casarme, desde luego. Ya tenía mi trabajo, mi coche, íbamos a comprar una casa, y…

-Espera, ¿te ibas a casar por cumplir un trámite?

Eva se giró y clavó sus ojos extraños en él. -Tú eras mi novio, repito, yo te quería.

-No me amabas.

-No. Nunca me enamoré de ti, no sabía que eso era un requisito. No conozco a tanta gente que se case enamorada. Sencillamente están bien con alguien y se casan y tienen hijos, es lo que se hace.

-¿Y por qué no nos casamos ahora?

Por primera vez en mucho tiempo, incluso antes de morir, Eva se rio a carcajadas. -Tío, estoy muerta y me han reanimado. No soy la de antes, ¿vale?

-No me importa. Quiero decir… eso es secundario.

-Eh, que sí puedo tener sexo. Sólo que es… distinto, pero me gusta. Lo que quiero decir es que… se acabó, no me gusta lo que tengo ahora. He ido a ver a mis sobrinos y los he visto de lejos, me he despedido de lejos. Pensé que podría explicárselo a mi hermana, igual que te lo he explicado a ti. Pero no quiero asustarlos.

-No das miedo. -mintió.

-Sí lo doy, te lo noto. Lo noto incluso en gente que no me conoce, que vive donde ahora vivo yo, muy lejos de aquí, con una nueva identidad. Mis compañeros de piso disimulan porque son cosmopolitas, pero aún así… Me miran raro, notan que mi temperatura no es la normal. Mi especialista me reembolsó parte del precio por eso, no consiguió subirme de veinticinco grados.

-¿Cuánto te costó?

Eva lo miró ahora de forma culpable.

-Treinta mil. Tenía algo ahorrado de mis trabajos de verano, y además usé el dinero que me dieron mis padres para casarnos… En realidad nunca compré el vestido. No compré los anillos. Fui a la joyería a cancelar el encargo.

-Pero te mataron por ellos.

-No. Me atracaron, pero no llevaba nada y me resistí. Es lo que trataba de explicarte… yo iba a cancelar la boda. Iba a decírtelo, pero no pude. Cambié de idea, ya no quería casarme.

Bruno se quitó las gafas y se frotó la cara, tratando de pensar. Sólo acertó a preguntarle:

-¿Dónde vives?

-Cerca de Londres. Mi especialista tiene la clínica en Whitechapel, y tengo que volver cada cierto tiempo para comprobar mis niveles de telomerasa y mis constantes vitales, o sea, las nuevas. Yo no puedo ir a un médico normal si me pongo enferma: tengo la tensión entre dos y seis, mi pulso es muy lento. Tengo alquilada una habitación en un barrio tranquilo. Me gusta, y aunque hace frío, a mí no me afecta. Nadie pide explicaciones ni se mete en mi vida, y voy tirando con el dinero que me devolvió mi especialista, pero no me atrevo a buscar un trabajo.

-Mujer, en las ciudades grandes las cosas son distintas, hay gente de todo tipo.

-Yo soy muy diferente, demasiado diferente. Tú no lo entiendes, la gente me mira muy mal.

Bruno notó que ella tenía ganas de llorar, pero algo se lo impedía. Algo físico: era como si no tuviese lágrimas.

-No soy humana, ¿comprendes? Yo sabía que no lo sería, pero aún así acepté hacerlo porque quería seguir disfrutando de mi vida. Pero esto es otra cosa. Yo soy otra cosa.

-Tiene que haber alguna forma de ayudarte, tu dichoso especialista tiene que tener algún as en la manga. ¿No hay más como tú?

-Sí. Pero eran mayores que yo cuando esto les sucedió, más experimentados, y más solitarios, no necesitan la compañía de nadie. De todos modos, todos ellos están deprimidos.

-Lo siento mucho.

-Por eso… bueno, hay otra cosa que tengo que decirte. No aguanto estar así. De verdad, lo he intentado, pero cada mañana me levanto deseando que el día sea diferente. Todo es insípido, no percibo las cosas como antes. Y la gente…

-Que le den a la gente, pasa de ellos. También miran mal a otros por otros motivos, pero por eso estás más a gusto allá, ¿no? Pues vive a tu aire. Además, siempre puedes medicarte, ¿no?

Eva sonrió amargamente pero agradecida, viendo los intentos que hacía Bruno por animarla. -No, nada de lo que tomase me podría ayudar. Mi cerebro no funciona como antes, su bioquímica es distinta a la de la gente normal, para la que se hacen los antidepresivos.

-Pues lo siento mucho, ojalá pudiese hacer algo.

-Cielo, no tienes que hacer nada. Ya está todo planeado. Me vuelvo mañana a Inglaterra, y cuando me sienta preparada…

-¿Vas a suicidarte?- Exclamó Bruno.

-No, no hace falta. No creo que pudiese hacerlo. Esto estaba contemplado en el contrato que firmé, por eso pagué dos mil euros más del paquete estándar, él se encargará. Lo único que tiene que hacer la próxima vez que vaya a verlo es inyectarme una sustancia cuando me haga análisis para controlar mis constantes.

-No. -Repuso él, rotundo.

-¿No qué?

-No lo hagas, olvídalo. No puedes morirte ahora.

-Ya te lo he explicado, esto es una mierda. Fui a ver a mis sobrinos porque era una tarea pendiente, pero no sentí nada, ¿comprendes? No me alegré de verlos, en realidad no puedo alegrarme de verte a ti ahora aunque quiera.

-¿Y qué? Nunca fuiste una sentimental. Por favor, piénsalo. Tienes una segunda oportunidad, puedes hacer muchas cosas, y ser feliz de algún modo.

-Ni siquiera puedo trabajar.

-¡Claro que puedes! -Bruno lo apostó todo a una carta. -Llevas una chaqueta muy bonita, ¿a que la has hecho tú?

-Sí. -Eva frunció el ceño, más arrugado que antes.

-Yo te recuerdo calcetando en tus ratos libres, y a la gente le gustaba lo que hacías. Ahora todo eso está de moda, ¿no? Puedes tejer y vender ropa por internet, o en un puesto en la calle. Seguro que la gente comprará tus chaquetas, bufandas, y lo que sea, ¡vives en Inglaterra!

-Bruno, es muy bonito esto que estás haciendo… pero estoy condenada a estar sola, soy un monstruo. Lo que me mantiene en este mundo son los experimentos de un bioquímico que ha encontrado una fórmula para controlar mis cromosomas.

A él se le terminó de partir el corazón al fijarse bien en su boca y darse cuenta su interior no era rosado, sino de un tono violeta apagado. Además, también sus encías se habían retraído. A él siempre le hicieron gracia sus dientes pequeños, pero ahora se veían alargados.

Juntó todo el valor de que fue capaz y le cogió las manos, heladas como si ella aún estuviese en la caja.

-No estás sola. Me tienes a mí.

-Acabo de dejarte, idiota.

-Pero soy tu amigo, desde ya. Aunque estés lejos, me tienes aquí para ti, y podría ir a verte alguna vez. Nunca he salido de Valladolid, e Inglaterra debe de ser muy bonito.

-Eres un encanto, por eso me gustabas. Vale, tengo un amigo. No está mal para empezar…

-¿E internet? ¿no haces amigos por internet? Estoy seguro de que ya has conocido gente.

-Sí, estoy metida en algún foro y alguna red social…

-Pues sigue con ello, pásalo bien. Habla con gente a diario, yo también lo hago. Mira, si te metes a fondo con lo de tejer ropa, conocerás gente de muchos sitios, y no tienes que quedar en persona si no quieres.

Eva enmudeció, se sorprendió a si misma considerando la idea. Vivir hacia dentro. Vivir a su modo, haciendo productivas sus largas noches en vela. También se le daba bien hacer galletas. Podría trabajar desde casa y enviar sus pedidos por mensajería, así se sentiría más a salvo que vendiendo al público. Vivir sin ser vista, pero rodeada de gente. Podría funcionar. Ella no quería morirse… otra vez.

-Mira, sé que no lo vas a decidir ahora, pero por favor, piénsalo. No hagas nada antes de volver a hablar conmigo. No te rindas tan pronto, te lo ruego. Incluso aunque no volviese a verte, sólo deseo que seas feliz.

Eva juntó las manos y se las llevó a los labios, conmovida.

-Pero qué tonto eres. Ven, dame un abrazo. -Eva se levantó y se acercó a él, que ya estaba de pie, expectante. Lo abrazó, y él sintió que el alma se le hacía añicos. Sintió el frío, la delgadez, la falta de aliento; aquella era la Muerte. Su prometida era un saco de huesos que le susurraba palabras dulces.

Aspiró el aire sobre su piel… pero nada, su olor había desaparecido. Tampoco olía mal. Olía a algo entre el suelo mojado después de la lluvia y las tizas de la escuela: anodino, inocuo, inerte. De todos modos la abrazó con fuerza y ella trató de responder.

Cuando Bruno abrió los ojos, aún apretando el abrazo, ella ya no estaba. Notó algo en su bolsillo y sacó una papelito que ella había metido con su dirección e-mail. Lo apretó contra su pecho y se fue a casa. Lloró desconsoladamente durante una hora seguida. Luego su cuerpo quedó laxo, y su cabeza despejada. Una media sonrisa apareció en su cara y se quedó allí para siempre.

Ambos mantuvieron contacto a través del correo electrónico, normalmente era él quien escribía, y ella respondía a veces, siempre con amabilidad y gratitud.

Bruno buscó por su cuenta los avances logrados en la investigación con los telómeros y le telomerasa y descubrió que ya era posible alargar sensiblemente la vida de las células más allá de lo que estaban programadas en principio. Algunos investigadores sugerían que, si bien las consecuencias de estos experimentos eran impredecibles, podían solventar las muertes por cáncer prematuro y otras enfermedades congénitas en gente joven.

Pensó en si mismo y en Eva. Ella lo había rechazado y él no pensaba volver a declararse para no agobiarla, pero… en un futuro lejano cualquier cosa podría pasar. Ella podría volver a sentirse atraída por él, quizá. Y la posibilidad de vivir una época desconocida era tan atractiva que incluso si no volvían a encontrarse, merecería la pena intentarlo.

Tras un tiempo sin saber de ella, una noche Bruno vio una solicitud de amistad al entrar en Facebook. Era de Madeleine the Knitter, la cuenta de una artesana en confección de lana, con imágenes de gran calidad mostrando sus diseños. Bruno reconoció el estilo de Eva en los colores vivos y la composición de las fotografías, muy cuidadas. La aceptó y además se decidió a agregar como amigo a Beyond Health Chromosomic Solutions Whitechapel Ltd, compañía situada en Londres.

Bruno metió otros cinco euros en el bote donde ahorraba lo que ya no gastaba en bebida. Aunque el bote no tenía nombre, él sabía para qué iba a utilizar el dinero.

Vértigo I (relato fantástico)

Ya puedes leer la primera parte de “Vértigo”

Rebeca Medina escribe

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Bruno llegó a casa a las seis y cuatro minutos de la tarde, cerró de un portazo y dejó caer las llaves en la repisa de la entrada. Se sentó en su silla de la mesa de la cocina, respiró hondo, entrelazó las manos sobre la mesa y no tuvo más remedio que admitir la cruda realidad.

-Acabo de ver a Eva.

Lo pronunció claramente, en voz alta, pero no había nadie que le respondiera.

Era ella. Entró en la cafetería cuando Bruno ya se había despedido de su amigo y se levantaba para irse. La vio claramente, de forma nítida, y sabía que no era una alucinación; hablaba y se movía con normalidad, le pidió al camarero de la barra un café solo y una tostada y se sentó en un taburete.

Era ella. Llevaba su pelo castaño teñido de negro, un abrigo viejo que él no había visto…

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Vértigo I (relato fantástico)

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Bruno llegó a casa a las seis y cuatro minutos de la tarde, cerró de un portazo y dejó caer las llaves en la repisa de la entrada. Se sentó en su silla de la mesa de la cocina, respiró hondo, entrelazó las manos sobre la mesa y no tuvo más remedio que admitir la cruda realidad.

-Acabo de ver a Eva.

Lo pronunció claramente, en voz alta, pero no había nadie que le respondiera.

Era ella. Entró en la cafetería cuando Bruno ya se había despedido de su amigo y se levantaba para irse. La vio claramente, de forma nítida, y sabía que no era una alucinación; hablaba y se movía con normalidad, le pidió al camarero de la barra un café solo y una tostada y se sentó en un taburete.

Era ella. Llevaba su pelo castaño teñido de negro, un abrigo viejo que él no había visto antes; su aspecto no era el que él recordaba, así que esa imagen no provenía de ningún rincón de su memoria. Ella parecía enferma, más delgada, pero la reconoció porque tenía su misma manera de moverse, por sus orejas pequeñas y redondas. El hoyuelo en su mejilla cuando sonreía, la forma de abrir una revista y doblarla hacia atrás para leerla.

Era ella. Y lo miró a los ojos.

-Me miró a los ojos.

No era la primera vez que sucedía, hacía una semana ya la había visto por el vecindario; también con el pelo negro, también pálida.

Pero su novia llevaba muerta seis meses.

Se levantó, preparó una tila y comenzó a barajar las opciones:

“Es un fantasma”. La más plausible, sin lugar a dudas. Pero a) los fantasmas no existen, b) su aspecto no coincidía con el que tenía cuando murió, y c) no tenía sentido.

“Es una chica idéntica, que por casualidad frecuenta los mismos sitios que yo.” Lo descartó de inmediato; las coincidencias existen pero en este caso eran demasiadas, y además había algo en la mirada de la chica que lo dejó helado: ella lo conocía.

Otra opción era que su novia no hubiese muerto en verdad, que hubiese desaparecido y amañado su muerte para huir de problemas o acreedores; pero él mismo reconoció su cadáver en el depósito después de que la encontrase un vagabundo. Fue degollada en un callejón, por oponer resistencia cuando le robaron las alianzas de boda que acababa de comprar; el agresor la siguió al salir de la joyería. Su prometido estaba a sólo unas manzanas, esperándola para ir a probar el menú el banquete.

Ella murió desangrada. El cadáver era el suyo, su cara, su cuello; las pertenencias eran suyas, su documentación, su ropa. Su olor, reconoció su olor por encima del hedor de la sangre y la muerte.

Bruno había visto a su novia y necesita saber qué había ocurrido, pero no tenía forma de localizarla o asegurar un nuevo encuentro.

Tras una hora pensando miró su tazón, y la tila seguía intacta. Se sirvió una copa de whisky, encendió la televisión y empezó a beber. Ya era un hábito; lo único que hacía desde que ella murió era beber, trabajar cada vez menos y peor, y ver la televisión.

A la mañana siguiente se despertó pasada la hora de ir a trabajar en el mismo sillón, con la misma ropa y una resaca del demonio. Creyó que se había despertado solo, pero entonces el teléfono volvió a sonar. Lo descolgó torpemente y volvió a sentarse.

-Hola, soy yo. -Era ella. Bruno, paralizado, no respondió. -Espero no haberte despertado. Te he llamado al móvil pero está apagado. Bueno, tenemos que vernos. Ayer no fui capaz de darte explicaciones.

Su voz sonaba áspera, átona, carente de interés. Definitivamente no sonaba enamorada. Bruno seguía sin responder.

-En fin, sé que me estás escuchando y sé que eres tú, me han dicho que sigues viviendo ahí. Voy a ir al cajero y luego hacia el paseo del río, a la altura del Puente Colgante. Te espero allí, no tengo prisa. Hasta luego, Magú.

Al oír su apodo, que sólo usaba ella, una punzada le atravesó el estómago. Siguió sujetando el teléfono en la mano derecha aún después de que ella colgase. Finalmente colgó él también, y fue a darse una ducha.

Su amada había vuelto de entre los muertos; acababa de constatar el hecho, de modo que no se había vuelto loco. Sin embargo, tal vez ésta fuese una alucinación prolongada en el tiempo, vívida, tangible. Mientras se secaba el cuerpo con la toalla que ella solía usar, decidió disfrutar de esa nueva oportunidad a su lado, aún en el caso de que fuese dentro de su imaginación.

Llegó sólo veinte minutos después, sin haber desayunado; antes de que llegase hasta donde ella estaba, Eva echó a andar hacia un merendero cercano, semi oculto por unos sauces, y se sentó. Bruno se sentó frente a ella, sin atreverse a abrazarla o besarla.

Eva parecía tan fría e inclemente como aquel mes de noviembre.

-Hola. -Bruno la saludó con entusiasmo contenido.

-Hola. -Eva trató de ser amable- Me alegro de verte.

-Y yo a ti… ¿cómo…?

Eva no esperó a que formulase la pregunta. -Vale, esto que te voy a contar es muy fuerte, pero no hay forma de edulcorarlo: he resucitado. Sí, esa es la palabra, he vuelto a la vida. Bueno, no lo he hecho yo sola, lo ha conseguido un especialista en terapia génica. Todo estaba planeado; sé que debí habértelo contado, pero no sabía cómo.

Eva hizo una pausa esperando una reacción de Bruno, pero no la obtuvo. Continuó: -El caso es que hace un año un compañero de facultad me habló de este especialista, que estaba experimentando técnicas de reparación celular en enfermos de cáncer y necesitaba sujetos sanos, como control. Nos iba a pagar una cantidad simbólica pero me venía bien. De modo que me presenté allí y tras algunas pruebas, me ofreció participar en un proyecto… más allá de mi muerte. Me pareció una locura, pero él dijo que yo era un buen sujeto experimental porque veía mis ganas de vivir.

-No… no entiendo… -Bruno estaba convencido de que despertaría de un mal sueño de un momento a otro.

-Ya, bueno, nunca fuiste muy rápido. Voy al grano: él es el primer especialista del mundo en “Restauración de las Constantes Vitales y Reposición de Variables Celulares en Cuerpos Intactos”. Esto implica que la vuelta a la vida se tenía que producir antes de que mi cuerpo se deteriorase demasiado. Pero él no podía actuar en mi cuerpo antes de la muerte, porque sus experimentos requerían que mis órganos se detuviesen.

-Pero te enterramos. Yo estuve allí.

-Esa no era yo.

-¡Joder, yo velé tu cuerpo! ¡Estabas ahí, estabas fría! ¡Te maquillaron como a una puta, todo el mundo lo dijo! -Bruno temblaba con la excitación y la confusión.

Ella miró a la mesa durante largo tiempo, y empezó a hablar como si llevase su discurso preparado.

-Viste lo que viste: yo estaba muerta. Pero como te he dicho, todo estaba preparado. No te sientas estúpido, no lo sabe nadie más. Este especialista está infiltrado en funerarias y hospitales, así que recibió una alerta cuando registraron la entrada de mi cadáver en el depósito. En el momento adecuado recogió mi cuerpo y lo sustituyó por otro de una chica sin identificar, para que hubiese algo parecido en la caja en caso de que alguien quisiera abrirla. Hizo un buen trabajo maquillándola, se parece a mí, la vi en una foto después de… volver. Por eso me maquillaron tanto y tan mal a mí, para facilitar la imitación. Me llevó a su clínica, a él no le gusta llamarla laboratorio, y allí me conservó una semana. Estuvo manteniendo mis tejidos en buen estado, induciendo procesos enzimáticos para restablecer el funcionamiento de mis órganos, y en el momento adecuado me trajo de vuelta.

-¿Cómo? ¿Usando la energía de un rayo? -bromeó él, tratando de ser escéptico frente a la evidencia.

-Yo estaba sumergida en un metal fundido en frío, un superconductor eléctrico patentado por él, y al poner en contacto la chispa de un generador de alto voltaje, ocurrió.

El caso es que hice todo esto por un motivo: yo quería otra oportunidad. Aún no había acabado mi carrera, me estaba preparando para unas pruebas en un equipo profesional de voleibol, que como sabes era mi pasión, mi hermana estaba embarazada de gemelos… eran demasiadas cosas las que estaban ocurriendo, y no quería ni pensar en perdérmelas.

-Además, te ibas a casar. -Musitó él con la mirada perdida.

-Sí, bueno, ya hablaremos de eso. -Eva volvió a centrarse en su relato, molesta. -Total, me decidí por eso aunque luego requirió una gran inversión, porque era muy joven y merecía la pena intentarlo.

Bruno se sintió herido por su frialdad y en ese momento se dio cuenta de qué era lo que tanto le inquietaba se su nuevo aspecto. Además de estar pálida, demacrada, y de aquella espantosa cicatriz en el cuello que trataba de disimular con un pañuelo… eran sus ojos. Sus ya de por sí intensos ojos verdes brillaban más que nunca, y no tenían un tono extraño alrededor del iris, ni siquiera inyectado en sangre, o amarillento: era gris. Un gris acuoso que hacía parecer a Eva una bruja, un monstruo, una banshee

 

Cuento de otoño (III)

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Primera parte

Segunda parte

Alba se sentó en su cama a pensar sobre lo que estaba sucediendo. Había conocido a una chica (bueno, ya podía decir que eran amigas) con una vida muy parecida a la suya, que se había hecho la misma lesión en la muñeca, y que le había enseñado los huesos de alguien tirados en el bosque.

¿Y si todo era una coincidencia? Solamente se trataba de otra chica nueva en el pueblo, cuyos padres se habían separado hace poco, que también oía ruidos en su casa. Y se había hecho la misma lesión que ella unas semanas atrás. También robaba tabaco a su madre, que tenía la misma ocupación que la suya. Vestían parecido, les gustaba la misma música. Tenía el pelo del mismo color, castaño claro tirando a pelirrojo.

Ninguna de ellas iba a clase. Tenían previsto matricularse en el mismo instituto, pero a ambas les produjo rechazo la clase que les había tocado.

1º BUP C.

Todo aquello tenía explicación.

Pero había algo más. Aquella misma tarde Blanca le había hecho daño.

“No sé cómo llegué hasta ahí”.

Alba no recordaba haber llegado hasta el tocón aquel día. Estaban recogiendo castañas, las últimas que quedaban, podridas en su mayor parte, cuando oyó un silbido y sintió un dolor fuerte en la sien. Cayó al suelo y al despertarse se encontró junto al tocón, lejos de donde estaban antes. Pensó que la tierra y las hojas formarían un colchón mullido, pero todo estaba encharcado, así que se incorporó rápidamente para no empaparse.

Miró dentro, atraída irremediablemente por los huesos de aquella desconocida, y lo que vio la aterró por completo.

Allí estaba su ovillo de lana roja, enrollado de modo que ella no podría volver sola. Junto a él, el monedero verde que siempre llevaba consigo. Se lo había hecho su abuela cuando era pequeña, y lo guardaba en el bolsillo de su pantalón. Nunca se lo había comentado a Blanca.

-Lo siento, ya sé que es desagradable, pero somos mayorcitas. No podemos depender de lo que nos hace sentir seguras. Ya es hora de que te deshagas de esas cosas, ¿no crees?

-El monedero es mío, no te lo voy a dar.

-Por eso te lo he tenido que quitártelo yo. Hazme caso, es por tu bien, a mí también me lo tuvieron que quitar.

Blanca encendió un mechero y prendió un papel con algo escrito. Alba no pudo leerlo, estaba tratando de impedir que Blanca lo arrojase, pero ella la pateó en el suelo mientras lo tiraba y todo empezaba a arder.

-Tengo curiosidad por saber si los huesos arden. O hasta qué punto. -musitó en un tono monocorde mientras observaba ensimismada.

Alba se quedó en el suelo, paralizada por la bota de Blanca y por el miedo. Al cabo de un rato, Blanca apagó el fuego ahogándolo con un trapo, y se fue. Alba la siguió en silencio. No miró si el esqueleto se había consumido.

Ahora, sentada en su cuarto mirando la marca que había dejado su navaja en la pared, pensaba qué podía hacer, y por qué lo tenía que hacer.

“Puede matarme.” “No”, respondió su lado más racional, “hay una distancia muy grande entre golpear a alguien y robarle un objeto personal para quemarlo… y matarla. ”

“Sabe demasiado sobre mí y eso me da miedo.”

Esa era razón suficiente.

Puso la navaja bajo la almohada y se quedó dormida casi al instante.

Al día siguiente repasó cuidadosamente su plan, que incluía asegurarse de que nadie supiese que estaban juntas. Curiosamente nunca se habían encontrado a ningún vecino durante sus paseos por el bosque; la zona de merenderos, donde acudían las familias, se encontraba en el linde opuesto. En cuanto a la familia de Blanca, es decir, su madre, nunca se la había presentado, así que no podía sospechar de Alba, pues no conocía su aspecto.

Hasta ahí, todo controlado.

No quería matarla. Deseaba que hubiese otro modo de terminar con aquello, pero… Definitivamente Blanca estaba mal de la cabeza, y podía volver a herirla en cualquier momento. Además sabía mucho de ella, y lo que no sabía, lo adivinaba.

Y luego estaba aquel cadáver abandonado. Blanca sabía dónde encontrarlo, le había puesto nombre, hablaba de él con familiaridad. Casi como si ella misma hubiese acabado con la vida de aquella chica. Durante un instante se escandalizó por imaginar a Blanca matando a alguien, pero luego cayó en la cuenta de que ella misma estaba planeando un asesinato.

Aún había otra cosa. La casa se comportaba de un modo diferente desde que eran amigas. Cuando se veían a diario, los ruidos y temblores eran incesantes. Sin embargo, los fines de semana (cuando no se veían porque sus madres estaban con ellas en casa, y no querían revelar el secreto de su amistad) la casa permanecía tranquila. Le extrañaba, porque a fin de cuentas los ruidos habían empezado antes de conocer a Blanca, pero supuso que no podía esperar mucha lógica de un lugar encantado.

Porque esa era su conclusión: aquel lugar estaba encantado.

Su imagen de las brujas era más oscura y más seria que la de otras chicas, que no creían esas historias. Alba sí las creía, le encantaban los libros que hablaban de hechiceras que habían existido de verdad. Su madre decía que conocía a una, que tenía una cabaña minúscula y maloliente en el bosque cerca de su aldea, y que en torno a esta no crecían las malas hierbas, ni se acercaban los animales.

Las brujas no eran ancianas horribles con una verruga en la nariz, sino mujeres hermosas en cuyo rostro no había el menor atisbo de vejez; era imposible saber su edad. Las de verdad no eran como la de la película “Merlín el encantador”, sino como la del cuento de Hansel y Gretel. Atractivas, seductoras, extremadamente crueles. Las brujas podían aparecerse como una amiga, alguien con quien tomas confianza y luego te destruye. Las brujas existían de verdad y podían hacer mucho daño, como mínimo podían volver loco a uno.

“Eso lo sabe todo el mundo”.

De modo que tenía que impedirlo. Si Blanca era una bruja, debía defenderse de ella, y si no lo era, al menos debía de romper el hechizo eliminándola.

Preparó una pócima a base de ruda que había encontrado en unas hojas sueltas escondidas en un libro, e impregnó la hoja de la navaja en ella.

Aquel día apenas habló con su madre cuando esta vino a comer. Tampoco tenían mucho tema de conversación últimamente, a Alba se le estaban acabando las historias inventadas para fingir que acudía al instituto, y a su madre no le iba bien en el trabajo.

Cuando Blanca llegó aquella tarde la notó muy nerviosa. Ella trató de disimular diciendo que su madre había descubierto que no iba a clase desde el inicio del curso, pero esto puso a Blanca alerta.

-¿Le has contado algo más? -La mirada de Blanca revelaba su sospecha de que Alba hubiese contado algo sobre su amistad.

-No, no… no te preocupes, nuestro secreto está a salvo. Pero no paraba de hacer preguntas sobre el curso, mis compañeros… No he podido aguantar más.

-Bueno, pues procura inventar algo sólido para cuando te pregunte a qué dedicas las tardes… y las mañanas, claro. Por cierto, ¿Qué has hecho esta mañana, Alba?

-Nada, ¿por qué?

-Simple curiosidad. -De nuevo se dibujó en su cara aquella sonrisa artificial, como la de un autómata.

Alba sintió un escalofrío que le sacudió toda la espalda hasta la rabadilla e hizo un esfuerzo por seguir caminando a la par de su amiga.

Al llegar al tocón, Blanca se sentó en el borde y miró a Alba cara a cara.

-Mira dentro del tronco. ¿Qué ves?

Alba miró y vio que los huesos ya no estaban. No quedaba nada de la hoguera del otro día.

-Que todo se ha consumido.

El cielo se nubló por completo como cada tarde, ya no volvería a salir el sol hasta el día siguiente. Cada día sucedía más temprano.

-Efectivamente, todo se ha consumido. ¿Sabes qué significa eso?

-No. -Pero sí lo sabía.

Alba pensó muy rápido. Aquel día llevaba una mochila colgada de un sólo hombro, y la descolgó hacia delante, golpeando con fuerza la cara de Blanca. No llegó a tirarla al suelo, pero sí la aturdió lo suficiente como para poder empujarla dentro del tocón y acorralarla, lo que aprovechó para abrir la navaja y ponerla pegada a su cuello, mientras con la otra mano sujetaba a la chica.

-Adelante, ya me tienes donde querías. -susurró Blanca sin inmutarse.

-¿Cómo? -exclamó Alba, sin apartar la navaja.

-Así es como tiene que ser, así es siempre. Yo lo hice antes que tú, por el mismo motivo. Tenía miedo de la chica que me trajo aquí. No sé si es este lugar, no sé si es coincidencia. No sé si ella era bruja, yo no lo soy. Pero sé que lo harás aunque yo te suplique, porque yo lo hice aunque ella suplicó.

-Pues hazlo, suplica. -La confusión de Alba aumentaba su ira.

-No me mates, por favor. -musitó Blanca entre lágrimas, agarrando la mano de Alba con fuerza para intentar apartarla, pero sin poder moverse debido a la postura en la que había quedado.

Alba no dijo otra palabra. Cortó la carótida de un tajo. Había aprendido que debía hacerlo así, porque la vena yugular llevaba sangre con menos presión; no sabía por qué tradicionalmente se atacaba la yugular. La sangre manó con fuerza y la salpicó, y entonces percibió algo que la llenó de repulsión: calor, el calor de la sangre de Blanca en sus manos mientras su vida se apagaba.

-Un momento, ¿qué ponía en el papel?

Pero Blanca no respondió.

Alba se cambió de ropa, poniéndose la limpia que llevaba en la mochila. Tapó el cuerpo de Blanca con un montón de hojas y ramas y la abandonó allí. Volvió a casa (por fin se había aprendido la ruta) y guardó la ropa sucia para deshacerse de ella en otro momento.

Pasaron los meses. Los ruidos habían cesado, y Alba se calmó. Pensaba con frecuencia en lo que había hecho, pero con menos remordimientos de lo que esperaba en un principio. El curso avanzó, y en enero se acercó de nuevo al instituto para intentar incorporarse, sin muchas ganas. Sin embargo, cuando se acercaba a la puerta, vio una chica con el pelo castaño claro, tirando a pelirrojo. Aguardó escondida detrás de una columna, hasta que vio que la chica cambiaba de idea y se alejaba.

Tenía una nueva amiga.

Frankenstein, ilustrado por Lynd Ward

Unas ilustraciones originales e intrigantes para mi libro de terror favorito.

Poecraft Hyde

Lynd Ward (1905-1985) fue un ilustrador nacido en Chicago que se caracterizó no solo por sus ilustraciones, si no también por sus “novelas sin palabras”, contadas únicamente a través de las imágenes, las cuales eran realizadas a partir de grabados sobre madera.

Además de Frankenstein, ilustró obras como Fausto y Beowulf.

Aquí una muestra de su trabajo en Frankenstein.

…….

The newly created monster tries to get in bed with Victor Frankenstein The newly created monster tries to get in bed with Victor Frankenstein.

Victor Frankenstein and his friend Henry Clerval walk in the country outside Ingolstadt Victor Frankenstein and his friend Henry Clerval walk in the country outside Ingolstadt.

The monster and Victor Frankenstein confront each other in the Swiss Alps, on a field of ice The monster and Victor Frankenstein confront each other in the Swiss Alps, on a field of ice

Villagers stone the monster. Villagers stone the monster.

The monster gazes into a pool. The monster gazes into a pool.

The monster strangles little William. The monster strangles little William.

Victor Frankenstein reconsiders making a female monster. Victor Frankenstein reconsiders making a female monster.

Irish villagers carry the lifeless body of Henry Clerval. Irish villagers carry the lifeless body of Henry Clerval.

Elizabeth's lifeless body sprawled on the bed. Elizabeth’s lifeless body sprawled on the bed.

Victor Frankenstein robbing a grave Victor Frankenstein robbing a grave.

The monster in open country at night. The monster in open country…

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Cuento de otoño (II)

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Aquí puedes leer la primera parte

-Hola, me llamo Alba.

-Yo me llamo Blanca. -respondió la otra chica sin mucho entusiasmo.

-Acabo de mudarme. -comenzó Alba para entablar conversación.

-Yo llevo aquí un tiempo, pero no me gusta. La gente es muy entrometida. -le lanzó una mirada gélida; Alba se dio por aludida y se levantó para irse.

Antes de dar la vuelta hacia su casa se fijó en que la chica tenía la mano izquierda escayolada, y sin acercarse le preguntó:

-¿Cómo te lo hiciste? ¿Te duele?

-No mucho, lo que me fastidia es no poder usarla en dos semanas. Me lo hice cuando tropecé y me caí, buscando setas en el bosque. Gracias.

-De nada. -A Alba no se le ocurría nada más que decir y ya se sentía avergonzada. Se dirigió a casa, y cuando llevaba andados unos metros, Blanca le habló desde atrás, muy cerca.

-¿Tienes un pitillo?

-Sí, creo que sí. A veces le cojo algunos a mi madre, uno o dos de cada vez para que no se dé cuenta.

-Seguro que se da cuenta. -Lo encendió y le devolvió el mechero. -Gracias.

-De nada. -Alba empezaba a impacientarse, quería saber si iban a ser amigas o no.

-¿Te gustaría venir al bosque alguna vez? Es que aquí no hay mucho que hacer.

-¿No es muy aburrido? No sé, para eso me quedo en casa. Podríamos ir a otro sitio, pero sin coche…

-Bah, mi madre a veces va al pueblo en coche y me dice que vaya con ella, pero solo hace la compra y habla con señoras, no me deja hacer lo que quiero. En el bosque podemos hablar y fumar sin que nadie nos moleste, y coger setas, castañas… merendaremos gratis. -Blanca sonrió por primera vez. Era una sonrisa que quería ser afable pero no lo lograba.

-Bueno, la verdad es que si paso más tiempo en casa me voy a hacer amiga de las arañas. -Alba disimulaba su emoción.

-Guay, pues voy a buscarte mañana cuando tu madre se vaya después de comer.

-Vale.

Blanca se fue a zancadas por un sendero y Alba se preguntó cómo podía saber ella nada de su vida.

Al día siguiente, Alba estaba entusiasmada por tener una nueva amiga, aunque como cada mañana tenía que disimular: se levantaba temprano y se vestía para que, cuando su madre se fuese, creyese que ella iba a coger el autobús del instituto.

No rechazaba la idea misma de recibir una educación, sino que cuando fue a matricularse un mes atrás no le gustó lo que vio, y decidió no ir. Parecía buenos compañeros, pero aburridos, como siempre. Y ella no podría pasar otro año aburrida, rodeada de aburridos y aprobando por los pelos diez asignaturas aburridas.

Cuando llamaban por teléfono a casa mamá no estaba, y Alba no lo cogía por si eran del instituto.

La mañana pasó muy lenta, por la espera y porque los ruidos aumentaron de frecuencia y volumen; eran constantes y no le dejaban ni pensar. Se decidió a escribirle a una amiga que vivía en su ciudad natal y a la que echaba de menos, pero los sonidos de la casa la interrumpían constantemente. A los crujidos, gorjeos y traqueteos habituales se unía una crepitación que venía de las paredes, pero no como si se desconchasen, sino como si la casa entera temblase con ritmo sincopado.

crrreeeec crec crrreeec crec creeec

Alba chilló e insultó a la casa varias veces, pero no sirvió de nada. Finalmente cogió una navaja que escondía en bajo una tabla suelta del suelo, y la clavó en la pared, en una parte reblandecida con una mancha de humedad, por si en una más dura podía rebotar. Se produjo una leve sacudida y los ruidos cesaron. Terminó la carta y guardó la navaja.

El almuerzo transcurrió sin novedades, pero mamá sabía que Alba estaba nerviosa. Le preguntó si le había pasado algo en clase, y ella respondió que le gustaba un chico. Mamá sonrió y le dio un beso en la frente.

Cuando se quedó sola, por un momento se preguntó si sería buena idea ir con aquella chica a un sitio que no conocía y donde se podía perder. Buscó mapas de la zona por la casa pero solo encontró uno de carreteras bastante viejo, donde el área ocupada por la aldea y el bosque ocupaban a escala lo que una uña. Se sentó en el sofá raído frente a la tele y halló una posible solución en el costurero de la mesita: cogió un ovillo rojo para ir soltando hebra según se alejase de la zona conocida, y si se terminaba, se inventaría alguna excusa para volver.

Luego se acercó a la puerta principal y se quedó dentro, esperando a Blanca. No iba a hacer nada si ella no llamaba. No se sentía segura. Pero se aburría tanto…

Diez minutos después de la hora a la que mamá se iba habitualmente, llamaron a la puerta. Antes de que Alba se atreviese a mirar por la ventana de la cocina, Blanca la llamó con una voz firme.

-¿Estás lista?

-Sí. -abrió y allí estaba ella, de buen humor.

-Cógete algo de abrigo, que ahora se hace de noche más temprano. Y unas buenas botas, que ha llovido un montón. ¿Llevas una bolsa de plástico? Mejor de tela, para que no se acumule el agua.

-Vale. -refunfuñó Alba; cogió lo que le había dicho, y volvió a salir.

El paseo fue mucho más alegre y sorprendente de lo que Alba se había imaginado. El bosque estaba precioso: los robles, castaños y olmos había desprendido millares de hojas de todos los colores y había muchos regueros de agua corriendo por todas partes. Se sintió como una niña saltando los charcos y hundiendo los pies en la hojarasca. Ni siquiera los insectos, ciempiés y arañas la asustaron.

Las niñas hablaban de sus cosas, sin entrar en muchos detalles. Blanca le enseñó dos clases de setas que ella solía coger, pero le dijo que hasta que aprendiese se limitase a recoger castañas. Alba pensó en esconderlo todo para que su madre no lo viese, sin embargo se dio cuenta de que no tenía nada que ocultar, a fin de cuentas podía salir un rato por las tardes si no tenía exámenes.

“Pero no quiero que sepa que tengo una amiga. Todavía no.”

Cuando el ovillo se terminó, Alba pensó en decirle a Blanca que se iba, pero se lo estaba pasando bien recogiendo castañas y tratando de distinguir unas hojas de otras. Miró alrededor y no identificó ninguna referencia externa al bosque, así que no quiso seguir adentrándose. Todo parecía igual, o al menos los patrones se repetían: árbol-árbol-piedra-arbusto-piedra-árbol-árbol-piedra…

Blanca se dio cuenta de lo que ocurría.

-No pasa nada, no vamos a ir más lejos. Vamos a empezar el camino de vuelta; mira, ya giramos aquí.

Caminaron en torno a un tocón hueco enorme, rodeado de setas semicirculares; entonces Alba vio lo que había dentro, y pensó que no podía ser una casualidad que Blanca conociese ese camino.

Dentro había un esqueleto humano, grande pero no de adulto, pues su fémur era más corto (Alba había visto uno en la consulta de enfermería de su padre). Sus huesos estaban amontonados, pero tuvo que haberse metido muy doblado, o alguien lo metió así. Estaban creciendo hongos entre los huesos.

Alba miró a Blanca, sobrecogida, y ella le contó a modo de explicación:

-Lo encontré hace unos meses, lo llamo Luz. No sé por qué, me vino ese nombre a la cabeza. Me imagino que es otra chica de por aquí, o que se mudó, como nosotras. No se lo voy a contar a nadie, no quiero hablar con la Policía y que me pregunten qué hago aquí sola de paseo.

Alba asintió, sin saber qué responder. Ella tampoco quería hablar con la Policía.

-Será nuestro secreto. -le ofreció la mano, fría y húmeda de recoger setas. – ¿Amigas?

-Amigas.

Volvieron varias veces aquella semana, haciendo siempre el mismo recorrido. Se lo pasaban muy bien hablando de sus gustos, de los chicos, de sus vidas anteriores.

Finalmente, una tarde Alba se atrevió a preguntar:

-Oye, ¿tú me espías? ¿Cómo sabes los horarios de mi madre?

-No, claro que no. ¿Estás loca? Lo que pasa es que mi madre tiene trabajo por la mañana y por la tarde, y me imaginé que la tuya también.

-Ah, vale. Perdona.

Aquella tarde volvieron antes, hacía mal tiempo y tenían mucho frío. Al volver, como siempre delante de Blanca, Alba iba recogiendo el ovillo disimuladamente. Pero al llegar a una zona frondosa lo perdió de vista, giró para buscarlo, y tiró. Tropezó y cayó en su propia trampa.

Al levantarse con la ayuda de Blanca, se dio cuenta de que la había descubierto.

-Pensarás que soy tonta. -Alba se había puesto colorada.

-Sí, pero ya lo sabía, te vi el primer día. Yo también hice eso las primeras veces. Venga, arriba.

La ayudó a recoger las castañas y el ovillo y se fueron a casa.

A Alba le dolía mucho la mano izquierda, y al día siguiente fue al ambulatorio. Se había hecho un esguince, y se la vendaron. Tenía para dos semanas.

Sintió mucho miedo.