Lily tiene un secreto en el desván EL DESENLACE (Capítulo 12 – segunda parte)

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Leire enseñó su placa en recepción, se presentó y pidió que desalojasen en silencio el hall y la primera planta; tenía que impedir poner en peligro a la gente que estuviese deambulando en ese momento. Subió por las escaleras con cautela, los escalones cubiertos de moqueta amortiguaban sus pisadas. La alarmó el silencio total de los pasillos. Recordó que esa mañana tampoco había oído ni visto a nadie entrando o saliendo, ni siquiera las limpiadoras. Al llegar al primer piso, Leire se quitó la parka y la dejó sobre un sillón, en un espacio para reuniones junto a la galería. Siguió subiendo, despacio y alerta. Se remangó la camisa, sacó el arma y la cargó. Sigilosa como un gato, se acercó a la habitación con el cuerpo pegado a la pared donde estaban las puertas; desde allí tenía una perspectiva privilegiada del pasillo, breve y luminoso. Se detuvo un instante para aguzar el oído, y comprobó de nuevo que estaba todo en silencio, inerte. ‘Este es capaz de haber reservado todas las habitaciones de esta planta para acorralarla’, pensó.

Se situó frente a la puerta de la habitación de Lily. En ese momento oyó un grito desgarrador, pero tuvo la sangre fría de aguardar hasta sentirse preparada. Sintió la presencia de alguien al otro lado. Respiró hondo, se giró y disparó a la cerradura. El impacto del proyectil salido de la Glock produjo un ruido ensordecedor, y dejó a Leire un poco desorientada. Dio una patada a la puerta y entró, apuntando al frente.

Su corazón se encogió al instante. La cama y el suelo estaban regadas de sangre. Liliana estaba tendida sobre la cama, con las venas abiertas a lo largo, sangrando a borbotones, y su piel era ahora del mismo tono de blanco de los azulejos bajo la ventana. La habían golpeado y tenía unas correas de cuero ceñidas sobre los codos, para aumentar la presión. Parecía dormida. Sus venas y arterias expulsaban el líquido escarlata al ritmo de sus pulsaciones, ya débiles.

Leire no se movió, y le habló a Alejo, porque sabía que estaba tras ella, acechando.

Fue así como murió Poppie, ¿verdad?

Sí, eres muy lista —contestó Alejo, blandiendo un machete—. Las dos sois muy listas. Por eso habéis llegado hasta aquí. Pero también sois un poco lentas.

Leire se dio la vuelta y disparó contra él; la bala impactó en su hombro, y él se encogió, pero aún así logró propinarle un buen corte en la cara. Leire le quitó el machete, y corrió a auxiliar a Lily, que agonizaba; le comprobó el pulso y notó que tenía una fuerte taquicardia. Le cortó las correas que la tenían inmovilizada. Bajo la cama, Amparo aguardaba el momento de salir. La inspectora no sabía cómo parar la hemorragia, los cortes eran irregulares y algunos estaban desgarrados. Acertó a rasgar las sábanas usando sus dientes y envolver sus brazos con firmeza. Liliana se despertó y gritó,retorciéndose de dolor. Consiguió sujetar el brazo izquierdo con la mano derecha, pero el brazo derecho estaba inutilizado por los cortes; le habían dañado los tendones.

Déjalo, ya da igual… — musitó Lily, agotada.

Calla, tienes que reservar fuerzas.

Amparo subió a la cama sin hacer ruido, cogió el machete, y asestó a Leire un golpe brutal en la cabeza con el mango.

Tienes que aprender a dejar estar las cosas, inspectorcita de mierda —gruñó Alejo, quitándole la pistola —. A veces se pierde, y conmigo perdéis siempre.

Lo siento… —murmuró Liliana, exánime— No creí que pudiese llegar a esto.

Porque eres muy ingenua, querida —dijo Amparo, atando las manos a Leire, y dejándola tumbada al lado de Liliana.

Vamos a terminar con esto ya —dijo Alejo—. Pásame el machete.

No puedes usar el brazo izquierdo, idiota. Lo haré yo.

Puedo hacerlo mejor con una mano que tú con las dos. Dámelo.

Amparo titubeó, con el arma en la mano. Alejo se guardó la pistola en los pantalones.

Trae aquí, joder, que el otro poli va a venir en seguida —dijo Alejo, arrancándoselo de las manos.

El golpe había dejado a Leire dolorida y confusa, pero sabía lo que le esperaba, y era capaz de pensar en sus seres queridos. En su madre, en una cama de hospital; en su hermano; en su hermana, donde quiera que estuviese. En Salvador, que no iba a llegar a tiempo. Amparo la sujetaba por los hombros con fuerza. Liliana ya no se movía.

Me juré que me lo pagaríais, cada una lo suyo, y lo vais a hacer a la vez. Esta ya está finiquitada, y a ti te voy a rebanar la puta cabeza.

Alejo se situó frente a Leire. Ella vio las marcas que los arañazos de Tamara había dejado en sus musculosos brazos.

¿Qué te hizo Liliana? —preguntó Leire, a modo de última voluntad.

Robarme —dijo Alejo, mientras apartaba el pelo del cuello de Leire—. Robarme chicas, amigos, contactos… Y ahora me iba a robar mi carrera, largando lo que no debía.

En ese momento alguien golpeó la puerta con fuerza, y Alejo se sobresaltó.

¡Eh! —gritó Miguel, acercándose a zancadas— Se acabó, hijo de perra, te voy a matar.

Se abalanzó sobre Alejo, y empezó a pegarle salvajemente. El machete cayó al suelo con un golpe seco. Miguel no tenía más armas que sus nudillos, y golpeaba sin cesar la cara y los brazos de Alejo. No era tan fuerte como él, pero estaba lleno de ira y sabía que solo tenía una oportunidad de salvar a Liliana. Alejo se defendía con fiereza, y Miguel le metió los dedos en su herida de bala. Pronto los dos estaban cubiertos de sangre y sudor.

Leire aprovechó la confusión para zafarse de Amparo, encogiéndose y rodando hasta caer al suelo. Consiguió encontrar un lugar a salvo, de espaldas a la pared, y pateó a Amparo en la cara, dejándola fuera de combate. Volvió a acercarse a Liliana, pero con las manos atadas le era imposible ayudarla. Había sangre suya por todas partes, y el olor a hierro empezaba a marearla. Se sentía impotente y llena de angustia frente a Lily, sin poder hacer nada. Miguel se volvió hacia la cama y trató de ayudarlas, pero Alejo sacó el arma y apuntó a Miguel en la cabeza.

Buen intento, capullo —masculló, con la cara ensangrentada—. Ahora vais a ser tres en vez de dos.

Suelta la pistola o pinto la pared contigo —dijo Salvador.

El detective acababa de entrar junto con los refuerzos.

¿No vas a leerme mis derechos? —contestó Alejo.

Me lo estoy pensando —respondió Salvador, fuera de sí.

Amparo levantó las manos en señal de rendición. Alejo siguió apuntando a Miguel, obcecado.

Por favor, déjame despedirme, se está muriendo —balbuceó Miguel, mientras sollozaba.

No, ya no. Sabéis demasiado.

Alejandro, hay al menos cinco agentes de la Policía aquí y están llegando más —dijo Leire, jadeando, pero con voz firme—. Ya tienes un cadáver, y puede que dos, sobre los hombros. No lo empeores.

Alejo musitó algo para sí mismo y apretó el gatillo. Erró el tiro y dio en la pared, y casi de inmediato Salvador le disparó en la cabeza; la bala atravesó a Alejo e hizo añicos el cristal de la ventana. Se hizo el silencio, y Leire contuvo una fuerte arcada, producto del asco y la ansiedad.

Tres miembros del SUMMA entraron y trataron de asistir a Liliana. La cama donde yacía era una escena dantesca, la colcha color marfil con ribetes en negro era ahora de color rojo brillante, y Liliana parecía pequeña y rota en medio de ella, hecha un ovillo. Había sangre suya en la ropa de Leire, pero ésta no se daba cuenta, debido al shock.

Tú… —musitó Leire, confusa, mirando a Miguel, mientras Salvador la desataba—. Tú eres el cantante.

Miguel asintió, mientras acariciaba el pelo de Liliana, inconsciente.

Sí, soy yo —contestó él, y se volvió hacia ella, con los ojos llorosos—. No nos han presentado, pero me acuerdo de ti. Gracias por intentarlo.

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