Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 9)

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Capítulo 8

Capítulo 7

Capítulo 6

Capítulo 5

Capítulo 4

Capítulo 3

Capítulo 2

Capítulo 1

La noche se cerraba rápidamente sobre el matadero municipal a las afueras de La Guardia, en la provincia de Toledo. El aire se enfriaba con la brisa de las montañas, pero seguía impregnado del olor habitual en ese lugar. El matadero era un edificio de una sola planta, sobrio, algo deteriorado porque hacía muchos años que no lo pintaban, y la escasa luz que había a esas horas lo hacía parecer aún más viejo y abandonado.

El brigada Salas de la Guardia Civil observaba a los perros de la brigada canina de la Policía, que llevaban un rato peinando la zona sin éxito. Era la segunda vez que estaba en ese lugar, y seguía teniendo la misma sensación de que aquel escenario había sido manipulado, limpiado y preparado. A pesar de que no había pruebas, también seguía sospechando que el vigilante del matadero, presente en ese momento, tenía que saber más de lo que había dicho. Sólo les informó de que lo había retenido dentro de un Seat Ibiza negro. Ni la matrícula, ni un solo detalle del sospechoso.

Un agente de la Policía científica se acercó a él.

Oiga, eso ya es cosa nuestra, estamos esperando a que llegue la inspectora a cargo del caso pero no hace falta que se quede.

No, ya he terminado mi turno pero quiero hablar con ella, si es posible. No me gusta dejarlo todo a las altas instancias, la coordinación debe ser más personal.

Como quiera.

En ese momento, uno de los técnicos levantó un objeto negro, sucio, y aplastado.

¡Es un bolso! —gritó uno de ellos, contento.

El agente se fue a comprobarlo y Salas se quedó en su sitio, ansioso por ir a ver, pero consciente de que aquel ya no era su caso.

Tras unos minutos mirando las primeras estrellas, Salas vio cómo se acercaba el Vectra de la Policía.

Buenas noches, Salvador Arribas, detective —saludó Salvador, al salir del coche.

Buenas noches —respondió Salas, cansado pero satisfecho por la labor de aquel día.

Buenas noches, vamos al lío —saludó Leire, muy acelerada, pasando casi de largo para dirigirse al grupo de la Científica.

El bolso llevaba enterrado en la parte trasera del matadero desde que los asesinos lo dejaron allí; había puesto sobre él varios kilos de tierra y un contenedor, pero un trabajador lo había movido aquella mañana y dejó al descubierto la tierra removida. El bolso de Tamara era grande, marca Torres, con muchas cremalleras y una bandolera ancha. Un técnico le limpió la tierra y esperó a Leire para abrirlo.

Mire, este puede ser el bolso de la víctima.

Salvador confirmó que era el bolso que los padres le habían enseñado en una foto, el mismo que ella se había llevado de casa. Leire ahogó un grito de excitación.

Sí, vamos a abrirlo —respondió la inspectora.

Pero estaba vacío. Al abrir la cremallera y agrandar la abertura con las manos, el técnico dejó a Leire totalmente abatida.

No… —se lamentó.

Salvador puso su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Leire.

No te apures, ya encontraremos algo. Voy a hablar con el brigada y con el testigo, creo que hay una posibilidad de encontrar los brazos.

Leire se puso los guantes y pidió permiso para registrar el bolso. Lo apoyó en un plástico colocado por los técnicos y fue abriendo cuidadosamente todos los bolsillos. Su frustración iba en aumento, minuto a minuto. Lo habían vaciado a conciencia. Ahora era solo un trozo de plástico arrugado y polvoriento, testimonio de los últimos momentos de Tamara, pero resultaba inútil. Los técnicos la miraban apenados, mientras seguían observando gracias a las linternas y los focos que habían instalado. Los perros seguían dando vueltas, pero mucho más calmados que hacía un rato.

La inspectora se bloqueó y decidió volver al coche, como lugar de confort, para despejar su mente. Se quedó dentro, bajó la ventanilla y abrió su bolso para coger un botellín de agua. El bolso era de la misma marca, de un precio económico pero con clase. Leire se lo quedó mirando, decepcionada, como si le debiese algo. Lo apoyó en el asiento del copiloto y puso su dedo índice sobre el logo. Empujó, como queriendo hacerle daño, y al soltarlo, en lugar de volver a su posición original, se quedó hundido. Leire se extrañó, y lo examinó más de cerca. Al mirar, vio que había un bolsillo detrás; era plano, pero cabían varios dedos dentro. Se podían guardar cosas pequeñas y no abultarían a simple vista. Hacía dos años que lo tenía y nunca se había fijado. Leire cerró su bolso, salió del coche, y llamó a los técnicos mientras corría a donde estaban trabajando.

Por favor, dejádmelo otra vez, tengo una idea.

Volvió a ponerse los guantes y buscó detrás del logo. Allí estaba.

Necesito unas pinzas.

La inspectora notó la adrenalina palpitando en su cerebro.

Al abrir cuidadosamente aparecieron un montón de rollitos de papel. Eran tickets. Tamara había guardado comprobantes de compra desde que salió de casa, casi un mes antes; allí había de supermercados, cafeterías, gasolineras… Todos los productos habían sido pagados en efectivo. Los últimos eran del día de su muerte. Entre ellos, Leire vio, con ojos brillantes de la emoción, un ticket de peaje de aquella noche, a las nueve y cuarto. Tamara había guardado un comprobante en el coche de su asesino, por lo que probablemente lo conocía. Él no se lo habría dado si la tuviese retenida contra su voluntad.

Leire vertió todos los papelitos sobre el plástico y los extendió con cuidado. Pidió ayuda a los técnicos para desenrollarlos y averiguar por dónde había pasado Tamara en sus últimos días.

¿Qué hora es? —preguntó.

Las nueve y media —respondió Salas, ilusionado también con el hallazgo.

Preparaos para hacer llamadas, algunos de estos sitios tiene que seguir abiertos a esta hora —pidió Leire, y susurró para sus adentros—. Mi niña, no sé por qué fuiste dejando miguitas de pan, pero muchas gracias.

Estupendo —dijo Arribas, acercándose a Leire—, esto lo dejamos en tus manos, ¿vale? —se giró hacia Salas, y añadió, en voz baja— Vamos a apretarle las tuercas un poco al gordito vestido de negro, creo que nos puede ayudar.

Ambos hombres caminaron con paso firme en la noche, hacia donde estaba el vigilante, acompañado por una pareja de agentes de la Guardia Civil, los que acudieron cuando él llamó el día anterior.

Vuelve a contarnos lo que pasó, por favor —comenzó el brigadas Salas.

Ya se lo dije. Llegó un coche, un Ibiza negro, salió un tío con un pasamontañas, me apuntó con una escopeta, me obligó a entrar por detrás y me ató las manos. No vi ni oí nada hasta que me sacó.

No te creí ayer y no te creo hoy. Vuelve a empezar.

Verás —retomó Arribas, acercándose a su cuello sudoroso—, mi amigo está un poco mosqueado porque le he contado cosas que sabemos ahora, como que faltan unos brazos de una chica de veintipocos años. Seguro que tú de eso no sabes nada. Tampoco sabes que hay al menos un cómplice del asesinato. Es muy probable que ya estuviese aquí entonces. Además de eso, no hemos encontrado ningún Ibiza, ninguna escopeta, ni ninguna manera de inmovilizarte a ti, figura. Así que te aconsejo que vuelvas a empezar, y que empieces bien.

El vigilante se sentó en el suelo y empezó a sollozar.

Vas bien. —Arribas se agachó y siguió atormentándolo—. La chica murió desangrada. Estaba viva cuando le amputaron los brazos. Lo sintió todo.

¡No! —gritó el vigilante, estallando— Estaba muerta, yo la vi. No se movía.

Se acabó —dijo Salas, levantándolo del suelo—. Ponle las esposas.

Aún no, aún nos tiene que enseñar dónde están los brazos, y explicarnos detalladamente lo que vio, lo que oyó, y lo que hizo.

El vigilante se sacudió la tierra de las piernas y los llevó hacia un descampado, al otro lado de un matorral. La zona estaba en completa oscuridad, y hacía más frío. Se notaba que el asesino la había escogido por ser muy apartada e inhóspita. Salvador Arribas no abandonó su semblante serio e impenetrable, pero no paraba de pensar en el miedo que pudo pasar Tamara. Caminaron unos metros, hasta llegar a un claro donde no había vegetación en absoluto, y entonces vieron que había varias parcelas blancas en el suelo. El vigilante se detuvo y señaló una pequeña, temblando.

Es ahí —balbuceó.

Arribas salió corriendo para avisar a los de la Científica.

Cal viva, un clásico —dijo Salas—. Como no quede nada, te juro por Dios que voy a hacer lo posible para que lo pases realmente mal.

El brigada miró para otro lado cuando vio que el vigilante se estaba orinando encima.

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2 comentarios en “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 9)

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