Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 6)

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Lily despertó con la mano de Miguel en su hombro, tratando de calmarla.

Es sólo una pesadilla. No grites.

Todas las personas del avión que ella alcanzaba a ver desde su asiento la estaban mirando. Algunos murmuraban, en inglés y en español, asociando su estado de agitación con su aspecto (que solo era un poco peor al habitual): “Es una drogadicta”, “será delirium tremens”, “espero que no se muera aquí”.

Lily bajó la cabeza.

¿Qué estaba gritando, exactamente? —preguntó en voz muy baja.

Estabas llamando a Tamara, o intentabas decirle algo —respondió Miguel, muy serio.

Mierda.

Creía que ya lo habías superado.

Yo también —contestó Lily, con voz temblorosa— , pero entre que hace mucho que no sé nada de ella, y el estrés que me ha traído todo esto… la llamaré cuando llegue.

Lily, no quiero estropearte los planes… pero no vamos de excursión. Yo de ti estaría disponible todo el tiempo que estés en España.

Tengo que intentarlo, se lo debo —respondió Lily, mirando fijamente a Miguel—. Se lo debemos.


Salvador Arribas salió de su casa a las siete de la mañana y se dirigió a su trabajo, en las Comisaría central de la Policía Nacional en Madrid, Brigada de delitos contra las personas, sección homicidios, que estaba a cuarenta minutos en coche. Había dormido bien, pero se levantó con un mal presentimiento. Salvador era un hombre de ciencia y de hechos consumados, no se dejaba llevar por sensaciones, pero a veces le llegaban mensajes desde algún lugar de su cerebro que le costaba descifrar. Su mujer le conocía bien y no le preguntó nada, a pesar de su gesto contrito.

Salvador revisó los mensajes de su móvil antes de arrancar el coche.

La científica aún no ha terminado en el escenario pero quiero volver. Creo que nos estamos dejando algo importante. Primero voy a hablar con el forense. Te dejo a los padres de Tamara y a unos sospechosos calentitos en la mesa. Con mantequilla, como te gustan.”

Salvador le tenía cariño a las bromas de Leire, sobre todo porque las hacía muy de vez en cuando. Siete años después de conocerla como jefa, aún no había conseguido llegar a los pensamientos de aquella mujer, más joven que él pero que estaba avejentada por el trabajo, la responsabilidad y algo más que no podía descifrar.

Había entablado con ella una amistad liviana que ayudaba a la comunicación en el trabajo, pero nada más. Incluso la noche que durmieron juntos en una misión en Algeciras que se alargó más de la cuenta, incluso a la mañana siguiente, estrechándola entre sus brazos y susurrándole cosas bonitas y sinceras al oído, ella seguía sumida en su mundo y aunque le hizo saber que era feliz, no le dejó entrar en su mente más de lo que había entrado en su cuerpo.

Pero de eso ya hacía cinco años, y en términos de vida personal, era una eternidad para Salvador. Se había divorciado de su primera mujer, había vuelto a casarse, y había vuelto a las andadas con amigas jóvenes, pero Leire no le había vuelto a dar ninguna señal de acercamiento. Tampoco estaba más fría con él por lo sucedido, ni se había enfadado, simplemente parecía que no había ocurrido. Ni una mirada cómplice, ni un gesto pícaro, nada. A veces creía que lo había soñado.

Trató de captar su perfume en el aire, pero sólo captó atmósfera de coche, con notas de ambientador de pino y tapicería edición niño de dos años. Y en la comisaría sería imposible olerla, porque Leire olía a perfume fresco, estrés y todas las inseguridades que se ponía encima por la mañana con la intención de ser perfeccionista, pero que sólo la volvían maniática.


Leire llegó al trastero concentrada en buscar todo aquello que los de la científica no hubiesen encontrado, pero tuvo que escucharles.

Inspectora, creo que esto es importante —dijo uno de los técnicos, insistiendo después de haber llamado su atención dos veces.

Leire suspiró y lo siguió hasta un armario que estaba pegado a una pared.

¿Ve estas marcas en el suelo? Creemos que lo han movido. Fíjese en esas marcas en el suelo, a la izquierda. El armario estaba ahí antes.

De modo que lo han puesto aquí para tapar algo —respondió Leire, animada—. Vamos allá.

La inspectora y dos técnicos movieron el armario con gran esfuerzo. Tenía solo dos puertas y era de madera chapada, pero pesaba mucho porque estaba lleno de ropa. Al retirarlo, miraron al suelo y encontraron una gran mancha marrón.

El asesino retiró la mayor parte de la sangre, pero no pudo limpiarla, porque se le hacía tarde —dijo Leire—. Probablemente, cuando trajo el cuerpo, lo apoyó aquí mientras preparaba la escena.

Lo peinaremos en busca de huellas y otros restos.

Estupendo, nos será muy útil.

En ese momento entró Salvador en la escena.

Hola, ¿Cómo vais?

Bueno, hemos encontrado una pista nueva, aunque puede que solo se trate de sangre de la víctima. También tenemos quince juegos de huellas completas. Una maravilla.

Leire puso los ojos en blanco, para acentuar su hartazgo.

Pues mira qué bien, traigo buenas noticias —anunció Salvador—. Por fin tenemos un testigo. Es una anciana que oyó ruidos la noche del crimen. Vive en la planta de abajo.

Muy bien, dile que venga.

Me temo que eso no es posible, la mujer está postrada en la cama, está muy enferma.

Vaya, ahora vamos.

Leire y Salvador llamaron al piso séptimo, puerta D, y una enfermera les abriço la puerta y los condujo al dormitorio. La mujer, una señora de unos ochenta años y que lucía un pijama rosa de franela, estaba nerviosa, pero sonrió al verles.

Buenos días, señora. Soy la inspectora Leire Chamorro, de la brigada de homicidios. Gracias por avisar. ¿Qué quiere contarnos?

La enfermera acercó dos sillas a la cama y los invitados se sentaron. La mujer estaba muy cansada y hablaba despacio, pero su mente estaba fresca y lúcida.

Gracias a ti. Yo me llamo Ascensión, podéis llamarme Chon. Te pido disculpas, llevo tres noches sin dormir pensando en lo que ha pasado, y en esa pobre chica. Yo oí algo aquella noche y no lo conté porque pensé que no era importante… —La anciana se detuvo y respiró profundamente—. Oí una discusión esa noche, una discusión muy fuerte, en el balcón de al lado.. Había un hombre y una chica, y hablaban de algo muy grave, muy serio, porque estaban muy nerviosos. Luego volvieron adentro y no oí nada más.

Bien, eso puede aclarar muchas cosas —Leire quería animar a la mujer, haciéndole ver que su testimonio era útil, pero no las tenía todas consigo—. ¿Podría decirnos a qué hora oyó esa discusión?

Eran las cuatro de la mañana. Lo sé con seguridad porque no duermo bien por las noches y a esa hora empieza mi programa de radio favorito, uno de fantasmas. De hecho, bajé el volumen de la radio para enterarme bien de lo que pasaba.

Salvador disimuló una carcajada. Leire abrió mucho los ojos, expectante.

De acuerdo, vamos a ver… —dijo Leire, acercándose a las cortinas— ¿Le importa que mire hacia qué lado dan sus ventanas?

Oh no, por supuesto. Mire, mire. —La anciana hizo un esfuerzo encomiable por incorporarse —. Estas ventanas dan a la trasera, hay un patio de manzana. Algunas veces entra gente a la terraza de la planta de los trasteros saltando desde esos balcones de la izquierda. El bloque de al lado tiene una planta más. Esto se diseñó muy mal.

¿Qué piensas? —susurró Salvador, más por costumbre que por evitar que la anciana los oyese.

El momento de las cuatro de la mañana entra dentro del margen para el traslado del cuerpo —comenzó Leire, de brazos cruzados—. Según este testimonio, tenemos dos asesinos o un asesino y un cómplice. Subieron el cuerpo en el ascensor, y… ¿Discutieron sobre cómo colocarlo? ¿Qué hacían aquí fuera?

Veo tu teoría y la desmonto —apuntó Salvador—. Subieron el cuerpo por el ascensor de otro edificio y al llegar aquí lo metieron por la terraza.

¿Cómo pasas un cuerpo de cincuenta kilos de un balcón a otro? —preguntó Leire, casi de forma retórica— ¿Y para qué harían algo tan complicado? Además, está la cuestión de cómo entrar en la vivienda.

Hecho número uno: la policía científica no ha encontrado nada en este ascensor. Hecho número dos: eran dos personas y no una, es fácil trasladar el cuerpo entre dos. —Salvador hizo una pausa dramática, regodeándose en su momento—. Hecho número tres: a nadie se le ocurriría comprobar el ascensor de otro bloque en busca de pistas. Sólo nos queda averiguar cómo entraron.

Leire puso una cara entre la incredulidad y la indignación, debido a que esa idea era muy buena y no se le había ocurrido a ella. Abrió de nuevo la ventana y asomó la cabeza.

Ascensión, por favor, ¿podemos abrir su balcón? Está en la habitación de al lado, ¿verdad? —rogó Leire, con su mejor sonrisa, que Salvador había visto pocas veces.

Por supuesto, corazón —respondió la anciana, que de pronto estaba emocionada y llena de energía—, solo te pido que cierres la puerta de mi cuarto, porque las corrientes me van fatal para la espalda.

Leire y Salvador salieron del cuarto, que olía a enfermedad y medicinas, y con ayuda de la enfermera encontraron la habitación del balcón, una sala de estar, dos puertas más a la izquierda. Salvador fue derecho al balcón, lo abrió y salió a la tarde madrileña. Era un día nublado.

Vale, ya lo veo —comentó, mirando a su izquierda— Hay un balcón pegado a este, que es del otro bloque. Encima de ese balcón hay otro, y según nos ha dicho la señora, desde él se salta fácilmente a la terraza que tenemos encima. Yo lo veo muy claro.

Vale, ahora sólo hay que plantarse en el bloque de al lado, explicar toda la película a los vecinos, y pedirles que nos dejen ver el ascensor.

Leire estaba hablando sin mirar a Salvador y no se dio cuenta de que éste estaba intentando saltar al otro balcón.

¡Pero qué haces! ¡Te vas a matar! —gritó Leire, tratando de sujetarlo— Ya eres muy mayor para esas cosas.

Salvador rió, mientras pasaba de uno a otro.

Hala, listo. Ya estoy —respondió Salvador, lleno de satisfacción.

Muy bien. ¿Ahora vas a entrar ahí y allanar una vivienda?

No, ahora me voy a fumar un pitillo mientras tú bajas, entras en el portal de al lado en nombre de la Policía Nacional y subes hasta la casa. Te espero.

Leire salió de la vivienda, avisó a los técnicos de la Científica, y se llevó a dos de ellos. Llamó desde el portal a la vivienda y le abrieron. Dio a sus compañeros instrucciones para hacer una revisión parcial del ascensor antes de tener un permiso, por si aparecía algo revelador. Llamó a la puerta de la vivienda en cuyo balcón estaba Salvador y le abrió una mujer de mediana edad.

Buenas tardes, señora —saludó Leire, sofocada y excitada, enseñando su placa—. Soy Leire Chamorro, Policía Nacional, Brigada de Homicidios.

Jesús —respondió la mujer, llevándose la mano derecha al pecho—. Pase, pase.

No la entretendremos mucho tiempo —dijo Leire, mientras entraba—. Tenemos indicios de que los asesinos de la chica que apareció muerta en el edificio de al lado han usado una vivienda de este bloque para mover el cuerpo. ¿Recuerda haber oído algo la noche de autos? Del martes al miércoles.

Pues no, lo siento mucho. Duermo profundamente. Tomo pastillas, ¿sabe?

Leire pensó en la paradoja del insomnio en los testigos.

Bien, no se preocupe. ¿Puede decirme quién vive arriba?

Pues está vacío, el propietario vive en Francia. Pero a veces vienen turistas, o gente de paso, porque lo alquila por días con una agencia de esas de internet.

Leire sonrió ampliamente sin poder evitarlo.


Liliana llegó a Madrid a las diez de la mañana, hora española. Estaba sudando como no recordaba haber sudado en meses. Además de dormir, durante el vuelo también le dio tiempo de consultar las novedades sobre el crimen en internet (donde aún no figuraba el nombre de la víctima), comer un menú completo de pollo braseado, ensalada de arroz y compota de pera, y vomitar parte del mismo. Se había arrepentido en tres ocasiones de haber cogido ese vuelo, y en las tres Miguel la había convencido de lo contrario.

Fue al hotel que tenía reservado, y Miguel se quedó en casa de una amigo. Sacó lo imprescindible de su equipaje y se metió en la cama. No pensaba ir a la comisaría central hasta la tarde. Miró su iPhone con ansiedad, pensando si debía hacer aquella llamada o no; finalmente decidió que aún no estaba preparada para hablar con Tamara. Se quedó dormida con el móvil en la mano.

Liliana había borrado doscientas fotos, quince vídeos y eliminado tres cuentas de redes sociales en el tiempo que estuvo en el avión. Se lo había recomendado Miguel, porque a fin de cuentas tenía duplicados de todo ese contenido en su disco duro (que dejó en el estudio de grabación), y porque no quería que la policía lo viese. La mayoría de las fotos borradas eran de carácter sexual, suyas o de sus parejas, pero también había fotos de mucha gente tomando drogas ilegales, sobre todo cocaína y anfetaminas. La mayoría de esas personas no eran famosas.

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4 comentarios en “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 6)

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