Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 4)

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Leire llevaba una hora observando las fotografías de la escena del crimen. El cuerpo estaba tumbado boca arriba, con la cabeza mirando a su derecha, y las piernas dobladas hacia el lado contrario. Nada era casual, era un montaje cuidado e intencionado. “Un loco”, habrían dicho los medios”. “Un artesano”, pensaba ella. Vio la púa en su lugar, junto a la cadera derecha; eso constituía un mensaje. Los brazos ausentes, otro. Pero no podía interpretar ninguno de ellos. Leire estaba agotada y frustrada.

Eran las cuatro de la tarde, y su estómago rugía ferozmente. Se levantó de su silla, tapó las fotografías con carpetas y salió, cerrando la puerta de su minúsculo despacho.

Oye Salva, ahora vengo. Tengo que comer algo.

El la miró, compasivo.

Vete a casa, ya hace rato que deberías haberte ido. Hoy no vamos a hacer mucho más.

Entonces vete tú también —respondió ella, sonando más brusca de lo que quería.

Estoy esperando a que llegue el propietario del trastero, aunque no creo que nos ayude en absoluto, hace años que no pasa por allí. Luego me voy.

Yo bajo a la cafetería y luego vuelvo a seguir un rato más, necesito encontrar algo hoy, lo que sea. Luego me sentiré mejor y podré descansar.

Vale —contestó él, resignado— Ve a la cafetería de enfrente, hoy tienen tortilla de la que te gusta, a lo mejor aún queda.

Gracias. —dijo ella, con una sonrisa cansada.

Leire bajó hasta la planta baja de la comisaría usando las escaleras, diciéndose a si misma que era por hacer ejercicio, pero en realidad lo hacía porque en momentos así, cuando aún no tenía más que incertidumbre acerca de un crimen, el ascensor le producía un agobio terrible.

Llegó a la cafetería “Momentos”, cuyas tapas eras de mejor calidad que su decoración y su nombre, y pidió una tapa de tortilla. Benjamín, el camarero, le dio las buenas tardes y le sirvió una porción tan grande que se salía del pequeño plato. Puso al lado un buen trozo de pan fresco, y una Coca Cola.

Regalo de la casa —explicó, guiñándole un ojo.

Leire le dio las gracias, despachó su almuerzo con detenimiento, y volvió al trabajo llena de energía.

Cuando llegó a su puesto, pensó que tal vez lo que necesitaba para espabilar su mente analítica era evadirse un poco. Buscó entre la música que llevaba en su teléfono móvil y encontró dos álbumes de Silver Linings, los dos que había publicado con Lily. Se le ocurrió que podían servir. Se puso los auriculares y, antes de que hubiese escogido una canción para empezar, recordó unos versos.

She was pure and real,

nothing got on her way,

til they cut her wings

now she dreams on a bed

Era demasiada coincidencia. No recordaba el nombre de la canción, pero sí el álbum, Things I wouldn’t tell, uno de los que tenía a su disposición. Reprodujo tres canciones, mientras caía presa de una lucidez extraña, y empezaba a ver las fotos de otro modo, como el montaje que eran en realidad, como si las hubiese hecho un artista. La cuarta canción del álbum se llamaba

Tamara —dijo Leire en voz alta, cuando sonaron las primeras notas.

Tamara fell for a loser with a blue Corvette

She always knew he didn’t love her but she didn’t care

Tamara was twenty two and her whole life was a mess

she used to eat dicks for lunch and they ate her in the end

Leire la escuchó dos veces, mientras observaba la fotografía de la cara de la chica, y al fijarse en sus orejas se dio cuenta de algo extraño: tenía menos pendientes que piercings, y quedaban algunos agujeros al aire. Iba muy arreglada para tener ese descuido, algo no cuadraba. Solo llevaba los de los lóbulos, y el de la nariz, todos ellos de plata, en forma de media luna.

Tamara had three Moons of her own

but only one of them was open for business

Leire se levantó como un resorte. El asesino había escogido a la víctima por su nombre, si bien no pudo encontrar una que tuviese el mismo número de agujeros en las orejas.

¿Dónde está Salva? —preguntó Leire, frenética de pronto.

Se ha ido —respondió Jaime, un teniente muy pequeño en tamaño y en vocación de servicio.

¿Está abierta la base de desaparecidos?

Sí, estoy con ella, buscando chicas entre veinte y veinticinco, como me dijiste.

Vale, reduce la búsqueda, limítala a las que se llamen Tamara.

Tamara came from a palace

three lions guarded her crib

Y que hayan nacido en Granada.

Solo un resultado coincidía. Tamara Rivas Calderón, de veintidós años, había desaparecido hacía tres semanas. Era ella, con los mismo ojos grandes y vivaces, el lunar en la mejilla, los labios carnosos.


Lily estaba terminando de hacer la maleta. Ahora le costaba mucho menos que años atrás. El día que llegó a Londres procedente de Madrid, a los veinte años, para estudiar inglés y trabajar como técnico de sonido, llevaba tanto equipaje que tardó tres semanas en deshacerlo todo. Ahora todas sus pertenencias, que se llevaba porque no sabía cuándo podría volver, cabían en una maleta grande, una bolsa de deporte y un bolso. Más lo que había en el trastero.

Puto trastero —murmuró, secándose las lágrimas, mientras metía sus tres pares auriculares en la bolsa de Adidas.

Los instrumentos dormían en un local de la ciudad. Todos los miembros de la banda vivían allí, más o menos de forma continuada. Miguel se encontraba en Seattle con unos amigos (aunque la razón real era el proceso de divorcio de su segunda mujer) y Alejo estaba en la ciudad, pero Lily no quería llamarle. Aunque tal vez debería hacerlo.

Lily llevaba treinta y seis horas sin dormir. Había estado ese tiempo dándole vueltas al asunto, desde que habló con el detective Salvador Arribas, y éste le informó de que era imprescindible que se presentase en la comisaría de la brigada de homicidios, puesto que el trastero estaba a su nombre en el contrato de arrendamiento y todo el contenido era de su propiedad. En ese tiempo había llorado de rabia, de miedo, había llamado a todas las chicas que tenían la llave y con las que podía contactar (nadie había encontrado a Colette, ni siquiera la policía). Había comprado un billete de ida a Madrid, había visto una temporada de su serie favorita, había terminado una botella de whiskey que reservaba para las grandes ocasiones, y había llamado a un ligue intermitente, que había venido a consolarla y ya se había ido. Fumó dos cajetillas de tabaco, se tomó tres cafés cargados, y se dio una ducha. Ahora estaba terminando de hacer el equipaje y luego se obligaría a comer algo.

En un momento dado, tirada en el sofá, mirando cómo el detective McNulty resolvía un caso mientras su vida personal se iba al garete, pensó en inventariar la ropa que había en el trastero, con la esperanza de que eso sirviese de algo, y como ejercicio de memoria. Le salieron un total de diez pares de vaqueros, otros diez pares de pantalones, cincuenta camisetas, ocho faldas, doce vestidos, catorce prendas de dudosa clasificación (la mayor parte procedente de una tienda fetichista del Soho londinense), sesenta bragas, tres sujetadores, dieciocho cinturones, una cantidad indeterminada entre diez y treinta muñequeras de cuero, y veintiséis anillos de plata. Más un neceser de grandes dimensiones con maquillaje y cosméticos. Miró su agenda, hizo memoria, y concluyó que la última vez que había estado en el trastero había sido en mayo del año anterior, hacía catorce meses, cuando terminó su pequeña gira por España, y ella guardó allí la ropa que había usado durante la misma.

También había cosas de Alejo, al menos una caja grande llena que no le permitió ver. La había llevado él en persona desde su casa de Madrid, cuando la tuvo que dejar cinco años atrás al separarse de su novia. Alejo no sabía que había más gente con acceso al trastero. Lily les había dicho a sus amigas que no tocasen el contenido de esa caja, pero no sabía si alguna lo había hecho, y la verdad era que le daba igual, porque odiaba a Alejo la mayor parte del tiempo. Ahora no sabía si debía mencionarle a la policía que también había cosas de él allí, o si debía hablar con él y contarle lo que había pasado. Decidió que no iba a llamar a Alejo, pero sí comentarle ese detalle a la policía.

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4 comentarios en “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 4)

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