Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 3)

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La bajada al sótano del Instituto Anatómico Forense siempre era dura, no había manera de acostumbrarse. Leire suponía que se debía al hecho mismo de enfrentarse a la muerte, pero con el tiempo aprendió a diseccionar, valga la palabra, el cúmulo de sensaciones que le oprimía el estómago: la luz blanca, artificial, que lo envolvía todo con un halo irreal; el olor a muerte, formol y desinfectante, dulzón y a la vez amargo; y la visión de cuerpos que ya no eran personas, eran carne, separada por piezas. Una vez cambiaban de color y se podían abrir, ya no eran humanas. Eso la había ayudado a llevarlo mejor al principio, pero más tarde lo hizo peor, porque se habían convertido en animales. O tal vez cosas.

Hola, Pablo. Gracias por dejarme venir tan pronto.

De nada, el examen preliminar es muy importante, y comprendo que este caso es muy especial. Vamos allá: mujer joven, mide un metro setenta, pesa… bueno, pesa cincuenta y un kilos sin brazos. —Pablo bajó la voz, consternado— los miembros anteriores han sido amputados. Tras este examen preliminar no ha sido detectada ninguna señal de agresión sexual ni tortura. Murió hace unas doce horas. Son las dos de la tarde, así que… entre las doce y las dos de la mañana. Espero poder afinar más. A pesar de que no había sangre en el cuerpo, no fue lavada con esmero. Eso puede ser una gran ventaja para nosotros.

Vale —dijo Leire, desanimada— ¿hay algo más que te llame la atención?

Es muy extraño — comenzó Pablo, el médico forense de guardia esa mañana—. Apenas hay señales de lesiones y no fue atada… a menos por los tobillos. ¿Hay rastro de los brazos?

No, hemos lanzado una alerta por hospitales y a los encargados de los vertederos municipales — respondió Leire, asqueada—. ¿Crees que ayudaría mucho encontrarlos? Aparte de para identificarla, por las huellas.

Bueno, esa labor es más tuya que mía, pero pensemos por un momento todo lo que hay en nuestros brazos: marcas, cicatrices, joyas, tatuajes… señales de lesiones que ayudarían a encontrar al asesino…

Sí, eso ayudaría mucho— admitió Leire, algo avergonzada por no haber pensado en ello antes—. Tal vez esa es la razón de que se los cortasen.

Puede, pero esto me suena más a ritual, de bandas o de algún tipo de culto. —Cogió su informe y se dispuso a leer las conclusiones preliminares—. Vamos allá: el veredicto es… ¿apuestas?

No sé— contestó Leire, algo fastidiada por los rodeos del doctor y también confundida—. No veo señales de estrangulamiento.

Bien apuntado, no es estrangulamiento. Tampoco exanguinación. A la espera del análisis toxicológico, me inclino por un envenenamiento o una muerte por sobredosis.

Por lo que has dicho de que no hay heridas ni señales, la amputación de los miembros ha debido ser post mortem, ¿no?

Me temo que no. Mira: la sangre estaba circulando en ese momento, lo indican las heridas. Sí, han limpiado bien el cuerpo, pero se nota.

Joder —dijo Leire, y empezó a encontrarse realmente mal—. ¿Crees que tal vez se sirvieron de un cóctel de drogas para controlarla, o inmovilizarla?

Es posible —respondió Pablo—. Pero al igual que tú, lo que tengo es una esperanza, más que una sospecha. Habría que saber cuáles eran las cantidades exactas y el efecto que produjeron en la víctima, pero teniendo en cuenta lo poco que pesa, yo diría que no se enteró de mucho.

Leire no reaccionó. Seguía mirando la cara de la chica.

Es muy joven, ¿verdad? —preguntó.

Sí, lo es. Y demasiado joven para morir, desde luego.

Lo que quiero decir es… ¿Tendrá en torno a veinte años, veinticinco?

Pablo observó el cadáver detenidamente, y pensó en alto:

Definitivamente mayor de veinte, pero su piel aún es muy tersa, y no tiene huellas del paso del tiempo en las rodillas… Veinticinco, como mucho. ¿Por qué es importante?

Es que no encaja. O sea, aún no sabemos quién es, ni quién la ha matado, ni por qué… pero es mucho más joven que la dueña del trastero, y también es más joven que los fans de la banda… o eso he leído en internet —aclaró, como para disimular—. así que no tiene sentido que le haya tocado a ella.

Querida, me temo que en este caso nada tiene sentido. Voy a darte las huellas que he sacado, que de todos modos son parciales, y una lista de marcas y modificaciones corporales, para que la identifiquéis. No puedo hacer más, de momento. ¿Ya tienes ADN de la escena?

Sí, están en ello. Joder, va a ser horrible cuando se lo contemos a la familia.

Lo único peor que eso es seguir buscando.

Leire se tomó unos segundos para pensar, le costaba mucho.

Ábrele la boca—dijo la inspectora, finalmente.

Ya lo he hecho. No había nada.

Tengo… tengo un presentimiento, puede que tenga algo en la garganta.

De acuerdo, miraré, pero ¿te importaría decirme por qué?

Había una púa de guitarra, pero no era como la de Liliana. Era de las viejas, ahora tienen un logo distinto… —Leire dijo esto en voz muy baja, como avergonzada por saber eso.

Creo que tus conocimientos musicales van a solucionar este embrollo —dijo Pablo, utilizando unas pinzas finas y largas para examinar su garganta—. Voilà.

Después de lavarlo con alcohol, el triángulo de plástico apareció de color blanco, con las letras SL más pequeñas y bajo ellas un dibujo de una calavera, pero no de adulto, sino de bebé.

Siniestro —comentó Pablo con un gesto de desagrado.

Es de las nuevas, de las últimas giras —comenzó Leire, ensimismada—. Fue Lily la que introdujo un rollo más oscuro, antes eran una banda de rock progresivo, pero ella los llevó a sonidos más graves y carnales… empezaron a hablar del sexo y la muerte.

Te gustan de verdad, ¿eh?

Sí, pero hace tiempo que no los veo en directo, porque dejaron de girar por aquí, y tampoco sacan discos… y yo también he cambiado. Pero no deja de impactarme.

Bueno, pues aprovecha tu especial interés y haz un esfuerzo para identificar a la chica y encontrar a su asesino. Tengo que seguir trabajando.

De acuerdo—respondió Leire, volviendo de su aislamiento momentáneo. Cogió las cosas que le acababa de dar el doctor y se fue.


¿Hola?

Liliana acababa de coger la llamada, que sonó cuando encendió de nuevo el teléfono, una hora después.

Hola, menos mal que te encuentro —respondió su amigo Miguel, bastante alterado—. Ha llamado la policía.

¿De dónde? —preguntó Liliana, sorprendida. Se había metido en líos en tres países en lo que iba de año.

De España, han encontrado… Dios… —Marcos musitó algo que Liliana no pudo oír, y suspiró—. Han encontrado una chica muerta en tu trastero, en Madrid. Le han cortado los brazos.

Liliana se quedó mirando el agua de la bañera, que había perdido el brillante color de antes y ahora estaba turbia, un poco repulsiva. Ahí habían quedado su maquillaje, algo del tinte nuevo de su pelo, y sangre de su oreja.

¿Saben quién es? —acertó a responder, y luego tragó saliva—¿Es alguna de las que tenían la llave? ¿Marga? ¿Kati?

No, no es ninguna de ellas. La ha encontrado Ampli y no la conoce.

Dios… —la voz de Lily sonó como un gruñido. Saber que su amiga la había visto terminaba de hacer lo real, estaba obligada a creérselo— ¿Cómo está ella?

Bueno, lo va llevando, pero está asustada, no me extraña. ¿Oye, tú sabes algo?

¿Qué voy a saber? Hace dos meses que no voy. ¿Qué pasa, sospechan de mí?

Pues desde luego te van a llamar, voy a colgar ya mismo. Mira, lo siento mucho, y estoy seguro de que no tienes nada que ver, pero… por favor, piensa en quién ha podido entrar… y si hay alguien que tenga algo en contra de ti. O de nosotros. A mí ya se me ocurren varias personas. Cuídate, por favor. Un beso. Hablamos.

Maiguel colgó el teléfono sin más.

Liliana siguió mirando el agua de la bañera, sin reparar en que empezaba a tener frío. Sólo le había dado tiempo de secarse y ponerse unas bragas. Estaba tiritando, pero no podía moverse. Puso el dedo sobre una mancha negra al borde de la bañera y escribió “Venice”. No se dio cuenta de lo que hacía hasta que terminó.

A Liliana le gustaban los juegos de confesiones. Después de cumplir los veinte había abandonado el “Verdad o atrevimiento” para pasar al “Yo nunca” y después a otras variantes, y seguía disfrutando de esos juegos sobre todo cuando estaba con famosos, no por saber de sus vidas privadas, sino por hablar de ella misma. Y normalmente tenía éxito. El último al que había jugado era “lo más raro”. Había que ir contestando preguntas del tipo “¿Qué es lo más raro que te has encontrado en un lavabo público?” “Cuál es el lugar más raro en el que te has despertado un lunes?” “Qué es lo más raro que te han dicho en la cama?” Y el ganador de cada pregunta, el que diese la respuesta más rara, tenía que beber. Solía ganar ella, y la mayor parte de las veces decía la verdad.

En una ocasión, la única en que la habían invitado a una fiesta en el Chateau Marmont (a pesar de que ella afirma que ha estado allí muchas veces), acabó jugando a ese juego con varios músicos amigos suyos y unos actores de series de televisión. La pregunta de uno de ellos fue “Qué es lo más raro que has hecho estando de resaca?”.

Liliana contó la historia de cuando, volviendo en autobús de un concierto al norte del estado de Washington, sus amigos y ella estaban montando tal follón que los echaron del vehículo y tuvieron que hacer autostop hasta la siguiente parada. De camino, mientras andaban por la carretera trazada en mitad del bosque, encontraron un mapache tirado en la cuneta. Se acercaron y se sentaron a su alrededor, agotados. Empezaron a hacer bromas con que el animal merecía un entierro digno, y Liliana y la otra chica buscaron flores y piedras bonitas y se las pusieron encima. Otro chico buscó palitos y le hizo una cama, como para un entierro vikingo. Lo pusieron encima, volvieron a colocar las flores, y uno de los chicos se empeñó en que tenía que colocarle las patas delanteras como si estuviese rezando, pero el animal ya estaba rígido y no podía movérselas. Ante el estupor y la repulsión de los demás, el chico sacó una navaja y le cortó las patitas para poder colocarlas como quería. Los demás no dijeron nada, se levantaron y echaron a andar.

No se ganó el trago en el Chateau Marmont. Todos la miraron asqueados y una chica muy delgada dijo que no se podía maltratar un animal, aún después de muerto. Todos se levantaron y se fueron.

No recordaba el nombre del chico que le había cortado las patitas al mapache, pero sí que presumía de tener un apartamento en Venice Beach.

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4 comentarios en “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 3)

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