Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 2)

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Liliana había logrado rehabilitarse del consumo de drogas ilegales y tan sólo consumía de las legales. Con este recorte de sus gastos en los últimos años se había permitido el lujo de comprar ropa que se ajustaba más a sus gustos, en lugar de vestir camisetas hechas por ella misma y vaqueros adquiridos en el Ejército de Salvación (claramente una opción más punk, pero menos bajo su control, más aleatoria). Entre sus firmas preferidas se encontraban Alexander McQueen, Rick Owens, Diesel, y Moschino.

El problema era que no podía costearse el alquiler de un piso donde pudiese meter tanta ropa, de modo que había tenido que alquilar un trastero. Intentó hacerlo en Nueva York, para tener sus tesoros cerca, pero el precio era demasiado elevado y tuvo que conformarse con llevarlos a Madrid y dejarlos allí, a fin de cuentas venía a España varias veces al año a ver a sus amigos y a su familia. Desde que había alquilado el trastero venía mucho más, aunque ya hacía cuatro años que no visitaba a su familia. Sólo veía a sus hermanas si éstas iban a verla a la capital, o a alguno de los conciertos que daban en la Península.

Liliana había aprendido mucho de la vida y del amor, tenía una relación ambigua con el consumismo, y sentía que sus posesiones no podían dormir el sueño de los justos mientras ella andaba de gira por Estados Unidos, además de que se estropearían con el paso del tiempo. De modo que cuando terminó de almacenar su ropa en el trastero, llamó a su mejor amiga y le dijo que podía coger prestado lo que quisiera, a condición de que se lo contase y que lo devolviese en buen estado en menos de un mes. Le dio una copia de la llave. Después de esa amiga llamó a otra, y al final cinco amigas suyas tenían llave y permiso para coger prestada su ropa. Liliana se sentía orgullosa de esto y creía estar haciendo una buena labor, no humanitaria, pero sí social, dando la oportunidad a mujeres más pobres que ella (como lo eran sus amigas).

Liliana acababa de hacerse otro piercing en la oreja derecha, el denominado conch, ubicado casi en mitad del pabellón, y estaba descansando del dolor y la tensión en la bañera de su piso compartido en Brownsville, Brooklyn. El apartamento estaba vacío esa noche, y ella lo estaba disfrutando, aunque ya se había acostumbrado a compartir ese único baño con sus compañeras, incluso para hacer sus necesidades.

Apagó el teléfono móvil, puso en el agua caliente unas sales de Lush y en el plato un disco de Billy Joel y dejó pasar los minutos. Se sentía muy orgullosa de las últimas sesiones de grabación. Ahora era momento de que cada uno de los miembros volviese a su casa y descansasen unos de otros. Alejo había amenazado con disolver la banda por tercera vez en lo que iba de año. Ella ya había aprendido a no escucharle.

Abrió los ojos, ya totalmente relajada, para observar su propia escena, y vio sus escuálidas rodillas saliendo del agua, que ese momento tenía un tono entre azul y púrpura. También veía sus pezones rosados, con sus piercings de bolita. No podía decir que veía sus pechos sobresaliendo porque, ni debajo del agua ni sobre ella, había superficie de piel suficiente como para considerarlos como tales. Empezaban a endurecerse con el frío y Liliana pensó que tenía que ir a comprar más adhesivos para esconderlos y juntarlos aunque no llevase sujetador (le encantaba llevar la espalda al aire), y eso le recordó un vestido de Anthony Vaccarello que no se había puesto en mucho tiempo. Tendría que volver a Madrid próximamente. Eso le fastidiaba, pero a fin de cuentas estaba oficialmente de vacaciones.


La comisaría se encontraba en relativa calma a esas horas. Una vez pasadas las seis de la mañana, los delincuentes habituales se habían ido a descansar y aún quedaba un buen rato hasta los primeros robos del día. En ese momento solo se oían conversaciones, instrucciones y preguntas de escritores que buscaban orientación para sus novelas. A Leire no le gustaba madrugar pero había luchado duramente para conseguir el cambio de turno, como parte de su plan para encontrarse mejor y evitar tentaciones, aunque todavía tenía una botella en su cajón cerrado con llave.

Amparo entró con ella en la estancia principal, y Leire la ayudó a sentarse y acomodar sus cosas. La chica seguía desorientada y muy triste, lo cual era lógico, pero Leire la vio demasiado nerviosa para no conocer a la víctima.

Bueno, siéntate aquí y empezaremos con las formalidades —comenzó Leire—. Mi compañero, el detective Arribas, te hará unas preguntas. Trataré de volver lo antes posible para acompañarte, ¿de acuerdo?

Vale —respondió Amparo.

Leire se la quedó mirando de hito en hito, y puso una mano sobre la mesa, al lado de la suya, sin atreverse a tocarla, pero tratando de inspirar confianza.

¿Quieres que pida que te traigan café? ¿té, chocolate?

¿Puede ser leche caliente? —respondió Amparo, levantando la mirada, empezando a sentirse cómoda.

Claro que sí —contestó Leire, esbozando una sonrisa cálida. Se agachó para estar a su altura, y preguntó en voz baja—. Estamos llamando a Lily pero no coge el teléfono, ¿sabes alguna otra manera de localizarla?

Amparo dudó un instante, y luego respondió:

Tiene un amigo, Miguel, que también es el guitarrista de su banda, y es el único con el que mantiene relación cuando no está de gira. Voy a buscar en mis contactos del móvil, creo que tengo su teléfono.

Estupendo —respondió Leire mientras cogía su bolso para irse.

¿Adónde vas? —preguntó Salvador.

Tengo que empezar a buscar entre las chicas desaparecidas para identificar el cuerpo, hablar con los forenses, y con el comisario… y habrá que establecer un plan para hablar con los medios, porque estaría bien que los ciudadanos colaborasen para encontrar… bueno, ya sabes, los brazos —respondió Leire—. Los peritos están vaciando el trastero para inventariarlo todo. Te toca hablar con ella, pero sé amable, ¿vale?

Como siempre, señora —respondió Salvador, con un mohín—. Sólo soy un capullo con los que lo merecen.

Hay algo que no me gusta —musitó Leire, dando la espalda a la chica con la excusa de peinarse la coleta—. Está muy nerviosa, y creo que nos oculta algo. Algo importante, que la pueda meter en un lío. Ve con cuidado, pero insiste cuando la veas titubear.

De acuerdo. Poli bueno y poli malo todo junto, ¿no?

Sí —Leire le apretó la muñeca como gesto de familiaridad algo forzada, y se marchó.

¿Vamos a tardar mucho? —preguntó Amparo— Casi son las ocho y no suelo llegar tan tarde a casa.

No, tranquila, solo serán unos minutos más —contestó Salvador, tratando de calmarla—. De todos modos, ¿sueles salir los martes por la noche?

Amparo no respondió.

Es igual, no es asunto mío —continuó Salvador, tratando de arreglarlo—. Vamos allá. Tengo que preguntártelo: ¿dónde has estado esta noche? ¿Estabas sola o con amigos?

Amparo respondió tranquila.

He estado en tres bares de la zona de Atocha. Todo el tiempo con la misma gente, éramos seis… cuatro por momentos. Puedo llamarlos.

Perfecto. Mañana probablemente volvamos a preguntarte, pero queda constancia de que tienes una coartada más que sólida. Vamos a otra cosa. Según nos has contado, fuiste al trastero a por un abrigo, ¿es así?

Amparo asintió, poniéndose más tensa. Un compañero de Leire le trajo el vaso de plástico con leche caliente y demasiado azúcar.

Muy bien —retomó Salvador. El trastero es de Lily pero ella te dio una copia de su llave. ¿La conoces bien?

Sí. —Amparo dio un trago a la leche y comenzó a hablar con un hilo de voz—. Conozco a Lily desde hace ocho años. Ella trabajaba como técnico de sonido en Madrid algunos meses al año, y yo era relaciones públicas de varias bandas. Somos amigas. —Hizo esta aclaración levantando un poco la voz—. Ella trabajaba casi todo el año en Inglaterra, bueno, en Reino Unido, iba y venía. Estuvo así un tiempo, yo empecé a trabajar en una discográfica y luego se fue a Estados Unidos un año entero.

Espera, para un poco —interrumpió Salvador—. ¿Qué nacionalidad tiene Lily?

Es española, pero está tratando de conseguir la nacionalidad estadounidense —continuó Amparo, reclinándose en la silla y apartando su tupida melena de sus hombros—. El caso es que a ella nunca le gustó mucho España… ni ningún sitio, es de estas personas que necesitan moverse constantemente. —Amparo pronunció estas últimas palabras con desdén mal disimulado—. Luego volvió, nos vimos un par de veces y retomamos el contacto… y cuando vino para traer su ropa al trastero, hace un par de años, me llamó y me dio una copia.

¿Así, sin más? —preguntó Salvador, sorprendido— ¿Se la pediste tú, te la ofreció ella?

Amparo suspiró.

Lily es así. Un día desaparece del mapa, hace quince conciertos en tres semanas, te manda un mensaje diciendo que eres su mejor amiga, luego no responde al teléfono ni en las redes durante meses, y de pronto un día aparece en tu casa con las llaves de un trastero lleno de ropa porque un día le dijiste que te gustaban sus pantalones.

Salvador detectó un intento de desviar el tema hacia la vida personal de Lily y trató de reconducir la conversación.

Vale, lo cojo, tu amiga está un poco loca. Volvamos a lo que nos ocupa. ¿Sólo hay ropa en el trastero?

Amparo frunció el ceño, un tanto sorprendida.

Sí, ropa, complementos, o sea bolsos, sombreros y cosas así, y a veces dejaba alguna sorpresa, como joyas, por ejemplo. Era como entrar en una pirámide.

¿Joyas? —preguntó Salvador— ¿y no se las han robado?

No, ¿quién querría hacer eso? Además, sabemos que ella puede aparecer en cualquier momento sin avisar —Amparo lanzó una mirada traviesa a Salvador—. No sabes de qué clase de ropa te hablo, ¿verdad? Allí hay cazadoras de mil euros, faldas de quinientos, cinturones de cien, y botas que si no son devueltas en perfecto estado… más vale que te trague la tierra porque ella te matará. Así que si aparecen unos pendientes de oro, se les trata con el mismo respeto que unos zapatos… o unas esposas —remató la joven, guiñando un ojo.

Salvador tragó saliva y volvió a centrarse en su labor. Un titular en grandes letras de molde, “Rockera celebra orgías fetichistas en un trastero del centro de Madrid” parpadeaba en su mente.

Voy al grano. ¿Había drogas guardadas allí?

No —respondió Amparo, muy seria—. Lily es excéntrica y no sabe ahorrar, pero no es gilipollas. Además, hace mucho que no se mete.

De acuerdo. No hace falta que te crea, porque estamos peinando cada centímetro de ese lugar en busca de pruebas. —No era cierto, aún necesitaban localizar a la dueña del trastero— La otra cosa que me interesa: ¿cuánta gente tiene acceso?

Cinco —replicó Amparo con cara de fastidio—, somos cinco chicas las que tenemos la llave.

Vale, sois cinco las que tenéis la llave. —Salvador se tomó un tiempo para reclinarse, arremangarse la camisa dejando ver unos antebrazos con mucho vello, y cruzar los brazos—. Pero quiero saber cuánta gente ha entrado últimamente y cuánta usa esa ropa, porque tengo un cadáver mutilado sobre una mesa de acero inoxidable y creo que te estás haciendo la tonta. Y me estás haciendo perder el tiempo.

Amparo palideció. Comenzó a rascarse las rodillas y miró hacia el suelo.

¿Qué es lo que debo saber?— insistió Salvador, con voz baja pero firme.

La idea no fue mía… —empezó Amparo, asustada—. Un día una amiga de Lily me dijo que aunque la banda no es muy conocida en España, hay muchos fans que están locos con su estilo, ya sabes… les gusta su look en el escenario y quieren parecerse a ella, así que…

No —Salvador se tapó la cara con las manos y resopló—. Habéis estado alquilando la ropa a los frikis sin el conocimiento de la dueña.

Sí —admitió Amparo, al borde del pánico— Por favor, no se lo digas a ella.

Cielo, lo va a saber ella y lo va a saber todo el mundo. Yo creía que gracias a ti podríamos averiguar quién era la chica muerta, o las razones de asesino para matarla y dejarla allí, pero por lo que dices… cualquiera podría tener acceso al trastero, sobre todo porque de una llave se pueden hacer infinidad de copias.

Amparo pareció recordar algo y negó con la cabeza.

No se puede, Lily mandó cambiar la cerradura por una especial, y no se pueden copiar en España, hay que hacerlas en Alemania.

A Salvador esto último le sonó a un farol de la artista para evitar tentaciones. Sin embargo, no lo discutió.

¿Puedes decirme cómo contactabais con ellos? ¿Cómo anunciabais… el servicio, o cómo negociabais el precio? ¿Hay páginas en internet para esas cosas, o algo así?

Amparo se mordió el labio inferior.

No, lo mantuvimos en secreto. O sea, sé que circulan rumores por foros de música y de moda, pero para alquilar la ropa tenían que contactar con uno de nosotros por teléfono.

Salvador respiró aliviado. Eso quería decir que había rastro de las conversaciones y se podría localizar rápidamente a los implicados sin contar con la brigada de delitos informáticos, o como los llamaba Leire, “la guardia civil de internet”, que estaban muy ocupados con cosas más importantes.

¿Tienes los teléfonos de la gente que tiene las llaves y alquilaba la ropa?

Sí —respondió Amparo, mientras sacaba su enorme teléfono móvil del bolso—. Pero oye, hablando en serio, no creo que nadie de los que ha entrado ahí pueda haber matado a la chica.

No lo sé. No sé si solo alquilabais la ropa, ni sé por cuánto dinero lo hacíais, y creo que habéis enfadado mucho a alguien. Tampoco me he creído la mitad de lo que has contado — respondió Salvador, cogiendo el móvil de sus manos antes de que ella pudiese reaccionar—. Pero acabo de decidir que esto es una prueba y voy a usarlo para intentar resolver este caso. Así que aprovecha, y delante de mí, llamas a tus amigos para decirles que vengan ahora mismo.

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4 comentarios en “Lily tiene un secreto en el desván (Capítulo 2)

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