Lily tiene un secreto en el armario (relato por entregas) (Capítulo 1)

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El cuerpo sin vida y mutilado de una joven aparece en el trastero donde una rockera guarda sus prendas más preciadas. La inspectora Chamorro tendrá que averiguar qué ha ocurrido y se verá envuelta en una historia de la que conoce muchos detalles.

 

Liliana tenía 40 años y era feliz. Tocaba el bajo en una banda de rock duro, Silver Linings, con relativo éxito en la escena independiente. Eran conocidos en España porque todos sus miembros eran españoles, y en Estados Unidos porque vivían allí. A pesar de no haber alcanzado la fama mundial, cumplían los estereotipos consabidos de los rockeros de mediana edad: cuero, adicciones, tatuajes, matrimonios fallidos, hijos desatendidos, promiscuidad sexual y vacío existencial.

Sin embargo, Liliana amaba su vida y no lo cambiaría por nada. Ganaba lo suficiente para tener un buen seguro médico, y su estabilidad económica le había permitido mudarse desde la aburrida, aunque legendaria, Seattle a la mítica y bulliciosa Nueva York, aunque para ello tuviera que compartir piso con cuatro chicas igual de soñadoras. Merecía la pena. Allí había hecho más negocios que en cuatro años viviendo en la costa Oeste, y cuando se quedaba sin dinero o sin amigos, podía dar paseos interminables por los lugares donde sus mitos de siempre habían pasado y donde se habían inspirado para componer.

Ella siempre había querido ser P. J. Harvey. Bueno, no siempre, antes había querido ser Alanis Morissette, Gwen Stefani y Fiona Apple. Pero en P. J. había encontrado un mito inmortal y universalmente respetado. Lo tenía fácil para parecerse a ella físicamente, flaca, lánguida y andrógina, y ella le añadía un toque de sofisticación y relativa feminidad. Musicalmente era otro tema: los críticos (y algunos miembros de su banda) decían que Liliana era más mitómana que artista, pero ella nunca paró de componer, y conservaba prácticamente todo lo que había hecho. Esta costumbre venía de la reticencia de sus compañeros a aceptar los temas que ella componía, y la mayoría de sus aportaciones; a fin de cuentas, ella solo era la bajista. Ella quería conservar su huella en la música, aunque nunca tocasen sus canciones. A base de empeñarse (y de adoptar una actitud pacífica en los últimos tiempos, a diferencia de sus ataques de ira de los primeros años) había logrado que sus comentarios constructivos y sus versos fuesen abriéndose paso en los sucesivos álbumes de los Silver Linings. Ella estaba muy orgullosa, y últimamente había empezado a beber menos y comer más, es decir, comer como una persona normal de su edad y complexión.

Liliana había estado a punto de morir tres veces: la primera cuando era niña, por una negligencia médica en una operación de apendicitis; la segunda, por mezclar alcohol y relajantes musculares en lo que muchos consideraron un intento de suicidio, a los veintisiete años. La tercera, un año después, el día que conoció al cantante de su banda, la cual aún no existía. Ella trabajaba como técnico en un festival en Reino Unido, y sufrió una electrocución cuando instalaba cableado en lo alto de una estructura, y salió despedida. Afortunadamente, llevaba puesto el arnés de seguridad, y quedó suspendida a diez metros del suelo, inconsciente, su cuerpo doblado hacia atrás, sujeto por la cintura, evitando la muerte. La rescató Alejo, el cantante, casualmente otro español trabajando allí, y le hizo un masaje cardiaco que la trajo de nuevo al mundo. Después se enamoraron, formaron la banda, se separaron, se volvieron a juntar, se volvieron a separar, él amenazó con expulsarla de la banda, y el resto es más o menos historia.


Leire Chamorro tenía las uñas hechas un desastre. Se las había pintado de marrón grana hacía unos días, pero el barniz ya se había desconchado en casi todos los dedos. Se sentía frustrada, porque se había pintado las uñas en un denodado esfuerzo por parecer femenina sin ponerse tacones. Pero la laca de uñas barata y las naranjas para disimular el mal aliento no casaban bien. Estaba distraída rascando lo que quedaba, mientras su compañero, Salvador Arribas, la llevaba al lugar del crimen.

Esto te va a encantar— comenzó Arribas, entusiasmado, sin mirar a la inspectora Chamorro—. Han encontrado un cadáver dentro de un trastero de la calle Méndez Álvaro. Tú tienes uno por aquí también, ¿no?

La inspectora se tomó su tiempo para disimular su horror.

No veo qué tiene de especial, además de tu consabido morbo. —Se giró hacia él, altiva—. ¿No tienes nada mejor?

Él sonrió, desafiante.

Lo ha encontrado una chica, es de una amiga suya, una artista supuestamente conocida, aunque a mí no me suena de nada— se detuvo a mirar de reojo el informe—. Lily Sandoval, es madrileña pero pasa casi todo el año fuera de España. De hecho, están intentando localizarla. Toca en un grupo de rock, los Silver Linings. —Encogió los hombros y dijo con desprecio—. Ni puta idea.

Bueno, los he escuchado alguna vez por los bares, no están mal.

Leire los había visto tres veces en directo y tenía un CD firmado por el cantante, Alejo.

Algo más? —retomó la inspectora— ¿Posible identidad de la víctima?

De momento nada, y aquí viene lo bueno. No han podido cotejar las huellas, porque…— Salvador hizo una pausa dramática— Le han cortado ambos brazos.

Leire tragó saliva y notó que las pistoleras se clavaban en sus axilas.

¿No vas a decir nada? —Salvador paró en un semáforo y la miró.

Bueno, hay mucha gente que tiene trasteros así, y hay miles de músicos en Madrid, y… lamentablemente la mutilación no es tan rara en los homicidios.

Cuando llegaron se encontraban allí los forenses, la patrulla que acudió a la llamada, y la consternada mujer que había encontrado el cadáver. Leire llamó aparte a uno de los policías para preguntar:

¿Quién es ella? ¿Qué hacía aquí? No es Lily. —Leire dijo esto en voz más baja, para que Arribas no la escuchase, porque no quería admitir que conocía su aspecto.

Es una amiga, se llama Amparo… es amiga de la chica que tiene alquilado el trastero. Estamos tratando de localizarla.

Leire se tomó unos segundos para observar a Amparo: unos treinta años, delgada, de piel curtida y mirada dura, pero conmovida en ese momento. Vestido corto y negro, sandalias a la moda, sin joyas. Pelo revuelto. Labios rojos y oscuros.

Inspectora, ¿puede venir, por favor? —rogó un perito forense que estaba examinando el cadáver.

Leire titubeó y se acercó fijando su mirada en el hombre que la acababa de requerir.

Dígame —respondió, sin sacar las manos de los bolsillos de la parka, para poder juguetear con sus cosas y así aplacar los nervios.

¿Qué le parece esto?

El perito sostenía en su mano enguantada un triángulo de plástico, con las iniciales SL grabadas. Leire abrió mucho sus ojos marrones.

Es una púa para tocar la guitarra, y lleva las iniciales del nombre de la banda de Lily —respondió Amparo.

¿Dónde estaba? —preguntó Leire, agachándose después de juntar todo el valor que pudo.

Junto al cuerpo, lo he cogido porque lo acababa de mover con el pie. Lo siento. De todos modos ya habíamos terminado de sacar las fotografías.

No pasa nada, luego las miraremos con calma —dijo Leire, para tranquilizarlo.

Qué raro —comentó Salvador—. El asesino, o asesinos, no dejarían un mensaje en la víctima a menos que la dueña la conociese, ¿no te parece?

No necesariamente, los mensajes se pueden dejar en cualquier víctima —respondió Leire, que ahora no podía poder apartar la vista del cuerpo mutilado—. Además, ¿cómo sabes que es desconocida?

¿Le suena esta mujer? —preguntó Salvador a Amparo.

Amparo se giró lentamente y miró a la muchacha a la cara, tratando de ignorar lo demás. La chica muerta era muy guapa, morena, con los ojos grandes. Amparo negó con la cabeza.

Es ropa de Lily, en eso sí que me he fijado —dijo Amparo, sollozando—. Le encantaba ese vestido.

Era de cuero azul, y por el corte y el escote había estado de moda hace unos cinco años, calculó mentalmente la inspectora Chamorro. No había bolso, ni otras pertenencias. No había sangre. No había nada.

Quien la haya matado, probablemente también tenía llave para entrar —comentó Salvador, examinando el cuarto.

Desde luego no han forzado la cerradura —respondió el policía de uniforme—. Y nadie del edificio ha oído nada.

Tampoco me extraña —dijo Leire, examinando el pasillo—. Aquí sólo hay trasteros. Esta es la última planta del bloque, y si las viviendas están bien aisladas, nadie tiene por qué oír ni ver nada. Además tiene acceso directo desde el ascensor, con lo cual pudo entrar y salir de madrugada sin que nadie lo viese. O la viese. De todos modos, por la ausencia de sangre, no la han matado aquí.

Bueno, esto cada vez es más complicado —repuso Salvador, poniéndose nervioso—. Vámonos a comisaría.

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4 comentarios en “Lily tiene un secreto en el armario (relato por entregas) (Capítulo 1)

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