Vértigo (relato completo)

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Bruno llegó a casa a las seis y cuatro minutos de la tarde, cerró de un portazo y dejó caer las llaves en la repisa de la entrada. Se sentó en su silla de la mesa de la cocina, respiró hondo, entrelazó las manos sobre la mesa y no tuvo más remedio que admitir la cruda realidad.

-Acabo de ver a Eva.

Lo pronunció claramente, en voz alta, pero no había nadie que le respondiera.

Era ella. Entró en la cafetería cuando Bruno ya se había despedido de su amigo y se levantaba para irse. La vio claramente, de forma nítida, y sabía que no era una alucinación; hablaba y se movía con normalidad, le pidió al camarero de la barra un café solo y una tostada y se sentó en un taburete.

Era ella. Llevaba su pelo castaño teñido de negro, un abrigo viejo que él no había visto antes; su aspecto no era el que él recordaba, así que esa imagen no provenía de ningún rincón de su memoria. Ella parecía enferma, más delgada, pero la reconoció porque tenía su misma manera de moverse, por sus orejas pequeñas y redondas. El hoyuelo en su mejilla cuando sonreía, la forma de abrir una revista y doblarla hacia atrás para leerla.

Era ella. Y lo miró a los ojos.

-Me miró a los ojos.

No era la primera vez que sucedía, hacía una semana ya la había visto por el vecindario; también con el pelo negro, también pálida.

Pero su novia llevaba muerta seis meses.

Se levantó, preparó una tila y comenzó a barajar las opciones:

“Es un fantasma”. La más plausible, sin lugar a dudas. Pero a) los fantasmas no existen, b) su aspecto no coincidía con el que tenía cuando murió, y c) no tenía sentido.

“Es una chica idéntica, que por casualidad frecuenta los mismos sitios que yo.” Lo descartó de inmediato; las coincidencias existen pero en este caso eran demasiadas, y además había algo en la mirada de la chica que lo dejó helado: ella lo conocía.

Otra opción era que su novia no hubiese muerto en verdad, que hubiese desaparecido y amañado su muerte para huir de problemas o acreedores; pero él mismo reconoció su cadáver en el depósito después de que la encontrase un vagabundo. Fue degollada en un callejón, por oponer resistencia cuando le robaron las alianzas de boda que acababa de comprar; el agresor la siguió al salir de la joyería. Su prometido estaba a sólo unas manzanas, esperándola para ir a probar el menú el banquete.

Ella murió desangrada. El cadáver era el suyo, su cara, su cuello; las pertenencias eran suyas, su documentación, su ropa. Su olor, reconoció su olor por encima del hedor de la sangre y la muerte.

Bruno había visto a su novia y necesita saber qué había ocurrido, pero no tenía forma de localizarla o asegurar un nuevo encuentro.

Tras una hora pensando miró su tazón, y la tila seguía intacta. Se sirvió una copa de whisky, encendió la televisión y empezó a beber. Ya era un hábito; lo único que hacía desde que ella murió era beber, trabajar cada vez menos y peor, y ver la televisión.

A la mañana siguiente se despertó pasada la hora de ir a trabajar en el mismo sillón, con la misma ropa y una resaca del demonio. Creyó que se había despertado solo, pero entonces el teléfono volvió a sonar. Lo descolgó torpemente y volvió a sentarse.

-Hola, soy yo. -Era ella. Bruno, paralizado, no respondió. -Espero no haberte despertado. Te he llamado al móvil pero está apagado. Bueno, tenemos que vernos. Ayer no fui capaz de darte explicaciones.

Su voz sonaba áspera, átona, carente de interés. Definitivamente no sonaba enamorada. Bruno seguía sin responder.

-En fin, sé que me estás escuchando y sé que eres tú, me han dicho que sigues viviendo ahí. Voy a ir al cajero y luego hacia el paseo del río, a la altura del Puente Colgante. Te espero allí, no tengo prisa. Hasta luego, Magú.

Al oír su apodo, que sólo usaba ella, una punzada le atravesó el estómago. Siguió sujetando el teléfono en la mano derecha aún después de que ella colgase. Finalmente colgó él también, y fue a darse una ducha.

Su amada había vuelto de entre los muertos; acababa de constatar el hecho, de modo que no se había vuelto loco. Sin embargo, tal vez ésta fuese una alucinación prolongada en el tiempo, vívida, tangible. Mientras se secaba el cuerpo con la toalla que ella solía usar, decidió disfrutar de esa nueva oportunidad a su lado, aún en el caso de que fuese dentro de su imaginación.

Llegó sólo veinte minutos después, sin haber desayunado; antes de que llegase hasta donde ella estaba, Eva echó a andar hacia un merendero cercano, semi oculto por unos sauces, y se sentó. Bruno se sentó frente a ella, sin atreverse a abrazarla o besarla.

Eva parecía tan fría e inclemente como aquel mes de noviembre.

-Hola. -Bruno la saludó con entusiasmo contenido.

-Hola. -Eva trató de ser amable- Me alegro de verte.

-Y yo a ti… ¿cómo…?

Eva no esperó a que formulase la pregunta. -Vale, esto que te voy a contar es muy fuerte, pero no hay forma de edulcorarlo: he resucitado. Sí, esa es la palabra, he vuelto a la vida. Bueno, no lo he hecho yo sola, lo ha conseguido un especialista en terapia génica. Todo estaba planeado; sé que debí habértelo contado, pero no sabía cómo.

Eva hizo una pausa esperando una reacción de Bruno, pero no la obtuvo. Continuó: -El caso es que hace un año un compañero de facultad me habló de este especialista, que estaba experimentando técnicas de reparación celular en enfermos de cáncer y necesitaba sujetos sanos, como control. Nos iba a pagar una cantidad simbólica pero me venía bien. De modo que me presenté allí y tras algunas pruebas, me ofreció participar en un proyecto… más allá de mi muerte. Me pareció una locura, pero él dijo que yo era un buen sujeto experimental porque veía mis ganas de vivir.

-No… no entiendo… -Bruno estaba convencido de que despertaría de un mal sueño de un momento a otro.

-Ya, bueno, nunca fuiste muy rápido. Voy al grano: él es el primer especialista del mundo en “Restauración de las Constantes Vitales y Reposición de Variables Celulares en Cuerpos Intactos”. Esto implica que la vuelta a la vida se tenía que producir antes de que mi cuerpo se deteriorase demasiado. Pero él no podía actuar en mi cuerpo antes de la muerte, porque sus experimentos requerían que mis órganos se detuviesen.

-Pero te enterramos. Yo estuve allí.

-Esa no era yo.

-¡Joder, yo velé tu cuerpo! ¡Estabas ahí, estabas fría! ¡Te maquillaron como a una puta, todo el mundo lo dijo! -Bruno temblaba con la excitación y la confusión.

Ella miró a la mesa durante largo tiempo, y empezó a hablar como si llevase su discurso preparado.

-Viste lo que viste: yo estaba muerta. Pero como te he dicho, todo estaba preparado. No te sientas estúpido, no lo sabe nadie más. Este especialista está infiltrado en funerarias y hospitales, así que recibió una alerta cuando registraron la entrada de mi cadáver en el depósito. En el momento adecuado recogió mi cuerpo y lo sustituyó por otro de una chica sin identificar, para que hubiese algo parecido en la caja en caso de que alguien quisiera abrirla. Hizo un buen trabajo maquillándola, se parece a mí, la vi en una foto después de… volver. Por eso me maquillaron tanto y tan mal a mí, para facilitar la imitación. Me llevó a su clínica, a él no le gusta llamarla laboratorio, y allí me conservó una semana. Estuvo manteniendo mis tejidos en buen estado, induciendo procesos enzimáticos para restablecer el funcionamiento de mis órganos, y en el momento adecuado me trajo de vuelta.

-¿Cómo? ¿Usando la energía de un rayo? -bromeó él, tratando de ser escéptico frente a la evidencia.

-Yo estaba sumergida en un metal fundido en frío, un superconductor eléctrico patentado por él, y al poner en contacto la chispa de un generador de alto voltaje, ocurrió.

El caso es que hice todo esto por un motivo: yo quería otra oportunidad. Aún no había acabado mi carrera, me estaba preparando para unas pruebas en un equipo profesional de voleibol, que como sabes era mi pasión, mi hermana estaba embarazada de gemelos… eran demasiadas cosas las que estaban ocurriendo, y no quería ni pensar en perdérmelas.

-Además, te ibas a casar. -Musitó él con la mirada perdida.

-Sí, bueno, ya hablaremos de eso. -Eva volvió a centrarse en su relato, molesta. -Total, me decidí por eso aunque luego requirió una gran inversión, porque era muy joven y merecía la pena intentarlo.

Bruno se sintió herido por su frialdad y en ese momento se dio cuenta de qué era lo que tanto le inquietaba se su nuevo aspecto. Además de estar pálida, demacrada, y de aquella espantosa cicatriz en el cuello que trataba de disimular con un pañuelo… eran sus ojos. Sus ya de por sí intensos ojos verdes brillaban más que nunca, y no tenían un tono extraño alrededor del iris, ni siquiera inyectado en sangre, o amarillento: era gris. Un gris acuoso que hacía parecer a Eva una bruja, un monstruo, una banshee

-Disculpa que no pueda seguir tu historia, pero hay algo perverso en todo esto, quiero decir… tu tiempo se había terminado. Yo deseé con todas mis fuerzas que no fuese así, pero aquel era tu fin.

-Fue una muerte prematura, no tenía que haber ocurrido. Verás, todo está en tus cromosomas. En los extremos de los mismos están los telómeros, que determinan el número de veces que se van a dividir las células. Alargando los telómeros, alargas la vida de un tejido. Estas investigaciones comenzaron para combatir el cáncer. ¿Me sigues?

-No mucho, pero continúa, por favor.

-Este doctor considera que, si bien por el momento es difícil alargar la vida del paciente manipulando los telómeros para que aumente su duración hasta límites sobrehumanos, todos deberíamos poder vivir lo que estamos destinados a vivir. Y si morimos por causas sobrevenidas, nos da una nueva oportunidad.

-¿Entonces todos podemos saber cuánto vamos a vivir?

-No exactamente, pero podemos conocer nuestra esperanza de vida en función de antecedentes de enfermedades, longevidad de nuestros antepasados… y por la longitud de nuestros telómeros. Ha calculado que no moriré antes de los setenta y seis.

-A menos que tuvieses un accidente.

-Sí, a menos que tuviese un accidente. -Eva se miró las manos, tensa. Llevaba las uñas más largas que antes, o tal vez su piel se había retraído, como Bruno había leído que les ocurría a los cadáveres. Él disimuló su repentino asco.

Se tomó un tiempo para digerirlo todo.

-¿Y vas a casarte conmigo, o ya pasas?- El tono de Bruno estaba cargado de cinismo.

-Necesito un pitillo.

-¿Los resucitados fumáis? Así te vas a volver a morir pronto.

-Ya no recordaba tu repulsivo sentido del humor. -Encendió un cigarrillo -Supongo que no te interesa, pero hago casi todo lo que hacía antes, salvo dormir. Me meto en la cama, dejo pasar unas horas, mi cabeza descansa, y me relajo mucho. Es como la meditación… pero no duermo.

Bruno reconoció a su prometida en la joven flaca y nervuda, fumando con los puños de la chaqueta estirados hasta los dedos.

-Oye, ya sé que todo esto es muy raro… pero yo…

Ella se giró hacia él, extrañada.

-Te quiero. No me importa lo que haya pasado, para mí que tú hayas vuelto es un regalo. Estos meses han sido una pesadilla, yo… Yo pensé en matarme para irme contigo.

-Oye, no sigas, por favor… -la voz de Eva se quebraba por momentos- De verdad, déjalo.

-Quiero casarme contigo. Aunque sea en secreto, me casaré contigo.

Eva estalló, agobiada por tener que fingir: -¡Quería romper contigo! Por eso te llamé. Por eso tenía que verte. Bruno, yo te quería, ¿vale? Te quería, en eso nunca te mentí.

-Pero ahora no me quieres.

-No sé lo que siento, no sé si puedo sentir. Pero quería casarme, desde luego. Ya tenía mi trabajo, mi coche, íbamos a comprar una casa, y…

-Espera, ¿te ibas a casar por cumplir un trámite?

Eva se giró y clavó sus ojos extraños en él. -Tú eras mi novio, repito, yo te quería.

-No me amabas.

-No. Nunca me enamoré de ti, no sabía que eso era un requisito. No conozco a tanta gente que se case enamorada. Sencillamente están bien con alguien y se casan y tienen hijos, es lo que se hace.

-¿Y por qué no nos casamos ahora?

Por primera vez en mucho tiempo, incluso antes de morir, Eva se rio a carcajadas. -Tío, estoy muerta y me han reanimado. No soy la de antes, ¿vale?

-No me importa. Quiero decir… eso es secundario.

-Eh, que sí puedo tener sexo. Sólo que es… distinto, pero me gusta. Lo que quiero decir es que… se acabó, no me gusta lo que tengo ahora. He ido a ver a mis sobrinos y los he visto de lejos, me he despedido de lejos. Pensé que podría explicárselo a mi hermana, igual que te lo he explicado a ti. Pero no quiero asustarlos.

-No das miedo. -mintió.

-Sí lo doy, te lo noto. Lo noto incluso en gente que no me conoce, que vive donde ahora vivo yo, muy lejos de aquí, con una nueva identidad. Mis compañeros de piso disimulan porque son cosmopolitas, pero aún así… Me miran raro, notan que mi temperatura no es la normal. Mi especialista me reembolsó parte del precio por eso, no consiguió subirme de veinticinco grados.

-¿Cuánto te costó?

Eva lo miró ahora de forma culpable.

-Treinta mil. Tenía algo ahorrado de mis trabajos de verano, y además usé el dinero que me dieron mis padres para casarnos… En realidad nunca compré el vestido. No compré los anillos. Fui a la joyería a cancelar el encargo.

-Pero te mataron por ellos.

-No. Me atracaron, pero no llevaba nada y me resistí. Es lo que trataba de explicarte… yo iba a cancelar la boda. Iba a decírtelo, pero no pude. Cambié de idea, ya no quería casarme.

Bruno se quitó las gafas y se frotó la cara, tratando de pensar. Sólo acertó a preguntarle:

-¿Dónde vives?

-Cerca de Londres. Mi especialista tiene la clínica en Whitechapel, y tengo que volver cada cierto tiempo para comprobar mis niveles de telomerasa y mis constantes vitales, o sea, las nuevas. Yo no puedo ir a un médico normal si me pongo enferma: tengo la tensión entre dos y seis, mi pulso es muy lento. Tengo alquilada una habitación en un barrio tranquilo. Me gusta, y aunque hace frío, a mí no me afecta. Nadie pide explicaciones ni se mete en mi vida, y voy tirando con el dinero que me devolvió mi especialista, pero no me atrevo a buscar un trabajo.

-Mujer, en las ciudades grandes las cosas son distintas, hay gente de todo tipo.

-Yo soy muy diferente, demasiado diferente. Tú no lo entiendes, la gente me mira muy mal.

Bruno notó que ella tenía ganas de llorar, pero algo se lo impedía. Algo físico: era como si no tuviese lágrimas.

-No soy humana, ¿comprendes? Yo sabía que no lo sería, pero aún así acepté hacerlo porque quería seguir disfrutando de mi vida. Pero esto es otra cosa. Yo soy otra cosa.

-Tiene que haber alguna forma de ayudarte, tu dichoso especialista tiene que tener algún as en la manga. ¿No hay más como tú?

-Sí. Pero eran mayores que yo cuando esto les sucedió, más experimentados, y más solitarios, no necesitan la compañía de nadie. De todos modos, todos ellos están deprimidos.

-Lo siento mucho.

-Por eso… bueno, hay otra cosa que tengo que decirte. No aguanto estar así. De verdad, lo he intentado, pero cada mañana me levanto deseando que el día sea diferente. Todo es insípido, no percibo las cosas como antes. Y la gente…

-Que le den a la gente, pasa de ellos. También miran mal a otros por otros motivos, pero por eso estás más a gusto allá, ¿no? Pues vive a tu aire. Además, siempre puedes medicarte, ¿no?

Eva sonrió amargamente pero agradecida, viendo los intentos que hacía Bruno por animarla. -No, nada de lo que tomase me podría ayudar. Mi cerebro no funciona como antes, su bioquímica es distinta a la de la gente normal, para la que se hacen los antidepresivos.

-Pues lo siento mucho, ojalá pudiese hacer algo.

-Cielo, no tienes que hacer nada. Ya está todo planeado. Me vuelvo mañana a Inglaterra, y cuando me sienta preparada…

-¿Vas a suicidarte?- Exclamó Bruno.

-No, no hace falta. No creo que pudiese hacerlo. Esto estaba contemplado en el contrato que firmé, por eso pagué dos mil euros más del paquete estándar, él se encargará. Lo único que tiene que hacer la próxima vez que vaya a verlo es inyectarme una sustancia cuando me haga análisis para controlar mis constantes.

-No. -Repuso él, rotundo.

-¿No qué?

-No lo hagas, olvídalo. No puedes morirte ahora.

-Ya te lo he explicado, esto es una mierda. Fui a ver a mis sobrinos porque era una tarea pendiente, pero no sentí nada, ¿comprendes? No me alegré de verlos, en realidad no puedo alegrarme de verte a ti ahora aunque quiera.

-¿Y qué? Nunca fuiste una sentimental. Por favor, piénsalo. Tienes una segunda oportunidad, puedes hacer muchas cosas, y ser feliz de algún modo.

-Ni siquiera puedo trabajar.

-¡Claro que puedes! -Bruno lo apostó todo a una carta. -Llevas una chaqueta muy bonita, ¿a que la has hecho tú?

-Sí. -Eva frunció el ceño, más arrugado que antes.

-Yo te recuerdo calcetando en tus ratos libres, y a la gente le gustaba lo que hacías. Ahora todo eso está de moda, ¿no? Puedes tejer y vender ropa por internet, o en un puesto en la calle. Seguro que la gente comprará tus chaquetas, bufandas, y lo que sea, ¡vives en Inglaterra!

-Bruno, es muy bonito esto que estás haciendo… pero estoy condenada a estar sola, soy un monstruo. Lo que me mantiene en este mundo son los experimentos de un bioquímico que ha encontrado una fórmula para controlar mis cromosomas.

A él se le terminó de partir el corazón al fijarse bien en su boca y darse cuenta su interior no era rosado, sino de un tono violeta apagado. Además, también sus encías se habían retraído. A él siempre le hicieron gracia sus dientes pequeños, pero ahora se veían alargados.

Juntó todo el valor de que fue capaz y le cogió las manos, heladas como si ella aún estuviese en la caja.

-No estás sola. Me tienes a mí.

-Acabo de dejarte, idiota.

-Pero soy tu amigo, desde ya. Aunque estés lejos, me tienes aquí para ti, y podría ir a verte alguna vez. Nunca he salido de Valladolid, e Inglaterra debe de ser muy bonito.

-Eres un encanto, por eso me gustabas. Vale, tengo un amigo. No está mal para empezar…

-¿E internet? ¿no haces amigos por internet? Estoy seguro de que ya has conocido gente.

-Sí, estoy metida en algún foro y alguna red social…

-Pues sigue con ello, pásalo bien. Habla con gente a diario, yo también lo hago. Mira, si te metes a fondo con lo de tejer ropa, conocerás gente de muchos sitios, y no tienes que quedar en persona si no quieres.

Eva enmudeció, se sorprendió a si misma considerando la idea. Vivir hacia dentro. Vivir a su modo, haciendo productivas sus largas noches en vela. También se le daba bien hacer galletas. Podría trabajar desde casa y enviar sus pedidos por mensajería, así se sentiría más a salvo que vendiendo al público. Vivir sin ser vista, pero rodeada de gente. Podría funcionar. Ella no quería morirse… otra vez.

-Mira, sé que no lo vas a decidir ahora, pero por favor, piénsalo. No hagas nada antes de volver a hablar conmigo. No te rindas tan pronto, te lo ruego. Incluso aunque no volviese a verte, sólo deseo que seas feliz.

Eva juntó las manos y se las llevó a los labios, conmovida.

-Pero qué tonto eres. Ven, dame un abrazo. -Eva se levantó y se acercó a él, que ya estaba de pie, expectante. Lo abrazó, y él sintió que el alma se le hacía añicos. Sintió el frío, la delgadez, la falta de aliento; aquella era la Muerte. Su prometida era un saco de huesos que le susurraba palabras dulces.

Aspiró el aire sobre su piel… pero nada, su olor había desaparecido. Tampoco olía mal. Olía a algo entre el suelo mojado después de la lluvia y las tizas de la escuela: anodino, inocuo, inerte. De todos modos la abrazó con fuerza y ella trató de responder.

Cuando Bruno abrió los ojos, aún apretando el abrazo, ella ya no estaba. Notó algo en su bolsillo y sacó una papelito que ella había metido con su dirección e-mail. Lo apretó contra su pecho y se fue a casa. Lloró desconsoladamente durante una hora seguida. Luego su cuerpo quedó laxo, y su cabeza despejada. Una media sonrisa apareció en su cara y se quedó allí para siempre.

Ambos mantuvieron contacto a través del correo electrónico, normalmente era él quien escribía, y ella respondía a veces, siempre con amabilidad y gratitud.

Bruno buscó por su cuenta los avances logrados en la investigación con los telómeros y le telomerasa y descubrió que ya era posible alargar sensiblemente la vida de las células más allá de lo que estaban programadas en principio. Algunos investigadores sugerían que, si bien las consecuencias de estos experimentos eran impredecibles, podían solventar las muertes por cáncer prematuro y otras enfermedades congénitas en gente joven.

Pensó en si mismo y en Eva. Ella lo había rechazado y él no pensaba volver a declararse para no agobiarla, pero… en un futuro lejano cualquier cosa podría pasar. Ella podría volver a sentirse atraída por él, quizá. Y la posibilidad de vivir una época desconocida era tan atractiva que incluso si no volvían a encontrarse, merecería la pena intentarlo.

Tras un tiempo sin saber de ella, una noche Bruno vio una solicitud de amistad al entrar en Facebook. Era de Madeleine the Knitter, la cuenta de una artesana en confección de lana, con imágenes de gran calidad mostrando sus diseños. Bruno reconoció el estilo de Eva en los colores vivos y la composición de las fotografías, muy cuidadas. La aceptó y además se decidió a agregar como amigo a Beyond Health Chromosomic Solutions Whitechapel Ltd, compañía situada en Londres.

Bruno metió otros cinco euros en el bote donde ahorraba lo que ya no gastaba en bebida. Aunque el bote no tenía nombre, él sabía para qué iba a utilizar el dinero.

 

(Este relato fue publicado originalmente en este blog en noviembre de 2015)

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