Mi nuevo personaje, Anita.

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Soy normal. Lo digo con toda la intención, no soy llamativa ni me salgo de ningún canon. Soy más bien delgada, pero no demasiado. En parte es genético, en parte es porque no me da la gana de ser gorda, y hago un esfuerzo para evitarlo; supongo que la intención cuenta en muchos casos. Tampoco soy muy alta, ni muy baja; un digno 1’65 para fundirme en todas las multitudes. Me gustaría ser más alta, pero soy feliz con mis pies pequeños y bonitos.

Tengo el pelo negro azabache, o más bien chocolate negro puro, el azabache brilla más. Podría brillar más, pero si le pongo mascarilla se engrasa, y no lo soporto. Es ondulado, grueso y difícil de domar; lo llevé en una coleta desde que terminé el instituto hasta que Pasó Todo Aquello. Luego me lo corté bastante, hasta los hombros, y si lo cepillo con frecuencia lo tengo bien. Para que te hagas una idea es como si Maribel Verdú no tuviese pasta para alisado y acondicionador.

Mis ojos son grises, pero nadie lo sabe. Dependiendo de la iluminación pueden parecer azules, verdes o tirando a negros, y cada persona se hace a la idea de que son de un color distinto. Si los miras con luz natural, tienen un tono parecido al del cielo un día de primavera cubierto de nubes: plomizo, pero luminoso de alguna forma. Miro de una forma directa, pero defensiva.

Me muevo con bastante gracia, me gusta bailar y de pequeña hice ballet clásico y un experimento de danza contemporánea en un centro social; aquello acabó mal, pero mi madre me sacó de allí cuando solo era sospechoso. Luego fui a jazz y luego a nada, porque ya no se puede bailar música decente. Mi abuela decía que camino como las grandes actrices de los 50 y 60, solo que con menos culo.

En cuanto a mi actitud, soy práctica con un punto distinguido. Lo que se dice «effortlessly cool» pero con «effort», siempre. No sientas presión para ser perfecta, pero siéntela para actuar a la perfección.

Digamos que si mañana se desatase un holocausto zombi yo sería la francotiradora apostada en una azotea con el mejor rifle, una gorra con la visera hacia atrás y untada de protector solar. Porque el cáncer de piel es peor que que te destripe un zombi. Y las manchas, eso también.

Eso viene porque Alberto, el de mi curro, no paraba de hablar de zombis. Y porque tengo la piel sensible y se quema con facilidad. Pero tampoco es blanca. Una movida.

 

No os metáis con ella, que ya la quiero ❤

 

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