El hoyo (ejercicios de escritura):

Inspirado por un ejercicio del capítulo “Descripción” del libro Escribir ficción de Gotham Writer’s workshop.

-Ejercicio: imagina que eres un espeleólogo en expedición que se ha separado del resto del grupo y trata de orientarse y volver con ellos en un lugar en el que no ve nada. Sírvete del resto de los sentidos.

Lo primero que se me ocurrió fue empezar a medir distancias. No sé por qué lo hice, pero me ayudó a retardar la sensación de pánico. De modo que usando mis manos fui calculando el espacio que me rodeaba, que no era mucho; extendí los brazos hasta tocar la húmeda pared porosa, y recorrí la cavidad según serpenteaba a mi alrededor.

Yo me encontraba tumbado, no estaba atrapado pero me resultaba imposible ponerme de pie y no quería seguir avanzando hasta saber dónde estaban mis compañeros. Había perdido contacto con ellos poco a poco, no hubo un instante en el que dijese “debo volver”, sino que de pronto me golpeó el pensamiento de “debía haber vuelto hace un rato”. Tampoco fui muy consciente de que estaba tomando una desviación, tan solo me interesé por una estúpida veta blanca lechosa que transcurría a mi izquierda y que al parecer no llamó la atención a nadie más. Después de recorrer un trecho, me di la vuelta y no los vi, ni reconocí el camino que había tomado. Y por dios bendito que no los volví a oír. De pronto tomé conciencia de que solo percibía el flujo constante de agua por las paredes y el suelo de la cueva, el eco de ese flujo, y  el chapoteo de infinitas gotas con su reflejo correspondiente. Luego la cavidad se estrechó, y decidí dar la vuelta, pero resbalé y mi linterna cayó por una sima de la que me libré por poco.

Bueno, que la cagué. Ahora estaba allí en completa oscuridad, tumbado boca arriba (me había girado para poder respirar bien) en una topera que rezumaba agua cargada de sales, que olían a talco, a jabón, y al mismo tiempo a moho. Probablemente en realidad no olía tan mal pero yo me agobié considerablemente. Tras unos minutos, llegué a la conclusión de que, si apoyaba mi cabeza en la base de la cavidad, cosa que me repugnaba por los pequeños canales de fluido que circulaban, había unos quince centímetros de vano hasta la parte superior, porque eso es lo que mide un palmo mío aproximadamente. Mis hombros estaban a unos diez centímetros de las paredes, pero tenía que moverlos con frecuencia para no entumecerme por el frío y la humedad, así que no estaba seguro de esa medida. Podía mover mis piernas con libertad, y abrirlas mucho hasta tocar las paredes con los pies, pero no tenía ni la menor idea de lo que eso suponía en centímetros.

Finalmente me decidí a impulsarme con cuidado usando mis piernas para volver a donde estaba antes, aunque estuviese a oscuras al menos sería más fácil que mis compañeros me viesen. Entonces ocurrió lo impensable: un resplandor me cegó desde el punto al que me dirigía, impidiéndome seguir, pues necesitaba concentrarme y la luz cegadora me bloqueaba los sentidos. Tuve miedo, pero al mismo tiempo me calmó la certeza de que esa era una buena señal al fin y al cabo. Cerré los ojos con fuerza y seguí contoneándome como un gusano para salir de allí. En un momento dado noté una presión que sujetaba mi pie derecho y grité, presa de los nervios:

-¡Suéltame!

-Si no te ayudo te vas a quedar ahí encajado, capullo.

-Vale Pablo, puedes tirar pero apaga la linterna o enciende otra menos potente, que me voy a quedar ciego.

-Mira que llegas a ser quejica. Voy a llamar a los demás para que me ayuden y te traigan una luz de noche de esas de Ikea.

-Gracias, gilipollas.

 

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