Cuento de otoño (II)

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Aquí puedes leer la primera parte

-Hola, me llamo Alba.

-Yo me llamo Blanca. -respondió la otra chica sin mucho entusiasmo.

-Acabo de mudarme. -comenzó Alba para entablar conversación.

-Yo llevo aquí un tiempo, pero no me gusta. La gente es muy entrometida. -le lanzó una mirada gélida; Alba se dio por aludida y se levantó para irse.

Antes de dar la vuelta hacia su casa se fijó en que la chica tenía la mano izquierda escayolada, y sin acercarse le preguntó:

-¿Cómo te lo hiciste? ¿Te duele?

-No mucho, lo que me fastidia es no poder usarla en dos semanas. Me lo hice cuando tropecé y me caí, buscando setas en el bosque. Gracias.

-De nada. -A Alba no se le ocurría nada más que decir y ya se sentía avergonzada. Se dirigió a casa, y cuando llevaba andados unos metros, Blanca le habló desde atrás, muy cerca.

-¿Tienes un pitillo?

-Sí, creo que sí. A veces le cojo algunos a mi madre, uno o dos de cada vez para que no se dé cuenta.

-Seguro que se da cuenta. -Lo encendió y le devolvió el mechero. -Gracias.

-De nada. -Alba empezaba a impacientarse, quería saber si iban a ser amigas o no.

-¿Te gustaría venir al bosque alguna vez? Es que aquí no hay mucho que hacer.

-¿No es muy aburrido? No sé, para eso me quedo en casa. Podríamos ir a otro sitio, pero sin coche…

-Bah, mi madre a veces va al pueblo en coche y me dice que vaya con ella, pero solo hace la compra y habla con señoras, no me deja hacer lo que quiero. En el bosque podemos hablar y fumar sin que nadie nos moleste, y coger setas, castañas… merendaremos gratis. -Blanca sonrió por primera vez. Era una sonrisa que quería ser afable pero no lo lograba.

-Bueno, la verdad es que si paso más tiempo en casa me voy a hacer amiga de las arañas. -Alba disimulaba su emoción.

-Guay, pues voy a buscarte mañana cuando tu madre se vaya después de comer.

-Vale.

Blanca se fue a zancadas por un sendero y Alba se preguntó cómo podía saber ella nada de su vida.

Al día siguiente, Alba estaba entusiasmada por tener una nueva amiga, aunque como cada mañana tenía que disimular: se levantaba temprano y se vestía para que, cuando su madre se fuese, creyese que ella iba a coger el autobús del instituto.

No rechazaba la idea misma de recibir una educación, sino que cuando fue a matricularse un mes atrás no le gustó lo que vio, y decidió no ir. Parecía buenos compañeros, pero aburridos, como siempre. Y ella no podría pasar otro año aburrida, rodeada de aburridos y aprobando por los pelos diez asignaturas aburridas.

Cuando llamaban por teléfono a casa mamá no estaba, y Alba no lo cogía por si eran del instituto.

La mañana pasó muy lenta, por la espera y porque los ruidos aumentaron de frecuencia y volumen; eran constantes y no le dejaban ni pensar. Se decidió a escribirle a una amiga que vivía en su ciudad natal y a la que echaba de menos, pero los sonidos de la casa la interrumpían constantemente. A los crujidos, gorjeos y traqueteos habituales se unía una crepitación que venía de las paredes, pero no como si se desconchasen, sino como si la casa entera temblase con ritmo sincopado.

crrreeeec crec crrreeec crec creeec

Alba chilló e insultó a la casa varias veces, pero no sirvió de nada. Finalmente cogió una navaja que escondía en bajo una tabla suelta del suelo, y la clavó en la pared, en una parte reblandecida con una mancha de humedad, por si en una más dura podía rebotar. Se produjo una leve sacudida y los ruidos cesaron. Terminó la carta y guardó la navaja.

El almuerzo transcurrió sin novedades, pero mamá sabía que Alba estaba nerviosa. Le preguntó si le había pasado algo en clase, y ella respondió que le gustaba un chico. Mamá sonrió y le dio un beso en la frente.

Cuando se quedó sola, por un momento se preguntó si sería buena idea ir con aquella chica a un sitio que no conocía y donde se podía perder. Buscó mapas de la zona por la casa pero solo encontró uno de carreteras bastante viejo, donde el área ocupada por la aldea y el bosque ocupaban a escala lo que una uña. Se sentó en el sofá raído frente a la tele y halló una posible solución en el costurero de la mesita: cogió un ovillo rojo para ir soltando hebra según se alejase de la zona conocida, y si se terminaba, se inventaría alguna excusa para volver.

Luego se acercó a la puerta principal y se quedó dentro, esperando a Blanca. No iba a hacer nada si ella no llamaba. No se sentía segura. Pero se aburría tanto…

Diez minutos después de la hora a la que mamá se iba habitualmente, llamaron a la puerta. Antes de que Alba se atreviese a mirar por la ventana de la cocina, Blanca la llamó con una voz firme.

-¿Estás lista?

-Sí. -abrió y allí estaba ella, de buen humor.

-Cógete algo de abrigo, que ahora se hace de noche más temprano. Y unas buenas botas, que ha llovido un montón. ¿Llevas una bolsa de plástico? Mejor de tela, para que no se acumule el agua.

-Vale. -refunfuñó Alba; cogió lo que le había dicho, y volvió a salir.

El paseo fue mucho más alegre y sorprendente de lo que Alba se había imaginado. El bosque estaba precioso: los robles, castaños y olmos había desprendido millares de hojas de todos los colores y había muchos regueros de agua corriendo por todas partes. Se sintió como una niña saltando los charcos y hundiendo los pies en la hojarasca. Ni siquiera los insectos, ciempiés y arañas la asustaron.

Las niñas hablaban de sus cosas, sin entrar en muchos detalles. Blanca le enseñó dos clases de setas que ella solía coger, pero le dijo que hasta que aprendiese se limitase a recoger castañas. Alba pensó en esconderlo todo para que su madre no lo viese, sin embargo se dio cuenta de que no tenía nada que ocultar, a fin de cuentas podía salir un rato por las tardes si no tenía exámenes.

«Pero no quiero que sepa que tengo una amiga. Todavía no.»

Cuando el ovillo se terminó, Alba pensó en decirle a Blanca que se iba, pero se lo estaba pasando bien recogiendo castañas y tratando de distinguir unas hojas de otras. Miró alrededor y no identificó ninguna referencia externa al bosque, así que no quiso seguir adentrándose. Todo parecía igual, o al menos los patrones se repetían: árbol-árbol-piedra-arbusto-piedra-árbol-árbol-piedra…

Blanca se dio cuenta de lo que ocurría.

-No pasa nada, no vamos a ir más lejos. Vamos a empezar el camino de vuelta; mira, ya giramos aquí.

Caminaron en torno a un tocón hueco enorme, rodeado de setas semicirculares; entonces Alba vio lo que había dentro, y pensó que no podía ser una casualidad que Blanca conociese ese camino.

Dentro había un esqueleto humano, grande pero no de adulto, pues su fémur era más corto (Alba había visto uno en la consulta de enfermería de su padre). Sus huesos estaban amontonados, pero tuvo que haberse metido muy doblado, o alguien lo metió así. Estaban creciendo hongos entre los huesos.

Alba miró a Blanca, sobrecogida, y ella le contó a modo de explicación:

-Lo encontré hace unos meses, lo llamo Luz. No sé por qué, me vino ese nombre a la cabeza. Me imagino que es otra chica de por aquí, o que se mudó, como nosotras. No se lo voy a contar a nadie, no quiero hablar con la Policía y que me pregunten qué hago aquí sola de paseo.

Alba asintió, sin saber qué responder. Ella tampoco quería hablar con la Policía.

-Será nuestro secreto. -le ofreció la mano, fría y húmeda de recoger setas. – ¿Amigas?

-Amigas.

Volvieron varias veces aquella semana, haciendo siempre el mismo recorrido. Se lo pasaban muy bien hablando de sus gustos, de los chicos, de sus vidas anteriores.

Finalmente, una tarde Alba se atrevió a preguntar:

-Oye, ¿tú me espías? ¿Cómo sabes los horarios de mi madre?

-No, claro que no. ¿Estás loca? Lo que pasa es que mi madre tiene trabajo por la mañana y por la tarde, y me imaginé que la tuya también.

-Ah, vale. Perdona.

Aquella tarde volvieron antes, hacía mal tiempo y tenían mucho frío. Al volver, como siempre delante de Blanca, Alba iba recogiendo el ovillo disimuladamente. Pero al llegar a una zona frondosa lo perdió de vista, giró para buscarlo, y tiró. Tropezó y cayó en su propia trampa.

Al levantarse con la ayuda de Blanca, se dio cuenta de que la había descubierto.

-Pensarás que soy tonta. -Alba se había puesto colorada.

-Sí, pero ya lo sabía, te vi el primer día. Yo también hice eso las primeras veces. Venga, arriba.

La ayudó a recoger las castañas y el ovillo y se fueron a casa.

A Alba le dolía mucho la mano izquierda, y al día siguiente fue al ambulatorio. Se había hecho un esguince, y se la vendaron. Tenía para dos semanas.

Sintió mucho miedo.

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