Día de Reyes (y II)

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Aquí puedes leer la primera parte

Alberto trató de gritar para llamar la atención de los ocupantes del vehículo (que no podía ver) pero no le quedaba fuerza ni voz. Su garganta estaba reseca, y su mandíbula, agarrotada por el esfuerzo y la angustia. Además, la sed empezaba a hacer mella y él sabía que esa era una de las amenazas más acuciantes.

El coche se acercó por un flanco y se detuvo a una distancia prudencial, como si no quisiera ser identificado. Se había aproximado siguiendo un sendero que Alberto y su familia usaban para pasear y recoger setas en otoño. Todos conocían el camino, y él conocía el árbol donde estaba apoyado el coche de su mujer; apoyada contra ese árbol la besó en su primer aniversario, mucho tiempo atrás. En ese árbol que ya podía considerar su hogar.

Alberto se revolvió en su cubículo, inquieto, deseando llamar la atención de las personas que se habían acercado hasta allí. Sin embargo pasó un tiempo largo hasta que hubo más movimientos. En un momento dado oyó las puertas del otro coche abrirse y cerrarse y unos pasos aproximándose por el lateral izquierdo del coche, es decir, el lado donde quedaban expuestos los bajos en ese momento.

Cuando Alberto vio asomarse la cara de su mujer por la ventanilla izquierda, sobre él, logró emitir un sonido ronco y profundo, inhumano. Ese gruñido era producto de la irritación de sus cuerdas vocales, la ira y el tiempo que llevaba sin hablar con nadie, que le había hecho olvidar su propia voz. Carla lo observó con una expresión carente de sentimiento alguno. A continuación se giró hacia la persona que había venido con ella (Alberto no podía verle a pesar de sus titánicos esfuerzos) y musitó: «Está vivo», de nuevo sin ánimo alguno en su voz.

Alberto oyó claramente a su cuñado Enrique responder «Vale».

Luego, silencio. Alberto ya no creía que nada de aquello fuese real. Respiraba trabajosamente, haciendo un ruido sospechoso; pensó que sus bronquios podían estar afectados por el frío, la humedad y la sed. Ignoraba si semejante cosa era posible, y de pronto quiso poder usar su tableta (en ese instante apoyada en su oreja) para consultarlo en Google.

Tras otro rato interminable oyó pasos que se alejaban, luego ruido en el otro coche y luego los pasos se aproximaron de nuevo. Comenzó a sacudir su cuerpo con toda la fuerza que le quedaba, y entonces por fin volvió a sentir sus piernas; le dolían muchísimo, y se alegró infinitamente porque al menos las sentía, aunque no pudiese moverlas más que unos milímetros porque estaban aprisionadas. Por el dolor intenso de la izquierda estimó que tenía una fractura importante de tibia; lo supo porque ya la había sufrido practicando esquí en su juventud («el deporte no es sano», le recordaba siempre su cuñado). Entonces los pasos llegaron a la altura de la parte trasera del coche y escuchó las llaves tratando de abrir el maletero. «Un momento, ¿Carla va a abrir y va a ver lo que hay? ¿Enrique se lo ha contado?». Alberto volvió a sacudirse al caer en la cuenta de que todo se podía complicar aún más. Se acordó de pronto de que la droga estaba bien resguardada en el doble fondo, por lo que no había peligro de que la descubriese. Respiró aliviado.

Pero las llaves no podían abrir el maletero. Tras unos minutos intentándolo, su mujer y su hermano tomaron una determinación drástica: empezaron a golpear el portón con algo muy pesado, que él no supo identificar. Propinaban golpes secos a un ritmo lento y constante, porque de cada vez tenían que aplicar una fuerza brutal. Alberto empezó a gemir, impotente. Al estar totalmente unido al coche, cada golpe sacudía su cuerpo magullado de una forma terrible, desplazando sus huesos rotos. Al dolor acuciante se unían los chasquidos, crujidos dentro de su cuerpo que no sabía si correspondían a huesos rotos que entrechocaban o a nuevas fracturas producidas por los golpes que estaba recibiendo. Trató de pensar en algo alegre que lo evadiese de aquel infierno: pensó en sus hijos, Marco y Sara, que estarían en esos momentos jugando con sus juguetes nuevos y comiendo roscón. Pero no tenían regalos porque éstos estaban dentro del coche.

-¡Parad, parad por favor!- gimió.

Los golpes se detuvieron. Carla preguntó, con voz temblorosa: -¿Te duele mucho?

Alberto acertó a responder -Sí, estoy muy mal.

Carla tardó en hablar, y la oyó susurrarle algo a Enrique. Después, le repuso con voz algo más firme -Tranquilo, ya terminamos.

Alberto cerró los ojos.

Los tres golpes siguientes fueron los más fuertes, él casi se desmaya con el dolor. Después, hubo un estruendo de objetos cayendo al suelo: las maletas, los regalos, el roscón. Todo cayó al barro, oyó los chapoteos sucesivos. Lo que no cayó fue arrojado por su mujer y el hermano de ésta, que removían las cosas con avidez para llegar al fondo del maletero. Cuando por fin lo lograron, emitieron sendos grititos de excitación y abrieron la trampilla.

-Ya tenéis lo que queríais, ahora sacadme de aquí.

Enrique respondió: -Llamaremos al 112 cuando estemos lo bastante lejos, no te preocupes.

-¿Y cómo evitaréis que cuente todo esto?- Pronunció Alberto, un segundo antes de darse cuenta de que era una mala idea.

Enrique no respondió. Se asomó a la misma ventanilla por la que antes lo había hecho Carla y blandió un martillo enorme, que Alberto reconoció como el que había en el cuarto de las herramientas de sus suegros. También era lo que había usado para destrozar la puerta del maletero.

-Puedo amenazarte con esto, por ejemplo. O puedo utilizarlo contra tus hijos cuando llegue a casa, ¿te imaginas?- susurró Enrique, para que Carla no le oyese.

Alberto lo desafió -No serás capaz.

-Supongo que no, pero no quieres correr el riesgo, ¿verdad?

Alberto no quería. Tragó saliva y Enrique introdujo el martillo por la ventanilla rota, de punta, hasta tocar su sien.

-No vas a hacer ninguna tontería, ¿a que no?

-No.

-Muy bien, pues aquí te quedas. Con un poco de suerte aun seguirás respirando cuando lleguen los bomberos, o quien sea, para sacarte.

Carla llamó la atención de Enrique y habló con él unos segundos. «Las fotos» fue lo único que Alberto alcanzó a oír. Todas las fotos de la familia estaban en su tableta porque habían hecho recientemente un backup del ordenador antes de formatearlo. El matrimonio no tenía la costumbre de imprimir fotografías digitales.

Discutieron un momento, y finalmente Enrique cedió.

-De acuerdo, ahora voy a coger tu tableta. -refunfuñó Enrique, asomándose dentro de nuevo.

Enrique dejó caer el martillo en el suelo y se apoyó lo mejor que pudo en la puerta para tratar de alcanzar el bulto que Alberto tenía sobre su cabeza. Ya casi lo tenía cuando Alberto se revolvió para dificultarle la maniobra y el aparato cayó contra la puerta, que ya estaba llena de agua por culpa de la ventanilla rota.

Alberto mordió ferozmente el brazo de Enrique por la muñeca, haciéndolo sangrar. No lo soltaba por mucho que Enrique chillaba y le golpeaba la cara con la otra mano, de la forma en que podía hacerlo debido a lo limitado de sus movimientos. Ambos gritaban y emitían sonidos salvajes que aterraron a Carla. Finalmente Enrique se liberó con la muñeca desgarrada, sangrando profusamente. Chillaba como un cerdo y Alberto sonreía con una mueca grotesca. Enrique perdió el equilibrio y cayó al suelo, y se alejó de allí con su hermana. Alberto saboreó el regusto metálico de la sangre y esperó. Esperó algunas horas más, cavilando sobre lo que acababa de suceder, lo que podría suceder luego, y preguntándose por qué demonios no habían saltado los airbags de aquel coche tan caro. Estaba pensando en esto cuando perdió el conocimiento otra vez.

Despertó rodeado de sanitarios, una dotación de bomberos y una pareja de la Guardia Civil, mientras lo atendían ya en el exterior. Se le hizo raro respirar aire puro tras más de un día allí dentro e inspiró con fuerza. Tras unos segundos logró escuchar la docena de voces que le hablaban, sobre todo para calmarlo y decirle que se pondría bien en poco tiempo. Su primera respuesta fue «Sí», y después trató de incorporarse, pero al carecer del apoyo de sus brazos, quedó inclinado a un lado con un gesto de dolor. Le ayudaron a sentarse y le ofrecieron agua, y él la bebió con ansia. Mientras lo preparaban para trasladarlo, una enfermera se lo quedó mirando con preocupación.

-He de decirle algo, pero es una noticia terrible.

-Estoy vivo, con eso me conformo. -respondió Alberto con la vista fija en el suelo fangoso.

-El caso es que su mujer y el hermano de ésta…- a la mujer le costaba un mundo contarlo.

-¿Sí?

-Verá, no sé cómo se han podido producir tantas desgracias casi a la vez, pero ellos tuvieron otro accidente de automóvil hace unas horas, por la tarde. Los dos han fallecido. No sabe cuánto lo siento.

Alberto no contestó.

-Lamento decírselo ahora, pero como veo que está consciente y bastante tranquilo, me imagino que oirá hablar a los sanitarios y prefiero decírselo yo.

-No se preocupe. Quiero decir, ahora no puedo asimilarlo todo, pero agradezco su tacto. -Dio un nuevo sorbo al agua del vaso de plástico y añadió: -Hay que tomárselo con filosofía, al fin y al cabo todo ha terminado bien y hoy es fiesta.

La enfermera asintió con la cabeza y se incorporó para ayudar con las labores de traslado, mientras sentía una creciente repulsión por aquel hombre frío, maloliente y con la boca y la camisa ensangrentadas.

2 comentarios en “Día de Reyes (y II)

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