Día de Reyes (primera parte)

ANGEL

Aquí tienes la segunda parte

La lluvia repiqueteaba sobre el cristal y, según las gotas corrían hacia abajo, formaban regueros sinuosos de formas caprichosas. No había dos iguales, salvo los que tomaban la forma de aquel sobre el que caían. Alberto había llegado a esta conclusión tras observar el parabrisas de su coche durante veinte horas.

El vehículo se había salido de la carretera comarcal pasando por encima del quitamiedos, debido a que su centro de gravedad era muy alto y a la velocidad que llevaba en ese momento, muy superior a la indicada para aquel tramo lleno de curvas. Cayó por el barranco, dio tres vueltas de campana, y quedó volcado, apoyado en un árbol. Alberto permanecía en su asiento con el cinturón abrochado, incapaz de desembarazarse de él por dos motivos: el primero, que su brazo izquierdo estaba roto; además de producirle un dolor insoportable, no respondía a sus movimientos. El segundo, que el brazo derecho había quedado atrapado entre su tronco y la puerta; estaba dormido la mayor parte del tiempo, y cuando despertaba, el hormigueo hacía imposible controlarlo.

Alberto era el copiloto. Su mujer, Carla, era la que conducía el coche, y había salido a buscar ayuda justo después de producirse el accidente. Él no sabía cuánto tiempo había pasado desde entonces, pero sí sabía que tenía hambre, tenía sueño, probablemente se había dormido durante un breve periodo de tiempo, probablemente se había quedado inconsciente también, y se había meado encima. Así que probablemente había pasado mucho tiempo. Sus piernas estaban atrapadas dentro del amasijo de hierros en que se había transformado el morro del coche, y él se encontraba en el lateral que había quedado apoyado en el suelo, así que muchos objetos habían caído sobre su cuerpo: su maletín con documentos del trabajo para hacer cosas en un rato libre, su tablet, su abrigo, la bolsa de viaje de Carla, y la suya. Carla no le había desabrochado el cinturón. Carla no le había escuchado cuando él le dijo que le esperase, que seguramente podría caminar y era mejor que fuesen juntos. “Estaba nerviosa, seguramente ha sido por eso”.

También tenía frío. El sol ya había salido y aún no se había vuelto a poner, pero no llegaba a calentar prácticamente nada en ese punto del valle, y menos en el mes de enero. Él llevaba puesto un traje de lana de gran calidad, el mismo que había escogido ya hacía dos días para ir a trabajar por la mañana y a cenar con sus suegros la noche de Reyes. Ese traje no le abrigaba lo suficiente. Su abrigo permanecía en el habitáculo trasero.

Alberto hablaba solo. Cantaba canciones, contaba las cosas que veía desde donde estaba, hacía composiciones de lugar para mantener la calma. “Soy Alberto Contreras, tengo cuarenta y dos años, estoy atrapado dentro de mi BMW. Mi mujer ha salido a por ayuda. He oído mi móvil sonando durante un buen rato, pero no puedo cogerlo, tampoco sé muy bien dónde está. Llevo mucho rato sin oírlo, así que probablemente se le ha acabado la batería. Quiero salir de aquí. Me he quedado sin voz de gritar. Y llevo medio kilo de cocaína en el maletero, para un negocio seguro con mi cuñado, que ha venido de vacaciones desde Hamburgo. “

La humedad era otro problema creciente. El calor del coche había derretido la nieve circundante, y el agua empezó a filtrarse dentro a través de las grietas y agujeros de las lunas. Luego empezó a llover, débilmente, pero sin cesar, y esta agua también se colaba. No sabía si su ropa estaba mojada o sólo muy fría, pero la sensación era extremadamente incómoda. Además, la noción de que estaba expuesto a la intemperie incrementaba su estado de pánico.

Alberto tenía una baza a su favor. Había quedado con su cuñado ese mismo día, a las seis de la tarde. Ya eran las siete. Puede que fuese él quien lo había llamado, y le estuviese buscando; además de por estar preocupado por él, porque había mucho dinero en juego. Habían acordado que Ignacio le pagaría tres mil euros en ese momento, y el resto cuando acordase el precio de venta en Alemania. Es decir, si Ignacio no recibía el paquete, no se ahorraba pagar, sino que perdería la oportunidad de hacer un negocio mucho mayor. El coche de Alberto se encontraba a cien metros de la ruta hacia la casa de los padres de Carla, a diez kilómetros de su destino; él estaba convencido de que sería fácil verlo desde la carretera. Incluso aunque su mujer no llegase a avisarlos, o a alertar a los servicios de emergencia, le resultaría fácil buscarle. Y si le encontraba, en el caso de que le importase más la droga que su vida (porque cabía esta posibilidad), tendría que pedirle las llaves. El coche no estaba cerrado, pero se necesitaba la llave para abrir el maletero. Las llaves estaban a su alcance de casualidad, Carla las había sacado del contacto y con los nervios se le habían caído, en la puerta opuesta, junto al regazo de Alberto. De modo que aún cabía la esperanza.

¿Dónde estaba Carla? ¿Por qué no había vuelto todavía? Al principio Alberto se enfadó con ella por dejarlo solo, atrapado, indefenso. Luego se preocupó por ella, al ver que no volvía, que caía la noche y ella probablemente también estaba sola (la distancia hasta el pueblo era corta en coche, pero antes de llegar no había ningún lugar donde refugiarse). Finalmente comenzó a sentir incredulidad. Nada de aquello tenía ningún sentido. El accidente tenía que haberse oído en todo el valle; se había producido antes de comer, y a esas horas tenía que haber gente de camino al pueblo, volviendo del trabajo o a visitar familiares, o de vuelta de las compras de Reyes. Tenía que haberlo visto el panadero que traía roscones a la panadería del pueblo. Si su mente no empezaba a fallar, recordaba haber visto más vehículos unos kilómetros atrás, y no había desviaciones posibles hasta el punto del accidente. Alguien tenía que haberlo visto. Y Carla tenía que haber vuelto ya.

Alberto oyó un coche acercarse y detenerse junto al suyo.

2 comentarios en “Día de Reyes (primera parte)

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